VIII. La restitución de la justicia al amor (7ª parte).
7. Y así, piensan que perder el pecado sería una maldición. 2Y huyen del Espíritu Santo como si de un mensajero del infierno se tratase, que hubiese sido enviado desde lo alto, disfrazado de amigo y redentor, para hacer caer sobre ellos la venganza de Dios valiéndose de ardides y de engaños. 3¿Qué otra cosa podría ser Él para ellos, sino un demonio que se viste de ángel para engañarles? 4¿Y qué escape les puede ofrecer, sino la puerta que conduce al infierno, la cual, sin embargo, parece ser la puerta al Cielo?
Si el pecado sostiene el mundo del ego, entonces su desaparición equivale a
la destrucción de ese mundo. Por eso, lo que en realidad es liberación se vive
como amenaza. La mente no huye del mal, huye del bien, porque el bien
desmantela su estructura entera.
En este estado, el Espíritu Santo no puede ser visto como guía ni como
ayuda. Debe ser reinterpretado como enemigo disfrazado, como traidor, como
agente de una venganza divina que se oculta bajo apariencia de amor.
El texto describe esta proyección con una crudeza absoluta: el Espíritu
Santo es percibido como un demonio vestido de ángel. No porque lo sea, sino
porque toda corrección es interpretada como ataque cuando la culpa se considera
real.
La mente atrapada en esta lógica no puede imaginar una salida verdadera.
Solo puede concebir falsas puertas, salidas que parecen luminosas pero que
conducen al mismo sistema de miedo. La “puerta al Cielo” es vista como la
entrada al infierno, y viceversa.
Esto revela una ley psicológica profunda: cuando la culpa es amada, la
inocencia parece peligrosa. Y cuando el pecado es protegido, la salvación
parece engaño.
Mensaje central del
punto:
- Perder el pecado se percibe como
maldición.
- El Espíritu Santo es visto como enemigo.
- La ayuda se interpreta como traición.
- El amor se percibe como engaño.
- El bien parece destructivo.
- Las salidas verdaderas se ven como
trampas.
- El Cielo y el infierno se invierten.
Claves de
comprensión:
- La identidad del ego depende del pecado.
- Toda corrección amenaza ese sistema.
- La proyección convierte al salvador en
perseguidor.
- El miedo invierte completamente los
símbolos.
- La mente ve peligro donde hay liberación.
- El engaño no está en la puerta, sino en la
percepción.
Aplicación práctica
en la vida cotidiana:
- Observa cuándo desconfías de la ayuda
genuina.
- Nota si alguna parte de ti teme “perder
algo” al sanar.
- Detecta resistencias a la idea de
inocencia total.
- Cuestiona la creencia de que el amor exige
una trampa.
- Practica no huir cuando aparece alivio.
Preguntas para la
reflexión personal:
- ¿Qué creo que perdería si el pecado no
existiera?
- ¿A qué ayuda he llamado engaño?
- ¿Dónde he visto amenaza en el amor?
- ¿Confundo libertad con aniquilación?
- ¿Estoy dispuesto a mirar de nuevo la
“puerta” que rechazo?
Conclusión:
Este párrafo revela el punto más extremo de la confusión del ego: cuando la
salvación se convierte en el mayor peligro imaginable. El Espíritu Santo no es
rechazado por ser incomprensible, sino por ser demasiado claro para un sistema
que solo puede sobrevivir en la culpa.
La mente que ama el pecado necesita creer que el amor engaña, que la ayuda
traiciona y que el Cielo es una trampa. Solo así puede justificar su huida.
Restituir la justicia al amor implica atreverse a cuestionar esta inversión
final y permitir que la puerta que parecía amenazante sea vista, por fin, como
lo que realmente es.
Frase inspiradora: “El amor no engaña; solo parece peligroso
para la culpa.”

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