Si no soy un cuerpo, ¿qué soy entonces?
Hay una
afirmación en Un
Curso de Milagros que, en algún momento, detiene al estudiante por
completo. No es una idea más. Es una línea que parece atravesar todo lo que
creemos ser: “No soy un cuerpo”.
Y casi de inmediato surge la reacción, a veces silenciosa, a veces muy clara:
si no soy un cuerpo… ¿Qué soy entonces?
La dificultad
de esta pregunta no es intelectual. Es existencial. Porque no se trata solo de
comprender una idea, sino de cuestionar la base misma de la identidad. Desde
muy temprano hemos aprendido a decir “yo” señalando el cuerpo. A identificarnos
con una forma, una historia, una imagen, una biografía. Sentimos que somos
quienes nacieron en un momento determinado, quienes han vivido ciertas
experiencias, quienes tienen ciertas características. El cuerpo parece ser el
punto de referencia constante de todo ello.
Por eso, cuando el Curso afirma que no somos un cuerpo, no está introduciendo una teoría abstracta. Está señalando una confusión profundamente arraigada.
Aquí conviene
avanzar con mucha suavidad. El Curso no dice que el cuerpo no se perciba. No
niega que lo veas, que lo sientas, que interactúes a través de él. Lo que
cuestiona es que eso sea lo que eres. Es una diferencia sutil, pero decisiva.
Ver un cuerpo no es lo mismo que ser un cuerpo.
Podríamos
decir que el cuerpo es algo que experimentas, pero no aquello que eres en
esencia.
Esto se
vuelve más comprensible si observamos algo muy simple. Puedes notar tu cuerpo.
Puedes sentirlo, moverlo, observarlo en un espejo. Incluso puedes darte cuenta
de cambios en él: cansancio, energía, tensión, relajación. Pero si puedes
observarlo, entonces no eres aquello que observas. Hay en ti algo que es
consciente del cuerpo, algo que lo percibe.
Esa presencia
que observa no tiene forma. No está limitada a una imagen. No cambia cuando el
cuerpo cambia. Está ahí, constante, siendo testigo de todo lo que ocurre.
El Curso
apunta hacia eso.
No intenta
definirlo con conceptos cerrados, porque no es algo que pueda ser contenido en
palabras. Pero sí señala su naturaleza: lo que eres es tal como Dios te creó. Y
si Dios es amor, lo que eres no puede ser algo separado, vulnerable o limitado.
No puede ser algo que nace y muere. No puede ser algo que cambia con el tiempo.
El propio Texto lo expresa con claridad: “No eres un cuerpo. Eres libre, pues
aún eres tal como Dios te creó” (T-31.VIII.3:2).
El cuerpo, en
cambio, sí cambia. Nace, crece, se transforma, envejece. Es afectado por el
entorno, por el tiempo, por las circunstancias. Si te identificas completamente
con él, tu sentido de identidad quedará inevitablemente ligado a todo eso. Y de
ahí surge gran parte del miedo: miedo a perder, a enfermar, a no ser
suficiente, a desaparecer.
Pero el Curso
no dice que ese miedo sea inevitable. Dice que nace de una identificación
equivocada.
Es como si
hubieras confundido el vehículo con el viajero.
El cuerpo
sería entonces un medio de comunicación dentro del mundo que percibes, pero no
tu identidad. Es una herramienta, no el ser que la utiliza. Y cuando se
invierte esa relación —cuando crees que eres el cuerpo y no quien lo usa—
aparece toda una experiencia de limitación. El Texto lo describe de forma muy
directa: “El cuerpo es un instrumento de aprendizaje para la mente”
(T-6.V.A.2:2).
En la vida
cotidiana, esto se manifiesta de muchas formas. Por ejemplo, cuando tu estado
emocional depende completamente de cómo te percibes físicamente, de cómo crees
que los demás te ven, de cómo tu cuerpo responde o no responde. O cuando
sientes que tu valor está ligado a tu apariencia, a tu rendimiento, a tu
capacidad. En todos esos casos, la identidad está siendo sostenida por algo
inestable.
Y lo
inestable no puede dar paz duradera.
Sin embargo,
hay momentos —aunque sean breves— en los que algo distinto se hace presente.
Momentos en los que no estás pensando en tu imagen, ni en tu historia, ni en tu
cuerpo. Puede ser contemplando un paisaje, escuchando música, estando
profundamente presente con alguien, o simplemente en un instante de silencio.
En esos momentos no desapareces. Al contrario, hay una sensación de mayor
amplitud, de mayor presencia, incluso de mayor realidad.
Eso que
permanece cuando la autoimagen se aquieta se acerca más a lo que eres.
El Curso lo
llama de distintas maneras: mente, Ser, Hijo de Dios. Pero no como etiquetas,
sino como indicaciones hacia algo que no puede ser capturado por el lenguaje.
Lo importante no es el término, sino el reconocimiento de que tu identidad no
está contenida en una forma. “La mente que sirve al Espíritu Santo es ilimitada
para siempre, en todas las formas, más allá de las leyes del tiempo y del
espacio” (T-5.VI.2:1).
Aquí puede
surgir otra duda: si no soy un cuerpo, ¿por qué me siento tan identificado con
él?
Y la
respuesta vuelve a ser coherente con todo lo que el Curso enseña: porque lo has
aprendido. Has aprendido a pensar desde el cuerpo, a percibir desde él, a
definirte a través de él. Has aprendido a decir “yo” refiriéndote a una imagen.
Y lo que se
ha aprendido puede ser desaprendido.
Pero este
proceso no es brusco ni forzado. No se trata de rechazar el cuerpo ni de
ignorarlo. El Curso no propone una negación, sino una corrección. No dice “deja
de usar el cuerpo”, sino “deja de creer que eso es lo que eres”.
Esto cambia
completamente la relación con la experiencia.
El cuerpo
deja de ser una identidad que defender y se convierte en un medio a través del
cual la mente puede comunicarse de otra manera. Ya no es una prisión, sino una
herramienta. Y su función deja de ser la de afirmar la separación para
convertirse, poco a poco, en un medio de unión. El Texto incluso señala que el
cuerpo puede ser reinterpretado: “El cuerpo puede convertirse en un medio de
comunicación, si se utiliza para ese propósito” (T-8.VII.2:1).
Este cambio
no ocurre de golpe. Es gradual. A veces apenas perceptible. Pero empieza con
una disposición: la de no dar por sentado que eres lo que siempre has creído
ser.
Cada vez que
te observas a ti mismo reaccionando, sintiendo, pensando, puedes introducir una
pequeña pregunta: “¿Esto que estoy experimentando define lo que soy, o es algo
que está ocurriendo en mí?”
Esa pregunta
no busca una respuesta inmediata. Abre un espacio.
Y en ese
espacio, algo empieza a aflojarse.
La
identificación con el cuerpo no se rompe por esfuerzo, sino por comprensión.
Poco a poco, la mente empieza a reconocer que lo que observa no puede ser lo
que es. Que lo que cambia no puede ser su esencia. Que lo que depende del mundo
no puede ser su fuente.
Y entonces la
pregunta inicial comienza a transformarse.
“Si no soy un
cuerpo, ¿qué soy entonces?” deja de ser una inquietud inquietante.
Se vuelve una
invitación.
No necesitas
responderla con conceptos. Puedes empezar a vivirla como una apertura.
Tal vez no se
trate de definir lo que eres, sino de dejar de definirte por lo que no eres.
Y en ese
proceso, muy silenciosamente, comienza a emerger una experiencia distinta de ti
mismo. No como una idea nueva, sino como un reconocimiento que siempre estuvo
ahí.
No eres lo
que cambia. No eres lo que se percibe.
Eres aquello
que permanece cuando todo lo demás se mueve.








