domingo, 2 de agosto de 2026

¿Estoy preparado para dejar de sufrir de verdad?

¿Estoy preparado para dejar de sufrir de verdad?

Esta pregunta no es cómoda. Parece sencilla, incluso evidente: ¿quién no quiere dejar de sufrir? Sin embargo, cuando la miramos desde la enseñanza de Un Curso de Milagros, descubrimos que la cuestión no se refiere solo al deseo de sentirnos mejor, sino a la disposición profunda de abandonar el uso que hacemos del sufrimiento.

Porque una cosa es querer que cambien las circunstancias que me duelen, y otra muy distinta es estar dispuesto a soltar la interpretación que mantiene vivo ese dolor. Una cosa es querer alivio, y otra es querer verdadera curación. El alivio desea que desaparezca el síntoma; la curación mira la causa en la mente. Y el Curso nos conduce siempre a ese nivel: no al comportamiento, no al cuerpo, no al mundo externo como causa última, sino a la decisión interna que da significado a lo que experimento.

Por eso la pregunta es tan directa: ¿estoy preparado para dejar de sufrir de verdad, o solo quiero sufrir un poco menos, pero conservando intactas mis razones para seguir sufriendo?

El ego no siempre quiere soltar el sufrimiento. A veces lo utiliza como prueba. Prueba de que alguien me falló. Prueba de que fui atacado. Prueba de que no soy responsable de lo que siento. Prueba de que mi hermano es culpable y yo soy inocente. En este sentido, el sufrimiento puede convertirse en una forma silenciosa de acusación. No necesariamente consciente, no necesariamente malintencionada, pero sí profundamente arraigada en el sistema de pensamiento de la separación.

El Texto lo expresa con una claridad contundente en el capítulo 27: siempre que consiento sufrir, sentir privación, ser tratado injustamente o tener cualquier tipo de necesidad, estoy acusando a mi hermano de haber atacado al Hijo de Dios (T-27.I.3:1). Esto no debe leerse como una condena al que sufre, sino como una invitación a mirar el propósito oculto que el ego puede estar dando al sufrimiento. El Curso no nos acusa por sentir dolor; nos muestra que el dolor puede estar siendo usado por la mente para conservar una imagen de víctima y reforzar la culpabilidad.

Cuando sufro desde el ego, presento ante mi hermano “el cuadro de mi crucifixión” para que él vea su culpa escrita en mí (T-27.I.3:2). Pero el Espíritu Santo ofrece otra imagen: una imagen de mí mismo en la que no hay dolor ni reproche, para que pueda ofrecérsela a mi hermano (T-27.I.3:5). Esta es la gran inversión: aquello que antes usaba para demostrar que fui herido, puede convertirse ahora en testimonio de inocencia.

Dejar de sufrir de verdad significa dejar de usar el dolor como argumento. Significa renunciar a la extraña satisfacción de tener razón. Significa abandonar la secreta esperanza de que mi sufrimiento obligue al otro a reconocer su culpa. Significa dejar de decir, aunque sea interiormente: “Mira lo que me has hecho”. Y esto, para el ego, es una pérdida enorme, porque el ego prefiere conservar la acusación antes que aceptar la paz.

Por eso sanar puede dar miedo. El Curso pregunta en el capítulo 27: “¿Es atemorizante sanar?” Y responde que sí, para muchos lo es (T-27.II.1:1-2). ¿Por qué habría de dar miedo sanar? Porque mientras no sano, puedo seguir creyendo que mi dolor demuestra algo. Puedo seguir usando mi herida como identidad, como defensa, como explicación, como frontera. Si sano, esa prueba desaparece. Y si desaparece, ya no puedo seguir sosteniendo la historia de separación de la misma manera.

Los que no han sanado —dice el Curso— no pueden perdonar, porque siguen siendo testigos de que el perdón es injusto (T-27.II.2:1-2). Esto es muy profundo. Mientras conserve la prueba de que fui dañado, el perdón me parecerá injusto. Creeré que perdonar es conceder demasiado, liberar al otro demasiado pronto, quedarme sin defensa, perder mi lugar de inocencia. Pero el verdadero perdón no me pide que niegue lo que sentí; me pide que deje de convertirlo en una sentencia contra mi hermano y contra mí mismo.

La pregunta, entonces, se vuelve más honesta: ¿quiero sanar, o quiero conservar una prueba de que tengo razón?

El sufrimiento, visto desde el ego, parece otorgarme una identidad. “Soy el que fue abandonado”. “Soy el que no recibió amor”. “Soy el que siempre tiene que cargar con todo”. “Soy el que fue tratado injustamente”. Estas frases pueden parecer descripciones, pero a veces se convierten en un personaje. Y el personaje, aunque duela, ofrece continuidad. El sufrimiento se vuelve conocido; la paz, en cambio, parece desconocida. Por eso muchas veces no tememos al dolor, sino a no saber quién seríamos sin él.

El Curso enseña que todo sufrimiento procede de la extraña creencia de que somos impotentes (T-21.VII.1:1). Y esa impotencia es uno de los disfraces más eficaces del ego. Mientras me crea impotente, no tengo que elegir de nuevo. Mientras me crea impotente, puedo seguir atribuyendo la causa de mi estado mental al mundo, al pasado, al cuerpo, a los demás. Pero el Espíritu Santo no refuerza mi impotencia; me devuelve suavemente al poder de la mente. No para culparme, sino para liberarme.

El capítulo 27 lo resume con una de las frases más decisivas del Curso: el secreto de la salvación es que soy yo quien se está haciendo todo esto a sí mismo (T-27.VIII.10:1). Esta afirmación puede resultar dura si se escucha desde la culpa, pero es profundamente liberadora si se escucha desde la mente recta. Si soy yo quien lo mantiene, entonces no estoy condenado a conservarlo. Si mi mente le dio realidad, mi mente puede entregarlo. Si lo fabriqué, puedo desear que sea deshecho (T-27.VIII.11:6).

No se trata de negar el dolor humano. No se trata de decir “no pasa nada” cuando algo parece doler. El Curso no nos pide frialdad ni represión. Nos pide honestidad. Nos invita a llevar toda forma de sufrimiento ante Aquel que sabe que todas tienen una misma causa y una misma corrección (T-27.VIII.12:1-3). Esto significa que no tengo que clasificar mis dolores, ni justificar unos y condenar otros, ni decidir cuáles son espirituales y cuáles no. Solo tengo que llevarlos a la luz.

La razón, dice el Texto, nos diría que la única manera de escapar del sufrimiento es reconocerlo y tomar el camino opuesto (T-22.II.4:1). No se escapa del sufrimiento cambiando una ilusión por otra. No se abandona el dolor sustituyendo una forma de dependencia por otra, una expectativa por otra, una defensa por otra, una queja por otra. Eso solo cambia el escenario. La verdadera salida requiere mirar el mecanismo completo y elegir otra guía.

Entonces, ¿estoy preparado para dejar de sufrir de verdad?

Estoy preparado en la medida en que estoy dispuesto a dejar de justificar mi sufrimiento. Estoy preparado cuando empiezo a sospechar que mi paz vale más que mi razón. Estoy preparado cuando ya no quiero usar mis heridas para acusar. Estoy preparado cuando puedo decir: “No sé para qué es esto, pero no quiero usarlo más contra mí ni contra mi hermano”. Estoy preparado cuando dejo de pedirle al mundo que cambie para poder estar en paz, y empiezo a permitir que mi mente sea corregida.

Esta preparación no exige perfección. No significa que ya no sienta miedo, tristeza, resistencia o cansancio. Significa que estoy dispuesto a no hacer un altar de todo ello. Significa que puedo mirar mi dolor sin convertirlo en identidad. Significa que puedo reconocer: “Sí, esto parece doler; pero no quiero que sea la prueba de la culpabilidad de nadie”.

El sufrimiento se mantiene mientras cumple una función para el ego. Cuando deja de servir como acusación, empieza a perder fuerza. Cuando deja de ser una prueba de separación, puede ser reinterpretado por el Espíritu Santo. Cuando ya no lo uso para defender mi pequeño yo, se convierte en una puerta hacia la humildad, la entrega y el perdón.

Dejar de sufrir de verdad no es conseguir que el mundo me trate como yo deseo. Es dejar de entregar mi paz a lo que el mundo parece hacer. No es controlar todas las circunstancias, sino retirarles el poder de definir mi identidad. No es negar la experiencia, sino cambiar de maestro en medio de ella.

Tal vez hoy no pueda decir con total firmeza: “Estoy completamente preparado”. Pero sí puedo decir: “Estoy dispuesto a estarlo”. Y esa pequeña dosis de buena voluntad es suficiente para que el Espíritu Santo entre en la situación y le dé otro propósito.

Puedo empezar con una oración sencilla:

“Espíritu Santo, no quiero usar este sufrimiento para acusar. No quiero convertirlo en una prueba contra mi hermano ni contra mí. Muéstrame el propósito que Tú puedes darle. Enséñame a ver esto de otra manera”.

Ahí comienza la verdadera preparación. No cuando el dolor desaparece externamente, sino cuando dejo de defenderlo internamente. No cuando todo se resuelve según mis planes, sino cuando acepto que mi paz no depende de conservar mi historia de sufrimiento.

Entonces comprendo que dejar de sufrir no es perder algo valioso. Es renunciar a una carga que nunca me perteneció. Es dejar de crucificarme para demostrar que alguien es culpable. Es permitir que el Espíritu Santo me muestre una imagen de mí mismo sin dolor ni reproche. Y al ofrecérsela a mi hermano, descubro que también me la estoy ofreciendo a mí.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Estoy preparado para dejar de sufrir?”, sino: “¿Estoy dispuesto a descubrir quién soy sin mi sufrimiento?”

Y cuando la respuesta empieza a ser sí, aunque sea débilmente, la mente ya ha comenzado a sanar.

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