miércoles, 11 de marzo de 2026

¿A quién le he entregado el poder de mi paz? Aplicando la lección 70.

¿A quién le he entregado el poder de mi paz? Aplicando la lección 70.

Una de las creencias más arraigadas en la mente humana es que nuestra paz depende de lo que ocurre fuera de nosotros.

Desde muy temprano aprendemos a pensar de esta manera. Creemos que la felicidad depende de la aprobación de los demás, del éxito, de las circunstancias favorables o de que el mundo se comporte como esperamos.

Así, casi sin darnos cuenta, comenzamos a entregar a otros el poder de decidir cómo nos sentimos.

Si alguien nos trata bien, creemos que tenemos motivos para sentirnos felices.
Si alguien nos critica, nos rechaza o nos hiere, creemos que tenemos razones para sentirnos mal.

Y así llegamos a una conclusión que parece evidente, pero que el Curso cuestiona profundamente: “Mi paz depende de lo que hagan los demás.”

El poder que cedemos sin darnos cuenta.

La Lección 70 nos invita a observar este mecanismo con honestidad.

Cuando creemos que alguien tiene el poder de hacernos sufrir, en realidad estamos diciendo algo mucho más profundo: “Mi salvación depende de algo externo a mí.”

Creemos que otra persona puede quitarnos la paz. Creemos que ciertas situaciones pueden destruir nuestra felicidad. Pero al hacerlo estamos entregando a otros el poder de dirigir nuestra vida interior.

Sin darnos cuenta, dejamos que nuestra paz dependa de circunstancias que no podemos controlar.

El origen real de lo que sentimos.

El Curso propone una idea radicalmente liberadora: la causa de lo que sentimos siempre está en nuestra mente.

Esto no significa negar que las situaciones externas existan en el nivel de la experiencia humana. Significa reconocer que la interpretación que hacemos de ellas es lo que determina cómo nos sentimos.

Dos personas pueden vivir la misma situación y experimentarla de manera completamente distinta.

La diferencia no está en lo que ocurrió, sino en la manera en que la mente lo interpreta.

Por eso el Curso afirma que tanto la culpa como la salvación se encuentran en el mismo lugar: la mente.

Recuperar el poder de elegir.

Aceptar que la salvación procede de nosotros mismos puede parecer exigente al principio.

El ego preferiría que la causa de nuestro malestar estuviera fuera, porque así puede seguir manteniendo la narrativa de víctima.

Pero esta enseñanza no es una carga. Es una liberación.

Si nuestra paz dependiera realmente de lo que ocurre fuera, estaríamos condenados a vivir en constante inseguridad.

En cambio, cuando comprendemos que la causa está en nuestra mente, descubrimos algo profundamente esperanzador: también la solución está ahí.

La verdadera libertad.

Esto significa que nadie tiene el poder de robarnos la paz, a menos que nosotros mismos se lo concedamos.

Las personas pueden decir cosas. Las circunstancias pueden cambiar. El mundo puede comportarse de formas imprevisibles. Pero nuestra paz no depende de eso.

Depende únicamente de la interpretación que elegimos mantener en nuestra mente.

Y cuando empezamos a reconocer este poder interior, dejamos de buscar la salvación fuera.

La paz como decisión interior.

La Lección 70 nos recuerda algo esencial: no necesitamos cambiar el mundo para encontrar la paz.

Necesitamos cambiar la manera en que lo vemos.

La salvación no es algo que alguien pueda darnos o quitarnos. No depende de la aprobación de los demás ni de las condiciones del mundo.

La salvación procede de la mente que decide recordar su verdadera naturaleza.

Y cuando dejamos de entregar al mundo el poder de definir nuestra paz, descubrimos algo que siempre estuvo esperando ser reconocido: la fuente de nuestra salvación siempre estuvo dentro de nosotros.

Un ejemplo práctico: La necesidad de aprobación: cuando entrego mi paz a la opinión de los demás.

Hay un hábito profundamente arraigado en la experiencia humana que casi todos compartimos, aunque pocas veces lo observamos con claridad: la necesidad de aprobación.

Desde muy temprano aprendemos que ser aceptados, valorados o reconocidos por los demás parece determinar nuestro bienestar. Buscamos aprobación en nuestros padres, en nuestros profesores, en nuestras parejas, en nuestros amigos, en nuestros compañeros de trabajo y, más adelante, incluso en desconocidos.

De forma casi inconsciente empezamos a vivir según esta lógica: Si los demás me aprueban, me siento bien. Si me critican o me rechazan, me siento mal.

Así, poco a poco, entregamos a otros el poder de decidir cómo nos sentimos.

Cuando la opinión de los demás define mi valor.

Imaginemos una situación muy común.

Alguien comparte una idea en el trabajo, en una reunión o incluso en una conversación con amigos. Espera que su propuesta sea bien recibida, que los demás la valoren o la aprueben.

Pero la reacción no es la que esperaba.

Tal vez alguien cuestiona su opinión. Tal vez nadie presta demasiada atención. Tal vez alguien expresa desacuerdo.

En ese instante surge una sensación de incomodidad. La mente comienza a interpretar lo ocurrido: “No les ha gustado lo que dije.” “Tal vez no soy suficientemente bueno.” “Siempre me pasa lo mismo.”

Y con esos pensamientos aparece el malestar.

Sin embargo, si observamos con calma, descubriremos algo importante: lo que realmente duele no es la situación en sí, sino la interpretación que hacemos de ella.

El poder que entregamos.

Cuando necesitamos la aprobación de los demás para sentirnos bien, estamos entregando algo muy valioso: el poder de nuestra paz.

Permitimos que la opinión de otra persona determine cómo nos sentimos con nosotros mismos.

Si nos elogian, nos sentimos seguros. Si nos critican, nos sentimos inseguros. Pero en ambos casos seguimos dependiendo del exterior.

Nuestra paz queda entonces condicionada por algo que no podemos controlar: la percepción de los demás.

Recuperar la fuente de la paz.

La enseñanza de la Lección 70 nos invita a reconsiderar este hábito. Nos recuerda que la fuente de nuestra paz no se encuentra fuera de nosotros.

La aprobación externa puede ser agradable, pero no es la base de nuestra valía ni de nuestra serenidad interior. La paz procede de la mente que recuerda quién es.

Cuando dejamos de buscar nuestra identidad en la mirada de los demás, algo cambia profundamente en nuestra experiencia.

La necesidad de defendernos disminuye. La ansiedad por agradar pierde fuerza. La mente se vuelve más libre.

Ser en lugar de demostrar.

En lugar de vivir intentando demostrar nuestro valor, empezamos simplemente a ser.

Ya no necesitamos convencer al mundo de quiénes somos.
Ya no necesitamos justificar nuestra existencia ante la opinión ajena.

Comprendemos que nuestro valor no depende de la aprobación ni disminuye por la crítica.

La paz comienza a surgir de un lugar mucho más profundo que cualquier reconocimiento externo.

Recordar dónde se encuentra la salvación.

Por eso esta lección nos invita a hacernos una pregunta sencilla, pero transformadora: ¿A quién le he entregado el poder de mi paz?

Cada vez que observamos este mecanismo con honestidad, recuperamos un poco de ese poder. Recordamos que nadie puede definir nuestro valor interior.

La fuente de nuestra salvación —de nuestra paz, de nuestra libertad— nunca estuvo en manos de los demás.

Siempre estuvo en nosotros.  

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 70

LECCIÓN 70

Mi salvación procede de mí.

1. Toda tentación no es más que una variante de la tentación básica de no creer la idea de hoy. 2La salvación parece proceder de cualquier parte excepto de ti. 3Lo mismo se puede decir del origen de la culpabilidad. 4Tú no crees que la culpabilidad y la salvación estén en tu mente y sólo en tu mente. 5Cuando te des cuenta de que la culpabilidad es sólo una invención de la mente, te darás cuenta también de que la culpabilidad y la salvación tienen que encontrarse en el mismo lugar. 6Al entender esto te salvas.

2. El aparente costo de aceptar la idea de hoy es el siguiente: significa que nada externo a ti puede salvarte ni nada externo a ti puede brindarte paz. 2Significa también que nada externo a ti te puede hacer daño, perturbar tu paz o disgustarte en modo alguno. 3La idea de hoy te pone a cargo del universo, donde te corresponde estar por razón de lo que eres. 4No es éste un papel que se pueda aceptar parcialmente. 5seguramente habrás comenzado a darte cuenta de que aceptarlo es la salvación.

3. Es probable, no obstante, que aún no esté claro para ti por qué razón reconocer que la culpabilidad está en tu propia mente con­lleva asimismo darte cuenta de que la salvación está allí también. 2Dios no habría puesto el remedio para la enfermedad donde no te pudiese servir de nada. 3Así es como funciona tu mente, pero no la Suya. 4Él quiere que sanes, y por eso mantiene la Fuente de la curación allí donde hay necesidad de curación.

4. Tú has tratado de hacer justamente lo contrario, intentando por todos los medios, no importa cuán distorsionados o extrava­gantes, separar la curación de la enfermedad a la que estaba des­tinada, conservando de este modo la enfermedad. 2Tu propósito ha sido asegurarte de que la curación no tuviese lugar. 3El propó­sito de Dios ha sido asegurarse de que sí tuviese lugar.

5. Nuestra práctica de hoy consiste en darnos cuenta de que la Voluntad de Dios y la nuestra coinciden completamente en esto. 2Dios quiere que sanemos, y nosotros no queremos realmente estar enfermos, pues eso no nos hace felices. 3Al aceptar la idea de hoy, por lo tanto, estamos en realidad de acuerdo con Dios. 4Él no quiere que estemos enfermos. 5Nosotros tampoco. 6Él quiere que nos curemos. 7Nosotros también.

6. Hoy estamos listos para dos sesiones de práctica largas, cada una de las cuales debe tener una duración de diez a quince minu­tos. 2Dejaremos, no obstante, que seas tú quien decida cuándo llevarlas a cabo. 3Seguiremos esta norma en varias de las leccio­nes sucesivas, por lo que una vez más sería mejor que decidieses de antemano la mejor hora para llevar a cabo cada una de las sesiones de práctica y que luego te adhirieses lo más fielmente posible al horario establecido.

7. Empieza estas sesiones de práctica repitiendo la idea de hoy, añadiendo una afirmación en la que se vea expresado tu recono­cimiento de que la salvación no procede de nada externo a ti. 2Podrías, por ejemplo, decir lo siguiente:

3Mi salvación procede de mí. 4No puede proceder de nin­guna otra parte.

5Dedica después varios minutos, con los ojos cerrados, a revisar algunas de las fuentes externas en las que en el pasado buscaste la salvación: en otra gente, en posesiones, en diversas situaciones y acontecimientos, y en conceptos de ti mismo que intentaste con­vertir en realidad. 6Reconoce que la salvación no se encuentra en nada de eso, y dite a ti mismo:

7Mi salvación no puede proceder de ninguna de esas cosas.
8Mi salvación procede de mí, y sólo de mí.

8. Trataremos ahora nuevamente de llegar a la luz en ti, que es donde realmente se encuentra tu salvación. 2No puedes encon­trarla en las nubes que rodean la luz, y es ahí donde la has estado buscando. 3No está ahí. 4Está más allá de las nubes, en la luz que se encuentra tras ellas. 5Recuerda que tienes que atravesar las nubes antes de poder llegar la luz. 6Pero recuerda también que jamás encontraste nada que fuese duradero o que realmente qui­sieras en los tapices de nubes que te imaginabas.

9. Puesto que todas las ilusiones de salvación te han fallado, segu­ramente no querrás quedarte en las nubes buscando en vano ído­los falsos, cuando te sería tan fácil llegar hasta la luz de la verdadera salvación. 2Trata de ir más allá de las nubes utilizando cualquier medio que te atraiga. 3Si te resulta útil, piensa que te estoy llevando de la mano, y que te estoy guiando. 4te aseguro que esto no será una vana fantasía.10Para las sesiones de prácticas cortas y frecuentes de hoy, recuér­date a ti mismo que la salvación procede de ti y que nada, salvo tus propios pensamientos, puede impedir tu progreso. 2Estás libre de toda interferencia externa. 3Estás a cargo de tu salvación. 4Estás a cargo de la salvación del mundo. 5Di, entonces:

6Mi salvación procede de mí.
7No hay nada externo a mí que me pueda detener.
8En mí se encuentra la salvación del mundo y la mía propia.

Se trata de una vivencia, desgraciadamente, muy reconocible y que sin duda deja mucho resentimiento en nuestro interior. Podemos apreciar cómo, desde una primera fase, se nos traslada un código de aprendizaje basado en el desamor, en la separación, en el castigo y en la culpa. Esa amalgama de sentimientos va calando en nuestra mente hasta tal punto que se convierte en una forma de afrontar la vida. Lo que hago, lo hago, no porque me guste, sino para que le guste a los demás. Así, la felicidad, que es un estado innato del Ser, se proyecta sobre el "otro" y le otorgamos el poder de aportarnos respuestas que puedan ser portadoras de felicidad o no.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña una afirmación fundamental: toda causa se encuentra en mi mente. Tanto la verdad como el error nacen en ella, y soy yo quien elige a cuál servir.

Cuando me identifico con la conciencia de separación propia del ego, proyecto hacia el exterior mis necesidades internas. Así, cuando siento miedo, busco protección fuera; cuando experimento dolor, sufrimiento o enfermedad, busco en los demás a quien pueda calmarme o curarme. En ese estado, creo que no existe relación alguna entre mis pensamientos y lo que siento o experimento.

Sin embargo, cuando adopto la conciencia de unidad y descanso en el Amor, comprendo que el verdadero poder reside en mi interior. Entonces reconozco que todo lo que se manifiesta en mi mundo tiene su origen en un pensamiento. Nada ocurre al margen de la mente.

Esta lección me recuerda que mi salvación se encuentra en la unidad de mi mente.

Desde muy pequeños, hemos sido educados para buscar fuera de nosotros aquello que creemos necesitar: alimento, protección, guía, amor, felicidad. Se nos ha enseñado que la fuente de nuestra seguridad y bienestar está en el exterior.

Mientras permanecimos en el vientre materno, mantuvimos una comunicación directa y constante con nuestra madre. Ella nos alimentaba, nos protegía, nos daba calor y nos sostenía en un estado que podríamos llamar un “paraíso”, aunque no fuéramos conscientes de ello. Este estado de gestación es una recapitulación simbólica del estado en el que nos encontrábamos antes de creernos separados de nuestro Creador.

El nacimiento físico puede compararse con aquel instante ancestral en el que el Hijo de Dios adquirió conciencia individual y creyó desconectarse de la comunicación directa que caracterizaba el estado del Paraíso. La expulsión alegórica descrita en la Biblia nos ha llevado a creer que nuestro Creador nos castigó por haber desobedecido Su mandato de no comer del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

Desde el momento en que el recién nacido llega al mundo, se enfrenta a un entorno que percibe como inhóspito y en el que necesita respuestas externas para satisfacer sus instintos básicos. Sus necesidades biológicas deben ser cubiertas para asegurar su supervivencia.

Esta experiencia refuerza la visión del mundo material y la creencia de que necesitamos recibir desde fuera. Así, esta forma de pensar se convierte en un eje central del sistema del ego y se institucionaliza en nuestra mente, hasta el punto de creer que nuestra existencia, y especialmente nuestra felicidad, dependen de los demás.

La lección de hoy viene a recordarme que esta creencia es errónea y que debe ser reemplazada por una creencia verdadera: la de que soy un ser espiritual, pleno, y permanentemente unido a mi Creador, en Quien se encuentra la Fuente de mi existencia.

Este tránsito desde una conciencia de separación hacia una conciencia de unicidad conduce a un estado que podemos llamar despertar: la certeza profunda de que soy el Hijo de Dios, y de que mi salvación no está fuera, sino en mí.

Propósito y sentido de la lección:


El propósito de esta lección es retirar la última defensa racional del resentimiento: la justificación.

Después de ver que el Amor no abriga resentimientos (68) y los resentimientos ocultan la luz (69), el Curso va al núcleo del problema: El resentimiento persiste porque creemos que está justificado.

El ego no necesita negar la paz; le basta con argumentar contra ella.

Esta lección no discute los hechos aparentes, corrige la interpretación.

Instrucciones prácticas:

La práctica es directa y desmitificadora:

• Observar cada resentimiento cuando surge.
• Reconocerlo sin análisis.
• Afirmar con calma: “Esto es injustificado.”

Durante el día: Usar la idea especialmente cuando surja indignación, aparezca sensación de agravio,  la mente quiera “explicar por qué” y se refuerce la certeza de tener razón.
La práctica no consiste en negar emociones, sino en retirarles el estatus de verdad.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia clave: “Si estoy resentido, debe haber una buena razón.”

Psicológicamente, la justificación fija la emoción, cronifica el conflicto, refuerza la identidad herida y bloquea la reevaluación.

Aceptar que mis resentimientos son injustificados produce efectos claros, ya que reduce la rumiación mental, desactiva la narrativa defensiva, introduce flexibilidad emocional y devuelve la posibilidad de soltar.

El resentimiento deja de ser “comprensible” y se reconoce como innecesario.

Espiritualmente, esta lección afirma: el ataque nunca ocurrió en realidad. No se niega la experiencia humana, pero se corrige su significado último.

El Curso recuerda aquí uno de sus principios centrales: Nada real puede ser amenazado.

Si nada real fue dañado, todo resentimiento carece de fundamento ontológico. Soltarlo no es pérdida; es alineación con la verdad.

Relación con la progresión del Curso:

Las lecciones 68–70 forman un bloque muy preciso:

• 68 → El Amor no abriga resentimientos.
• 69 → El resentimiento oculta la luz.
• 70 → El resentimiento no tiene justificación.

Aquí el Curso no pide heroísmo emocional, pide honestidad perceptiva.

El resentimiento cae no por fuerza, sino por falta de base.

Consejos para la práctica:

• No discutir con el resentimiento.
• No intentar demostrar que “no deberías sentirte así”.
• No sustituir resentimiento por culpa.

Aplicar la idea cuando surjan pensamientos como:

• “Con razón estoy así.”
• “Esto sí que no lo paso.”
• “Tengo motivos de sobra.”
• “Es lógico que me sienta así.”

Y repetir suavemente: “Mis resentimientos son injustificados.” No como juicio, sino como liberación cognitiva.

Conclusión final:

La Lección 70 enseña que el resentimiento sobrevive gracias a la historia que lo justifica. Cuando esa historia se cuestiona, el resentimiento pierde su sostén.

El Curso ofrece aquí una corrección profundamente pacificadora: No necesito demostrar que tengo razón para estar en paz.

Frase inspiradora: “Cuando dejo de justificar el resentimiento, la paz no encuentra obstáculos.”

Ejemplo-Guía: ¿A quién hemos cedido el poder de nuestra salvación?

La cuestión que se plantea en este ejemplo-guía nos ayuda a tomar conciencia de la enseñanza central de esta lección. Nos permite identificar un hábito profundamente arraigado en nuestras vidas: ceder a los demás el poder de decidir si somos o no felices. De este modo, aprendemos a comprender la dinámica que nos lleva a sentirnos víctimas de lo que nos sucede en nuestro recorrido humano, cuando en realidad nadie posee ese poder salvo que nosotros mismos se lo otorguemos.

Un ejemplo puede ayudarnos a clarificar esta idea:

“Mis padres son muy severos y exigentes. Les tengo miedo. Nada de lo que hago les parece suficiente y constantemente me reprochan mis errores, diciéndome que no valgo para nada.
Hago todo lo posible por ganarme su reconocimiento, por demostrarles que soy válido. Sin embargo, por más que lo intento, nunca obtengo una palabra de aprobación, ni siquiera una sonrisa.
Ahora ya soy adulto y tengo edad para enfrentarme a la vida, pero cada vez que debo integrarme en la sociedad doy un paso atrás. En mi interior persiste el miedo al rechazo, a que me juzguen como torpe o inútil. Poco a poco me siento más marginado y más solo.”

En este ejemplo, el joven se percibe a sí mismo como una víctima de la educación recibida. Sin embargo, en realidad, es él quien elige constantemente adaptar su comportamiento a las exigencias que cree percibir en el exterior. No entraremos aquí a analizar las razones profundas por las que eligió nacer en una familia con esas características. Lo que sí conviene subrayar es que, en la medida en que dejamos de vernos como víctimas y asumimos nuestro verdadero papel como co-creadores, dejamos de ceder el poder de dirigir nuestras vidas a los demás y pasamos a ser los directores de nuestra propia orquesta.

Dejemos a un lado la mente “antigua”, esa parte de la mente que nos mantiene ciegos a la realidad. Obsérvate. Cierra los ojos, busca la quietud del presente, relaja la mente y recurre a los archivos de tu memoria. Encuentra una situación en la que te hayas relacionado con el mundo. No tardarás en identificar una experiencia semejante, porque continuamente estamos fabricando este tipo de escenas.

Observa ahora cómo te sientes ante la respuesta que recibes de los demás.
¿Atacas? ¿Asumes? ¿Aceptas? ¿Afirmas? ¿Niegas? ¿Te reprimes? ¿Te ocultas? ¿Te alegras?

Y ahora pregúntate: ¿Quién es el que experimenta todas esas sensaciones?

Sí, eres tú. Siempre eres tú, aunque muchas veces no seas consciente de ello.

Detente aquí, porque este es el punto clave: nadie externo a ti puede hacerte sentir de una manera u otra. En todo momento eres tú quien decide cómo sentirse ante lo que percibe. Siempre ha sido así.

Podemos ilustrarlo con una escena cotidiana. Dos personas ven juntas la misma película. Ante una escena concreta, una se emociona profundamente mientras la otra permanece indiferente. Al final del film, una expresa entusiasmo y emoción; la otra afirma haberse aburrido. ¿Quién tomó la decisión? No fue la película, sino la mente que la interpretó.

La vida funciona de igual modo. No son las escenas las que generan nuestros sentimientos, sino la interpretación que hacemos de ellas.

Y llegamos así a la pregunta esencial de este ejemplo-guía: ¿De quién depende tu salvación?

La lección de hoy nos recuerda que mi salvación procede de mí, porque la causa de todo se encuentra en mi mente.

Reflexión: Cuando juzgas, ¿Dónde se encuentra la condena, en el acto que percibes o en tu modo de verlo y juzgarlo?

El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros. Parte II: El hambre que no se llena. Comer de más, el especialismo y la búsqueda interminable del ego.

El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros.

Parte II: El hambre que no se llena. Comer de más, el especialismo y la búsqueda interminable del ego.

En el artículo anterior vimos que Un Curso de Milagros explica el mundo como la proyección de una mente que cree haberse separado de Dios. Esa creencia genera una sensación profunda de carencia.

Desde esa perspectiva, muchas de nuestras conductas —incluida la relación con la comida— no son simplemente hábitos físicos, sino expresiones de la mente que intenta llenar un vacío que cree real.

En este segundo artículo vamos a profundizar en una idea clave del Curso que Kenneth Wapnick aplica con mucha claridad a este tema: el especialismo.

El especialismo: la estrategia favorita del ego.

El Curso utiliza el término especialismo para describir la forma en que el ego intenta demostrar que somos individuos separados y únicos.

En el sistema del ego, ser especial significa tener algo que otros no tienen o que nos hace diferentes.

El especialismo puede aparecer de muchas formas, como por ejemplo, sentirse superior, sentirse inferior, sentirse víctima, sentirse único, sentirse incomprendido. Todas estas formas tienen algo en común: refuerzan la identidad individual separada.

El Curso explica este mecanismo de la siguiente manera: “El especialismo es la gran dictadura del ego”. (T-24.II.1:1)

El ego necesita el especialismo porque sin él no podría sostener la ilusión de separación.

El especialismo y el cuerpo.

El cuerpo es una herramienta perfecta para el especialismo.

Cada cuerpo parece diferente, y en este sentido podemos hablar de diferentes gustos, diferentes necesidades y diferentes preferencias. Esto permite al ego construir identidades individuales.

En el caso de la comida, por ejemplo, el especialismo puede manifestarse de muchas maneras:

  • “Yo necesito comer más que otros”.
  • “Mi ansiedad es distinta”.
  • “Mi problema con la comida es especial”.
  • “Este alimento me hace sentir mejor”.

El contenido concreto puede variar, pero el objetivo del ego siempre es el mismo: reforzar la identidad individual.

Comer como sustituto del amor.

Según explica Kenneth Wapnick, cuando analiza el tema que estamos tratando. el problema de comer compulsivamente no es la comida en sí. El problema es el significado que la mente le da.

Cuando la mente cree que algo externo puede aliviar el vacío interior, ese objeto se convierte en un sustituto del amor.

El ego utiliza muchos sustitutos, como, por ejemplo, la comida, las relaciones, el éxito, el dinero, el poder o el reconocimiento. En todos los casos ocurre el mismo patrón. Primero aparece la sensación de vacío. Después buscamos algo fuera para llenarlo. Pero el alivio nunca dura.

El Curso describe esta dinámica de forma muy clara: “El ego exige satisfacción interminable”. (T-13.V.7:1)

Porque el ego necesita que la búsqueda continúe, pues si alguna vez quedáramos completamente satisfechos, el sistema del ego se derrumbaría.

La paradoja del placer.

El ego promete placer, pero nunca entrega paz duradera. Esto ocurre porque el objetivo del ego no es hacernos felices, sino mantener la separación.

Así funciona su ciclo:

  1. Sentimos un vacío.
  2. Buscamos algo externo.
  3. Experimentamos un placer momentáneo.
  4. El vacío vuelve.

Y entonces el ciclo empieza otra vez.

El Curso describe esta dinámica cuando habla de los “ídolos” del ego: “Los ídolos son sustitutos del amor”. (T-29.VIII.3:1)

Un ídolo es cualquier cosa del mundo que creemos que puede darnos lo que en realidad sólo puede venir de Dios.

Cuando el problema parece ser el cuerpo.

Desde la perspectiva del mundo, la solución a comer de más suele centrarse en el cuerpo y por esta razón recurrimos a las dietas, al control de  nuestros impulsos, a prácticas de disciplinas o al empleo de reglas alimentarias.

Aunque estas estrategias pueden tener cierto efecto a nivel práctico, el Curso nos invita a mirar el problema desde otro lugar. Porque el problema real no está en el cuerpo.

El Curso lo expresa con claridad: “El cuerpo es simplemente un recurso de aprendizaje para la mente”. (T-19.IV.C.11:1)

El cuerpo no causa nuestros problemas. La mente utiliza el cuerpo para expresar sus creencias.

La verdadera raíz del impulso.

Cuando observamos con honestidad nuestros impulsos, descubrimos algo importante. Muchas veces no estamos buscando comida. Estamos buscando: consuelo, alivio, distracción, seguridad, amor.

La comida se convierte simplemente en el medio que utilizamos. Pero la raíz sigue siendo la misma: la creencia en la carencia.

Mientras esa creencia permanezca intacta, la mente seguirá buscando sustitutos.

El primer paso hacia la sanación.

La propuesta del Curso no es luchar contra el comportamiento. El primer paso es comprender el propósito que la mente le ha dado.

Cuando empezamos a observar nuestros hábitos sin culpa ni juicio, ocurre algo importante. Empezamos a ver el sistema del ego funcionando. Y cuando el sistema se hace visible, pierde gran parte de su poder.

El Curso resume este proceso de forma sencilla: “La tarea del obrador de milagros es negar la negación de la verdad”. (T-12.II.1:5)

Es decir, reconocer que lo que el ego nos dice sobre nuestra falta no es verdad.

Un cambio de mirada.

El verdadero cambio no ocurre en el plato. Ocurre en la mente.

Cuando dejamos de intentar llenar el vacío con objetos externos y empezamos a cuestionar la creencia en ese vacío, algo empieza a transformarse.

El Curso describe este cambio como un cambio de maestro. En lugar de escuchar la voz del ego, aprendemos a escuchar la guía del Espíritu Santo.

Y esa guía siempre nos recuerda la misma verdad: lo que somos ya es completo.


Glosario de términos en Un Curso de Milagros.

Ego: Sistema de pensamiento basado en la separación, la culpa y el miedo.

Espíritu Santo: La Voz de Dios en la mente que corrige las percepciones del ego.

Jesús (en el Curso): Símbolo del maestro que ha despertado del sueño de separación y guía el proceso de aprendizaje.

Separación: La creencia de que el Hijo de Dios se apartó de su Fuente.

Pecado: La creencia errónea de que la separación ocurrió realmente.

Culpa: La emoción que surge al creer que el pecado es real.

Miedo: La expectativa de castigo derivada de la culpa.

Especialismo: El mecanismo del ego que busca reforzar la identidad individual separada.

Perdón: El proceso de reconocer que la separación nunca ocurrió.

Milagro: Un cambio de percepción del miedo al amor.

¿A quién le he entregado el poder de mi paz? Aplicando la lección 70.

¿A quién le he entregado el poder de mi paz? Aplicando la lección 70. Una de las creencias más arraigadas en la mente humana es que nuestr...