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domingo, 4 de octubre de 2026

¿Qué ocurriría si dejara de esperar un gran momento de iluminación?

Las dudas de los estudiantes

¿Qué ocurriría si dejara de esperar un gran momento de iluminación?

Esta pregunta toca una expectativa muy frecuente en el camino espiritual. Podemos estudiar durante años, practicar las lecciones, observar al ego, intentar perdonar y, sin embargo, conservar en algún rincón de la mente la esperanza de que llegará un día especial en el que todo cambiará definitivamente. Imaginamos una experiencia de claridad absoluta, una comprensión extraordinaria, un instante de revelación después del cual nunca volveremos a sentir miedo, duda o conflicto. Y mientras esperamos ese gran momento, podemos pasar por alto algo mucho más sencillo: quizá la transformación ya está intentando ocurrir en los pequeños instantes que consideramos demasiado normales para llamarlos espirituales.

Una cosa es reconocer que pueden existir experiencias profundas de paz, unidad o revelación, y otra convertirlas en condición para creer que estamos despertando. Cuando pienso que necesito una experiencia extraordinaria para saber que estoy avanzando, estoy colocando nuevamente la salvación en el futuro: “Todavía no ha ocurrido”. “Aún no he llegado”. “Algún día sentiré algo que me demostrará que todo esto es verdad”. Así, incluso la iluminación puede convertirse en otra promesa del ego.

Un Curso de Milagros propone una perspectiva muy diferente. Al hablar del instante santo, no nos pide que produzcamos una experiencia excepcional. Dice que desearlo y estar dispuestos a recibirlo prepara nuestra mente, y añade algo sorprendente: “No es necesario que hagas nada más”. El Espíritu Santo es Quien aporta “la grandeza y el poder”; nuestra pequeña contribución consiste fundamentalmente en la buena voluntad (T-18.IV.1:1-10).

Esto cambia mucho las cosas. Tal vez mi problema no sea que todavía no he alcanzado una gran iluminación, sino que estoy buscando algo demasiado espectacular. Espero luz, pero quizá la luz aparece como una pausa antes de responder con ira. Espero una experiencia de unidad, pero quizá se me está ofreciendo cuando dejo de considerar enemigo a alguien durante unos segundos. Espero sentir a Dios de manera extraordinaria, mientras paso por alto el instante en que abandono una preocupación y experimento una paz que no parecía tener explicación.

El ego suele valorar lo espectacular. Quiere poder señalar un acontecimiento y decir: “Ahí ocurrió”. Le gustan los hitos porque después puede apropiarse de ellos: “Tuve esta experiencia”, “alcanzé este nivel”, “comprendí algo que otros todavía no comprenden”. Incluso puede construir una identidad espiritual alrededor de una experiencia auténtica. El Espíritu Santo, en cambio, puede utilizar algo mucho más discreto: una pequeña disposición a no juzgar, un instante en el que reconozco que no sé, una decisión de no responder inmediatamente, una voluntad sincera de ver a mi hermano de otra manera.

Por eso el Texto nos advierte que no vayamos al instante santo creyendo que primero debemos alcanzar por nuestra cuenta el estado que precisamente su llegada produce. No tenemos que llegar ya purificados, tranquilos o libres del ego. El milagro consiste en nuestra disposición a dejar que el instante santo sea lo que es, incluso mientras nuestra buena voluntad todavía está “rodeada de sombras” (T-18.IV.2:1-9).

Esta enseñanza puede resultar profundamente liberadora para el estudiante que piensa: “Todavía tengo demasiados pensamientos del ego para estar preparado”. El Curso responde, en esencia: si ya estuvieras completamente libre de ellos, no necesitarías corrección. No tienes que convertirte primero en alguien espiritualmente adecuado para después permitir que el Espíritu Santo te ayude. Eso sería intentar hacer tú mismo el trabajo que precisamente estás entregándole a Él.

El Texto es todavía más directo: nos equivocamos cuando creemos que debemos prepararnos para el instante santo. Las condiciones de la paz ya han sido establecidas por Dios. Nuestra buena voluntad no las crea; solamente nos permite aprender cuáles son. Por eso dice: “No intentes hacerte santo de antemano a fin de estar listo para él” (T-18.IV.4:1-10; 5:1-6).

Quizá esto explique por qué esperar una gran iluminación puede convertirse, paradójicamente, en una forma de resistencia. Mientras espero sentirme completamente preparado, puedo seguir diciendo: “Todavía no”. Mientras imagino que necesito una experiencia extraordinaria, puedo ignorar la sencilla elección que tengo delante ahora mismo. Quiero el despertar completo del futuro porque me resulta más fácil imaginarlo que entregar el resentimiento concreto que estoy defendiendo hoy.

Puedo pensar: “Cuando comprenda verdaderamente el Curso, dejaré de juzgar”. Pero tal vez el aprendizaje funcione al contrario: dejo de defender este juicio ahora y, mediante esa experiencia, comprendo un poco más. Puedo decir: “Cuando experimente a Dios, confiaré”. Pero quizá se me pide confiar un poco ahora para descubrir la experiencia que la confianza hace posible. Puedo esperar sentir una paz inmensa y permanente, mientras rechazo la pequeña paz disponible en este instante porque me parece insuficiente.

Aquí aparece una de las enseñanzas más radicales del Curso. En la sección “No tengo que hacer nada”, el Texto señala que no podemos prepararnos para la liberación sin colocarla en el futuro y afirma: “La liberación se te concede en el instante en que la desees”. Después reconoce que muchas personas han dedicado toda una vida a prepararse mediante diferentes disciplinas y que esos caminos pueden conducir finalmente a la meta, pero añade que el propósito del Curso es precisamente ahorrar tiempo (T-18.VII.4:1-11).

Esto no es una crítica a la meditación, la contemplación o cualquier práctica espiritual. Es una advertencia contra la idea de que la cantidad de esfuerzo garantiza la experiencia de Dios. Podemos convertir incluso las prácticas más bellas en una forma de afirmar: “Todavía no soy digno. Todavía necesito llegar más lejos”.

El Curso llega a decir: “Ya estás listo. Ahora sólo tienes que recordar que no tienes que hacer nada”. Y explica que cuando finalmente llega la paz, ya sea después de una larga lucha, de una vida contemplativa o de otro camino, el descubrimiento es el mismo: “No tengo que hacer nada” (T-18.VII.5:4-7).

“No tengo que hacer nada” no significa que no practique, no lea o abandone mis responsabilidades. Significa que no tengo que fabricar la iluminación. No tengo que producir a Dios. No tengo que hacerme digno del Amor. No tengo que conquistar mi verdadero Ser mediante esfuerzo. Mi trabajo es dejar de interferir, aunque sea durante un instante, con lo que ya está presente.

Tal vez la iluminación que espero sea tan grande que no reconozco sus pequeños reflejos. Cuando antes discutía durante horas y ahora consigo detenerme cinco minutos antes, algo ha cambiado. Cuando antes necesitaba demostrar mi inocencia y ahora puedo preguntarme si prefiero tener razón o estar en paz, algo ha cambiado. Cuando una preocupación vuelve y, en lugar de acompañarla durante todo el día, la entrego durante unos segundos, algo está siendo aprendido.

No necesito llamar iluminación a estos momentos. Pero tampoco debería despreciarlos porque no contienen visiones extraordinarias. Son cambios de maestro. Y ahí ocurre el verdadero trabajo.

Puede incluso suceder algo más sutil: la espera de una gran experiencia espiritual puede mantener intacto mi concepto de mí mismo. Imagino que “yo”, esta misma identidad individual, alcanzará algún día una condición superior. Me veo más sereno, más sabio, más consciente, más iluminado. Pero el Curso no pretende fabricar un ego iluminado. Quiere enseñarme a cuestionar la identidad que necesita apropiarse de la iluminación.

Por eso una experiencia extraordinaria no garantiza por sí misma que haya dejado de elegir al ego. Puedo tener un instante maravilloso y al día siguiente volver a sentirme ofendido porque alguien no me trató como esperaba. Y quizá precisamente ahí esté la siguiente lección. No necesito recuperar la experiencia extraordinaria de ayer. Necesito decidir qué quiero ahora.

El Curso insiste en que basta un instante. Incluso afirma que creer durante un instante que “no tengo que hacer nada” puede lograr más que un siglo de lucha o contemplación (T-18.VII.6:1-8). No porque la práctica no importe, sino porque la corrección no depende del tiempo acumulado. Depende de nuestra disposición presente.

Entonces puedo dejar de preguntarme: “¿Cuándo tendré una gran experiencia espiritual?” y empezar a observar algo mucho más cercano: “¿Qué pequeña oportunidad de despertar estoy pasando por alto porque parece demasiado sencilla?”.

Quizá sea pedir perdón. Quizá sea dejar de repetir mentalmente una discusión. Quizá sea permitir que otra persona tenga razón. Quizá sea descansar sin sentirme culpable. Quizá sea reconocer: “No sé qué significa esto”. Quizá sea guardar silencio unos segundos y no hacer nada.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he esperado un gran momento de iluminación porque creo que entonces sabré que he llegado. Tal vez esa espera me ha impedido reconocer los pequeños instantes en los que ya estás invitándome a elegir de nuevo. No quiero fabricar una experiencia espiritual ni decidir cómo debe sentirse el despertar. Ayúdame a recibir la paz en la forma en que se me ofrezca. Muéstrame la pequeña elección que puedo hacer ahora y enséñame a no despreciarla por parecer sencilla”.

Entonces algo puede cambiar en mi relación con el camino. Ya no necesito perseguir experiencias. Puedo recibirlas cuando lleguen y dejarlas ir cuando pasen. No necesito preguntarme constantemente cuánto me falta. Puedo atender al pensamiento que estoy eligiendo ahora.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Cuándo llegará mi gran momento de iluminación?”, sino: “¿Cuántos pequeños instantes de luz estoy pasando por alto mientras espero uno extraordinario?”.

Y cuando dejo de esperar que el Cielo se anuncie con estruendo, quizá empiece a reconocer que llevaba mucho tiempo llamando suavemente a mi puerta.

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