lunes, 2 de febrero de 2026

¿Dice Un Curso de Milagros que el sufrimiento del mundo “no existe” y que debemos mirar hacia otro lado?

¿Dice Un Curso de Milagros que el sufrimiento del mundo “no existe” y que debemos mirar hacia otro lado?

La cuestión que hemos elegido para reflexionar sobre el contenido de la lección 31 del Libro de Ejercicios de UCDM “No soy víctima del mundo que veo”, es una de las objeciones más habituales —y más honestas— cuando se estudia Un Curso de Milagros. La inquietud de los estudiantes no es superficial ni “egoica”; nace de una preocupación legítima por la ética, la responsabilidad y el sufrimiento real que parece vivirse en el mundo. Pasemos a analizar la respuesta desde las enseñanzas del Curso.

No. Un Curso de Milagros no enseña indiferencia, irresponsabilidad ni negación moral. Enseña algo mucho más profundo —y mucho más exigente—: un cambio de nivel en la comprensión de la causa del sufrimiento.

Cuando el Curso afirma que “el mundo que veo no es real” o que “he inventado el mundo que veo” (Lección 32), no está diciendo que las experiencias de dolor, guerra, abuso o destrucción no se vivan como reales en la experiencia humana. Lo que cuestiona no es la experiencia, sino la interpretación de su causa.

El Curso distingue claramente entre dos niveles: 

  • El nivel de la forma (el mundo, los cuerpos, los acontecimientos).
  • El nivel del contenido (la mente y el sistema de pensamiento desde el que se percibe).

El error habitual —y aquí está el punto clave— es confundir niveles.

Entonces, ¿las guerras, los incendios, los abusos y la destrucción ambiental son “imaginación”?

Desde el nivel del mundo, sí son hechos: hay víctimas, daños, cuerpos heridos, ecosistemas devastados. Negar eso sería una forma de negación psicológica, no espiritual.

Pero desde el nivel que el Curso trabaja, esos hechos no son la causa del sufrimiento, sino el efecto visible de una mente que cree en la separación.

El Curso no dice: “Eso no está pasando”. Dice: “Eso no está pasando por la razón que crees”.

La causa no está “ahí fuera”, en ciertos individuos malvados o en fuerzas externas autónomas, sino en un sistema de pensamiento compartido basado en miedo, culpa, escasez y ataque.

¿Significa esto que no hay responsables y que “todo vale”?

Aquí es donde suele producirse la mayor confusión.

UCDM no elimina la responsabilidad: la traslada. La saca del nivel del castigo y la coloca en el nivel de la mente.

El mundo necesita leyes, límites y acciones correctivas mientras creamos vivir en él. El Curso no se opone a que se detenga una guerra, se proteja a los vulnerables o se frene un abuso. Lo que cuestiona es el uso del juicio, la condena y el odio como “solución”.

Responsabilizar no es lo mismo que condenar.

  • El ego responsabiliza para castigar: “Alguien es culpable y debe pagar”.
  • El Espíritu Santo responsabiliza para sanar: “Aquí hay un error que pide corrección”.

Cambiar pecado por error no justifica el daño; elimina la lógica del castigo y abre la puerta a una corrección real, que no perpetúa el ciclo de violencia.

Entonces, ¿qué hacemos frente a la injusticia según el Curso?

No “dejar hacer”.
No “mirar hacia otro lado”.
No “convencernos de que no pasa nada”.

Lo que cambia no es la acción, sino la mente desde la que actuamos.

Desde el ego:

  • Actúo desde la rabia, el miedo y el ataque.
  • Creo enemigos.
  • Refuerzo la separación que intento combatir.

Desde el perdón:

  • Actúo sin odio.
  • Busco corrección, no venganza.
  • No me coloco por encima del otro, aunque ponga límites claros.

El Curso no enseña pasividad; enseña acción sin ataque.

¿Por qué el Curso insiste tanto en que “soy responsable de lo que veo”?

Porque mientras crea que el origen del mal está fuera de mí, seguiré atrapado en un mundo que necesito percibir como peligroso.

La frase “no soy víctima del mundo que veo” no niega el dolor vivido; niega la impotencia.

Me devuelve el poder a un único lugar donde realmente existe: la elección del sistema de pensamiento desde el cual interpreto y respondo.

En resumen:

  • El mundo refleja una mente que cree en la separación.
  • El sufrimiento no se niega, pero se entiende como efecto, no como causa.
  • No se justifica el daño, pero se abandona la condena.
  • No se elimina la acción, se purifica su origen.
  • No se fomenta la irresponsabilidad, sino la responsabilidad radical de la mente.

El Curso no nos pide que cerremos los ojos al dolor del mundo. Nos pide que dejemos de fabricarlo una y otra vez desde el mismo sistema de pensamiento que decimos querer corregir.

Ahí —y solo ahí— comienza una verdadera sanación que no es solo personal, sino colectiva. 

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