¿Cómo se disfraza la reticencia del ego en la práctica diaria a la enseñanza “Por encima de todo quiero ver”?
Esta
afirmación parece sencilla, incluso inspiradora. Sin embargo, en la experiencia
cotidiana, suele despertar resistencias profundas. No porque la mente no
entienda la idea, sino porque ver de verdad implica dejar de proteger algo.
El
ego rara vez se opone de forma abierta a esta lección. No suele decir: “No
quiero ver”. Lo que hace es mucho más sutil; se disfraza.
Reconocer
esos disfraces es una de las prácticas más valiosas de esta lección.
“Sí quiero ver, pero primero necesito entender”.
La
mente dice:
“Quiero
ver, pero antes necesito comprender bien qué está pasando.”
“Todavía no tengo suficiente claridad para soltar este juicio.”
Aquí
el ego convierte la visión en una meta futura. Postpone la decisión bajo la
apariencia de prudencia o profundidad.
Pero
la visión, tal como la propone el Curso, no es el resultado de entender, sino
de elegir. Esperar a comprender para ver es invertir el orden.
Este
disfraz suele pasar desapercibido porque parece razonable, incluso responsable.
Sin embargo, mantiene intacto el sistema de pensamiento del ego.
“Quiero ver, pero
esto que siento es muy humano”.
Otro
disfraz frecuente es el uso de la emoción como justificación.
La
mente dice: “Ahora mismo no puedo ver de otra manera, estoy demasiado dolido”. “Sería
negar mis emociones intentar ver esto con paz”.
Aquí
el ego se apropia del lenguaje de la autenticidad emocional para proteger la
interpretación basada en el miedo.
El
Curso nunca pide negar lo que se siente, pero sí invita a cuestionar desde
dónde se interpreta lo que se siente. Sentir dolor no impide ver; aferrarse a
su interpretación sí.
Este
disfraz convierte la emoción en autoridad incuestionable y bloquea suavemente
la visión.
“Quiero ver, pero si
lo hago, el otro quedará impune”.
Este
es uno de los disfraces más cargados de conflicto moral.
La
mente piensa: “Si veo de otra manera, estoy justificando lo que el otro hizo.”
“Ver con amor sería permitir el abuso o la injusticia.”
Aquí
el ego asocia la visión con la renuncia al discernimiento o a los límites.
Sin
embargo, la visión verdadera no elimina la acción clara; elimina el ataque
interno.
Desde la visión pueden surgir decisiones firmes, incluso difíciles, pero no
nacen de la condena ni del deseo de castigo.
Este
disfraz mantiene el juicio activo bajo la apariencia de justicia.
“Quiero ver, pero
ahora no es el momento”.
Este
disfraz se presenta como gestión del tiempo.
La
mente dice: “Más adelante podré ver esto con calma.” “Ahora tengo que ocuparme
del problema.”
El
ego traslada la visión al futuro, como si fuese un estado especial que requiere
condiciones ideales.
La
lección 27 insiste en la frecuencia del recuerdo, no en la perfección del
contexto.
Ver no exige que la situación cambie; exige que la prioridad interna cambie
ahora.
Este
disfraz parece práctico, pero retrasa indefinidamente la decisión.
“Quiero ver, pero no
quiero perder lo que soy aquí”.
Este
es el disfraz más profundo y menos verbalizado.
No
siempre se formula con palabras, pero se siente como una resistencia difusa:
- Miedo a perder
identidad.
- Miedo a dejar
de ser “el que tiene razón”.
- Miedo a soltar
el rol que da coherencia al yo personal.
Aquí
el ego percibe con claridad que ver implica una desidentificación.
No una desaparición, sino un cambio de referencia.
Por
eso esta lección incluye la corrección: “La visión no le cuesta nada a nadie”. “Tan sólo puede bendecir”. No
porque la mente no entienda, sino porque teme perder algo que cree necesitar.
La práctica implícita
de la lección 27.
Esta
lección no pide confrontar directamente estos disfraces, sino reconocerlos sin
culpa.
Cada
vez que notes uno de ellos en tu día a día, no necesitas corregirlo de
inmediato. Basta con decir, incluso con duda: Por encima de todo, quiero ver.
No
como afirmación heroica, sino como orientación.
El
poder de esta lección no está en eliminar la resistencia, sino en no esconderla.
Cuando
la reticencia se hace consciente, deja de gobernar en silencio.
La lección 27 no exige que veas perfectamente, ni que seas coherente todo el día. Solo te invita a observar qué pones por encima de la visión en cada momento.
Y
cada vez que eliges recordarlo, aunque sea brevemente,
la mente se reordena un poco más. Porque ver no es un logro espiritual.
Es una decisión que se renueva.
Y
esa decisión —aunque aún sea frágil— ya contiene la paz que buscas.
“Por encima de
todo quiero ver” aplicado en una experiencia de pérdida.
Cuando
perdí a un ser querido, la frase «Por encima de todo quiero ver» no me
resultó consoladora. Al contrario. Me parecía lejana, casi inaplicable. En
medio del dolor, no quería “ver”, quería entender, quería que no hubiera
pasado, quería que el vacío no doliera tanto.
Durante
un tiempo, repetí la lección de forma mecánica. Algo en mí se resistía
profundamente a aplicarla a esa experiencia concreta. Y con el tiempo comprendí
que esa resistencia no era falta de fe ni de disposición espiritual. Era miedo.
Miedo
a que ver de otra manera significara minimizar la pérdida.
Miedo a que soltar el dolor fuera una forma de traición al amor que había
sentido.
Miedo a que, si dejaba de sufrir, algo esencial del vínculo se perdiera
también.
Ahí
descubrí uno de los disfraces más sutiles del ego: hacerme creer que el
sufrimiento era una prueba de amor.
Cuando “no querer ver” parece lo más humano.
Había una voz interna
que decía: “Ahora no es momento de ver. Ahora toca sentir. Más adelante,
quizá.”
Esa voz parecía sensata,
incluso respetuosa. Pero poco a poco empecé a notar que no me estaba
protegiendo: me estaba cerrando. Convertía el dolor en una muralla, no en un
puente.
El Curso no me pedía que
dejara de sentir tristeza. Pero sí me invitaba —muy suavemente— a cuestionar
algo más profundo: ¿estaba usando el dolor como prueba de que algo real se
había perdido?
El giro silencioso.
No
hubo una revelación repentina ni una paz inmediata. Hubo algo mucho más
discreto.
Un
día, repitiendo la frase «Por encima de todo quiero ver», me di cuenta
de que no estaba diciendo: “Quiero estar bien”, ni siquiera: “Quiero entender”. Estaba
diciendo algo distinto: “No quiero seguir interpretando esta experiencia
únicamente desde la separación.”
Eso
no quitó el dolor, pero cambió su dirección. Dejó de ser un argumento contra la
vida y empezó a convertirse en una pregunta abierta.
Ver no fue negar la
pérdida.
Ver
no significó decir que nada había pasado. Ver no significó justificar la
muerte. Ver no significó forzar consuelo.
Ver
fue empezar a considerar, aunque solo fuera por instantes, que aquello que
había amado no podía reducirse a un cuerpo ni a un tiempo compartido.
Hubo
momentos —muy breves al principio— en los que el recuerdo no venía acompañado
de angustia, sino de una sensación extraña de cercanía silenciosa. No una
presencia física, sino algo más difícil de definir, y sin embargo más estable.
Ahí
comprendí algo esencial: el vínculo no se había roto, solo había cambiado el
marco desde el que lo miraba.
El dolor visto desde otro lugar.
Desde
la mente del ego, la pérdida es absoluta. Desde la visión que el Curso propone,
lo que duele no es la desaparición del Ser, sino la creencia de que el amor
dependía de la forma.
No
llegué a esta comprensión pensando, sino eligiendo una y otra vez no cerrar la
mente. Incluso en medio del llanto. Incluso sin entender.
Solo
repitiendo, a veces con duda, a veces sin convicción: Por encima de todo,
quiero ver.
Lo que esta lección me enseñó en el duelo.
Esta
lección no me pidió que dejara de amar ni que dejara de sentir. Me pidió algo
más humilde y más profundo: que no confundiera el dolor con la verdad última.
Con
el tiempo, empecé a descansar un poco más en la idea de que nada real puede
perderse. No como una afirmación espiritual, sino como una experiencia que se
va insinuando lentamente.
Hoy
sé que ver, en una pérdida, no es olvidar. Es permitir que el amor no quede
atrapado en lo que ya no está.
La Lección 27 no me sacó del duelo.
Me acompañó dentro de él, señalándome una y otra vez una posibilidad distinta.
No la de dejar de
sentir, sino la de no usar el sufrimiento como medida del amor.
Y en ese gesto —tan
pequeño y tan repetido— la paz empezó a aparecer, no como respuesta, sino como
recuerdo.

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