¿Cómo le entrego mi mente al Espíritu Santo?
Reflexión desde la Lección 39
Esta es una de las preguntas más sinceras que aparecen en el estudio de Un
Curso de Milagros.
La Lección 39 nos ayuda precisamente a deshacer esa confusión.
El primer
malentendido: “entregar” no es ceder algo que posees. Desde el lenguaje cotidiano, entregar parece
significar renunciar al control, dejar de pensar, anular la voluntad y poner la
mente en manos de “otro”. Pero el Curso no propone nada de eso.
No puedes entregar tu mente como si fuera un
objeto, porque no estás separado del Espíritu Santo. El Espíritu Santo no es
una entidad externa a la que hay que acceder, sino la Mente Correcta dentro de
la tuya.
Entonces, ¿qué significa realmente “entregar la
mente”?
Significa algo mucho más simple y mucho más
honesto: dejar de usar la mente para defender el ego.
No es un acto místico. Es un cambio de función.
La mente no se entrega “haciendo algo”, se
entrega dejando de insistir en ciertas cosas.
¿Qué es lo que se deja de hacer?
Desde el Curso, entregar la mente al Espíritu
Santo implica, en la práctica, dejar de justificar el ataque, dejar de insistir
en tener razón, dejar de sostener el juicio como identidad, dejar de usar el
pasado como referencia absoluta y dejar de decidir solo desde el miedo. No
porque eso esté “mal”, sino porque no nos trae paz.
La Lección 39 dice: “Mi santidad es mi salvación.”
Esto cambia completamente la pregunta. Ya no es: “¿Cómo
le entrego mi mente al Espíritu Santo?” sino: “¿Estoy dispuesto a reconocer que
mi mente ya contiene la respuesta?”
El Espíritu Santo no necesita que le entregues
nada. Necesita que no le cierres el paso.
¿Cómo se hace esto en lo cotidiano?
De forma muy concreta, así:
- Detener la certeza: Cuando surge un conflicto, una emoción intensa o una decisión difícil, no intentes resolverla inmediatamente, no te apresures a concluir. Un simple: “Tal vez no estoy viendo esto con claridad” ya es una forma de entrega.
- No luchar contra lo que sientes: Entregar la mente no es reprimir pensamientos ni emociones. Es permitirte decir internamente: “Ahora mismo estoy viendo desde el miedo, y no necesito corregirme solo”. Esa honestidad abre espacio.
- Pedir sin exigir: El Curso habla mucho de pedir, pero no como súplica. Pedir es decir: “Muéstrame otra manera de ver esto.” Y no decidir de antemano cuál debe ser la respuesta.
- Elegir la paz como criterio: Entregar la mente no es elegir lo correcto, es elegir lo que trae más paz, aunque desafíe al ego. Cuando la paz se vuelve el criterio principal, la mente empieza a alinearse sola.
Un punto muy importante: no hay sensación
especial que buscar.
Muchos estudiantes se frustran porque no sienten
nada distinto, no oyen ninguna voz y no tienen experiencias “espirituales”.
El Curso es claro: el Espíritu Santo no siempre
se siente, pero siempre corrige suavemente.
A veces la corrección es solo menos tensión, una
reacción menos dura, un pensamiento que pierde fuerza o un descanso breve. Eso
ya es señal de que la mente ha dejado de resistirse.
Entregar no es perder, es dejar de defender.
Aquí encaja perfectamente la frase central de la
Lección 39: No se puede dar lo que no se tiene.
No entregas tu mente para recibir paz. Entregas
la defensa del ego porque la paz ya está ahí.
Lo único que se suelta es la creencia de que
sabes mejor.
Por lo tanto, entregar
la mente al Espíritu Santo no es un acto heroico, ni una renuncia dolorosa, ni
una práctica complicada.
Es, momento a momento, dejar de insistir en ver desde el miedo y permitir —aunque sea un poco— otra interpretación. No se trata de hacerlo bien. Se trata de no hacerlo solo. Y eso, desde el Curso, ya es una entrega completa.

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