lunes, 14 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 257

LECCIÓN 257

Que no me olvide de mi propósito.

1. Si me olvido de mi objetivo, no podré sino estar confundido e inseguro acerca de quién soy, y así, mis acciones no podrán sino ser conflictivas. 2Nadie puede estar al servicio de objetivos con­tradictorios y servirlos bien. 3Tampoco puede desenvolverse sin que se abata sobre él una profunda angustia y depresión. 4Resol­vamos hoy, por lo tanto, recordar lo que queremos realmente, para así unificar nuestros pensamientos y acciones de manera que tengan sentido y para llevar a cabo únicamente lo que Dios quiere que hagamos este día.

2. Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salva­ción. 2No permitas que nos olvidemos hoy de que no tenemos otra volun­tad que la Tuya. 3Y así, nuestro propósito tiene asimismo que ser el Tuyo si queremos alcanzar la paz que Tú has dispuesto para nosotros.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 257 de Un Curso de Milagros, «Que no me olvide de mi propósito», me enseña que la claridad espiritual se alcanza cuando mantengo mi mente alineada con la verdad de lo que soy. Esta lección me invita a conservar la “luz permanentemente encendida”, recordando en todo momento que mi única función es perdonar y despertar del sueño de la separación. Al aceptar este propósito, experimento la paz que nace de la certeza de mi unión con Dios.

Nuestra conciencia se ha iluminado con la verdad de nuestra esencia divina y se propone servir fielmente al Espíritu. Sin embargo, este compromiso requiere una firme voluntad, pues los antiguos hábitos adquiridos al servicio del ego intentan recuperar su influencia. La propia lección nos recuerda: «Nadie puede estar al servicio de objetivos contradictorios, y servirlo bien». Debemos elegir entre el miedo y el amor, entre la ilusión y la verdad, entre la separación y la unidad.

No obstante, es importante no sentirnos culpables si, en nuestro deseo de servir al Espíritu, recaemos en los errores del ego. La culpa reclama castigo, y el castigo refuerza la creencia en el pecado. Por ello, el Curso nos enseña que el error no debe castigarse, sino corregirse. Cuando tomamos conciencia de una equivocación, debemos ponerla en manos del Espíritu Santo y pedir la Expiación. Él deshará el error y restaurará la paz en nuestra mente. Como pregunta el Curso: «¿Qué otra cosa sino el pecado podría ser la fuente de la culpabilidad y exigir castigo y sufrimiento?» (L-pII.259.1:4). La Expiación deshace esa creencia al mostrarnos que el pecado no es real y que sólo el error necesita corrección.

No tengo otro propósito que el de perdonar. Perdonar es limpiar la mente de la falsa creencia en el pecado y reconocer la inocencia eterna del Hijo de Dios. En la medida en que me perdono a mí mismo, me capacito para perdonar a los demás. El perdón transforma la percepción y nos conduce a la visión verdadera. Como enseña el Curso: «El perdón es la llave de la felicidad» (L-pI.121).

A través del perdón, comprendemos que no hay nada que perdonar en realidad, pues la creencia en el pecado es una ilusión. La visión de Cristo nos revela la inocencia que siempre ha permanecido intacta. En esta comprensión se disuelven el miedo y la culpa, y la mente descansa en la certeza del Amor.

La oración de la propia lección resume este propósito con claridad: «Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salvación». Por eso, recordar mi propósito es recordar el medio que Dios me ofrece para regresar a la paz.

Hoy mantengo la luz permanentemente encendida. Permanezco vigilante y fiel a mi propósito, escuchando la Voz del Espíritu Santo y recordando la verdad de mi Ser. No tengo otra función que la de perdonar y amar. En esta elección encuentro la paz, la libertad y la salvación.

Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 257 enseña que:

  • El conflicto surge de objetivos contradictorios.
  • La confusión es resultado de olvidar el propósito.
  • Recordar lo que realmente quieres unifica la mente.
  • El propósito verdadero es compartido con Dios.
  • El perdón es el medio para mantener esa dirección.

No es esfuerzo adicional. Es alineación interna.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que no me olvide de mi propósito”.

Cada repetición centra la mente, reduce la dispersión, elimina contradicciones internas y fortalece la coherencia.

No es disciplina rígida, es recordatorio constante.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la ambivalencia interna y la falta de dirección.

Cuando olvidas tu propósito, te dispersas, dudas de tus decisiones, te contradices y aparecen ansiedad y frustración.

Cuando lo recuerdas, se reduce el conflicto interno, aumenta la claridad, se alinean pensamiento y acción, aparece una sensación de orden.

No porque todo sea perfecto, sino porque dejas de dividirte.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que tu voluntad es una con la de Dios, el propósito no es personal, es compartido, el perdón es el camino constante y la paz es el resultado inevitable.

Y revela algo muy profundo: No necesitas encontrar tu propósito, necesitas dejar de olvidarlo.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa momentos de confusión o duda.
  • Detecta decisiones contradictorias.

Y entonces: “Que no me olvide de mi propósito”.

Puedes acompañarlo con:

  • “¿Qué quiero realmente aquí?”
  • “¿Estoy eligiendo paz o conflicto?”

Y volver suavemente a la dirección.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No usar la idea como autoexigencia rígida.
No juzgarte por olvidar.
No intentar controlar cada pensamiento.

Recordar con suavidad, no con presión.
Permitir errores sin perder dirección.
Volver una y otra vez al propósito.

El olvido no es fracaso, es parte del proceso de recordar.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión se vuelve muy coherente:

  • 254 → Escucho la verdad.
  • 255 → Elijo la paz.
  • 256 → Unifico mi objetivo.
  • 257 → Lo recuerdo constantemente.

Ahora no se trata de aprender más, sino de mantener lo aprendido presente.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 257 es profundamente estabilizadora:

No necesitas resolver cada situación.
No necesitas entender todo.
No necesitas hacerlo perfecto.

Sólo necesitas recordar lo que quieres realmente.

Y cuando lo haces, incluso por un instante, la mente se ordena, el conflicto disminuye y la dirección vuelve.

Porque en el fondo, siempre ha sido simple: quieres paz, quieres verdad, quieres recordar. Y eso, ya está en ti.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando recuerdo mi propósito, mi mente se unifica y el camino se vuelve claro”.


Ejemplo-Guía: “¿Por qué nos olvidamos...?”

Sin ánimo de frivolizar sobre un tema tan trascendente, me pregunto por qué el recuerdo de Dios, en el momento de nuestra creación, no nos fue incorporado de “serie”, es decir, por qué no recordamos automáticamente nuestra verdadera identidad.

Cuando analizamos aquellas funciones que el cuerpo realiza de manera autónoma, como respirar, o aquellas otras que se manifiestan a través de una necesidad, como alimentarse o beber, podemos observar una constante que garantiza su funcionamiento. Sin embargo, también descubrimos que dichas funciones pueden ser alteradas por la voluntad. Podemos dejar de respirar de manera voluntaria o abstenernos de alimentarnos. En ambos casos, se produce una elección.

Esa es la clave. Esa es la respuesta a la cuestión que hemos planteado: olvidamos lo que realmente somos porque lo hemos elegido. El olvido no es un accidente ni una carencia impuesta, sino una decisión de la mente.

Estaríamos en un error interpretativo si pensáramos que la capacidad de recordar no nos ha sido incorporada de “serie”. Del mismo modo que ocurre con las funciones automatizadas del cuerpo, podemos alterar esa capacidad. Es decir, podemos elegir olvidar. Esta elección dio lugar a la creencia en la separación, fundamento del sistema de pensamiento del ego.

Un Curso de Milagros nos enseña que la comunicación directa con Dios se interrumpió cuando inventamos otra voz. Al decidir olvidar la Voz de Dios, se hizo necesaria una respuesta amorosa a ese aparente extravío. Entonces, Dios nos dio otra Voz que hablara por Él: el Espíritu Santo. A través de Él, el conocimiento permanece intacto en nuestra mente, esperando ser recordado.

Es por ello que el Curso nos revela que el Espíritu Santo nos insta tanto a recordar como a olvidar: a recordar lo que somos y a olvidar lo que no somos. Recordar nuestra identidad divina implica olvidar la ilusión del ego. En este sentido, se nos dice: «Cuando despiertas al amor, estás simplemente olvidando lo que no eres, lo cual te capacita para recordar lo que sí eres» (T-7.IV.7:11-12).

Surge entonces una cuestión fundamental: ¿es posible olvidarse del ego? La respuesta es afirmativa. Podemos olvidarnos totalmente del ego en el momento en que así lo elijamos, pues el ego es una creencia completamente inverosímil. Nadie puede seguir sosteniendo una creencia que ha reconocido como falsa.

El Capítulo 10 del Texto, en su apartado II titulado "La decisión de olvidar", arroja luz sobre este proceso. En él se nos enseña: «La disociación no es otra cosa que la decisión de olvidar» (T-10.II.1:2).

El miedo surge porque hemos olvidado la verdad y hemos sustituido el conocimiento por una conciencia de sueños. Sin embargo, al aceptar nuevamente aquello de lo que nos disociamos, el temor desaparece.

Renunciar a esta disociación trae consigo mucho más que la ausencia de miedo. En esa decisión radican la dicha, la paz y la gloria de la creación. El Espíritu Santo custodia en nuestra mente el recuerdo de Dios y de nuestra verdadera identidad, aguardando únicamente nuestra disposición para aceptarlo. Tal como nos enseña el Curso: «Dios se encuentra en tu memoria… No permitas que nada en este mundo demore el que recuerdes a Dios» (T-10.II.2:4,6).

Recordar es simplemente restituir en la mente lo que siempre ha estado en ella. No somos los autores de la verdad; tan sólo la aceptamos nuevamente. Este acto de aceptación constituye el puente que nos conduce del mundo de la percepción al conocimiento eterno: «Recordar es simplemente restituir en tu mente lo que ya se encuentra allí» (T-10.II.3:1).

La lección de hoy nos invita a comprender que el olvido fue una elección, y que recordar también lo es. Al elegir recordar a Dios, recordamos nuestra verdadera identidad como Su Hijo. En ese recuerdo se disuelven las ilusiones del ego y se restaura la paz que siempre nos ha pertenecido.

Hoy elijo recordar.
Hoy elijo olvidar la ilusión.
Hoy elijo reconocer que Dios es mi único objetivo y mi verdadera realidad.

En ese acto de memoria divina, recupero la certeza de que jamás he dejado de ser Uno con Él.


Reflexión: El acto volitivo de recordar lo que realmente somos.

Capítulo 27. IV. La callada respuesta (7ª parte).

IV. La callada respuesta (7ª parte).

7. No trates, por lo tanto, de solventar problemas en un mundo del que se ha excluido la solución. 2Lleva más bien el problema al único lugar en el que se halla la respuesta y en el que se te ofrece amorosamente. 3En él se encuentran las respuestas que solventa­rán tus problemas, pues no forman parte de ellos y toman en cuenta lo que puede ser contestado: lo que la pregunta realmente es. 4Las respuestas que el mundo ofrece no hacen sino suscitar otra pregunta, si bien dejan la primera sin contestar. 5En el ins­tante santo puedes llevar la pregunta a la respuesta y recibir la respuesta que fue formulada expresamente para ti.

Este punto resume toda la enseñanza de “La callada respuesta” en una invitación muy concreta: deja de buscar la solución donde nunca podrá encontrarse.

El Curso afirma que el mundo es un ámbito del que se ha excluido la solución. No significa que el mundo sea un castigo ni que Dios haya abandonado a Sus Hijos. Significa que el sistema de pensamiento del ego está construido sobre el conflicto, y un sistema basado en el conflicto no puede producir la paz que pretende buscar.

Por eso el Curso no nos dice que intentemos pensar mejor dentro del mismo sistema, sino que llevemos el problema al único lugar donde ya existe la respuesta: el instante santo.

La diferencia es enorme.

El ego intenta resolver el problema desde el problema. El Espíritu Santo responde desde un nivel completamente distinto, donde el problema ya no define la percepción.

Mensaje central del punto:

  • No busques la solución dentro del sistema que produjo el conflicto.
  • Lleva el problema al instante santo.
  • Allí la respuesta ya está presente y se ofrece amorosamente.
  • La verdadera respuesta no forma parte del problema.
  • Por eso puede resolverlo.
  • Las respuestas del mundo generan nuevas preguntas.
  • Nunca ponen fin al conflicto.
  • El instante santo une la pregunta con la respuesta.
  • La respuesta que allí recibes está hecha exactamente para tu necesidad presente.
  • No nace del miedo, sino del Amor.

Claves de comprensión:

El ego siempre responde desde el mismo nivel donde nació el conflicto.

Si el problema es culpa, responde con más culpa.
Si el problema es miedo, responde con más control.
Si el problema es pérdida, responde con más apego.
Si el problema es ataque, responde con defensa.

Cada respuesta del ego genera inmediatamente otra pregunta.

"¿Y si no funciona?" "¿Y después qué?" "¿Y si me equivoco?" "¿Y si vuelve a ocurrir?" "¿Y si pierdo algo?"

Por eso el Curso dice que las respuestas del mundo dejan intacta la primera pregunta. Nunca llegan al origen. Sólo desplazan el conflicto de una forma a otra.

El Espíritu Santo responde de manera completamente distinta.

No responde al síntoma. Responde a la causa.

No intenta mejorar el sueño. Corrige la percepción que lo sostiene.

Por eso Sus respuestas no pertenecen al problema. Vienen de un nivel donde el problema nunca tuvo realidad.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo intentas resolver una situación exclusivamente desde el pensamiento del ego:

  • "¿Qué estrategia debo usar?"
  • "¿Cómo puedo convencerlo?"
  • "¿Cómo gano esta discusión?"
  • "¿Cómo hago para que todo salga exactamente como quiero?"
  • "¿Cómo elimino este miedo sin cambiar mi manera de pensar?"

Entonces detente un instante y pregúntate:

→ "¿Estoy buscando la solución dentro del mismo sistema que creó el problema?"
→ "¿Estoy intentando resolver desde el conflicto?"
→ "¿He llevado realmente este asunto al instante santo?"
→ "¿Estoy dispuesto a recibir una respuesta distinta de la que esperaba?"
→ "¿Quiero una solución verdadera o simplemente una versión más cómoda del mismo conflicto?"
→ "¿Puedo confiar en que la respuesta ya existe aunque todavía no la vea?"

Una práctica sencilla podría ser:

"Espíritu Santo, dejo de buscar la respuesta donde nunca ha estado. Llevo este problema al instante santo. No quiero fabricar una solución. Quiero recibir la Tuya."

En ese momento ocurre algo muy importante. Quizá las circunstancias todavía no cambien. Pero la mente empieza a hacerlo. Y cuando la mente cambia de maestro, la percepción comienza a transformarse.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué problema sigo buscando respuestas dentro del mundo?
  • ¿Estoy intentando resolver el conflicto con los mismos pensamientos que lo produjeron?
  • ¿Qué nuevas preguntas aparecen cada vez que creo haber encontrado una solución?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar de controlar la respuesta?
  • ¿Puedo llevar este problema al instante santo antes de intentar resolverlo?
  • ¿Qué sentiría si aceptara que la respuesta ya existe?
  • ¿Estoy dispuesto a escuchar una respuesta que no nazca de mi miedo?
  • ¿Puedo confiar en que el Amor ya ha respondido antes incluso de que yo preguntara?

Conclusión:

Este punto nos enseña que la verdadera solución nunca pertenece al problema.

Mientras permanezcamos buscando dentro del sistema del ego, cada respuesta generará una nueva duda, una nueva preocupación o un nuevo conflicto. El ego no puede ofrecer una respuesta definitiva porque su existencia depende precisamente de mantener abiertas las preguntas.

El Espíritu Santo no responde desde el miedo. Responde desde la verdad. No añade otra interpretación. No propone otra estrategia. No sustituye un conflicto por otro más elegante. Simplemente nos conduce al lugar donde la respuesta ya estaba esperándonos.

El instante santo no es un refugio para escapar del problema. Es el espacio donde descubrimos que el problema nunca pudo definir la verdad. Allí la pregunta deja de girar sobre sí misma. Allí el conflicto pierde su fuerza. Allí la respuesta no necesita ser inventada.

Sólo necesita ser recibida. Y cuando la recibimos, comprendemos que nunca estuvimos solos buscando una salida. La respuesta siempre estuvo presente. Sólo esperaba una mente suficientemente serena para escucharla.

Frase inspiradora: “No buscaré la solución dentro del conflicto; llevaré cada problema al instante santo, donde la respuesta ya me espera amorosamente.”

¿Cómo afrontar la sensación de estar solos?

Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo afrontar la sensación de estar solos?

Sentirse solo no siempre significa estar físicamente solo. Podemos vivir con nuestra pareja, tener hijos, hablar con muchas personas durante el día y, aun así, sentir una profunda sensación de aislamiento. También puede ocurrir lo contrario: podemos pasar mucho tiempo solos y no sentir soledad. Por eso, cuando hablamos de afrontar la sensación de estar solos desde Un Curso de Milagros, conviene empezar distinguiendo entre estar solos y sentirnos separados. La primera puede ser una circunstancia externa. La segunda es una experiencia interior. Y es precisamente ahí donde el Curso puede ofrecernos una ayuda profunda.

La soledad puede aparecer después de una separación, cuando los hijos abandonan el hogar, tras la muerte de alguien querido, al jubilarnos, al cambiar de ciudad o simplemente cuando sentimos que nadie nos comprende de verdad. Entonces nuestra mente empieza a interpretar esa situación: “A nadie le importo”, “Ya no soy importante para nadie”, “Siempre estaré solo”, “Todos tienen a alguien menos yo”, “Mi vida ya no tiene sentido como antes”. Y el dolor aumenta porque no estamos viviendo únicamente el momento presente. Estamos convirtiendo una experiencia de soledad en una conclusión sobre nuestra identidad y, sobre todo, nuestro futuro.

Aquí puede ayudarnos una primera pregunta: ¿Qué está ocurriendo realmente y qué estoy diciendo acerca de ello? El hecho puede ser: “Hoy estoy solo en casa.” La interpretación: “A nadie le importo.” El hecho puede ser: “Mis hijos tienen ahora su propia vida.” La interpretación: “Ya no me necesitan.” El hecho puede ser: “Mi relación terminó.” La interpretación: “Nadie volverá a quererme.” Esta distinción no pretende quitar importancia al dolor, sino evitar que una situación concreta se convierta automáticamente en una sentencia.

Desde la perspectiva de UCDM, la soledad está profundamente relacionada con la idea de separación. Nos sentimos solos cuando creemos que nuestra unión depende exclusivamente de que haya alguien físicamente presente, de que nos llame, nos escriba, nos necesite o nos confirme que somos importantes. Entonces nuestra paz queda continuamente condicionada por lo que otros hacen. Si llaman, nos sentimos queridos. Si no llaman, sentimos abandono. Si alguien nos invita, sentimos que pertenecemos. Si no lo hace, aparece el pensamiento: “No cuento para nadie”.

Podemos preguntarnos entonces: ¿Estoy utilizando la atención de los demás como medida de mi valor? Quizá no sea agradable reconocerlo, pero muchas veces la soledad está acompañada de una necesidad de confirmación. Queremos sentir que alguien piensa en nosotros porque eso parece demostrar que existimos para alguien. Pero ninguna persona puede ofrecernos permanentemente esa seguridad. Todos tienen sus propios ritmos, preocupaciones, familias y necesidades. Si nuestra tranquilidad depende continuamente de recibir señales externas de que somos queridos, viviremos con mucha inseguridad.

Esto no significa decir: “No necesito a nadie.” Esa idea también puede ser una defensa. Las relaciones humanas importan. Necesitamos compartir, hablar, abrazarnos, sentir compañía. El Curso no nos pide aislarnos ni despreciar el amor humano. Nos invita a no convertirlo en la única fuente de nuestra sensación de unión. Podemos disfrutar profundamente de una relación sin exigirle que resuelva para siempre nuestra sensación interior de separación.

Imaginemos a una persona cuyos hijos adultos se han marchado de casa. Durante muchos años gran parte de su vida estuvo organizada alrededor de ellos. De repente la casa está más silenciosa y aparece una sensación de vacío. Puede pensar: “Ya no me necesitan.” Pero quizá la verdadera pregunta sea: “¿Quién soy ahora que ya no desempeño el mismo papel?” Muchas veces la soledad no procede únicamente de que alguien se haya ido. También aparece porque hemos construido gran parte de nuestra identidad alrededor de esa persona.

Esto puede ocurrir igualmente después de una separación. Tal vez durante años nuestra pareja fue nuestro principal punto de referencia. Compartíamos horarios, decisiones, vacaciones, conversaciones. Cuando la relación termina no solo echamos de menos a la persona. También tenemos que aprender de nuevo cómo organizar nuestra propia vida. En esos momentos es normal sentir vacío. Pero podemos intentar no convertir ese vacío en una identidad: “Estoy atravesando una etapa de soledad” es muy diferente de “soy una persona sola”.

Una de las dificultades más grandes aparece cuando la mente se va al futuro. “¿Y si me quedo solo para siempre?” En ese momento dejamos de vivir esta tarde o esta noche y empezamos a vivir veinte años imaginarios. Podemos detenernos y preguntar: “¿Qué sé realmente ahora?” Quizá solo sepamos que hoy nos sentimos solos. No sabemos quién aparecerá en nuestra vida, qué relaciones surgirán ni cómo cambiarán nuestras circunstancias. Una práctica sencilla puede ser recordar: “No necesito resolver hoy toda mi vida futura.”

También podemos observar qué hacemos con nuestra soledad. A veces intentamos escapar inmediatamente de ella. Encendemos la televisión aunque no nos interese, revisamos continuamente el teléfono, entramos en redes sociales, buscamos conversación con cualquiera, llenamos cada minuto de ruido. No hay nada malo en distraernos, pero puede ser útil preguntarnos: “¿Estoy buscando compañía o estoy huyendo de estar conmigo mismo?” A veces necesitamos aprender a permanecer un poco en nuestra propia presencia sin interpretar el silencio como abandono.

Quizá podamos sentarnos unos minutos sin intentar llenar inmediatamente el espacio. Reconocer: “Me siento solo.” Y después observar qué aparece. Tal vez tristeza. Miedo. Recuerdos. Quizá una antigua sensación de no haber sido suficientemente querido. Ahí puede comenzar un trabajo muy valioso, porque dejamos de tratar la soledad únicamente como un problema externo y empezamos a escuchar qué está intentando decirnos nuestra mente.

Desde UCDM, podemos pedir ayuda de una manera muy sencilla: “Ayúdame a mirar esta soledad de otra manera. Ayúdame a reconocer la unión que ahora no estoy viendo.” No tenemos que esperar una experiencia extraordinaria. Tal vez la respuesta llegue como una necesidad de llamar a alguien, salir a caminar, escribir, participar en una actividad o simplemente descansar. La guía puede expresarse de formas muy cotidianas.

También podemos preguntarnos: “¿Estoy esperando que alguien venga a sacarme de esta soledad o hay algún pequeño paso que yo puedo dar?” A veces nos quedamos esperando llamadas que no llegan, invitaciones que no aparecen o personas que adivinen que necesitamos compañía. Pero quizá podamos tomar la iniciativa. Llamar a un amigo. Proponer un café. Participar en un grupo. Retomar una actividad. Ofrecer nuestra ayuda a alguien. No porque tengamos que llenar desesperadamente el vacío, sino porque la unión también se experimenta dando.

Esta idea puede ser especialmente importante. Cuando nos sentimos solos solemos pensar: “¿Quién puede darme compañía?” Pero quizá podamos cambiar la pregunta: “¿Con quién puedo compartir algo hoy?” Puede ser una conversación, una ayuda, una sonrisa, una llamada. Muchas veces dejamos de sentirnos tan aislados cuando dejamos de mirar únicamente lo que no recibimos y empezamos a reconocer lo que todavía podemos ofrecer.

El Curso insiste mucho en que dar y recibir están profundamente relacionados. En términos prácticos, esto puede significar que cuando ofrecemos escucha, amabilidad o presencia, también recordamos que seguimos conectados con los demás. No necesitamos convertirnos en salvadores de nadie. Basta con dejar de vernos exclusivamente como alguien que está esperando recibir.

También conviene revisar la comparación. La soledad puede hacerse más dolorosa cuando miramos a otros y pensamos: “Todos tienen pareja menos yo”, “Todos tienen familias unidas”, “Todos salen y yo estoy solo”. Las redes sociales pueden alimentar mucho esta impresión. Vemos fotografías de reuniones, viajes, parejas y celebraciones, pero rara vez vemos la soledad, los conflictos o los miedos que también existen detrás. Podemos preguntarnos: “¿Estoy comparando mi experiencia interior con la imagen exterior de la vida de otros?”

Otra situación frecuente ocurre cuando estamos rodeados de personas, pero sentimos que nadie nos comprende. Quizá no necesitamos más gente. Tal vez necesitamos relaciones más auténticas. Podemos observar si mostramos realmente quiénes somos o si pasamos gran parte del tiempo intentando agradar, evitando hablar de lo que sentimos o interpretando un papel. A veces la sensación de soledad nace también de estar con otros sin sentir que podemos ser nosotros mismos.

Podemos preguntarnos: “¿Estoy permitiendo que alguien me conozca de verdad?” Tal vez haya una persona con la que podamos empezar a hablar con un poco más de sinceridad. No necesitamos contar toda nuestra vida. Simplemente dejar de responder siempre “todo bien” cuando no lo está. La conexión también necesita cierta apertura.

Desde el Curso, otro aprendizaje profundo consiste en recordar que la presencia física no garantiza unión y la ausencia física no significa necesariamente separación. Podemos sentirnos profundamente unidos a alguien que vive lejos y muy separados de alguien que está sentado a nuestro lado. Esto nos ayuda a comprender que la unión es, ante todo, una experiencia mental.

Podemos recordar a alguien querido, agradecer una relación, sentir amor por una persona que ya no está físicamente cerca. Esa experiencia demuestra que el amor no depende únicamente de compartir un espacio. Podemos permitir que esta idea nos acompañe sin forzar ninguna conclusión metafísica.

También puede ser útil observar la frase “nadie me necesita”. A veces la soledad aparece cuando dejamos de sentirnos necesarios. Pero nuestra valía no depende únicamente de desempeñar una función para otros. Podemos ser queridos sin tener que resolverles la vida. Podemos tener valor aunque nuestros hijos ya no dependan de nosotros. Podemos seguir teniendo una vida significativa aunque nuestro papel haya cambiado.

Quizá la soledad esté invitándonos también a descubrir partes de nosotros que quedaron olvidadas. Un interés antiguo. Una afición. Un aprendizaje. Una forma de creatividad. Algo que siempre quisimos hacer. No para distraernos compulsivamente, sino para recuperar una relación con nuestra propia vida que quizá habíamos depositado completamente en otras personas.

Cuando llegue una tarde especialmente difícil, podemos aplicar algo muy sencillo. Primero reconocer: “Ahora mismo me siento solo.” Después preguntarnos: “¿Qué historia estoy contando acerca de esta soledad?” Quizá sea “nadie me quiere” o “siempre será así”. Luego podemos preguntar: “¿Qué necesito realmente ahora?” Tal vez compañía. Quizá descanso. Tal vez hablar con alguien. Salir de casa. O simplemente permitirnos estar tristes durante un rato.

Podemos utilizar algunas preguntas como práctica: ¿Estoy solo o estoy interpretando que estoy separado de todos? ¿Estoy utilizando la atención de otros para medir mi valor? ¿Estoy esperando que alguien adivine lo que necesito? ¿Puedo dar yo un pequeño paso hacia la conexión? ¿Estoy huyendo continuamente del silencio? ¿Qué podría descubrir de mí si dejara de considerar la soledad únicamente como un enemigo? ¿Puedo permitir que este momento sea solo este momento, sin convertirlo en todo mi futuro?

No tenemos que aprender a amar la soledad. Tampoco necesitamos convertirnos en personas que nunca necesiten compañía. Quizá el aprendizaje sea más sencillo: dejar de interpretar automáticamente estar solos como estar abandonados.

Tal vez podamos decir interiormente: “Hoy me siento solo y no voy a negar lo que siento. Pero no quiero convertir esta sensación en una prueba de que no soy querido, de que no valgo o de que siempre será así. Estoy dispuesto a descubrir otras formas de unión que ahora quizá no estoy viendo.”

Y quizá ésa sea una de las maneras más prácticas en que Un Curso de Milagros puede ayudarnos ante la soledad: recordarnos que podemos necesitar compañía sin convertir la ausencia momentánea de alguien en una sentencia sobre nuestro valor o en una prueba de que estamos realmente separados.

Podemos buscar compañía. Podemos pedir ayuda. Podemos abrirnos a nuevas relaciones. Podemos aprender también a estar con nosotros mismos.

Y poco a poco quizá descubramos que la paz no consiste en garantizar que siempre habrá alguien a nuestro lado, sino en dejar de creer que nuestra capacidad de amar y sentirnos unidos desaparece cuando una habitación queda en silencio.

¿Y si tu confusión no naciera de no saber qué hacer… sino de haber olvidado para qué quieres hacerlo? Aplicando la Lección 257.

¿Y si tu confusión no naciera de no saber qué hacer… sino de haber olvidado para qué quieres hacerlo? Aplicando la Lección 257.

La Lección 257 nos invita a conservar en la mente algo que las circunstancias cotidianas nos hacen olvidar con enorme facilidad: 👉 “Que no me olvide de mi propósito.” Podemos haber decidido que queremos paz, que Dios es nuestro único objetivo y que el perdón será el camino, pero después comienza el día y aparecen las prisas, los problemas, las conversaciones difíciles, las expectativas y las preocupaciones. Sin darnos cuenta, nuestro propósito cambia. Ya no queremos paz: queremos tener razón. Ya no queremos perdonar: queremos que el otro reconozca su culpa. Ya no queremos escuchar: queremos controlar el resultado. La lección señala que, cuando olvidamos nuestro objetivo, nos confundimos también acerca de quiénes somos y nuestras acciones empiezan a contradecirse. Por eso hoy no se nos pide aprender algo nuevo, sino mantener presente aquello que ya hemos elegido: recordar qué queremos realmente y permitir que pensamientos y acciones caminen en una misma dirección.

🌿 Olvidar mi propósito significa volver a dividir mi mente.

Podemos querer dos cosas incompatibles y no darnos cuenta de que ésa es precisamente la causa de nuestro conflicto. Quiero paz, pero también quiero conservar este resentimiento. Quiero amar, pero necesito demostrar que alguien está equivocado. Quiero confiar, pero no quiero renunciar al control. Quiero perdonar, pero sigo esperando una compensación por lo ocurrido. Cuando perseguimos objetivos contradictorios, la mente no sabe hacia dónde dirigirse y aparece una sensación de tensión que intentamos atribuir al mundo. Sin embargo, quizá el problema no esté únicamente en la situación externa, sino en que una parte de nosotros quiere sanar mientras otra todavía quiere conservar aquello que produjo la herida. Recordar nuestro propósito unifica. No porque desaparezcan inmediatamente todos nuestros conflictos, sino porque volvemos a decidir qué dirección queremos darles.

👉 Cuando recuerdo qué quiero realmente, dejo de pedir simultáneamente paz y las condiciones que hacen imposible experimentarla.

Mi propósito no tiene que inventarse; necesita ser recordado.

Muchas personas pasan años intentando descubrir cuál es su propósito en la vida. Buscan una misión especial, una profesión determinada, una función extraordinaria o algo que las haga sentir que su existencia tiene sentido. Pero la Lección 257 habla de un propósito mucho más profundo que puede expresarse a través de cualquier forma. Nuestro propósito fundamental es perdonar, deshacer la percepción de separación y regresar al recuerdo de la unidad. Podemos hacerlo trabajando, cuidando a alguien, escribiendo, escuchando, creando o simplemente relacionándonos con nuestros hermanos. Las formas cambiarán; el propósito puede permanecer. Quizá una conversación cotidiana tenga tanto valor para nuestro despertar como una experiencia que consideremos profundamente espiritual, si en ella elegimos no atacar, escuchar antes de juzgar o liberar una antigua condena. No necesitamos descubrir una actividad perfecta. Necesitamos recordar para qué queremos utilizar aquello que ya estamos viviendo.

👉 Mi propósito no depende de encontrar la circunstancia correcta; cualquier circunstancia puede convertirse en un medio para recordar el Amor.

🕊️ Olvidar no es fracasar.

Hay algo muy importante en esta enseñanza: seguramente olvidaremos nuestro propósito muchas veces. Podemos comenzar el día con una decisión clara y una hora después encontrarnos completamente atrapados en una preocupación. Podemos decidir perdonar y descubrir que el resentimiento reaparece. Podemos elegir paz y reaccionar impulsivamente ante alguien. Si interpretamos estos olvidos como fracasos, añadiremos culpa y volveremos a alejarnos de nuestro verdadero propósito. La práctica no consiste en no olvidar nunca, sino en aprender a recordar cada vez con mayor rapidez y sin castigarnos. En el instante en que reconozco que he elegido otra vez el conflicto ya se abre una nueva posibilidad. Puedo detenerme y decir: esto no es lo que realmente quiero. Esa frase es suficiente para cambiar de dirección. No necesito esperar a mañana ni realizar una gran reparación interior. Puedo volver ahora.

👉 Cada vez que recuerdo después de haber olvidado, no demuestro que he fracasado; demuestro que todavía puedo elegir de nuevo.

🌞 El perdón mantiene visible la dirección.

La lección relaciona directamente nuestro propósito con el perdón. Esto significa que cuando nos sintamos confundidos podemos utilizar una pregunta muy sencilla: ¿qué tendría que perdonar aquí para recuperar la paz? Quizá necesitemos perdonar a una persona, pero muchas veces también necesitamos perdonar una expectativa, una situación que no salió como queríamos, nuestra propia reacción o incluso la idea de que el día debería haber sido diferente. Perdonar no significa afirmar que todo estuvo bien. Significa dejar de utilizar lo ocurrido para alimentar la separación. Si alguien me decepciona, puedo reconocerlo y decidir qué hacer sin convertir el resentimiento en mi propósito. Si cometo un error, puedo corregirlo sin hacer del castigo mi objetivo. Si una situación cambia, puedo adaptarme sin convertir la resistencia en el centro de mi día. Cada vez que perdono, la mente recuerda hacia dónde quiere ir.

👉 El perdón no es una tarea añadida a mi camino; es la manera de retirar aquello que me hace olvidar hacia dónde estoy caminando.

🤍 Lo que hago cambia cuando recuerdo para qué lo hago.

Dos acciones aparentemente iguales pueden tener propósitos completamente diferentes. Puedo ayudar a alguien para sentirme necesario o porque deseo compartir. Puedo guardar silencio por miedo o porque no quiero aumentar un conflicto. Puedo hablar con firmeza para atacar o para aclarar. Puedo trabajar para demostrar mi valor o utilizar mi trabajo como una oportunidad para expresar responsabilidad y servicio. El propósito es invisible, pero transforma el significado de cada acción. Por eso la lección no nos pide controlar obsesivamente nuestro comportamiento, sino observar la intención que lo sostiene. Antes de hablar, quizá pueda preguntarme: ¿qué quiero conseguir realmente con estas palabras? Antes de responder a una ofensa: ¿quiero paz o quiero vencer? Antes de insistir en un argumento: ¿quiero comprensión o necesito demostrar que tengo razón? Esta honestidad puede mostrarnos con mucha claridad cuándo hemos olvidado nuestro propósito.

👉 Cuando recuerdo para qué quiero vivir una situación, mis palabras y mis acciones comienzan naturalmente a ordenarse alrededor de ese propósito.

🌿 La confusión puede convertirse en una señal útil.

Normalmente consideramos la confusión como un problema. Pero podemos aprender a utilizarla como indicador. Si estoy profundamente dividido, si no sé qué decidir o si una situación me produce una gran ansiedad, quizá sea útil detenerme antes de buscar más soluciones y preguntarme qué objetivos estoy intentando satisfacer al mismo tiempo. Tal vez quiero cambiar una relación y conservarla exactamente como está. Quiero soltar algo y seguir aferrándome a ello. Quiero paz y al mismo tiempo quiero garantizar que todo ocurra según mis planes. No siempre podremos resolver inmediatamente esa contradicción, pero verla ya supone un avance. Podemos volver entonces a una pregunta esencial: ¿qué quiero realmente? Si la respuesta profunda sigue siendo paz, verdad y Amor, ya tenemos una dirección desde la cual reconsiderar el problema.

👉 La confusión deja de ser un enemigo cuando la utilizo para descubrir dónde he dividido nuevamente mi propósito.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Que no me olvide de mi propósito.” No lo conviertas en una exigencia rígida. Utilízalo como una orientación interior. Antes de entrar en tus actividades, pregúntate: ¿qué quiero realmente hoy? Quizá la respuesta sea sencilla: quiero conservar la paz, escuchar la guía y utilizar mis encuentros para perdonar. A lo largo del día, cuando notes tensión, puedes volver a dos preguntas: ¿qué quiero realmente aquí? ¿Estoy eligiendo paz o conflicto? Si alguien te irrita, observa si has cambiado de propósito y ahora quieres castigarlo o demostrar algo. Si aparece miedo, pregúntate si has convertido el control en tu objetivo. Si cometes un error, evita transformar la culpa en una nueva meta. Reconoce, corrige y vuelve. No necesitas vigilar cada pensamiento. Basta con detectar cuándo has perdido la dirección y regresar suavemente.

👉 La práctica de hoy no consiste en recordar perfectamente durante todo el día, sino en volver a mi propósito cada vez que descubra que lo he olvidado.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 256 nos invitaba a reconocer que Dios es nuestro único objetivo. La 257 añade algo decisivo: no basta con elegir una dirección una vez; necesitamos recordarla mientras atravesamos las situaciones concretas de nuestra vida. El ego vive precisamente del olvido. Nos hace olvidar que queríamos paz cuando aparece una discusión, olvidar que queríamos perdonar cuando recordamos una ofensa y olvidar que queríamos confiar cuando el futuro parece incierto. Por eso el aprendizaje comienza a convertirse ahora en una práctica de memoria espiritual. Recordar no significa repetir mecánicamente una idea, sino permitir que vuelva a ocupar el centro desde el que pensamos y actuamos. Cuando recuerdo, la mente se unifica. Cuando olvido, vuelvo a fragmentarme entre deseos incompatibles. Y cada regreso nos enseña algo profundamente tranquilizador: nuestro propósito nunca desapareció; sólo dejamos temporalmente de prestarle atención.

👉 Cuando recuerdo mi propósito, no añado algo nuevo a mi mente; vuelvo a colocar en el centro aquello que siempre quise realmente: paz, verdad y Amor.

🌟 Frase central: “Recordar mi propósito es recordar qué quiero realmente y permitir que mis pensamientos, mis palabras y mis acciones vuelvan a caminar en una misma dirección.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero recordar.

Sé que durante el día aparecerán muchas cosas que intentarán ocupar el lugar de mi verdadero propósito. Tal vez quiera tener razón, defenderme, controlar, preocuparme o conservar algún resentimiento. No quiero juzgarme cuando eso ocurra. Quiero simplemente reconocer que he olvidado lo que realmente deseo.

Ayúdame entonces a volver.

Cuando una discusión parezca más importante que la paz, recuérdame mi propósito. Cuando el miedo me haga creer que necesito controlarlo todo, recuérdame mi propósito. Cuando contemple el error de un hermano y sienta deseos de condenarlo, recuérdame que el perdón es el camino que he elegido. Cuando vea mis propios errores y quiera castigarme, ayúdame a comprender que también ahí necesito perdonar.

No quiero servir a objetivos contradictorios. No quiero pedir paz mientras alimento guerra. No quiero buscar unidad mientras conservo culpables. No quiero decir que confío en Ti y vivir como si estuviera completamente solo.

Padre, hoy no necesito hacerlo perfectamente. Necesito recordar. Y cuando olvide, recordar de nuevo.

Que cada regreso haga más firme mi dirección. Que cada dificultad me enseñe dónde todavía divido mi mente. Que cada hermano pueda ayudarme a reconocer qué estoy eligiendo.

Hoy quiero mantener encendida esa pequeña luz interior que me recuerda para qué estoy aquí.

Perdonar. Deshacer la separación. Elegir paz. Y recordar que mi voluntad nunca estuvo realmente separada de la Tuya.

“Padre, hoy no permitas que olvide aquello que verdaderamente quiero. Cuando mi mente se divida entre objetivos contradictorios, ayúdame a regresar con suavidad al propósito que comparto Contigo. Que el perdón oriente mis encuentros, que la paz me muestre la dirección y que cada vez que olvide pueda elegir recordar nuevamente, hasta que mi pensamiento y mi vida expresen una sola voluntad: regresar al Amor que nunca abandoné.”

domingo, 13 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 256

LECCIÓN 256

Dios es mi único objetivo hoy.

1. La única manera de llegar a Dios aquí es mediante el perdón. 2No hay otra manera. 3Si la mente no le hubiese concedido tanto valor al pecado, ¿qué necesidad habría habido de encontrar el camino que conduce a donde ya te encuentras? 4¿Quién tendría aún incertidumbre? 5¿Quién podría estar inseguro de lo que es? 6¿Y quién podría seguir durmiendo entre espesas nubes de duda con respecto a la santidad de aquel que Dios creó libre de pecado? 7Aquí sólo podemos soñar. 8Pero podemos soñar que hemos perdonado a aquel en quien todo pecado sigue siendo imposible, y esto es lo que elegimos soñar hoy. 9Dios es nuestro objetivo, y el perdón, el medio por el que nuestras mentes por fin regresan a Él.

2. Y así es, Padre nuestro, como queremos llegar a ti por el camino que Tú has señalado. 2No tenemos otro objetivo que oír Tu Voz y hallar el camino que Tu sagrada Palabra nos ha señalado.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 256 de Un Curso de Milagros, «Dios es mi único objetivo hoy», me enseña a recordar quién soy y cuál es el propósito de mi existencia. Me invita a dirigir mi mente hacia la verdad eterna y a reconocer que nada en este mundo puede ofrecerme la plenitud que anhela mi alma.

Hoy puedo proclamar, libremente, que soy una extensión de Dios, Su Hijo amado, creado en la eternidad. Esta afirmación, que en otro tiempo habría podido ser considerada una herejía, simboliza el despertar de la conciencia a su origen divino. No implica arrogancia ni separación, sino el reconocimiento de que somos una extensión del Amor de Dios, creados a Su semejanza. Como enseña el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94; L-pI.110).

Tomar conciencia de que estamos viviendo en un sueño nos permite expresar lo que verdaderamente somos. Esta comprensión nos otorga la certeza de que llegará el despertar definitivo, en el que nos reconoceremos en la plenitud de nuestra verdadera naturaleza.

Hoy proclamo que Dios es mi único objetivo. Con ello, expreso mi voluntad de ser uno con todo lo creado. Declaro que mi único propósito es amar por encima de todas las cosas y cumplir la función que se me ha encomendado: perdonar allí donde antes percibí el pecado. Como afirma la lección: «La única manera de llegar a Dios aquí es mediante el perdón» .

Hoy proclamo que Dios es mi único objetivo; hoy sustituyo la culpa por el perdón, el miedo por el amor y el castigo por la Expiación. Sustituyo el sufrimiento por la dicha, la tristeza por la alegría y la desesperanza por la felicidad. Sustituyo la muerte por la vida, recordando que lo eterno no puede perecer.

Al orientar mi mente hacia Dios, abandono las ilusiones del ego y me acerco a la verdad que siempre ha habitado en mí. Esta lección me enseña que la paz no se alcanza mediante la búsqueda de metas mundanas, sino mediante la entrega a la Voluntad divina. En esa entrega descubro la libertad y la certeza de que «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe» (T-In.2:2-3).

Hoy proclamo que Dios es mi único objetivo; hoy sustituyo mi falsa identidad, el cuerpo, por mi verdadero Ser, el Espíritu. Hoy retorno a mi Hogar, el Cielo, y dejo atrás el mundo del apego y de la ilusión. Como recuerda la propia lección: «Dios es nuestro objetivo, y el perdón, el medio por el que nuestras mentes por fin regresan a Él».

En esta elección encuentro la paz.
En esta certeza encuentro la verdad.

Y en este recuerdo, reconozco que soy eternamente uno con Dios (L-pI.124).

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 256 enseña que:

  • Dios es el único objetivo real.
  • El perdón es el único medio para recordarlo.
  • El conflicto surge de valorar el pecado.
  • El mundo es una percepción que puede reinterpretarse.
  • El perdón transforma la experiencia completamente.

No es complejidad espiritual. Es alineación total.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Dios es mi único objetivo hoy”.

Cada repetición centra la mente, reduce la dispersión, debilita los objetivos del ego y fortalece la dirección interna.

No es renuncia forzada, es claridad de propósito.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la dispersión mental y la multiplicidad de objetivos.

Cuando tienes muchos objetivos, aparece ansiedad, surge confusión, se pierde dirección y aumenta la insatisfacción.

Cuando hay un solo objetivo, la mente se simplifica, se reduce el conflicto interno, aumenta la claridad y aparece coherencia.

No porque “hagas más”, sino porque dejas de dividirte.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que Dios no está lejos, la separación es una ilusión, el perdón restaura la conciencia de unidad y el camino ya está dado.

Y revela algo profundamente tranquilizador: No tienes que encontrar a Dios, sólo dejar de valorar lo que no es verdad.

El perdón no crea el camino, lo despeja.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa cualquier meta, preocupación o conflicto.
  • Reconoce la dispersión de la mente.

Y entonces, “Dios es mi único objetivo hoy”.

Después, ante cualquier situación:

  • “¿Estoy eligiendo el perdón aquí?”
  • “¿Estoy viendo desde el juicio o desde la verdad?”

No necesitas resolver nada más, sólo volver al objetivo.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No interpretar esto como rechazo del mundo.
No usar la idea para evitar responsabilidades.
No convertirlo en rigidez espiritual.

Usar el objetivo como orientación interna.
Integrar el perdón en lo cotidiano.
Permitir que la práctica sea natural.

El Curso no te pide abandonar el mundo, te enseña a verlo de otra manera.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión se vuelve completamente coherente:

  • 252 → Sé lo que soy.
  • 253 → Reconozco mi poder.
  • 254 → Escucho la verdad.
  • 255 → Elijo la paz.
  • 256 → Me enfoco completamente.

Ahora ya no hay dispersión. Sólo dirección.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 256 es profundamente liberadora:

No necesitas múltiples caminos.
No necesitas resolver mil cosas.
No necesitas buscar respuestas complejas.

Sólo necesitas recordar tu objetivo. Y permitir que el perdón te guíe hacia él.

Y cuando esto se simplifica en tu mente, todo se vuelve más claro, todo se vuelve más ligero. Porque dejas de dividirte y comienzas a caminar en una sola dirección.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando mi objetivo es uno, mi mente descansa y el camino se vuelve claro”.

Ejemplo-Guía: “Soy Dios en formación”.

Sí, es una manera de expresarlo. Podría haber prescindido del término “formación”, pues, en verdad, soy el Hijo de Dios; por lo tanto, no puedo ser diferente del Ser que me ha creado. Sin embargo, esta expresión adquiere sentido dentro del sueño, ya que facilita la comprensión del sistema de pensamiento del ego. Nos ayuda a reconocer que estamos inmersos en un proceso de aprendizaje cuyo único propósito es recordar nuestra verdadera identidad.

El uso de la palabra “formación” resulta adecuado en el mundo de la percepción, pues simboliza el camino que recorremos hacia el despertar. La única enseñanza que necesitamos adquirir es aquella que nos conduce a reconocer que somos Hijos de Dios y que somos uno con toda la Creación. Como afirma el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94; L-pI.110).

Cuando nuestro objetivo nos lleva a creer en un mundo diferente al de Dios, hacemos real la ilusión. Nada puede existir en realidad si está fuera de la Mente divina. Todo lo que se encuentra en ella es eterno e inmutable; esa es la señal de lo verdadero. Por ello, el mundo fabricado por la mente separada y al que se le ha otorgado realidad no es más que una ilusión pasajera, sujeta a las leyes del tiempo y del cambio.

Las experiencias extraídas del mundo de la percepción nos muestran que todo en el plano físico está sometido a la transformación. El sistema de pensamiento del ego acepta que nada permanece en su estado original. Dichos populares como «No hay mal que por cien años dure» o «Siempre que llovió, escampó» reflejan esta transitoriedad. Sin embargo, seguimos otorgando realidad a lo vivido, especialmente a las experiencias dolorosas, al aferrarnos al pasado. Olvidamos que lo que ha pasado ya no existe y que sólo el presente puede ser usado por el Espíritu Santo para sanar nuestra percepción.

Si nuestro propósito es Dios, el tiempo deja de tener el significado que el ego le había dado. Vivimos entonces orientados hacia el instante presente, una dimensión que nos permite vislumbrar la eternidad. Cuando dirigimos nuestra mente hacia Él, nuestra visión trasciende la apariencia del cuerpo y reconoce la poderosa fuerza del Espíritu. Más allá del pecado, vemos la inocencia; más allá de la culpa, la impecabilidad; más allá de la ilusión, la verdad.

Si nuestro propósito es Dios, elegimos el perdón como práctica constante. Elegimos vivir en un estado de paz permanente y extender la esencia con la que hemos sido creados: la fuerza del Amor. Este es el propósito que la Lección 257 nos invita a recordar: «Que no me olvide de mi propósito» (L-pII.257).

La lección nos recuerda que, si olvidamos nuestro objetivo, no podremos sino sentirnos confundidos acerca de quiénes somos. Por eso nos invita a recordar lo que realmente queremos, para unificar nuestros pensamientos y nuestras acciones en una misma dirección (L-pII.257.1:1-4).

Proclamar que somos “Dios en formación” no implica arrogancia, sino la aceptación de nuestra naturaleza divina en proceso de reconocimiento. No estamos convirtiéndonos en lo que no somos; estamos recordando lo que siempre hemos sido.

El medio elegido para este regreso es el perdón. Así lo expresa la oración de la lección: «Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salvación» (L-pII.257.2:1). Por medio del perdón dejamos de sostener objetivos contradictorios y permitimos que nuestra voluntad recuerde que no está separada de la Voluntad de Dios.

Hoy recuerdo cuál es mi propósito.
Hoy elijo el perdón como camino de regreso.
Hoy acepto que soy Su Hijo y que, en Su Amor, permanezco eternamente.


Reflexión: ¿Cómo perdonas?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 257

LECCIÓN 257 Que no me olvide de mi propósito. 1.  Si me olvido de mi objetivo, no podré sino estar confundido e inseguro acerca de quién so...