martes, 27 de enero de 2026

¿Cómo se disfraza la reticencia del ego en la práctica diaria a la enseñanza “Por encima de todo quiero ver”?

¿Cómo se disfraza la reticencia del ego en la práctica diaria a la enseñanza “Por encima de todo quiero ver”?

Esta afirmación parece sencilla, incluso inspiradora. Sin embargo, en la experiencia cotidiana, suele despertar resistencias profundas. No porque la mente no entienda la idea, sino porque ver de verdad implica dejar de proteger algo.

El ego rara vez se opone de forma abierta a esta lección. No suele decir: “No quiero ver”. Lo que hace es mucho más sutil; se disfraza.

Reconocer esos disfraces es una de las prácticas más valiosas de esta lección.


“Sí quiero ver, pero primero necesito entender”.

Uno de los disfraces más comunes de la reticencia es la intelectualización.

La mente dice:

“Quiero ver, pero antes necesito comprender bien qué está pasando.”
“Todavía no tengo suficiente claridad para soltar este juicio.”

Aquí el ego convierte la visión en una meta futura. Postpone la decisión bajo la apariencia de prudencia o profundidad.

Pero la visión, tal como la propone el Curso, no es el resultado de entender, sino de elegir. Esperar a comprender para ver es invertir el orden.

Este disfraz suele pasar desapercibido porque parece razonable, incluso responsable. Sin embargo, mantiene intacto el sistema de pensamiento del ego.

 

“Quiero ver, pero esto que siento es muy humano”.

Otro disfraz frecuente es el uso de la emoción como justificación.

La mente dice: “Ahora mismo no puedo ver de otra manera, estoy demasiado dolido”. “Sería negar mis emociones intentar ver esto con paz”.

Aquí el ego se apropia del lenguaje de la autenticidad emocional para proteger la interpretación basada en el miedo.

El Curso nunca pide negar lo que se siente, pero sí invita a cuestionar desde dónde se interpreta lo que se siente. Sentir dolor no impide ver; aferrarse a su interpretación sí.

Este disfraz convierte la emoción en autoridad incuestionable y bloquea suavemente la visión.

 

“Quiero ver, pero si lo hago, el otro quedará impune”.

Este es uno de los disfraces más cargados de conflicto moral.

La mente piensa: “Si veo de otra manera, estoy justificando lo que el otro hizo.”
“Ver con amor sería permitir el abuso o la injusticia.”

Aquí el ego asocia la visión con la renuncia al discernimiento o a los límites.

Sin embargo, la visión verdadera no elimina la acción clara; elimina el ataque interno.
Desde la visión pueden surgir decisiones firmes, incluso difíciles, pero no nacen de la condena ni del deseo de castigo.

Este disfraz mantiene el juicio activo bajo la apariencia de justicia.

 

“Quiero ver, pero ahora no es el momento”.

Este disfraz se presenta como gestión del tiempo.

La mente dice: “Más adelante podré ver esto con calma.” “Ahora tengo que ocuparme del problema.”

El ego traslada la visión al futuro, como si fuese un estado especial que requiere condiciones ideales.

La lección 27 insiste en la frecuencia del recuerdo, no en la perfección del contexto.
Ver no exige que la situación cambie; exige que la prioridad interna cambie ahora.

Este disfraz parece práctico, pero retrasa indefinidamente la decisión.

 

“Quiero ver, pero no quiero perder lo que soy aquí”.

Este es el disfraz más profundo y menos verbalizado.

No siempre se formula con palabras, pero se siente como una resistencia difusa:

  • Miedo a perder identidad.
  • Miedo a dejar de ser “el que tiene razón”.
  • Miedo a soltar el rol que da coherencia al yo personal.

Aquí el ego percibe con claridad que ver implica una desidentificación.
No una desaparición, sino un cambio de referencia.

Por eso esta lección incluye la corrección: “La visión no le cuesta nada a nadie”.  “Tan sólo puede bendecir”.  No porque la mente no entienda, sino porque teme perder algo que cree necesitar.

 

La práctica implícita de la lección 27.

Esta lección no pide confrontar directamente estos disfraces, sino reconocerlos sin culpa.

Cada vez que notes uno de ellos en tu día a día, no necesitas corregirlo de inmediato. Basta con decir, incluso con duda: Por encima de todo, quiero ver.

No como afirmación heroica, sino como orientación.

El poder de esta lección no está en eliminar la resistencia, sino en no esconderla.

Cuando la reticencia se hace consciente, deja de gobernar en silencio.

La lección 27 no exige que veas perfectamente, ni que seas coherente todo el día. Solo te invita a observar qué pones por encima de la visión en cada momento.

Y cada vez que eliges recordarlo, aunque sea brevemente,
la mente se reordena un poco más. Porque ver no es un logro espiritual.
Es una decisión que se renueva.

Y esa decisión —aunque aún sea frágil— ya contiene la paz que buscas.

 

“Por encima de todo quiero ver” aplicado en una experiencia de pérdida.

Cuando perdí a un ser querido, la frase «Por encima de todo quiero ver» no me resultó consoladora. Al contrario. Me parecía lejana, casi inaplicable. En medio del dolor, no quería “ver”, quería entender, quería que no hubiera pasado, quería que el vacío no doliera tanto.

Durante un tiempo, repetí la lección de forma mecánica. Algo en mí se resistía profundamente a aplicarla a esa experiencia concreta. Y con el tiempo comprendí que esa resistencia no era falta de fe ni de disposición espiritual. Era miedo.

Miedo a que ver de otra manera significara minimizar la pérdida.
Miedo a que soltar el dolor fuera una forma de traición al amor que había sentido.
Miedo a que, si dejaba de sufrir, algo esencial del vínculo se perdiera también.

Ahí descubrí uno de los disfraces más sutiles del ego: hacerme creer que el sufrimiento era una prueba de amor.

Cuando “no querer ver” parece lo más humano.

Había una voz interna que decía: “Ahora no es momento de ver. Ahora toca sentir. Más adelante, quizá.”

Esa voz parecía sensata, incluso respetuosa. Pero poco a poco empecé a notar que no me estaba protegiendo: me estaba cerrando. Convertía el dolor en una muralla, no en un puente.

El Curso no me pedía que dejara de sentir tristeza. Pero sí me invitaba —muy suavemente— a cuestionar algo más profundo: ¿estaba usando el dolor como prueba de que algo real se había perdido?

El giro silencioso.

No hubo una revelación repentina ni una paz inmediata. Hubo algo mucho más discreto.

Un día, repitiendo la frase «Por encima de todo quiero ver», me di cuenta de que no estaba diciendo: “Quiero estar bien”, ni siquiera: “Quiero entender”. Estaba diciendo algo distinto: “No quiero seguir interpretando esta experiencia únicamente desde la separación.”

Eso no quitó el dolor, pero cambió su dirección. Dejó de ser un argumento contra la vida y empezó a convertirse en una pregunta abierta.

Ver no fue negar la pérdida.

Ver no significó decir que nada había pasado. Ver no significó justificar la muerte. Ver no significó forzar consuelo.

Ver fue empezar a considerar, aunque solo fuera por instantes, que aquello que había amado no podía reducirse a un cuerpo ni a un tiempo compartido.

Hubo momentos —muy breves al principio— en los que el recuerdo no venía acompañado de angustia, sino de una sensación extraña de cercanía silenciosa. No una presencia física, sino algo más difícil de definir, y sin embargo más estable.

Ahí comprendí algo esencial: el vínculo no se había roto, solo había cambiado el marco desde el que lo miraba.

El dolor visto desde otro lugar.

Desde la mente del ego, la pérdida es absoluta. Desde la visión que el Curso propone, lo que duele no es la desaparición del Ser, sino la creencia de que el amor dependía de la forma.

No llegué a esta comprensión pensando, sino eligiendo una y otra vez no cerrar la mente. Incluso en medio del llanto. Incluso sin entender.

Solo repitiendo, a veces con duda, a veces sin convicción: Por encima de todo, quiero ver.

Lo que esta lección me enseñó en el duelo.

Esta lección no me pidió que dejara de amar ni que dejara de sentir. Me pidió algo más humilde y más profundo: que no confundiera el dolor con la verdad última.

Con el tiempo, empecé a descansar un poco más en la idea de que nada real puede perderse. No como una afirmación espiritual, sino como una experiencia que se va insinuando lentamente.

Hoy sé que ver, en una pérdida, no es olvidar. Es permitir que el amor no quede atrapado en lo que ya no está.

La Lección 27 no me sacó del duelo.

Me acompañó dentro de él, señalándome una y otra vez una posibilidad distinta.

No la de dejar de sentir, sino la de no usar el sufrimiento como medida del amor.

Y en ese gesto —tan pequeño y tan repetido— la paz empezó a aparecer, no como respuesta, sino como recuerdo.

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