Las dudas de los estudiantes
¿Qué ocurriría si dejara de esperar un gran momento de
iluminación?
Esta pregunta
toca una expectativa muy frecuente en el camino espiritual. Podemos estudiar
durante años, practicar las lecciones, observar al ego, intentar perdonar y,
sin embargo, conservar en algún rincón de la mente la esperanza de que llegará
un día especial en el que todo cambiará definitivamente. Imaginamos una
experiencia de claridad absoluta, una comprensión extraordinaria, un instante
de revelación después del cual nunca volveremos a sentir miedo, duda o
conflicto. Y mientras esperamos ese gran momento, podemos pasar por alto algo
mucho más sencillo: quizá la transformación ya está intentando ocurrir en los
pequeños instantes que consideramos demasiado normales para llamarlos
espirituales.
Una cosa es
reconocer que pueden existir experiencias profundas de paz, unidad o
revelación, y otra convertirlas en condición para creer que estamos
despertando. Cuando pienso que necesito una experiencia extraordinaria para
saber que estoy avanzando, estoy colocando nuevamente la salvación en el
futuro: “Todavía no ha ocurrido”. “Aún no he llegado”. “Algún día sentiré algo
que me demostrará que todo esto es verdad”. Así, incluso la iluminación puede
convertirse en otra promesa del ego.
Esto cambia
mucho las cosas. Tal vez mi problema no sea que todavía no he alcanzado una
gran iluminación, sino que estoy buscando algo demasiado espectacular. Espero
luz, pero quizá la luz aparece como una pausa antes de responder con ira.
Espero una experiencia de unidad, pero quizá se me está ofreciendo cuando dejo
de considerar enemigo a alguien durante unos segundos. Espero sentir a Dios de
manera extraordinaria, mientras paso por alto el instante en que abandono una
preocupación y experimento una paz que no parecía tener explicación.
El ego suele
valorar lo espectacular. Quiere poder señalar un acontecimiento y decir: “Ahí
ocurrió”. Le gustan los hitos porque después puede apropiarse de ellos: “Tuve
esta experiencia”, “alcanzé este nivel”, “comprendí algo que otros todavía no
comprenden”. Incluso puede construir una identidad espiritual alrededor de una
experiencia auténtica. El Espíritu Santo, en cambio, puede utilizar algo mucho
más discreto: una pequeña disposición a no juzgar, un instante en el que
reconozco que no sé, una decisión de no responder inmediatamente, una voluntad
sincera de ver a mi hermano de otra manera.
Por eso el
Texto nos advierte que no vayamos al instante santo creyendo que primero
debemos alcanzar por nuestra cuenta el estado que precisamente su llegada
produce. No tenemos que llegar ya purificados, tranquilos o libres del ego. El
milagro consiste en nuestra disposición a dejar que el instante santo sea lo
que es, incluso mientras nuestra buena voluntad todavía está “rodeada de
sombras” (T-18.IV.2:1-9).
Esta enseñanza
puede resultar profundamente liberadora para el estudiante que piensa: “Todavía
tengo demasiados pensamientos del ego para estar preparado”. El Curso responde,
en esencia: si ya estuvieras completamente libre de ellos, no necesitarías corrección.
No tienes que convertirte primero en alguien espiritualmente adecuado para
después permitir que el Espíritu Santo te ayude. Eso sería intentar hacer tú
mismo el trabajo que precisamente estás entregándole a Él.
El Texto es
todavía más directo: nos equivocamos cuando creemos que debemos prepararnos
para el instante santo. Las condiciones de la paz ya han sido establecidas por
Dios. Nuestra buena voluntad no las crea; solamente nos permite aprender cuáles
son. Por eso dice: “No intentes hacerte santo de antemano a fin de estar listo
para él” (T-18.IV.4:1-10; 5:1-6).
Quizá esto
explique por qué esperar una gran iluminación puede convertirse,
paradójicamente, en una forma de resistencia. Mientras espero sentirme
completamente preparado, puedo seguir diciendo: “Todavía no”. Mientras imagino
que necesito una experiencia extraordinaria, puedo ignorar la sencilla elección
que tengo delante ahora mismo. Quiero el despertar completo del futuro porque
me resulta más fácil imaginarlo que entregar el resentimiento concreto que
estoy defendiendo hoy.
Puedo pensar:
“Cuando comprenda verdaderamente el Curso, dejaré de juzgar”. Pero tal vez el
aprendizaje funcione al contrario: dejo de defender este juicio ahora y,
mediante esa experiencia, comprendo un poco más. Puedo decir: “Cuando
experimente a Dios, confiaré”. Pero quizá se me pide confiar un poco ahora para
descubrir la experiencia que la confianza hace posible. Puedo esperar sentir
una paz inmensa y permanente, mientras rechazo la pequeña paz disponible en
este instante porque me parece insuficiente.
Aquí aparece
una de las enseñanzas más radicales del Curso. En la sección “No tengo que
hacer nada”, el Texto señala que no podemos prepararnos para la liberación sin
colocarla en el futuro y afirma: “La liberación se te concede en el instante en
que la desees”. Después reconoce que muchas personas han dedicado toda una vida
a prepararse mediante diferentes disciplinas y que esos caminos pueden conducir
finalmente a la meta, pero añade que el propósito del Curso es precisamente
ahorrar tiempo (T-18.VII.4:1-11).
Esto no es una
crítica a la meditación, la contemplación o cualquier práctica espiritual. Es
una advertencia contra la idea de que la cantidad de esfuerzo garantiza la
experiencia de Dios. Podemos convertir incluso las prácticas más bellas en una
forma de afirmar: “Todavía no soy digno. Todavía necesito llegar más lejos”.
El Curso llega
a decir: “Ya estás listo. Ahora sólo tienes que recordar que no tienes que
hacer nada”. Y explica que cuando finalmente llega la paz, ya sea después de
una larga lucha, de una vida contemplativa o de otro camino, el descubrimiento
es el mismo: “No tengo que hacer nada” (T-18.VII.5:4-7).
“No tengo que
hacer nada” no significa que no practique, no lea o abandone mis
responsabilidades. Significa que no tengo que fabricar la iluminación. No tengo
que producir a Dios. No tengo que hacerme digno del Amor. No tengo que
conquistar mi verdadero Ser mediante esfuerzo. Mi trabajo es dejar de
interferir, aunque sea durante un instante, con lo que ya está presente.
Tal vez la
iluminación que espero sea tan grande que no reconozco sus pequeños reflejos.
Cuando antes discutía durante horas y ahora consigo detenerme cinco minutos
antes, algo ha cambiado. Cuando antes necesitaba demostrar mi inocencia y ahora
puedo preguntarme si prefiero tener razón o estar en paz, algo ha cambiado.
Cuando una preocupación vuelve y, en lugar de acompañarla durante todo el día,
la entrego durante unos segundos, algo está siendo aprendido.
No necesito
llamar iluminación a estos momentos. Pero tampoco debería despreciarlos porque
no contienen visiones extraordinarias. Son cambios de maestro. Y ahí ocurre el
verdadero trabajo.
Puede incluso
suceder algo más sutil: la espera de una gran experiencia espiritual puede
mantener intacto mi concepto de mí mismo. Imagino que “yo”, esta misma
identidad individual, alcanzará algún día una condición superior. Me veo más
sereno, más sabio, más consciente, más iluminado. Pero el Curso no pretende
fabricar un ego iluminado. Quiere enseñarme a cuestionar la identidad que
necesita apropiarse de la iluminación.
Por eso una
experiencia extraordinaria no garantiza por sí misma que haya dejado de elegir
al ego. Puedo tener un instante maravilloso y al día siguiente volver a
sentirme ofendido porque alguien no me trató como esperaba. Y quizá
precisamente ahí esté la siguiente lección. No necesito recuperar la
experiencia extraordinaria de ayer. Necesito decidir qué quiero ahora.
El Curso
insiste en que basta un instante. Incluso afirma que creer durante un instante
que “no tengo que hacer nada” puede lograr más que un siglo de lucha o
contemplación (T-18.VII.6:1-8). No porque la práctica no importe, sino porque
la corrección no depende del tiempo acumulado. Depende de nuestra disposición
presente.
Entonces puedo
dejar de preguntarme: “¿Cuándo tendré una gran experiencia espiritual?” y
empezar a observar algo mucho más cercano: “¿Qué pequeña oportunidad de
despertar estoy pasando por alto porque parece demasiado sencilla?”.
Quizá sea
pedir perdón. Quizá sea dejar de repetir mentalmente una discusión. Quizá sea
permitir que otra persona tenga razón. Quizá sea descansar sin sentirme
culpable. Quizá sea reconocer: “No sé qué significa esto”. Quizá sea guardar
silencio unos segundos y no hacer nada.
Puedo comenzar
con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he esperado un gran momento de
iluminación porque creo que entonces sabré que he llegado. Tal vez esa espera
me ha impedido reconocer los pequeños instantes en los que ya estás invitándome
a elegir de nuevo. No quiero fabricar una experiencia espiritual ni decidir
cómo debe sentirse el despertar. Ayúdame a recibir la paz en la forma en que se
me ofrezca. Muéstrame la pequeña elección que puedo hacer ahora y enséñame a no
despreciarla por parecer sencilla”.
Entonces algo
puede cambiar en mi relación con el camino. Ya no necesito perseguir
experiencias. Puedo recibirlas cuando lleguen y dejarlas ir cuando pasen. No
necesito preguntarme constantemente cuánto me falta. Puedo atender al
pensamiento que estoy eligiendo ahora.
Quizá la
verdadera pregunta no sea: “¿Cuándo llegará mi gran momento de iluminación?”,
sino: “¿Cuántos pequeños instantes de luz estoy pasando por alto mientras
espero uno extraordinario?”.
Y cuando dejo
de esperar que el Cielo se anuncie con estruendo, quizá empiece a reconocer que
llevaba mucho tiempo llamando suavemente a mi puerta.

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