¿Confío
realmente en Dios o sólo cuando las cosas salen como quiero?
Esta pregunta puede resultar incómoda porque
solemos considerar que confiamos en Dios cuando sentimos que la vida responde a
nuestras expectativas. Pedimos ayuda, ocurre aquello que deseábamos y pensamos:
“Dios me ha escuchado”. Una situación se resuelve, alguien cambia de actitud,
recibimos una buena noticia o aparece una oportunidad, y entonces nos resulta
fácil decir que todo está en Sus Manos. Pero ¿qué ocurre cuando sucede
exactamente lo contrario? Cuando la respuesta no llega, una puerta se cierra,
alguien no cambia, un proyecto fracasa o aquello por lo que hemos orado toma
una dirección distinta de la que esperábamos. Entonces quizá descubramos que
nuestra confianza contenía una condición: “Confío en Ti siempre que hagas que
las cosas salgan como yo considero que deberían salir”.
Y eso no es todavía confianza completa. Es una
negociación. Una cosa es confiar en que Dios cumplirá mis planes y otra muy
distinta confiar en Dios cuando mis planes se deshacen. Una cosa es entregarle
una situación esperando que la resuelva como deseo y otra decir sinceramente:
“No sé cuál es la mejor solución. Enséñamela Tú”. Ahí comienza una forma
diferente de confianza.
La expresión “en toda circunstancia” es decisiva.
No dice: en las circunstancias favorables, cuando comprendo lo que está
ocurriendo o cuando obtengo lo que he pedido. Dice: en toda circunstancia. Esto
significa que la confianza verdadera comienza precisamente donde terminan mis
garantías.
El ego, sin embargo, entiende la confianza de
otra manera. Dice: “Confía si tienes pruebas”. Necesita señales, resultados y
confirmaciones. Si algo sale bien, considera que está siendo guiado; si algo
sale mal, concluye que ha sido abandonado. De esta forma, no estoy confiando
realmente en Dios. Estoy evaluando a Dios según los resultados que obtiene para
mi personaje. Le presento mis condiciones: “Si esta persona vuelve, confiaré”.
“Si recupero esto, sabré que estás conmigo”. “Si este problema se resuelve como
deseo, entenderé que me has escuchado”. Pero ¿qué ocurre si aquello que estoy
pidiendo no es lo que verdaderamente necesito para despertar?
Aquí aparece una de las dificultades
fundamentales del camino. Creo saber qué me conviene. Estoy convencido de que
determinada relación debe continuar, que cierta oportunidad debe llegar, que
una persona tiene que cambiar o que una situación concreta debe resolverse de
una manera específica. Y después llamo “respuesta de Dios” al resultado que
coincide con mi deseo. Sin embargo, el Curso nos recuerda continuamente que
nuestra percepción es limitada. Vemos fragmentos y creemos comprender el cuadro
completo. La Lección 243 propone una honestidad radical: no pensar que sabemos
aquello que está más allá de nuestro entendimiento actual ni creer que
comprendemos la totalidad basándonos en unos pocos fragmentos de percepción
(L-243.1:1-6).
Confiar empieza entonces con una frase que al ego
le cuesta muchísimo pronunciar: “No sé”. No sé qué desenlace es mejor. No sé
qué significa realmente esta situación. No sé qué aprendizaje puede contener.
No sé qué puerta se está abriendo cuando otra parece cerrarse. Pero sí puedo
elegir con Quién quiero contemplarla. Esta diferencia transforma la entrega. Ya
no digo: “Espíritu Santo, haz que ocurra esto”. Puedo decir: “Espíritu Santo,
esto es lo que deseo que ocurra, pero no quiero convertir mi deseo en una
condición para la paz. Enséñame cómo ver esta situación”.
No tengo que negar mis preferencias. Puedo
expresarlas honestamente. El problema aparece cuando las convierto en
exigencias y después utilizo el resultado para decidir si Dios es digno de
confianza. Tal vez incluso descubramos algo curioso: muchas veces decimos que
estamos entregando una situación, pero continuamos vigilándola. Pedimos ayuda y
comprobamos continuamente si funciona. Entregamos una relación y seguimos
observando si la otra persona cambia. Ponemos el futuro en Manos de Dios, pero
intentamos mirar por encima de Su hombro para comprobar qué está haciendo con
él. Eso no es una condenación. Es simplemente una señal de que todavía tenemos
miedo.
La Lección 194 enseña precisamente: “Pongo el
futuro en Manos de Dios”. No nos pide conocer cómo se desarrollarán los
acontecimientos. Nos invita a soltar el futuro y experimentar que ya no tiene
sentido temerlo. Quien lo pone en las amorosas Manos de Dios encuentra paz en
el presente y sabe que, incluso si se equivoca en su percepción, siempre puede
aceptar corrección y elegir nuevamente (L-194.4:1-6; 7:1-8).
Esta es una confianza mucho más madura. No
significa: “Sé que todo ocurrirá como quiero”. Significa: “No necesito que
ocurra como quiero para recordar que puedo ser guiado”. Puedo recibir un no y
seguir confiando. Puedo atravesar incertidumbre y seguir confiando. Puedo
equivocarme y seguir confiando. Puedo experimentar una pérdida sin concluir
inmediatamente que Dios me ha abandonado. Porque el objetivo de la confianza ya
no es asegurar al personaje una vida sin dificultades, sino permitir que
cualquier circunstancia pueda utilizarse para despertar.
El ego quiere una garantía sobre la forma. El
Espíritu Santo ofrece seguridad en el contenido. El ego pregunta: “¿Saldrá
bien?”. El Espíritu Santo responde: “Puede ser utilizado para tu bien”. El ego
pregunta: “¿Obtendré lo que quiero?”. El Espíritu Santo pregunta: “¿Quieres paz
independientemente del resultado?”. Aquí es donde realmente descubrimos cuánto
confiamos.
Es fácil entregar aquello cuyo desenlace no nos
importa demasiado. Mucho más difícil es entregar aquello que consideramos
indispensable: una relación, la salud de alguien, una decisión importante, una
situación económica o algo que creemos necesitar para ser felices. Precisamente
ahí aparece nuestra resistencia: “Esto sí te lo entrego, Espíritu Santo, pero
con una condición: no me lo quites”. Y quizá esa condición revele que todavía
creo que mi salvación está en la forma.
Confiar no significa que Dios quiera quitarnos
aquello que amamos. Significa reconocer que ninguna forma puede ser la fuente
de nuestra paz. Podemos disfrutarla, agradecerla y cuidarla, pero no
convertirla en sustituto de Dios. Por eso la Lección 242 propone: “Hoy no
dirigiré mi vida por mi cuenta”. Reconoce que no entendemos suficientemente el
mundo para dirigirlo solos y afirma que hay Alguien que sabe qué es lo que
realmente nos conviene. La práctica consiste en poner el día en Sus Manos con
una mente receptiva, sin exigir de antemano aquello que creemos desear
(L-242.1-2).
Esto no es resignación. La resignación dice: “No
hay nada que pueda hacer”. La confianza dice: “No tengo que hacerlo solo”. La
resignación contiene derrota; la confianza contiene disponibilidad. Puedo
actuar, decidir, preguntar, hablar, pedir ayuda y hacer todo lo que parezca
necesario, pero puedo hacerlo sin convertir mi propia interpretación en
autoridad absoluta.
Cuando algo no salga como deseo, puedo detenerme
antes de concluir que todo ha salido mal y preguntarme: “¿Estoy juzgando esta
situación únicamente por su forma?”. “¿He convertido determinado resultado en
condición para mi paz?”. “¿Quiero verdaderamente orientación o quiero que Dios
confirme mi plan?”. “¿Sería posible que todavía no supiera para qué es esto?”.
Estas preguntas abren espacio para otra percepción.
Puedo comenzar con una oración sencilla:
“Espíritu Santo, digo que confío en Dios, pero reconozco que muchas veces mi
confianza depende de que las cosas salgan como quiero. Tengo preferencias y no
necesito negarlas, pero no quiero convertirlas en condiciones para mi paz. Te
entrego esta situación y también mi idea acerca de cómo debe resolverse.
Enséñame a confiar no en el resultado que yo he elegido, sino en Tu capacidad
para utilizarlo todo para despertar mi mente”.
Entonces empiezo a comprender que confiar en Dios
no significa saber lo que ocurrirá, sino no necesitar saberlo para sentirme
acompañado. No significa que nunca sentiré miedo cuando mis planes cambien,
sino que puedo llevar ese miedo a una Guía que no comparte mi confusión. No
significa renunciar a mis deseos por obligación, sino dejar de pedirles que me
salven.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Confío
realmente en Dios o sólo cuando las cosas salen como quiero?”, sino: “¿Seguiría
eligiendo a Dios si el camino hacia la paz no tuviera la forma que yo había
imaginado?”.
Y cuando comienzo a responder que sí, aunque sea con una pequeña dosis de buena voluntad, la confianza deja de ser una teoría. Se convierte en entrega.

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