LECCIÓN 358
Ninguna invocación a Dios puede dejar de ser oída o no recibir respuesta. Y de esto puedo estar seguro: Su respuesta es la única que realmente deseo.1. Tú que recuerdas lo que realmente soy, eres el único que recuerda lo que realmente deseo. 2Hablas en Nombre de Dios, y, por lo tanto, hablas
en mi nombre. 3Y lo que me concedes procede de Dios Mismo. 4Tu Voz, entonces, Padre mío, es mía también, y lo
único que quiero es lo que Tú me ofreces, en la forma exacta en que Tú eliges
que yo lo reciba. 5Permíteme recordar todo lo que no sé, y deja que
mi voz se acalle, mientras lo recuerdo. 6Y no dejes que me olvide de Tu Amor ni de Tu
cuidado, antes bien, ayúdame a mantener siempre presente en mi conciencia la
promesa que le hiciste a Tu Hijo. 7No dejes que olvide que mi ser no es nada, pero que mi Ser lo es todo.
¿Qué me enseña esta lección?
Llega un instante en la experiencia del Hijo de Dios en el que los regalos del mundo, con sus promesas de satisfacción y sus múltiples formas, dejan de tener atractivo. Este momento marca el principio del despertar, cuando la mente comienza a recordar que su verdadera herencia no se encuentra en lo efímero, sino en la plenitud que sólo puede hallarse en la unión con Dios. El mundo, que antes parecía ofrecer consuelo y significado, se reconoce ahora como un sueño del que se desea despertar. En ese reconocimiento, el Hijo de Dios se vuelve hacia su interior, donde la Voz del Espíritu Santo le recuerda que nada real puede ser amenazado y que nada irreal existe. Así, la paz de Dios se convierte en su único deseo, y la experiencia de la unidad con el Padre es lo único que puede colmarlo verdaderamente. La búsqueda externa cesa, y el corazón descansa en la certeza de que la plenitud reside en el recuerdo de su Fuente y en la aceptación de su verdadera Identidad como uno con Dios.
Así como el guerrero, exhausto tras incontables batallas, deja caer finalmente las armas con las que defendió su pequeño reino, sus posesiones y sus ideas de separación, llega un momento en el viaje interior en el que el ser humano se cansa de luchar. Cansado de la guerra, del dolor, de la pérdida y del sufrimiento, reconoce que nada de eso le ha traído la paz que anhelaba. Entonces, en un acto de profunda rendición, suelta la identidad de guerrero y abandona la defensa de su feudo ilusorio. Es en ese instante de entrega cuando se produce el verdadero milagro: deja de identificarse con el personaje que lucha y muere, y despierta a la conciencia de su Ser, pleno, invulnerable y eterno. Así, el guerrero se disuelve en la luz del Ser, recordando que su verdadera fortaleza reside en la unión con Dios y en la paz que sólo el Amor puede dar.
No existe un límite universal que marque el ritmo del despertar para todos por igual. Cada uno de nosotros avanza a su propio paso, siguiendo el compás interno de su proceso de aprendizaje y recuerdo. Sin embargo, lo que sí es común a todos es el destino final: todos estamos llamados a llegar al mismo puerto, pues en verdad sólo hay uno. Ese puerto es el Amor, la experiencia de la Unidad y la plenitud en Dios. Más allá de las diferencias aparentes en el camino, el propósito es el mismo para todos: regresar al Hogar, al Amor que nos creó y que nos espera, inmutable, más allá de todo límite y de toda ilusión de separación.
No importa la edad, el sexo, el color de la piel ni el idioma que hablemos. No importan nuestra posición social, nuestra apariencia ni las diferencias que parecen separarnos. En realidad, todas esas distinciones son ilusorias, pues en la verdad somos uno solo en la Mente de Dios. Más allá de las formas y de las diferencias que el mundo percibe, compartimos la misma esencia, el mismo origen y el mismo destino: el Amor que nos creó y nos une eternamente.
Cada vez que invocamos a Dios, estamos recordando quiénes somos realmente. Es esencial invocar Su Nombre y proclamar Su Palabra, porque en el mundo de la percepción, otras voces y otros “reyes” parecen ocupar el trono de nuestra mente y dirigir nuestra vida. Al volvernos hacia Dios, apartamos nuestra atención de esas voces ilusorias y permitimos que la Voz del Espíritu Santo nos recuerde nuestra verdadera identidad como Hijos de Dios, restaurando así la paz y la certeza en nuestro corazón.
Siempre aparecerá la figura del ego, representada como ese “Herodes” interior, que teme la llegada de la Luz y busca sofocar cualquier destello de inocencia o despertar espiritual. El ego, temeroso de que la profecía del Cristo en nosotros se cumpla, intenta destruir todo nacimiento de verdad y amor en nuestra mente. Sin embargo, la Luz es invulnerable y, aunque el ego intente impedirlo, el recuerdo de nuestra verdadera identidad no puede ser eliminado. Así, cada vez que el Amor renace en nosotros, el ego se estremece, pero la Voluntad de Dios es inevitable y la Luz prevalece.
Siempre aparecerán los “Sanedrines” y los falsos defensores de las leyes, aquellos que se aferran a las antiguas normas del juicio y la separación. Negarán la evidencia del Amor y se resistirán a aceptar que la Ley del Amor está por encima de la ley antigua del “ojo por ojo y diente por diente”. Prefieren mantener el conflicto y la culpa antes que reconocer que el perdón y la misericordia son la verdadera Ley que Dios ha inscrito en nuestro corazón. Sin embargo, la Verdad no puede ser negada para siempre, y la Ley del Amor acabará por prevalecer en la mente de todos.Hoy elevo mi mente y mi corazón hacia el Cielo, e invoco a mi Padre para que permita que la Luz del Amor, el Espíritu de Cristo, renazca en cada corazón humano.
Que esa Luz sea una sola, indivisible, y que proteja e ilumine a toda la humanidad, recordándonos que somos uno en Él.
¡Que así sea!
Ejemplo-Guía: "Ser, o ser"
En la lección anterior hablábamos de la sencillez del encuentro con la verdad. Hoy, esa misma simplicidad vuelve a hacerse evidente, pues nuestra vida y nuestras experiencias nos conducirán, inevitablemente, hacia la felicidad o hacia el dolor, según la elección que realicemos y la identificación que adoptemos en nuestra mente: elegir Ser, en unión con el Espíritu, o elegir ser, desde la percepción limitada del ego. Todo depende de a quién decidamos escuchar y con qué identidad nos alineemos. Así de simple es el camino: la verdad no es compleja, y la paz está siempre disponible para quien elige recordar quién es realmente.Es posible que hasta ahora no nos hayamos detenido a reflexionar sobre esto. El significado que atribuimos a cada una de nuestras identificaciones determina los efectos que experimentaremos.
Por ejemplo, si al despertar por la mañana y prepararnos para afrontar el día, nuestra mente se identifica con la personalidad del “ser” —el sello característico del ego—, la visión inicial que tendremos nos llevará a percibir la jornada como una sucesión de retos, miedos, preocupaciones y limitaciones. Empezaremos el día sintiéndonos agotados, incluso antes de comenzar. La sola contemplación de las situaciones a las que hemos dado el significado habitual se convierte en una pesada carga que oprime nuestra mente y nuestro corazón.
Pero siempre podemos elegir ver con la visión verdadera. Si permitimos que nuestra mente nos recuerde que somos el Hijo de Dios, dotados con los mismos poderes creadores que nuestro Padre, inocentes, impecables, invulnerables, abundantes, plenos, sanos, ilimitados y santos, la vida se transforma en una oportunidad perfecta para compartir y extender estos principios. Nuestra voluntad se alinea con la de nuestro Creador y expresamos el deseo sincero de que Su Voluntad sea también la nuestra. Así, nuestra mente se guía por el ideal del servicio y damos gracias por la Presencia de Aquel cuya función es ofrecernos la Expiación, para que nuestra conciencia despierte del sueño de la ilusión con el que se había identificado.
La visión del Ser es unificadora, nos recuerda la unidad y la plenitud, mientras que la visión del ser, identificada con el ego, es separadora y refuerza la percepción de carencia y conflicto.
Reflexión: No dejes que olvide que mi ser no es nada, pero que mi Ser lo es todo.
1. Tú que recuerdas lo que realmente soy, eres el único que recuerda lo que realmente deseo. 2Hablas en Nombre de Dios, y, por lo tanto, hablas en mi nombre. 3Y lo que me concedes procede de Dios Mismo. 4Tu Voz, entonces, Padre mío, es mía también, y lo único que quiero es lo que Tú me ofreces, en la forma exacta en que Tú eliges que yo lo reciba. 5Permíteme recordar todo lo que no sé, y deja que mi voz se acalle, mientras lo recuerdo. 6Y no dejes que me olvide de Tu Amor ni de Tu cuidado, antes bien, ayúdame a mantener siempre presente en mi conciencia la promesa que le hiciste a Tu Hijo. 7No dejes que olvide que mi ser no es nada, pero que mi Ser lo es todo.
Hoy elevo mi mente y mi corazón hacia el Cielo, e invoco a mi Padre para que permita que la Luz del Amor, el Espíritu de Cristo, renazca en cada corazón humano.
Que esa Luz sea una sola, indivisible, y que proteja e ilumine a toda la humanidad, recordándonos que somos uno en Él.
¡Que así sea!
Es posible que hasta ahora no nos hayamos detenido a reflexionar sobre esto. El significado que atribuimos a cada una de nuestras identificaciones determina los efectos que experimentaremos.
Por ejemplo, si al despertar por la mañana y prepararnos para afrontar el día, nuestra mente se identifica con la personalidad del “ser” —el sello característico del ego—, la visión inicial que tendremos nos llevará a percibir la jornada como una sucesión de retos, miedos, preocupaciones y limitaciones. Empezaremos el día sintiéndonos agotados, incluso antes de comenzar. La sola contemplación de las situaciones a las que hemos dado el significado habitual se convierte en una pesada carga que oprime nuestra mente y nuestro corazón.
Pero siempre podemos elegir ver con la visión verdadera. Si permitimos que nuestra mente nos recuerde que somos el Hijo de Dios, dotados con los mismos poderes creadores que nuestro Padre, inocentes, impecables, invulnerables, abundantes, plenos, sanos, ilimitados y santos, la vida se transforma en una oportunidad perfecta para compartir y extender estos principios. Nuestra voluntad se alinea con la de nuestro Creador y expresamos el deseo sincero de que Su Voluntad sea también la nuestra. Así, nuestra mente se guía por el ideal del servicio y damos gracias por la Presencia de Aquel cuya función es ofrecernos la Expiación, para que nuestra conciencia despierte del sueño de la ilusión con el que se había identificado.
La visión del Ser es unificadora, nos recuerda la unidad y la plenitud, mientras que la visión del ser, identificada con el ego, es separadora y refuerza la percepción de carencia y conflicto.


Muy bueno! Gracias!
ResponderEliminarFeliz navidad, hermosa refkexion
ResponderEliminarExcelente!!! Gracias gracias gracias!!¡
ResponderEliminarGracias ínfinitas
ResponderEliminarGracias J.J
ResponderEliminarGracias, gracias, gracias.
ResponderEliminarGracias. Gracias gracias... FELIZ NAVIDAD 💜EN INFINITA UNION🥰
ResponderEliminarMUCHAS GRACIAS,ME HA GUSTADO MUCHO EL ÚLTIMO PÁRRAFO, LO TENDRE EN CUENTA, FELICIDADES Y BENDICIONES PARA LOS LECTORES Y REDACTOR DE ESTA INCREIBLE PÁGINA
ResponderEliminarSomos un Impecables,Inocentes y Eternos Instrumentos del Ser🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
ResponderEliminarSoy un Instrumento del Ser🙏🙏🙏🙏🙏🤍🤍🤍🤍🤍🤍💙💙💙💙💙💙✨✨✨✨✨🤍
ResponderEliminarGracias
ResponderEliminarExcelente,. Gracias infinitas, Juan Jose. Amor ybendiciones. ❤❤❤
ResponderEliminarMuchas gracias por esta bella explicación que me ha llevado a entender el Ser que soy.
ResponderEliminar🙏❤♾
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