Esta pregunta, que acompaña a la Lección 30 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros, parece sencilla en su forma, pero es radical en sus implicaciones. No invita a una respuesta intelectual, sino a un cambio de referencia interna.
La lección
afirma que Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente. Y
esta reflexión concreta nos lleva directamente al núcleo del entrenamiento
mental del Curso: reubicar la realidad.
La confusión
original: creer que lo real está “ahí fuera”.
- lo que vemos con los ojos,
- lo que ocurre en el cuerpo,
- lo que sucede en el mundo,
- los hechos, las situaciones, los
acontecimientos.
Vivimos como
si la percepción fuera una ventana objetiva a la realidad. Sin embargo, el
Curso introduce una corrección fundamental: la percepción no muestra la
realidad, la interpreta.
Lo que vemos
no es el mundo “tal como es”, sino el mundo tal como lo pensamos.
Por eso la
pregunta no es retórica. Nos confronta con una elección silenciosa que hacemos
a cada instante: ¿estoy otorgando realidad a los efectos o a la causa?
La enseñanza
central del Curso: la mente es la causa.
En UCDM, la
mente no es un receptor pasivo, sino el origen de toda experiencia.
Los pensamientos preceden a la percepción, y la percepción es siempre un
efecto.
Esto implica
algo muy concreto:
- si mis pensamientos están
basados en el miedo, percibiré un mundo amenazante;
- si mis pensamientos están
basados en la separación, percibiré conflicto;
- si mis pensamientos están
alineados con el Amor, la percepción se suaviza.
La realidad,
entonces, no reside en lo que percibo, sino en el sistema de pensamiento que
estoy usando para percibir.
Dos sistemas
de pensamiento, dos “realidades”.
El Curso distingue claramente entre
dos marcos mentales:
La mente
errada (ego):
- Cree que lo real es el mundo externo.
- Interpreta los pensamientos como reacciones
a lo que ocurre.
- Vive en el nivel de los efectos.
- Refuerza la idea de vulnerabilidad, culpa y
pérdida.
Desde aquí, lo percibido parece
sólido, definitivo y determinante.
La Mente Recta
(Espíritu Santo):
- Reconoce que lo real está en la mente.
- Ve la percepción como un reflejo.
- Vive en el nivel de la causa.
- Recuerda que la verdad no cambia con las
formas.
Desde aquí, lo percibido es
transitorio, interpretativo y corregible.
Entonces, ¿qué
es lo real según el Curso?
Desde las
enseñanzas de UCDM, lo real no es lo que cambia. Lo real es:
- lo que no puede ser
amenazado,
- lo que no depende de la
percepción,
- lo que no nace ni muere,
- lo que permanece más allá
del tiempo y de la forma.
Eso no se
encuentra en las imágenes que vemos, sino en la mente que piensa con Dios.
Por eso el
Curso no intenta mejorar la percepción, sino entrenar la mente. La percepción
cambia como consecuencia natural.
El sentido
práctico de esta reflexión.
Esta reflexión
no pide que neguemos lo que vemos, sino que cuestionemos el estatus que le
damos.
Ante cualquier
experiencia —dolor, conflicto, miedo, placer— la pregunta puede reformularse
así:
- ¿Estoy tomando esto como
causa o como efecto?
- ¿Estoy otorgándole
realidad a lo que veo o a lo que pienso?
- ¿Estoy dispuesto a creer
que lo real no está en la forma que percibo?
No para
responder mentalmente, sino para desplazar suavemente la identificación.
La inversión
que propone la Lección 30.
El
entrenamiento de esta lección apunta a una inversión completa de valores:
No son los
pensamientos los que reaccionan al mundo, es el mundo el que refleja los
pensamientos.
Cuando esta
inversión empieza a aceptarse, aunque sea de forma parcial, ocurre algo
significativo: la percepción pierde su poder absoluto y la mente recupera el
suyo.
Esto no genera
culpa, sino responsabilidad consciente. No para controlar, sino para elegir de
nuevo.
La pregunta “¿Dónde
crees que se encuentra lo real?” no busca una respuesta correcta, sino revelar
una creencia operativa.
Cada vez que
damos realidad absoluta a lo que percibimos, reforzamos el sueño.
Cada vez que recordamos que lo real está en la mente que piensa con Dios,
abrimos un espacio para la visión verdadera.
La Lección 30
nos invita, con suavidad, a empezar a vivir desde la causa y no desde los
efectos.
Y ese simple
cambio de referencia es, en sí mismo, un acto de liberación.
Aplicación
práctica de la Lección 30:
Cuando mi hijo
sufre en el instituto y yo me siento desesperada.
¿Dónde crees
que se encuentra lo real, en lo que percibes o en tus pensamientos?
Esta pregunta
de la Lección 30 adquiere un peso muy concreto cuando se aplica a una situación
como esta: mi hijo tiene dificultades en los estudios, es expulsado del
instituto, muestra angustia y síntomas de depresión cuando está allí, y yo,
como madre, me siento desbordada, impotente y desesperada.
Desde la
percepción inmediata, lo que parece real es el problema:
- el fracaso escolar,
- la expulsión,
- el sufrimiento visible de
mi hijo,
- el miedo al futuro,
- la sensación de no saber
cómo ayudarle.
Todo esto
parece sólido, urgente y determinante. Y es comprensible que así se viva. El
Curso no niega este nivel humano.
Pero la Lección 30 invita a mirar
un poco más profundo. Lo que percibo… y lo que pienso sobre ello.
La enseñanza
del Curso no dice que lo que ocurre no esté pasando, sino que el sufrimiento
que experimento no procede solo de los hechos, sino del significado que mi
mente les está otorgando.
Ante esta
situación, pueden estar apareciendo pensamientos como:
- “Mi hijo no va a salir
adelante”
- “He fallado como madre”
- “Esto va a marcar su vida
para siempre”
- “No hay salida”
- “No puedo con esto”
Estos
pensamientos suelen pasar desapercibidos porque parecen reacciones naturales a
lo que percibo. Sin embargo, desde UCDM, no son efectos, sino causas.
La percepción
del problema se vuelve desesperante porque la mente ya ha decidido que el
escenario es amenazante, definitivo y sin solución.
¿Dónde estoy
colocando la realidad?
La pregunta
clave de la reflexión es esta:
¿Estoy
creyendo que lo real está en la situación de mi hijo,
o en los pensamientos desde los que la estoy interpretando?
Cuando coloco
la realidad en lo que percibo:
- el instituto se convierte
en una amenaza,
- el futuro en una fuente de
miedo,
- mi hijo en alguien
“dañado” o “en peligro”,
- yo misma en una madre
impotente.
Desde ahí, la
angustia aumenta y las decisiones suelen nacer del miedo.
El giro que
propone la Lección 30.
La Lección 30 no me pide que ignore
el problema ni que deje de actuar. Me invita a desplazar el lugar desde
donde estoy viviendo la situación.
Aplicada aquí,
la reflexión podría traducirse internamente así:
- “Lo que veo no es la
verdad completa.”
- “Mi hijo es más que su
dificultad actual.”
- “Esta situación no define
quién es ni quién llegará a ser.”
- “No sé cuál es la mejor
salida, y puedo dejar de exigirme saberla.”
Esto no
resuelve mágicamente el conflicto externo, pero cambia la base interna desde la
que acompaño.
Ayudar desde
la causa, no desde el efecto.
Cuando la
mente deja de tomar la percepción como la realidad última, algo se relaja.
Desde ahí:
- escucho más y reacciono
menos,
- dejo de transmitirle a mi
hijo mi miedo,
- puedo buscar ayuda
(educativa, psicológica, médica) sin sentir que eso confirma un fracaso,
- empiezo a acompañar desde
la presencia, no desde la urgencia.
El Curso no
sustituye la acción práctica. La ordena.
La acción que nace de una mente en paz es muy distinta de la que nace del
pánico.
Ver más allá
del rol y del diagnóstico.
Desde la
enseñanza de UCDM, mi hijo no es:
- un expediente académico,
- una conducta problemática,
- un diagnóstico emocional,
- un futuro en riesgo.
Y yo no soy:
- una madre que “debe
solucionarlo todo”,
- ni la causa de lo que está
ocurriendo.
La realidad
más profunda —aunque ahora no la perciba claramente— no está amenazada por esta
experiencia.
Recordar esto
no elimina el dolor, pero evita que el dolor se convierta en identidad.
Aplicar la
Lección 30 a esta situación no significa negar la dificultad de mi hijo, sino negar
que la dificultad sea la verdad última.
Cuando dejo de
buscar la realidad solo en lo que percibo y empiezo a cuestionar los
pensamientos desde los que lo interpreto, aparece un pequeño espacio interior.
Y en ese espacio:
- puedo respirar,
- puedo escuchar mejor,
- puedo acompañar sin invadir,
- puedo confiar en que hay una salida que
ahora no veo.
La lección no
me dice qué hacer con el instituto. Me enseña desde dónde hacerlo.
Y ese cambio
de lugar —de la percepción al pensamiento— es, según el Curso, el comienzo de
la ayuda real.
¿Qué palabras debo dirigir a mi hijo para ayudarlo?
Cuando un hijo
está sufriendo, las palabras pueden sanar o cerrar, según desde dónde nazcan.
Desde la mirada de Un Curso de Milagros, lo más importante no es “decir lo
correcto”, sino no añadir miedo, juicio ni urgencia al dolor que ya existe.
Voy a
proponerte palabras posibles, pero antes una clave esencial: No hables para arreglarla. Habla para que no
se sienta sola. Eso es ayuda real.
Antes de las
palabras: la actitud interna.
Desde UCDM, lo
primero no es lo que dices, sino desde qué pensamiento lo dices.
Antes de
hablarle, puede ayudarte recordarte internamente:
- Mi hija no es su problema.
- No tengo que tener la
solución ahora.
- Su dolor no significa que
esté rota.
- Puedo acompañar aunque no
entienda.
Cuando tu
mente se sitúa ahí, las palabras salen con otra energía.
Palabras que sí
ayudan (y por qué).
1. Para crear
seguridad emocional.
Estas frases no corrigen, acogen:
- “Te creo.”
- “Veo que lo estás pasando mal.”
- “Tiene sentido que te sientas así con lo que
estás viviendo.”
Aquí no estás validando el
problema, estás validando su experiencia.
2. Para
quitarle el peso de “tener que poder”.
Muchos jóvenes sufren porque
sienten que están fallando a los adultos.
- “No tienes que poder con todo ahora.”
- “No espero que tengas claras las cosas.”
- “No tienes que demostrar nada.”
Esto desactiva la culpa, que suele
ser más dañina que la dificultad académica.
3. Para
separar su identidad de la situación.
Aquí aplicas directamente la
Lección 30 sin nombrarla:
- “Lo que te está pasando no define quién
eres.”
- “Esto no dice todo sobre ti.”
- “Eres mucho más que lo que ahora está
ocurriendo en el instituto.”
No niegas el problema, pero le
quitas el poder de definirla.
4. Para
acompañar sin invadir.
Evita soluciones prematuras. Mejor:
- “Estoy aquí contigo.”
- “Podemos ir paso a paso.”
- “No estás sola en esto.”
El ego quiere soluciones rápidas;
el Amor ofrece presencia.
5. Para abrir
una puerta, no imponerla.
Si notas que está muy cerrada,
menos es más:
- “Si quieres hablar, te escucho.”
- “Si ahora no te apetece, está bien.”
- “Cuando quieras, estoy.”
Esto devuelve el control a quien se
siente desbordada.
Palabras que
conviene evitar (aunque sean bienintencionadas).
Desde UCDM, estas frases añaden
sufrimiento:
- “Todo pasa por algo”
- “Tienes que ser fuerte”
- “Otros lo tienen peor”
- “Esto te hará más fuerte”
- “Tienes que cambiar de actitud”
- “No es para tanto”
Todas ellas invalidan la
experiencia y refuerzan la idea de que sentirse mal es un error.
Si quieres
decir algo “más profundo”, hazlo así.
En lugar de conceptos espirituales,
usa lenguaje humano con fondo verdadero:
- “Aunque ahora no lo veas, hay partes de ti
que no están dañadas.”
- “No todo lo que duele es peligroso.”
- “Esto no es el final de tu historia.”
Dichas sin prisa y sin énfasis,
pueden sembrar algo muy valioso.
Lo más
importante (y más difícil).
A veces ayudar es callar y sostener.
Sentarte con ella. No arreglar. No
animar. No explicar. Solo estar.
Desde UCDM,
eso es perdón en acción: no intentar cambiar lo que el otro vive,
sino no usarlo para reforzar el miedo.
No necesitas decir palabras
perfectas. Tu hija no necesita discursos.
Necesita sentir que no está
defectuosa, que no está sola, que no tiene que huir de su dolor y que su madre
no se asusta de lo que ella siente.
Si eso ocurre,
ya estás ayudando profundamente, incluso aunque la situación externa tarde en
resolverse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario