domingo, 23 de agosto de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 235

LECCIÓN 235

Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve.

1. Tan sólo necesito contemplar todo aquello que parece herirme, y con absoluta certeza decirme a mí mismo: "La Voluntad de Dios es que yo me salve de esto", para que de inmediato lo vea desaparecer. 2Tan sólo necesito tener presente que la Voluntad de mi Padre para mí es felicidad, para darme cuenta de que lo único que se me ha dado es felicidad. 3Tan sólo necesito recordar que el Amor de Dios rodea a Su Hijo y mantiene su inocencia eterna­mente perfecta, para estar seguro de que me he salvado y de que me encuentro para siempre a salvo en Sus Brazos. 4Yo soy el Hijo que Él ama. 5me he salvado porque Dios en Su misericordia así lo dispuso.

2. Padre, Tu Santidad es la mía. 2Tu Amor me creó e hizo que mi ino­cencia fuese parte de Ti para siempre. 3No hay culpabilidad o pecado en mí, puesto que no los hay en Ti.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 235 de Un Curso de Milagros, «Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve», me enseña que la salvación es un acto de Amor divino que descansa en la inocencia eterna del Hijo de Dios. Esta lección nos invita a aceptar la misericordia del Padre y a liberarnos de la creencia en el pecado y en la culpa, comprendiendo que ambas son ilusiones nacidas del error de la separación.

La creencia en el pecado y su consecuencia, la culpa, nos condiciona profundamente y nos hace partícipes de una visión errónea: la necesidad de perpetuar la idea de que cada vez que damos, contraemos o generamos una deuda. Bajo este sistema de pensamiento, cada acto queda inscrito en un imaginario libro del “Debe y del Haber”. Sin embargo, el Curso nos recuerda una verdad fundamental: «Dar y recibir son en verdad lo mismo» (L-pI.108). En la realidad del Amor, no existe pérdida ni deuda, pues todo lo que se da se recibe simultáneamente.

Si observamos nuestro entorno, advertiremos que el propio sistema social refleja esta creencia arraigada y defendida por el ego. Cuando damos, esperamos recibir; y cuando recibimos, nos sentimos obligados a devolver. Incluso en gestos sencillos, como aceptar un regalo, surge la sensación de estar en deuda. Detrás de esta reacción se oculta la huella de la culpabilidad. Su origen radica en la creencia de que estamos separados unos de otros. No en vano, el llamado “pecado original” simboliza el tránsito ilusorio de la unidad hacia la separación.

Cada vez que nos relacionamos con nuestros hermanos, proyectamos sobre ellos nuestra propia sensación de culpa. Así, vemos en ellos el reflejo del pecado que creemos portar. Este mecanismo nos lleva a pensar que al dar estamos perdiendo algo, lo que refuerza la exigencia de compensación. No obstante, el Curso enseña que nuestras percepciones son proyecciones de la mente: «La proyección da lugar a la percepción» (T-13.V.3:5). Reconocer este principio nos permite deshacer la ilusión y restaurar la visión del Amor.

La creencia en la “deuda” ha dado lugar, en diversas tradiciones, a la idea de la reencarnación como medio de compensación. Sin embargo, desde la perspectiva del Curso, la salvación no consiste en pagar culpas, sino en aceptar la Expiación, que corrige el error sin castigo. Dios, en Su infinita misericordia, no exige reparación alguna, pues Su Hijo jamás ha pecado. Como afirma el Curso: «Tú estás, por lo tanto, a salvo, ya que el Hijo de Dios es inocente» (T-13.I.11:7).

Es hora de liberar nuestra conciencia de esta falsa creencia y de aceptar la misericordia que nuestro Padre nos dispensa, pues en ella reside nuestra salvación. Es hora de dar sin reclamar deuda alguna, reconociendo que al dar a los demás nos damos a nosotros mismos. Esta es la visión de la Unidad, basada en el Amor y no en el miedo.

Si hemos aceptado que Dios es nuestro Creador y que nos ha creado a Su Imagen y Semejanza, ¿cómo podríamos ver culpabilidad en nosotros? Hacerlo implicaría atribuírsela también a Él. Hoy acepto la verdad con gratitud: «No hay culpabilidad o pecado en mí, puesto que no los hay en Ti». En la misericordia de Dios encuentro mi redención, y en Su Amor eterno reconozco mi perfecta inocencia. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 235 enseña que:

• La salvación ya ha sido dispuesta por Dios.
• El sufrimiento puede reinterpretarse.
• La Voluntad de Dios es felicidad.
• El Amor de Dios protege eternamente.
• La inocencia permanece intacta.

No es esfuerzo. Es aceptación.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve”.

Y especialmente aplicar: 👉 “La Voluntad de Dios es que yo me salve de esto”.

Cada vez que surge malestar.

Cada repetición disuelve el miedo, cambia la interpretación, fortalece la confianza y abre la paz

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección transforma la relación con el dolor.

Normalmente, la mente reacciona, interpreta negativamente y se identifica con el sufrimiento.

Cuando se practica, disminuye la reactividad, aumenta la resiliencia, se reduce la ansiedad y aparece una sensación de protección interna.

Es una reeducación profunda de la percepción.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma:

• Dios ya ha dispuesto la salvación del Hijo.
• La inocencia es inalterable.
• El Amor de Dios es envolvente.
• La Voluntad divina es perfecta.

Esto elimina completamente la idea de incertidumbre espiritual.

No estás intentando salvarte. Estás aceptando que ya lo estás.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  1. Observa cualquier situación que te perturbe.
  2. Di con firmeza interior: “La Voluntad de Dios es que yo me salve de esto”.
  3. Permite que la percepción cambie.
  4. Recuerda que Dios quiere tu felicidad.
  5. Descansa en la idea de estar a salvo.

No necesitas entender cómo ocurre. Solo permitirlo.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No negar emociones reales.
No usar la frase como evasión.
No forzar el cambio de percepción.

Practicar con sinceridad.
Permitir que la idea actúe.
Confiar en el proceso.

La transformación aquí es natural, no impuesta.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa:

  • 233: Entrega.
  • 234: No hubo separación.
  • 235: La salvación ya está garantizada.

Esto lleva a un punto muy profundo: ya no hay esfuerzo por “llegar”, solo aceptación de lo que ya es.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 235 es profundamente liberadora. Deshace la idea de que la vida es incierta o peligrosa en su esencia.

Nos recuerda que hay una Voluntad que ya ha dispuesto todo para nuestro bien.

Que no estamos a merced del caos. Que no estamos solos. Y que, más allá de toda apariencia… ya estamos a salvo.

FRASE INSPIRADORA: “No necesito salvarme; solo necesito aceptar que ya he sido salvado”.

Ejemplo-Guía: “Si la Voluntad de Dios es que seamos felices, ¿por qué sufrimos?”

Si la Voluntad de Dios es que seamos felices, ¿por qué sufrimos? Esta pregunta ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos y resuena con especial profundidad en el corazón de quienes estudian Un Curso de Milagros. La respuesta no se encuentra en Dios, sino en la interpretación que hacemos de nuestra experiencia y en el uso que ejercemos de nuestra libertad.

En la vivencia del “sueño” que creo estar experimentando, he hecho real el papel de ser padre. La conciencia adquirida en esta experiencia me ha permitido comprender mejor la razón por la cual la Voluntad de Dios es que seamos felices. Puedo afirmar que, en conciencia de ego, mi felicidad parece depender de la felicidad de mi hijo. Sin embargo, esta afirmación revela algo más profundo: el reconocimiento de que soy el soñador del sueño y de que poseo la libre elección de decidir qué experiencia deseo vivir.

Más allá de esta reflexión, comprendo que mi felicidad no depende de la felicidad de mi hijo. La verdadera felicidad es un estado que acompaña al reconocimiento de la verdad. Tener la certeza de que somos seres espirituales, en plena comunión con nuestro Creador, nos conduce inevitablemente a la paz. Tal como enseña el Curso: «La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad» (L-pI.101).

Mi voluntad es que mi hijo sea feliz, pero también recuerdo que yo he desempeñado el papel de hijo. A pesar de la guía amorosa y desinteresada de mi padre, no siempre he seguido sus orientaciones. En numerosas ocasiones elegí por mí mismo, y esa libre elección me llevó a experimentar dolor y sufrimiento. Comprendí entonces que, de haber seguido su guía, habría evitado dichas experiencias. Esta analogía nos ayuda a entender la relación entre Dios y Su Hijo.

Este ejemplo nos invita a reflexionar sobre el libre albedrío. Si Dios interviniera en nuestras decisiones erróneas, dejaríamos de ser verdaderamente libres. Él puede orientar y señalar el camino, pero no puede recorrerlo por nosotros. Desde esta visión, el error se convierte en una oportunidad para elegir de nuevo. Sin embargo, cuando creemos haber fallado, permitimos que la culpa se instale en nuestra mente, privándonos de la felicidad que nos corresponde por derecho divino.

El Amor es el camino, y Dios nos transmite Su Pensamiento desde la Fuente de la que emana la esencia del Amor. Todos somos Hijos del Amor. Cuando esta esencia queda oculta por el miedo, somos testigos de comportamientos que parecen dementes. Ante ellos, el ego nos incita a condenar. Pero el Espíritu Santo nos invita a perdonar. Como enseña el Curso: «El perdón es la llave de la felicidad» (L-pI.121).

Preguntémonos: ¿cómo nos gustaría ser tratados si en algún momento actuamos desde el miedo? Todo acto que tiene su causa en el miedo sólo puede ser salvado mediante una nueva elección cuya causa sea el Amor. El perdón sustituye al juicio y restablece la paz en la mente.

No obstante, aplicar estas enseñanzas en el mundo requiere un paso previo: perdonarnos a nosotros mismos. No podemos dar lo que no tenemos. No podemos liberar a otros si nos condenamos. La transformación comienza en nuestro interior, reconociendo que Dios, en Su infinita misericordia, dispone que seamos salvados.

La Lección 235 nos recuerda que el sufrimiento no es la Voluntad de Dios, sino el resultado de nuestras elecciones erróneas. Sin embargo, siempre tenemos la oportunidad de elegir de nuevo. Al aceptar el Amor como nuestra guía, recordamos que la felicidad es nuestro estado natural.

«Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve». Dios no desea nuestro sufrimiento, sino nuestra salvación. Y en ese reconocimiento hallamos la paz que siempre nos ha pertenecido.

Reflexión: ¿La felicidad se puede imponer?

¿Es posible que me haya acostumbrado al conflicto?

¿Es posible que me haya acostumbrado al conflicto?

Esta pregunta puede resultar difícil de aceptar. En principio, nadie desea vivir en conflicto. Queremos relaciones tranquilas, estabilidad emocional, comprensión y paz.

Sin embargo, hay momentos en los que la calma nos desconcierta.

Cuando nadie discute, sospechamos que algo ocurre. Cuando una relación atraviesa un periodo sereno, buscamos señales de distanciamiento. Cuando un problema se resuelve, recordamos otro. Cuando alguien nos habla con neutralidad, interpretamos reproche, rechazo o indiferencia.

Entonces puede surgir una pregunta honesta: ¿es posible que me haya acostumbrado tanto al conflicto que ya no sepa reconocer la paz?

Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, la respuesta es sí. No porque nuestro verdadero Ser ame el conflicto, sino porque la parte de la mente identificada con el ego ha aprendido a utilizarlo como una forma de continuidad.

El conflicto le resulta conocido. La paz, en cambio, amenaza la identidad que ha construido.

Una cosa es sufrir por una discusión y otra reconocer que, de algún modo, la mente continúa buscándola. Una cosa es querer que termine un problema concreto y otra estar dispuesto a abandonar el sistema de pensamiento que necesita que siempre haya algo contra lo que luchar.

Por eso puedo decir que deseo paz y, al mismo tiempo, conservar las condiciones que hacen imposible experimentarla. Puedo querer armonía, pero seguir necesitando tener razón. Puedo desear una relación sana, pero interpretar cada diferencia como un ataque. Puedo afirmar que quiero perdonar, pero continuar repasando lo que el otro hizo. Puedo cansarme del conflicto y, sin embargo, sentirme extraño cuando desaparece.

Esto no significa que conscientemente quiera sufrir. Significa que el conflicto puede haberse convertido en una manera de saber quién soy.

Quizá me he definido como quien debe defenderse. Quien nunca es escuchado. Quien siempre cede. Quien tiene que luchar para que se reconozca su valor. Quien vive rodeado de personas difíciles.

Cuando el conflicto sostiene mi identidad, abandonarlo parece dejarme sin historia. Si ya no soy la víctima, el salvador, el acusado, el incomprendido o el que siempre tiene razón, ¿quién soy?

El ego responde creando un nuevo enfrentamiento.

Puede hacerlo de manera evidente, provocando discusiones. Pero también puede mantener el conflicto silenciosamente: imaginando conversaciones, atribuyendo intenciones, comparando, juzgando o preparando defensas para ataques que todavía no han ocurrido.

Externamente puedo estar en silencio, mientras interiormente libro una batalla completa.

El Curso afirma que Dios permanece en perfecta quietud porque en Él no existe conflicto, y añade que “el conflicto es la raíz de todos los males”, pues siempre termina atacando al Hijo de Dios, que soy yo mismo (T-11.III.1:6-8).

Esta afirmación revela que el conflicto no se limita al desacuerdo entre dos personas. Su raíz está en la división de la mente.

Una parte de mí desea amar. Otra quiere atacar.

Una parte desea perdonar. Otra exige reparación.

Una parte pide paz. Otra cree que estar en paz significaría perder, ceder o quedar indefensa.

Mientras intente obedecer simultáneamente a estos dos propósitos, experimentaré tensión. No porque la paz sea imposible, sino porque todavía no he decidido completamente qué quiero.

El ego necesita mantener esta indecisión. Su existencia depende de que siga creyendo que el amor y el miedo son alternativas igualmente reales.

Por eso no siempre crea conflictos insoportables. A veces los reduce lo suficiente para que podamos tolerarlos, pero no para que renunciemos a ellos. El Texto explica que el ego intenta perpetuar el conflicto y ofrece soluciones que parecen mitigarlo porque no quiere que llegue a parecernos tan intolerable que decidamos abandonarlo por completo (T-7.VIII.2:2-4).

Esta es una estrategia muy sutil.

El ego provoca un problema y después se ofrece para resolverlo. Me convence de que alguien me ha atacado y luego me aconseja cómo defenderme. Me hace interpretar una situación como peligrosa y luego propone controlar a todos los implicados. Genera resentimiento y después me ofrece una justificación para conservarlo.

Así parece ser mi protector, cuando en realidad es la fuente de la interpretación que me mantiene intranquilo.

El ciclo se repite: Percibo ataque. Me defiendo. Mi defensa provoca otra reacción. Esa reacción confirma que estaba en peligro. Y la nueva defensa parece aún más necesaria. De esta manera, termino llamando seguridad a un estado permanente de vigilancia.

Acostumbrarse al conflicto significa que la tensión empieza a parecer normal. La serenidad puede sentirse vacía, sospechosa o incluso aburrida. La intensidad emocional se confunde con vitalidad. Las reconciliaciones dramáticas se confunden con amor. La preocupación constante se confunde con responsabilidad.

Entonces una relación pacífica puede parecer que “no tiene chispa”, mientras una relación llena de altibajos parece intensa y significativa.

Pero la intensidad no siempre es amor. A veces es miedo alternando entre esperanza y decepción.

El ego necesita contrastes: acercamiento y alejamiento, aprobación y rechazo, triunfo y fracaso. Sin esos movimientos, pierde los referentes mediante los cuales mantiene al personaje ocupado.

La paz verdadera no funciona así. No necesita un enemigo para reconocerse. No depende de vencer, convencer ni obtener un resultado concreto. Es una condición de la mente que ha dejado de otorgar realidad a la separación.

Por eso la Lección 331 establece una diferencia radical: “Estar en conflicto es estar dormido; la paz, estar despierto” (L-331.1:8). El conflicto pertenece al sueño en el que creemos tener una voluntad distinta de la de Dios; la paz refleja el recuerdo de que solo existe la Voluntad del Amor.

Esto no significa que una persona despierta nunca afronte desacuerdos. Dos personas pueden tener necesidades, opiniones o decisiones distintas sin convertir la diferencia en una guerra.

El problema no es que alguien piense de otra manera. El problema comienza cuando utilizo esa diferencia para demostrar que estamos separados, que uno debe vencer y que la paz solo llegará cuando el otro cambie.

Desde el ego, el desacuerdo se convierte en identidad: “Yo soy quien tiene razón y tú quien está equivocado”. “Yo soy inocente y tú culpable”. “Yo comprendo y tú no”. “Yo quiero la paz, pero tú me impides tenerla”.

Así, la causa del conflicto parece estar fuera de mí. Y mientras piense que el otro es su causa, esperaré que él lo resuelva.

El Espíritu Santo no me pide que niegue lo ocurrido ni que tolere comportamientos dañinos. Puedo poner límites, retirarme de una situación o expresar con claridad lo que necesito. Pero puedo hacerlo sin convertir al otro en enemigo y sin utilizar el límite como castigo.

El ego pone límites para separar. El Espíritu Santo puede utilizar los límites para evitar que el miedo siga dirigiendo la relación. La diferencia está en el propósito.

También es posible que me aferre al conflicto porque me ofrece una falsa sensación de poder. Mientras estoy enfadado, puedo sentirme fuerte. La indignación me impulsa, me da argumentos y me permite evitar emociones que considero más vulnerables: tristeza, miedo, inseguridad o necesidad de afecto.

Pero el poder del ataque es ilusorio. Cada vez que condeno, enseño a mi mente que la condenación es real y que también puede aplicarse contra mí.

Por eso el conflicto siempre termina volviéndose contra quien lo sostiene. Incluso cuando parece dirigido hacia otro, mantiene mi propia mente dividida.

No necesito culpabilizarme por haber aprendido esta dinámica. Tal vez durante mucho tiempo el conflicto me pareció la única manera de protegerme, ser escuchado o conservar una relación. Quizá crecí viendo que el afecto siempre iba acompañado de tensión, reproches o miedo.

El Curso no me pide negar ese aprendizaje. Me invita a reconocer que lo aprendido puede deshacerse.

Pero para ello debo mirar el conflicto sin justificarlo ni esconderlo. La Lección 333 enseña que no puede resolverse evitándolo, negándolo, cambiándole el nombre o situándolo en otra persona. Debe contemplarse exactamente como es, reconociendo la realidad y el propósito que la mente le ha atribuido (L-333.1:1-4).

Puedo empezar observando qué ocurre cuando todo está tranquilo.

¿Busco algo que criticar? ¿Recuerdo una ofensa antigua? ¿Interpreto el silencio como rechazo? ¿Necesito plantear un asunto en ese preciso momento para recuperar una intensidad conocida? ¿Me siento invisible si no estoy luchando contra algo?

Estas preguntas no son una acusación. Son una forma de sacar a la luz el propósito oculto.

Cuando aparezca el impulso de entrar de nuevo en conflicto, puedo detenerme antes de responder. No para reprimir lo que siento, sino para preguntar: “¿Qué quiero obtener mediante esta reacción?” “¿Quiero comprender o quiero vencer?” “¿Estoy protegiendo la paz o defendiendo mi identidad?” “¿Sería posible contemplar esto de otra manera?”

El Curso ofrece una instrucción sencilla: “Para tener paz, enseña paz para así aprender lo que es” (T-6.V-B.7:5). Enseño paz cuando dejo de utilizar mis palabras, mis silencios y mis gestos como armas. La enseño cuando recuerdo que lo que ofrezco al otro lo refuerzo primero en mi propia mente.

Puedo comenzar con una oración: “Espíritu Santo, quizá me he acostumbrado al conflicto y he confundido la tensión con la vida, la defensa con la seguridad y la intensidad con el amor. No quiero condenarme por ello, pero tampoco quiero seguir protegiéndolo. Muéstrame qué identidad intento conservar cuando lucho. Ayúdame a elegir la paz sin creer que pierdo algo valioso”.

Tal vez el conflicto no desaparezca inmediatamente. Pero cada vez que dejo de alimentarlo, la mente aprende algo nuevo.

Aprende que puede discrepar sin atacar. Que puede poner límites sin condenar. Que puede sentirse viva sin vivir en tensión. Que puede amar sin dramatismo. Que puede permanecer en paz aunque el otro todavía no la elija.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Me he acostumbrado al conflicto?”, sino: “¿Estoy dispuesto a dejar de llamarlo hogar?”.

Y cuando acepto que la paz no es extraña a mi naturaleza, descubro que no tengo que aprender a fabricarla.

Solo tengo que dejar de defender aquello que la ocultaba.

¿Y si aquello que parece herirte no pudiera decidir tu destino… porque la Voluntad de Dios para ti es la felicidad? Aplicando la Lección 235.

¿Y si aquello que parece herirte no pudiera decidir tu destino… porque la Voluntad de Dios para ti es la felicidad? Aplicando la Lección 235.

La Lección 235 nos sitúa ante una afirmación profundamente consoladora: 👉 “Dios, en Su Misericordia, dispone que yo me salve.”

Estas palabras no hablan de un Dios que observa nuestro sufrimiento desde lejos y decide intervenir de vez en cuando. Hablan de algo mucho más profundo: la Voluntad de Dios para Su Hijo nunca ha sido el sufrimiento, la culpa, el miedo ni el castigo. Su Voluntad es nuestra felicidad.

Sin embargo, cuando atravesamos una experiencia dolorosa, nuestra percepción parece decir exactamente lo contrario. Algo ocurre y pensamos que puede dañarnos. Una persona nos decepciona y creemos que puede arrebatarnos la paz. Perdemos algo y pensamos que también hemos perdido una parte de nosotros mismos. Miramos hacia el futuro y creemos que aquello que todavía no ha ocurrido puede convertirse en una amenaza.

La lección nos invita a detenernos y mirar nuevamente. No nos pide negar lo que sentimos ni fingir que una situación difícil no existe. Nos invita a introducir una certeza nueva en medio de aquello que parece herirnos: esto tampoco puede separarme del Amor de Dios.

Quizá aquí comience la verdadera salvación. No necesariamente cuando desaparece el problema, sino cuando comienza a desaparecer nuestra certeza de que el problema posee poder absoluto sobre nuestra paz.

🌿 Aquello que parece herirme.

Normalmente estamos convencidos de que sabemos exactamente qué nos hace sufrir. Señalamos a una persona, una circunstancia, una pérdida, una preocupación o un recuerdo y decimos: esto es lo que me está haciendo daño.

Pero quizá entre lo que sucede y lo que sentimos exista algo que normalmente pasa desapercibido: nuestra interpretación.

No sufrimos únicamente por aquello que vemos, sino también por el significado que le damos. Alguien no responde y pensamos: no le importo. Una persona nos critica y pensamos: no me valora. Algo no sale como esperábamos y concluimos: todo está saliendo mal. Aparece una dificultad y pensamos: esto va a empeorar.

El acontecimiento y nuestra interpretación se unen tan rápidamente que parecen una sola cosa.

Por eso la lección nos invita primero a contemplar nuestra mente. Podemos preguntarnos: ¿qué estoy creyendo acerca de esta situación que me hace sentir separado de la paz?

Quizá creo que necesito que alguien cambie para estar bien. Quizá pienso que necesito conocer el resultado. Quizá creo que algo externo determina mi valor. Quizá creo que estoy solo o que aquello que está sucediendo puede decidir mi futuro.

Cuando estas creencias salen a la luz, algo comienza a cambiar. Ya no estoy luchando solamente con las circunstancias. Estoy mirando la mente desde la que las interpreto.

👉 Quizá no pueda elegir siempre lo que sucede, pero puedo aprender a cuestionar el significado que el miedo le ha dado.

Mirar sin entregar mi poder.

Hay situaciones que parecen tener un poder extraordinario sobre nosotros. Basta recordarlas para que nuestro cuerpo reaccione. Basta pensar en determinada persona para sentir enfado. Basta imaginar cierto futuro para experimentar ansiedad. Basta regresar mentalmente a un acontecimiento del pasado para que vuelva la culpa.

Cuando esto sucede, parece que aquello que ocurrió continúa teniendo autoridad sobre nuestra mente.

La Lección 235 nos invita a recuperar poco a poco esa autoridad. Puedo mirar aquello que me duele sin convertirlo en mi dueño. Puedo reconocer una dificultad sin entregarle mi identidad. Puedo sentir miedo sin declarar que el miedo conoce mi futuro. Puedo atravesar una pérdida sin concluir que el Amor me ha abandonado.

La salvación empieza precisamente aquí: cuando dejo de conceder a las circunstancias el poder de decirme quién soy y qué debo sentir.

👉 Lo que ocurre puede afectar mi experiencia, pero no tiene por qué convertirse en la definición de mi Ser.

🕊️ La Voluntad de Dios para mí es felicidad.

Una de las ideas más difíciles de aceptar cuando estamos sufriendo puede ser ésta: la Voluntad de Dios para mí es felicidad.

Hemos aprendido muchas veces a imaginar un Dios que prueba, castiga, coloca obstáculos o envía sufrimiento. Y cuando ocurre algo doloroso podemos incluso pensar resignadamente: será la voluntad de Dios.

Pero ¿qué sucede si dejamos de atribuirle a Dios aquello que produce miedo?

El Amor no puede querer sufrimiento para aquello que ama. La Fuente de la felicidad no puede desear la infelicidad de Su creación. La perfecta inocencia no necesita castigo.

Esto transforma nuestra relación con Dios. Ya no tengo que acercarme a Él temiendo lo que pueda pedirme ni pensar que debo demostrar mi valor mediante el sufrimiento. Puedo decir: no sé por qué estoy viviendo esto, pero sé que Dios no desea mi miedo. No comprendo cómo se resolverá esta situación, pero sé que el Amor no está contra mí.

Y esta certeza puede convertirse en refugio.

👉 La Voluntad de Dios no compite con mi felicidad; mi verdadera felicidad es inseparable de Su Voluntad.

🌞 Dios no está detrás del sufrimiento.

Hay momentos en los que atribuimos a Dios aquello que tememos. Cuando ocurre una desgracia preguntamos por qué la ha permitido. Cuando perdemos algo pensamos que quizá era Su voluntad. Cuando una situación difícil se prolonga podemos sentir incluso que estamos siendo castigados.

Así, el mismo Dios al que acudimos buscando consuelo acaba convirtiéndose en una fuente secreta de temor. Pero ¿cómo descansar plenamente en unos Brazos de los que sospechamos?

La Lección 235 nos ofrece otra mirada. Dios no está detrás del miedo esperando que aprendamos mediante el sufrimiento. Su Amor permanece en nuestra mente recordándonos que existe otra manera de mirar aquello que estamos viviendo.

Podemos no comprender lo que ocurre. Podemos llorar, sentirnos confundidos, pedir ayuda o necesitar tiempo. Y aun así conservar una pequeña certeza: Dios no está contra mí.

Tal vez esa certeza sea suficiente para abrir una rendija de luz.

👉 Cuando dejo de creer que Dios es la causa de mi sufrimiento, puedo comenzar verdaderamente a confiar en Él.

🤍 La misericordia conserva mi inocencia.

La palabra misericordia puede hacernos imaginar a alguien superior que contempla nuestros errores y decide perdonarnos. Desde esa perspectiva, primero somos culpables y después Dios decide no castigarnos.

Pero podemos comprenderla de una forma mucho más profunda. Dios no necesita cambiar de opinión acerca de Su Hijo. Somos nosotros quienes hemos cambiado de opinión acerca de nosotros mismos.

Nos acusamos, nos condenamos, conservamos errores y construimos identidades basadas en la culpa. Recordamos cosas que hicimos hace muchos años y todavía las utilizamos para demostrar que no merecemos paz.

La misericordia de Dios consiste en que nuestra condena no ha conseguido modificar Su conocimiento de nosotros.

Puedo verme culpable y continuar siendo amado. Puedo creerme indigno y continuar siendo amado. Puedo pensar que me he alejado demasiado y continuar siendo amado. Puedo olvidar completamente mi verdadera identidad y continuar siendo amado.

Esto no significa negar los errores. Podemos responsabilizarnos, reparar, pedir perdón y cambiar conductas. Lo que dejamos de hacer es convertir el error en identidad.

Puedo decir: hice algo desde una mente confundida y ahora deseo elegir de nuevo.

La culpa condena. La inocencia corrige. La culpa fija el pasado. La inocencia permite aprender.

👉 La inocencia no niega mis errores; me permite corregirlos sin convertirme en ellos.

🌿 Estar a salvo no significa controlar la vida.

Cuando pensamos en seguridad, podemos imaginar que significa quedar protegidos de todas las dificultades. Deseamos que nada cambie, que quienes amamos permanezcan siempre, que nuestros planes se cumplan y que ninguna amenaza aparezca.

Pero esa seguridad dependería completamente del mundo y, por ello, siempre habría algo que temer.

La seguridad que esta lección nos invita a recordar es diferente: estoy a salvo porque aquello que soy realmente no puede ser destruido por lo que cambia.

El cuerpo cambia. Las circunstancias cambian. Las relaciones cambian. La salud cambia. Las etapas comienzan y terminan. Pero hay algo en nosotros que no cambia con ellas.

Puedo atravesar un cambio sin desaparecer. Puedo perder una forma de amor sin perder mi capacidad de amar. Puedo cerrar una etapa sin perder mi Ser. Puedo desconocer el futuro sin estar abandonado.

👉 Estar a salvo no significa controlar todo lo que ocurre; significa recordar que lo real en mí no depende de aquello que puede cambiar.

🕊️ Lo que parece amenazarme puede convertirse en una oportunidad.

Normalmente consideramos las dificultades como interrupciones del camino espiritual. Pensamos que estaríamos más cerca de la paz si determinados problemas desaparecieran.

Pero quizá podamos comenzar a mirarlos de otra manera.

Aquello que despierta mi miedo puede mostrarme dónde sigo creyendo que estoy solo. Aquello que despierta mi enfado puede mostrarme dónde continúo entregando mi paz al comportamiento de otro. Aquello que despierta mi culpa puede mostrarme dónde sigo definiéndome por el pasado. Aquello que despierta mi ansiedad puede mostrarme dónde intento controlar el futuro.

Entonces la dificultad puede convertirse en una puerta, no porque Dios la haya enviado ni porque el sufrimiento sea necesario, sino porque, una vez que aparece en nuestra experiencia, podemos decidir utilizarla para despertar.

No necesito agradecer el dolor. Puedo agradecer la oportunidad de contemplarlo de otra manera.

👉 Lo que parecía venir a quitarme la paz puede convertirse en el lugar donde aprenda que la paz no estaba realmente fuera de mí.

🌸 No necesito esperar a que todo se resuelva.

Una de las trampas más frecuentes de nuestra mente consiste en posponer la paz. Estaré tranquilo cuando esto se resuelva. Seré feliz cuando termine este problema. Descansaré cuando conozca la respuesta. Confiaré cuando tenga garantías.

Así la paz siempre queda situada detrás de una condición.

La Lección 235 nos invita a algo mucho más profundo: comenzar a aceptar la paz antes de que todo se haya resuelto.

No necesito conocer el desenlace para elegir confianza ahora. No necesito que otra persona cambie para dejar de alimentar el resentimiento. No necesito tener resuelto mi futuro para respirar profundamente este instante.

Mientras algo se resuelve, también puedo vivir. Mientras no sé, puedo amar. Mientras espero, puedo estar presente. Mientras atravieso una dificultad, puedo continuar recordando quién soy.

👉 No tengo que esperar a que el mundo me conceda permiso para estar en paz.

🤍 La felicidad no es una recompensa futura.

Muchas veces imaginamos la felicidad como el resultado de haber organizado correctamente nuestra vida. Cuando tenga seguridad. Cuando mis relaciones funcionen. Cuando consiga lo que deseo. Cuando haya superado mis conflictos. Entonces seré feliz.

Pero la felicidad que esta lección relaciona con la Voluntad de Dios no es una recompensa futura. Es una condición de nuestra naturaleza que hemos ocultado bajo innumerables exigencias.

El ego dice: serás feliz cuando consigas. El Amor responde: recuerda lo que ya eres.

El ego dice: necesitas más. La paz responde: tu plenitud no ha desaparecido.

Esto no significa renunciar a nuestros proyectos o deseos humanos. Podemos crear, construir y disfrutar. La diferencia consiste en no pedirles que nos completen.

Puedo desear algo sin hacer depender mi identidad de conseguirlo. Puedo disfrutar de alguien sin convertirlo en la fuente de mi Amor. Puedo trabajar para mejorar una situación sin concluir que mientras tanto mi vida carece de sentido.

👉 La felicidad comienza a liberarse cuando dejo de exigirle a cada circunstancia que me proporcione aquello que sólo puede ser recordado dentro de mí.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día, puedes detenerte durante unos instantes y recordar: 👉 “Dios, en Su Misericordia, dispone que yo me salve.” No utilices estas palabras para obligarte a sentirte bien. Permite simplemente que establezcan una dirección para tu mente: hoy quiero recordar que ninguna situación tiene el poder de separarme del Amor.

Después piensa en aquello que actualmente parece preocuparte. Puede ser una conversación pendiente, una decisión, una persona, una preocupación económica, una molestia física, un recuerdo o una incertidumbre.

Míralo sin intentar solucionarlo inmediatamente y pregúntate: ¿qué creo que esto puede quitarme?

Quizá aparezca una respuesta: mi tranquilidad, mi seguridad, mi relación, mi futuro, mi valor.

Entonces recuerda suavemente: mi verdadera seguridad no depende completamente de esto.

Si aparece miedo, no luches contra él. Reconoce: esto es lo que ahora estoy sintiendo, pero no tiene por qué decirme cuál es la Voluntad de Dios para mí. Si aparece culpa, recuerda: puedo corregir sin condenarme. Si alguien despierta tu enfado, pregúntate: ¿estoy entregándole el poder de decidir mi paz?

No se trata de conseguir que el problema desaparezca mediante el pensamiento. Se trata de dejar de alimentar la creencia de que puede separarte del Amor.

👉 Cada vez que miro aquello que parece herirme y elijo no convertirlo en dueño de mi paz, estoy practicando la salvación.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 235 continúa de manera hermosa el movimiento iniciado en las anteriores. Ayer recordábamos nuestra identidad como Hijo de Dios. Hoy comenzamos a aceptar una consecuencia directa de esa identidad: el Hijo que Dios ama no puede tener como destino verdadero el sufrimiento.

Salvarme no significa convertirme en alguien distinto, conseguir que Dios me acepte, demostrar que soy digno ni pagar por mis errores. Significa comenzar a abandonar aquello que me impide experimentar el Amor que nunca dejó de rodearme.

Me salvo de mi interpretación del miedo. Me salvo de la condena. Me salvo de la culpa convertida en identidad. Me salvo de la creencia de que estoy abandonado. Me salvo de pensar que Dios está contra mí.

Y mientras estas creencias se debilitan, aparece confianza. Quizá sea pequeña, pero puede ser suficiente. La confianza para respirar antes de reaccionar. La confianza para no decidir desde el miedo. La confianza para mirar un problema y pensar: quizá exista otra manera de ver esto.

La salvación no comienza cuando hemos deshecho completamente el miedo. Comienza cuando dejamos de considerarlo nuestra única verdad.

👉 Dios no está esperando que encuentre la manera de salvarme; Su Amor ya ha establecido que mi destino no puede ser otro que recordar la paz.

🌟 Frase central: “Aquello que parece herirme no puede decidir lo que soy; la Voluntad de Dios para mí sigue siendo la felicidad.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Hoy quiero mirar de otra manera aquello que parece preocuparme. No quiero negar mis emociones ni fingir que nada me afecta. Tampoco quiero seguir concediendo a cada circunstancia el poder de decidir mi paz.

Padre, hoy quiero recordar que Tu Voluntad para mí no es el miedo. Cuando una situación parezca amenazarme, ayúdame a recordar que no estoy solo. Cuando una persona despierte mi dolor, ayúdame a no entregarle el poder de destruir mi paz. Cuando el futuro me asuste, recuérdame que Tu Amor está conmigo ahora. Cuando el pasado regrese cargado de culpa, recuérdame que puedo aprender sin condenarme.

Quizá no comprenda lo que ocurre. Quizá no sepa cómo terminará. Quizá todavía tenga miedo. Pero puedo introducir una pequeña certeza entre el problema y mi reacción: Dios no está contra mí. El Amor no está contra mí.

Puedo mirar. Puedo sentir. Puedo pedir ayuda. Puedo actuar cuando sea necesario. Puedo poner límites. Puedo cambiar de dirección. Puedo llorar. Puedo esperar. Y mientras hago todo eso, puedo recordar que aquello que estoy atravesando no constituye la totalidad de lo que soy.

Hoy no quiero decir: estoy sufriendo, por lo tanto Dios me ha abandonado. No quiero decir: tengo miedo, por lo tanto estoy perdido. No quiero decir: me equivoqué, por lo tanto soy culpable para siempre.

Quiero mirar más profundamente.

Detrás del miedo continúa estando la paz. Detrás de la culpa continúa estando la inocencia. Detrás de la sensación de abandono continúa estando Tu Presencia. Detrás de cada sueño continúa estando la realidad de Tu Amor.

Hoy quiero recordar que mi salvación no depende de conseguir que el mundo se organice exactamente como deseo. No depende de que todos me comprendan, de que desaparezcan inmediatamente mis problemas, de conocer el futuro ni de ser perfecto. Depende de mi disposición a dejar entrar otra interpretación.

Soy el Hijo que Dios ama. Esto no cambia porque hoy tenga miedo. No cambia porque ayer me equivocara. No cambia porque alguien no me comprenda. No cambia porque una situación sea difícil.

Yo puedo olvidarme de Dios, pero Él no se olvida de mí. Yo puedo creerme perdido, pero Él no me pierde. Yo puedo verme culpable, pero Su Amor continúa contemplando mi inocencia. Yo puedo sentirme solo, pero nunca he salido realmente de Su Amor.

Hoy no necesito resolver toda mi vida. Sólo necesito aceptar durante un instante que la Voluntad de Dios para mí no puede ser otra cosa que Amor.

Padre, hoy pongo en Tus Manos aquello que parece herirme. No porque quiera negar lo que siento, sino porque ya no quiero contemplarlo únicamente a través del miedo. Enséñame a verlo desde Tu Amor. Recuérdame que mi felicidad no contradice Tu Voluntad, sino que forma parte de ella. Recuérdame que sigo siendo inocente, que sigo siendo amado y que sigo estando a salvo.

“Padre, hoy miro aquello que parece herirme y recuerdo que no puede separarme de Ti. Tu Voluntad para mí es felicidad, Tu Amor conserva intacta mi inocencia y, aunque por un instante crea estar perdido, sigo siendo el Hijo que Tú amas. Hoy descanso en la certeza de que Tu Misericordia ya ha dispuesto mi salvación.”

sábado, 22 de agosto de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 234

LECCIÓN 234

Padre, hoy vuelvo a ser Tu Hijo.

1. Hoy vislumbraremos el momento en que los sueños de pecado y de culpa hayan desaparecido y hayamos alcanzado la santa paz de la que nunca nos habíamos apartado. 2Sólo un instante ha transcurrido entre la eternidad y lo intemporal. 3fue tan fugaz, que no hubo interrupción alguna en la continuidad o en los pen­samientos que están eternamente unidos cual uno solo. 4Jamás ocurrió nada que perturbase la paz de Dios el Padre ni la del Hijo. 5Hoy aceptamos la veracidad de este hecho.

2. Te agradecemos, Padre, que no podamos perder el recuerdo de Ti ni el de Tu Amor. 2Reconocemos nuestra seguridad y Te damos las gracias por todos los dones que nos has concedido, por toda la amorosa ayuda que nos has prestado, por Tu inagotable paciencia y por habernos dado Tu Palabra de que hemos sido salvados.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 234 de Un Curso de Milagros, «Padre, hoy vuelvo a ser Tu Hijo», me enseña que el retorno a Dios no implica un cambio real en mi naturaleza, sino el recuerdo de lo que siempre he sido. Esta lección afirma que jamás abandoné mi Hogar, y que mi aparente separación no ha sido más que un sueño. Hoy elijo despertar y aceptar la verdad de mi filiación divina, reconociendo que soy, eternamente, el Hijo de Dios.

El Curso enseña que el Hijo de Dios, haciendo uso del libre albedrío, eligió ver las cosas de otra manera. En la perfecta Unidad con su Padre, no carecía de nada, pues era sustentado por la Fuente Mental de su Creador. Como se afirma: «Mi mente es parte de la de Dios. Soy muy santo» (L-pI.35). En ese estado paradisíaco no existían deseos ni necesidades, sólo la plenitud del Amor y el impulso de crear, de extender la Voluntad divina.

Llamado por ese impulso creativo, el Hijo de Dios creyó posible experimentar la individualidad y el deseo de ser especial. Así comenzó el viaje ilusorio de la separación. Sin embargo, el Curso aclara que la especialidad pertenece al ego y no a la verdad del Ser. En ese aparente recorrido, el Hijo de Dios creyó caminar solo y percibió a los demás como seres separados, olvidando que todos forman parte de la misma Filiación. «Si la Filiación es una, es una desde cualquier punto de vista» (T-10.III.3:2).

La percepción del mundo material lo llevó a identificarse con el cuerpo y a adquirir una conciencia temporal, olvidando su origen eterno. No obstante, esta creencia es un error de percepción. Como nos recuerda el Curso: «No soy un cuerpo. Soy libre» (L-pI.199). La verdad permanece intacta, aguardando pacientemente a ser recordada.

Hoy es un día de despertar y de gratitud. Es el momento de recuperar la visión de lo que somos realmente y de dar gracias a Dios por permitirnos recordar nuestra condición divina. Al reclamar nuestra herencia espiritual, aceptamos la inocencia que nos fue otorgada en la Creación. «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94). En esta afirmación hallamos la certeza de nuestra santidad y la paz eterna.

Hoy, Padre, es sin duda un día festivo, pues Tu Hijo vuelve a su Hogar. En la alegría del recuerdo, abandono las ilusiones y acepto la verdad de mi Ser. Descanso en Tu Amor, consciente de que nunca me he separado de Ti y de que, en Tu eterna Presencia, permanezco para siempre. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 234 enseña que:

• La separación fue un sueño.
• La paz nunca fue alterada.
• La identidad como Hijo de Dios permanece intacta.
• El tiempo no afectó la verdad.
• El regreso es un reconocimiento.

No se trata de reparar algo roto. Se trata de ver que nunca se rompió.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Padre, hoy vuelvo a ser Tu Hijo”.

Esta afirmación no crea una nueva identidad. Revela la que siempre ha estado.

Cada repetición disuelve la culpa, debilita la historia del ego, fortalece la inocencia y abre la experiencia de paz.

Es una lección profundamente restauradora.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección toca una raíz muy profunda: la creencia en el pasado como definitorio.

La mente suele pensar: “Lo que hice me define”. “He cambiado para peor”. “He perdido algo esencial”.

El Curso deshace esto completamente. Afirma que tu esencia no ha cambiado y que tu identidad no ha sido dañada.

Cuando esto se integra, disminuye la culpa profunda, se libera el peso del pasado, aparece una sensación de inocencia y surge alivio emocional profundo.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma que la eternidad no fue interrumpida; que Dios nunca perdió a Su Hijo; que el Hijo nunca dejó a Dios y que la paz divina permanece intacta.

Esto es uno de los puntos más elevados del Curso: la separación no ocurrió en la realidad, y por eso, la salvación es simplemente despertar.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy puedes practicar así:

  1. Repite lentamente la idea.
  2. Observa pensamientos de pasado o culpa.
  3. Recuerda: “Eso fue un sueño”.
  4. Permite sentir que nada real se perdió.
  5. Descansa en esa idea.

No necesitas entenderlo completamente. Solo permitir que la idea toque la mente.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No usar la idea para negar emociones.
No forzar la comprensión.
No rechazar el proceso personal.

Practicar con suavidad.
Permitir que la percepción cambie poco a poco.
Aceptar que el despertar es gradual.

Esta verdad se revela, no se impone.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión ahora es muy clara y profunda:

  • 231: Un solo deseo.
  • 232: Presencia constante.
  • 233: Entrega total.
  • 234: Reconocimiento de que nunca hubo separación.

Este es un punto de inflexión: ya no estás “volviendo”, estás recordando que nunca te fuiste.

CONCLUSIÓN FINAL:

La lección 234 es profundamente consoladora. Deshace la idea de que algo salió mal de forma irreversible.

Nos recuerda que la historia del ego —con culpa, pérdida y separación— fue solo un sueño. Y que la verdad permanece intacta: Siempre hemos sido el Hijo de Dios.

Cuando la mente acepta esto, aunque sea por un instante, ocurre algo muy suave pero muy real: el peso desaparece. Y en su lugar queda algo familiar… como si nunca lo hubieras perdido.

FRASE INSPIRADORA: “No regreso a Dios; descubro que nunca me fui”.


Ejemplo-Guía: “¿Cómo te imaginas un mundo en el que el hombre ha recordado que es el Hijo de Dios?”

El nacimiento al mundo físico viene, habitualmente, acompañado por el llanto de la criatura. Ese llanto constituye la primera evidencia de que el cuerpo responde al nuevo estado de percepción que le ofrece el mundo. Es el símbolo de la entrada en un entorno desconocido y, desde una perspectiva espiritual, representa la adaptación a la experiencia de la separación.

Antes de ese instante, el ser ha permanecido en contacto directo con su creador biológico. El vientre materno ha sido su hogar durante el período de gestación. En ese estado, ha gozado de seguridad, plenitud y abundancia, sin experimentar necesidad alguna ni poseer conciencia individual. Formaba parte de su fuente de vida, en una unión íntima y perfecta.

Este símil puede ayudarnos a comprender la relación entre Dios y Su Hijo. Así como el recién nacido no recuerda su vida en el seno materno, el ser humano parece haber olvidado su unión con Dios. Nuestra memoria se encuentra identificada con la información que procede del mundo de la percepción, es decir, del escenario que fabricamos cuando creemos habernos desvinculado de nuestro Creador. Sin embargo, este olvido no es real, sino una ilusión de la mente.

El recuerdo de que soy el Hijo de Dios me lleva a imaginar un mundo libre de miedos. La percepción verdadera de lo que soy me conduce a aceptar que mi función en este mundo consiste en extender el amor mediante la visión del perdón. De este modo, nos convertimos en testigos vivientes de la inocencia y la impecabilidad que constituyen nuestra verdadera naturaleza. Como enseña el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94).

Surge entonces una pregunta trascendental: ¿cuántas mentes deben alcanzar esta visión para que el mundo se transforme del miedo al amor? Un Curso de Milagros nos ofrece una respuesta reveladora: «Hoy sólo se necesitan dos que deseen gozar de felicidad para que se la ofrezcan al mundo entero… Sólo se necesitan dos» (T-30.I.17:1-4).

Esta enseñanza nos recuerda el poder de la unión. Cuando dos mentes se alinean en un propósito santo, la separación se disuelve y la verdad se restablece. El número dos, símbolo de la dualidad, se convierte en la puerta de retorno hacia la unidad. Al integrar al otro en nuestro interior, recordamos que jamás ha existido separación, salvo en la falsa creencia de la mente.

Imaginar un mundo en el que el hombre ha recordado que es el Hijo de Dios es contemplar una realidad sin miedo, sin culpa y sin conflicto. Es un mundo donde el perdón sustituye al juicio, la comprensión al ataque y el amor a la separación. En él, cada encuentro se convierte en una oportunidad para reconocer a Cristo en nuestros hermanos y reafirmar la unidad que compartimos.

La Lección 234 nos invita a regresar conscientemente a nuestra verdadera identidad: «Padre, hoy vuelvo a ser Tu Hijo». Este retorno no implica un cambio en la realidad, sino en la percepción. Significa recordar lo que siempre hemos sido: uno con Dios y con toda la creación.

Parafraseando el célebre principio de Arquímedes —«Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo»— podemos expresar: «Integra a tu hermano y vencerás al mundo». Al reconocer la unidad que nos une, trascendemos la ilusión de la separación y permitimos que el amor transforme nuestra percepción.

Así, la salvación del mundo no depende de multitudes, sino de la decisión de una mente dispuesta a recordar, y de otra que se una a ella. Cuando dos se unen en el amor, el mundo entero es bendecido. En ese instante, el miedo se disuelve y la verdad resplandece, revelando la eterna unidad del Hijo con su Padre.


Reflexión: Integrando a nuestro hermano. ¿Existe el otro?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 235

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