¿Qué me enseña esta lección?
Esta lección
me enseña que el Amor es la única fuerza que no abriga resentimientos,
porque es la única que no cree en el pecado. El Amor no juzga, no condena, no
ve separación ni reconoce el miedo. Allí donde el Amor está presente, el
resentimiento no puede existir.
El ego, en cambio, se asocia con el miedo, la
separación, el odio, el ataque y la venganza, con la culpa y el dolor, con la
enfermedad y la destrucción. Todas estas percepciones son expresiones de un
mismo estado mental: el resentimiento contra uno mismo,
proyectado hacia fuera.
Cada vez que juzgamos o condenamos, nos separamos
del Amor y damos lugar al resentimiento. Al hacerlo, levantamos barreras de
separación entre nosotros y el mundo, atacamos a nuestros hermanos y
demostramos que hemos olvidado el Sagrado Nombre de Dios, aquel que
nos recuerda la Unidad.
Por ello, se hace necesario despertar a
la fuerza del Amor. Solo el Amor puede liberarnos del
sufrimiento, porque no entiende de culpa, ni de miedo, ni de separación. El
Amor nos conduce a una conciencia plena, abundante y creadora. Es la fuerza que
nos libera y nos permite el reencuentro con nuestro verdadero Ser.
El significado etimológico del término resentimiento
nos ayuda a comprender su naturaleza. Procede del latín y surge de la unión de
tres vocablos: el prefijo re-, que indica repetición; el verbo sentire,
que significa sentir; y el sufijo -miento, entendido como medio o
resultado.
Así, resentir es volver a sentir una y otra vez una emoción negativa.
El resentimiento es la acción y el efecto de
resentirse: mantener un enojo o pesar por algo ocurrido. Se manifiesta a través
de actitudes como la hostilidad hacia alguien, la ira no resuelta frente a un
acontecimiento, el enfurecimiento o la incapacidad para perdonar. En este
sentido, el resentimiento es una señal clara de que no estamos eligiendo cumplir
nuestra función en este mundo: perdonar.
El resentimiento no es más que la prolongación de
un sentimiento negativo en el tiempo. Una persona puede experimentar ira u odio
durante un momento; pero si ese estado no se disuelve, se transforma en
resentimiento. Y la única manera de que el resentimiento desaparezca es a través del
perdón o de la aceptación.
Esta lección me recuerda, por tanto, que el Amor no
abriga resentimientos, y que cada vez que elijo el Amor, libero
mi mente del pasado y restauro la paz que siempre ha sido mi herencia.
Propósito y sentido de la lección:
El propósito de esta lección es deshacer la
incompatibilidad entre identidad y resentimiento.
Después de afirmar en la Lección 67 que el
Amor me creó a semejanza de Sí Mismo, el Curso da el paso lógico inmediato:
Si fui creado por el Amor, no puedo sostener lo
que el Amor no sostiene.
El ego intenta preservar la identidad falsa
manteniendo resentimientos, porque el resentimiento refuerza la separación, valida la historia personal, justifica el ataque y sostiene la culpa proyectada.
La lección no condena el resentimiento; lo redefine
como una forma de auto-negación.
Instrucciones prácticas:
La práctica es clara y honesta:
• Identificar resentimientos concretos.
• No jerarquizarlos (ni grandes ni pequeños).
• Repetir la idea dejando que corrija, no que juzgue.
Durante el día: Usar la idea cuando aparezca irritación, un recuerdo
doloroso, un juicio
persistente o la sensación
de injusticia.
La práctica no consiste en “ser mejor persona”, sino en elegir coherencia
con la identidad.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección confronta una creencia profundamente
arraigada: “Tengo derecho a este resentimiento.”
Desde ahí surgen la rigidez
emocional, la rumiación, el victimismo y la dificultad
para soltar el pasado.
Aceptar que el Amor no abriga resentimientos produce efectos claros, ya que reduce la carga emocional acumulada, desactiva la narrativa de agravio, libera energía psíquica retenida, y suaviza la autoimagen corporal y defensiva.
El resentimiento deja de verse como defensa y se reconoce como autoataque.
Espiritualmente, esta lección afirma: el
resentimiento y la visión verdadera no pueden coexistir.
No porque el resentimiento sea “malo”, sino
porque niega el origen amoroso.
Abrigar resentimientos es insistir en una
identidad corporal, vulnerable y atacable. Soltarlos es permitir que la mente
recuerde su origen en el Amor.
Aquí el Curso muestra que el perdón no es moral, sino
ontológico: afecta a lo que crees ser.
Relación con la progresión del Curso:
La secuencia se afina así:
• 67 → Origen: el Amor me creó como Él
• 68 → Coherencia con el origen: sin resentimientos
Después de establecer la causa (Amor), el Curso elimina el principal
obstáculo experiencial a recordarla: el resentimiento.
Esta lección es el primer desmantelamiento directo del odio como identidad.
Consejos para la práctica:
• No negar que hay resentimiento.
• No justificarlo intelectualmente.
• No forzar sentimientos opuestos.
Aplicar la idea cuando surjan pensamientos como:
• “Esto no lo puedo olvidar.”
• “Con razón me siento así.”
• “Si suelto esto, pierdo algo.”
• “No fue justo.”
Y repetir suavemente: “El Amor no abriga resentimientos.”
Como recordatorio de naturaleza, no de exigencia.
Conclusión final:
La Lección 68 enseña que el resentimiento no
protege la identidad: la oculta.
No es una defensa legítima, es una forma de
olvidar el origen.
El Curso afirma aquí una verdad profundamente
liberadora: No suelto el resentimiento porque el otro lo merezca. Lo suelto
porque yo merezco recordar quién soy.
Frase
inspiradora: “Cuando suelto el resentimiento, el Amor recuerda quién soy por mí.”
Ejemplo-Guía: "Siento resentimiento por..."
Esta lección
es especialmente concreta y práctica, pues dirige
nuestra atención hacia uno de los argumentos más habituales del ego: el resentimiento.
A lo largo del tiempo, la religión —en su noble
propósito de guiarnos hacia la salvación— nos ha transmitido una visión que,
lejos de liberarnos, ha favorecido la confusión y el resentimiento. ¿Por qué?
Porque nos ha llevado a juzgar a Dios,
presentándonos un rostro de la divinidad que no es real ni amoroso: el del
rigor y el castigo.
La lectura del Antiguo Testamento está repleta de
escenas en las que Dios parece castigar los “pecados” de los hombres. Esta
imagen de un Dios vengativo, castigador, de un Dios que expulsó a Su Hijo del
Paraíso en lugar de perdonarlo, ha quedado grabada en el inconsciente colectivo
de la humanidad. Como consecuencia, cuando creemos haber pecado, sentimos miedo.
¿Cómo vamos a amar a quien creemos que nos priva
de la abundancia y de la felicidad?
¿Cómo vamos a amar a quien creemos que nos condenó a ganarnos el pan con el
sudor de la frente?
¿Cómo vamos a perdonar a quien creemos que no nos ha perdonado y a quien
identificamos como el causante de nuestras desgracias?
En realidad, nuestros resentimientos no son contra Dios, sino contra nosotros mismos, por
creernos indignos del Amor de nuestro Padre. No son contra Dios, sino contra nosotros mismos, por creernos pecadores y
culpables, por creer que hemos ofendido a nuestro Creador.
El mundo que hemos inventado siguiendo nuestra
propia iniciativa se ha convertido, en nuestra percepción, en un mundo de
perdición. El cuerpo —la manifestación visible de esa fabricación—
ha pasado a ser visto como causa de dolor, de pecado y de resentimiento, cuando
en verdad no es causa de nada, sino efecto de una mente errada.
Una mente que cree en el pecado y que está infectada por el miedo, la culpa, el
castigo, el rencor, la ira, la enfermedad y la muerte.
Así, el mundo de la percepción se nos presenta
como un paisaje hostil, porque la moneda de cambio con la que nos relacionamos
con él es el resentimiento: culpa no resuelta, no
perdonada.
Llegados a este punto, se hace necesario realizar
un ejercicio de autoanálisis que favorezca el
autoconocimiento y la liberación del pasado. La pregunta es sencilla de
formular, pero exige total honestidad en la respuesta:
¿Qué o quién te causa resentimiento?
La sanación del resentimiento nos brinda la
oportunidad de ejercer conscientemente la función que se nos ha encomendado: perdonar.
Por ejemplo: Siento resentimiento hacia Dios.
Si soy el Hijo de Dios, este resentimiento es, en realidad, odio hacia mí
mismo. En este instante santo hago consciente el perdón en mi mente y lo
extiendo a toda la Filiación, pues en la Filiación reconozco el rostro de Dios
y el mío propio.Tal vez prefieras ser más concreto y nombrar a
quienes, con nombres y apellidos, crees que son objeto de tu resentimiento:
- Siento un
profundo resentimiento hacia mi padre, porque me causó mucho daño.
- No podré
perdonar jamás a mi pareja; me abandonó y me engañó.
- No podré
perdonar a la vida; se llevó a mi hijo cuando apenas tenía cinco años.
- Jamás podré
perdonar a los responsables de los atentados que causaron la muerte de tantos
inocentes.
Podríamos añadir muchos más ejemplos. Ese es el
trabajo personal que cada uno debe realizar. Conviene recordar siempre que no existen distintos niveles de resentimiento. No hay
resentimientos leves ni graves. Todos comparten una misma causa y residen en la
mente errada, allí donde el miedo ha sustituido al Amor.
Esta lección nos invita a elegir de nuevo y a
recordar una verdad fundamental: el Amor no abriga resentimientos, y cuando
elegimos el Amor, la mente queda liberada y la paz es restaurada.
Reflexión: Recordar que el "otro" forma parte de mí me ayuda a conocerme.