miércoles, 16 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 259

LECCIÓN 259

Que recuerde que el pecado no existe.

1. El pecado es el único pensamiento que hace que el objetivo de alcanzar a Dios parezca irrealizable. 2¿Qué otra cosa podría impe­dirnos ver lo obvio, o hacer que lo que es extraño y distorsionado parezca más claro? 3¿Qué otra cosa, sino el pecado, nos incita al ataque? 4¿Qué otra cosa, sino el pecado, podría ser la fuente de la culpabilidad y exigir castigo y sufrimiento? 5¿Y qué otra cosa sino el pecado podría ser la fuente del miedo, al eclipsar la creación de Dios y conferirle al amor los atributos del miedo y del ataque?

2. Padre, hoy no quiero ser presa de la locura. 2No tendré miedo del amor ni buscaré refugio en su opuesto. 3Pues el amor no puede tener opuestos. 4Tú eres la Fuente de todo lo que existe. 5Y todo lo que existe sigue estando Contigo, así como Tú con ello.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 259 de Un Curso de Milagros, «Que recuerde que el pecado no existe», me enseña que la culpa es una ilusión nacida de la creencia en la separación y que sólo el Amor es real. Esta lección me invita a liberarme del miedo y a reconocer la inocencia eterna que Dios otorgó a Su Hijo. Al aceptar esta verdad, deshago la fe en el pecado y restauro la paz en mi mente.

La creencia en el pecado está profundamente arraigada en el inconsciente individual y colectivo. A partir de ella hemos desarrollado una inclinación hacia el castigo, creyendo que el sufrimiento y el sacrificio pueden redimir nuestras culpas. Sin embargo, el Curso nos recuerda que la culpa no es más que una invención del ego. «El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego» (T-19.II.2:6). Esta afirmación desmantela la noción de que somos indignos o merecedores de dolor, devolviéndonos la certeza de nuestra inocencia.

El pecado es el origen del miedo, y el miedo es la ausencia del Amor. Por ello, el pecado adquiere protagonismo cuando creemos haber renunciado al Amor y habernos separado de la Unidad con nuestro Padre. Esta falsa percepción dio lugar a la fabricación de un mundo ilusorio basado en la separación de la Fuente primordial. La mente interpretó esta experiencia a través de símbolos como el del Árbol del Bien y del Mal, generando la imagen de un Dios vengativo al que debía apaciguarse mediante el sufrimiento. Sin embargo, tal visión contradice la naturaleza amorosa de Dios, quien jamás castiga a Su Hijo.

Nuestras desgracias han sido atribuidas erróneamente al pecado y a la supuesta ruptura entre el Hijo y su Padre. Creímos que Dios nos imponía pruebas para castigarnos y corregirnos. Pero el Curso corrige esta creencia al afirmar: «Pues el Hijo de Dios es inocente ahora, y el fulgor de su pureza resplandece incólume para siempre en la Mente de Dios» (T-13.I.5:6). Dios no castiga, sino que ama eternamente; Su Voluntad es nuestra perfecta felicidad.

Hoy declaro que me deshago de la fe en el pecado. Reconozco que, en el mundo onírico donde soy el soñador, lo que denomino error es simplemente una percepción equivocada susceptible de corrección. El Espíritu Santo transforma el error en aprendizaje y lo disuelve mediante la Expiación. Como enseña el Curso: «Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado» (T-19.II.1:1-2).

Al aceptar esta verdad, libero mi mente del miedo y de la culpa, y regreso a la paz que Dios dispuso para mí desde la eternidad. Hoy elijo recordar mi inocencia y descansar en el Amor que me creó. Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 259 enseña que:

  • El pecado es una idea, no una realidad.
  • Es la base del miedo, la culpa y el ataque.
  • Distorsiona la percepción del amor.
  • Hace que Dios parezca inaccesible.
  • Al reconocer su irrealidad, la mente se libera.

No es corrección moral. Es el desmantelamiento de una creencia fundamental.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que recuerde que el pecado no existe”.

Cada repetición debilita la culpa, reduce el miedo, disuelve la autoacusación y abre la mente al amor.

No es negación, es reconocimiento de la verdad.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la culpa profunda y la autoimagen defectuosa.

Cuando crees en el pecado, te juzgas constantemente, te sientes insuficiente, anticipas castigo o rechazo y te defiendes o atacas.

Cuando esta creencia se afloja, disminuye la autoacusación, aparece mayor aceptación, se reduce la defensividad y surge una sensación de alivio.

No porque “te perdones mejor”, sino porque dejas de creer que hay algo que perdonar en esencia.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que la creación de Dios es intacta, el amor no tiene opuesto, no hay nada que corrompa lo eterno y Dios permanece unido a todo lo que creó.

Y revela algo profundamente sanador: No hay nada en ti que necesite castigo.

Sólo hay una confusión que puede corregirse, una ilusión que puede disolverse.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa pensamientos de culpa, juicio o miedo.
  • Detecta cualquier sensación de “algo está mal”.

Y entonces, “que recuerde que el pecado no existe”.

Puedes acompañarlo con:

  • “Esto no define lo que soy”.
  • “El amor no puede ser amenazado”.

No luches contra el pensamiento, simplemente no lo confirmes.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES: 

No usar la idea para negar responsabilidades en el mundo.
No justificar comportamientos dañinos.
No confundir forma con esencia.

Diferenciar error de identidad.
Corregir sin culpar.
Usar la idea para liberar, no para evitar.

El Curso no dice que nada ocurre, dice que lo que eres no puede corromperse.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión aquí toca el núcleo:

  • 256–258 → Unificas el objetivo en Dios.
  • 259 → Eliminas la creencia que lo hacía parecer inalcanzable.

Ahora se ve con claridad: lo que impedía recordar no era real.

CONCLUSIÓN FINAL

La Lección 259 es profundamente liberadora:

No hay una falla en tu origen.
No hay una culpa en tu esencia.
No hay una marca que deba ser borrada.

Lo que parecía separarte, nunca fue real.

Y cuando esto empieza a reconocerse, el miedo pierde fuerza, la culpa se disuelve y el amor deja de parecer peligroso.

Porque comprendes, aunque sea por un instante, que nunca hubo nada que temer de lo que eres.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de creer en la culpa, el amor deja de parecerme peligroso y vuelve a ser mi hogar”.



Ejemplo-Guía: "Ataco cuando me creo separado".

El ataque encuentra su causa en la creencia en la separación, y la visión de la separación da lugar a la creencia en el pecado. Todo ello es una ilusión. Carece de significado. Al carecer de significado, fabricamos un mundo donde impera la demencia, pues damos credibilidad a lo irreal y convertimos en verdad aquello que no es más que una proyección de la mente.

Trasladar estas afirmaciones a nuestra vida cotidiana nos lleva a reflexionar sobre la causa oculta que se esconde en cada relación y de la cual, en muchas ocasiones, somos inconscientes. Quizás comprendamos ahora la razón por la que el miedo prevalece sobre el amor en nuestras relaciones. Si al ver al otro estamos viendo un cuerpo separado del nuestro, en esa percepción va implícito el temor oculto de ser atacados.

La creencia en la separación da lugar a la idea de escasez. Bajo esta premisa, interpretamos que el otro desea lo que nosotros poseemos. Este pensamiento, lejos de ser carente de sentido, responde a la proyección de nuestro mundo interno. Así, lo que creemos desear, lo atribuimos también a los demás. Este enfoque nos conduce inevitablemente al enfrentamiento. Cuando esto ocurre, tenemos dos opciones: defendernos por miedo a perder o trascender el temor mediante una nueva elección.

Esa elección se llama perdón. El perdón es la manifestación más cercana al amor en este mundo y, por lo tanto, el antídoto más eficaz contra el pecado y el miedo. A través del perdón, corregimos la percepción errónea y recordamos la inocencia que siempre ha permanecido intacta en nuestra mente.

La visión interna proyectada sobre el otro nos lleva a percibir fuera aquello que ocultamos en nuestro interior. Si nos sentimos pecadores, esa visión resulta tan dolorosa que tratamos de negarla. Sin embargo, en lugar de sanarla en nuestra mente, la proyectamos en el exterior. Este es el motivo por el cual condenamos en los demás aquello que, en realidad, estamos condenando en nosotros mismos.

La lección de hoy nos aporta la clave que pondría fin a las luchas, guerras, oposiciones, rivalidades y acusaciones que experimentamos en el mundo. El ataque no es más que el reflejo del miedo nacido de la creencia en la separación. Allí donde hay ataque, hay una petición de amor. Reconocer esta verdad transforma nuestra percepción y nos libera del conflicto.

Una vez más, debemos hacer énfasis en la importancia de la elección, o mejor dicho, de volver a elegir. Ser conscientes de que podemos elegir de manera diferente es el primer paso hacia la paz. Cada encuentro con nuestros hermanos se convierte así en una oportunidad para recordar quiénes somos realmente.

Cuando nos encontremos frente al otro, no veamos a un desconocido ni a alguien separado de nosotros. Veamos la verdad. Veamos lo real. Ese “otro” no es “otro”; es nuestro hermano, y junto a él formamos la Filiación del Hijo de Dios. Nuestras mentes son una con la Mente de nuestro Creador.

Recordemos que no somos pecadores, sino inocentes Hijos de Dios. Ningún “otro” puede hacernos daño si no le otorgamos ese poder. No somos cuerpos vulnerables, sino Espíritu, y el Espíritu es invulnerable, eterno e inmutable.

Dejemos, pues, de relacionarnos con el “otro” desde la visión del cuerpo, pues esa percepción favorece el ataque y perpetúa la ilusión del pecado. Elijamos ver con los ojos del amor. Veámonos como realmente somos: Uno en Dios, unidos en la paz y en la inocencia eterna.



Reflexión: ¿Pensamos que el correctivo del pecado debe ser el castigo?

Capítulo 27. V. El ejemplo de la curación (2ª parte)

V. El ejemplo de la curación (2ª parte).

2. La salud es el testigo de la salud. 2Mientras no se dé testimonio de ella, no será convincente. 3Sirve de prueba sólo cuando ha sido demostrada, y para ello tiene que proveer un testigo que nos induzca a creer. 4Nadie se cura con mensajes contradictorios. 5Te curas cuando lo único que deseas es curar. 6Tu propósito indiviso hace que esto sea posible. 7Pero si tienes miedo de la curación, entonces no puede efectuarse a través de ti. 8Lo único que se requiere para que se efectúe una curación es que no haya miedo. 9Los temerosos no se han curado, por lo tanto, no pueden curar. 10Esto no quiere decir que para que puedas curar tenga que haber desaparecido el conflicto de tu mente para siempre. 11Pues si así fuese, no habría entonces necesidad de curación. 12Mas sí quiere decir que, aunque sólo sea por un instante, tienes que amar sin atacar. 13Un instante es suficiente. 14Los milagros no están circuns­critos al tiempo.

Este punto continúa la enseñanza anterior y la concreta en una idea esencial: la curación necesita un testigo. La salud no se vuelve convincente sólo como concepto, teoría o afirmación espiritual. Se vuelve convincente cuando se demuestra. Por eso el Curso dice que la salud es el testigo de la salud. Es decir, una mente que acepta la curación se convierte en prueba viva de que la curación es posible.

No basta con hablar de paz si mi actitud transmite ataque. No basta con enseñar perdón si mi mirada sigue acusando. No basta con afirmar que quiero sanar si, al mismo tiempo, deseo conservar miedo, reproche o defensa. Nadie se cura con mensajes contradictorios porque la contradicción divide el propósito. Y un propósito dividido no puede sanar.

Aquí el Curso introduce una clave muy práctica: te curas cuando lo único que deseas es curar. No cuando sabes mucho, no cuando explicas perfectamente, no cuando ya no tienes ningún conflicto psicológico, sino cuando, aunque sea por un instante, tu deseo queda unificado en el amor.

Ese instante basta.

Esto es precioso, porque el Curso no exige perfección permanente. No dice que para curar tengas que haber eliminado todo conflicto para siempre. Dice que basta un instante en el que no ataques. Un instante en el que no quieras usar al hermano para acusar. Un instante en el que tu único deseo sea sanar. Y como los milagros no están limitados por el tiempo, ese instante contiene todo el poder necesario.

Mensaje central del punto:

  • La salud necesita demostrarse para ser convincente.
  • La curación se vuelve creíble cuando encuentra un testigo.
  • No sanamos con mensajes contradictorios.
  • La mente dividida no puede comunicar curación plenamente.
  • Te curas cuando tu único deseo es curar.
  • El propósito indiviso permite que el milagro se extienda a través de ti.
  • El miedo bloquea la curación porque introduce ataque, defensa o desconfianza.
  • Lo único requerido para que la curación se efectúe es que no haya miedo.
  • Esto no significa que todo conflicto haya desaparecido para siempre.
  • Significa que, por un instante, puedes amar sin atacar.
  • Un instante es suficiente.
  • Los milagros no están circunscritos al tiempo.

Claves de comprensión:

  • El Curso no nos pide que seamos perfectos antes de servir a la curación. Si esperáramos a no tener nunca más conflicto, no habría proceso de sanación posible. La mente que cree estar completamente libre de conflicto no necesitaría curación. Por eso el texto es tan esperanzador: no exige una mente permanentemente pura, sino un instante de propósito puro.
  • Ese instante ocurre cuando dejo de usar al hermano como adversario. Cuando dejo de necesitar que pierda. Cuando no quiero demostrar culpa. Cuando no quiero proteger mi sufrimiento. Cuando no quiero tener razón. En ese instante, aunque sea breve, el miedo no dirige mi percepción. Y si el miedo no dirige, el amor puede extenderse.
  • La contradicción aparece cuando digo que quiero sanar, pero también quiero conservar ataque. Por ejemplo: “Quiero estar en paz, pero quiero que el otro reconozca que fue culpable”; “Quiero perdonar, pero quiero seguir teniendo razón”; “Quiero sanar, pero no quiero soltar mi defensa”. Ahí el mensaje se parte. Una parte de la mente invoca la curación y otra la bloquea.
  • Por eso el propósito indiviso es tan importante. No significa esfuerzo rígido ni voluntad personal. Significa sencillez interior: sólo quiero sanar. No quiero ganar. No quiero castigar. No quiero demostrar. No quiero acusar. Sólo quiero sanar.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Este punto puede aplicarse cada vez que queremos ayudar a alguien, responder a un conflicto o acompañar una relación difícil. A menudo pensamos que curar significa decir algo adecuado, encontrar la frase perfecta o convencer al otro. Pero el Curso nos lleva a mirar primero el propósito desde el que estamos actuando.

Podemos preguntarnos:

→ “¿Estoy queriendo sanar o estoy queriendo demostrar que tengo razón?”
→ “¿Mi mensaje es coherente o contradictorio?”
→ “¿Estoy hablando de amor mientras conservo ataque?”
→ “¿Deseo realmente la paz para ambos?”
→ “¿Hay miedo detrás de mi intento de ayudar?”
→ “¿Puedo, aunque sea por un instante, amar sin atacar?”

Esto es muy práctico. Tal vez no podamos mantener una paz perfecta durante todo el día. Tal vez el conflicto vuelva, la emoción se active o la mente retome viejos argumentos. Pero un instante de amor sin ataque no se pierde. Un instante en el que dejamos de usar al hermano como culpable abre la puerta al milagro.

Puedes practicar así: “Espíritu Santo, no quiero enviar mensajes contradictorios. Aunque mi mente todavía tenga miedo, deseo un instante sin ataque. Que mi único propósito ahora sea sanar. Que mi paz dé testimonio de la salud que Tú me ofreces.”

Este punto también nos recuerda que no podemos curar desde el miedo. Podemos hacer muchas cosas externamente correctas, pero si el miedo dirige el propósito, la curación no se extiende con claridad. La verdadera ayuda nace de una mente que, por un instante, no exige sacrificio, no condena y no acusa.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Estoy dando testimonio de salud o de conflicto?
  • ¿Mis palabras, pensamientos y actos comunican un mismo propósito?
  • ¿Quiero sanar o quiero conservar alguna acusación?
  • ¿Qué mensajes contradictorios estoy ofreciendo a mi hermano?
  • ¿Me asusta sanar porque eso me dejaría sin defensa?
  • ¿Puedo aceptar que no necesito estar libre de conflicto para siempre, sino amar sin atacar ahora?
  • ¿Qué relación necesita hoy un instante de propósito indiviso?
  • ¿Estoy dispuesto a que ese instante sea suficiente para el milagro?

Conclusión

Este punto nos ofrece una enseñanza profundamente liberadora: no se requiere perfección, sino un instante sin miedo.

La salud se vuelve testigo de sí misma cuando se demuestra. Y la curación se demuestra cuando la mente deja de estar dividida entre sanar y atacar. Mientras conserve mensajes contradictorios, mi testimonio será confuso. Diré que quiero paz, pero comunicaré defensa. Diré que quiero perdón, pero conservaré reproche. Diré que quiero sanar, pero seguiré temiendo la curación.

El Curso no nos condena por esa contradicción. Sólo nos muestra que, mientras esté ahí, la curación no puede efectuarse plenamente a través de nosotros. Pero también nos da la salida: un instante es suficiente.

Un instante en el que no ataque.
Un instante en el que no tema.
Un instante en el que no quiera demostrar culpa.
Un instante en el que mi único deseo sea curar.

Ese instante no es pequeño, porque los milagros no están limitados por el tiempo. Lo que parece breve para el mundo puede contener una apertura completa a la eternidad. En ese instante, el propósito se unifica, el miedo se aparta y el milagro encuentra un canal por el que extenderse.

La curación empieza cuando dejo de querer otra cosa que curar.

Frase inspiradora: “Aunque sea por un instante, elegiré amar sin atacar; y en ese propósito indiviso permitiré que el milagro de curación se extienda.”

¿Y si el pecado no fuera una verdad sobre ti… sino la creencia que te hace olvidar que sigues siendo inocente? Aplicando la Lección 259.

¿Y si el pecado no fuera una verdad sobre ti… sino la creencia que te hace olvidar que sigues siendo inocente? Aplicando la Lección 259.

La Lección 259 toca uno de los núcleos más profundos de Un Curso de Milagros: 👉 “Que recuerde que el pecado no existe.” La afirmación puede resultar difícil porque nuestra educación, nuestra cultura y muchas de nuestras creencias han asociado durante siglos el error con la culpa, la culpa con el castigo y el castigo con una supuesta reparación. Sin embargo, la lección propone una corrección radical: el pecado no es una realidad creada por Dios, sino una idea que hace que la mente se perciba separada de Él, culpable y merecedora de sufrimiento. Mientras creemos en el pecado, el camino hacia Dios parece bloqueado; cuando empezamos a cuestionarlo, descubrimos que lo que parecía separarnos nunca pudo alterar nuestra verdadera naturaleza.

🌿 El pecado convierte el error en identidad.

Una equivocación puede corregirse. Una decisión puede revisarse. Una conducta puede comprenderse, repararse y transformarse. Pero cuando llamamos pecado a un error, damos un paso más: ya no pensamos solamente “hice algo equivocado”, sino “hay algo malo en mí”. El problema deja de estar en una elección y pasa a instalarse en nuestra identidad. Desde ahí nace la culpa y, con ella, la expectativa de castigo. Si soy culpable, pensaré que merezco sufrir. Si otro es culpable, creeré que necesita pagar. Así se construye una lógica en la que el amor parece insuficiente y el castigo se vuelve aparentemente necesario. La Lección 259 deshace esa lógica al recordar que nada creado por Dios puede corromperse en esencia. Podemos equivocarnos dentro del sueño, pero el error no tiene poder para transformar al Hijo de Dios en algo distinto de lo que es.

👉 El error me muestra algo que necesita corrección; la idea de pecado intenta convencerme de que yo mismo necesito condena.

La culpa necesita que crea que el pasado sigue vivo.

Cuando nos sentimos culpables, solemos volver una y otra vez a lo que hicimos. Repasamos palabras, decisiones y escenas como si mantenerlas activas en la mente pudiera modificar el pasado. En realidad, muchas veces utilizamos el recuerdo para castigarnos. Pensamos que sufrir demuestra que hemos comprendido la gravedad de nuestro error o que sentirnos mal es una forma de compensación. Pero el dolor no corrige. La comprensión corrige. La responsabilidad corrige. La reparación, cuando es posible, corrige. El perdón permite aprender sin convertir el aprendizaje en una condena interminable. Puedo reconocer sinceramente lo que hice, pedir disculpas, asumir consecuencias y elegir de otra manera sin necesitar mantener viva una identidad culpable.

👉 No necesito seguir sufriendo por un error para demostrar que he aprendido de él; necesito permitir que el aprendizaje cambie mi próxima elección.

🕊️ La ausencia de pecado no significa ausencia de responsabilidad.

Éste es un punto esencial para no malinterpretar la lección. Decir que el pecado no existe no significa afirmar que cualquier conducta es aceptable, que nadie debe responder por sus actos o que el daño en el mundo debe ignorarse. La enseñanza distingue entre forma y esencia. En la forma podemos necesitar corregir comportamientos, establecer límites, reparar daños o protegernos de una situación. Pero podemos hacerlo sin convertir el error en una sentencia sobre el valor esencial de una persona. Puedo decir “esto no estuvo bien” sin añadir “por eso eres indigno de amor”. Puedo hacerme responsable de una acción sin concluir “soy malo”. La corrección pertenece al Amor porque reconoce que existe algo que puede aprender. El castigo pertenece a la lógica del pecado porque supone que algo está esencialmente corrupto.

👉 Corregir sin culpar no debilita la responsabilidad; la hace más útil, porque permite aprender sin destruir la dignidad de nadie.

🌞 La creencia en el pecado convierte el amor en algo peligroso.

La propia lección señala que el pecado es fuente de miedo porque acaba atribuyendo al Amor características de ataque y castigo. Si creemos que somos culpables ante Dios, entonces Su Presencia deja de parecernos segura. Queremos acercarnos a Él y, al mismo tiempo, tememos ser juzgados. Decimos que Dios es Amor, pero imaginamos que ese Amor podría condenarnos por nuestros errores. Así el corazón desea volver y la mente se defiende de aquello mismo que podría sanarla. La Lección 259 nos invita a cuestionar esa contradicción. Si Dios es Amor y el Amor no tiene opuesto, entonces no puede convertirse en castigo. Si la creación procede de Él, nuestra esencia no puede haber sido destruida por una ilusión de separación. Quizá lo que tememos no sea a Dios, sino a la imagen de Dios que la culpa ha fabricado.

👉 Cuando dejo de creer que Dios me condena, el Amor deja de parecer una amenaza y comienza nuevamente a sentirse como Hogar.

🤍 Lo que condeno en mi hermano suele revelar lo que temo encontrar en mí.

La creencia en el pecado no permanece únicamente en nuestra relación con nosotros mismos; se proyecta. Si tengo una culpa profunda que no quiero mirar, puedo sentir una fuerte necesidad de encontrar culpables fuera. Condenar al otro me permite desplazar momentáneamente aquello que no quiero reconocer en mi propia mente. Así nacen muchas luchas: tú eres el equivocado, tú eres el culpable, tú eres quien debe pagar. Pero cuanto más insisto en la culpabilidad del otro, más real hago en mi propia mente la idea de que la culpa existe. Y si existe para él, también puede existir para mí. El perdón rompe ese círculo. No me pide negar la conducta del hermano, sino dejar de utilizarla para demostrar que alguien puede quedar separado del Amor.

👉 Cada hermano al que dejo de definir por su culpa me ayuda también a dejar de definirme a mí mismo por la mía.

🌿 El ataque es una consecuencia de creer en separación y culpa.

Cuando percibo al otro como completamente separado de mí, aparece inevitablemente cierta defensa. Si somos realmente independientes y estamos compitiendo por cosas limitadas, quizá tenga sentido protegerme de él, desconfiar o atacar antes de ser atacado. La creencia en separación genera escasez y la escasez genera miedo. Desde ahí, el ataque parece una respuesta lógica. Pero la lección nos invita a ir a la raíz: si el pecado no existe, entonces el otro no es un enemigo esencialmente culpable, sino un hermano que, como yo, puede estar actuando desde una percepción equivocada. Esto no significa permitir que nos haga daño. Significa que incluso cuando necesitamos defendernos en la forma podemos intentar no convertir el miedo en odio. Detrás de una conducta de ataque puede existir una mente que también ha olvidado el Amor.

👉 Allí donde veo únicamente un atacante, puedo empezar a reconocer también una mente confundida que ha olvidado, igual que yo, lo que realmente es.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Que recuerde que el pecado no existe.” No utilices esta idea para negar errores ni para obligarte a sentir que todo está bien. Utilízala para distinguir entre conducta e identidad. Cuando aparezca culpa, pregúntate: ¿hay algo que necesite corregir o estoy simplemente castigándome? Si existe algo que reparar, hazlo. Si puedes pedir perdón, pídelo. Si necesitas elegir de otra manera, elige. Pero después observa si sigues utilizando el error para definirte. Cuando juzgues a alguien, puedes preguntarte: ¿estoy viendo una conducta equivocada o estoy convirtiendo al hermano entero en esa conducta? Y si surge miedo al castigo o a Dios, puedes recordar: el Amor no puede tener como propósito destruirme. No luches contra el pensamiento de culpa. Simplemente evita confirmarlo como verdad.

👉 La práctica de hoy consiste en reconocer el error cuando aparece sin convertirlo en una prueba de que alguien ha dejado de ser digno de Amor.

🌟 Comprensión esencial.

Las lecciones 256, 257 y 258 nos han llevado a unificar nuestro objetivo en Dios y a recordar constantemente ese propósito. La 259 nos muestra ahora cuál es una de las creencias más profundas que hace que ese objetivo parezca lejano: el pecado. Mientras pensemos que existe una ruptura real entre Dios y Su Hijo, creeremos que necesitamos atravesar una distancia enorme para regresar. Pero si el pecado no existe, entonces la separación nunca consiguió modificar nuestra verdadera relación con Dios. Sólo existe un error de percepción que puede ser corregido. Esto cambia completamente la naturaleza del camino. Ya no caminamos como culpables intentando ganar de nuevo el Amor de Dios. Caminamos como Hijos que están aprendiendo a dejar de creer que alguna vez lo perdieron. El perdón se convierte entonces en el medio natural: corrige la percepción sin castigar, libera sin negar y recuerda inocencia allí donde antes sólo veíamos culpa.

👉 Cuando dejo de creer en el pecado, descubro que el camino hacia Dios no estaba bloqueado por una culpa real, sino por una creencia que el Amor puede deshacer.

🌟 Frase central: “El pecado convierte el error en condena; el perdón devuelve el error a su verdadera condición: algo que puede corregirse sin alterar la inocencia del Ser.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero dejar de utilizar la culpa para esconderme de Tu Amor.

He creído muchas veces que mis errores decían algo definitivo sobre mí. He pensado que debía sufrir para demostrar arrepentimiento y he convertido el castigo en una forma de intentar reparar aquello que sólo necesitaba comprensión y corrección.

También he hecho esto con mis hermanos. He tomado sus errores y los he convertido en identidades. He pensado que algunas personas merecían mi condena y he utilizado sus acciones para justificar mi separación de ellas.

Hoy quiero mirar de otra manera.

Si me equivoco, ayúdame a reconocerlo. Si necesito reparar algo, dame humildad para hacerlo. Si tengo que corregir una conducta, enséñame a hacerlo. Pero no permitas que convierta el error en pecado ni la responsabilidad en culpa.

Cuando mire a un hermano que ha actuado desde el miedo, recuérdame que su verdadera Identidad tampoco ha sido destruida. Que pueda poner límites sin odiar, protegerme sin desear castigo y recordar que detrás de aquello que condeno sigue existiendo un Hijo de Dios.

Padre, no quiero tener miedo de Tu Amor. No quiero imaginar que Tú ves en mí aquello que mi culpa me ha enseñado a ver.

Si Tú me creaste inocente, quiero aprender a confiar más en Tu creación que en mis juicios.

Hoy recordaré: Puedo equivocarme sin dejar de ser Tu Hijo. Mi hermano puede equivocarse sin dejar de ser mi hermano. Nada real se ha corrompido. Nada eterno necesita castigo.

Sólo una percepción equivocada necesita ser sanada.

“Padre, hoy quiero recordar que el pecado no existe y que Tu Amor nunca vio en Tu Hijo aquello que la culpa pretende mostrarme. Ayúdame a reconocer los errores sin convertirlos en condena, a asumir responsabilidad sin castigarme y a mirar a mis hermanos más allá de aquello que hicieron. Que el perdón deshaga en mi mente la creencia en la culpa y me permita recordar la inocencia que Tú nunca dejaste de contemplar en todos nosotros.”

¿Cómo aplicar UCDM cuando tenemos problemas económicos?

Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo aplicar UCDM cuando tenemos problemas económicos?

Los problemas económicos pueden llegar a ocupar una enorme cantidad de espacio en nuestra mente. No hablamos solo de números, facturas o cuentas bancarias. Hablamos del miedo que aparece cuando pensamos que quizá no lleguemos a fin de mes, cuando perdemos un trabajo, cuando una deuda crece, cuando surge un gasto inesperado o cuando sentimos que no podremos mantener el nivel de vida al que estábamos acostumbrados. Entonces la mente empieza a adelantarse: “¿Y si no puedo pagar?”, “¿Y si esto empeora?”, “¿Qué será de mi familia?”, “¿Y si nunca consigo salir de esta situación?”. Desde Un Curso de Milagros, el primer paso no consiste en negar el problema ni en repetirnos que “el dinero no es real” mientras tenemos una factura delante. La práctica comienza mucho más cerca: reconocer qué está ocurriendo y observar qué está haciendo nuestra mente con ello.

Podemos empezar separando el hecho de la interpretación. El hecho puede ser: “Este mes tengo menos ingresos.” La interpretación: “Mi vida se está hundiendo.” El hecho puede ser: “Tengo una deuda.” La interpretación: “Nunca saldré de esto.” El hecho puede ser: “He perdido mi trabajo.” La interpretación: “Ya no valgo, nadie me contratará y todo irá a peor.” Esa distinción es importante porque una dificultad real necesita atención, pero una catástrofe imaginada puede paralizarnos antes incluso de que sepamos qué hacer. Podemos preguntarnos: “¿Qué está ocurriendo realmente y qué estoy anticipando?”

El miedo económico tiene una característica especial: suele mezclarse con la necesidad de seguridad. Pensamos que estaremos tranquilos cuando tengamos cierta cantidad de dinero, cuando consigamos estabilidad, cuando desaparezcan las deudas o cuando sepamos que nada malo podrá ocurrir. Pero el problema es que esa seguridad externa nunca es completamente definitiva. Incluso cuando tenemos dinero podemos temer perderlo. Incluso cuando tenemos trabajo podemos preocuparnos por el futuro. Por eso, desde UCDM, podemos empezar a observar algo importante: ¿estoy pidiendo al dinero que me dé una seguridad que quizá ninguna circunstancia externa puede garantizarme por completo?

Esto no significa que el dinero no importe en el mundo cotidiano. Importa. Necesitamos pagar una vivienda, comprar comida, afrontar gastos y cuidar de nuestras responsabilidades. El Curso no nos pide irresponsabilidad. Nos invita a no convertir el dinero en el dueño absoluto de nuestra paz. Podemos ocuparnos de nuestras cuentas sin permitir que cada cifra se convierta automáticamente en una medida de nuestro valor o de nuestro futuro.

Cuando tenemos problemas económicos también aparece con facilidad la vergüenza. Podemos sentir que hemos fracasado, que deberíamos haber previsto mejor, que los demás están más organizados o que no sabemos manejar nuestra vida. Quizá evitemos hablar del problema porque nos cuesta admitirlo. Pero una dificultad económica no tiene por qué convertirse en una sentencia sobre nuestra identidad. Podemos decir: “Estoy atravesando un problema económico” en lugar de “soy un fracaso”. La primera frase describe una situación. La segunda nos condena.

También puede ayudarnos preguntarnos: “¿Qué puedo hacer concretamente hoy?” Quizá revisar gastos, llamar al banco, pedir asesoramiento, hablar con alguien de confianza, buscar otra fuente de ingresos, renegociar una deuda o aplazar una compra. La mente asustada intenta resolver todo el futuro de una sola vez. La práctica puede consistir en regresar al siguiente paso. No necesitamos saber hoy cómo estarán nuestras finanzas dentro de cinco años. Quizá solo necesitemos decidir qué podemos hacer esta semana.

Ésta puede ser una diferencia muy importante entre preocupación y responsabilidad. La preocupación dice: “Tengo que pensar constantemente en todo lo que podría salir mal.” La responsabilidad pregunta: “¿Qué acción útil puedo tomar?” Podemos pasar horas sufriendo sin hacer nada concreto. O podemos dedicar un tiempo a mirar la situación con claridad, tomar decisiones y después permitirnos volver a vivir el resto del día.

A veces el miedo económico nos empuja a tomar decisiones precipitadas. Compramos por ansiedad, pedimos dinero sin analizarlo, aceptamos condiciones poco convenientes o nos aferramos a un trabajo que nos destruye porque creemos que no existe ninguna alternativa. Antes de decidir, puede ayudarnos introducir una pequeña pausa: “No quiero que el miedo sea el único consejero de esta decisión.” Podemos pedir información, comparar opciones y actuar cuando tengamos un poco más de claridad.

Desde UCDM también podemos observar nuestra relación emocional con el dinero. Para algunas personas significa seguridad. Para otras, libertad. Para otras, reconocimiento. Puede incluso representar amor: “Si puedo darles cosas a mis hijos, soy un buen padre.” Entonces, cuando el dinero falta, sentimos que también hemos perdido todas esas cosas. Por eso una pregunta profunda puede ser: “¿Qué estoy creyendo que el dinero me da además del dinero?” Tal vez dignidad, tranquilidad, prestigio o sensación de control.

Reconocerlo puede ayudarnos a separar necesidades reales de necesidades psicológicas. Necesitamos recursos para vivir, pero quizá no necesitamos demostrar nuestro valor manteniendo una apariencia económica que ya no podemos sostener. A veces una dificultad financiera también nos obliga a revisar hábitos, prioridades o gastos que estaban ligados más a la imagen que a una necesidad real. Eso no significa convertir la escasez en algo deseable. Significa permitir que la situación nos enseñe algo.

También puede aparecer la comparación. “Mi hermano está mejor.” “Mis amigos viajan y yo no puedo.” “Todo el mundo progresa menos yo.” Las redes sociales pueden aumentar mucho esta sensación. Pero estamos comparando nuestra experiencia interna con la apariencia externa de la vida de los demás. No conocemos sus deudas, sus miedos ni sus circunstancias. Podemos preguntarnos: “¿Estoy utilizando la situación económica de otra persona para decidir cuánto valgo yo?”

Otra dificultad frecuente es sentir culpa cuando necesitamos ayuda. Tal vez tengamos que pedir apoyo a la familia, solicitar una prestación, renegociar pagos o aceptar temporalmente ayuda de alguien. Podemos interpretarlo como una humillación. Pero recibir ayuda en un momento difícil no nos convierte en personas incapaces. A veces el verdadero aprendizaje consiste en abandonar el orgullo y permitir que otros colaboren.

Podemos decir: “Hoy necesito ayuda. Eso no significa que siempre vaya a necesitarla.” Las circunstancias cambian. No tenemos que convertir una etapa difícil en una identidad permanente.

También puede ayudarnos observar cuánto tiempo dedicamos mentalmente al problema. Quizá ya hayamos hecho todo lo posible por hoy y, sin embargo, sigamos revisando la cuenta bancaria diez veces, imaginando facturas futuras o hablando continuamente del mismo temor. Podemos preguntarnos: “¿Hay algo más útil que pueda hacer ahora?” Si la respuesta es no, quizá sea momento de detener el pensamiento. No porque el problema haya desaparecido, sino porque pensar más no siempre significa resolver mejor.

Podemos decir interiormente: “Ya he hecho lo que podía hacer hoy. No necesito resolver esta noche todo mi futuro económico.” Esa frase puede ser muy útil cuando la preocupación nos impide descansar.

Desde la perspectiva del Curso, también podemos observar el impulso de buscar culpables. “Mi pareja gasta demasiado.” “Mi jefe me paga poco.” “El banco me engañó.” “Por culpa de aquella decisión estoy así.” Puede haber responsabilidades reales que necesiten reconocerse. Pero quedarnos atrapados en la culpa rara vez mejora nuestra situación. Podemos preguntarnos: “¿Quiero seguir demostrando quién tiene la culpa o quiero empezar a mirar qué puedo hacer ahora?”

Esto no significa renunciar a reclamar si corresponde ni dejar de exigir responsabilidad a otros. Significa no convertir la indignación en nuestra única estrategia.

¿Qué ocurre cuando el miedo es muy intenso porque realmente existen problemas serios? Quizá haya riesgo de perder la vivienda, dificultades para pagar alimentos o una deuda importante. En esos casos la práctica espiritual debe ir acompañada de acciones concretas. Buscar asesoramiento, ayudas sociales, apoyo legal o financiero puede ser necesario. UCDM no sustituye esas medidas. Podemos pedir ayuda externa y, al mismo tiempo, trabajar interiormente para que el miedo no nos paralice.

En esos momentos puede servir una práctica sencilla. Primero: “¿Qué sé?” Segundo: “¿Qué estoy imaginando?” Tercero: “¿Qué puedo hacer hoy?” Cuarto: “¿Qué parte no puedo resolver todavía?” La primera parte necesita claridad. La segunda necesita observación. La tercera, acción. La cuarta, paciencia.

Podemos también pedir interiormente: “Ayúdame a ver esta situación sin convertirla en una condena. Ayúdame a distinguir lo urgente de lo imaginado. Muéstrame el siguiente paso.” Quizá no llegue una solución extraordinaria. Tal vez la respuesta sea llamar a alguien, revisar una cuenta, cancelar un gasto, pedir asesoramiento o simplemente esperar hasta tener más información. La guía puede ser muy práctica.

Otra idea útil consiste en recordar que nuestra capacidad de vivir, amar, relacionarnos y aprender no desaparece porque nuestra economía esté atravesando una mala etapa. Podemos tener menos dinero y seguir siendo nosotros. Podemos necesitar reducir gastos y seguir teniendo dignidad. Podemos perder una posición económica sin perder nuestra capacidad de comenzar de nuevo.

Cuando la preocupación vuelva, podemos preguntarnos: ¿Estoy tratando un problema real o una catástrofe imaginada? ¿Estoy haciendo algo útil o simplemente estoy preocupado? ¿Estoy midiendo mi valor por lo que tengo? ¿Estoy intentando mantener una imagen que ya no puedo sostener? ¿Hay ayuda que me cuesta pedir? ¿Qué puedo hacer hoy? ¿Qué necesito dejar para mañana?

No necesitamos sentir una confianza perfecta. Quizá sigamos teniendo miedo. La práctica no consiste en repetir “todo irá bien” cuando no sabemos cómo irá. Puede ser más honesto decir: “No sé cómo se resolverá esto, pero quiero atravesarlo con la mayor claridad posible. Haré lo que pueda hacer hoy y no quiero utilizar el miedo para vivir por adelantado todas las dificultades de mañana.”

Tal vez ésa sea una de las formas más prácticas de aplicar Un Curso de Milagros cuando tenemos problemas económicos: atender responsablemente la situación sin convertirla en la medida de nuestro valor, sin entregar toda nuestra paz al dinero y sin permitir que el miedo al futuro nos impida ver el siguiente paso que sí podemos dar ahora.

Podemos revisar. Podemos pedir ayuda. Podemos reducir gastos. Podemos buscar nuevas opciones. Podemos corregir decisiones.

Y, al mismo tiempo, podemos recordar algo sencillo: tener un problema económico no significa que nosotros seamos el problema.

Es una situación que necesita atención. No una identidad que tengamos que cargar para siempre.

martes, 15 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 258

LECCIÓN 258

Que recuerde que Dios es mi objetivo.

1. Lo único que necesitamos hacer es entrenar nuestras mentes a pasar por alto todos los objetivos triviales e insensatos, y a recor­dar que Dios es nuestro objetivo. 2Su recuerdo se encuentra oculto en nuestras mentes, eclipsado tan sólo por nuestras absurdas e insignificantes metas, que no nos deparan nada y que ni siquiera existen. 3¿Vamos acaso continuar permitiendo que la gracia de Dios siga brillando inadvertida, mientras nosotros preferimos ir en pos de los juguetes y las baratijas del mundo? 4Dios es nuestro único objetivo, nuestro único Amor. 5No tenemos otro propósito que recordarle.

2. No tenemos otro objetivo que seguir el camino que conduce a Ti. 2Ése es nuestro único objetivo. 3¿Qué podríamos desear sino recordarte? 4¿Qué otra cosa podemos buscar sino nuestra Identidad?

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 258 de Un Curso de Milagros, «Que recuerde que Dios es mi objetivo», me enseña que la práctica constante del recuerdo divino es el medio para despertar a la verdad de lo que soy. Esta lección subraya la importancia de entrenar la mente para que abandone los antiguos hábitos del ego y se alinee con la Voluntad de Dios. Recordar a Dios es recordar nuestra Identidad y vivir en la paz que procede de la certeza de nuestra unión con Él.

La repetición es una técnica que favorece el proceso de aprendizaje. Un Curso de Milagros es, en esencia, un curso de entrenamiento mental. A través de sus lecciones, se nos invita a recordar de manera constante las nuevas ideas y creencias que nos conducen a la verdad. En este sentido, la repetición fortalece aquellas enseñanzas que nos reconectan con nuestra auténtica realidad. Como afirma el Curso: «Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios» (L-pI.rIV.In.5:3).

Este entrenamiento permite romper la dinámica de los viejos hábitos que han condicionado nuestra vida. Al integrar estas nuevas percepciones, la mente se libera progresivamente del miedo y de la ilusión de la separación. Así, aprendemos a sustituir el pensamiento del ego por el pensamiento del Espíritu Santo, orientando nuestra conciencia hacia la paz y la unidad.

No debemos ceder a la tentación que nos tenderá la arcaica creencia en la culpa cuando observemos que hemos recaído en antiguos errores. El ego intentará convencernos de nuestra debilidad y de nuestra supuesta naturaleza pecaminosa, invitándonos a aceptar el castigo como medio de redención. Sin embargo, el Curso nos recuerda que «es el pecado y no el error el que exige castigo» (T-19.II.3:7), mientras que el Espíritu Santo nos ofrece la Expiación como corrección amorosa. En lugar de castigarnos, debemos elegir el perdón y la comprensión.

Recordar a Dios nos invita a vivir el Pensamiento Divino en cada instante presente. Es hacer del ahora un Instante Santo, donde el pasado y el futuro pierden su poder. En ese estado de gracia, la mente se aquieta y experimenta la paz eterna. Como enseña el Curso: «En la quietud recibo hoy la Palabra de Dios» (L-pI.125).

Llegará un día en que no será necesario recordar esta idea de forma constante, pues Dios ocupará la totalidad de nuestra mente. Entonces, más allá de todo concepto, viviremos en la certeza de Su Presencia. Hoy reafirmo mi propósito con humildad y devoción: recordar a Dios en cada pensamiento, palabra y acción. En ese recuerdo hallo la verdad, la paz y la plenitud. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 258 enseña que:

  • La mente tiende a dispersarse en objetivos sin valor real.
  • El recuerdo de Dios ya está presente en ti.
  • Las distracciones lo ocultan, pero no lo eliminan.
  • Elegir lo esencial simplifica la mente.
  • Dios es el único objetivo que realmente satisface.

No es renuncia. Es reordenación de prioridades internas.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que recuerde que Dios es mi objetivo”.

Cada repetición redirige la atención, debilita las distracciones, fortalece la claridad y alinea la mente con lo esencial.

No es esfuerzo mental, es reorientación suave y constante.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS

Esta lección trabaja sobre la dispersión de la atención y la búsqueda en lo superficial.

Cuando sigues objetivos triviales, aumenta la ansiedad, aparece insatisfacción, se refuerza la sensación de vacío y la mente se fragmenta.

Cuando recuerdas lo esencial, la mente se simplifica, disminuye la urgencia, aparece estabilidad y surge una sensación de sentido.

No porque cambie el mundo, sino porque cambia tu foco.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que Dios ya está en tu mente, que no hay distancia real, que el olvido es temporal y que el recuerdo es inevitable.

Y revela algo muy bello: No estás lejos de Dios, sólo estás distraído.

Y cada vez que recuerdas, te acercas en experiencia, aunque nunca te hayas alejado en verdad.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa en qué ocupas tu mente.
  • Detecta objetivos pequeños, preocupaciones o distracciones.

Y entonces, “que recuerde que Dios es mi objetivo”.

Puedes acompañarlo con:

  • “Esto no es lo que realmente quiero”.
  • “Quiero recordar lo esencial”.

Y suavemente volver. Una y otra vez.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No rechazar el mundo con rigidez.
No juzgar tus distracciones.
No intentar eliminar todo de golpe.

Reconocer sin culpa.
Volver con suavidad.
Practicar con constancia, no con presión.

El cambio no es brusco, es una reorientación progresiva.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión aquí se afina aún más:

  • 256 → Unifico mi objetivo.
  • 257 → Recuerdo mi propósito.
  • 258 → Recuerdo cuál es ese propósito.

Ahora ya no hay ambigüedad: Dios es el objetivo.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 258 es profundamente clarificadora:

No necesitas hacer más cosas.
No necesitas buscar más respuestas.
No necesitas resolver todo.

Sólo necesitas dejar de distraerte con lo que no importa y recordar, una y otra vez, qué es lo que realmente quieres.

Y cuando eso se vuelve claro, la mente se aquieta, la búsqueda se simplifica y la paz aparece. Porque finalmente eliges lo único que siempre ha tenido valor.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de perseguir lo trivial, recuerdo que sólo Dios es lo que realmente busco”.


Ejemplo-Guía: ¿Qué efectos tendrá en nuestra vida recordar que Dios es nuestro objetivo?

Sabrás de lo que te hablo cuando comparta contigo que, en el mundo del sueño, el olvido es muy sutil, tanto, que parece haberle ganado la partida a la capacidad de recordar. Nos movemos entre distracciones, preocupaciones y deseos efímeros que desvían nuestra atención de lo esencial, haciéndonos creer que la verdad se encuentra fuera de nosotros.

Sin embargo, recordar a Dios como nuestro único objetivo supone un giro trascendental en nuestra vida. Este acto no implica añadir algo nuevo a nuestra existencia, sino rescatar del olvido aquello que siempre ha estado presente en nuestra mente. Recordar es despertar, y despertar es reconocer nuestra verdadera identidad como Hijos de Dios.

Sabes, al igual que yo, que para andar un camino es preciso manifestar la firme voluntad de recorrerlo. Muchas podrán ser las vicisitudes que encontremos en esa aventura, pero si nuestro objetivo es difuso, si carecemos de la fortaleza que nace de una decisión clara, es muy posible que abandonemos a mitad del trayecto. En cambio, cuando Dios se convierte en nuestra meta, cada paso adquiere sentido y dirección.

Sabes también que la repetición favorece el hábito, y que el hábito forja el carácter. Este, a su vez, se traduce en vivencias y experiencias que moldean nuestra percepción. De este modo, al recordar a Dios de manera constante, transformamos nuestra manera de ver el mundo. Lo que antes nos perturbaba pierde su poder, y lo que antes temíamos se disuelve en la serenidad de la fe.

Tal vez estés cansado de andar los tortuosos caminos por los que te ha conducido el ego. Sabes que puedes elegir cambiar de rumbo y dejar a un lado al guía equivocado. Esta elección no requiere esfuerzo, sino disposición. Basta con decidir ver las cosas de otra manera para que la luz sustituya a la oscuridad.

Sabes, estoy seguro de ello, que no podrás fracasar en tu nueva elección. Y sabes, igualmente, que para alcanzar el éxito debes convertirla en tu única opción. Recordar a Dios como tu objetivo es elegir la paz en lugar del conflicto, el amor en lugar del miedo y la verdad en lugar de la ilusión.

Los efectos de esta elección se reflejarán en todos los ámbitos de tu vida. Tu mente se liberará de la culpa, tu corazón se abrirá al perdón y tu espíritu descansará en la certeza de la unidad. La ansiedad dará paso a la confianza, la incertidumbre a la claridad y el sufrimiento a la dicha.

Sí, lo sabes. Sabes que elegir recordar a Dios como tu único objetivo te llevará a dejar de desear el mundo ilusorio. Tus ojos contemplarán la realidad con una mirada nueva, inocente y libre. Nada te atará. Nada te atemorizará. Nada te privará.

Y en ese recuerdo, hallarás la paz de Dios, que siempre ha sido tu herencia eterna.


Reflexión: ¿Qué nos impide recordar?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 259

LECCIÓN 259 Que recuerde que el pecado no existe. 1.  El pecado es el único pensamiento que hace que el objetivo de alcanzar a Dios parezca...