viernes, 6 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 37

LECCIÓN 37

Mi santidad bendice al mundo.

1. Esta idea contiene los primeros destellos de tu verdadera función en el mundo, o en otras palabras, la razón por la que estás aquí. 2Tu propósito es ver el mundo a través de tu propia santi­dad. 3De este modo, tú y el mundo sois bendecidos juntos. 4Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada; todo el mundo se beneficia a través de tu santa visión. 5Tu santa visión significa el fin del sacrificio porque les ofrece a todos su justo merecido. 6él tiene derecho a todo, ya que ése es su sagrado derecho como Hijo de Dios.

2. No hay ninguna otra manera de poder eliminar la idea de sacrificio del pensamiento del mundo. 2Cualquier otra manera de ver inevitablemente exige el que algo o alguien pague. 3Como resultado de ello, el que percibe sale perdiendo. 4Y no tiene ni idea de por qué está perdiendo. 5Su plenitud, sin embargo, le es restaurada a su conciencia a través de tu visión. 6Tu santidad le bendice al no exigir nada de él. 7Los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada.

3. Tu santidad es la salvación del mundo. 2Te permite enseñarle al mundo que es uno contigo, sin predicarle ni decirle nada, sino simplemente mediante tu sereno reconocimiento de que en tu santidad todas las cosas son bendecidas junto contigo.

4. Hoy debes dar comienzo a las cuatro sesiones de práctica más largas -las cuales han de tener una duración de tres a cinco minutos cada una- repitiendo la idea de hoy, a lo cual ha de seguir un minuto más o menos en el que debes mirar a tu alrededor a medida que aplicas la idea a cualquier cosa que veas:

2Mi santidad bendice esta silla.
3Mi santidad bendice esa ventana.
4Mi santidad bendice este cuerpo.

5Luego cierra los ojos y aplica la idea a cualquier persona que te venga a la mente, usando su nombre y diciendo:

6Mi santidad te bendice, [nombre].

5. Puedes continuar la sesión de práctica con los ojos cerrados, o bien abrirlos de nuevo y aplicar la idea a tu mundo exterior si así lo deseas; puedes alternar entre aplicar la idea a cualquier cosa que veas a tu alrededor o a aquellas personas que aparezcan en tus pensamientos, o bien puedes usar cualquier combinación que prefieras de estas dos clases de aplicación. 2La sesión de práctica debe concluir con una repetición de la idea con los ojos cerrados, seguida inmediatamente por otra repetición con los ojos abiertos.

6. Los ejercicios más cortos consisten en repetir la idea tan a menudo como puedas. 2Resulta particularmente útil aplicarla en silencio a todas las personas con las que te encuentres, usando su nombre al hacerlo. 3Es esencial que uses la idea si alguien parece causar una reacción adversa en ti. 4Ofrécele la bendición de tu santidad de inmediato, para que así puedas aprender a conservarla en tu conciencia.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, al aceptar la verdad de lo que soy, mi percepción se transforma de manera natural. No es una acción que deba forzar, sino una consecuencia inevitable del reconocimiento del Ser. Al recordar mi santidad, comienzo a reconocer la misma santidad en todos aquellos que percibo.

Bendecir no es un acto ritual ni una intención añadida desde la mente personal. En Un Curso de Milagros, bendecir es reconocer la verdad. Es ver más allá de las apariencias y aceptar que no hay intereses separados ni identidades aisladas. Bendecir es afirmar, sin palabras, la unidad que compartimos.

Cuando bendigo, no doy algo que no tenga; simplemente extiendo lo que ya soy. Al reconocer la santidad en otro, estoy reconociendo la mía propia, pues no pueden estar separadas. Esta es la base de la hermandad: no una relación especial, sino el recuerdo compartido de una misma Identidad.

La bendición es, por tanto, la expresión del conocimiento verdadero. No nace del esfuerzo, sino de la certeza interior de que solo hay un Yo. Desde esa certeza, el juicio pierde sentido y la percepción se suaviza. El mundo deja de ser un lugar de conflicto y se convierte en el escenario donde la santidad se reconoce a sí misma.

Así, esta lección me enseña que mi santidad no es privada ni personal. Al aceptarla, bendice todo lo que veo. Y al bendecirlo, recuerdo quién soy.

UCDM, en el Capítulo 14, titulado "Las Enseñanzas en favor de la verdad", nos enseña lo siguiente:

“Sí, en verdad eres bendito. Mas en este mundo no te das cuenta de ello. No obstante, tienes los medios para aprender que lo eres y verlo claramente. El Espíritu Santo usa la lógica con tanta facilidad y eficacia como lo hace el ego, salvo que Sus conclusiones no son dementes. Éstas toman una dirección diametralmente opuesta y apuntan tan claramente hacia el Cielo como el ego apunta hacia las tinieblas y la muerte. Hemos examinado gran parte de la lógica del ego y hemos visto sus conclusiones lógicas. Y habiéndolas visto, nos hemos dado cuenta de que tales conclusiones no se pueden ver excepto en ilusiones, pues sólo ahí parece verse claramente su aparente claridad. Démosles la espalda ahora y sigamos la simple lógica que el Espíritu Santo utiliza para enseñar las sencillas conclusiones que hablan en favor de la verdad y sólo de la verdad” (T-14.In.1:1-8).

“Si eres bendito y no lo sabes, necesitas aprender que ciertamente lo eres. El conocimiento no es algo que se pueda enseñar, pero sus condiciones se tienen que adquirir, pues eso fue lo que desechaste. Puedes aprender a bendecir, pero no puedes dar lo que no tienes. Por lo tanto, si ofreces una bendición, primero te tiene que haber llegado a ti. Y tienes también que haberla aceptado como tuya, pues, de lo contrario, ¿cómo podrías darla? Por eso es por lo que los milagros dan testimonio de que eres bendito. Si perdonas completamente es porque has abandonado la culpabilidad, al haber aceptado la Expiación y haberte dado cuenta de que eres inocente. ¿Cómo ibas a percatarte de lo que se ha hecho por ti, sin tú saberlo, a menos que hicieses lo que no podrías sino hacer si se hubiese hecho por ti?” (T-14.I.1:1-8).

No podemos extender lo que no reconocemos en nosotros mismos. No bendecimos al mundo desde un esfuerzo personal, sino desde el recuerdo de nuestra unión con Dios. Al aceptar esa unión, recibimos el reconocimiento de nuestra propia santidad, que no es algo que ganemos, sino algo que compartimos con Dios como Su Hijo.

Somos benditos porque Dios comparte Su Bendición con toda la Filiación. En este reconocimiento, cualquier pensamiento amoroso que surge en la mente de uno de nuestros hermanos bendice a todos, pues las mentes no están separadas. Al aceptar esa bendición, surge de manera natural el deseo de extenderla, no como obligación, sino como gratitud.

No es necesario conocer personalmente a aquellos a quienes bendecimos. La bendición no opera a través del cuerpo ni de la cercanía física, sino en la mente, donde la Filiación es una sola. El amor no necesita intermediarios para extenderse.

Bendecir es simplemente reconocer lo que ya es verdad. Es la expresión de la santidad aceptada, no creada. Y la santidad no es otra cosa que el recuerdo de nuestra Identidad tal como Dios la creó. Cuando recordamos nuestra Esencia, dejamos de ver carencia y reconocemos la plenitud que somos.

Al bendecir, no damos algo que se pierde; conservamos en nuestra mente lo que reconocemos como real. Así permanecemos en la conciencia de unidad y en la certeza de que nuestra verdadera abundancia es inseparable de la Mente de Dios.

¿Acaso ves alguna debilidad en el acto de bendecir a tu hermano? En respuesta a esta cuestión, UCDM no indica:

"No tengas miedo de bendecir, pues Aquel que te bendice ama al mundo y no deja nada en él que pueda ser motivo de miedo. Pero si te niegas a dar tu bendición, el mundo te parecerá ciertamente temible, pues le habrás negado su paz y su consuelo, y lo habrás condenado a la muerte" (T-27.V.4:5-6).

Propósito y sentido de la lección

Cuando la Lección 37 habla de “los primeros destellos de tu verdadera función”, está enlazando directamente con una enseñanza central del Texto:  el Hijo de Dios no fue creado sin función, y su función no es corregir el mundo, sino recordar la verdad y extenderla.

En el Texto se afirma repetidamente que la percepción precede a la acción, y que el mundo es el resultado de una interpretación.

Por eso, cuando la lección define el propósito como: “ver el mundo a través de tu propia santidad” está aplicando la enseñanza del Texto según la cual la causa siempre está en la mente y el efecto en la percepción. La función no es “bendecir activamente”, sino ver sin culpa, porque en el Curso la culpa es siempre la causa del ataque, el sacrificio y la separación.

La bendición del mundo no es una misión añadida al yo, sino la consecuencia inevitable de aceptar la Expiación para uno mismo, tema central del Texto.

Instrucciones prácticas:

El nivel de detalle de esta lección no es casual. En el Texto se explica que la mente necesita entrenamiento perceptivo sistemático para deshacer hábitos profundamente arraigados.

La aplicación a objetos, cuerpos, personas concretas y especialmente a quienes provocan reacción adversa, refleja exactamente lo que el Texto enseña sobre el perdón:  no se perdona lo abstracto, sino lo específico, allí donde la culpa parece real.

El uso del nombre propio no es psicológico, sino doctrinal. El Curso enseña que no hay diferencias reales entre los Hijos de Dios, y por eso aplicar la santidad a uno por nombre es una forma de corregir la percepción de separación.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección se apoya en una tesis central del Curso: el sistema de pensamiento del ego está basado íntegramente en el sacrificio.

El Texto define el sacrificio como la creencia de que alguien debe perder para que otro gane,  de que algo debe ser pagado, y de que la culpa es real y exige compensación.

Por eso la lección insiste: “Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada.”

Desde el punto de vista psicológico, esto desmonta la raíz del miedo: la expectativa inconsciente de castigo.

Cuando la lección afirma que: “los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada” está aplicando literalmente la enseñanza del Texto según la cual la exigencia siempre procede de la culpa, y la plenitud percibida elimina automáticamente la necesidad de ataque o defensa.

Espiritualmente, la afirmación: “Tu santidad es la salvación del mundo” solo puede entenderse a la luz del principio fundamental del Curso: una sola Mente, una sola Filiación, una sola Voluntad.

El Texto deja claro que el mundo no se salva como entidad independiente, sino que desaparece como interpretación falsa cuando la mente se corrige. Por eso la santidad salva no por intervención, sino por reconocimiento.

La frase: “sin predicarle ni decirle nada” conecta directamente con la enseñanza del Texto de que el ejemplo es el único maestro, y que la verdad no necesita defensa ni explicación, solo ser reconocida.

Relación con el Curso:

La Lección 37 anticipa varias afirmaciones posteriores del Texto y del Libro de Ejercicios:

  • “Perdonar es mi función”
  • “Mi función y mi felicidad son una”
  • “La salvación del mundo depende de mí”

Pero lo hace todavía en un lenguaje suave, perceptivo, no moral. Aquí la función no se vive como responsabilidad pesada, sino como resultado natural de ver sin culpa.

También conecta directamente con el capítulo del Texto sobre la relación santa, donde se enseña que la sanación ocurre cuando uno no exige nada del otro.

Consejos para la práctica:

El Curso insiste en que no se debe forzar la experiencia, no se debe evaluar el progreso y no se debe buscar resultados visibles.

Esta lección sigue exactamente esa pedagogía: la bendición no se mide, se practica.

El énfasis en usar la idea cuando surge reacción adversa es coherente con el Texto, que enseña que toda perturbación es una oportunidad de perdón.

Conclusión final:

La Lección 37 es el primer momento en el Libro de Ejercicios donde la identidad corregida comienza a manifestarse como función consciente en el mundo.

No se trata de hacer algo por los demás, sino de no exigir nada de ellos.
No se trata de cambiar el mundo, sino de retirar la culpa de la percepción.

Desde la perspectiva del Curso, esta lección enseña que: la santidad no se posee, se extiende, y al extenderse, deshace el mundo del sacrificio.

Aquí empieza a vislumbrarse una idea clave que el Curso desarrollará plenamente: salvar y ser salvo son el mismo acto.


Ejemplo-Guía: "Todos los políticos son unos ladrones y unos mentirosos".

¿Estaríamos dispuestos a bendecir a los políticos que consideramos ladrones y mentirosos?  

Para muchos, esta pregunta puede sonar a broma de mal gusto y llevarlos a pensar que quien la plantea no está en sus cabales. Sus argumentos son fuertes, pues cuentan con pruebas más que claras que les dan la razón. “El que la hace, la paga” es una idea compartida por ese grupo que prefiere proyectar en el comportamiento ajeno su propio mundo interior.  

Y pensarán: ¡Vaya!, esa afirmación es la gota que colma el vaso de la paciencia. Después de ser víctimas de las injusticias de los políticos, también tenemos que aceptar que nuestra crítica nos obliga a reconocer que somos tan culpables como ellos.  

No pretendo acusar a nadie. Hacerlo sería adoptar la visión de la mente dual, que nos hace creer en la separación entre los seres.

Yo practico la visión de la unidad y, por decisión propia, elijo ver a mis hermanos como partes de una misma Unidad que conforma la Filiación. Respeto todos los comportamientos, así como no condeno mis propios actos. Soy plenamente consciente de que cada uno de nosotros está en una etapa distinta dentro del proceso de conciencia, pero en esencia, todos somos perfectos Hijos de Dios.

Esa visión me hace ver el juego de la mente dual, que nos impulsa a proyectar en el mundo exterior el contenido de nuestros pensamientos. Estos, a su vez, encuentran su misma frecuencia vibratoria en los espejos que representan nuestros hermanos, quienes, con su forma de actuar, nos ayudan a reconocer la calidad de nuestros propios pensamientos y sentimientos.

Como bien expresa UCDM: “O bien vemos la carne, o bien reconocemos el espíritu. En esto no hay términos medios. Si uno de ellos es real, el otro no puede sino ser falso, pues lo que es real niega a su opuesto. La visión no ofrece otra opción que ésta. Lo que decidimos al respecto determina todo lo que vemos y creemos real, así como todo lo que consideramos que es verdad. De esta elección depende todo nuestro mundo, pues mediante ella establecemos en nuestro propio sistema de creencias lo que somos: carne o espíritu. Si elegimos ser carne, jamás podremos escaparnos del cuerpo al verlo como nuestra realidad, pues nuestra decisión reflejará que eso es lo que queremos. Pero si elegimos el espíritu, el Cielo mismo se inclinará para tocar nuestros ojos y bendecir nuestra santa visión a fin de que no veamos más el mundo de la carne, salvo para sanar, consolar y bendecir” (T-31.VI.1:1-8).

Cuando condenamos a los políticos que consideramos culpables, en realidad estamos proyectando nuestra propia condena y, más aún, reforzando la creencia de que solo somos materia y de que existe separación. En cambio, si decidimos bendecirlos, lo que hacemos es reconocer nuestra gratitud hacia ellos por servirnos de espejo, permitiéndonos ver reflejadas nuestras propias proyecciones.

Reflexión: ¿Mi manera de amar al mundo, es exigente?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (6ª parte).

VII. La roca de la salvación (6ª parte).

6. Pon a prueba todas tus creencias a la luz de este único requisi­to, y entiende que todo lo que satisface esta única petición es digno de tu fe. 2Nada más lo es. 3Lo que no es amor es pecado, y cada uno de ellos percibe al otro como demente y sin sentido. 4El amor es la base de un mundo que los pecadores perciben como completamente demente, ya que creen que el camino que ellos siguen es el que conduce a la cordura. 5Mas el pecado es igual­mente demente a los ojos del amor, que dulcemente prefieren mirar más allá de la locura y descansar serenamente en la ver­dad. 6Tanto el amor como el pecado ven un mundo inmutable, de acuerdo a como cada uno define la inalterable y eterna verdad de lo que eres. 7Y cada uno refleja un punto de vista de lo que el Padre y el Hijo deben ser para que ese punto de vista sea signifi­cativo y cuerdo.

Este párrafo introduce el criterio definitivo de discernimiento que corona todo el desarrollo de La roca de la salvación. Tras desmontar la locura del mundo y afirmar la posibilidad de una nueva percepción, el Curso ofrece ahora una prueba única, simple y absoluta para evaluar cualquier creencia.

Ese criterio es el amor.

No se trata de un amor sentimental, moral o humano, sino del principio ontológico que define la realidad. Todo lo que satisface este único requisito —ser amor— es digno de fe. Todo lo demás no lo es. No hay grados ni excepciones.

El texto establece una equivalencia contundente: “Lo que no es amor es pecado.”

Aquí el pecado no se define como acción, sino como ausencia de amor, es decir, como un sistema de pensamiento. Amor y pecado son incompatibles y se perciben mutuamente como dementes y sin sentido, porque cada uno parte de una definición opuesta de la realidad.

Desde la perspectiva del pecado, el mundo basado en el amor parece completamente demente, ya que el pecado cree que su camino —basado en separación, juicio y pérdida— es el que conduce a la cordura.
Desde la perspectiva del amor, ocurre exactamente lo contrario: el pecado es visto como locura, pero sin ataque. El amor no combate la locura; mira más allá de ella y descansa serenamente en la verdad.

El punto más profundo del párrafo aparece cuando afirma que tanto el amor como el pecado perciben un mundo inmutable. La diferencia no está en la experiencia de estabilidad, sino en cómo se define lo que eres. Cada sistema proyecta un mundo fijo que refleja su definición del Padre y del Hijo. La percepción del mundo revela, en realidad, la idea que se tiene de Dios y de uno mismo.

Mensaje central del punto:

  • El amor es el único criterio válido para evaluar cualquier creencia.
  • Solo lo que es amor es digno de fe.
  • Todo lo que no es amor es pecado.
  • Amor y pecado se perciben mutuamente como locura.
  • El amor no ataca la locura; la trasciende.
  • Ambos sistemas perciben un mundo “inmutable”, según su definición de la verdad.
  • La percepción del mundo refleja la idea que se tiene del Padre y del Hijo.

Claves de comprensión:

  • El discernimiento espiritual se reduce a una sola prueba.
  • El pecado no es un acto, sino una interpretación sin amor.
  • La locura no se corrige con ataque, sino con trascendencia.
  • El mundo que parece estable refleja la definición que se tiene del Ser.
  • Cambiar la percepción del mundo implica cambiar la definición de quién eres.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Examina cada pensamiento, juicio o decisión preguntando:
    “¿Esto es amor?”
  • Si no lo es, no lo ataques; simplemente retira tu fe de él.
  • Observa cuándo percibes el amor como ingenuo o irreal: ahí habla el pecado.
  • Practica mirar más allá del error en lugar de corregirlo.
  • Permite que el descanso sustituya al esfuerzo por tener razón.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué creencias sigo sosteniendo que no proceden del amor?
  • ¿Confundo firmeza con verdad?
  • ¿En qué momentos percibo el amor como poco real o poco práctico?
  • ¿Qué idea de Dios y de mí mismo se refleja en el mundo que veo?
  • ¿Estoy dispuesto a confiar solo en lo que es amor?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo ofrece la herramienta final de la salvación: un criterio único, claro y universal. No se te pide analizar todas las creencias, sino ponerlas a prueba. Si son amor, permanecen. Si no lo son, carecen de valor real.

El amor no necesita defenderse ni justificarse. Simplemente descansa en la verdad, mientras la locura se disuelve por falta de fe. Así, el mundo cambia no porque sea atacado, sino porque ya no es creído.

Frase inspiradora:

“Solo el amor es digno de mi fe.”

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier pensamiento que reclame tu adhesión, repite:

“Si no es amor, no lo necesito.”

Y permite que esa simple prueba te devuelva al descanso.

jueves, 5 de febrero de 2026

No tienes que sentirte santa para serlo.

No tienes que sentirte santa para serlo.

“No puedo sentirme santa... con reflejos tal vez, pero eres o no eres. ¿Podríais explicar más, por favor?”

La duda que trae esta estudiante es muy fina y honesta. No es resistencia; es alguien que está pensando con rigor y ha detectado una tensión real en el lenguaje del Curso. Tratemos de explicarlo.

Lo que planteas es muy acertado, y el Curso no lo contradice. Tienes razón en algo esencial: la santidad no es gradual. O se es, o no se es.

Desde el punto de vista de la Verdad, no existe una “media santidad” ni una santidad que vaya aumentando. Si eres parte de la Mente de Dios, eres plenamente santa, aunque no lo sientas.

Entonces, ¿por qué el Curso habla de reflejos, de aprendizaje, de práctica?

Ahí está la clave.

El Curso trabaja siempre con dos niveles simultáneos:

El nivel de lo que eres (verdad). En este nivel:

  • Eres tal como Dios te creó.
  • No te falta nada.
  • No puedes ser más ni menos santa.
  • No hay proceso ni cambio.

Aquí no hay nada que aprender.

El nivel de lo que crees ser (experiencia). En este nivel:

  • Te percibes como un yo separado.
  • Dudas.
  • No sientes la santidad.
  • Experimentas miedo, culpa o conflicto.

Aquí sí hay un proceso, pero no para llegar a ser santa, sino para deshacer la creencia de que no lo eres.

Entonces, ¿por qué no “se siente” la santidad?

Porque el Curso no pretende que primero sientas y luego creas.
Propone lo contrario:

Primero aceptar intelectualmente la idea, y permitir que la experiencia vaya alcanzándote después.

La Lección 36 no te pide que te sientas santa. Te pide que no niegues tu santidad porque aún no la experimentas.

Eso sería poner la percepción por encima de la Verdad.

¿Qué significa entonces “ver reflejos”?

No significa que la santidad sea parcial. Significa que la percepción solo puede reflejar de forma indirecta algo que no pertenece al mundo perceptual.

Un ejemplo sencillo: La luz del sol es plena. Pero cuando se refleja en el agua, puede verse fragmentada por las ondas.

La luz no está incompleta. El reflejo sí puede estarlo.

La santidad es plena. La percepción la recibe de forma fragmentaria mientras la mente aún cree estar separada.

No tienes que sentirte santa para serlo. Y no sentirlo no lo pone en duda.

El Curso no te pide que fabriques una experiencia, sino que dejes de usar tu experiencia actual como medida de la verdad.

El propósito real de la Lección 36, no es que logres sentirte santa. Es que dejes de excluirte mentalmente.

La lección actúa como una corrección suave a un hábito muy profundo: “Si no lo siento, no es verdad.”

El Curso responde: “Es verdad, aunque aún no lo sientas.”

Tu intuición es correcta: La santidad no es gradual.

Lo que es gradual no es la santidad, sino el abandono de la creencia en lo contrario.

Y el Curso no te pide que te convenzas emocionalmente, solo que no te opongas a la idea.

Eso es suficiente para empezar. 

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 36

LECCIÓN 36

Mi santidad envuelve todo lo que veo.

1. La idea de hoy extiende la idea de ayer del que percibe a lo percibido. 2Eres santo porque tu mente es parte de la de Dios. 3puesto que eres santo, tu visión no puede sino ser santa también. 4"Impecabilidad" quiere decir libre de pecado. 5No se puede estar libre de pecado sólo un poco. 6O bien eres impecable o bien no lo eres. 7Si tu mente es parte de la de Dios tienes que ser impecable, pues de otra forma parte de Su Mente sería pecaminosa. 8Tu visión está vinculada a Su santidad, no a tu ego, y, por lo tanto, no tiene nada que ver con tu cuerpo.

2. Hoy se requieren cuatro sesiones de práctica de tres a cinco minutos cada una. 2Trata de distribuirlas equitativamente y de hacer las aplicaciones más cortas a menudo para así asegurar tu protección durante todo el día. 3Las sesiones de práctica más largas deben hacerse de la siguiente forma:

3. Cierra primero los ojos y repite la idea de hoy varias veces lentamente. 2Luego ábrelos y mira a tu alrededor con bastante lentitud, aplicando la idea de manera específica a cualquier cosa que notes en tu ligera inspección. 3Di, por ejemplo:

4Mi santidad envuelve esa alfombra.
5Mi santidad envuelve esa pared.
6Mi santidad envuelve estos dedos.
7Mi santidad envuelve esa silla.
8Mi santidad envuelve ese cuerpo.
9Mi santidad envuelve esta pluma.

10Cierra los ojos varias veces durante estas sesiones de práctica y repite la idea para tus adentros. 11Luego ábrelos y continúa como antes.

4. Para las sesiones de práctica más cortas, cierra los ojos y repite la idea; mira a tu alrededor mientras la repites de nuevo y finaliza con una repetición adicional con los ojos cerrados. 2Todas las aplicaciones, por supuesto, deben llevarse a cabo con bastante lentitud y con el menor esfuerzo y prisa posibles.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda que, si mi mente forma parte de la Mente de Dios, mi santidad no puede ser parcial ni condicional. No es algo que deba alcanzar, demostrar o merecer. Es un hecho. Por eso, todo lo que veo queda envuelto por ella, no porque yo lo haga santo, sino porque mi verdadera Identidad es santa.

Este ejercicio es fundamental porque me invita a expresar lo que soy en verdad, dejando de dar protagonismo al ego. Cuando permito que el ego interprete mi vida, lo hace desde sus creencias de separación, culpa y miedo. Pero cuando acepto mi santidad, esas interpretaciones pierden autoridad. No lucho contra el ego; simplemente dejo de creerle.

Ser santo, según el Curso, no significa comportarse de una determinada manera ni cumplir un ideal moral. Significa ser Uno, sin opuestos ni jerarquías, con toda la Filiación. La santidad no es un logro personal, sino la condición natural de lo que Dios crea. Y la única forma de expresarla es a través del Amor, que no juzga ni excluye.

La pregunta no es cómo convertirme en santo, sino cómo hacer consciente mi santidad.

Un Curso de Milagros ofrece una referencia clara cuando habla de la Regla de Oro. No como una norma ética externa, sino como una consecuencia directa de la percepción correcta. Solo puedo tratar al otro con amor si lo percibo tal como es, y solo puedo percibirlo correctamente si me reconozco a mí mismo como santo. Tal como me perciba, así percibiré a los demás; y tal como perciba, así actuaré.

“La Regla de Oro te pide que te comportes con los demás como tú quisieras que ellos se comportasen contigo. Esto significa que tanto la percepción que tienes de ti como la que tienes de ellos debe ser fidedigna. La Regla de Oro es la norma del comportamiento apropiado. Tú no puedes comportarte de manera apropiada a menos que percibas correctamente. Dado que tú y tu prójimo sois miembros de una misma familia en la que gozáis de igual rango, tal como te percibas a ti mismo y tal como lo percibas a él, así te comportarás contigo mismo y con él. Debes mirar desde la percepción de tu propia santidad a la santidad de los demás” (T-1.III.6:2-7).

Desde la perspectiva del ego, la santidad se asocia a comportamientos excepcionales, sacrificio, pureza moral o vidas ejemplares. Bajo esta visión, unos son santos y otros no; unos merecen y otros fallan. Este planteamiento pertenece al pensamiento dual del ego, que necesita opuestos para sostenerse: santo/pecador, bueno/malo, digno/indigno.

Asignar la santidad en función del comportamiento es, en sí mismo, un juicio. Y todo juicio refuerza la separación, la culpa y el miedo. No es casual que esta lógica haya impregnado los sistemas religiosos: el ego proyecta su sistema de pensamiento y fabrica estructuras que lo validan.

El Curso es radicalmente claro: “Los Hijos de Dios son santos, y los milagros honran su santidad.” (T-1.I.31:3)No hay excepciones.

La Expiación no nos hace santos, porque nunca dejamos de serlo. Su función es simplemente llevar lo que hemos inventado —la imagen falsa, la culpa, la identidad separada— ante la verdad de lo que somos. La luz no crea la santidad; solo disuelve la ilusión que parecía ocultarla.

Esta lección me enseña, por tanto, que no necesito cambiar nada en el mundo para experimentar la paz. Necesito aceptar mi santidad y, desde ella, permitir que todo lo que veo sea reinterpretado. Al hacerlo, no solo reconozco mi verdad, sino que la extiendo, y eso es lo que el Curso llama un milagro.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 36 declara su propósito de forma explícita en su primera frase: extender la idea de ayer desde el perceptor a lo percibido.

En la Lección 35 se aceptó una verdad acerca de la mente: que es parte de la Mente de Dios. En esta lección, el Curso da el paso lógico siguiente: si la mente es una extensión de la Santidad de Dios, la percepción que procede de ella no puede quedar fuera de esa santidad.

El propósito central no es santificar el mundo como entidad objetiva, sino corregir la relación que la mente establece con lo que percibe. El texto es muy preciso: la santidad no está en las cosas, sino en la relación mental que se mantiene con ellas.

Así, esta lección desmantela la creencia de que el mundo tiene un significado independiente del perceptor.


Instrucciones prácticas:

La práctica de la lección es deliberadamente simple y sin variaciones:

  • Aplicar la idea a todo lo que se ve, sin excepción.
  • Incluir tanto lo agradable como lo desagradable.
  • No hacer distinciones ni jerarquías.

La fórmula es única y literal: “Mi santidad envuelve esto.”

Durante el día, la idea debe usarse especialmente cuando algo perturbe la paz, lo que indica que la práctica no es contemplativa en abstracto, sino correctiva.

No se pide análisis, reflexión ni cambio emocional previo. Solo aplicación.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Desde el punto de vista psicológico, la lección confronta una creencia fundamental del sistema de pensamiento del ego: la idea de que hay cosas “fuera” que poseen por sí mismas un valor positivo o negativo.

El texto la niega directamente al afirmar que la santidad no se encuentra en ninguna cosa por sí misma. Esto implica que la reacción emocional no está causada por el objeto, sino por la relación mental que se establece con él.

La instrucción de no distinguir entre lo agradable y lo desagradable apunta directamente a la raíz del conflicto psicológico: la tendencia a fragmentar la experiencia en opuestos.

Espiritualmente, la afirmación central es la siguiente: Mientras no veas la santidad en todo, no conocerás tu propia santidad.

Aquí el Curso establece una condición clara: el autoconocimiento depende de la percepción no selectiva. La santidad es descrita como una sola, indivisible y sin opuestos, lo que excluye toda posibilidad de santidad parcial.

Esto significa que no puede reservarse para uno mismo, no puede excluir personas, objetos o situaciones, no puede coexistir con juicios selectivos.

Ver santidad solo en uno mismo sería aún una forma de separación.

Relación con el resto del Curso:

La Lección 36 encaja de forma exacta en la progresión del Libro de Ejercicios:

  • Tras reconocer que Dios está en todo lo que veo (29),
  • y que Dios está en mi mente (30), se afirma ahora que la santidad de esa mente envuelve la percepción.

Esta lección prepara directamente las siguientes:

  • Mi santidad bendice al mundo (37),
  • No hay nada que mi santidad no pueda hacer (38),
  • Mi santidad es mi salvación (39).

Es el paso que convierte la corrección interior en extensión perceptiva.

Consejos para la práctica:

El propio texto sugiere cómo practicar correctamente:

  • No intentar sentir santidad.
  • No buscar experiencias especiales.
  • No excluir nada deliberadamente.
  • Usar la idea cuando la paz se vea perturbada.

La práctica no exige fe previa. Exige uso constante.

Conclusión final:

La Lección 36 afirma que la percepción no es un proceso neutro ni pasivo, sino una extensión directa de la identidad aceptada en la mente.

Mientras se excluya algo de la santidad, la mente no puede reconocerse a sí misma. Ver santidad en todo no es un gesto hacia el mundo, sino un acto de autorreconocimiento.

Nada cambia fuera. Cambia la relación. Y en ese cambio, la paz comienza a ser posible.

Frase síntesis:

“No puedo conocer mi santidad mientras la niegue en algo.”

Ejemplo-Guía: "La relación con mi pareja no me hace sentir en paz".

He elegido este ejemplo con el propósito de profundizar en el verdadero significado que encierra la experiencia de la relación de pareja. Un Curso de Milagros se refiere a este tipo de vínculos como relaciones especiales, señalando que constituyen uno de los escenarios más potentes para el aprendizaje, precisamente porque en ellas el ego despliega con mayor sutileza sus mecanismos.

Es inevitable hablar del amor cuando abordamos una relación. Sin embargo, el Curso nos invita a cuestionarnos qué entendemos realmente por amor. Nos recuerda que:

“El instante santo es el recurso de aprendizaje más útil de que dispone el Espíritu Santo para enseñarnos el significado del amor. Pues su propósito es la suspensión total de todo juicio. Los juicios se basan siempre en el pasado, pues las experiencias pasadas constituyen su base. Es imposible juzgar sin el pasado” (T-15.V.1:1-4).

Desde esta perspectiva, comprendemos que gran parte del conflicto en la relación surge porque amamos desde el pasado, desde expectativas, heridas y recuerdos que condicionan nuestra percepción presente.

El Curso es claro al respecto:

“Limitar el amor a una parte de la Filiación produce culpabilidad en nuestras relaciones y, por lo tanto, hace que éstas sean irreales” (T-15.V.2:2).

Cuando creemos que alguien especial debe colmar nuestras necesidades, lo separamos del resto de la Filiación y, sin darnos cuenta, convertimos el amor en una fuente de culpa y miedo.

Más aún, el Curso profundiza:

“No puedes amar sólo a algunas partes de la realidad y al mismo tiempo entender el significado del amor. Si amas de manera distinta de como ama Dios —Quien no sabe lo que es el amor especial—, ¿cómo podrías entender lo que es el amor?” (T-15.V.3:1-3).

Creer que una relación especial puede salvarnos es creer que la separación es la salvación. Pero la salvación no se encuentra en la preferencia, sino en la perfecta igualdad que establece la Expiación.

El Capítulo 15, sección V, nos revela una enseñanza clave:

“Todas las relaciones especiales contienen elementos de miedo debido a la culpabilidad. Por eso están sujetas a tantos cambios y variaciones. No se basan exclusivamente en el amor inmutable” (T-15.V.4:1-3).

Sin embargo, lejos de condenarlas, el Espíritu Santo las utiliza como aulas de aprendizaje:

“Se vale de las relaciones especiales, que tú usas para apoyar al ego, para convertirlas en experiencias educativas que apunten hacia la verdad” (T-15.V.4:4-6).

El Espíritu Santo no niega nuestras relaciones; las purifica. Él sabe que nadie es especial, pero comprende que creemos serlo. Por eso:

“Puedes poner bajo Su cuidado cualquier relación y estar seguro de que no será una fuente de dolor, si estás dispuesto a ofrecérsela a Él” (T-15.V.5:3-4).

Toda la culpa en la relación procede del uso que hacemos de ella para satisfacer necesidades ilusorias. Todo el amor surge del uso que el Espíritu Santo hace de ella como medio de sanación.

El Curso también nos advierte:

“Si deseas sustituir una relación por otra, es que no se la has ofrecido al Espíritu Santo. El amor no tiene sustitutos” (T-15.V.6:1-2).

La necesidad de reemplazar al otro revela una creencia más profunda: la idea de que nos falta amor. Desde esa creencia, exigimos al otro que sea distinto de lo que es.

Finalmente, el Curso nos ofrece una visión liberadora:

“En el instante santo nadie es especial, pues no le imponemos a nadie nuestras necesidades personales. Sin los valores del pasado, veríamos que todos son iguales y semejantes a nosotros” (T-15.V.8:1-4).

Cuando la relación se vive en el instante santo, deja de ser un campo de batalla para convertirse en un espacio de comunión. Ya no se utiliza para llenar vacíos, sino para recordar la unidad.

Que cada relación sea entregada al Espíritu Santo, que cada vínculo se convierta en una lección de amor, y que el instante santo revele la paz que siempre ha estado ahí.

¡Feliz instante santo!

Reflexión: ¿Cómo te sientes al saber que eres santo?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (5ª parte).

VII. La roca de la salvación (5ª parte).

5. El Espíritu Santo tiene el poder de transformar todos los cimientos del mundo que ves en algo distinto: en una base que no sea demente, sobre la que se puedan sentar los cimientos de una percepción sana y desde la que se puede percibir otro mundo: 2un mundo en el que nada se opone a lo que conduciría al Hijo de Dios a la cordura y a la felicidad, 3y en el que nada da testimonio de la muerte ni de la crueldad, de la separación o de las diferen­cias. 4Pues ahí todo se percibe como uno, y nadie tiene que perder para que otro gane.

Este párrafo introduce el giro definitivo hacia la esperanza práctica tras el desmontaje radical de los valores del mundo realizado en las partes anteriores. Después de dejar claro que los cimientos del mundo son dementes porque se basan en el pecado, el Curso afirma que no es necesario destruir el mundo, sino reinterpretar sus cimientos.

La clave es el poder del Espíritu Santo. No se trata de mejorar el mundo desde dentro del mismo sistema de pensamiento que lo fabricó, sino de transformar la base desde la que se percibe. El Espíritu Santo no cambia las formas externas primero; cambia el fundamento perceptivo, y desde ahí aparece otro mundo.

Ese “otro mundo” no es un lugar distinto, sino una percepción distinta: un mundo en el que nada se opone a la cordura ni a la felicidad del Hijo de Dios. En él desaparecen los testigos de la muerte, la crueldad, la separación y las diferencias, porque todas esas ideas proceden del sistema de pensamiento del pecado.

El rasgo distintivo de este nuevo mundo es la unidad sin pérdida: nadie tiene que perder para que otro gane. Esta afirmación conecta directamente con la idea central de la roca de la salvación: la creencia de que alguien debe perder es la raíz de toda locura. Cuando esa creencia se corrige, la percepción sana se vuelve posible.

Mensaje central del punto:

  • El Espíritu Santo puede transformar los cimientos del mundo.
  • No se trata de corregir formas, sino la base perceptiva.
  • Desde una base no demente surge una percepción sana.
  • Ese cambio permite percibir “otro mundo”.
  • En ese mundo no hay oposición a la felicidad ni a la cordura.
  • No existen testigos de muerte, crueldad, separación o diferencias.
  • Nadie pierde para que otro gane.

Claves de comprensión:

  • El mundo no se abandona: se reinterpreta.
  • La locura reside en los cimientos, no en las apariencias.
  • La percepción sana es el resultado natural de una base corregida.
  • La unidad excluye la competencia y la pérdida.
  • La función del Espíritu Santo es dar significado nuevo a lo que parecía inmutable.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Cuando veas conflicto, recuerda que no estás viendo el mundo, sino sus cimientos.
  • Practica entregar al Espíritu Santo la interpretación de lo que percibes.
  • Observa cualquier pensamiento de “ganar/perder” como una señal de percepción antigua.
  • Permite que la idea de unidad sustituya a la comparación.
  • Descansa en no tener que cambiar el mundo, sino la manera de mirarlo.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Desde qué cimientos estoy interpretando lo que veo?
  • ¿Qué situaciones sigo viendo como conflictos inevitables?
  • ¿Creo todavía que alguien debe perder para que otro gane?
  • ¿Estoy dispuesto a permitir otra base perceptiva?
  • ¿Cómo sería mi experiencia si nada se opusiera a mi felicidad?

Conclusión:

Este párrafo revela la función sanadora completa del Espíritu Santo. No niega lo que ves, sino que le da otro fundamento. Al cambiar los cimientos, todo el edificio perceptivo se transforma. Así aparece un mundo sin oposición, sin pérdida y sin muerte, donde la unidad es evidente y la felicidad no compite con nada.

La salvación no consiste en huir del mundo, sino en permitir que sus cimientos sean sustituidos por la verdad.

Frase inspiradora:

“Sobre cimientos sanos, el mundo se recuerda como uno.”

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier percepción de conflicto, repite:

“Espíritu Santo, transforma los cimientos desde los que veo.”

Y deja que la percepción haga el resto.

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 37

LECCIÓN 37 Mi santidad bendice al mundo. 1. Esta idea contiene los primeros destellos de tu verdadera función en el mundo, o en otras palab...