¿Existe
realmente el progreso espiritual?
Esta pregunta parece sencilla, pero nos lleva a
una de las aparentes paradojas de Un Curso de Milagros. Hablamos de avanzar,
despertar, aprender, sanar la percepción y acercarnos a Dios. Sin embargo, el
Curso también afirma que seguimos siendo tal como Dios nos creó. Entonces,
¿cómo puedo progresar espiritualmente si aquello que realmente soy nunca se
separó de Dios, nunca perdió su santidad y nunca dejó de ser perfecto?
La respuesta depende del nivel desde el que
hagamos la pregunta. En el nivel de la verdad, no existe progreso espiritual
porque no hay nada que mejorar en el Hijo de Dios. Mi Ser no se está volviendo
más santo, más espiritual ni más digno de Amor. No estoy construyendo poco a
poco una versión mejor de aquello que Dios creó. Desde esta perspectiva,
despertar no consiste en convertirme en algo que todavía no soy, sino en dejar
de creer que soy aquello que nunca fui. Pero dentro de la experiencia del tiempo
sí existe un proceso de aprendizaje. Existe una mente que primero escucha al
ego casi continuamente y que, poco a poco, aprende a reconocer otra Voz. Existe
una percepción que puede ser corregida, una resistencia que puede disminuir y
una disposición que puede aumentar. El propio Curso habla expresamente de
“progreso” y afirma que, mediante la práctica, podemos acercarnos cada vez con
mayor facilidad a la experiencia de nuestro Ser (L-157.2-3).
Esto cambia profundamente nuestra idea del camino
espiritual. El ego concibe el progreso como acumulación: saber más, meditar
mejor, reaccionar menos, comprender más capítulos, tener experiencias
extraordinarias o convertirse en alguien espiritualmente especial. Entonces
comienza inevitablemente la comparación: “Estoy más avanzado que antes”.
“Aquella persona está más despierta que yo”. “Después de tantos años estudiando
el Curso no debería sentir esto”. Sin darnos cuenta, hemos utilizado la
espiritualidad para construir un nuevo personaje. Antes queríamos ser
importantes en el mundo; ahora queremos ser importantes espiritualmente. Pero
el Espíritu Santo no está perfeccionando nuestro personaje. Está enseñándonos
que nuestra salvación no depende de él.
Por eso el verdadero progreso puede ser mucho
menos espectacular de lo que imaginamos. Quizá consista en tardar dos horas en
perdonar donde antes necesitábamos dos meses. En reconocer una proyección antes
de convertirla en una guerra. En detenernos en medio de una discusión y pensar:
“No quiero seguir haciendo esto”. En advertir que estamos buscando culpables y
recordar que existe otra manera de mirar. Tal vez sigamos sintiendo miedo, pero
ya no confiamos completamente en él. Tal vez aparezca el resentimiento, pero
una parte de nuestra mente sabe que conservarlo no nos dará lo que realmente
queremos. El cambio puede parecer pequeño, pero algo esencial ha ocurrido: ya
no estamos completamente identificados con el sistema de pensamiento del ego.
Incluso aquello que parece un retroceso puede
formar parte de ese aprendizaje. El Curso dice que los milagros son comienzos y
finales que alteran el orden temporal y que “parecen retroceder, pero que en
realidad van hacia adelante”; cancelan el pasado en el presente y liberan así
el futuro (T-1.I.13:1-3). Esta idea resulta especialmente útil cuando creemos
haber vuelto al mismo conflicto. Quizá reaparece la misma inseguridad, la misma
necesidad de control o el mismo resentimiento, pero ahora lo estamos viendo
desde un lugar diferente. Lo que antes vivíamos inconscientemente ahora puede
convertirse en objeto de elección.
El capítulo 31 lo explica de otra manera: las
pruebas que atravesamos son lecciones todavía no aprendidas que vuelven a
presentarse para que, donde antes hicimos una elección equivocada, podamos
hacer ahora una mejor. Ante la dificultad, Cristo vuelve a decirnos: “Hermano
mío, elige de nuevo” (T-31.VIII.3:1-2). Desde esta perspectiva, el progreso
espiritual no consiste en llegar a un punto donde nunca más aparezca una
oportunidad de elegir al ego. Consiste en aprender cada vez mejor qué elección
queremos hacer cuando aparece.
También necesitamos revisar nuestra relación con
el tiempo. Si pensamos que tenemos que recorrer una enorme distancia espiritual
antes de llegar a Dios, podemos convertir el camino en otra fuente de ansiedad:
“Me queda muchísimo”. “Todavía estoy muy lejos”. “A este ritmo necesitaré
varias vidas”. Pero el Curso dice algo extraordinario: habernos extraviado ha
requerido tiempo, pero “ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto”. El
Espíritu Santo utiliza el tiempo únicamente como instrumento de enseñanza para
conducirnos a la paz y la felicidad (T-13.VI.9:1-5).
Esto significa que el objetivo del aprendizaje no
es recorrer correctamente toda una línea temporal, sino aprender a utilizar el
instante presente de una manera distinta. Todo el camino puede condensarse en
una decisión que solo puede producirse ahora. Ahora puedo justificar mi
resentimiento o entregarlo. Ahora puedo atacar o pedir otra percepción. Ahora
puedo escuchar al ego o recordar al Espíritu Santo. Nunca perdono ayer ni
mañana. Siempre perdono ahora.
Por eso quizá el progreso real podría medirse, si
necesitáramos medirlo, no por cuánto tiempo llevo estudiando UCDM, sino por
cuánto tiempo necesito seguir sufriendo antes de estar dispuesto a elegir otra
cosa. Antes podía necesitar años para abandonar una historia. Después, meses.
Más tarde, días. Finalmente, quizá descubra el ataque mientras se está formando y
pueda decir: “No quiero esto”. No porque me haya convertido en un ser
espiritualmente superior, sino porque he aprendido que el sufrimiento no me ofrece
nada que verdaderamente desee.
El ego quiere transformar el progreso en una
clasificación. El Espíritu Santo lo transforma en disponibilidad. El ego
pregunta: “¿Cuánto he avanzado?”. El Espíritu Santo pregunta: “¿Estás dispuesto
a elegir de nuevo ahora?”. El ego mira hacia atrás para contabilizar victorias
y derrotas. El Espíritu Santo utiliza únicamente este instante. Uno construye
una identidad espiritual; el Otro deshace la necesidad de tener una identidad
separada.
Esto también significa que las experiencias de
paz profunda no son trofeos. Puedo tener un instante santo extraordinario y
volver después a una reacción del ego. Eso no invalida la experiencia. La
Lección 157 reconoce precisamente que podemos tener un atisbo del Cielo y
después regresar “a las sendas del aprendizaje”; incluso presenta esa
experiencia como consecuencia de un progreso que facilita volver cada vez con
mayor rapidez a ese santo lugar (L-157.2-3). El error sería convertir aquella
experiencia en una nueva exigencia: “Como una vez sentí esto, debería sentirlo
siempre”. Entonces el ego utiliza incluso el recuerdo de la paz para atacarnos.
Quizá el mejor indicio de progreso sea que
empezamos a tomarnos menos en serio nuestros propios errores. No porque
carezcan de consecuencias en nuestra experiencia, sino porque dejamos de
convertirlos en pecado. Reconocemos antes el mecanismo del ego, sonreímos quizá
ante lo predecible de ciertas reacciones y volvemos a elegir. Hay menos
dramatismo y más honestidad. Menos necesidad de demostrar que somos buenos
estudiantes y mayor disposición a aprender.
Puedo comenzar con una oración sencilla:
“Espíritu Santo, no quiero utilizar este camino para construir una imagen
espiritual de mí mismo ni para juzgar cuánto he avanzado. Si estoy aprendiendo,
ayúdame a utilizar cada experiencia para elegir de nuevo. Si tropiezo, enséñame
a no convertir el tropiezo en condenación. Si experimento paz, ayúdame a
recibirla sin apropiármela. Recuérdame que mi Ser no necesita progresar porque
sigue siendo tal como Dios lo creó, y que todo aprendizaje tiene un único
propósito: retirar aquello que me impide recordarlo”.
Entonces puedo comprender que sí existe algo que
llamamos progreso espiritual, pero no es el progreso de un yo imperfecto hacia
un yo perfecto. Es el progresivo deshacimiento de la creencia de que ese yo
separado era lo que realmente soy.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Cuánto he
progresado espiritualmente?”, sino: “¿Cuánto necesito todavía defender aquello
que me impide recordar quién soy?”.
Y cuando esa defensa comienza a ceder, descubro
la paradoja final: todo el camino que creía haber recorrido no me estaba
llevando hacia Dios.
Me estaba enseñando que nunca me había alejado de Él.

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