lunes, 30 de junio de 2025

Capítulo 21. IV. El miedo a mirar adentro (3ª parte).

 IV. El miedo a mirar adentro (3ª parte).

6. En las enseñanzas del Espíritu Santo no hay inconsistencias. 2Éste es el razonamiento de los cuerdos. 3Has percibido la locura del ego, y no te ha dado miedo porque elegiste no compartirla. 4Pero aún te engaña a veces. 5No obstante, en tus momentos más lúcidos, sus desvaríos no producen ningún terror en tu corazón. 6Pues te has dado cuenta de que no quieres los regalos que el ego te quitaría de rabia por tu "presuntuoso" deseo de querer mirar adentro. 7Todavía quedan unas cuantas baratijas que parecen titi­lar y llamarte la atención. 8No obstante, ya no "venderías" el Cielo por ellas.

Cuando decidimos valientemente abrir la habitación prohibida del miedo y comprobamos que tal prohibición no estaba fundamentada, no era real, nuestra fe en nuestra visión, en nuestra creencia nos fortalecerá y la debilidad a la que estábamos acostumbrados, caminando de la mano del ego, se convertirá en fortaleza y reconocimiento de nuestra verdadera identidad.

La práctica de las acciones rectas formará parte de nuestros hábitos y de nuestra nueva personalidad. Dar y recibir nos hará abundantes; amar desde la libertad nos permitirá gozar de la fidelidad y nuestra inocencia garantizará nuestra seguridad.

7. Y ahora el ego tiene miedo. 2Mas lo que él oye aterrorizado, la otra parte de tu mente lo oye como la más dulce melodía: el canto que añoraba oír desde que el ego se presentó en tu mente por primera vez. 3La debilidad del ego es su fortaleza. 4El himno de la libertad, el cual canta en alabanza de otro mundo, le brinda espe­ranzas de paz. 5Pues recuerda al Cielo, y ve ahora que el Cielo por fin ha descendido a la tierra, de donde el dominio del ego lo había mantenido alejado por tanto tiempo. 6El Cielo ha llegado porque encontró un hogar en tu relación en la tierra. 7Y la tierra no puede retener por más tiempo lo que se le ha dado al Cielo como suyo propio.

Cuando no ponemos nuestra atención en el ego y en su contexto, el mundo material, ocurre lo que tiene que ocurrir, que lo que no es nada siga siéndolo; dicho de otro modo, que cada uno perciba lo que cree ser, que el miedo se quede con su miedo y desatendido.

En este nuevo estado de ser, el cuerpo desarrolla su función más elevada y se convierte en un canal de comunicación de la visión verdadera, la que nos lleva a experimentar el poder de la unión y del amor incondicional. De este modo, transformamos las relaciones especiales en relaciones santas.

8Contempla amorosamente a tu hermano, y recuerda que la debilidad del ego se pone de manifiesto ante vuestra vista. 2Lo que el ego pretendía mantener separado se ha encontrado y se ha unido, y ahora contempla al ego sin temor. 3Criatura inocente de todo pecado, sigue el camino de la certeza jubilosamente. 4No dejes que la demente insistencia del miedo de que la certeza reside en la duda te detenga. 5Eso no tiene sentido. 6¿Qué importa cuán imperiosamente se proclame? 7Lo que es insensato no cobra sentido porque se repita o se aclame. 8El camino de la paz está libre y despejado. 9Síguelo felizmente, y no pongas en duda lo que no puede sino ser cierto. 

Contemplar amorosamente a nuestro hermano es la confirmación de que hemos atendido a la llamada de la Expiación y hemos corregido el error de la falsa percepción de creernos separados del resto de la creación. Nos hemos deshecho del sistema de pensamiento del ego y hemos sustituido el miedo por el amor, así como la división por la unidad. Hemos abandonado el hábito de juzgar y condenar, al tiempo que hemos adoptado un nuevo estado de ser en el que elegimos perdonar todos nuestros errores y rendir culto a la inocencia en el altar de la verdad.

Ahora tenemos la certeza de la verdad y proclamamos nuestra filiación a ella.

viernes, 27 de junio de 2025

Capítulo 21. IV. El miedo a mirar adentro (2ª parte).

IV. El miedo a mirar adentro (2ª parte).

3. ¿Qué pasaría si mirases en tu interior y no vieses ningún pecado? 2Esta "temible" pregunta es una que el ego nunca plan­tea. 3tú que la haces ahora estás amenazando demasiado seria­mente todo su sistema defensivo como para que él se moleste en seguir pretendiendo que es tu amigo. 4Aquellos que se han unido a sus hermanos han abandonado la creencia de que su identidad reside en el ego. 5Una relación santa es aquella en la que te unes con lo que en verdad forma parte de ti. 6Tu creencia en el pecado ha sido quebrantada, y ahora no estás totalmente reacio a mirar dentro de ti y no ver pecado alguno.

El ego tan solo puede dar lo que tiene. Y por tal razón no puede renunciar al miedo como su mejor aliado para conseguir lo que desea. Lo que más desea el ego es sobrevivir y, para asegurarse su supervivencia, necesita que nuestra mente siga creyendo en la separación y en el miedo; es decir, lo que no puede permitir es que decidamos no tener miedo y decidir entrar en la habitación prohibida, en nuestro interior, en nuestra mente, para descubrir que la luz que nos acompaña en ese acto de valentía disipa de forma inmediata la oscuridad de esa habitación, mostrándonos la inexistencia del miedo, la inexistencia de cualquier pensamiento que abrigara la idea de ser diferente, de ser especial.

El miedo a no ser alguien, a ser nada, a carecer de significado, es el mayor secreto custodiado por el ego. Es su habitación prohibida. Para evitarlo, ocupa nuestra mente con pensamientos de escasez, de necesidad, y estimula nuestros deseos de posesión para aliviar la pesada carga de no tener. Su voz se hace oír en nuestra mente diciéndonos: "Si eres valiente y decides entrar en la habitación prohibida, te ocurrirán tan solo desgracias; serás pobre si compartes lo que tienes; te engañarán si decides amar desde la libertad; te desposeerán de lo que tienes si no blindas tus tesoros en cámara de seguridad".

4. Tu liberación no es aún total: todavía es parcial e incompleta, aunque ya ha despuntado en ti. 2Al no estar completamente loco, has estado dispuesto a contemplar una gran parte de tu demen­cia y a reconocer su locura. 3Tu fe está comenzado a interiorizarse más allá de la demencia hacia la razón. 4lo que tu razón te dice ahora, el ego no lo quiere oír. 5El propósito del Espíritu Santo fue aceptado por aquella parte de tu mente que el ego no conoce 6que tú tampoco conocías. 7Sin embargo, esa parte, con la que ahora te identificas, no teme mirarse a sí misma. 8No conoce el pecado. 9¿De qué otra forma, sino, habría estado dispuesta a con­siderar el propósito del Espíritu Santo como suyo propio?

En la estrategia del ego para evitar que descubramos su preciado tesoro, podemos encontrar inscrito el sello de la propia naturaleza del ego, el error. Sí, el ego no puede tramar un plan donde el error no esté presente. Ya hemos visto cómo el ego da lo que tiene y, si el ego es fruto del error, su semilla también lo será. ¿Cuál es el error que el ego no supo ocultar en su propuesta de mostrarnos el lugar donde se encontraba la habitación en la que nunca podemos entrar?

Al mostrarnos ese lugar, al mostrarnos dónde se encuentra el causante de nuestros miedos, de nuestro pecado, nos está revelando dónde se encuentra el origen de su identidad. Nos está aportando la llave para que podamos acceder a nuestra mente y descubrir que lo que llamábamos miedo tan solo era un pensamiento erróneo, fruto de una elección equivocada. En verdad, nos está enseñando que somos libres para elegir y somos libres, igualmente, para corregir, esto es, elegir nuevamente. Por lo tanto, tenemos el inmenso poder para ser creadores cuando elegimos ver desde el amor, tal y como Dios nos ha creado.

5. Esta parte ha visto a tu hermano y lo ha reconocido perfecta­mente desde los orígenes del tiempo. 2Y no ha deseado más que unirse a él y ser libre nuevamente, como una vez lo fue. 3Ha estado esperando el nacimiento de la libertad, la aceptación de la liberación que te espera. 4Y ahora reconoces que no fue el ego el que se unió al propósito del Espíritu Santo, y, por lo tanto, que tuvo que haber sido otra cosa. 5No creas que esto es una locura, 6pues es lo que te dice la razón y se deduce perfectamente de lo que ya has aprendido.

El ego no es muy dado a invitarnos a sondear nuestro interior, sencillamente porque su identidad se refuerza cuando nos lleva a creer tan solo en lo que percibe en el mundo exterior, donde el cuerpo físico se erige en su símbolo representativo. A pesar de ello, trama una estrategia para mostrarnos la presencia del pecado y de la culpa formando parte de nuestros pensamientos, de nuestras creencias, al ser identificados como procedentes de su fiel representante, el cuerpo. De este modo, nos lleva al convencimiento de que somos un cuerpo y que este es el único causante de la creencia en el pecado. A partir de ese momento establece que la única vía para alcanzar la salvación y el perdón se encuentra en el sacrificio y el sufrimiento del cuerpo.

El plan de salvación dispuesto por Dios es el verdadero, el único que nos aportará la corrección del error. ¿Por qué? Pues, porque Dios da lo que tiene y lo que tiene es lo que Es, esto es, Amor. Tan solo el amor puede salvarnos y su poder radica en la creencia en la Unidad de la Filiación. La mente es el canal que utilizamos, bien para crear o para fabricar. Cuando elegimos desde el amor, el resultado son actos creadores que gozan de la eternidad. Cuando elegimos desde el miedo, el resultado son fabricaciones temporales, que tienen un principio y un fin.

La parte de la mente que vibra a la frecuencia del amor nos permitirá percibir correctamente el mundo externo, lo cual nos llevará a experimentar la unidad con todo lo creado. En dicha experiencia, la presencia de nuestro hermano se convierte en la vía que nos conduce hasta la salvación.

jueves, 26 de junio de 2025

Capítulo 21. IV. El miedo a mirar adentro (1ª parte).

IV. El miedo a mirar adentro (1ª parte).

1. El Espíritu Santo jamás te enseñará que eres un pecador. 2Corregirá tus errores, pero eso no es algo que le pueda causar temor a nadie. 3Tienes un gran temor a mirar en tu interior y ver el pecado que crees que se encuentra allí. 4No tienes miedo de admitir esto. 5El ego considera muy apropiado que se asocie el miedo con el pecado, y sonríe con aprobación. 6No teme dejar que te sientas avergonzado. 7No pone en duda la creencia y la fe que tienes en el pecado. 8Sus templos no se tambalean por razón de ello. 9Tu certeza de que dentro de ti anida el pecado no hace sino dar fe de tu deseo de que esté allí para que se pueda ver. 10Sin embargo, esto tan sólo aparenta ser la fuente del temor. 

El pensamiento erróneo, para sobrevivir, debe hacer todo lo posible para evitar que descubramos la verdad. Esa situación se puede comparar con el momento en el que, encontrándonos en una habitación totalmente a oscuras, decidimos encender la luz. Mientras nos encontrábamos en la oscuridad, no podíamos evitar sentir miedo y temor, pero cuando decidimos encender la luz, todo a nuestro alrededor se hace inteligible, conocido, lo que espanta al pensamiento del miedo y nos confirma que todo ha sido fruto de nuestra imaginación.

En este punto, Jesús nos muestra la estrategia del ego para ocultar la verdad que no quiere que descubramos. Para ello utiliza una técnica muy utilizada cuando queremos evitar que alguien pueda acceder a la instancia donde guardamos celosamente nuestros secretos. El miedo se convierte, en estas situaciones, en su mejor aliado. El ego nos dice: "De todas las habitaciones que hay podrás entrar, excepto en una. Si lo haces, algo terrible te ocurrirá". De este modo, el ego se asegura de que el miedo nos impedirá acceder a la habitación prohibida donde, supuestamente, nuestra integridad correría un grave peligro.

¿Qué hay en esa habitación prohibida que tanto valor tiene para el ego?

Esa habitación hace referencia a nuestro mundo interior. El ego es el fruto de haber elegido libremente dirigir su atención en una dirección incorrecta, donde la carencia del amor lo lleva a fabricar una realidad ilusoria donde imperan las leyes de la percepción. Esa elección errónea le lleva a ver un mundo diferente al que Su Creador dispuso para él. Esa elección le lleva a la creencia en la separación y a la pérdida de su inocencia, la cual fue sustituida por la idea de pecado. Por lo tanto, el secreto que custodia en esa habitación, en su interior, en su mente, es esa falsa creencia.

2. Recuerda que el ego no está solo. 2Su dominio está circunscrito, y teme a su "enemigo" desconocido, a Quien ni siquiera puede ver. 3Te pide imperiosamente que no mires dentro de ti, pues si lo haces tus ojos se posarán sobre el pecado y Dios te cegará. 4Esto es lo que crees, y, por lo tanto, no miras. 5Mas no es éste el temor secreto del ego, ni tampoco el tuyo que eres su siervo. 6El ego, vociferando destempladamente y demasiado a menudo, profiere a gritos que lo es. 7Pues bajo ese constante griterío y esas declara­ciones disparatadas, el ego no tiene ninguna certeza de que lo sea. 8Tras tu temor de mirar en tu interior por razón del pecado se oculta todavía otro temor, y uno que hace temblar al ego.

Pero la argucia del ego no se limita tan solo a mostrarnos la habitación donde no debemos entrar o, lo que es lo mismo, identificándonos el peligro que correremos si lo desobedecemos. El ego, el hijo del miedo, no puede mostrarnos un mundo ausente de miedo. Al igual que la oscuridad no puede aportarnos la visión de la luz al carecer de ella. Si nos muestra el lugar donde custodia su tesoro, esto es, el miedo, en realidad nos estaría mostrando su secreto y eso no lo permitiría nunca. Entonces, ¿qué es lo que oculta realmente en esa habitación?

miércoles, 25 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (5ª parte).

III. Fe, creencia y visión (5ª parte).

11. ¿Crees acaso que al Espíritu Santo le preocupa eso? 2Él no te da aquello de lo que, de acuerdo con Su propósito, te quiere apartar. 3Tú crees que Él te quiere privar de algo por tu propio bien. 4Pero los términos "bien" y "privación" son opuestos, y no pueden reconciliarse de ninguna forma que tenga significado. 5Es como decir que la luna y el sol son una misma cosa porque vienen de noche y de día respectivamente, y que, por lo tanto, no pueden sino formar una unidad. 6Mas ver uno de ellos significa que el otro ya no se puede ver. 7Tampoco es posible que lo que irradia luz sea lo mismo que lo que depende de la oscuridad para poder ser visto. 8Ninguno de ellos exige el sacrificio del otro. 9Cada uno de ellos, no obstante, depende de la ausencia del otro.

La religión cristiana y sus enseñanzas están repletas de actos que engrandecen al sacrificio hasta elevarlo a la condición de santo. El lema que fundamenta tal hecho es el siguiente: Somos pecadores y hemos desobedecido a Dios. Para ganarnos su gracia y su perdón, tenemos que sacrificar nuestra naturaleza impura y pecaminosa. Pues bien, el que paga el pato en este juicio es el cuerpo, el único que nos ha podido llevar al acto de pecar.

Uno de los pasajes más controvertidos que nos ha legado la doctrina cristiana ha sido el acto de la crucifixión en el cual Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, elige sacrificar su cuerpo y derramar su sangre para purificar a la humanidad de sus pecados. Si el Maestro ha actuado así, sin duda, su lección debe ser ejemplo para el resto de la humanidad creyente, lo que significa que, para ser un buen cristiano, hay que reconocer nuestra culpa y estar dispuesto a sacrificarnos para alcanzar la redención de nuestros pecados y la salvación eterna.

Un Curso de Milagros nos enseña que la muerte de Jesucristo en la cruz está más allá de la interpretación acuñada por el cristianismo. Nos enseña que la verdadera esencia del ser no es el cuerpo, sino el Espíritu, y para reforzar esta enseñanza se mostró en su cuerpo espiritual, dando lugar a la creencia en la resurrección.

12. El cuerpo se concibió para que sirviese de sacrificio al pecado, y así es como aún se le considera en las tinieblas. 2A la luz de la visión, no obstante, se le considera de manera muy distinta. 3Pue­des confiar en que servirá fielmente al propósito del Espíritu Santo, y puedes conferirle poder para que se vuelva un instru­mento de ayuda a fin de que los ciegos puedan ver. 4Mas cuando ellos vean, mirarán más allá de él, al igual que tú. 5la fe y a la creencia que depositaste en el cuerpo les corresponde estar más allá de él. 6Transferiste tu percepción, tu creencia y tu fe de la mente al cuerpo. 7Deja que éstas les sean devueltas ahora a aque­llo que las produjo y que todavía puede valerse de ellas para salvarse de lo que inventó.

El representante del ego es el cuerpo físico. El ego es la conciencia del mundo dual que surge tras fabricar una realidad basada en la visión de la separación. El cuerpo ha sustituido al espíritu, al igual que el miedo ha sustituido al amor. El mundo físico, el mundo sensorial y perceptivo es el mundo del sueño, donde la conciencia de unidad y del conocimiento compartido con Dios y Su Creación se manifiesta en la conciencia egoica e individualista, inspirada por el deseo de ser especial.

Por lo tanto, el cuerpo es la causa del pecado cuando se percibe desde la oscuridad, es decir, cuando nos hemos desconectado de la luz, el principio inteligible, que nos permite ser partícipes de la verdad. Siendo la causa del pecado, el cuerpo sirve a la idea de sacrificio con la intención de redimirse de la culpa que acompaña siempre al pensamiento pecador.

Sin embargo, el Espíritu Santo nos enseña a ver el cuerpo en su expresión más elevada, mostrándonos la capacidad de manifestación que posee para hacer tangible la verdad a través de la percepción verdadera. Por tal motivo, Jesús nos dice que el cuerpo debe convertirse en un instrumento de ayuda a fin de que los ciegos puedan ver. Esos ciegos son los que tienen una fe limitada por las leyes del mundo material y necesitan ver para creer.

martes, 24 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (4ª parte).

III. Fe, creencia y visión (4ª parte).

9. Aquellos que creen en el pecado deben pensar que el Espíritu Santo exige sacrificios, pues creen que ésa es la manera de alcan­zar su objetivo. 2Hermano, el Espíritu Santo sabe que el sacrificio no aporta nada. 3Él no hace tratos. 4si intentas imponerle lími­tes, lo odiarás porque tendrás miedo de Él. 5El regalo que Él te ha hecho es mucho más valioso que cualquier otra cosa a este lado del Cielo. 6El momento en que esto se ha de reconocer está al llegar. 7Une tu conciencia a lo que ya está unido. 8La fe que depo­sitas en tu hermano puede lograrlo, 9pues Aquel que ama el mundo lo está viendo por ti, sin ninguna mancha de pecado sobre él y envuelto en una inocencia tal que contemplarlo es con­templar la belleza del Cielo.

El amor, la fuerza creadora por excelencia, actúa extendiéndose y estableciendo la conciencia de la unidad que da cohesión a todo lo creado. Es la fuerza que mora en el Cielo, donde todo queda bajo su visión, bajo su ley. El amor no tiene límites y es eterno. Podríamos seguir describiendo las abundantes cualidades del amor y nos costaría ponerle fin a esta introducción, en la que intento poner de manifiesto algo tan sencillo como la esencia de la felicidad y de la paz. Y a pesar de su grandeza, hemos decidido prescindir de su virtud y elegir en cambio una dirección donde lo único que buscamos es satisfacer nuestro deseo de ser especial.

En el amor, en el Cielo, todos gozamos de la igualdad y semejanza con la que Dios nos creó. Nadie es especial. Ser alguien no es lo importante. Tener una identidad no es lo esencial. La verdad, lo real, lo que nos hace verdaderamente poderosos es nuestra santidad, nuestra pureza, nuestra inocencia, nuestra impecabilidad, nuestra perfección, en definitiva, nuestra divinidad.

¿Cómo podemos pensar que Dios nos castiga? ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha abandonado? Él no necesita perdonarnos porque Él conoce a Su Hijo y lo conoce en Sí Mismo, a Su imagen y semejanza. El Hijo de Dios no puede pecar, pero puede olvidar su inocencia al cubrir su mente con el velo de ser especial a su Padre y al resto de sus hermanos. Pero este acto no puede juzgarse como un acto pecaminoso, sino como una elección de ver las cosas de otra manera, eligiendo el miedo al amor. Ha elegido el miedo porque, desde el momento en que elige ser especial, olvida su condición divina para convertirse en una personalidad, en el ego.

Si Dios no nos juzga, ni condena, no hay nada por lo que tenemos que sacrificarnos. El Espíritu Santo no nos impone como meta el castigo. Su lección es la Expiación, que significa la corrección de la percepción falsa en verdadera.

10. Tu fe en el sacrificio ha hecho que éste tenga gran poder ante tus ojos, salvo que no te das cuenta de que no puedes ver debido a él. 2Pues sólo se le puede exigir sacrificio al cuerpo, y sólo otro cuerpo podría exigirlo. 3La mente, de por sí, no podría ni exigirlo ni recibirlo. 4El cuerpo tampoco. 5La intención está en la mente, que trata de valerse del cuerpo para poner en práctica los medios del pecado en los que ella cree. 6Y así, los que valoran el pecado no pueden sino creer que la mente y el cuerpo están unidos. 7Y de este modo, el sacrificio es, invariablemente, un medio para impo­ner límites, y, por consiguiente, para odiar.

La lección del sacrificio forma parte del sistema de pensamiento del ego y se transmite como una innegable verdad de generación en generación.

Desde que se tienen conocimientos del comportamiento humano, el sacrificio ha acompañado el transcurrir evolutivo de la humanidad. Los Textos Sagrados recogen muchos episodios donde el sacrificio es una ofrenda a Dios o a los dioses, dependiendo de la cultura, y al cual se le rinde un especial culto. De esta forma, el sacrificio está muy arraigado en el inconsciente colectivo de la humanidad y forma parte de su genoma, por lo que nos resultará muy difícil deshacernos de su demente influencia.

El sacrificio se exige o se emplea como un pago para satisfacer la ira del que hemos ofendido y a veces se nos muestra con un rostro más benigno, cuando pasa a formar parte de una cualidad que, de ser desarrollada debidamente, nos aportará muchos beneficios. Por ejemplo, cuando se adopta como un factor educativo: "Hijo mío, en la vida, para llegar a ser alguien de provecho, hay que sacrificarse". Con este consejo, da la sensación de que las carencias que acompañan siempre al acto del sacrificio fuesen una fuente de riqueza y abundancia. Pienso que en ese ejemplo en particular, del que me he sentido partícipe, el sacrificio ha sustituido al término "esfuerzo", que nada tiene que ver con el acto de tener que renunciar a lo que somos: seres ilimitados.

lunes, 23 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (3ª parte).

III. Fe, creencia y visión (3ª parte).

6. El Espíritu Santo puede valerse de todos los medios que tú has empleado para ir en pos del pecado. 2Pero tal como Él se vale de ellos te alejan del pecado, porque Su propósito apunta en direc­ción contraria. 3Él ve los medios que empleas, pero no el propó­sito para el que los inventaste. 4Su intención no es quitártelos, pues reconoce su valor y los ve como un medio de alcanzar lo que Él dispone para ti. 5Inventaste la percepción a fin de poder elegir entre tus hermanos e ir en busca del pecado con ellos. 6El Espíritu Santo ve la percepción como un medio de enseñarte que la visión de la relación santa es lo único que deseas ver. 7Pues entonces depositarás toda tu fe en la santidad, al desearla y creer en ella por razón de tu deseo.

Cuando unimos voluntad y deseo, el fruto es creación o fabricación. El hecho de que sea una cosa u otra depende de que gocemos de Conocimiento o de que elijamos nuestra creencia en la separación. Dicho de otro modo, cuando nuestra voluntad elige amar, nuestro deseo es unificador y nuestra dimensión es el Cielo, donde todo forma parte de la Unidad. En cambio, cuando nuestra voluntad elige ser especial, nuestro deseo nos lleva a la división y nuestra dimensión es tridimensional, es corporal.

El ego es la consecuencia de haber utilizado nuestra voluntad con el deseo de ser especial. Pero ello no significa que nuestra identidad verdadera sea la corporal. Significa que nuestro deseo individual utiliza nuestra mente para que nos muestre imágenes individuales, las cuales son percibidas en el nivel tridimensional. Es lo que los físicos cuánticos interpretan cuando hablan del "colapso de ondas por el observador", lo que hace que la onda -energía- al ser observada se convierta en partícula -materia-.

Dentro del campo tridimensional, el Espíritu Santo nos ayuda a percibir correctamente las imágenes que nos muestra nuestra mente y lo hace a través de la rectitud, es decir, a través de la Expiación o corrección de lo ilusorio. La Expiación nos muestra la unidad que nos mantiene unidos a todo lo creado. Esta visión llevada a las relaciones especiales favorece su transformación, convirtiéndola en relaciones de santidad.

7. La fe y la creencia se unen a la visión, ya que todos los medios que una vez sirvieron para los fines del pecado se canalizan ahora hacia la santidad. 2Pues a lo que tú llamas pecado, no es más que una limitación, y odias a todo aquel que tratas de redu­cir a un cuerpo porque le temes. 3Al negarte a perdonarlo, lo con­denas al cuerpo porque tienes en gran estima los medios del pecado. 4así, depositas toda tu fe y creencia en el cuerpo. 5Pero la santidad quiere liberar tu hermano, y eliminar el odio elimi­nando el miedo, no en el nivel de los síntomas, sino de raíz.

La visión nos muestra aquello en lo que creemos y en lo que hemos depositado nuestra fe. Es por esta razón que Jesús nos dice que la fe y la creencia se unen a la visión.

La visión física nos muestra lo que llamamos nuestra realidad; le otorgamos ese poder. Sin embargo, no son los ojos físicos los que nos muestran lo que creemos ver, sino nuestra mente, donde albergamos nuestra fe. Por tal motivo, no es en el nivel de las formas donde debemos llevar a cabo la corrección, sino en el nivel mental. Cambiemos nuestras creencias y nuestra mente nos mostrará una nueva visión, una nueva comprensión. No habrá cambiado lo externo, pero sí nuestra manera de verlo y el significado que ello tenía para nuestra mente.

Cuando nuestra mente nos muestre la visión de nuestro hermano, debemos tener presente que lo que vemos no es su verdadera realidad, sino la que nosotros estamos interpretando. Esto ocurre cuando albergamos la creencia en la separación. Si en su lugar creyésemos que somos una unidad, nuestra mente no nos mostraría la visión de la separación, aunque el cuerpo de nuestro hermano continúe siendo el mismo. Es por ello que este punto termina diciéndonos que la santidad quiere liberar a nuestro hermano y eliminar el odio eliminando el miedo, no en el nivel de los síntomas, sino de raíz.

8Aquellos que quieren liberar a sus hermanos del cuerpo no tie­nen miedo. 2Pues han renunciado a los medios del pecado al ele­gir que se eliminen todas sus limitaciones. 3Puesto que desean ver a sus hermanos bajo el manto de la santidad, el poder de su creen­cia y de su fe ve más allá del cuerpo, facilitando la visión, no obstruyéndola. 4Pero antes de eso decidieron reconocer lo mucho que su fe había limitado su entendimiento del mundo, y desearon depositarla en otro lugar en caso de que se les ofreciese otro punto de vista. 5Los milagros que siguen a esta decisión nacen también de la fe. 6Pues a todos aquellos que eligen apartar su mirada del pecado se les concede la visión y se les conduce a la santidad.

Ya hemos visto cómo la causa que ha dado lugar a la identificación con el cuerpo físico y al olvido de nuestra verdadera realidad se encuentra en la creencia en que nos encontramos separados de Dios y en el deseo de ser especial, haciendo uso del libre albedrío de nuestra voluntad. El mundo que percibimos ha sido fruto del diseño basado en dichas creencias, por lo que no podemos esperar nada más, ni nada menos, que percibamos lo que nuestra mente nos muestra: dolor, sufrimiento, culpa, miedo, enfermedad y muerte.

Cambiar la orientación del deseo nos llevará a elegir hacer un uso correcto de la voluntad y utilizar nuestra mente bajo la inspiración del Amor, lo cual nos llevará a ver un mundo que responde a la conexión existente entre todo lo creado.

No se trata de negar el cuerpo y la experiencia corporal de la que estamos formando parte en la actualidad. Se trata de no aportarle la hegemonía de nuestra verdadera realidad. Saber que es temporal es reconocer su cualidad. Saber que lo que somos es eterno es reconocer, igualmente, su cualidad. Si utilizamos el término de verdad para designar lo que es eterno, no podremos negar que lo único verdadero es nuestra identidad espiritual y no la corporal. Esta visión nos ayudará a otorgar al cuerpo la función que tiene y utilizarlo para potenciar la manifestación de las fuerzas que forman parte de nuestro ser espiritual.

viernes, 20 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (2ª parte).

III. Fe, creencia y visión (2ª parte).

3. ¿Por qué te resulta tan extraño que la fe pueda mover monta­ñas? 2En realidad, ésa es una hazaña insignificante para seme­jante poder. 3Pues la fe puede mantener al Hijo de Dios encadenado mientras él crea que lo está. 4Mas cuando se libre de las cadenas será simplemente porque habrá dejado de creer en ellas, al retirar su fe de la idea de que lo podían aprisionar, y depositarla en cambio en su libertad. 5Es imposible tener fe en dos orientaciones opuestas. 6La fe que depositas en el pecado se la quitas a la santidad. 7Y lo que le ofreces a la santidad se lo has quitado al pecado.

Si el cuerpo no es real, la montaña tampoco lo es. Recordemos que las enseñanzas del Curso no van dirigidas al aspecto corporal, a la manifestación tridimensional, a lo físico y experiencial, sino a la mente, al espíritu, pues tanto la mente como el espíritu sí forman parte de nuestra verdadera realidad.

El contenido de este punto así nos lo muestra. Se está dirigiendo a la fuerza de la fe, al poder de las creencias, al uso de la mente. Si creemos que somos un cuerpo, difícilmente aceptaremos que nuestra fe -pensamientos- pueda mover montañas. Ahora bien, si la montaña forma parte de nuestras ideas, adquiere el significado simbólico de "obstáculo", y mover un obstáculo significará corregirlo. Ese poder sí está en el nivel de la fe, en el nivel de las creencias. Esa montaña es la creencia en la separación, la cual representa el mayor de los obstáculos para alcanzar nuestra salvación, es decir, la de alcanzar la visión Crística de la Unidad que nos une a la Filiación, de la cual formamos parte.

4. La fe, la creencia y la visión son los medios por los que se alcanza el objetivo de la santidad. 2través de ellos el Espíritu Santo te conduce al mundo real, alejándote de todas las ilusiones en las que habías depositado tu fe. 3Ése es su rumbo, el único que Él jamás ve. 4cuando te desvías, Él te recuerda que no hay nin­gún otro. 5Su fe, Su creencia y Su visión son para ti. 6Y cuando las hayas aceptado completamente en lugar de las tuyas, ya no ten­drás necesidad de ellas. 7Pues la fe, la creencia y la visión única­mente tienen sentido antes de que se alcanza la certeza. 8En el Cielo son desconocidas. 9El Cielo, no obstante, se alcanza a través de ellas.

He aquí fundamentado lo que hemos dicho en el análisis del punto anterior. Es la fe, la creencia y la visión lo que nos permitirá mover montañas. La fe es el contenido de nuestras creencias y la visión nos muestra el contenido de nuestra fe. Vemos aquello que deseamos, pues el deseo se convierte en la fuerza que nos inspira nuestras creencias. Si creemos en la separación, nuestros deseos se movilizarán con el fin de ser especiales y ello nos mostrará la visión de la separación, de la individualidad.

Pero esa dinámica, cuando es utilizada por el Espíritu Santo, por la Mente Recta, nos lleva a creer en la Unidad, y esa creencia movilizará a nuestros deseos para que seamos canales del amor, lo que nos mostrará la visión de la unidad, de la Filiación. 

5. No es posible que al Hijo de Dios le falte fe, pero sí puede elegir dónde desea depositarla. 2La falta de fe no es realmente falta de fe, sino fe que se ha depositado en lo que no es nada. 3La fe que se deposita en las ilusiones no carece de poder, pues debido a ello el Hijo de Dios cree ser impotente. 4De ese modo, no se es fiel a sí mismo, pero sí tiene gran fe en las ilusiones que abriga acerca de sí mismo. 5Pues tú inventaste la fe, la percepción y la creencia a fin de perder la certeza y encontrar el pecado. 6Este rumbo demente fue tu propia elección, y al depositar tu fe en lo que habías elegido, fabricaste lo que deseabas.

La elección errónea del Hijo de Dios le llevó a sustituir el Conocimiento directo que lo unía a Su Fuente -Dios- por la creencia en la visión del mundo que percibía, la cual le llevó a depositar su fe en las imágenes percibidas.

La visión de la unidad fue sustituida por la creencia en la separación y ello ha condicionado que nuestra fe sirva al deseo de ser especial y a fabricar un mundo acorde con ese deseo de especialismo. Todas las estructuras sociales están inspiradas en satisfacer nuestros deseos, pero sus pilares están llamados a desaparecer, pues la creencia en la separación no da solidez a lo construido. Tan solo el amor es la fuerza que da cohesión para alcanzar un estado eterno e ilimitado.

jueves, 19 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (1ª parte).

III. Fe, creencia y visión (1ª parte).

1. Todas las  relaciones especiales  tienen como meta el pecado, 2pues son tratos que se hacen con la realidad, a la que la aparente unión se adapta. 3No te olvides de esto: hacer tratos es fijar lími­tes, y no podrás sino odiar a cualquier hermano con el que tengas una relación parcial. 4Quizá trates de respetar el trato en nombre de lo que es "justo", exigiendo a veces ser tú el que pague, aun­que lo más frecuente es que se lo exijas al otro. 5Al hacer lo que es ''justo”, pues, tratas de mitigar la culpabilidad que emana del propósito que aceptaste para la relación. 6Y por eso el Espíritu Santo tiene que cambiar su propósito para que sea de utilidad para Él e inofensiva para ti.

Todas las relaciones especiales tienen su origen en el deseo individual de ser especial, lo que significa que hemos depositado nuestra fe en la certeza de que somos nuestros propios creadores y que nuestra identidad, el cuerpo, es la muestra evidente de que estamos separados del mundo que nos rodea y de los seres que lo habitan.

Si la creencia en la separación forma parte de nuestra mente, lo primero que haremos es establecer un sistema de pensamiento donde sus leyes protejan dicha creencia. Así nos aseguraremos de que ninguna otra idea ponga en peligro nuestra fe, es decir, se convierta en un obstáculo para que no consigamos lo que deseamos.

A la creencia en la separación la hemos llamado "pecado", pues la hemos identificado como la causa que ha dado origen a nuestra acción transgresora de las leyes de Dios y de Su Mandato de no "comer del Árbol del Bien y del Mal".  Por lo tanto, todas las relaciones tienen como meta el pecado, pues nos recuerda de manera inconsciente lo que subyace en la mente subconsciente de la humanidad: la creencia en el pecado y en la culpa que ello nos produce.

Podemos decir que cuando establecemos una relación especial, lo que realmente estamos haciendo es buscar la vía redentora que nos libere de la culpa. La redención exige castigo y el castigo es un ataque que nos muestra nuestra falta de amor. Nos dice Jesús en este punto que en las relaciones especiales hacemos tratos con el otro, en nombre de un aparente amor que en verdad oculta el deseo de fijar límites, pues proyectamos aquello que se encuentra en nuestro interior, por lo que no podemos dar amor cuando en realidad creemos en el castigo.

2. Si aceptas este cambio, habrás aceptado la idea de hacerle sitio a la verdad. 2La fuente del pecado habrá desaparecido. 3Tal vez te imagines que todavía experimentas sus efectos, pero el pecado ha dejado de ser tu propósito y ya no lo quieres más. 4Nadie permite que su propósito sea reemplazado mientras todavía lo siga deseando, pues nada se quiere y se protege más que un objetivo que la mente haya aceptado. 5Lo perseguirá, sombría o feliz­mente, pero siempre con fe y con la perseverancia que la fe inevi­tablemente trae consigo. 6EI poder de la fe jamás se puede reconocer si se deposita en el pecado. 7Pero siempre se reconoce si se deposita en el amor.

La propuesta que nos hace el Espíritu Santo es la de Expiar el error de nuestra mente y corregir el contenido de nuestra fe, es decir, cambiar la falsa identificación con el pecado y sustituir como vía de salvación el castigo por el perdón.

Una mente identificada con el pecado aceptará el sacrificio, la inmolación, como la vía que ha de aportar la redención y la salvación. Para el ego, la salvación significa que hemos hecho los méritos suficientes para que Dios nos perdone por nuestros pecados. Esta idea nos sugiere que creemos profundamente que Dios nos ha condenado por haberle desobedecido. Fue Él quien nos expulsó del "paraíso terrenal"; fue Él el que nos sentenció a trabajar para ganar el sustento de cada día. De este modo, el Dios del Amor fue sustituido por el Dios Juez Castigador.

El ego, con esa visión alterada, pone en evidencia su propio sistema de pensamiento en el que el ataque, el juicio condenatorio, es la respuesta a la creencia en la separación. Si Dios nos "separó" de su Edén, no podemos afirmar que la unidad gobierne las leyes de la percepción, las leyes del mundo en el que vivimos y morimos.

La Voz del Espíritu Santo es la Voz a la que debemos escuchar, pues su luz difuminará la oscuridad que nos ha llevado a creer en la falsedad de que somos pecadores y de que Dios nos ha repudiado. Esa luz nos mostrará el verdadero rostro de Dios, el del Amor y nos mostrará, igualmente, que la separación nunca se ha producido, pues nuestro verdadero Ser forma parte íntegra de Su Fuente.

miércoles, 18 de junio de 2025

Capítulo 21. II. Somos responsables de lo que vemos (5ª parte).

II. Somos responsables de lo que vemos (5ª parte).

11. Es tan esencial que reconozcas que tú has fabricado el mundo que ves, como que reconozcas que tú no te creaste a ti mismo. 2Pues se trata del mismo error. 3Nada que tu Creador no haya crea­do puede ejercer influencia alguna sobre ti. 4Y si crees que lo que hiciste puede dictarte lo que debes ver y sentir, y tienes fe en que puede hacerlo, estás negando a tu Creador y creyendo que tú te hiciste a ti mismo. 5Pues si crees que el mundo que construiste tiene el poder de hacer de ti lo que se le antoje, estás confun­diendo Padre e Hijo, Fuente y efecto.

En la medida en que nos identifiquemos con la realidad otorgada al cuerpo como el símbolo de nuestra identidad, la resistencia a aceptar la verdad de nuestro verdadero yo será mayor o menor. En verdad, no hay grados en el proceso de adquirir la visión verdadera de lo que somos. No podemos decirnos: "Soy un cuerpo al 30% y un espíritu al 70%". Lo que es verdad lo es porque no cambia, no varía, es eterna. Si crees que lo que eres es un cuerpo donde habita circunstancialmente el espíritu, no estarás viendo la verdad, sino lo que al ego le conviene que pienses, pues de este modo, en el proceso de tu despertar, se dice a sí mismo: mejor ser un cuerpo en un 30% que no ser nada.

Debemos poner nuestra fe en lo que es verdad y, de este modo, nuestro deseo servirá a la creencia verdadera y dejará de servir a una voluntad mal orientada. La verdad que compartimos junto al resto de la Filiación es que somos el Hijo de Dios, emanados de Su Fuente, lo que nos hace Hijos del Amor. Nuestra condición es espiritual, no material.

12. Las creaciones del Hijo son semejantes a las de su Padre. 2Mas al crearlas, el Hijo no se engaña a sí mismo pensando que él es independiente de su Fuente. 3Su unión con Ella es la Fuente de su capacidad para crear. 4Aparte de esto no tiene poder para crear, y lo que hace no significa nada, 5no altera nada en la creación, depende enteramente de la locura de su hacedor y ni siquiera podría servir para justificarla. 6Tu hermano cree que él fabricó el mundo junto contigo. 7De este modo, niega la creación, 8y cree, al igual que tú, que el mundo que fabricó lo engendró a él. 9De éste modo, niega haberlo fabricado.

El error original radica en la creencia de que el mundo que hemos hecho real, el mundo que hemos fabricado, es la causa de nuestra creación, no la nuestra. Negamos su fabricación, precisamente porque el sistema de pensamiento que lo rige está basado en la separación, es decir, en la separación del creador con lo creado; en la separación del Hijo con respecto al Padre.

Si aceptásemos la verdad de que somos el Hijo de Dios y que formamos una unidad con nuestro creador y con el resto de la creación, nuestras creaciones no nos mostrarían los efectos de un mundo separado donde no se ve la relación de unión entre nuestra identidad y nuestra capacidad creadora. Esta es la razón por la cual no aceptamos la idea de que seamos responsables de aquello que percibimos. Cuando en verdad no hay ningún responsable fuera de nosotros mismos.

Nuestro error procede de nuestra mente, por lo que ese mismo error es compartido con todos nuestros hermanos. Nos dice Jesús que nuestro hermano cree que él fabricó el mundo junto a nosotros. Un dato real de que nuestras mentes están unidas.

13. Mas la verdad es que tanto tú como él fuisteis creados por un Padre amoroso, que os creó juntos y como uno solo. 2Ve lo que "prueba" lo contrario, y estarás negando toda tu realidad. 3Reco­noce en cambio que fuiste tú quien fabricó todo lo que aparente­mente se interpone entre tú y tu hermano y os mantiene separados al uno del otro, y a los dos de vuestro Padre, y tu instante de liberación habrá llegado. 4Todos los efectos de eso que hiciste desaparecerán porque su fuente se habrá puesto al descubierto. 5La aparente autonomía de su fuente es lo que te mantiene prisionero. 6Ése es el mismo error que pensar que eres inde­pendiente de la Fuente mediante la cual fuiste creado, y que nunca has abandonado.

No podemos ver el hecho de que nuestras mentes estén unidas, que nos ha llevado a compartir el mismo error, como algo negativo, sino todo lo contrario. El lazo de unión de nuestras mentes es lo que facilitará nuestro despertar, nuestra salvación, pues favorecerá la verdadera visión de la unidad y sustituirá la falsa creencia en la separación.

Del mismo modo que compartimos los errores, podemos compartir las verdades; lo único que tenemos que hacer es detectar el error y corregirlo en nosotros mismos. Por el lazo cuántico que nos une mentalmente, nuestra corrección corregirá, igualmente, a los demás y se producirá el milagro de la salvación. 

Para salvar al mundo debemos primero salvarnos a nosotros mismos. La única manera de hacerlo es corrigiendo el pensamiento falso e ilusorio, llevándolo a la verdad.

martes, 17 de junio de 2025

Capítulo 21. II. Somos responsables de lo que vemos (4ª parte).

II. Somos responsables de lo que vemos (4ª parte).

9. Ya hemos dicho que hacerse ilusiones es la manera en que el ego lidia con lo que desea para tratar de convertirlo en realidad. 2No hay mejor demostración del poder del deseo, y, por ende, de la fe, para hacer, que sus objetivos parezcan reales y posibles. 3La fe en lo irreal conduce a que se tengan que hacer ajustes en la realidad. para que se amolde al objetivo de la locura. 4El objetivo del pecado induce a la percepción de un mundo temible para justificar su propósito. 5Verás aquello que desees ver. 6si la rea­lidad de lo que ves es falsa, lo defenderás no dándote cuenta de todos los ajustes que has tenido que hacer para que ello sea como lo ves.

Si nuestra fe responde al deseo de ser especial, nuestras creencias fabricarán una realidad basada en el especialismo, donde todo tendrá la apariencia de estar separado, lo que dará lugar a un sistema de pensamiento cuyas leyes tendrán como fin el salvaguardar la integridad de la creencia en la separación.

Todo ello facilitará el crecimiento de una realidad ilusoria y la identificación con la percepción errónea percibida. El cuerpo físico se utiliza como el máximo exponente de la credibilidad de las ideas que conforman su sistema de pensamiento, lo cual imposibilita que sea el cuerpo el vehículo más apropiado para corregir la falsa percepción. Lo corporal prevalece por encima de lo mental y se le da mucha más importancia a la hora de interpretar la vida. Para el ego, es el cuerpo el que manda sobre cualquier otra cosa y la mente, la cual sitúa en el cerebro, está al servicio del cuerpo y no el cuerpo al servicio de la mente. Esta manera de pensar dio lugar a la ciencia mecanicista, la cual se postuló sobre leyes y verdades que hoy día aún tienen su vigencia. Si bien la ciencia de nuestros días ha evolucionado, poniendo en entredicho las verdades lideradas por Newton, y nuevas corrientes de pensamiento abogan por nuevas leyes, nuevos principios, más cercanos a la verdad. La física cuántica y la investigación de la materia subatómica nos están mostrando empíricamente que el cuerpo y la mente no están separados y que la realidad no responde a las leyes en las que se creían, sino que se muestra de una manera diferente, de una manera invisible y bajo leyes que hablan de la unidad del Todo.

10. Cuando se niega la visión, la confusión entre causa y efecto es inevitable. 2El propósito ahora es mantener la causa oculta del efecto y hacer que el efecto parezca ser la causa. 3Esta aparente autonomía del efecto permite que se le considere algo inde­pendiente, y capaz de ser la causa de los sucesos y sentimientos que su hacedor cree que el efecto suscita. 4Anteriormente habla­mos de tu deseo de crear a tu propio creador, y de ser el padre y no el hijo de él. 5Éste es el mismo deseo. 6El Hijo es el efecto que quiere negar a su Causa. 7Y así, él parece ser la causa y producir efectos reales. 8Pero lo cierto es que no puede haber efectos sin causa, y confundir ambas cosas es simplemente no entender nin­guna de las dos.

Así es. El deseo de ser especial y la fe en la creencia en la separación nos han llevado a creer que lo material es real y que la energía del pensamiento es irreal. Dicho de otro modo, hemos sustituido la causa, lo mental, por el efecto, lo tangible. Ese cambio en la visión ha dado lugar a la percepción errónea, es decir, nos hemos desconectado de la visión de las fuerzas que imperan en el mundo mental, las ideas, para identificarnos con su manifestación al ser colapsadas por nuestro deseo, el cual nos ha llevado a observar dicha onda de pensamiento y a transformarla en partícula. Lo que antes era invisible, al ser observado por nuestra identidad deseo, lo convierte en materia. Por lo tanto, es el poder del deseo el que nos lleva al especialismo, a la individualización, al efecto observador, el cual tiene la capacidad para transformar una idea -onda- en una manifestación material -partícula-.

Mientras que la partícula está regida por las leyes de la temporalidad del nivel físico, lo que se llama el mundo ilusorio e irreal, la onda que está regida por las leyes del mundo de Dios es eterna.

El Hijo de Dios se identifica con el cuerpo, con el efecto, y le otorga erróneamente la condición de causa, lo que le lleva a la confusión de creerse su propio creador.

lunes, 16 de junio de 2025

Capítulo 21. II. Somos responsables de lo que vemos (3ª parte).

II. Somos responsables de lo que vemos (3ª parte).

6. Tal vez no veas la necesidad de hacer esta pequeña ofrenda. 2Si ése es el caso, examina más detenidamente lo que dicha ofrenda representa. 3Y no veas en ella otra cosa que el absoluto intercam­bio de la separación por la salvación. 4El ego no es más que la idea de que es posible que al Hijo de Dios le puedan suceder cosas en contra de su voluntad, y, por ende, en contra de la Voluntad de su Creador, la cual no puede estar separada de la suya. 5Con esta idea fue con lo que el Hijo de Dios reemplazó su voluntad, en rebelión demente contra lo que no puede sino ser eterno. 6Dicha idea es la declaración de que él puede privar a Dios de Su poder y quedarse con él para sí mismo, privándose de este modo de lo que Dios dispuso para él. 7Y es esta descabellada idea la que has entronado en tus altares y a la que rindes culto. 8Y todo lo que supone una amenaza para ella parece atacar tu fe, pues en ella es donde la has depositado. 9No pienses que te falta fe, pues tu creencia y confianza en dicha idea son ciertamente firmes.

Creemos conocer la historia del mundo por las muchas aportaciones que el hombre ha sido capaz de compartir fruto de sus estudios e investigaciones. Si profundizamos un poco en el resultado de dichas investigaciones y decidimos ver cuántas de esas aportaciones pueden ser consideradas como vivencias de felicidad y paz, así como cuáles pueden ser consideradas como vivencias de sufrimiento, dolor y guerras, nos sorprenderíamos al comprobar los resultados, pues la balanza se inclinará de una forma evidente a favor de esta última. Y a pesar de ello, a pesar de que la historia nos repite acontecimientos llenos de dolor y miedo, seguimos identificados con el deseo de ser especiales, con el deseo de separarnos de la Fuente del Amor, de la Dicha y de la Paz.

Cuando el origen de un pensamiento es demente, es decir, está fuera de la Mente de donde emana el Amor, nuestras creaciones también lo serán y el mundo que percibiremos será la máxima evidencia de la realidad en la que creemos.

Como bien nos dice Jesús al final de este punto, no podemos menospreciar nuestra falta de fe, pues albergamos la creencia en la separación, en el especialismo y en la errónea identidad del cuerpo.

7. El Espíritu Santo puede hacer que tengas fe en la santidad, y darte visión para que la puedas ver fácilmente. 2Mas no has dejado libre y despejado el altar donde a estos dones les corres­ponde estar. 3Y donde ellos debieran estar has colocado tus ído­los, los cuales has consagrado a otra cosa. 4A esa otra "voluntad" que parece decirte lo que ha de ocurrir, le confieres realidad. 5Por lo tanto, aquello que te demostraría lo contrario no puede por menos que parecerte irreal. 6Lo único que se te pide es que le hagas sitio a la verdad. 7No se te pide que inventes o que hagas lo que está más allá de tu entendimiento. 8Lo único que se te pide es que dejes entrar a la verdad, que ceses de interferir en lo que ha de acontecer de por sí y que reconozcas nuevamente la presencia de lo que creíste haber desechado.

El altar es el símbolo que utiliza Jesús para referirse a la mente. Es en ese altar-mente donde debemos mirar, pues en él encontraremos la calidad de los pensamientos a los que rendimos culto. Nuestros ídolos responden a nuestros deseos. Podemos adorar a cientos de dioses, los cuales representan la multiplicidad de nuestros deseos de ser especiales, o podemos adorar a un solo Dios, el cual representa la unidad, la visión del amor.

Al percibirnos separados, el mundo que hemos fabricado responde a las leyes de la separación, a las leyes del ego, las cuales nos llevan a adorar a los ídolos que representan nuestras creencias: al dios de la muerte, al dios de la enfermedad, al dios del pecado, al dios del sufrimiento, al dios de la guerra, al dios del dolor. Rezamos a todos esos dioses a los que les rendimos fidelidad y a los que veneramos como los representantes de nuestra realidad.

Es hora de que nuestro altar sea renovado y depositemos en él al Dios de la Verdad, al Dios del Amor y de la Unidad. 

8. Accede, aunque sólo sea por un instante, a dejar tus altares libres de lo que habías depositado en ellos, y no podrás sino ver lo que realmente se encuentra allí. 2El instante santo no es un instante de creación, sino de reconocimiento. 3Pues el reconoci­miento procede de la visión y de la suspensión de todo juicio. 4Sólo entonces es posible mirar dentro de uno mismo y ver lo que no puede sino estar allí, claramente a la vista y completamente independiente de cualquier inferencia o juicio. 5Deshacer no es tu función, pero sí depende de ti el que le des la bienvenida o no. 6La fe y el deseo van de la mano, pues todo el mundo cree en lo que desea.

Todo acto de fe es una declaración a favor de lo que creemos, independientemente de que se haya manifestado en el nivel que llamamos realidad del mundo físico.

Nos dice Jesús que la fe y el deseo van de la mano, pues todo el mundo cree en lo que desea. Con ello, nos está recordando una vez más lo que ya nos ha dicho en los puntos anteriores al referirse al poder del deseo como fuente de creación. El deseo, unido a la voluntad, nos lleva a crear o a fabricar, dependiendo si el deseo sirve al amor o al miedo. Si el deseo y la fe -creencia- van de la mano, podemos afirmar que el deseo sigue la estela de aquello en lo que creemos. Dicho de otro modo, para poder crear un mundo separado hemos tenido que poner nuestra fe en dicha creencia, lo que nos indica que hemos utilizado nuestros pensamientos para crear desde la idea de la separación. Nos encontramos ante la causa original de lo que se ha llamado el pecado original, la elección de ser diferentes a Dios y a Su Mundo donde todo es unidad.

Hoy, la física cuántica nos habla del "mundo de las infinitas posibilidades" al referirse al mundo de la mente. Desde el punto de vista aportado por el conocimiento esotérico, dicho mundo es conocido como el Mundo de los Arquetipos o Mundo Emanativo. De él procede el origen de las ondas del pensamiento, las cuales, al ser colapsadas por un observador, se transforman en partículas, las cuales dan lugar a lo material. Os recomiendo la obra escrita por el Dr. Joe Dispenza, titulada Deja de ser tú, si os sentís motivados a conocer la dinámica que estamos aprendiendo en el Curso de Milagros desde un punto de vista cercano a los avances científicos en materia cuántica.

Capítulo 27. II. El temor a sanar (4ª parte).

II. El temor a sanar (4ª parte). 4. El perdón no es real a menos que os brinde curación a tu her­mano y a ti. 2 Debes dar testimonio de que ...