¿Dice Un Curso de Milagros que el sufrimiento del
mundo “no existe” y que debemos mirar hacia otro lado?
La
cuestión que hemos elegido para reflexionar sobre el contenido de la lección 31
del Libro de Ejercicios de UCDM “No soy víctima del mundo que veo”, es una de
las objeciones más habituales —y más honestas— cuando se estudia Un Curso de
Milagros. La inquietud de los estudiantes no es
superficial ni “egoica”; nace de una preocupación legítima por la ética, la
responsabilidad y el sufrimiento real que parece vivirse en el mundo. Pasemos a
analizar la respuesta desde las enseñanzas del Curso.
Cuando el
Curso afirma que “el mundo que veo no es real” o que “he inventado el mundo que
veo” (Lección 32), no está diciendo que las experiencias de dolor, guerra,
abuso o destrucción no se vivan como reales en la experiencia humana. Lo que
cuestiona no es la experiencia, sino la interpretación de su causa.
El Curso distingue claramente entre dos niveles:
- El nivel de la forma (el mundo, los cuerpos, los acontecimientos).
- El nivel del contenido (la mente y el sistema de pensamiento desde el que se percibe).
El error
habitual —y aquí está el punto clave— es confundir niveles.
Entonces, ¿las guerras, los incendios, los abusos y la
destrucción ambiental son “imaginación”?
Desde el nivel
del mundo, sí son hechos: hay víctimas, daños, cuerpos heridos, ecosistemas
devastados. Negar eso sería una forma de negación psicológica, no espiritual.
Pero desde el
nivel que el Curso trabaja, esos hechos no son la causa del sufrimiento, sino el
efecto visible de una mente que cree en la separación.
El Curso no
dice: “Eso no está pasando”. Dice: “Eso no está pasando por la razón que crees”.
La causa no
está “ahí fuera”, en ciertos individuos malvados o en fuerzas externas
autónomas, sino en un sistema de pensamiento compartido basado en miedo, culpa,
escasez y ataque.
¿Significa
esto que no hay responsables y que “todo vale”?
Aquí es donde suele producirse la
mayor confusión.
UCDM no
elimina la responsabilidad: la traslada. La saca del nivel del castigo y la
coloca en el nivel de la mente.
El mundo
necesita leyes, límites y acciones correctivas mientras creamos vivir en él. El
Curso no se opone a que se detenga una guerra, se proteja a los vulnerables o
se frene un abuso. Lo que cuestiona es el uso del juicio, la condena y el odio
como “solución”.
Responsabilizar
no es lo mismo que condenar.
- El ego responsabiliza para
castigar: “Alguien es culpable y debe pagar”.
- El Espíritu Santo
responsabiliza para sanar: “Aquí hay un error que pide corrección”.
Cambiar pecado
por error no justifica el daño; elimina la lógica del castigo y abre la puerta
a una corrección real, que no perpetúa el ciclo de violencia.
Entonces, ¿qué
hacemos frente a la injusticia según el Curso?
No “dejar hacer”.
No “mirar hacia otro lado”.
No “convencernos de que no pasa nada”.
Lo que cambia no es la acción, sino
la mente desde la que actuamos.
Desde el ego:
- Actúo desde la rabia, el miedo y el ataque.
- Creo enemigos.
- Refuerzo la separación que intento combatir.
Desde el perdón:
- Actúo sin odio.
- Busco corrección, no venganza.
- No me coloco por encima del otro, aunque
ponga límites claros.
El Curso no enseña pasividad;
enseña acción sin ataque.
¿Por qué el
Curso insiste tanto en que “soy responsable de lo que veo”?
Porque
mientras crea que el origen del mal está fuera de mí, seguiré atrapado en un
mundo que necesito percibir como peligroso.
La frase “no
soy víctima del mundo que veo” no niega el dolor vivido; niega la impotencia.
Me devuelve el
poder a un único lugar donde realmente existe: la elección del sistema de
pensamiento desde el cual interpreto y respondo.
En resumen:
- El mundo refleja una mente
que cree en la separación.
- El sufrimiento no se
niega, pero se entiende como efecto, no como causa.
- No se justifica el daño,
pero se abandona la condena.
- No se elimina la acción,
se purifica su origen.
- No se fomenta la
irresponsabilidad, sino la responsabilidad radical de la mente.
El Curso no
nos pide que cerremos los ojos al dolor del mundo. Nos pide que dejemos de
fabricarlo una y otra vez desde el mismo sistema de pensamiento que decimos
querer corregir.
Ahí —y solo ahí— comienza una verdadera sanación que no es solo personal, sino colectiva.

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