viernes, 30 de enero de 2026

¿Dónde crees que se encuentra lo real, en lo que percibes o en tus pensamientos?


Esta pregunta, que acompaña a la Lección 30 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros, parece sencilla en su forma, pero es radical en sus implicaciones. No invita a una respuesta intelectual, sino a un cambio de referencia interna.

La lección afirma que Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente. Y esta reflexión concreta nos lleva directamente al núcleo del entrenamiento mental del Curso: reubicar la realidad.

La confusión original: creer que lo real está “ahí fuera”.

Desde la experiencia cotidiana, damos por hecho que lo real es aquello que percibimos:

  • lo que vemos con los ojos,
  • lo que ocurre en el cuerpo,
  • lo que sucede en el mundo,
  • los hechos, las situaciones, los acontecimientos.

Vivimos como si la percepción fuera una ventana objetiva a la realidad. Sin embargo, el Curso introduce una corrección fundamental: la percepción no muestra la realidad, la interpreta.

Lo que vemos no es el mundo “tal como es”, sino el mundo tal como lo pensamos.

Por eso la pregunta no es retórica. Nos confronta con una elección silenciosa que hacemos a cada instante: ¿estoy otorgando realidad a los efectos o a la causa?

La enseñanza central del Curso: la mente es la causa.

En UCDM, la mente no es un receptor pasivo, sino el origen de toda experiencia.
Los pensamientos preceden a la percepción, y la percepción es siempre un efecto.

Esto implica algo muy concreto:

  • si mis pensamientos están basados en el miedo, percibiré un mundo amenazante;
  • si mis pensamientos están basados en la separación, percibiré conflicto;
  • si mis pensamientos están alineados con el Amor, la percepción se suaviza.

La realidad, entonces, no reside en lo que percibo, sino en el sistema de pensamiento que estoy usando para percibir.

Dos sistemas de pensamiento, dos “realidades”.

El Curso distingue claramente entre dos marcos mentales:

La mente errada (ego):

  • Cree que lo real es el mundo externo.
  • Interpreta los pensamientos como reacciones a lo que ocurre.
  • Vive en el nivel de los efectos.
  • Refuerza la idea de vulnerabilidad, culpa y pérdida.

Desde aquí, lo percibido parece sólido, definitivo y determinante.

La Mente Recta (Espíritu Santo):

  • Reconoce que lo real está en la mente.
  • Ve la percepción como un reflejo.
  • Vive en el nivel de la causa.
  • Recuerda que la verdad no cambia con las formas.

Desde aquí, lo percibido es transitorio, interpretativo y corregible.

Entonces, ¿qué es lo real según el Curso?

Desde las enseñanzas de UCDM, lo real no es lo que cambia. Lo real es:

  • lo que no puede ser amenazado,
  • lo que no depende de la percepción,
  • lo que no nace ni muere,
  • lo que permanece más allá del tiempo y de la forma.

Eso no se encuentra en las imágenes que vemos, sino en la mente que piensa con Dios.

Por eso el Curso no intenta mejorar la percepción, sino entrenar la mente. La percepción cambia como consecuencia natural.

El sentido práctico de esta reflexión.

Esta reflexión no pide que neguemos lo que vemos, sino que cuestionemos el estatus que le damos.

Ante cualquier experiencia —dolor, conflicto, miedo, placer— la pregunta puede reformularse así:

  • ¿Estoy tomando esto como causa o como efecto?
  • ¿Estoy otorgándole realidad a lo que veo o a lo que pienso?
  • ¿Estoy dispuesto a creer que lo real no está en la forma que percibo?

No para responder mentalmente, sino para desplazar suavemente la identificación.

La inversión que propone la Lección 30.

El entrenamiento de esta lección apunta a una inversión completa de valores:

No son los pensamientos los que reaccionan al mundo, es el mundo el que refleja los pensamientos.

Cuando esta inversión empieza a aceptarse, aunque sea de forma parcial, ocurre algo significativo: la percepción pierde su poder absoluto y la mente recupera el suyo.

Esto no genera culpa, sino responsabilidad consciente. No para controlar, sino para elegir de nuevo.

La pregunta “¿Dónde crees que se encuentra lo real?” no busca una respuesta correcta, sino revelar una creencia operativa.

Cada vez que damos realidad absoluta a lo que percibimos, reforzamos el sueño.
Cada vez que recordamos que lo real está en la mente que piensa con Dios, abrimos un espacio para la visión verdadera.

La Lección 30 nos invita, con suavidad, a empezar a vivir desde la causa y no desde los efectos.

Y ese simple cambio de referencia es, en sí mismo, un acto de liberación.

Aplicación práctica de la Lección 30:

Cuando mi hijo sufre en el instituto y yo me siento desesperada.

¿Dónde crees que se encuentra lo real, en lo que percibes o en tus pensamientos?

Esta pregunta de la Lección 30 adquiere un peso muy concreto cuando se aplica a una situación como esta: mi hijo tiene dificultades en los estudios, es expulsado del instituto, muestra angustia y síntomas de depresión cuando está allí, y yo, como madre, me siento desbordada, impotente y desesperada.

Desde la percepción inmediata, lo que parece real es el problema:

  • el fracaso escolar,
  • la expulsión,
  • el sufrimiento visible de mi hijo,
  • el miedo al futuro,
  • la sensación de no saber cómo ayudarle.

Todo esto parece sólido, urgente y determinante. Y es comprensible que así se viva. El Curso no niega este nivel humano.

Pero la Lección 30 invita a mirar un poco más profundo. Lo que percibo… y lo que pienso sobre ello.

La enseñanza del Curso no dice que lo que ocurre no esté pasando, sino que el sufrimiento que experimento no procede solo de los hechos, sino del significado que mi mente les está otorgando.

Ante esta situación, pueden estar apareciendo pensamientos como:

  • “Mi hijo no va a salir adelante”
  • “He fallado como madre”
  • “Esto va a marcar su vida para siempre”
  • “No hay salida”
  • “No puedo con esto”

Estos pensamientos suelen pasar desapercibidos porque parecen reacciones naturales a lo que percibo. Sin embargo, desde UCDM, no son efectos, sino causas.

La percepción del problema se vuelve desesperante porque la mente ya ha decidido que el escenario es amenazante, definitivo y sin solución.

¿Dónde estoy colocando la realidad?

La pregunta clave de la reflexión es esta:

¿Estoy creyendo que lo real está en la situación de mi hijo,
o en los pensamientos desde los que la estoy interpretando?

Cuando coloco la realidad en lo que percibo:

  • el instituto se convierte en una amenaza,
  • el futuro en una fuente de miedo,
  • mi hijo en alguien “dañado” o “en peligro”,
  • yo misma en una madre impotente.

Desde ahí, la angustia aumenta y las decisiones suelen nacer del miedo.

El giro que propone la Lección 30.

La Lección 30 no me pide que ignore el problema ni que deje de actuar. Me invita a desplazar el lugar desde donde estoy viviendo la situación.

Aplicada aquí, la reflexión podría traducirse internamente así:

  • “Lo que veo no es la verdad completa.”
  • “Mi hijo es más que su dificultad actual.”
  • “Esta situación no define quién es ni quién llegará a ser.”
  • “No sé cuál es la mejor salida, y puedo dejar de exigirme saberla.”

Esto no resuelve mágicamente el conflicto externo, pero cambia la base interna desde la que acompaño.

Ayudar desde la causa, no desde el efecto.

Cuando la mente deja de tomar la percepción como la realidad última, algo se relaja.

Desde ahí:

  • escucho más y reacciono menos,
  • dejo de transmitirle a mi hijo mi miedo,
  • puedo buscar ayuda (educativa, psicológica, médica) sin sentir que eso confirma un fracaso,
  • empiezo a acompañar desde la presencia, no desde la urgencia.

El Curso no sustituye la acción práctica. La ordena.
La acción que nace de una mente en paz es muy distinta de la que nace del pánico.

Ver más allá del rol y del diagnóstico.

Desde la enseñanza de UCDM, mi hijo no es:

  • un expediente académico,
  • una conducta problemática,
  • un diagnóstico emocional,
  • un futuro en riesgo.

Y yo no soy:

  • una madre que “debe solucionarlo todo”,
  • ni la causa de lo que está ocurriendo.

La realidad más profunda —aunque ahora no la perciba claramente— no está amenazada por esta experiencia.

Recordar esto no elimina el dolor, pero evita que el dolor se convierta en identidad.

Aplicar la Lección 30 a esta situación no significa negar la dificultad de mi hijo, sino negar que la dificultad sea la verdad última.

Cuando dejo de buscar la realidad solo en lo que percibo y empiezo a cuestionar los pensamientos desde los que lo interpreto, aparece un pequeño espacio interior.

Y en ese espacio:

  • puedo respirar,
  • puedo escuchar mejor,
  • puedo acompañar sin invadir,
  • puedo confiar en que hay una salida que ahora no veo.

La lección no me dice qué hacer con el instituto. Me enseña desde dónde hacerlo.

Y ese cambio de lugar —de la percepción al pensamiento— es, según el Curso, el comienzo de la ayuda real.

¿Qué palabras debo dirigir a mi hijo para ayudarlo?

Cuando un hijo está sufriendo, las palabras pueden sanar o cerrar, según desde dónde nazcan. Desde la mirada de Un Curso de Milagros, lo más importante no es “decir lo correcto”, sino no añadir miedo, juicio ni urgencia al dolor que ya existe.

Voy a proponerte palabras posibles, pero antes una clave esencial:  No hables para arreglarla. Habla para que no se sienta sola. Eso es ayuda real.

Antes de las palabras: la actitud interna.

Desde UCDM, lo primero no es lo que dices, sino desde qué pensamiento lo dices.

Antes de hablarle, puede ayudarte recordarte internamente:

  • Mi hija no es su problema.
  • No tengo que tener la solución ahora.
  • Su dolor no significa que esté rota.
  • Puedo acompañar aunque no entienda.

Cuando tu mente se sitúa ahí, las palabras salen con otra energía.

Palabras que sí ayudan (y por qué).

1. Para crear seguridad emocional.

Estas frases no corrigen, acogen:

  • “Te creo.”
  • “Veo que lo estás pasando mal.”
  • “Tiene sentido que te sientas así con lo que estás viviendo.”

Aquí no estás validando el problema, estás validando su experiencia.

2. Para quitarle el peso de “tener que poder”.

Muchos jóvenes sufren porque sienten que están fallando a los adultos.

  • “No tienes que poder con todo ahora.”
  • “No espero que tengas claras las cosas.”
  • “No tienes que demostrar nada.”

Esto desactiva la culpa, que suele ser más dañina que la dificultad académica.

3. Para separar su identidad de la situación.

Aquí aplicas directamente la Lección 30 sin nombrarla:

  • “Lo que te está pasando no define quién eres.”
  • “Esto no dice todo sobre ti.”
  • “Eres mucho más que lo que ahora está ocurriendo en el instituto.”

No niegas el problema, pero le quitas el poder de definirla.

4. Para acompañar sin invadir.

Evita soluciones prematuras. Mejor:

  • “Estoy aquí contigo.”
  • “Podemos ir paso a paso.”
  • “No estás sola en esto.”

El ego quiere soluciones rápidas; el Amor ofrece presencia.

5. Para abrir una puerta, no imponerla.

Si notas que está muy cerrada, menos es más:

  • “Si quieres hablar, te escucho.”
  • “Si ahora no te apetece, está bien.”
  • “Cuando quieras, estoy.”

Esto devuelve el control a quien se siente desbordada.

Palabras que conviene evitar (aunque sean bienintencionadas).

Desde UCDM, estas frases añaden sufrimiento:

  • “Todo pasa por algo”
  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Otros lo tienen peor”
  • “Esto te hará más fuerte”
  • “Tienes que cambiar de actitud”
  • “No es para tanto”

Todas ellas invalidan la experiencia y refuerzan la idea de que sentirse mal es un error.

Si quieres decir algo “más profundo”, hazlo así.

En lugar de conceptos espirituales, usa lenguaje humano con fondo verdadero:

  • “Aunque ahora no lo veas, hay partes de ti que no están dañadas.”
  • “No todo lo que duele es peligroso.”
  • “Esto no es el final de tu historia.”

Dichas sin prisa y sin énfasis, pueden sembrar algo muy valioso.

Lo más importante (y más difícil).

A veces ayudar es callar y sostener.

Sentarte con ella. No arreglar. No animar. No explicar. Solo estar.

Desde UCDM, eso es perdón en acción: no intentar cambiar lo que el otro vive,
sino no usarlo para reforzar el miedo.

No necesitas decir palabras perfectas. Tu hija no necesita discursos.

Necesita sentir que no está defectuosa, que no está sola, que no tiene que huir de su dolor y que su madre no se asusta de lo que ella siente.

Si eso ocurre, ya estás ayudando profundamente, incluso aunque la situación externa tarde en resolverse.

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