lunes, 31 de agosto de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 243

LECCIÓN 243

Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.

1. Hoy seré honesto conmigo mismo. 2No pensaré que ya sé lo que no puede sino estar más allá de mi presente entendimiento. 3No pensaré que entiendo la totalidad basándome en unos cuan­tos fragmentos de mi percepción, que es lo único que puedo ver. 4Hoy reconozco esto. 5así quedo eximido de tener que emitir juicios que en realidad no puedo hacer. 6De esta manera, me libero a mí mismo y a todo lo que veo, de modo que pueda estar en paz tal como Dios nos creó.

2. Padre, hoy dejo que la creación sea lo que es. 2Honro todos sus aspec­tos, entre los que me cuento. 3Somos uno porque cada aspecto alberga Tu recuerdo, y la verdad sólo puede derramar su luz sobre todos nosotros cual uno solo.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 243 de Un Curso de Milagros, «Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra», me enseña que la paz sólo es posible cuando renuncio al hábito de juzgar. El juicio nace de la percepción y se sustenta en la dualidad; en cambio, la verdad se revela en la visión que trasciende toda interpretación. Esta lección me invita a aceptar la realidad tal como es, sin imponerle los significados que mi mente ha aprendido a atribuirle.

Al zambullirme en el agua, experimenté sensaciones aparentemente contradictorias. En un primer momento percibí su frescor y lo asocié con el concepto de frío; más tarde, al avanzar unos metros, sentí su calidez y la identifiqué con el calor. Sin darme cuenta, relacioné el frío con el malestar y el calor con el placer. Entonces me pregunté cómo reaccionaría una mente libre de conceptos, como la de un niño recién nacido. ¿Juzgaría esa experiencia como agradable o desagradable? ¿O simplemente la viviría sin interpretarla?

Este instante de reflexión me permitió comprender el valor y el poder del juicio. Juzgamos cuando nos dejamos llevar por la percepción, que interpreta lo que experimentamos basándose en la dualidad. Así calificamos lo agradable como bueno y lo desagradable como malo. Sin embargo, la percepción es limitada y subjetiva. Lo que unos consideran beneficioso, otros pueden considerarlo perjudicial. A lo largo del tiempo, hemos establecido costumbres y creencias culturales basadas en tales interpretaciones, llegando incluso a defenderlas con firmeza.

El sesgo del juicio nos conduce a la arbitrariedad, pues carecemos de una visión integral de aquello que evaluamos. En realidad, lo que juzgamos externamente es una proyección de nuestro mundo interior. El Curso lo expresa con claridad: «La proyección da lugar a la percepción» (T-13.V.3:5). Al condenar lo que vemos fuera, nos condenamos a nosotros mismos, perpetuando la culpa y el conflicto en nuestra mente.

Renunciar al juicio nos libera de esta dinámica. El Curso nos invita a recordar: «Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra». Al aceptar esta práctica, dejamos de interpretar la realidad desde el miedo y permitimos que la verdad se revele con claridad. De este modo, quedamos libres «de tener que emitir juicios que en realidad no puedo hacer» y nos liberamos a nosotros mismos y a todo lo que vemos para poder estar en paz tal como Dios nos creó.

El despertar a la conciencia de la unidad disuelve el hábito de juzgar y restablece la mente recta. En ese estado, trascendemos la percepción y accedemos a la visión de Cristo, que reconoce la inocencia en todo lo creado. Hoy elijo no juzgar, y en esa elección encuentro la paz. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 243 enseña que:

• La percepción es limitada.
• El juicio se basa en información incompleta.
• No juzgar libera la mente.
• La paz surge al soltar la interpretación.
• Todo puede ser visto sin conflicto.

No es indiferencia. Es claridad humilde.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.”

Cada repetición reduce la reactividad, disuelve interpretaciones automáticas, abre espacio mental y facilita la paz.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

El juicio es uno de los hábitos más automáticos de la mente.

Se manifiesta como crítica, evaluación constante, etiquetado e interpretación inmediata. Esto genera estrés, conflicto interno y ansiedad.

Al practicar el no juicio, disminuye la carga mental, aumenta la claridad, se reduce la tensión emocional y aparece mayor neutralidad.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma que la verdad no necesita juicio, que la percepción puede purificarse, que la unidad se reconoce al soltar interpretaciones y que la paz es el estado natural.

Esto revela algo muy profundo: cuando dejo de juzgar, me acerco a la visión de Cristo.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  1. Observa cualquier reacción automática.
  2. Cuando surja un juicio, detente.
  3. Di internamente: “No sé lo que esto significa.”
  4. Permite que la situación sea tal como es.
  5. Descansa en la neutralidad.

No necesitas entender. Solo dejar de interpretar.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No reprimir pensamientos.
No forzar indiferencia.
No intentar “vaciar la mente”.

Observar sin engancharse.
Soltar suavemente.
Practicar con paciencia.

El no juicio es apertura, no bloqueo.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa:

  • 241: La salvación ocurre ahora.
  • 242: Entrego el día.
  • 243: Suelto el juicio sobre lo que ocurre.

Esto es clave: ya no interpretas, comienzas a ver sin interferencia.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 243 es una invitación a descansar de una carga constante: la necesidad de interpretar todo.

Durante mucho tiempo, la mente ha intentado comprender, clasificar y juzgar cada experiencia. Pero ese esfuerzo no trae paz. Trae tensión.

Hoy se propone algo distinto: dejar que la vida sea tal como es, sin imponer significado.

Y en ese espacio, algo se abre. La mente se aquieta. Y la paz, que siempre estuvo ahí, se vuelve evidente.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de juzgar, dejo espacio para ver.”


Ejemplo-Guía: “Juzgar o no juzgar”

«No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados» (Lucas 6:37).

«No juzguéis para que no seáis juzgados» (Mateo 7:1).

He rescatado estas citas del Nuevo Testamento para introducir el tema que abordamos en la lección de hoy. Ambas expresan un principio universal que también se repite a lo largo de las enseñanzas de Un Curso de Milagros: dar es recibir. Como nos recuerda el Libro de Ejercicios: «Dar y recibir son en verdad lo mismo» (L-pI.108). En la medida en que juzgamos, seremos juzgados; en la medida en que condenamos, nos condenamos. Así, cada pensamiento se convierte en una siembra cuyo fruto inevitablemente cosecharemos.

El Curso arroja una profunda luz sobre la naturaleza del juicio. En el Texto se afirma con claridad: «Juzgar no es un atributo de Dios» (T-2.VIII.2:3). Si aceptamos esta afirmación como verdadera, la cuestión que nos planteamos queda resuelta. Si hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, no podemos poseer atributos distintos de los Suyos. Por lo tanto, juzgar no forma parte de nuestra herencia divina.

Si Dios no juzga, tampoco lo hace el Hijo de Dios en su verdadera naturaleza. Entonces, ¿por qué juzgamos? Lo hacemos porque hemos olvidado quiénes somos y nos hemos identificado con una imagen ilusoria de nosotros mismos. Este olvido dio origen a la percepción y a la creencia en la separación. Como enseña el Curso: «La percepción, por otra parte, no puede tener lugar sin la creencia en “más” y en “menos”» (T-3.V.7:5). La percepción entraña selectividad a todo nivel, y evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar (T-3.V.7:6-8).

De este modo, el juicio se convierte en el fundamento de la percepción, pero no del conocimiento. «La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz» (T-3.VI.2:1). Mientras el conocimiento procede de la verdad y de la unidad, el juicio surge de la dualidad y de la ilusión. Donde hay juicio, hay conflicto; donde hay conocimiento, hay paz.

Los juicios siempre implican rechazo. Nunca resaltan únicamente lo positivo, sino que subrayan aquello que consideramos imperfecto. «Los juicios siempre entrañan rechazo. Nunca ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan, ya sea en ti o en otros. Lo que se ha percibido y se ha rechazado, o lo que se ha juzgado y se ha determinado que es imperfecto, permanece en tu mente porque ha sido percibido» (T-3.VI.2:4-6). Así, el juicio se convierte en una carga que perturba la mente y nos priva de la paz.

¿Has experimentado lo agotador que resulta emitir juicios de manera constante? El Curso nos recuerda: «No tienes idea del tremendo alivio y de la profunda paz que resultan de estar con tus hermanos o contigo mismo sin emitir juicios de ninguna clase» (T-3.VI.3:1). Al renunciar al juicio, recuperamos la serenidad y reconocemos la inocencia que compartimos con todos.

No obstante, podría surgir una duda legítima: ¿cómo podemos sobrevivir en este mundo sin hacer juicios? La clave reside en distinguir entre el juicio del ego y el discernimiento del Espíritu Santo. El primero condena; el segundo ilumina. No se nos pide ignorar la verdad, sino reconocer lo verdadero sin condenar lo ilusorio.

En este contexto, resulta esencial comprender la diferencia entre juicio y condena. El Curso nos enseña: «La condenación es un juicio que emites acerca de ti mismo, y eso es lo que proyectas sobre el mundo» (T-21.In.2:1). Lo que vemos fuera es el reflejo de nuestra mente. Si percibimos culpa, es porque la albergamos en nuestro interior; si vemos santidad, es porque nos hemos unido a la Voluntad de Dios.

Los juicios, como cualquier defensa, pueden emplearse para herir o para sanar. «Al ego se le debe llevar a juicio y allí declararlo inexistente» (T-4.IV.8:8). Este es el único juicio válido: reconocer la irrealidad del ego y afirmar la verdad de nuestra identidad divina.

Mientras permanezcamos en el “sueño” de la percepción, nuestro propósito no será condenar, sino discernir entre lo verdadero y lo falso. El Curso nos recuerda que el primer paso hacia la libertad consiste en separar lo ilusorio de lo real: «El primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero» (T-2.VIII.4:1). Este discernimiento no implica condenación, sino corrección y sanación.

El propósito del tiempo es brindarnos la oportunidad de alcanzar este juicio perfecto, que reconoce únicamente el valor de lo digno de amor. Cuando todo lo que conservemos en la memoria sea amoroso, el miedo desaparecerá. «Cuando todo lo que retengas en la memoria sea digno de amor, no habrá ninguna razón para que sigas teniendo miedo» (T-2.VIII.5:10).

Así, comprendemos que nuestra función en este mundo es perdonar. El perdón sana la percepción de la separación y nos permite reconocer la inocencia en nuestros hermanos. A través del perdón, dejamos de juzgar y recuperamos la visión de Cristo.

La Lección 243 nos invita a renunciar al juicio y a confiar en la guía del Espíritu Santo: «Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra». No se nos pide que neguemos lo que vemos, sino que reinterpretamos nuestras percepciones desde el amor. Cuando elegimos no juzgar, elegimos la paz.

Hoy dejo de juzgar. Hoy libero a mis hermanos y me libero con ellos. Hoy elijo ver con los ojos del perdón.

Y en esa visión sin condena, reconozco la verdad eterna: todos somos uno en el Amor de Dios.

Reflexión: ¿En verdad tenemos el conocimiento global de las cosas para poder juzgarlas?

¿Qué hago cuando no consigo perdonar a una persona?

Viviendo Un Curso de Milagros

¿Y si no tuvieras que decidir inmediatamente qué significa lo que ocurre… sino permitir que la verdad te muestre cómo verlo? Aplicando la Lección 243.

¿Y si no tuvieras que decidir inmediatamente qué significa lo que ocurre… sino permitir que la verdad te muestre cómo verlo? Aplicando la Lección 243.

La Lección 243 nos invita a comenzar el día con una decisión que puede liberar a nuestra mente de una de sus cargas más constantes: 👉 “Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.” Juzgamos casi sin darnos cuenta. Algo sucede y enseguida decidimos si es bueno o malo, favorable o desfavorable, justo o injusto. Alguien dice unas palabras y creemos saber qué intención había detrás. Un plan cambia y concluimos que el día se está complicando. Vemos apenas un fragmento de una situación y, sin embargo, nuestra mente construye rápidamente una historia completa.

La lección nos propone algo muy diferente: reconocer honestamente que nuestra percepción es limitada. No conocemos todos los antecedentes, no sabemos qué consecuencias tendrá aquello que ahora contemplamos y muchas veces ni siquiera comprendemos completamente las motivaciones de nuestra propia mente. Por eso hoy no se nos pide que comprendamos más, sino que dejemos de afirmar con tanta seguridad que ya comprendemos.

🌿 Juzgar significa creer que ya sé.

Cada juicio contiene una conclusión: yo sé lo que esto significa. Si alguien no responde a nuestro mensaje, interpretamos su silencio. Si una persona cambia de actitud, imaginamos sus motivos. Si algo no ocurre como esperábamos, decidimos que ha sido perjudicial. Lo hacemos continuamente porque la incertidumbre incomoda al ego y, muchas veces, preferimos una explicación equivocada antes que reconocer sencillamente: no sé.

Pero decir “no sé” puede convertirse en un acto de profunda humildad. No significa renunciar a comprender, sino dejar de sustituir la verdad por nuestras conclusiones apresuradas. Puedo reconocer: esto es lo que ahora percibo, pero quizá no estoy viendo todo lo que hay.

Cuando acepto esta limitación, algo se relaja. Ya no tengo que resolver inmediatamente el significado de cada experiencia. Puedo esperar. Puedo observar. Puedo permitir que aparezca una comprensión distinta.

👉 Cuando dejo de afirmar que conozco el significado completo de una situación, dejo espacio para que otra manera de verla pueda aparecer.

Sólo veo una parte de la historia.

Podemos imaginar que entramos en una sala cuando una película ya ha comenzado. Vemos durante unos minutos cómo un personaje abandona enfadado la habitación, otro empieza a llorar y un tercero permanece en silencio. Si tuviéramos que explicar inmediatamente qué está ocurriendo, probablemente construiríamos una historia con esos pocos datos. Sin embargo, desconocemos todo lo sucedido anteriormente y tampoco sabemos lo que ocurrirá después.

Algo parecido sucede con nuestra percepción cotidiana. Vemos fragmentos y juzgamos totalidades.

Quizá una experiencia que ahora considero negativa termine conduciéndome hacia algo que todavía no puedo reconocer. Tal vez una persona cuya conducta juzgo esté librando una batalla interior que desconozco. Quizá aquello que hoy considero una pérdida pueda mostrarme, con el tiempo, una dirección que nunca habría elegido voluntariamente.

No necesito convertir estas posibilidades en nuevas explicaciones. Bastaría con dejar abierta la pregunta: Quizá no sé todavía qué significa esto.

Esa frase no me debilita. Me hace receptivo.

👉 Reconocer que sólo veo fragmentos me libera de fingir una certeza que realmente no poseo.

🕊️ No juzgar no significa dejar de discernir.

Podríamos interpretar esta enseñanza como si el Curso nos pidiera aceptar pasivamente todo cuanto sucede. Pero vivir sin condenar no significa vivir sin discernimiento. Seguiremos tomando decisiones, estableciendo límites y reconociendo cuándo una situación requiere una respuesta.

Puedo observar que determinado comportamiento me hace daño y alejarme de él. Puedo decir no. Puedo protegerme. Puedo corregir una equivocación. La diferencia está en desde dónde lo hago.

El discernimiento observa y pregunta qué corresponde hacer. El juicio añade una condena: sé quién eres por lo que has hecho, sé cuáles son tus intenciones y sé lo que mereces.

Puedo considerar inadecuada una conducta sin convertir al hermano que la realizó en esa conducta. Puedo reconocer un error sin transformar el error en identidad. Puedo actuar con firmeza sin necesitar odiar.

👉 Puedo tomar decisiones sensatas sin convertir la condena en el argumento que las justifique.

🌞 El juicio hace que vea mis propias interpretaciones.

Cuando juzgo, dejo de relacionarme únicamente con lo que ocurre y comienzo a relacionarme con la historia que he construido acerca de ello. Si he decidido que alguien es egoísta, interpretaré muchas de sus acciones desde esa etiqueta. Si pienso que una situación es una desgracia, buscaré pruebas que confirmen mi conclusión. Si creo que soy incapaz, cada dificultad parecerá demostrarlo.

De esta manera, el juicio selecciona aquello que quiere encontrar y después utiliza lo encontrado para confirmar que tenía razón.

Así vamos creando un mundo que parece demostrarnos continuamente nuestras propias creencias.

Renunciar al juicio rompe este círculo. Ya no necesito que cada situación confirme lo que pensaba. Puedo mirar nuevamente. Puedo admitir que mi interpretación inicial quizá procedía del miedo, de una experiencia pasada o de una expectativa que yo mismo había establecido.

👉 Cuando dejo de juzgar, dejo también de utilizar el mundo como prueba de que mis antiguas creencias son verdad.

🤍 Al liberar a mi hermano, también me libero.

Existe otra consecuencia profunda del juicio. Cada vez que reduzco a una persona a su error, estoy aceptando una creencia que tarde o temprano utilizaré contra mí mismo: que nuestros errores determinan lo que somos.

Si mi hermano queda definido para siempre por aquello que hizo, yo también tendré que quedar definido por mis equivocaciones.

Por eso dejar de juzgar no es solamente un regalo que ofrecemos a otro. Es una liberación compartida.

Puedo pensar en alguien con quien todavía tengo un conflicto y reconocer: no sé todo acerca de ti. No conozco completamente tu camino, tus miedos ni tus motivaciones. Aquello que hiciste puede haber requerido una respuesta, pero no quiero utilizar un fragmento de tu historia para decidir quién eres eternamente.

Y al decir esto acerca de mi hermano, comienzo también a permitírmelo a mí.

👉 Cada hermano al que dejo de encerrar en mi juicio me recuerda que yo tampoco estoy encerrado en mis errores.

🌿 No necesito interpretar todo lo que ocurre.

Hay un enorme cansancio en la necesidad de explicar continuamente la vida. ¿Por qué ha sucedido esto? ¿Qué habrá querido decir? ¿Quién tiene la culpa? ¿Qué ocurrirá después? La mente analiza, compara, interpreta y vuelve a analizar, creyendo que encontrará paz cuando consiga entenderlo todo.

Pero muchas veces ocurre justamente lo contrario: cuanto más juzgamos, más conflicto fabricamos.

Quizá hoy podamos permitirnos otro modo de estar.

Puedo recibir una experiencia antes de clasificarla. Puedo escuchar antes de responder. Puedo sentir una emoción sin decidir inmediatamente qué demuestra acerca de mí. Puedo atravesar una incertidumbre sin convertirla en una amenaza.

No estoy renunciando a la comprensión. Estoy dejando de exigir que aparezca antes de tiempo.

👉 Cuando dejo de imponer una interpretación inmediata, mi mente dispone de espacio para escuchar.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día, antes de entrar completamente en las ocupaciones, puedes detenerte unos instantes y decir: 👉 “Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.”

No tienes que convertir esta frase en una exigencia. Seguramente aparecerán muchos juicios durante el día. La práctica consiste en reconocerlos y detenerte unos segundos antes de seguir alimentándolos.

Si alguien hace algo que te molesta: No sé todo lo que hay detrás de esto.

Si un plan cambia inesperadamente: Todavía no sé qué significado tendrá este cambio.

Si cometes un error: Esto describe una elección, no define todo lo que soy.

Si aparece una situación que inmediatamente calificas como mala: Quizá no estoy viendo la totalidad.

No necesitas sustituir el juicio por una explicación positiva. Basta con no cerrar la situación dentro de una conclusión.

Puedes utilizar una frase sencilla: No sé lo que esto significa todavía. Estoy dispuesto a verlo de otra manera.

Después observa si aparece un poco más de espacio en tu mente.

No busques respuestas extraordinarias. Tal vez simplemente disminuya la necesidad de reaccionar. Quizá escuches mejor. Tal vez descubras que aquello que ibas a decir ya no necesita ser dicho.

👉 No necesito tener una opinión definitiva acerca de todo lo que ocurre; puedo dejar algunas cosas abiertas a una comprensión mayor.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 242 nos invitaba a entregar el día a Dios. La 243 da un paso más: si realmente quiero dejarme guiar, necesito renunciar también a decidir de antemano qué significa todo lo que ocurra.

No puedo entregar el camino y continuar imponiéndole todas mis interpretaciones.

El ego dice: esto es bueno. Esto es malo. Éste tiene razón. Aquél es culpable. Yo sé lo que significa.

La mente que aprende a confiar comienza a decir: Veo solo una parte. No necesito condenar. Puedo esperar. Puedo escuchar.

No juzgar no significa perder claridad. Significa reconocer que la percepción limitada no puede ofrecerme por sí sola el conocimiento de la totalidad. Y cuando dejo de exigirle que lo haga, la mente descansa.

Los hermanos dejan de estar encerrados en las etiquetas que les he impuesto. Los acontecimientos dejan de exigir una conclusión inmediata. Yo mismo dejo de estar condenado por mis antiguas definiciones.

👉 Cuando dejo de juzgar, no dejo de ver; dejo libre mi mirada para aprender a ver de otra manera.

🌟 Frase central: “No necesito saber inmediatamente qué significa lo que ocurre; puedo dejar de juzgar y permitir que la verdad me enseñe a verlo.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero descansar de mi necesidad de juzgar. Durante demasiado tiempo he contemplado pequeños fragmentos y he creído conocer la historia completa. He decidido qué era bueno, qué era malo, quién tenía razón, quién estaba equivocado y cómo deberían desarrollarse las cosas.

Hoy quiero reconocer que no veo la totalidad.

Cuando algo no salga como esperaba, ayúdame a no decidir inmediatamente que ha sido malo. Cuando un hermano actúe de una manera que no comprenda, ayúdame a no convertir ese instante en toda su identidad. Cuando recuerde mis errores, no permitas que los utilice para condenarme.

No quiero utilizar esta decisión para volverme indiferente. Si tengo que actuar, actuaré. Si tengo que poner un límite, lo pondré. Si tengo que corregir algo, lo corregiré. Pero quiero hacerlo sin convertir la condena en mi guía.

Hoy quiero dejar que cada situación sea lo que es antes de imponerle lo que yo creo que significa. Y cuando descubra que estoy juzgando, no añadiré otro juicio contra mí mismo. Simplemente recordaré:

No sé todo. No veo todo. Puedo esperar.

Quizá esa pequeña renuncia sea suficiente para que aparezca una mirada diferente. Una mirada que no necesite culpables, que no quede atrapada en las apariencias y que pueda reconocer detrás de cada hermano algo que mis juicios nunca pudieron mostrarme.

Padre, hoy dejo que la vida me hable antes de decidir lo que tiene que decirme. Dejo que mis hermanos sean más grandes que las historias que he construido acerca de ellos. Y me permito también ser más que todos los juicios que alguna vez pronuncié sobre mí mismo.

“Padre, hoy renuncio a creer que conozco el significado completo de cuanto ocurre. Ayúdame a contemplar cada situación y cada hermano sin imponerles mis antiguas conclusiones. Que pueda discernir sin condenar, actuar sin atacar y dejar suficiente espacio en mi mente para que Tu paz me muestre lo que mis juicios no pueden ver.”

Capítulo 27. III. Más allá de todo símbolo (4ª parte).

III. Más allá de todo símbolo (4ª parte). 

4. Un espacio vacío que no se percibe ocupado, y un intervalo de tiempo que no se considere usado ni completamente empleado, se convierten en una silenciosa invitación a la verdad para que entre y se sienta como en su casa. 2No se puede hacer ningún preparativo que aumente el verdadero atractivo de esta invita­ción. 3Pues lo que se deja vacante Dios lo llena, y allí donde Él está tiene que morar la verdad. 4La creación es un poder que no se puede debilitar y que no tiene opuestos. 5Para esto no hay símbolos. 6Nada puede apuntar hacia lo que está más allá de la verdad, pues, ¿qué podría representar a lo que es más que todo? 7El verdadero des-hacimiento, no obstante, tiene que ser benévolo. 8Por lo tanto, la primera imagen que reemplaza a la tuya, es otra clase de imagen.

Este punto continúa directamente la enseñanza anterior. Primero se nos dijo que la imagen del hermano fabricada por el ego no significaba nada, que no tenía causa y que el espacio que parecía ocupar debía reconocerse como vacío. Ahora el Curso explica qué sucede con ese espacio cuando dejamos de llenarlo con nuestros juicios, símbolos, interpretaciones y recuerdos: se convierte en una invitación silenciosa a la verdad.

La verdad no necesita ser forzada. No necesita que la mente egoica prepare un altar especial ni que organice ceremonias internas para recibirla. De hecho, cualquier “preparativo” que surja del ego puede convertirse en otra forma de ocupar el espacio. El Curso dice que no se puede hacer ningún preparativo que aumente el atractivo de esta invitación, porque la invitación ya es perfecta cuando el espacio queda verdaderamente libre.

Lo que se deja vacante, Dios lo llena. Esta frase es el centro luminoso del punto. La mente no tiene que producir la verdad. No tiene que inventar la paz. No tiene que fabricar la visión. Sólo tiene que dejar de defender la imagen falsa que estaba ocupando el lugar de la verdad.

Mensaje central del punto:

  • Un espacio vacío, no ocupado por imágenes falsas, invita silenciosamente a la verdad.
  • Un intervalo de tiempo no usado por el ego queda disponible para Dios.
  • La verdad entra allí donde ya no se sostiene una imagen contradictoria.
  • No hay preparativos que puedan mejorar esta invitación.
  • Lo que se deja vacante, Dios lo llena.
  • Donde Dios está, la verdad mora necesariamente.
  • La creación es poder absoluto, sin debilidad y sin opuestos.
  • No hay símbolos que puedan representar plenamente lo que está más allá de todo símbolo.
  • Nada puede apuntar más allá de la verdad, porque la verdad lo contiene todo.
  • El verdadero deshacimiento debe ser benévolo.
  • Por eso, antes de ir más allá de toda imagen, el Espíritu Santo ofrece una imagen diferente y sanadora.

Claves de comprensión:

  • El ego llena el espacio con símbolos.
  • La verdad llena el espacio cuando los símbolos se retiran.
  • La mente no tiene que crear la verdad; sólo dejar de bloquearla.
  • El vacío del que habla el Curso no es ausencia, sino disponibilidad.
  • Cuando el pasado deja de ocupar el presente, el presente se vuelve receptivo a Dios.
  • La verdad no compite con las imágenes falsas.
  • Simplemente entra cuando la mente deja de defenderlas.
  • La creación no tiene opuestos porque procede de un poder que no puede debilitarse.
  • Lo que no tiene opuestos no puede representarse adecuadamente mediante símbolos.
  • Todo símbolo pertenece todavía al nivel de la percepción.
  • Pero el Espíritu Santo usa símbolos benignos para conducir suavemente la mente más allá de ellos.
  • El deshacimiento verdadero no arranca violentamente las imágenes; las reemplaza con una imagen más amable hasta que ya no sean necesarias.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo tu mente intenta llenar el espacio vacío demasiado rápido:

  • “Si dejo de ver a mi hermano así, ¿entonces qué queda?”
  • “Necesito otra explicación”.
  • “Necesito entenderlo todo antes de soltar esta imagen”.
  • “Necesito prepararme más para ver la verdad”.
  • “Si no juzgo, me quedaré sin defensa”.
  • “Si retiro esta imagen, no sabré cómo relacionarme con él”.
  • “Necesito mantener algo en ese lugar”.

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy permitiendo que este espacio quede realmente vacío?”
→ “¿Estoy intentando sustituir una imagen falsa por otra interpretación del ego?”
→ “¿Puedo descansar sin llenar el intervalo con pasado, juicio o análisis?”
→ “¿Confío en que lo que dejo vacante Dios lo llena?”
→ “¿Estoy dispuesto a no preparar la verdad a mi manera?”
→ “¿Puedo aceptar una imagen más benévola mientras aprendo a ir más allá de toda imagen?”

Este punto es muy práctico. A veces, cuando soltamos un juicio sobre alguien, sentimos una especie de vacío. Ya no sabemos cómo verlo. Ya no podemos usar la vieja historia, pero todavía no hemos aceptado la visión nueva. Ese momento puede parecer incómodo para el ego, pero para el Espíritu Santo es sagrado. Es el intervalo disponible. Es el espacio no ocupado. Es la puerta abierta.

La práctica consiste en no llenar ese espacio con prisas.

No poner otra etiqueta.
No construir otra defensa.
No buscar otra acusación.
No exigir una nueva explicación.

Sólo dejarlo vacío y permitir que la verdad entre.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué imagen falsa de mi hermano estoy dispuesto a dejar vacante?
  • ¿Qué espacio de mi mente sigue ocupado por juicios antiguos?
  • ¿Me da miedo el vacío que aparece cuando dejo de interpretar?
  • ¿Intento preparar la verdad según mis propias condiciones?
  • ¿Puedo confiar en que Dios llena lo que dejo libre?
  • ¿Estoy dispuesto a permitir un deshacimiento benévolo, sin violencia interior?
  • ¿Qué símbolo amable me ofrece el Espíritu Santo para sustituir la imagen de ataque?
  • ¿Puedo mirar a mi hermano sin necesitar definirlo desde el pasado?

Conclusión:

Cuando la imagen falsa cae, queda un espacio vacío.

Y ese espacio no es peligroso. No es pérdida. No es ausencia. Es una invitación silenciosa a la verdad. El ego teme el vacío porque ya no puede controlarlo. Pero el Espíritu Santo lo bendice porque sabe que lo que se deja vacante, Dios lo llena.

No necesitamos preparar la verdad.
No necesitamos embellecer la invitación.
No necesitamos fabricar una experiencia espiritual.
Sólo necesitamos dejar de ocupar el lugar de Dios con nuestras imágenes.

La creación no puede ser simbolizada plenamente porque no tiene opuestos. Ningún símbolo puede contener lo que está más allá de toda forma. Pero el Espíritu Santo es benévolo. No nos arranca de golpe todas las imágenes. Primero, reemplaza la imagen dolorosa por otra más amable, una imagen que ya no acusa, que ya no ataca, que ya no convierte al hermano en símbolo de contradicción.

Y desde esa imagen benévola, la mente aprende a ir más allá de toda imagen.

Primero se vacía el espacio. Luego entra la verdad. Después, incluso el símbolo santo deja de ser necesario. Porque allí donde Dios mora, la verdad está en casa.

Frase inspiradora: “Dejaré vacante el espacio que ocupaban mis imágenes falsas, para que Dios lo llene con la verdad que no tiene opuestos.”

domingo, 30 de agosto de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 242

LECCIÓN 242

Este día se lo dedico a Dios. Es el regalo que le hago.

1. Hoy no dirigiré mi vida por mi cuenta. 2No entiendo el mundo, por lo tanto, tratar de dirigir mi vida por mi cuenta es una locura. 3Mas hay Alguien que sabe qué es lo que más me conviene. 4Él se alegra de tomar por mí únicamente aquellas decisiones que me conducen a Dios. 5Pongo este día en Sus manos, pues no quiero demorar mi regreso al hogar, y es Él el que conoce el camino que me conduce a Dios.

2. Y así, ponemos este día en Tus Manos. 2Venimos con mentes comple­tamente receptivas. 3No pedimos nada que creamos desear. 4Concédenos tan sólo lo que Tú deseas que recibamos. 5Tú conoces nuestros deseos y necesidades. 6Y nos concederás todo lo que sea necesario para ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva hasta Ti.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 242 de Un Curso de Milagros, «Este día se lo dedico a Dios. Es el regalo que le hago», me enseña que consagrar mi vida al Padre es el camino más directo hacia la paz y la certeza de mi verdadera Identidad. Dedicarle el día a Dios significa entregarle mi voluntad, mis pensamientos y mis acciones, permitiendo que Su Amor sea la guía que ilumine cada instante de mi existencia. En esta entrega reconozco que mi vida tiene un propósito divino y que sólo en Él encuentro la plenitud.

Hoy dispongo que mi única voluntad sea hacer la Voluntad del Padre. Hoy dispongo que mi único deseo sea lo que Dios desea para mí. Hoy dispongo que mi única creencia sea Ser Uno con el Pensamiento de mi Padre. Hoy dispongo que todos mis actos den testimonio del Amor. Estas afirmaciones expresan la unión de mi voluntad con la Suya, recordándome que «No hay más voluntad que la de Dios» (L-pI.74.3:2). En esta aceptación se disuelve todo conflicto y se establece la paz en mi mente.

Soy consciente de que, mientras transite por el plano material, no comprenderé plenamente las leyes que rigen un mundo ilusorio y cambiante. Sin embargo, el Curso me recuerda que el mundo que percibo no define mi realidad: «El mundo que veo no me ofrece nada que yo desee» (L-pI.128). Por ello, entrego mis pensamientos, deseos y actos al Padre, confiando en que Su Sabiduría guiará mis pasos hacia el verdadero Hogar.

Esta entrega no implica renuncia, sino liberación. Al confiar en Dios, abandono la carga de decidir por mi cuenta y permito que el Espíritu Santo dirija mi camino con amor y claridad. En Su guía encuentro la seguridad que el mundo no puede ofrecerme. Como enseña el Curso: «Confía en que Él responderá de inmediato y con Amor a todos los que de algún modo se vean afectados por tus decisiones» (T-14.III.17:5). Así, cada experiencia se transforma en una oportunidad para aprender, sanar y recordar la verdad.

Dedicarle este día a Dios es ofrecerle el regalo de una mente abierta y dispuesta a recibir Su Voluntad. En esta consagración reconozco mi unidad con Él y acepto la función que me ha sido encomendada: amar y extender Su paz. Cada acto inspirado por el Amor se convierte en un testimonio de Su Presencia y en un reflejo de Su gloria.

Con gratitud te entrego mi mente, Padre. Que Tu Voluntad se cumpla en mí y a través de mí. Que este día sea un canto de amor y un reflejo de Tu eterna paz. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 242 enseña que:

• El control del ego es limitado.
• La guía divina es más sabia.
• El día puede ser ofrecido completamente.
• La receptividad abre el camino.
• La confianza sustituye al esfuerzo.

No es renuncia. Es alineación.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Este día se lo dedico a Dios. Es el regalo que le hago”.

Cada repetición relaja la mente, disuelve la necesidad de control, fortalece la confianza y abre la percepción a la guía.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección tiene un efecto muy concreto: La mente suele anticipar, planificar en exceso, preocuparse e intentar controlar resultados. Esto genera ansiedad, tensión y agotamiento.

Al practicar la entrega, disminuye la sobrecarga mental, aumenta la sensación de apoyo, aparece mayor fluidez y se reduce la ansiedad.

Es una forma de descansar psicológicamente.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma:

• Dios conoce el camino.
• La guía divina es constante.
• La mente puede alinearse con ella.
• La entrega acelera el despertar.

Esto revela algo esencial: no estás recorriendo el camino solo.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  1. Al despertar, ofrece el día: “Este día es para Ti”.
  2. Antes de actuar, haz pausas breves.
  3. Recuerda que no necesitas decidir todo.
  4. Permanece abierto a lo que surja.
  5. Al final del día, agradece.

No necesitas hacerlo perfecto. Solo recordar y soltar.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No confundir entrega con pasividad.
No dejar de actuar cuando sea necesario.
No esperar señales espectaculares.

Actuar con calma.
Confiar en lo simple.
Permitir el proceso.

La guía es suave y constante.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa:

241 → La salvación ocurre ahora.

242 → Ahora vivo el día desde esa verdad.

Este es un cambio clave: la práctica deja de ser puntual, se convierte en forma de vivir.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 242 transforma el día en algo sagrado.

No como idea… sino como experiencia.

Cuando dejas de intentar controlar cada detalle y permites que el día sea guiado, algo cambia profundamente: la tensión disminuye, la mente se relaja y aparece una sensación de acompañamiento constante.

El día deja de ser una carga. Y se convierte en un espacio donde algo más profundo puede expresarse.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando entrego mi día, dejo de cargarlo y empiezo a recibirlo”.


Ejemplo-Guía: “Caminando en coherencia”

La coherencia puede definirse como la relación lógica y armoniosa entre dos o más elementos, de modo que no exista contradicción entre ellos. Decimos que una persona actúa con coherencia cuando vive en consonancia con sus ideas y con aquello que expresa. Es, en esencia, la alineación entre pensamiento, sentimiento y acción.

Caminar en coherencia, siguiendo esta lógica, nos invita a pensar, sentir y actuar en una misma dirección. Cuando esto no ocurre, cuando existe una discrepancia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, hablamos de incoherencia. Este estado de desarmonía interior se manifiesta, en el “sueño” que creemos estar experimentando, como conflicto, sufrimiento e incluso enfermedad. El Curso nos recuerda esta relación al afirmar: «La enfermedad es una defensa contra la verdad» (L-pI.136).

El origen de la incoherencia se encuentra en el pensamiento original que llevó al Hijo de Dios a percibir las cosas de manera distinta a su Creador. Esta errónea visión dio lugar a la creencia en la separación y al adormecimiento de la consciencia de la Unidad. Como consecuencia, surgió la percepción de un mundo ilusorio y la identificación con el cuerpo físico como sustituto de nuestra verdadera identidad.

Por lo tanto, la incoherencia es la expresión de una visión equivocada de lo que somos. El olvido de nuestra naturaleza espiritual nos llevó a identificarnos con un envoltorio material. Sin embargo, esta identificación no altera la verdad. Como enseña el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94). Recordar esta afirmación restablece la coherencia en nuestra mente y nos devuelve a la unidad con nuestra Fuente.

Cada vez que recordamos lo que realmente somos, recuperamos la visión Una, es decir, el estado de coherencia. En este estado no existe conflicto de niveles ni contradicción entre el espíritu y la experiencia. La coherencia es la manifestación de la mente recta, mientras que la incoherencia es la expresión de la mente errada. La primera conduce a la paz; la segunda, al conflicto.

La lección de hoy nos invita a recuperar este estado de armonía interior. Para ello, se nos sugiere que dejemos de dirigir nuestra vida desde el ego y entreguemos el timón al Espíritu Santo, la Voz que habla por Dios. Esta entrega no supone una pérdida de control, sino la recuperación de nuestra verdadera guía. Como afirma el Curso: «Confío en mis hermanos, que son uno conmigo» (L-pI.181), recordándonos la unidad que compartimos.

Dedicar el día a Dios implica vivir desde la coherencia, permitiendo que nuestros pensamientos, palabras y acciones reflejen Su Voluntad. Cuando nos alineamos con la Luz, nuestras manifestaciones se convierten en una extensión del amor y de la paz. El cuerpo deja de ser un instrumento del ego y pasa a ser un medio de comunicación al servicio del Espíritu.

Si nuestra mente se pone al servicio de la Luz y amamos esa Luz, la compartiremos naturalmente en todas nuestras expresiones. Caminar en coherencia es vivir en unidad con Dios, con nuestros hermanos y con nosotros mismos.

Hoy dedico este día a Dios. Es el regalo que le hago. En esta entrega encuentro la armonía, la paz y la certeza de lo que verdaderamente soy.


Reflexión: Un día sin deseos.

¿Por qué siempre repito el mismo tipo de conflictos?

¿Por qué siempre repito el mismo tipo de conflictos?

Esta pregunta suele aparecer después de una experiencia desconcertante. Cambian las personas, cambian los lugares y cambian las circunstancias, pero el desenlace parece extrañamente familiar.

Vuelvo a sentirme ignorado. Vuelvo a relacionarme con alguien emocionalmente distante. Vuelvo a asumir responsabilidades que no me corresponden. Vuelvo a sentir que doy más de lo que recibo. Vuelvo a enfrentarme con personas que intentan controlarme.

Entonces puedo pensar: “¿Por qué me ocurre siempre lo mismo?”.

Un Curso de Milagros ofrece una respuesta profunda: quizá no estoy viviendo exactamente el mismo acontecimiento, pero sí estoy aplicando la misma interpretación. El escenario cambia; el propósito que mi mente le ha dado permanece.

Una cosa es que se repita una circunstancia externa y otra que yo vuelva a representar interiormente el mismo papel. Puedo cambiar de pareja, de trabajo o de entorno y seguir identificándome como quien no es valorado, quien debe defenderse, quien tiene que salvar a los demás o quien inevitablemente será abandonado.

Por eso la verdadera pregunta no es solo: “¿Por qué encuentro siempre a personas parecidas?”, sino: “¿Qué historia acerca de mí intento confirmar mediante ellas?”.

El Curso comienza su respuesta con una afirmación sencilla y radical: “Sólo veo el pasado”. No contemplamos las cosas tal como son ahora; las interpretamos mediante experiencias, creencias y juicios anteriores (L-7.1:1-8).

Cuando conozco a alguien, creo estar viendo únicamente a esa persona. Sin embargo, mi mente puede estar comparándola silenciosamente con quienes me hicieron daño, me decepcionaron o no satisficieron mis expectativas.

Una demora se convierte en abandono. Una diferencia de opinión se convierte en rechazo. Una petición se interpreta como control. Un silencio parece indiferencia.

No reacciono solo a lo que está ocurriendo. Reacciono también a todo el significado que el pasado ha depositado sobre ello.

La Lección 8 profundiza todavía más: la mente absorbida por el pasado únicamente ve sus propios pensamientos proyectados fuera y no puede captar el presente, que es el único tiempo que realmente hay (L-8.1:1-6).

Esto explica por qué algunos conflictos parecen comenzar antes de que haya sucedido nada grave. Ya estoy esperando un desenlace. Observo cualquier señal que confirme mis temores y paso por alto aquello que podría contradecirlos.

Si creo que tarde o temprano me abandonarán, estaré especialmente atento a cualquier distancia.

Si pienso que nadie tiene en cuenta mis necesidades, recordaré cada ocasión en que no se cumplan.

Si me identifico como quien debe sostenerlo todo, quizá elija personas a las que pueda cuidar y después las acuse interiormente de depender demasiado de mí.

El ego no busca necesariamente relaciones felices. Busca testigos que confirmen la identidad que ha fabricado.

Necesita poder decir: “¿Ves? Siempre me ocurre lo mismo”. “Nadie me comprende”. “No puedo confiar en nadie”. “Si yo no me ocupo, todo sale mal”.

Cada nuevo conflicto parece demostrar que mi historia era verdad. Pero quizá mi historia estaba organizando de antemano la manera en que contemplaba la relación.

Esto no significa que invente conscientemente el comportamiento de los demás ni que deba tolerar situaciones dañinas. Hay conductas que requieren límites claros, distancia o decisiones prácticas. El Curso no utiliza la responsabilidad mental para negar los hechos humanos.

Lo que me invita a observar es por qué ciertas formas se convierten repetidamente en el centro de mi experiencia y qué significado les otorgo.

Responsabilidad no significa: “Todo es culpa mía”. Significa: “Hay una parte de este patrón que ocurre en mi mente y, por tanto, puede ser corregida”.

El Texto ofrece una explicación especialmente reveladora al hablar de las relaciones especiales. Afirma que son intentos de revivir el pasado y modificarlo. Las heridas, decepciones e injusticias recordadas se introducen en la relación presente para reparar un amor propio que creemos herido. Así, alguien nuevo termina pagando por algo ocurrido anteriormente (T-16.VII.1:1-5).

Tal vez busque ahora la aprobación que no recibí antes. Tal vez espere que mi pareja repare el abandono de otra persona. Tal vez exija que alguien me escuche porque durante años creí no haber sido escuchado. Tal vez intente salvar a los demás para demostrar que soy valioso.

En apariencia, busco una relación nueva. Interiormente, puedo estar intentando terminar una historia antigua.

Pero el presente no puede modificar el pasado. Cuando exijo que una persona actual cure una herida anterior, la dejo de ver tal como es. La convierto en un personaje dentro de mi intento de reparación.

Si cumple el papel que le asigné, la considero mi salvadora. Si no lo cumple, se convierte en culpable.

En ambos casos, el conflicto está preparado, porque nadie puede satisfacer de forma permanente una necesidad que procede de una creencia acerca de mí mismo.

Si creo que me falta amor, ninguna cantidad de atención será suficiente. Si creo que no tengo valor, necesitaré demostraciones constantes. Si creo que estoy solo, interpretaré cualquier autonomía del otro como separación.

El problema no es la cantidad de amor que recibo, sino el propósito que le he dado: quiero que otra persona me convenza de algo que yo todavía me niego a aceptar acerca de mí.

Por eso, aunque cambie de relación, el conflicto puede reaparecer. Los actores son distintos, pero el guion sigue intacto.

El ego también utiliza estos patrones para mantener ocupada la mente. El Curso afirma que el propósito fundamental de la relación especial es mantenernos tan distraídos que no podamos escuchar la llamada de la verdad (T-17.IV.3:1-3).

Mientras analizo lo que alguien hizo, imagino lo que debería haber hecho o intento conseguir que cambie, no tengo que contemplar la creencia más profunda: “Estoy utilizando esta relación para definir quién soy”.

El conflicto me mantiene concentrado en la conducta del otro. La curación devuelve suavemente la atención a la decisión de mi mente.

Entonces puedo preguntarme: “¿Qué esperaba recibir de esta persona para sentirme completo?”. “¿Qué antiguo temor se ha activado?”. “¿Qué papel estoy representando nuevamente?”. “¿Qué conclusión acerca de mí intento confirmar?”. “¿Qué obtengo conservando este conflicto?”.

Esta última pregunta puede resultar incómoda. Parece absurdo pensar que obtengo algo de una situación que me hace sufrir. Pero tal vez obtenga el derecho a acusar, la confirmación de que soy víctima, una sensación de superioridad moral o la posibilidad de evitar una intimidad que también me asusta.

A veces el conflicto protege exactamente aquello que parece destruir.

Puedo lamentarme de que nadie se acerque verdaderamente a mí y, al mismo tiempo, escoger personas inaccesibles porque una relación disponible me obligaría a abandonar mi identidad de abandonado.

Puedo quejarme de que todos dependen de mí y continuar asumiendo tareas que nadie me pidió porque necesito sentirme indispensable.

Puedo temer que me controlen y entrar en relaciones donde debo defender constantemente mi autonomía porque no sé experimentar la unión sin percibirla como una amenaza.

No necesito juzgarme por descubrir esto. Los patrones repetidos no demuestran que esté condenado. Demuestran que hay una lección que todavía estoy intentando aprender con el maestro equivocado.

El ego me enseña: “Esta vez consigue que la otra persona actúe como necesitas”.

El Espíritu Santo me enseña: “Esta vez cambia el propósito de la relación”.

El cambio verdadero no consiste necesariamente en quedarme o marcharme. Ninguna decisión externa es automáticamente espiritual. A veces sanar implica continuar y aprender a relacionarme de otra manera. Otras veces implica poner un límite o retirarme.

La pregunta esencial es: ¿estoy actuando para castigar el pasado o para permitir que el presente tenga un propósito nuevo?

Cuando reconozca el patrón, puedo detenerme antes de repetir la reacción habitual. Tal vez no pueda modificar inmediatamente lo que siento, pero puedo evitar convertirlo en una sentencia.

Puedo decir: “Esto me resulta familiar, pero no significa que deba terminar de la misma manera”. “Esta persona no tiene que pagar por mi pasado”. “No necesito representar de nuevo el papel que conozco”. “Puedo elegir otro propósito para esta relación”. Y puedo comenzar con una oración sencilla:

“Espíritu Santo, vuelvo a encontrarme ante un conflicto que parece repetirse. Creo que la causa está fuera de mí, pero estoy dispuesto a reconocer la historia antigua que he traído hasta aquí. Muéstrame qué intento reparar, demostrar o castigar. Ayúdame a ver a esta persona en el presente y a no utilizarla para confirmar mi pasado. Dale Tú a esta relación un propósito nuevo”.

Entonces el patrón empieza a perder su poder. No porque todas las personas cambien ni porque nunca vuelva a aparecer una situación parecida, sino porque ya no necesito interpretarla de la misma manera.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Por qué siempre repito el mismo tipo de conflictos?”, sino: “¿Qué identidad sigo intentando conservar cada vez que los repito?”.

Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, descubro que el pasado no estaba regresando por sí solo. Era yo quien lo llevaba conmigo, esperando que alguien lo cambiara.

Ahora puedo entregarlo y permitir, por fin, que el presente sea nuevo.

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 258

LECCIÓN 258 Que recuerde que Dios es mi objetivo. 1.  Lo único que necesitamos hacer es entrenar nuestras mentes a pasar por alto todos los...