¿Estoy
preparado para dejar de sufrir de verdad?
Esta
pregunta no es cómoda. Parece sencilla, incluso evidente: ¿quién no quiere
dejar de sufrir? Sin embargo, cuando la miramos desde la enseñanza de Un Curso
de Milagros, descubrimos que la cuestión no se refiere solo al deseo de
sentirnos mejor, sino a la disposición profunda de abandonar el uso que hacemos
del sufrimiento.
Porque
una cosa es querer que cambien las circunstancias que me duelen, y otra muy
distinta es estar dispuesto a soltar la interpretación que mantiene vivo ese
dolor. Una cosa es querer alivio, y otra es querer verdadera curación. El
alivio desea que desaparezca el síntoma; la curación mira la causa en la mente.
Y el Curso nos conduce siempre a ese nivel: no al comportamiento, no al cuerpo,
no al mundo externo como causa última, sino a la decisión interna que da
significado a lo que experimento.
Por eso la pregunta es tan directa: ¿estoy preparado para dejar de sufrir de verdad, o solo quiero sufrir un poco menos, pero conservando intactas mis razones para seguir sufriendo?
El
ego no siempre quiere soltar el sufrimiento. A veces lo utiliza como prueba.
Prueba de que alguien me falló. Prueba de que fui atacado. Prueba de que no soy
responsable de lo que siento. Prueba de que mi hermano es culpable y yo soy
inocente. En este sentido, el sufrimiento puede convertirse en una forma
silenciosa de acusación. No necesariamente consciente, no necesariamente
malintencionada, pero sí profundamente arraigada en el sistema de pensamiento
de la separación.
El
Texto lo expresa con una claridad contundente en el capítulo 27: siempre que
consiento sufrir, sentir privación, ser tratado injustamente o tener cualquier
tipo de necesidad, estoy acusando a mi hermano de haber atacado al Hijo de Dios
(T-27.I.3:1). Esto no debe leerse como una condena al que sufre, sino como una
invitación a mirar el propósito oculto que el ego puede estar dando al
sufrimiento. El Curso no nos acusa por sentir dolor; nos muestra que el dolor
puede estar siendo usado por la mente para conservar una imagen de víctima y
reforzar la culpabilidad.
Cuando
sufro desde el ego, presento ante mi hermano “el cuadro de mi crucifixión” para
que él vea su culpa escrita en mí (T-27.I.3:2). Pero el Espíritu Santo ofrece
otra imagen: una imagen de mí mismo en la que no hay dolor ni reproche, para
que pueda ofrecérsela a mi hermano (T-27.I.3:5). Esta es la gran inversión:
aquello que antes usaba para demostrar que fui herido, puede convertirse ahora
en testimonio de inocencia.
Dejar
de sufrir de verdad significa dejar de usar el dolor como argumento. Significa
renunciar a la extraña satisfacción de tener razón. Significa abandonar la
secreta esperanza de que mi sufrimiento obligue al otro a reconocer su culpa.
Significa dejar de decir, aunque sea interiormente: “Mira lo que me has hecho”.
Y esto, para el ego, es una pérdida enorme, porque el ego prefiere conservar la
acusación antes que aceptar la paz.
Por
eso sanar puede dar miedo. El Curso pregunta en el capítulo 27: “¿Es
atemorizante sanar?” Y responde que sí, para muchos lo es (T-27.II.1:1-2). ¿Por
qué habría de dar miedo sanar? Porque mientras no sano, puedo seguir creyendo
que mi dolor demuestra algo. Puedo seguir usando mi herida como identidad, como
defensa, como explicación, como frontera. Si sano, esa prueba desaparece. Y si
desaparece, ya no puedo seguir sosteniendo la historia de separación de la
misma manera.
Los
que no han sanado —dice el Curso— no pueden perdonar, porque siguen siendo
testigos de que el perdón es injusto (T-27.II.2:1-2). Esto es muy profundo.
Mientras conserve la prueba de que fui dañado, el perdón me parecerá injusto.
Creeré que perdonar es conceder demasiado, liberar al otro demasiado pronto,
quedarme sin defensa, perder mi lugar de inocencia. Pero el verdadero perdón no
me pide que niegue lo que sentí; me pide que deje de convertirlo en una
sentencia contra mi hermano y contra mí mismo.
La
pregunta, entonces, se vuelve más honesta: ¿quiero sanar, o quiero conservar
una prueba de que tengo razón?
El
sufrimiento, visto desde el ego, parece otorgarme una identidad. “Soy el que
fue abandonado”. “Soy el que no recibió amor”. “Soy el que siempre tiene que
cargar con todo”. “Soy el que fue tratado injustamente”. Estas frases pueden
parecer descripciones, pero a veces se convierten en un personaje. Y el
personaje, aunque duela, ofrece continuidad. El sufrimiento se vuelve conocido;
la paz, en cambio, parece desconocida. Por eso muchas veces no tememos al
dolor, sino a no saber quién seríamos sin él.
El
Curso enseña que todo sufrimiento procede de la extraña creencia de que somos
impotentes (T-21.VII.1:1). Y esa impotencia es uno de los disfraces más
eficaces del ego. Mientras me crea impotente, no tengo que elegir de nuevo.
Mientras me crea impotente, puedo seguir atribuyendo la causa de mi estado
mental al mundo, al pasado, al cuerpo, a los demás. Pero el Espíritu Santo no
refuerza mi impotencia; me devuelve suavemente al poder de la mente. No para
culparme, sino para liberarme.
El
capítulo 27 lo resume con una de las frases más decisivas del Curso: el secreto
de la salvación es que soy yo quien se está haciendo todo esto a sí mismo
(T-27.VIII.10:1). Esta afirmación puede resultar dura si se escucha desde la
culpa, pero es profundamente liberadora si se escucha desde la mente recta. Si
soy yo quien lo mantiene, entonces no estoy condenado a conservarlo. Si mi
mente le dio realidad, mi mente puede entregarlo. Si lo fabriqué, puedo desear
que sea deshecho (T-27.VIII.11:6).
No
se trata de negar el dolor humano. No se trata de decir “no pasa nada” cuando
algo parece doler. El Curso no nos pide frialdad ni represión. Nos pide
honestidad. Nos invita a llevar toda forma de sufrimiento ante Aquel que sabe
que todas tienen una misma causa y una misma corrección (T-27.VIII.12:1-3).
Esto significa que no tengo que clasificar mis dolores, ni justificar unos y
condenar otros, ni decidir cuáles son espirituales y cuáles no. Solo tengo que
llevarlos a la luz.
La
razón, dice el Texto, nos diría que la única manera de escapar del sufrimiento
es reconocerlo y tomar el camino opuesto (T-22.II.4:1). No se escapa del
sufrimiento cambiando una ilusión por otra. No se abandona el dolor
sustituyendo una forma de dependencia por otra, una expectativa por otra, una
defensa por otra, una queja por otra. Eso solo cambia el escenario. La
verdadera salida requiere mirar el mecanismo completo y elegir otra guía.
Entonces,
¿estoy preparado para dejar de sufrir de verdad?
Estoy
preparado en la medida en que estoy dispuesto a dejar de justificar mi
sufrimiento. Estoy preparado cuando empiezo a sospechar que mi paz vale más que
mi razón. Estoy preparado cuando ya no quiero usar mis heridas para acusar.
Estoy preparado cuando puedo decir: “No sé para qué es esto, pero no quiero
usarlo más contra mí ni contra mi hermano”. Estoy preparado cuando dejo de
pedirle al mundo que cambie para poder estar en paz, y empiezo a permitir que
mi mente sea corregida.
Esta
preparación no exige perfección. No significa que ya no sienta miedo, tristeza,
resistencia o cansancio. Significa que estoy dispuesto a no hacer un altar de
todo ello. Significa que puedo mirar mi dolor sin convertirlo en identidad.
Significa que puedo reconocer: “Sí, esto parece doler; pero no quiero que sea
la prueba de la culpabilidad de nadie”.
El
sufrimiento se mantiene mientras cumple una función para el ego. Cuando deja de
servir como acusación, empieza a perder fuerza. Cuando deja de ser una prueba
de separación, puede ser reinterpretado por el Espíritu Santo. Cuando ya no lo
uso para defender mi pequeño yo, se convierte en una puerta hacia la humildad,
la entrega y el perdón.
Dejar
de sufrir de verdad no es conseguir que el mundo me trate como yo deseo. Es
dejar de entregar mi paz a lo que el mundo parece hacer. No es controlar todas
las circunstancias, sino retirarles el poder de definir mi identidad. No es
negar la experiencia, sino cambiar de maestro en medio de ella.
Tal
vez hoy no pueda decir con total firmeza: “Estoy completamente preparado”. Pero
sí puedo decir: “Estoy dispuesto a estarlo”. Y esa pequeña dosis de buena
voluntad es suficiente para que el Espíritu Santo entre en la situación y le dé
otro propósito.
Puedo
empezar con una oración sencilla:
“Espíritu
Santo, no quiero usar este sufrimiento para acusar. No quiero convertirlo en
una prueba contra mi hermano ni contra mí. Muéstrame el propósito que Tú puedes
darle. Enséñame a ver esto de otra manera”.
Ahí
comienza la verdadera preparación. No cuando el dolor desaparece externamente,
sino cuando dejo de defenderlo internamente. No cuando todo se resuelve según
mis planes, sino cuando acepto que mi paz no depende de conservar mi historia
de sufrimiento.
Entonces
comprendo que dejar de sufrir no es perder algo valioso. Es renunciar a una
carga que nunca me perteneció. Es dejar de crucificarme para demostrar que
alguien es culpable. Es permitir que el Espíritu Santo me muestre una imagen de
mí mismo sin dolor ni reproche. Y al ofrecérsela a mi hermano, descubro que
también me la estoy ofreciendo a mí.
Quizá
la verdadera pregunta no sea: “¿Estoy preparado para dejar de sufrir?”, sino:
“¿Estoy dispuesto a descubrir quién soy sin mi sufrimiento?”
Y
cuando la respuesta empieza a ser sí, aunque sea débilmente, la mente ya ha
comenzado a sanar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario