sábado, 19 de septiembre de 2026

¿Confío realmente en Dios o sólo cuando las cosas salen como quiero?

¿Confío realmente en Dios o sólo cuando las cosas salen como quiero?

Esta pregunta puede resultar incómoda porque solemos considerar que confiamos en Dios cuando sentimos que la vida responde a nuestras expectativas. Pedimos ayuda, ocurre aquello que deseábamos y pensamos: “Dios me ha escuchado”. Una situación se resuelve, alguien cambia de actitud, recibimos una buena noticia o aparece una oportunidad, y entonces nos resulta fácil decir que todo está en Sus Manos. Pero ¿qué ocurre cuando sucede exactamente lo contrario? Cuando la respuesta no llega, una puerta se cierra, alguien no cambia, un proyecto fracasa o aquello por lo que hemos orado toma una dirección distinta de la que esperábamos. Entonces quizá descubramos que nuestra confianza contenía una condición: “Confío en Ti siempre que hagas que las cosas salgan como yo considero que deberían salir”.

Y eso no es todavía confianza completa. Es una negociación. Una cosa es confiar en que Dios cumplirá mis planes y otra muy distinta confiar en Dios cuando mis planes se deshacen. Una cosa es entregarle una situación esperando que la resuelva como deseo y otra decir sinceramente: “No sé cuál es la mejor solución. Enséñamela Tú”. Ahí comienza una forma diferente de confianza.

Un Curso de Milagros no enseña que confiar en Dios signifique esperar que Él reorganice el mundo según nuestras preferencias. Enseña algo mucho más profundo: que podemos dejar de depositar nuestra seguridad en nuestra capacidad para predecir, controlar y comprender todo lo que ocurre. La Lección 47 afirma: “Dios es la fortaleza en la que confío”. Y nos pregunta qué podemos realmente predecir o controlar por nosotros mismos. Añade que confiar únicamente en nuestras propias fuerzas justifica la ansiedad y el miedo, mientras que Dios es nuestra seguridad “en toda circunstancia” (L-47.1-3).

La expresión “en toda circunstancia” es decisiva. No dice: en las circunstancias favorables, cuando comprendo lo que está ocurriendo o cuando obtengo lo que he pedido. Dice: en toda circunstancia. Esto significa que la confianza verdadera comienza precisamente donde terminan mis garantías.

El ego, sin embargo, entiende la confianza de otra manera. Dice: “Confía si tienes pruebas”. Necesita señales, resultados y confirmaciones. Si algo sale bien, considera que está siendo guiado; si algo sale mal, concluye que ha sido abandonado. De esta forma, no estoy confiando realmente en Dios. Estoy evaluando a Dios según los resultados que obtiene para mi personaje. Le presento mis condiciones: “Si esta persona vuelve, confiaré”. “Si recupero esto, sabré que estás conmigo”. “Si este problema se resuelve como deseo, entenderé que me has escuchado”. Pero ¿qué ocurre si aquello que estoy pidiendo no es lo que verdaderamente necesito para despertar?

Aquí aparece una de las dificultades fundamentales del camino. Creo saber qué me conviene. Estoy convencido de que determinada relación debe continuar, que cierta oportunidad debe llegar, que una persona tiene que cambiar o que una situación concreta debe resolverse de una manera específica. Y después llamo “respuesta de Dios” al resultado que coincide con mi deseo. Sin embargo, el Curso nos recuerda continuamente que nuestra percepción es limitada. Vemos fragmentos y creemos comprender el cuadro completo. La Lección 243 propone una honestidad radical: no pensar que sabemos aquello que está más allá de nuestro entendimiento actual ni creer que comprendemos la totalidad basándonos en unos pocos fragmentos de percepción (L-243.1:1-6).

Confiar empieza entonces con una frase que al ego le cuesta muchísimo pronunciar: “No sé”. No sé qué desenlace es mejor. No sé qué significa realmente esta situación. No sé qué aprendizaje puede contener. No sé qué puerta se está abriendo cuando otra parece cerrarse. Pero sí puedo elegir con Quién quiero contemplarla. Esta diferencia transforma la entrega. Ya no digo: “Espíritu Santo, haz que ocurra esto”. Puedo decir: “Espíritu Santo, esto es lo que deseo que ocurra, pero no quiero convertir mi deseo en una condición para la paz. Enséñame cómo ver esta situación”.

No tengo que negar mis preferencias. Puedo expresarlas honestamente. El problema aparece cuando las convierto en exigencias y después utilizo el resultado para decidir si Dios es digno de confianza. Tal vez incluso descubramos algo curioso: muchas veces decimos que estamos entregando una situación, pero continuamos vigilándola. Pedimos ayuda y comprobamos continuamente si funciona. Entregamos una relación y seguimos observando si la otra persona cambia. Ponemos el futuro en Manos de Dios, pero intentamos mirar por encima de Su hombro para comprobar qué está haciendo con él. Eso no es una condenación. Es simplemente una señal de que todavía tenemos miedo.

La Lección 194 enseña precisamente: “Pongo el futuro en Manos de Dios”. No nos pide conocer cómo se desarrollarán los acontecimientos. Nos invita a soltar el futuro y experimentar que ya no tiene sentido temerlo. Quien lo pone en las amorosas Manos de Dios encuentra paz en el presente y sabe que, incluso si se equivoca en su percepción, siempre puede aceptar corrección y elegir nuevamente (L-194.4:1-6; 7:1-8).

Esta es una confianza mucho más madura. No significa: “Sé que todo ocurrirá como quiero”. Significa: “No necesito que ocurra como quiero para recordar que puedo ser guiado”. Puedo recibir un no y seguir confiando. Puedo atravesar incertidumbre y seguir confiando. Puedo equivocarme y seguir confiando. Puedo experimentar una pérdida sin concluir inmediatamente que Dios me ha abandonado. Porque el objetivo de la confianza ya no es asegurar al personaje una vida sin dificultades, sino permitir que cualquier circunstancia pueda utilizarse para despertar.

El ego quiere una garantía sobre la forma. El Espíritu Santo ofrece seguridad en el contenido. El ego pregunta: “¿Saldrá bien?”. El Espíritu Santo responde: “Puede ser utilizado para tu bien”. El ego pregunta: “¿Obtendré lo que quiero?”. El Espíritu Santo pregunta: “¿Quieres paz independientemente del resultado?”. Aquí es donde realmente descubrimos cuánto confiamos.

Es fácil entregar aquello cuyo desenlace no nos importa demasiado. Mucho más difícil es entregar aquello que consideramos indispensable: una relación, la salud de alguien, una decisión importante, una situación económica o algo que creemos necesitar para ser felices. Precisamente ahí aparece nuestra resistencia: “Esto sí te lo entrego, Espíritu Santo, pero con una condición: no me lo quites”. Y quizá esa condición revele que todavía creo que mi salvación está en la forma.

Confiar no significa que Dios quiera quitarnos aquello que amamos. Significa reconocer que ninguna forma puede ser la fuente de nuestra paz. Podemos disfrutarla, agradecerla y cuidarla, pero no convertirla en sustituto de Dios. Por eso la Lección 242 propone: “Hoy no dirigiré mi vida por mi cuenta”. Reconoce que no entendemos suficientemente el mundo para dirigirlo solos y afirma que hay Alguien que sabe qué es lo que realmente nos conviene. La práctica consiste en poner el día en Sus Manos con una mente receptiva, sin exigir de antemano aquello que creemos desear (L-242.1-2).

Esto no es resignación. La resignación dice: “No hay nada que pueda hacer”. La confianza dice: “No tengo que hacerlo solo”. La resignación contiene derrota; la confianza contiene disponibilidad. Puedo actuar, decidir, preguntar, hablar, pedir ayuda y hacer todo lo que parezca necesario, pero puedo hacerlo sin convertir mi propia interpretación en autoridad absoluta.

Cuando algo no salga como deseo, puedo detenerme antes de concluir que todo ha salido mal y preguntarme: “¿Estoy juzgando esta situación únicamente por su forma?”. “¿He convertido determinado resultado en condición para mi paz?”. “¿Quiero verdaderamente orientación o quiero que Dios confirme mi plan?”. “¿Sería posible que todavía no supiera para qué es esto?”. Estas preguntas abren espacio para otra percepción.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, digo que confío en Dios, pero reconozco que muchas veces mi confianza depende de que las cosas salgan como quiero. Tengo preferencias y no necesito negarlas, pero no quiero convertirlas en condiciones para mi paz. Te entrego esta situación y también mi idea acerca de cómo debe resolverse. Enséñame a confiar no en el resultado que yo he elegido, sino en Tu capacidad para utilizarlo todo para despertar mi mente”.

Entonces empiezo a comprender que confiar en Dios no significa saber lo que ocurrirá, sino no necesitar saberlo para sentirme acompañado. No significa que nunca sentiré miedo cuando mis planes cambien, sino que puedo llevar ese miedo a una Guía que no comparte mi confusión. No significa renunciar a mis deseos por obligación, sino dejar de pedirles que me salven.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Confío realmente en Dios o sólo cuando las cosas salen como quiero?”, sino: “¿Seguiría eligiendo a Dios si el camino hacia la paz no tuviera la forma que yo había imaginado?”.

Y cuando comienzo a responder que sí, aunque sea con una pequeña dosis de buena voluntad, la confianza deja de ser una teoría. Se convierte en entrega.

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