¿Y
si el miedo no fuera mi verdadero problema?
Esta
pregunta puede resultar desconcertante. Cuando sentimos miedo, todo parece
indicar que el miedo es precisamente el problema. Queremos que desaparezca la
ansiedad, que termine la preocupación, que el cuerpo se relaje y que aquello
que nos amenaza deje de suceder.
Sin
embargo, Un Curso de Milagros nos invita a mirar más profundamente. No para
negar el miedo ni para avergonzarnos por sentirlo, sino para preguntarnos qué
pensamiento lo está produciendo y qué propósito cumple dentro de nuestra mente.
Porque
una cosa es intentar eliminar el miedo, y otra muy distinta es permitir que sea
corregida la creencia de la que procede. Una cosa es calmar el síntoma, y otra
llegar hasta su causa.
¿Y
si el miedo no fuera mi verdadero problema, sino la señal de que estoy
intentando resolver el problema en el lugar equivocado?
Esto
significa que aquello que parece causarme miedo no es su causa última. Una
enfermedad, una pérdida económica, la opinión de otra persona o la
incertidumbre ante el futuro pueden actuar como detonantes dentro de mi
experiencia, pero el Curso me pide que no confunda el escenario con el origen.
La
situación externa parece decir: “Tienes miedo porque esto está ocurriendo”. El
Espíritu Santo me invita a considerar otra posibilidad: “Tienes miedo porque
has interpretado esto con una mente que se siente separada, vulnerable y sola”.
La
Lección 79 señala que el problema de la separación es el único problema que
existe y que todas las dificultades que parecen diferentes comparten ese mismo
origen (L-79.1:1-5; 2:1-4). La complejidad del mundo es, en gran medida, un
intento de no reconocer ese único problema y evitar así su única solución
(L-79.6:1-4).
Desde
esta perspectiva, el miedo no es la raíz. Es el efecto visible de una decisión
más profunda: creer que me he separado del Amor que me creó.
Si
me creo separado de Dios, me percibiré separado de mis hermanos. Si me siento
separado, me creeré incompleto. Si me creo incompleto, buscaré fuera aquello
que pienso que me falta. Y cuando mi seguridad dependa de personas, cuerpos,
circunstancias o resultados cambiantes, el miedo será inevitable.
Temeré perder lo que creo que me completa. Temeré no obtener lo que pienso que necesito. Temeré que alguien tenga poder para herirme. Temeré el futuro porque habré depositado en él mi salvación.
El
miedo, entonces, no aparece por casualidad. Da testimonio del sistema de
pensamiento que estoy utilizando. El Texto afirma que, cada vez que tengo
miedo, he tomado una decisión equivocada y necesito cambiar de mentalidad, no
limitarme a controlar los resultados o modificar el comportamiento
(T-2.VI.3:1-7).
Esta
enseñanza puede parecer dura si la escuchamos desde la culpa. Podemos pensar:
“Además de tener miedo, ahora resulta que es culpa mía”. Pero el Curso no
pretende culpabilizarnos. Nos devuelve el poder que habíamos proyectado sobre
el mundo.
Si
el miedo procediera realmente de algo externo, yo sería su víctima y tendría
que esperar a que el mundo cambiara para recuperar la paz. Pero si nace de una
interpretación de mi mente, puedo llevar esa interpretación ante el Espíritu
Santo y elegir otra manera de ver.
Responsabilidad
no significa culpabilidad. Significa posibilidad de elegir de nuevo.
El
verdadero problema no es que aparezca miedo, sino que lo utilice para demostrar
que la separación es real. El ego señala el cuerpo, el pasado, la enfermedad,
el dinero o las acciones de los demás y dice: “Aquí está la causa”. De ese
modo, mantiene la atención fuera de la mente, que es el único lugar donde la
corrección puede producirse.
Entonces
intento dominar el miedo mediante el control. Quiero preverlo todo, evitar
cualquier riesgo, asegurar la conducta de los demás y garantizar los
resultados. Tal vez consiga una sensación temporal de alivio, pero el miedo
reaparecerá bajo otra forma, porque su causa no ha sido cuestionada.
El
Texto enseña que pedir simplemente ser liberado del miedo no basta; debemos
pedir ayuda para cambiar las condiciones mentales que lo suscitaron. Esas
condiciones siempre implican alguna disposición a permanecer separados, y lo
importante no es el resultado particular, sino el error fundamental
(T-2.VI.4:1-10).
Esto
explica por qué algunas preocupaciones regresan incluso después de que la
situación se haya resuelto. El objeto del miedo cambia, pero la mente continúa
creyendo que está sola y debe protegerse por sí misma.
Hoy temo perder una relación. Mañana temo enfermar. Después temo quedarme sin recursos. Más tarde temo haber tomado una decisión equivocada.
Las
formas se suceden, pero el pensamiento subyacente permanece: “Estoy separado,
soy vulnerable y mi seguridad depende de algo externo”.
El
ego no desea deshacer completamente el miedo porque lo necesita para conservar
nuestra lealtad. El miedo justifica sus defensas, sus juicios y su necesidad de
control. Nos convence de que debemos escucharlo porque el mundo es peligroso,
mientras oculta que su enseñanza de separación es precisamente lo que nos hace
percibir peligro.
El
Curso explica que minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño
constante del ego. Necesita reforzar la separación mediante el miedo, pues su
sueño de autonomía se derrumbaría si reconociéramos el precio que pagamos por
él (T-11.V.9:1-3; 10:1-4).
Esta
es una idea profundamente reveladora: quizá no solo quiera librarme del miedo;
quizá también esté utilizando el miedo para defender la identidad que creo
tener.
El miedo puede decirme: “Debes protegerte porque estás solo”. Puede decirme: “No perdones, porque volverán a herirte”. Puede decirme: “Controla a los demás para sentirte seguro”. Puede decirme: “No confíes en la paz; sería una irresponsabilidad”.
Así,
el miedo se convierte en una especie de consejero. Sufro por escucharlo, pero
sigo creyendo que me protege.
Por
eso el Curso no me pide que luche contra el miedo. Luchar contra él lo confirma
como una fuerza real. Tampoco me pide que lo reprima, que lo maquille con
pensamientos positivos o que finja que no está presente.
Me
pide que lo mire con honestidad y pregunte: “¿Qué creencia estoy protegiendo
mediante este miedo? ¿Qué separación estoy intentando conservar? ¿Qué resultado
he convertido en condición de mi paz?”.
Tal
vez descubra que temo no ser amado porque he olvidado que el Amor es mi
naturaleza.
Tal
vez tema perder porque creo que algo externo puede completar lo que Dios creó
pleno.
Tal
vez tema el juicio ajeno porque he aceptado previamente mi propio juicio contra
mí.
Tal
vez tema el futuro porque quiero decidir por mi cuenta cómo debe ser mi
salvación.
El
miedo se convierte entonces en una señal útil. No es mi enemigo ni mi maestro.
Es un indicador de que he elegido una interpretación sin Amor y de que puedo
llevarla a otra Guía.
No
tengo que resolver primero la situación para después recuperar la paz. Puedo
pedir paz ahora, no como negación de lo que está ocurriendo, sino como
condición necesaria para verlo correctamente.
Puedo
decir:
“Espíritu
Santo, siento miedo y no quiero fingir que no está aquí. Pero tampoco quiero
seguir creyendo que esta situación es su verdadera causa. Muéstrame el
pensamiento que estoy defendiendo. Ayúdame a reconocer dónde he elegido la
separación y enséñame a contemplar esto desde el Amor”.
Esta
entrega no garantiza que las circunstancias adopten la forma que yo deseo.
Ofrece algo más profundo: que las circunstancias dejen de gobernar mi mente.
Quizá
el miedo siga apareciendo durante un tiempo. Pero ya no tendré que obedecerlo,
justificarlo ni convertirlo en prueba de que estoy en peligro. Podré
reconocerlo como una llamada a elegir de nuevo.
Entonces
comprendo que mi verdadero problema no era el miedo. Mi problema era haber
elegido al miedo como testigo de que estaba separado del Amor.
Y
mi solución no consiste en volverme invulnerable dentro del mundo, sino en
recordar que mi verdadera seguridad nunca dependió de él.
Quizá
la pregunta más transformadora no sea: “¿Cómo puedo dejar de tener miedo?”,
sino: “¿Qué verdad no estoy queriendo recordar cuando elijo tener miedo?”.
Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, el miedo deja de ser una prisión y se convierte en la puerta por la que regreso a la paz.

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