jueves, 3 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 246

LECCIÓN 246

Amar a mi Padre es amar a Su Hijo.

1. Que no piense que puedo encontrar el camino a Dios si abrigo odio en mi corazón. 2Que no piense que puedo conocer a mi Padre o a mi ser, si trato de hacerle daño al Hijo de Dios. 3Que no deje de reconocerme a mí mismo, y siga creyendo que mi conciencia puede abarcar lo que mi Padre es o que mi mente puede concebir todo el amor que Él me profesa y el que yo le profeso a Él.

2. Aceptaré seguir el camino que Tú elijas para que yo venga a TiPadre mío. 2Y no podré por menos que triunfar porque así lo dispone Tu Volun­tad. 3reconoceré que lo que Tu Voluntad dispone, y sólo eso, es lo que la mía dispone también. 4Por lo tanto, elijo amar a Tu Hijo. 5Amén.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 246 de Un Curso de Milagros, «Amar a mi Padre es amar a Su Hijo», me enseña que el amor a Dios, a mí mismo y a mis hermanos es uno e indivisible. No existe una verdadera devoción al Padre si no reconozco Su Presencia en Su Creación. Amar a Dios implica aceptar mi propia santidad y reconocerla en toda la Filiación, pues el Hijo es una extensión de Su Amor eterno.

No podemos amar a nuestro Padre si no nos amamos a nosotros mismos. Esto es así porque el Hijo ha sido creado a semejanza de Dios, como una expresión de Su propia naturaleza divina. Tal como enseña el Curso: «Mi mente es parte de la de Dios. Soy muy santo» (L-pI.35). Reconocer esta verdad es aceptar que somos dignos de amor y que nuestra esencia es pura e inocente. Negarnos a nosotros mismos sería negar la obra perfecta de Dios.

De igual modo, no podemos amar a nuestros hermanos si ese amor no reside en nuestro interior. Cuando nos amamos, tomamos conciencia de la unidad que gobierna sobre todo lo creado. El amor no puede fragmentarse ni dividirse, pues su naturaleza es integradora. «El amor no abriga resentimientos» (L-pI.68). Por ello, no es posible amar una parte de nosotros y odiar otra, ya que la dualidad no forma parte del Amor que procede de Dios.

Sin embargo, en nuestra experiencia humana, solemos amar aquellos aspectos de nuestro ser que consideramos nobles y rechazar aquellos de los que no nos sentimos orgullosos. Este conflicto interior se proyecta hacia el exterior, llevándonos a sentir atracción por quienes reflejan nuestros ideales y aversión por quienes representan lo que tememos o negamos. El Curso nos recuerda que la percepción es un reflejo de la mente: «La proyección da lugar a la percepción» (T-13.V.3:5). Así comprendemos que toda relación es una oportunidad para sanar y perdonar.

Amar a Dios significa amar a nuestros hermanos y amarnos a nosotros mismos. Significa amar la Filiación y reconocer que todos compartimos una misma Fuente. En esta comprensión desaparecen las barreras de la separación y se restablece la conciencia de unidad. Como nos recuerda la propia lección: «Que no piense que puedo encontrar el camino a Dios si abrigo odio en mi corazón».

El deseo de sentirnos especiales se presenta como una prueba que nos ofrece la oportunidad de elegir entre la separación y la unidad. Al trascender la especialidad, aceptamos el Amor universal y recordamos nuestra verdadera Identidad. Hoy elijo amar a mi Padre amando a Su Hijo, reconociendo en todos la luz divina que nos une eternamente. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 246 enseña que:

• El amor a Dios no es separado del amor al prójimo.
• El odio bloquea la percepción de Dios.
• El otro es parte de tu Ser.
• El amor es una decisión consciente.
• La unidad es la verdad subyacente.

No es moralidad. Es metafísica aplicada.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Amar a mi Padre es amar a Su Hijo”.

Cada repetición suaviza la percepción de los demás, disuelve el juicio, abre el corazón y fortalece la conciencia de unidad.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja directamente sobre los resentimientos, los juicios, el rechazo y la separación.

Al practicarla, disminuye la hostilidad, aumenta la empatía, se reducen conflictos internos y aparece mayor coherencia emocional.

Porque dejas de dividir la experiencia.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma que Dios y Su Hijo son inseparables, que el amor es la única vía de conocimiento, que la unidad es la realidad y que el otro es parte de ti.

Esto revela una verdad profunda, cada encuentro es una oportunidad de recordar a Dios.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  1. Repite la idea al comenzar el día.
  2. Al ver a alguien, recuerda: “Es el Hijo de Dios”.
  3. Observa cualquier juicio o rechazo.
  4. Sustitúyelo por una intención de amor.
  5. Permite que la percepción cambie.

No necesitas sentir amor inmediato. Solo estar dispuesto.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES: 

No forzar emociones.
No negar lo que sientes.
No intentar “ser perfecto”.

Practicar la intención.
Ser honesto contigo.
Avanzar gradualmente.

El amor se revela, cuando dejas de bloquearlo.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa:

  • 245: Extiendo la paz.
  • 246: Extiendo el amor como unidad.

Aquí el proceso se profundiza: ya no solo das paz, reconoces al otro como tú mismo.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 246 transforma completamente la forma de ver a los demás. El otro deja de ser alguien separado. Se convierte en un espejo, un puente, una oportunidad.

Amar deja de ser una emoción variable. Y pasa a ser un reconocimiento constante. Y en ese reconocimiento ocurre algo muy profundo: te acercas a Dios.

Porque amar al Hijo, es la única forma de recordar al Padre.

FRASE INSPIRADORA: “Cada vez que elijo amar, recuerdo de dónde vengo”.


Ejemplo-Guía: "Reflexionando sobre el Amor".

Muchos decimos amar a Dios, pero todavía conservamos resentimiento, rechazo o incluso odio hacia aquellos hermanos que creemos que nos han dañado. La lección de hoy nos lleva a una verdad muy sencilla y, al mismo tiempo, profundamente transformadora: no podemos amar verdaderamente a Dios si excluimos de ese amor a Su Hijo.

Desde la percepción, desde la mirada de la separación y de la dualidad, parece posible amar un ideal elevado y, al mismo tiempo, rechazar aquello que nos incomoda, nos hiere o nos amenaza. Podemos decir que amamos a Dios mientras juzgamos a un hermano. Podemos hablar de amor mientras mantenemos una condena interna. Podemos afirmar que buscamos la paz mientras seguimos defendiendo la culpa. Pero esa visión pertenece al ego, porque el Amor verdadero no selecciona, no compara y no excluye.

El Amor se basa en la certeza de que todos formamos parte de una misma Filiación. No hay un Hijo de Dios más digno que otro. No hay una parte de la creación que pueda quedar fuera del Amor de su Creador. Amar a Dios implica amar lo que Dios creó, y Su creación no está fragmentada. Por eso, negar amor a un hermano es, en el fondo, negar el Amor que también nos sostiene a nosotros.

En nuestra experiencia humana, vemos con frecuencia cómo el amor se somete a una escala de valores. A veces los padres muestran preferencias por unos hijos frente a otros. A veces nosotros mismos amamos más fácilmente a quienes nos complacen y retiramos nuestro amor de quienes nos contradicen. Amamos lo que juzgamos bueno, agradable o beneficioso, y rechazamos lo que consideramos malo, incómodo o perjudicial. Así, el amor deja de ser reconocimiento y se convierte en elección condicionada.

Pero esa forma de amar no procede del Amor, sino del miedo.

La raíz de esta dinámica se encuentra en la creencia de que existe un “afuera” que puede amenazarnos. Desde esa creencia, proyectamos nuestras inseguridades sobre el mundo y sobre nuestros hermanos. El otro parece tener poder para dañarnos, quitarnos la paz, frustrar nuestros deseos o impedir nuestra felicidad. Entonces lo juzgamos, lo clasificamos, lo rechazamos o lo atacamos mentalmente, creyendo que así nos protegemos.

Sin embargo, lo que llamamos amenaza no es más que una proyección de nuestro mundo interno. La imagen del otro parece atacarnos porque nos hemos identificado con un cuerpo separado, vulnerable y necesitado de defensa. Las circunstancias parecen ir contra nosotros porque hemos puesto nuestra seguridad en lo externo. Y así terminamos viéndonos como víctimas de un destino adverso, cuando en realidad estamos contemplando los efectos de una percepción equivocada.

El Curso nos invita a mirar todo esto de otra manera. No se nos pide que forcemos emociones, ni que finjamos un amor que todavía no sentimos. Se nos pide algo más honesto: estar dispuestos a reconocer que el odio, el resentimiento y el juicio no nos conducen a Dios. No porque Dios nos castigue por ello, sino porque esos pensamientos nos impiden reconocer la unidad que ya compartimos con Él y con todos nuestros hermanos.

La lección nos ofrece una oración preciosa: “Aceptaré seguir el camino que Tú elijas para que yo venga a Ti, Padre mío”. Esta frase define con claridad la ruta de regreso. No somos nosotros quienes decidimos el camino desde nuestros juicios personales. No es el ego quien puede llevarnos a la plenitud. El camino que Dios elige pasa por el reconocimiento de Su Hijo, y ese Hijo está presente en cada hermano.

No importa tanto la forma externa del camino. Lo importante es que sea recorrido sin juicio, sin condena y sin exclusión. Cuando dejamos de usar nuestras relaciones para confirmar la separación, empiezan a convertirse en puertas hacia la salvación. Cada hermano deja de ser un obstáculo y se transforma en una oportunidad. Cada encuentro puede enseñarnos a amar de nuevo. Cada resentimiento entregado puede abrir un espacio de paz.

Si somos capaces de pronunciar desde el corazón esa oración, algo cambia en nuestra mente. Ya no pedimos llegar a Dios por el camino que más le conviene al ego, sino por el camino que el Amor ha dispuesto. Y ese camino siempre nos conduce a la unión. Nos lleva a mirar al hermano sin condena, a reconocer su inocencia más allá de sus errores y a recordar que el Amor de Dios no puede dividirse.

Hoy puedo elegir amar a Dios amando a Su Hijo. Puedo dejar a un lado mis preferencias, mis juicios y mis antiguas heridas. Puedo reconocer que ningún hermano queda fuera de la Filiación, y que al excluirlo de mi amor me excluyo también de la paz.

Hoy acepto seguir el camino que Dios ha elegido para mí. Y en ese camino, cada hermano se convierte en una señal del Amor que me llama de regreso a casa. 


Reflexión: ¿Hay diferencia entre querer y amar?

Diálogos entre Psique y Lumen: ¿Qué significa realmente “despertar”?

Diálogos entre Psique y Lumen

¿Qué significa realmente “despertar”?

Psique: Hay una palabra que aparece constantemente en el Curso. Despertar.

Despertar del sueño. Despertar a la verdad. Despertar a Dios.

Pero, si soy sincero, no sé exactamente qué significa. ¿Es una experiencia extraordinaria? ¿Es una especie de iluminación repentina? ¿O es algo mucho más sencillo?

Lumen: Antes de responder, déjame preguntarte algo. Cuando sueñas por la noche, ¿qué ocurre cuando despiertas?

Psique: Simplemente descubro que aquello que parecía real... nunca había ocurrido realmente.

Lumen: Exactamente. Observa que no destruyes el sueño. No luchas contra él.

Simplemente despiertas. Y al despertar comprendes que aquello solo parecía real mientras dormías.

Psique: Entonces, ¿el Curso utiliza el sueño como una metáfora?

Lumen: Más que una metáfora. Lo utiliza como una aproximación a nuestra experiencia. Porque, según el Curso, vivimos identificados con una percepción que creemos absolutamente real. Y mientras la creemos, reaccionamos como si fuera la única realidad posible.

Psique: Entonces despertar no sería ir a otro lugar.

Lumen: No. Sería dejar de interpretar la realidad desde el mismo sistema de pensamiento.

Psique: Eso cambia completamente la idea que tenía. Siempre imaginé el despertar como una experiencia espectacular.

Lumen: Porque el ego convierte el despertar en un acontecimiento extraordinario. Algo reservado para unos pocos. Algo lejano. Algo casi inalcanzable.

Pero el Curso lo presenta de otra manera. Como un proceso de recordar.

Psique: ¿Recordar qué?

Lumen: Lo que nunca dejaste de ser.

Psique: Entonces despertar no significa convertirme en alguien diferente.

Lumen: No. Significa dejar de creer que eres alguien distinto de lo que Dios creó.

Psique: Eso me recuerda una frase del Curso. No se trata de adquirir. Se trata de recordar.

Lumen: Exactamente. El ego entiende el crecimiento espiritual como acumulación.

Más conocimientos. Más prácticas. Más experiencias. Más logros.

El Curso propone lo contrario. Ir soltando. Ir desaprendiendo. Ir deshaciendo.

Psique: Entonces despertar no consiste en añadir. Consiste en quitar.

Lumen: Quitar aquello que oculta. No tienes que fabricar la luz. Solo retirar aquello que impide verla.

Psique: Pero sigo sintiéndome muy lejos de eso.

Lumen: Porque imaginas el despertar como un punto final. Y el Curso habla de una práctica cotidiana.

Cada vez que eliges el perdón en lugar del resentimiento... estás despertando un poco.

Cada vez que eliges la paz en lugar del juicio... estás despertando un poco.

Cada vez que recuerdas que tu hermano es más que sus errores... estás despertando un poco.

Psique: Entonces despertar ocurre muchas veces al día.

Lumen: Puede ocurrir. Y también puedes volver a dormirte muchas veces.

Psique: ¿Dormirme?

Lumen: Sí. Cada vez que vuelves a creer que el miedo tiene la última palabra. Cada vez que conviertes el ataque en verdad. Cada vez que olvidas quién eres.

No es un fracaso. Simplemente has vuelto a identificarte con el sueño.

Psique: Entonces despertar no es un estado permanente desde el principio.

Lumen:  No. Es un entrenamiento de la mente. Un recordar constante. Como quien aprende un idioma nuevo. Al principio olvida muchas palabras. Poco a poco comienza a pensar en ese nuevo lenguaje.

Psique: Entonces la práctica cambia la forma de mirar.

Lumen: Exactamente. El mundo puede parecer el mismo. Las personas pueden seguir siendo las mismas. Pero quien observa ya no interpreta igual. Y cuando cambia la interpretación... el mundo también cambia para esa mente.

Psique: Entonces despertar no significa abandonar el mundo.

Lumen: No. Significa dejar de vivir atrapado por la interpretación del ego.

Psique: ¿Y cómo sé si estoy despertando?

Lumen: Observa algo muy sencillo. ¿Hay hoy un poco menos de miedo que ayer? ¿Un poco menos de necesidad de tener razón? ¿Un poco más de comprensión? ¿Un poco más de paz?

No necesitas medir experiencias extraordinarias. El despertar suele expresarse en pequeños cambios casi imperceptibles.

Psique: Entonces quizá el despertar sea mucho más humilde de lo que imaginaba.

Lumen: Y mucho más profundo. Porque el ego busca fuegos artificiales. La verdad suele llegar en silencio.

Psique: Pero el Curso habla del despertar completo. ¿Existe realmente?

Lumen: Sí. Del mismo modo que existe el momento en que despiertas completamente de un sueño nocturno. Pero no llegas a él por ansiedad. Llegas porque, poco a poco, dejas de seguir alimentando el sueño.

Psique: Entonces no puedo forzar el despertar.

Lumen: No. Puedes favorecerlo. Puedes disponerte. Puedes practicar. Puedes elegir de nuevo. Pero el despertar no ocurre por esfuerzo. Ocurre cuando deja de sostenerse aquello que lo ocultaba.

Psique: Entonces cada acto de perdón es una forma de despertar.

Lumen: Sí. Cada instante de verdadera paz. Cada juicio que decides abandonar. Cada miedo que eliges observar en lugar de obedecer. Cada vez que recuerdas que el amor es más real que el conflicto. Todo eso es despertar.

Psique: Entonces el despertar no comienza cuando veo a Dios. Comienza cuando dejo de creer completamente en el miedo.

Lumen: Esa es una hermosa manera de decirlo. Porque el despertar no añade una nueva realidad. Simplemente retira el velo que impedía verla.

 

Conclusión de Lumen

Despertar no significa convertirte en alguien diferente. Significa recordar quién has sido siempre.

No consiste en adquirir una nueva identidad. Consiste en abandonar las falsas identidades que has ido construyendo.

El ego imagina el despertar como un acontecimiento extraordinario. La verdad lo vive como un recuerdo silencioso.

Cada vez que eliges el perdón en lugar del juicio… Cada vez que eliges el amor en lugar del miedo… Cada vez que eliges la paz en lugar del conflicto… La mente despierta un poco más.

Porque despertar no es viajar hacia una realidad nueva. Es dejar de creer, poco a poco, en aquello que nunca fue verdad.

¿Y si amar a Dios no fuera algo separado de cómo miras a tus hermanos… sino precisamente aprender a reconocerlo en cada uno de ellos? Aplicando la Lección 246.

¿Y si amar a Dios no fuera algo separado de cómo miras a tus hermanos… sino precisamente aprender a reconocerlo en cada uno de ellos? Aplicando la Lección 246.

La Lección 246 nos invita a contemplar una afirmación que transforma profundamente nuestra idea del amor espiritual: 👉 “Amar a mi Padre es amar a Su Hijo.” Podemos pensar que nuestra relación con Dios pertenece a un espacio íntimo, separado de nuestras relaciones humanas. Podemos orar, meditar, sentir devoción y, al mismo tiempo, conservar resentimientos, juicios o rechazo hacia determinadas personas. Sin embargo, la lección nos recuerda que no existen dos amores diferentes: uno dirigido a Dios y otro reservado para nuestros hermanos.

Si todos procedemos de una misma Fuente, no puedo acercarme a Dios rechazando aquello que procede de Él. Tampoco puedo amar plenamente una parte de la Filiación y excluir otra. El Amor no conoce esas divisiones. Es nuestra mente la que selecciona, compara y decide quién merece ser amado y quién debe quedar fuera.

Hoy se nos invita a observar precisamente esas exclusiones.

🌿 Amar a Dios no puede separarse de amar a Su Hijo.

Nos resulta fácil decir que amamos a Dios porque Dios no suele contradecirnos, criticarnos ni interferir en nuestros planes. El verdadero desafío aparece cuando el Amor debe expresarse en una relación concreta.

Ahí está el hermano que nos irrita. La persona que nos decepcionó. Quien no piensa como nosotros. Aquel cuyo comportamiento nos parece incomprensible. Es precisamente en esos encuentros donde descubrimos cuánto de nuestro amor sigue condicionado.

Podemos decir interiormente: amo a Dios, pero no puedo amar a esta persona.

La Lección 246 nos invita a cuestionar esa separación. No porque tengamos que sentir afecto por todos, sino porque el Amor del que habla el Curso no depende de nuestras preferencias personales.

Puedo no disfrutar de la compañía de alguien y, aun así, negarme a convertirlo en enemigo. Puedo no estar de acuerdo con sus decisiones y conservar el reconocimiento de que su verdadera Identidad es mayor que aquello que veo.

👉 El amor a Dios comienza a hacerse real para mi conciencia cuando dejo de excluir de él a aquellos hermanos que me cuesta aceptar.

Amar no significa sentir lo mismo por todos.

A veces confundimos amor con emoción. Pensamos que amar significa experimentar cercanía, simpatía o afecto hacia cada persona. Y entonces una enseñanza como ésta parece imposible.

Pero las emociones humanas cambian. Sentimos afinidad con unas personas y distancia con otras. Eso forma parte de nuestra experiencia en el mundo.

El Amor al que apunta la lección es más profundo.

Amar puede significar reconocer que el otro posee un valor que su comportamiento no puede destruir. Puede significar dejar de desear castigo. Puede significar no utilizar sus errores para negar completamente su inocencia esencial.

No necesito obligarme a sentir cariño por alguien hacia quien todavía siento dolor. Puedo comenzar con algo mucho más sencillo: Estoy dispuesto a dejar de utilizar mi rechazo para definir quién eres.

Esa disposición ya abre una puerta.

👉 No necesito fabricar sentimientos de amor; necesito dejar de alimentar aquello con lo que bloqueo el Amor que ya está en mi mente.

🕊️ El hermano difícil puede mostrarme dónde sigo dividido.

Hay personas cuya sola presencia despierta rápidamente una reacción en nosotros. Sentimos enfado, incomodidad, rechazo o deseo de alejarnos. Normalmente pensamos que el problema está completamente fuera.

Pero quizá el encuentro pueda mostrarnos algo más.

¿Qué estoy defendiendo? ¿Qué temo? ¿Qué juicio estoy manteniendo? ¿Qué parte de mí mismo estoy viendo reflejada?

Esto no significa que todo comportamiento ajeno sea responsabilidad nuestra. Significa que nuestra reacción puede ayudarnos a descubrir contenidos de nuestra propia mente que todavía necesitan ser mirados.

El hermano difícil puede convertirse así en una oportunidad. No porque Dios haya enviado a nadie para hacernos sufrir, sino porque podemos utilizar cualquier relación para descubrir dónde seguimos eligiendo separación.

👉 Aquello que mi hermano despierta en mí puede mostrarme exactamente dónde todavía necesito elegir entre el juicio y el Amor.

🌞 No puedo rechazar una parte de mí y sentirme completamente en paz.

Si la Filiación es una, cada vez que excluyo mentalmente a alguien estoy reforzando la idea de división.

Él está allí. Yo estoy aquí.

Él es culpable. Yo soy diferente.

Así funciona el pensamiento del ego.

Pero esa misma lógica termina volviéndose contra nosotros. Si acepto que una persona puede perder su verdadera dignidad por sus errores, entonces también tendré que aceptar que yo puedo perder la mía.

Por eso perdonar a mi hermano no es un acto de superioridad. No soy yo, desde una posición moral elevada, quien decide concederle algo.

Al liberarlo de mi condena, estoy liberando también mi propia mente.

Puedo pensar: No quiero seguir utilizándote para demostrar que la separación es real. Y esa decisión comienza a sanar algo en ambos.

👉 Cada hermano que dejo de condenar me ayuda a recordar una parte de mí que también estaba esperando ser liberada.

🤍 Amar no significa aprobarlo todo.

Éste es uno de los puntos que más necesitamos cuidar.

Amar a un hermano no significa justificar una conducta dañina, tolerar abusos ni renunciar a establecer límites. Podemos decir no. Podemos alejarnos. Podemos denunciar una injusticia. Podemos protegernos cuando sea necesario.

El Amor no exige ingenuidad.

La diferencia está en no convertir esas acciones prácticas en una condena interior.

Puedo poner un límite sin odiar. Puedo alejarme sin desear venganza. Puedo reconocer un error sin convertirlo en toda la identidad del otro.

El ego dice: si no condenas, estás aprobando. Pero existe otra posibilidad: corregir sin atacar.

👉 El Amor no me impide discernir; me enseña a hacerlo sin convertir al hermano en aquello que hizo.

🌿 Querer y amar no son lo mismo.

Podemos querer muchas cosas de nuestros hermanos.

Queremos que nos comprendan. Que nos respeten. Que respondan como esperamos. Que permanezcan a nuestro lado. Que cambien.

Muchas veces llamamos amor a ese conjunto de deseos. Pero amar verdaderamente empieza quizá cuando dejamos de exigir que el otro cumpla una función determinada para nosotros.

Querer suele decir: Necesito que seas de cierta manera para sentirme bien.

El Amor dice: Deseo recordar lo que eres incluso cuando no respondes a mis expectativas.

Esto no significa que dejemos de tener necesidades humanas o preferencias. Significa que comenzamos a distinguirlas del Amor.

Puedo querer compartir mi vida con alguien y, si esa relación termina, seguir deseando paz para esa persona. Puedo desear que alguien cambie y, al mismo tiempo, recordar que su valor no depende de que cambie.

👉 Querer busca muchas veces una forma determinada; amar reconoce un valor que permanece más allá de la forma.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Amar a mi Padre es amar a Su Hijo.”

Después piensa en las personas que probablemente encontrarás durante la jornada.

No necesitas intentar sentir amor hacia todas ellas. Basta con establecer una intención: Hoy quiero recordar que cada hermano es más que la imagen que yo he construido acerca de él.

Cuando aparezca un juicio, observa. Cuando alguien te irrite, detente antes de reaccionar. Cuando recuerdes una antigua herida, pregúntate: ¿Quiero seguir utilizando esto para mantenernos separados?

Si la respuesta todavía es sí, no te juzgues. Reconócelo honestamente. Y añade: Estoy dispuesto a querer estar dispuesto a verlo de otra manera.

A veces eso será suficiente.

Si tienes que poner un límite, hazlo. Si debes hablar con claridad, habla. Si necesitas alejarte, aléjate.

Pero intenta conservar en algún rincón de tu mente la posibilidad de que ese hermano sigue siendo algo mucho más grande que aquello que ahora percibes.

👉 No necesito amar perfectamente hoy; necesito dejar de defender continuamente las razones por las que creo que algún hermano debería quedar fuera del Amor.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 245 nos invitaba a llevar la paz a nuestros hermanos. La 246 profundiza esa extensión: ahora comprendemos que ofrecer paz y amar al Hijo forman parte del mismo reconocimiento de unidad.

No puedo acercarme a Dios alejándome interiormente de Su Creación. No puedo amar al Padre mientras utilizo a Su Hijo para mantener vivo el odio. No puedo recordar plenamente quién soy mientras sigo negando la verdadera Identidad de mi hermano.

El ego selecciona. Ama a unos. Rechaza a otros. Compara. Establece jerarquías.

El Amor no necesita hacerlo. Por eso el camino hacia Dios pasa por nuestras relaciones. Cada encuentro puede convertirse en una oportunidad para elegir nuevamente.

Quizá no tengamos que encontrar a Dios en un lugar lejano. Quizá tengamos que comenzar a reconocerlo detrás del rostro de nuestros hermanos.

👉 Cada vez que elijo mirar a un hermano más allá de mi juicio, doy un paso hacia el recuerdo del Padre que nos creó a ambos.

🌟 Frase central: “No puedo acercarme a Dios excluyendo a Su Hijo; cada hermano que aprendo a mirar con Amor se convierte en un puente que me devuelve al recuerdo de mi Padre.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero aprender qué significa realmente amarte.

No quiero limitar mi amor a momentos de oración o recogimiento mientras mantengo el resentimiento contra alguno de Tus Hijos.

Sé que hay hermanos que todavía me cuesta mirar sin juicio. Personas cuya conducta me hirió. Personas a quienes no comprendo. Personas de las que quizá necesito mantener distancia.

No quiero fingir que siento algo que todavía no siento. Pero tampoco quiero convertir mi dolor en una razón para negar eternamente lo que Tú creaste.

Cuando aparezca mi rechazo, ayúdame a verlo. Cuando quiera condenar, recuérdame que también yo deseo ser liberado de mis errores. Cuando tenga que poner un límite, ayúdame a hacerlo sin odio. Cuando no pueda amar, ayúdame al menos a no cerrar completamente la puerta al Amor.

Hoy quiero recordar que mi hermano y yo compartimos una Fuente. Que detrás de nuestras historias, nuestras diferencias y nuestros conflictos existe algo que el ego nunca podrá dividir.

Y cuando mire a alguien con quien todavía tengo dificultad, quizá pueda decir sencillamente: No sé todavía cómo amarte, pero no quiero seguir utilizando mi juicio para impedirme aprender.

Padre, enséñame a encontrarte donde tantas veces he buscado enemigos. Enséñame a reconocerte en Tu Hijo. Y que cada encuentro pueda convertirse hoy en un pequeño regreso a Ti.

“Padre, hoy elijo amarte aprendiendo a reconocer Tu Luz en cada hermano. Ayúdame a no confundir Amor con aprobación, ni perdón con debilidad. Que pueda poner límites sin atacar, discernir sin condenar y recordar, incluso cuando me resulte difícil, que Tu Hijo y yo compartimos una misma Fuente y un mismo Hogar en Ti.”

Capítulo 27. III. Más allá de todo símbolo (7ª parte).

III. Más allá de todo símbolo (7ª parte). 

7. El perdón se desvanece y los símbolos caen en el olvido, y nada que los ojos jamás hayan visto o los oídos escuchado queda ahí para ser percibido. 2Un Poder completamente ilimitado ha venido, no a destruir, sino a recibir lo Suyo. 3Con respecto a tu función, no hay opciones entre las que elegir en ninguna parte. 4La opción que temes perder, nunca la tuviste. 5Sin embargo, eso es lo único que parece ser un obstáculo para el poder ilimitado y los pensamientos homogéneos, los cuales gozan de plenitud y felicidad y no tienen opuestos. 6No conoces la paz del poder que no se opone a nada. 7Sin embargo, ninguna otra clase de poder puede existir en absoluto. 8Dale la bienvenida al Poder que yace más allá del perdón, del mundo de los símbolos y de las limitacio­nes. 9Él prefiere simplemente ser, y, por lo tanto, simplemente es.

Este punto nos habla del final del proceso de aprendizaje. El perdón, que durante el camino ha sido indispensable, se desvanece. No porque pierda valor, sino porque ha cumplido su función. El perdón era necesario mientras parecía haber culpa, ataque, separación, imágenes falsas y símbolos contradictorios. Pero cuando todo eso ha sido deshecho, ya no queda nada que perdonar.

Los símbolos caen en el olvido. Todo aquello que los ojos vieron y los oídos escucharon deja de tener sentido como objeto de percepción. La mente ya no necesita apoyarse en formas para recordar la verdad. Ya no necesita imágenes santas, ni contrastes entre oscuridad y luz, ni recursos de enseñanza. El aprendizaje ha llegado a su límite.

Entonces aparece lo que el Curso llama aquí “un Poder completamente ilimitado”. Ese Poder no viene a destruir. No viene a atacar las ilusiones, ni a combatir el mundo, ni a imponerse sobre los símbolos. Viene simplemente a recibir lo Suyo. Es decir, viene a reconocer lo que siempre le perteneció: la mente que nunca dejó de ser de Dios.

Mensaje central del punto:

  • El perdón se desvanece cuando ya ha cumplido su función.
  • Los símbolos dejan de ser necesarios cuando la verdad es recordada.
  • Nada percibido por los sentidos permanece como realidad final.
  • El Poder ilimitado no viene a destruir, sino a recibir lo que es Suyo.
  • Tu función no admite alternativas reales.
  • La opción que temes perder nunca existió verdaderamente.
  • Lo único que parece obstaculizar el Poder ilimitado es la creencia en una falsa posibilidad de elección.
  • Los pensamientos verdaderos son homogéneos, plenos, felices y sin opuestos.
  • No conocemos aún la paz del poder que no se opone a nada.
  • Pero ninguna otra clase de poder existe realmente.
  • La invitación final es dar la bienvenida al Poder que está más allá del perdón, del mundo de los símbolos y de toda limitación.
  • Ese Poder no necesita hacer nada para ser. Simplemente es.

Claves de comprensión:

  • El perdón es un medio, no el final absoluto.
  • Mientras creemos en la separación, el perdón es necesario.
  • Cuando la separación deja de creerse, el perdón desaparece porque ya no hay nada que corregir.
  • Los símbolos son útiles dentro del aprendizaje, pero no pertenecen al conocimiento.
  • La percepción necesita símbolos; la verdad no.
  • El ego teme perder opciones porque cree que elegir entre alternativas es libertad.
  • Pero la única elección real es aceptar la verdad.
  • Las demás opciones nunca existieron realmente porque procedían de la ilusión.
  • El poder verdadero no compite, no vence, no domina y no se defiende.
  • El poder verdadero no tiene opuestos.
  • Por eso no destruye: simplemente recibe lo que siempre fue suyo.
  • La paz del poder verdadero es desconocida para la mente que aún cree en conflicto.
  • Pero esa paz es inevitable porque ningún otro poder existe.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo tu mente teme perder una opción:

  • “Si perdono del todo, pierdo mi derecho a elegir otra cosa”.
  • “Si suelto este juicio, me quedo sin defensa”.
  • “Si abandono esta imagen, pierdo control”.
  • “Si acepto la verdad, ya no podré decidir por mi cuenta”.
  • “Si dejo los símbolos, no sabré quién soy”.
  • “Si no me opongo, seré débil”.
  • “Si no lucho, algo me vencerá”.

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy defendiendo una opción que en verdad nunca tuve?”
→ “¿Creo que mi libertad consiste en elegir entre ilusiones?”
→ “¿Me da miedo un poder que no necesita oponerse?”
→ “¿Estoy confundiendo paz con pérdida de control?”
→ “¿Puedo dar la bienvenida a un Poder que no viene a destruir, sino a recibir lo Suyo?”
→ “¿Estoy dispuesto a ir más allá incluso de los símbolos que me ayudaron a aprender?”

Este punto es muy profundo porque nos muestra que el ego no sólo teme perder el mundo; también teme perder sus alternativas. Quiere conservar la posibilidad de elegir entre perdonar o condenar, amar u odiar, atacar o defenderse, recordar u olvidar. Pero el Curso dice que esa opción nunca fue real.

La verdad no compite con la ilusión. El amor no compite con el miedo. El poder no compite con la debilidad. La vida no compite con la muerte.

Sólo lo real es real. Lo demás fue una opción imaginada dentro del sueño.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿A qué símbolos sigo aferrado como si fueran la verdad final?
  • ¿Me da miedo que el perdón desaparezca porque ya no haya nada que perdonar?
  • ¿Qué opción temo perder?
  • ¿Y si esa opción nunca hubiese sido real?
  • ¿Creo que el poder verdadero debe luchar contra algo?
  • ¿Estoy dispuesto a conocer una paz que no se opone a nada?
  • ¿Qué significa para mí dar la bienvenida al Poder ilimitado?
  • ¿Puedo descansar en aquello que simplemente es?

Conclusión:

Este punto nos lleva más allá del perdón, más allá del aprendizaje y más allá de todo símbolo.

Mientras la mente cree en la culpa, el perdón es necesario. Mientras percibe imágenes falsas, necesita imágenes santas. Mientras cree en el mundo, necesita recursos de enseñanza. Pero llega un momento en que todos esos medios cumplen su función y se desvanecen.

El perdón desaparece porque ya no queda culpa. Los símbolos caen porque ya no hace falta representar la verdad. La percepción se extingue porque lo que se conoce no necesita ser visto.

Entonces el Poder ilimitado viene, no a destruir, sino a recibir lo Suyo. No hay batalla final. No hay lucha entre Dios y el ego. No hay oposición entre verdad e ilusión. Sólo hay reconocimiento.

El ego teme perder una opción. Pero esa opción nunca existió. Nunca hubo una alternativa real al Amor. Nunca hubo otro poder. Nunca hubo una voluntad opuesta a Dios capaz de sostenerse. Sólo parecía haberla mientras los símbolos parecían tener significado.

La paz que el Curso señala aquí es la paz de un poder que no se opone a nada. No vence porque no hay enemigo. No destruye porque no hay nada real que destruir. No se defiende porque no puede ser atacado.

Simplemente es. Y hacia ahí nos conduce todo el aprendizaje: al instante en que ya no necesitamos símbolos para recordar la verdad, porque la verdad ha ocupado el lugar de todo recurso y permanece como lo único que siempre fue.

Frase inspiradora: “Daré la bienvenida al Poder que está más allá de todo símbolo; no viene a destruir, sino a recibir lo que siempre fue Suyo.”

¿Cómo convivir con un familiar conflictivo?

Viviendo Un Curso de Milagros

miércoles, 2 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 245

LECCIÓN 245

Tu paz está conmigo, Padre. Estoy a salvo.

1. Tu paz me rodea, Padre. 2Dondequiera que voy, Tu paz me acompaña 3y derrama su luz sobre todo aquel con quien me encuentro. 4Se la llevo al que se encuentra desolado, al que se siente solo y al que tiene miedo. 5Se la ofrezco a los que sufren, a los que se lamentan de una pérdida, así como a los que creen ser infelices y haber perdido toda esperanza. 6Envía­melos, Padre. 7Permíteme ser el portador de Tu paz. 8Pues quiero salvar a Tu Hijo, tal como dispone Tu Voluntad, para poder llegar a reconocer mi Ser.

2. Y así caminamos en paz, 2transmitiendo al mundo entero el mensaje que hemos recibido. 3Y de esta manera oímos por fin la Voz que habla por Dios, la cual nos habla según nosotros predi­camos la Palabra de Dios, Cuyo Amor reconocemos, puesto que compartimos con todos la Palabra que Él nos dio.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 245 de Un Curso de Milagros, «Tu paz está conmigo, Padre. Estoy a salvo», me enseña que la seguridad y la serenidad verdaderas se alcanzan al reconocer la Presencia de Dios en nuestra mente. Esta lección nos invita a silenciar el ruido del ego y a abrirnos a la quietud en la que se revela la Voz divina. En ese estado de recogimiento interior experimentamos la paz que trasciende todo entendimiento y recordamos nuestra unión eterna con la Fuente de la Vida.

Para poder oír la Voz de Dios y sentir Su paz, es necesario acallar el murmullo del ego y aquietar la mente. Mientras permanezcamos sintonizados con el mundo material y sus ilusiones, seguiremos percibiéndonos separados de nuestro Creador. Desde esa perspectiva, nuestra libertad parece condicionada por el peso del pecado y la culpa, y fabricamos un mundo donde el castigo, el sufrimiento y el sacrificio se presentan como medios para alcanzar la redención. Sin embargo, el Curso nos recuerda que tales creencias son ilusorias, pues «La paz de Dios refulge en ti ahora» (L-pI.188.3:1).

Cuando la mente se libera del temor y se entrega a la guía del Espíritu Santo, descubre que la salvación no exige sufrimiento, sino aceptación. La Voz de Dios se escucha en el silencio del corazón, allí donde la verdad permanece intacta. Como enseña el Curso: «En la quietud recibo hoy la Palabra de Dios» (L-pI.125). Al entrar en ese espacio de serenidad, dejamos de servir a la ilusión y comenzamos a reconocer la realidad del Amor.

Para vibrar en armonía con la paz de Dios, debemos despertar a nuestra divinidad y hacer consciente nuestro verdadero Ser. Este despertar implica recordar que somos Uno con nuestro Padre y con toda la Filiación. No se trata de alcanzar algo externo, sino de aceptar lo que siempre ha sido verdad. La paz no se obtiene; se reconoce. Y para caminar en ella, debemos convertirnos en su expresión viviente.

El único camino hacia esta certeza es el de la Unidad y el Amor Incondicional. Cuando elegimos amar, dejamos de juzgar, de temer y de sufrir. Así, nuestra vida se transforma en un reflejo de la Presencia divina. Como afirma el Curso: «Tu Hijo está a salvo dondequiera que se encuentre porque Tú estás allí con él», pues la paz de Dios me acompaña en todo momento.

Hoy acepto esta verdad con gratitud. Aquieto mi mente, escucho la Voz del Padre y descanso en Su Amor. Su paz está conmigo, y en ella sé que estoy a salvo. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 245 enseña que:

• La paz es constante y presente.
• Se fortalece al compartirse.
• Puedes ser un canal de paz.
• Dar paz es reconocer tu identidad.
• La salvación se extiende a todos.

No es esfuerzo. Es expansión natural.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Tu paz está conmigo, Padre. Estoy a salvo”.

Cada repetición refuerza la seguridad interior, abre la disposición a compartir, suaviza la percepción de los demás y fortalece la identidad en la paz.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección tiene un efecto muy hermoso: Normalmente, la mente se protege, se cierra y se centra en sí misma.

Aquí ocurre lo contrario, se abre.

Al compartir paz, disminuye el aislamiento, aumenta la empatía, se reduce la reactividad y aparece una sensación de conexión.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma que la paz de Dios fluye a través del Hijo, que todos están unidos en esa paz, que la extensión es la naturaleza del Amor y que dar y recibir son lo mismo.

Esto revela algo esencial: no puedes perder lo que das desde la verdad.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  1. Repite la idea al comenzar el día.
  2. Al encontrarte con alguien, recuerda: “Le llevo paz”.
  3. Observa cualquier conflicto sin reaccionar.
  4. Internamente ofrece paz en lugar de juicio.
  5. Al final del día, reconoce lo que has extendido.

No necesitas hacer nada externo especial. Solo cambiar la intención.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES: 

No intentar “arreglar” a otros.
No forzar actitudes externas.
No fingir paz.

Ofrecer internamente.
Mantener autenticidad.
Practicar suavemente.

La paz verdadera se transmite sin esfuerzo.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa:

  • 244: Estoy a salvo.
  • 245: Extiendo esa seguridad como paz.

Aquí se completa un ciclo: recibo, reconozco y comparto.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 245 transforma la paz en algo vivo. Ya no es solo una experiencia interna. Es algo que fluye a través de ti hacia el mundo. Y en ese flujo ocurre algo muy profundo: dejas de sentirte separado, dejas de sentirte aislado y comienzas a experimentar la unidad.

Porque la paz que das… es la misma paz que eres.

FRASE INSPIRADORA: “La paz que comparto confirma la paz que soy”.

Ejemplo-Guía: “¿Cómo puedo ayudar a los demás a encontrar la paz?”

Antes de responder a esta cuestión, considero primordial plantearnos una pregunta esencial: ¿es posible la paz en este mundo? 

A primera vista, esta reflexión puede parecer contradictoria, especialmente cuando deseamos ayudar a los demás a encontrarla. Sin embargo, la realidad que percibimos parece convencernos de que dicha paz resulta inalcanzable en un mundo dominado por el conflicto, el miedo y la incertidumbre.

No obstante, Un Curso de Milagros nos ofrece una respuesta clara y consoladora. En el Manual para el Maestro se aborda directamente esta cuestión:

«Ésta es una pregunta que todo el mundo debe hacerse. Es verdad que la paz no parece ser posible aquí. Sin embargo, la Palabra de Dios promete otras cosas que, al igual que ésta, parecen imposibles» (M-11.1:1-3).

La Palabra de Dios ha prometido la paz, y lo que Él promete no puede ser imposible. Sin embargo, para aceptar esta promesa, es necesario contemplar el mundo de otra manera. El mundo que vemos no puede ser el mundo que Dios ama, y aun así Su Palabra nos asegura que Él lo ama. Por tanto, la clave no reside en cambiar el mundo, sino en cambiar nuestra percepción. Tal como enseña el Curso: «Tú no puedes elegir lo que debe ser. Pero sí puedes elegir cómo lo quieres ver» (M-11.1:10-11).

La paz, entonces, no depende de las circunstancias externas, sino de la interpretación que hacemos de ellas. El conflicto nace del juicio, mientras que la paz surge del perdón. Esta enseñanza nos invita a cuestionar nuestras percepciones y a elegir entre la voz del ego y la Voz de Dios.

El Curso plantea una pregunta decisiva: ¿qué es más probable que sea verdad, nuestros juicios o la Palabra de Dios? (M-11.2:2). Dios ofrece salvación al mundo, mientras que nuestros juicios buscan condenarlo. Él afirma que la muerte no existe, mientras que nuestra percepción la considera inevitable. Uno de los dos está equivocado, y la elección corresponde a nuestra mente.

El Espíritu Santo es la Respuesta a todos los problemas que hemos fabricado. Dios ha enviado Su juicio para reemplazar al nuestro. «Con gran ternura, Su juicio sustituye al tuyo» (M-11.3:5). Bajo Su guía, lo incomprensible se vuelve comprensible y el miedo se transforma en paz.

Así, la pregunta inicial adquiere una nueva dimensión. Ya no es sólo: ¿es posible la paz en este mundo?, sino que el Curso nos invita a reconocer que «Ahora la paz puede estar aquí, ya que ha entrado un Pensamiento de Dios» (M-11.4:8). Y añade: «¿Qué otra cosa sino un Pensamiento de Dios podría trocar el infierno en Cielo sólo por ser lo que es?» (M-11.4:9). Cuando un Pensamiento de Dios entra en la mente, el infierno se transforma en Cielo y la percepción se redime.

Llegados a este punto, resulta evidente que no podemos ayudar a los demás a encontrar la paz si esta no forma parte de nuestra propia mente. El Curso nos recuerda: «Nadie puede dar lo que no tiene» (L-pI.187.1:1). Y, al mismo tiempo, nos enseña que «Dar y recibir son en verdad lo mismo» (L-pI.108). Al ofrecer paz, la conservamos y la fortalecemos en nosotros mismos.

Nuestra verdadera esencia es paz, pero la hemos olvidado al poner la mente al servicio del ego. Recuperar la conciencia de lo que somos implica recordar nuestra identidad como Hijos de Dios: impecables, inocentes y eternamente amados. Como afirma el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94).

Cuando la paz forma parte de nuestra conciencia, se expande de manera natural en cada gesto, en cada palabra y en cada pensamiento. No es algo que se imponga, sino que se irradia. Esta paz es profundamente contagiosa, pues procede de la verdad y reconoce la unidad en todos los seres.

Por ello, la verdadera cuestión no es cómo ayudar a los demás a encontrar la paz, sino cómo recordar que nosotros mismos somos paz. Al hacerlo, nos convertimos en instrumentos del Espíritu Santo y en testigos vivientes del Amor de Dios. Nuestra sola presencia se transforma en una bendición para el mundo.

La Lección 245 nos invita a descansar en la certeza de que estamos a salvo en la paz de nuestro Padre: «Tu paz está conmigo, Padre. Estoy a salvo» (L-pII.245). En esta confianza, desaparece el miedo y renace la esperanza. Al aceptar la paz en nuestra mente, la extendemos automáticamente a todos nuestros hermanos. Como dice la oración de la lección: «Tu paz me rodea, Padre. Dondequiera que voy, Tu paz me acompaña».

Hoy elijo la paz. Hoy permito que la Voz de Dios guíe mis pensamientos. Hoy reconozco que la paz que busco ya habita en mí.

Y al compartirla, ayudo al mundo a recordar su verdadera naturaleza: la eterna paz de Dios.


Reflexión: ¿Podemos dar paz, si no la hemos conquistado interiormente?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 246

LECCIÓN 246 Amar a mi Padre es amar a Su Hijo. 1.  Que no piense que puedo encontrar el camino a Dios si abrigo odio en mi corazón.  2 Que ...