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domingo, 27 de septiembre de 2026

¿Existe realmente el progreso espiritual?

¿Existe realmente el progreso espiritual?

Esta pregunta parece sencilla, pero nos lleva a una de las aparentes paradojas de Un Curso de Milagros. Hablamos de avanzar, despertar, aprender, sanar la percepción y acercarnos a Dios. Sin embargo, el Curso también afirma que seguimos siendo tal como Dios nos creó. Entonces, ¿cómo puedo progresar espiritualmente si aquello que realmente soy nunca se separó de Dios, nunca perdió su santidad y nunca dejó de ser perfecto?

La respuesta depende del nivel desde el que hagamos la pregunta. En el nivel de la verdad, no existe progreso espiritual porque no hay nada que mejorar en el Hijo de Dios. Mi Ser no se está volviendo más santo, más espiritual ni más digno de Amor. No estoy construyendo poco a poco una versión mejor de aquello que Dios creó. Desde esta perspectiva, despertar no consiste en convertirme en algo que todavía no soy, sino en dejar de creer que soy aquello que nunca fui. Pero dentro de la experiencia del tiempo sí existe un proceso de aprendizaje. Existe una mente que primero escucha al ego casi continuamente y que, poco a poco, aprende a reconocer otra Voz. Existe una percepción que puede ser corregida, una resistencia que puede disminuir y una disposición que puede aumentar. El propio Curso habla expresamente de “progreso” y afirma que, mediante la práctica, podemos acercarnos cada vez con mayor facilidad a la experiencia de nuestro Ser (L-157.2-3).

Por eso quizá convenga distinguir entre progreso del Ser y progreso en el aprendizaje. El Ser no progresa. La mente que ha olvidado al Ser sí atraviesa un proceso de deshacer aquello que impide reconocerlo. No estamos evolucionando hacia Dios; estamos retirando los obstáculos que nos impiden experimentar que nunca salimos de Él. El Curso establece esta idea desde su introducción: no pretende enseñarnos qué es el Amor, sino despejar los obstáculos que impiden experimentar Su presencia, que constituye nuestra herencia natural (T-In.1:6-8).

Esto cambia profundamente nuestra idea del camino espiritual. El ego concibe el progreso como acumulación: saber más, meditar mejor, reaccionar menos, comprender más capítulos, tener experiencias extraordinarias o convertirse en alguien espiritualmente especial. Entonces comienza inevitablemente la comparación: “Estoy más avanzado que antes”. “Aquella persona está más despierta que yo”. “Después de tantos años estudiando el Curso no debería sentir esto”. Sin darnos cuenta, hemos utilizado la espiritualidad para construir un nuevo personaje. Antes queríamos ser importantes en el mundo; ahora queremos ser importantes espiritualmente. Pero el Espíritu Santo no está perfeccionando nuestro personaje. Está enseñándonos que nuestra salvación no depende de él.

Por eso el verdadero progreso puede ser mucho menos espectacular de lo que imaginamos. Quizá consista en tardar dos horas en perdonar donde antes necesitábamos dos meses. En reconocer una proyección antes de convertirla en una guerra. En detenernos en medio de una discusión y pensar: “No quiero seguir haciendo esto”. En advertir que estamos buscando culpables y recordar que existe otra manera de mirar. Tal vez sigamos sintiendo miedo, pero ya no confiamos completamente en él. Tal vez aparezca el resentimiento, pero una parte de nuestra mente sabe que conservarlo no nos dará lo que realmente queremos. El cambio puede parecer pequeño, pero algo esencial ha ocurrido: ya no estamos completamente identificados con el sistema de pensamiento del ego.

Incluso aquello que parece un retroceso puede formar parte de ese aprendizaje. El Curso dice que los milagros son comienzos y finales que alteran el orden temporal y que “parecen retroceder, pero que en realidad van hacia adelante”; cancelan el pasado en el presente y liberan así el futuro (T-1.I.13:1-3). Esta idea resulta especialmente útil cuando creemos haber vuelto al mismo conflicto. Quizá reaparece la misma inseguridad, la misma necesidad de control o el mismo resentimiento, pero ahora lo estamos viendo desde un lugar diferente. Lo que antes vivíamos inconscientemente ahora puede convertirse en objeto de elección.

El capítulo 31 lo explica de otra manera: las pruebas que atravesamos son lecciones todavía no aprendidas que vuelven a presentarse para que, donde antes hicimos una elección equivocada, podamos hacer ahora una mejor. Ante la dificultad, Cristo vuelve a decirnos: “Hermano mío, elige de nuevo” (T-31.VIII.3:1-2). Desde esta perspectiva, el progreso espiritual no consiste en llegar a un punto donde nunca más aparezca una oportunidad de elegir al ego. Consiste en aprender cada vez mejor qué elección queremos hacer cuando aparece.

También necesitamos revisar nuestra relación con el tiempo. Si pensamos que tenemos que recorrer una enorme distancia espiritual antes de llegar a Dios, podemos convertir el camino en otra fuente de ansiedad: “Me queda muchísimo”. “Todavía estoy muy lejos”. “A este ritmo necesitaré varias vidas”. Pero el Curso dice algo extraordinario: habernos extraviado ha requerido tiempo, pero “ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto”. El Espíritu Santo utiliza el tiempo únicamente como instrumento de enseñanza para conducirnos a la paz y la felicidad (T-13.VI.9:1-5).

Esto significa que el objetivo del aprendizaje no es recorrer correctamente toda una línea temporal, sino aprender a utilizar el instante presente de una manera distinta. Todo el camino puede condensarse en una decisión que solo puede producirse ahora. Ahora puedo justificar mi resentimiento o entregarlo. Ahora puedo atacar o pedir otra percepción. Ahora puedo escuchar al ego o recordar al Espíritu Santo. Nunca perdono ayer ni mañana. Siempre perdono ahora.

Por eso quizá el progreso real podría medirse, si necesitáramos medirlo, no por cuánto tiempo llevo estudiando UCDM, sino por cuánto tiempo necesito seguir sufriendo antes de estar dispuesto a elegir otra cosa. Antes podía necesitar años para abandonar una historia. Después, meses. Más tarde, días. Finalmente, quizá descubra el ataque mientras se está formando y pueda decir: “No quiero esto”. No porque me haya convertido en un ser espiritualmente superior, sino porque he aprendido que el sufrimiento no me ofrece nada que verdaderamente desee.

El ego quiere transformar el progreso en una clasificación. El Espíritu Santo lo transforma en disponibilidad. El ego pregunta: “¿Cuánto he avanzado?”. El Espíritu Santo pregunta: “¿Estás dispuesto a elegir de nuevo ahora?”. El ego mira hacia atrás para contabilizar victorias y derrotas. El Espíritu Santo utiliza únicamente este instante. Uno construye una identidad espiritual; el Otro deshace la necesidad de tener una identidad separada.

Esto también significa que las experiencias de paz profunda no son trofeos. Puedo tener un instante santo extraordinario y volver después a una reacción del ego. Eso no invalida la experiencia. La Lección 157 reconoce precisamente que podemos tener un atisbo del Cielo y después regresar “a las sendas del aprendizaje”; incluso presenta esa experiencia como consecuencia de un progreso que facilita volver cada vez con mayor rapidez a ese santo lugar (L-157.2-3). El error sería convertir aquella experiencia en una nueva exigencia: “Como una vez sentí esto, debería sentirlo siempre”. Entonces el ego utiliza incluso el recuerdo de la paz para atacarnos.

Quizá el mejor indicio de progreso sea que empezamos a tomarnos menos en serio nuestros propios errores. No porque carezcan de consecuencias en nuestra experiencia, sino porque dejamos de convertirlos en pecado. Reconocemos antes el mecanismo del ego, sonreímos quizá ante lo predecible de ciertas reacciones y volvemos a elegir. Hay menos dramatismo y más honestidad. Menos necesidad de demostrar que somos buenos estudiantes y mayor disposición a aprender.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, no quiero utilizar este camino para construir una imagen espiritual de mí mismo ni para juzgar cuánto he avanzado. Si estoy aprendiendo, ayúdame a utilizar cada experiencia para elegir de nuevo. Si tropiezo, enséñame a no convertir el tropiezo en condenación. Si experimento paz, ayúdame a recibirla sin apropiármela. Recuérdame que mi Ser no necesita progresar porque sigue siendo tal como Dios lo creó, y que todo aprendizaje tiene un único propósito: retirar aquello que me impide recordarlo”.

Entonces puedo comprender que sí existe algo que llamamos progreso espiritual, pero no es el progreso de un yo imperfecto hacia un yo perfecto. Es el progresivo deshacimiento de la creencia de que ese yo separado era lo que realmente soy.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Cuánto he progresado espiritualmente?”, sino: “¿Cuánto necesito todavía defender aquello que me impide recordar quién soy?”.

Y cuando esa defensa comienza a ceder, descubro la paradoja final: todo el camino que creía haber recorrido no me estaba llevando hacia Dios.

Me estaba enseñando que nunca me había alejado de Él. 

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