domingo, 20 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 263

LECCIÓN 263

Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas.

1. Padre, Tu Mente creó todo cuanto existe, Tu Espíritu se adentró en ello y Tu Amor le infundió vida. 2¿Y voy yo acaso a contemplar lo que Tú creaste como si en ello pudiese anidar el pecado? 3No quiero percibir imágenes tan tenebrosas y atemorizantes. 4Es imposible que yo pueda preferir el sueño de un loco a toda la hermosura con la que tú bendijiste la creación; a toda su pureza y dicha, así como a su eterna y serena morada en Ti.

2. Y mientras todavía nos encontremos ante las puertas del Cielo, contemplemos todo cuanto veamos a través de una visión santa y de los ojos de Cristo. 2Permite que todas las apariencias nos parez­can puras, para que podamos pasarlas de largo con inocencia, y dirigirnos juntos a la casa de nuestro Padre como hermanos y como los santos Hijos de Dios que somos.


¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 263 de Un Curso de Milagros, «Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas», me enseña que la verdadera percepción no reconoce el pecado, sino la inocencia eterna del Hijo de Dios. Esta lección me invita a abandonar la visión de la separación y a contemplar la realidad con los ojos del Espíritu, reconociendo la santidad que habita en todo lo creado. Al aceptar esta verdad, mi mente se libera del miedo y descansa en la paz de Dios.

Alcanzado este punto, no podemos seguir identificados con el mundo de la separación ni ver a nuestros hermanos como cuerpos. Percibirlos así refuerza la creencia de que estamos aislados unos de otros. Sin embargo, Dios creó a Su Hijo y éste es Uno con su Creador. Como afirma el Curso: «La Filiación es una» (T-5.IV.2:13). Reconocer esta unidad es recuperar la memoria de nuestra verdadera identidad espiritual.

La aparente acción creadora del Hijo de Dios lo llevó a elegir entre la unicidad de su origen y la ilusión de la separación. Al desear ser especial y diferente, se identificó con el envoltorio material que le otorgaba una forma individual. Así surgió la conciencia de la separación y el inicio de la temporalidad, donde la vida y la muerte parecen sucederse. No obstante, esta experiencia no es más que un sueño sin efectos reales sobre la eternidad.

Hemos fabricado un mundo sujeto al cambio y, por lo tanto, a la ilusión. Nada que responda a las leyes del tiempo puede ser real. El Curso lo declara con claridad: «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe» (T-in.2:2-3). Tan sólo el Espíritu, eterno e inmutable, es verdadero. El Espíritu es santo, impecable y perfecto, libre de toda limitación.

La visión de la separación se sustenta en la falsa creencia en el pecado, y el miedo es su consecuencia inevitable. Al creer que hemos pecado, tememos a Dios y pensamos que nos hemos alejado del Amor. Para recuperar la inocencia, creemos necesario someternos al castigo, al sufrimiento y al sacrificio. Sin embargo, esta idea es una ilusión del ego. El Curso nos recuerda: «El Hijo de Dios es inocente» (T-13.I.5:6). Nuestra pureza jamás ha sido mancillada.

Sólo la Visión Pura, la visión de Cristo, nos permitirá reconocer que siempre hemos sido inocentes. Al aceptar esta verdad, contemplamos el mundo con ojos de amor y nos reconciliamos con toda la creación. Hoy elijo ver todas las cosas puras, reconociendo la santidad que Dios ha depositado en Su Hijo. En esta visión encuentro la paz que Él ha dispuesto para mí desde la eternidad. Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 263 enseña que la percepción de pecado es una proyección.

Nada de lo que ves es realmente impuro. La creación permanece tal como Dios la creó.

La visión puede ser corregida. La pureza es la verdad de todo lo que existe.

No es cambiar el mundo, es cambiar la mirada.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas”.

Cada repetición deshace el juicio, debilita la proyección, disuelve el miedo y abre paso a una percepción más pacífica.

No se trata de convencerse, sino de permitir otra interpretación.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja directamente sobre la proyección y el juicio.

Cuando percibes impureza: interpretas negativamente, anticipas peligro, reaccionas con defensa y refuerzas el miedo.

Cuando esto se corrige: disminuye la reactividad, se suaviza la interpretación, aparece mayor calma y se reduce la necesidad de defensa.

No porque el mundo cambie, sino porque dejas de atacarlo con tu percepción.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que la creación es completamente pura, nada real puede corromperse, el pecado no tiene existencia real, y la visión de Cristo revela la verdad.

Y revela algo profundamente liberador: No estás viendo un mundo dañado, estás viendo con una mente que aún necesita corrección.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

Observa cuándo percibes error, defecto o culpa en lo que ves.

Detecta interpretaciones negativas automáticas.

Y entonces recuerda: “Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas”.

Puedes acompañarlo con:

  • “Esto no es lo que parece”.
  • “La pureza sigue ahí”.

No intentes forzar una visión; permite que se suavice tu interpretación.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No negar lo que percibes a nivel práctico.
No forzar una visión artificial de “todo es perfecto”.
No reprimir emociones.

Aplicarla a nivel de interpretación interna.
Permitir que reduzca el juicio.
Usarla como apertura, no como imposición.

La pureza no se crea, se reconoce.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa profundizándose:

260 → Dios es mi origen.
261 → Dios es mi refugio.
262 → Somos uno en Él.
263 → Todo lo que veo es puro en Él.

Ahora no sólo reconoces la unidad, comienzas a ver su inocencia.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 263 es profundamente purificadora:

Nada real está contaminado.
Nada verdadero puede corromperse.
Nada de lo que ves es lo que el ego dice que es.

La percepción cambia, y con ella, la experiencia del mundo.

Porque cuando dejas de ver pecado, desaparece el miedo.
Y cuando desaparece el miedo, sólo queda la paz.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de proyectar miedo, comienzo a reconocer la pureza que siempre ha estado presente en todo”.


Ejemplo-Guía: "Contemplando el mundo con los ojos de Cristo"

¿Qué significa ver con los ojos de Cristo?

Significa ver el mundo desde la verdad. Significa recuperar la verdadera visión. Es abandonar la percepción errónea del ego para contemplar la realidad con la claridad del amor. Ver con los ojos de Cristo no implica un cambio en lo que vemos, sino en la manera en que lo interpretamos. Es sustituir el juicio por el perdón, el miedo por el amor y la ilusión por la verdad (T-12.VI.4:4; L-pI.161.11:7-8).

El ego intenta enseñarnos a ganar el mundo a costa de perder nuestra alma, haciéndonos creer que la realidad se encuentra en lo material. Sin embargo, el Espíritu Santo nos recuerda que nada de valor puede hallarse en el mundo de la percepción, pues este no puede ofrecernos lo que verdaderamente anhelamos. Cuando invertimos en lo ilusorio, empobrecemos nuestra conciencia al negar nuestra auténtica identidad espiritual. No podemos perder nuestra alma, pero sí podemos olvidar la conciencia de ella (T-12.VI.1:1-7).

El Espíritu Santo es nuestra fortaleza porque nos conoce tal como somos: espíritu eterno e invulnerable. Su misión es enseñarnos a recordar nuestra verdadera naturaleza. Él mantiene vivo en nuestra mente el recuerdo de Dios y nos guía amorosamente hacia la verdad. Aunque hayamos decidido olvidar a nuestro Padre, ese olvido nunca ha sido definitivo, pues siempre podemos elegir de nuevo. Así como Cristo eligió la verdad, nosotros también podemos hacerlo (T-12.VI.2:1-8).

Ver con los ojos de Cristo es reconocer que el mundo carece de valor en sí mismo. Lo único que le confiere significado es el amor con el que lo contemplamos. Cada pensamiento amoroso proyectado hacia el exterior nos acerca a la percepción correcta y fortalece nuestra conciencia de nuestra propia valía. El mundo real, regalo del Espíritu Santo, se hace visible cuando decidimos ver con amor. Este mundo no es un lugar físico, sino un estado de percepción purificada (T-12.VI.3:1-6).

La visión de Cristo corrige nuestra ceguera espiritual. El Espíritu Santo abre los ojos de aquellos que duermen en el sueño del olvido y los conduce al recuerdo de Dios. Los ojos de Cristo permanecen abiertos, contemplando con amor la perfección del Hijo de Dios. Cuando aceptamos Su visión como nuestra, comenzamos a percibir la inocencia en todos los seres y la santidad en toda la creación (T-12.VI.4:1-10).

El despertar se inicia cuando invertimos en el mundo real, aprendiendo a reconocer nuestra propia valía. La realidad es una con el Padre y con el Hijo, y el Espíritu Santo bendice el mundo real en Nombre de ambos. Cristo nunca ha estado dormido; Él espera pacientemente a que aceptemos Su visión. Nos aguarda en el altar del Padre, ofreciéndonos el Amor divino y recordándonos que jamás hemos sido separados de Dios (T-12.VI.4:9-10; T-12.VI.5:1-9).

Cada Hijo de Dios es uno en Cristo, así como Cristo es uno con Dios. El Amor que Cristo nos ofrece es el mismo Amor que comparte con el Padre. Cuando el Espíritu Santo nos conduce a esta comprensión, la percepción se funde con el conocimiento y la mente se ilumina con la verdad. A medida que aprendemos a reconocer los elementos comunes en todas las situaciones, nuestra percepción se universaliza y se alinea con las leyes de Dios (T-12.VI.6:1-7).

Lo que es uno no puede ser percibido como separado. Negar la separación es restaurar el conocimiento. En el altar de Dios, la percepción se vuelve tan santa que la luz divina resplandece en ella. Entonces, el mundo pierde su propósito y se disuelve en el Propósito de Dios. El mundo real se desvanece suavemente en el Cielo, donde todo lo eterno ha existido siempre (T-12.VI.7:1-5).

Allí, Redentor y redimido se unen en perfecto amor. El Cielo es nuestro hogar, y al estar en Dios, también está en nosotros. Ver con los ojos de Cristo es recordar esta verdad y aceptarla como nuestra única realidad (T-12.VI.7:6-7).

Contemplar el mundo con la visión de Cristo implica reconocer la inocencia en cada hermano, perdonar toda apariencia de error y extender el amor sin condiciones. Es comprender que cada encuentro es una oportunidad para recordar la unidad y que cada instante es una invitación al despertar (T-8.III.4:1-5).

Hoy podemos elegir esta visión. Podemos permitir que el Espíritu Santo transforme nuestra percepción y nos muestre el mundo real. Al hacerlo, descubrimos que la paz siempre ha estado en nosotros y que la verdad nunca nos ha abandonado (T-12.VI.3:6; T-12.VI.4:4).

Ver con los ojos de Cristo es ver sin miedo, sin juicio y sin separación. Es ver con amor.

Y al ver con amor, recordamos que somos uno con Dios.


Reflexión: ¿Qué entiendes por visión pura?

¿Y si ver pureza no significara pensar que todo lo que ocurre está bien… sino dejar de confundir el error que percibes con la verdad de lo que Dios creó? Aplicando la Lección 263.

 ¿Y si ver pureza no significara pensar que todo lo que ocurre está bien… sino dejar de confundir el error que percibes con la verdad de lo que Dios creó? Aplicando la Lección 263.

La Lección 263 nos invita a realizar un cambio muy profundo en nuestra manera de mirar: 👉 “Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas.” Esto no significa negar que en el mundo percibimos conductas equivocadas, dolor, conflicto o miedo, ni obliga a considerar perfecta toda apariencia. La enseñanza apunta a otro nivel: aquello que Dios creó no puede haber sido corrompido por nuestra percepción. La creación permanece en Su Amor y, por tanto, nuestra verdadera Identidad continúa siendo pura. La visión de Cristo no modifica necesariamente lo que los ojos contemplan, sino el significado que damos a aquello que vemos. Allí donde el ego busca pecado, culpa y condena, la visión santa aprende a reconocer inocencia, posibilidad de corrección y una realidad más profunda que ninguna apariencia puede destruir.

🌿 La impureza que percibo habla también de la mirada con la que estoy viendo.

Estamos acostumbrados a pensar que simplemente observamos el mundo tal como es. Alguien actúa de una manera determinada y creemos que nuestra interpretación es una conclusión evidente acerca de esa persona. Sin embargo, la Lección 263 nos invita a reconocer que vemos también a través de nuestros juicios, temores, experiencias pasadas y creencias. Allí donde hemos aprendido a esperar ataque, podemos interpretar amenaza. Allí donde existe culpa en nuestra mente, podemos buscar culpables fuera. Esto no significa que inventemos cada acontecimiento, sino que la interpretación que hacemos de él puede quedar profundamente condicionada por aquello que llevamos dentro. La visión santa comienza cuando dejamos abierta la posibilidad de que nuestra primera interpretación no sea toda la verdad.

👉 Cuando creo ver impureza absoluta en algo o en alguien, quizá no esté contemplando lo que Dios creó, sino el significado que mi miedo ha añadido.

Ver pureza no significa justificar el error.

Éste es un punto esencial para aplicar correctamente la lección. Si alguien nos engaña, hiere o actúa de manera irresponsable, ver su pureza no significa afirmar que su conducta es correcta. Podemos reconocer el error, tomar decisiones, establecer límites y actuar con firmeza. La visión santa no elimina el discernimiento; elimina la condena como identidad. Puedo decir: esto que has hecho necesita corrección, sin añadir: esto demuestra que eres esencialmente malo. Puedo reconocer una conducta dañina sin convertirla en la totalidad del hermano. La diferencia es enorme, porque el juicio sentencia mientras que la visión santa deja abierta la posibilidad de aprendizaje y transformación. El propio material de la lección subraya que no se trata de negar lo que percibimos en el nivel práctico, sino de permitir una interpretación distinta, sin reprimir emociones ni forzar una visión artificial de que “todo es perfecto”.

👉 La pureza no consiste en llamar bueno a lo que hace daño, sino en recordar que ningún error posee el poder de transformar la esencia que Dios creó.

🕊️ La culpa oscurece la pureza porque transforma la equivocación en condena.

Cuando creemos profundamente en la culpa, resulta difícil mirar con inocencia. Si alguien comete un error, sentimos que debe pagar. Si nosotros nos equivocamos, pensamos que deberíamos castigarnos. Así, el sufrimiento parece convertirse en una forma de compensación. Pero la culpa no corrige; fija la mente en aquello que pretende superar. La visión santa propone algo diferente: reconocer el error, aprender de él y permitir que sea corregido sin convertirlo en pecado. Esto se aplica tanto a los demás como a nosotros mismos. Puedo responsabilizarme de una decisión sin hacer de ella mi identidad. Puedo pedir perdón, reparar cuando sea posible y elegir de otra manera. Y después puedo dejar de utilizar el pasado como una prueba permanente de impureza.

👉 Cuando dejo de utilizar la culpa como castigo, el error recupera su verdadera naturaleza: algo que puede ser visto, comprendido y corregido.

🌞 Ver con los ojos de Cristo es mirar más allá de la primera apariencia.

La visión de Cristo no tiene que imaginarse como una capacidad extraordinaria o sobrenatural. Puede comenzar con algo mucho más sencillo: no detenernos en la primera interpretación que ofrece el ego. Cuando alguien está enfadado, el ego dice: me está atacando. La visión puede preguntarse: ¿hay miedo detrás de esta reacción? Cuando alguien actúa egoístamente, el ego sentencia: es una persona egoísta. La visión puede reconocer una conducta sin afirmar que contiene toda la verdad acerca de quien la realiza. Cuando nos equivocamos, el ego afirma: otra vez has demostrado lo que eres. La visión santa responde: esto necesita corrección, no condena. Poco a poco dejamos de mirar únicamente las apariencias y comenzamos a reconocer que detrás de ellas continúa existiendo una identidad que no ha sido modificada por el sueño.

👉 Ver con Cristo es dejar de tomar una apariencia temporal como sentencia definitiva acerca de un Ser eterno.

🤍 La pureza que reconozco en mi hermano me ayuda a recordar la mía.

No podemos mantener dos sistemas de pensamiento completamente diferentes: uno para nosotros y otro para los demás. Si creo que el error de mi hermano lo ha convertido en culpable, también temeré que mis errores puedan hacer lo mismo conmigo. Cada juicio que utilizo contra otro establece una ley que después aplico silenciosamente a mi propia mente. Por eso el perdón y la visión santa son inseparables. Cuando dejo de reducir al hermano a lo que hizo, también empiezo a liberarme de la identidad que he construido alrededor de mis propios errores. La Lección 263 continúa así el movimiento de la anterior: primero aprendimos a mirar más allá de las diferencias, y ahora comenzamos a reconocer la inocencia que existe detrás de ellas.

👉 La pureza que estoy dispuesto a ver en otro se convierte también en un permiso para recordar que mi verdadera Identidad nunca fue dañada.

🌿 El miedo necesita un mundo contaminado para justificarse.

Si creemos que estamos rodeados de peligro, culpa y maldad, la defensa parece necesaria. El miedo necesita encontrar continuamente pruebas que confirmen su existencia. Por eso una mente asustada interpreta muchas situaciones desde la sospecha. Cuanto más miedo sentimos, más fácil resulta ver amenazas; y cuanto más amenazas vemos, más miedo sentimos. La visión santa rompe ese círculo. No nos obliga a volvernos ingenuos, sino a reconocer que una percepción basada enteramente en miedo no puede ofrecernos paz. Podemos protegernos cuando sea necesario sin convertir el mundo entero en un enemigo. Podemos actuar con prudencia y, al mismo tiempo, negarnos a afirmar que todo está esencialmente corrompido. El material de la lección lo resume con claridad: no estamos necesariamente viendo un mundo dañado; podemos estar viendo con una mente que aún necesita corrección.

👉 Cuando disminuye la necesidad de proyectar miedo, comienza a aparecer una realidad que el miedo no podía mostrarnos.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas.” No intentes convencerte de algo que todavía no sientes. Observa simplemente cuándo aparece el juicio. Tal vez mires a alguien y pienses inmediatamente: siempre es igual, no tiene remedio, es una persona difícil. Puedes detenerte y decir: esto es una interpretación; quizá no estoy viendo toda la verdad. Si alguien actúa de manera equivocada, reconoce el comportamiento, pero prueba a separar en tu mente la acción de la identidad. Si eres tú quien se equivoca, no conviertas el error en una sentencia sobre tu valor. Puedes acompañar la práctica con dos ideas muy sencillas: esto no es todo lo que parece. La pureza sigue ahí. No se trata de forzar una visión espiritual, sino de suavizar poco a poco la interpretación.

👉 La práctica de hoy no consiste en negar aquello que veo, sino en dejar de afirmar que mi juicio sobre ello es la única verdad posible.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 262 nos invitaba a dejar de utilizar las diferencias para reforzar la separación. La 263 profundiza esa misma mirada: cuando dejamos de ver únicamente formas separadas, comenzamos a reconocer la pureza que comparten. Ya no se trata sólo de decir “somos uno”, sino de permitir que esa unidad modifique la manera en que interpretamos a cada hermano y a nosotros mismos. El ego observa el mundo y encuentra continuamente razones para acusar. La visión santa observa las mismas apariencias y recuerda que nada real puede haber sido corrompido. Esto no transforma mágicamente las escenas del mundo, pero transforma profundamente nuestra experiencia de ellas. Cuando disminuye el juicio, disminuye la defensa. Cuando disminuye la defensa, disminuye el miedo. Y cuando el miedo pierde fuerza, la paz deja de parecer algo lejano. La propia lección nos invita a contemplar todas las apariencias con una visión santa para poder avanzar juntos hacia nuestro verdadero Hogar.

👉 Cuando dejo de mirar el mundo buscando pruebas de pecado, comienzo a descubrir señales de una inocencia que nunca desapareció.

🌟 Frase central: “Ver pureza no es negar el error, sino dejar de utilizarlo para ocultar la inocencia que Dios nunca dejó de ver en Su Hijo.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero aprender a mirar con otros ojos. Durante mucho tiempo he contemplado el mundo buscando errores, defectos y razones para juzgar. He creído que mis interpretaciones describían perfectamente a quienes tenía delante y, muchas veces, también me he definido a mí mismo por aquello que hice mal.

Hoy quiero permitir una mirada diferente.

Si veo un error, ayúdame a reconocerlo sin convertirlo en condena. Si alguien me hiere, dame claridad para actuar sin utilizar el dolor como prueba de que ese hermano ha perdido su valor. Si necesito poner un límite, que pueda hacerlo sin odio. Y si soy yo quien se equivoca, ayúdame a corregir sin utilizar la culpa para negar aquello que Tú creaste.

No quiero fingir que todo en el mundo es perfecto. Quiero recordar que detrás de todas las apariencias existe algo que sigue siendo tal como Tú lo creaste.

Cuando aparezca mi juicio, quiero detenerme. Cuando el miedo interprete, quiero esperar. Cuando crea saber completamente quién es alguien, quiero recordar que mis ojos sólo ven una parte.

Padre, préstame hoy la visión de Cristo. Que pueda mirar a mis hermanos más allá de sus historias, sus errores y sus cuerpos. Que pueda reconocer en ellos la misma pureza que deseo recordar en mí. Que cada encuentro se convierta en una oportunidad para retirar un poco de miedo de mi percepción.

Hoy quiero ver sin condenar. Corregir sin atacar. Discernir sin separar.

Y recordar que nada verdadero ha sido manchado. Nada eterno ha sido corrompido. Nada creado por Ti ha dejado de ser puro.

“Padre, hoy quiero contemplar Tu creación con una visión santa. Ayúdame a reconocer los errores sin convertirlos en pecado, a mirar a mis hermanos sin reducirlos a sus conductas y a recordar que mi propia pureza tampoco ha sido alterada por mis equivocaciones. Que el miedo deje de interpretar por mí y que, allí donde antes veía culpa, pueda comenzar a reconocer la inocencia que Tu Amor nunca dejó de contemplar.”

¿Qué pasaría si dejara de defender mi vida?

¿Qué pasaría si dejara de defender mi vida?

Esta pregunta puede producir rechazo inmediato. Porque “dejar de defender mi vida” parece significar volverme vulnerable, permitir que otros me hagan daño, abandonar mis responsabilidades o dejar de proteger aquello que amo. Pero Un Curso de Milagros no nos está invitando a descuidar el cuerpo, renunciar al sentido común o permanecer pasivos ante situaciones que requieren una respuesta. Su pregunta es mucho más profunda: ¿qué es exactamente lo que creo que estoy defendiendo cuando vivo permanentemente a la defensiva? Quizá no esté protegiendo la Vida que Dios creó, sino el personaje que he fabricado para sustituirla.

Desde muy temprano aprendemos que vivir significa protegernos. Defendemos el cuerpo, nuestras posesiones, nuestras relaciones, nuestra imagen, nuestras opiniones, nuestros proyectos y nuestra manera de entendernos a nosotros mismos. Nos defendemos de la enfermedad, del rechazo, del fracaso, de la pérdida, de las críticas y de todo aquello que pueda alterar la estructura sobre la que hemos construido nuestra seguridad. Una cosa es utilizar razonablemente los medios disponibles para desenvolvernos en el mundo y otra muy distinta convertir la defensa en el fundamento de nuestra identidad. Entonces vivimos como si estuviéramos continuamente rodeados de amenazas y nuestra paz dependiera de detectar el peligro antes de que llegue.

La Lección 135 plantea precisamente esta inversión con una frase desconcertante: “Si me defiendo he sido atacado”. Su razonamiento es sencillo: nadie se defendería si no creyera primero que existe un ataque real del que debe protegerse. Así, la defensa no elimina necesariamente el miedo, sino que puede confirmar la premisa que lo produjo: “Estoy amenazado y soy vulnerable”. El Curso añade que hacemos esto cuando intentamos planear el futuro, reactivar el pasado u organizar el presente de acuerdo con nuestros deseos (L-135.1:1-4).

Esto explica algo importante: cuanto más intento construir una vida completamente protegida, más razones puedo encontrar para sentirme amenazado. Pongo una defensa y descubro otro peligro. Aseguro una situación y comienzo a temer perderla. Consigo controlar algo y me angustia dejar de controlarlo. La propia Lección 135 señala que las defensas nacen del miedo y lo intensifican; parecen ofrecer seguridad, pero al mismo tiempo proclaman que el miedo está justificado (L-135.3:1-5).

Tal vez, entonces, lo que estoy defendiendo no sea mi verdadera Vida. Estoy defendiendo la imagen de un yo frágil que puede ser atacado, disminuido o destruido por lo que ocurre fuera. Defiendo mi reputación porque creo que la opinión de los demás puede alterar mi valor. Defiendo mis razones porque pienso que equivocarme disminuye quién soy. Defiendo una relación porque temo quedarme incompleto sin ella. Defiendo mis planes porque creo que determinado futuro contiene mi salvación. Defiendo mi cuerpo como si fuera la totalidad de mi identidad. El ego reúne todas estas defensas alrededor de una misma conclusión: “Esto que ves es lo que eres y tienes que protegerlo a cualquier precio”.

Por eso abandonar las defensas produce miedo. Si dejo de explicar constantemente quién soy, de justificarme, de tener razón, de controlar los resultados y de anticipar todas las amenazas, ¿qué quedará de mí? El ego responde: “Nada”. Pero el Espíritu Santo responde exactamente lo contrario: quedará aquello que nunca necesitó defensa. La verdadera Identidad no puede ser atacada porque no pertenece al sistema de separación que hace posible el ataque. No estoy aprendiendo a hacer invulnerable al personaje; estoy empezando a recordar que el Ser que Dios creó nunca compartió su vulnerabilidad.

Aquí cobra sentido otra de las afirmaciones más radicales del Libro de Ejercicios: “En mi indefensión radica mi seguridad” (L-153). El Curso reconoce que contemplamos un mundo cambiante, con relaciones que parecen llegar y desaparecer y cosas que hoy parecen ofrecernos seguridad para mañana poder perderse. Precisamente por eso afirma que el mundo no puede proporcionarnos una seguridad permanente. Si buscamos nuestra seguridad únicamente allí, terminamos viviendo a la defensiva (L-153.1-2).

Pero “indefensión” no significa desprotección física ni ausencia de límites. Puedo cerrar una puerta, acudir al médico, administrar prudentemente mi dinero, decir que no, denunciar una injusticia o alejarme de alguien cuya conducta resulta perjudicial. La cuestión es qué propósito doy a esas acciones. Puedo hacerlo desde una mente aterrorizada que ve enemigos por todas partes o desde una mente que atiende serenamente lo que parece necesario sin convertirlo en prueba de que mi verdadero Ser está amenazado. La forma puede ser exactamente la misma; el contenido interior es completamente diferente.

El ego dice: “Defiéndete porque estás en peligro”. El Espíritu Santo dice: “Haz lo que sea útil, pero no conviertas el miedo en tu maestro”. El ego necesita enemigos para justificar sus murallas. El Espíritu Santo puede utilizar incluso una situación difícil para enseñarme que no tengo que atacar para estar seguro. Uno construye la seguridad mediante separación; el Otro me enseña que mi seguridad procede de recordar quién soy.

También puedo observar cómo me defiendo psicológicamente. Alguien hace una observación y siento inmediatamente la necesidad de explicar mis motivos. Alguien discrepa y comienzo a reunir argumentos. Alguien no me valora como esperaba y trato de demostrar mi importancia. Alguien recuerda un error y siento que debo justificar el pasado. En todos estos casos puedo preguntarme: “¿Qué creo que está siendo atacado?”. Quizá descubra que no estoy defendiendo la verdad, sino una determinada imagen de mí mismo.

Esto no significa que nunca tenga que aclarar algo o responder a una acusación. Significa que puedo aprender a distinguir entre responder y defenderme interiormente. La respuesta puede ser breve y tranquila. La defensa necesita convencer, vencer y proteger una identidad. Cuando sé quién soy, puedo explicar sin justificar mi existencia. Puedo reconocer un error sin sentir que yo mismo soy un error. Puedo permitir que alguien piense de mí algo que no comparto sin convertir su opinión en una amenaza contra mi Ser.

La paradoja es que las defensas que construí para protegerme pueden haberme mantenido prisionero. Cuantas más condiciones necesito para sentirme seguro, menos libre soy. Necesito que determinadas personas me quieran, que ciertas cosas no cambien, que mi cuerpo funcione como deseo, que mis planes prosperen, que nadie me critique y que el futuro responda a mis expectativas. Una vida así puede parecer cuidadosamente protegida, pero depende de demasiadas condiciones. La indefensión que propone el Curso empieza a decir: “Puedo cuidar todas estas formas, pero ninguna de ellas contiene lo que soy”.

Entonces algo comienza a relajarse. No necesito ganar todas las discusiones. No necesito anticipar cada dificultad. No necesito convencer a todo el mundo. No necesito garantizar el futuro. No necesito conservar cada forma para conservarme a mí mismo. Esto no me vuelve indiferente a la vida; puede permitirme vivirla con mucha más presencia, porque dejo de contemplarla exclusivamente como un territorio que debo vigilar.

Cuando sienta el impulso de defenderme, puedo detenerme y preguntarme: “¿Qué creo que está realmente en peligro?”. “¿Estoy protegiendo algo práctico o intentando proteger mi identidad?”. “¿Qué ocurriría si no tuviera que demostrar quién soy?”. “¿Puedo actuar sin convertir esta situación en un ataque contra mí?”. Estas preguntas no pretenden obligarme a bajar defensas para las que todavía no estoy preparado. Pretenden ayudarme a reconocer qué función están cumpliendo.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he vivido creyendo que tengo que defender continuamente mi vida porque he confundido mi Vida con un personaje vulnerable. No quiero utilizar esta enseñanza para negar las necesidades prácticas ni para permitir aquello que deba ser corregido. Enséñame qué defensas nacen del miedo y qué acciones son realmente útiles. Ayúdame a recordar que puedo poner límites sin atacar, responder sin condenar y cuidar el cuerpo sin convertirlo en mi identidad. Muéstrame la seguridad que no depende de que el mundo obedezca mis deseos”.

Entonces comienzo a comprender que dejar de defender mi vida no significa abandonarla. Significa dejar de defender una idea limitada de lo que la Vida es. Puedo seguir ocupándome de mis responsabilidades, de mi cuerpo, de las personas que amo y de las situaciones que requieren atención, pero ya no necesito hacer de todo ello una fortaleza levantada contra el mundo.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Qué pasaría si dejara de defender mi vida?”, sino: “¿Qué descubriría acerca de mí si dejara de creer que lo que verdaderamente soy puede ser atacado?”.

Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, comienzo a comprender por qué el Curso puede afirmar algo que al ego le parece imposible: mi seguridad no aumenta cuanto más fuerte es mi armadura.

Mi seguridad comienza cuando recuerdo que mi verdadero Ser nunca necesitó una.

sábado, 19 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 262

LECCIÓN 262

No dejes que hoy perciba diferencias.

1. Padre, tienes un solo Hijo. 2es a él a quien hoy deseo contemplar. 3Él es Tu única creación. 4¿Por qué habría de percibir miles de formas en lo que sigue siendo uno solo? 5¿Por qué habría de darle miles de nombres, cuando con uno solo basta? 6Pues Tu Hijo tiene que llevar Tu Nombre, ya que Tú lo creaste. 7No permitas que lo vea como algo ajeno a su Padre o a mí. 8Pues él es parte de mí, así como yo de él, y ambos somos parte de Ti que eres nuestra Fuente. 9Estamos eternamente uni­dos en Tu Amor y somos eternamente el santo Hijo de Dios.

2. Nosotros que somos uno, queremos reconocer en este día la verdad acerca de nosotros mismos. 2Queremos regresar a nuestro hogar y descansar en la unidad. 3Pues allí reside la paz, la cual no se puede buscar ni hallar en ninguna otra parte.


¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 262 de Un Curso de Milagros, «No dejes que hoy perciba diferencias», me enseña que la verdad de la Creación es la Unidad. Esta lección nos invita a trascender la percepción de las diferencias y a reconocer la esencia divina que nos une a todo lo creado. Al aceptar esta visión, la mente se abre a la Verdad y descansa en la paz que surge del reconocimiento de nuestra identidad espiritual.

En mi corazón ha resonado este mensaje. Al leerlo, mi mente se ha abierto a la única Verdad: somos una Unidad con todo lo creado. Hoy, esa certeza ha adquirido una dimensión más profunda. Hasta ahora había comprendido el concepto de la unidad desde la razón; sin embargo, en un instante de claridad he experimentado la realidad que envuelve el Acto Creador de Dios. Hemos sido creados como una Unidad, dotados al mismo tiempo de un potencial para expresarnos a nivel individual.

El nombre sagrado Elohim, que puede interpretarse como una expresión de la pluralidad en la Unidad divina, simboliza esta verdad espiritual. En él se refleja la naturaleza creadora de Dios, cuya extensión se manifiesta en Su Filiación. Como enseña el Curso: «la Filiación es una» (T-5.IV.2:13). Somos Hijos de Dios y hemos heredado Sus dones creadores, destinados a extender el Amor y la Vida.

Elohim expresa la Unidad y, al mismo tiempo, la multiplicidad. Así como la semilla se propaga en múltiples frutos que a su vez generan nuevas semillas, la Creación divina se extiende sin perder su esencia. El Hijo de Dios es Uno y múltiple. Sin embargo, en su proceso de individuación, llegó a creer que era un ser separado. Al identificarse con el cuerpo material, adquirió una falsa identidad que sólo puede corregirse retornando al estado primigenio de la Unidad.

El Curso nos recuerda: «No soy un cuerpo. Soy libre» (L-pI.199.8:7-8). Reconocernos como Espíritu nos permite trascender la ilusión de la separación y restaurar la conciencia de nuestra verdadera naturaleza. Esta comprensión nos conduce al despertar, liberándonos del sueño de la dualidad.

Alcanzar la Visión de la Unidad despierta nuestra conciencia y nos impulsa a manifestarla en el mundo. Cuando dejamos de percibir diferencias, reconocemos en cada ser el reflejo de la Divinidad. Así, la percepción se transforma en visión y la ilusión cede ante la verdad.

Hoy elijo no percibir diferencias. Acepto la Unidad como la esencia de la Creación y permito que esta verdad ilumine mi mente y mis actos. En la conciencia de que somos uno con Dios y con toda la Filiación, encuentro la paz y la plenitud eternas. Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 262 enseña que:

  • La percepción de diferencias es una ilusión.
  • Sólo existe un Hijo de Dios.
  • La multiplicidad es una interpretación de la forma.
  • La unidad es la verdad subyacente.
  • La paz sólo se encuentra en esa unidad.

No es negar lo que ves, es ver más allá de ello.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “No dejes que hoy perciba diferencias.”

Cada repetición reduce el juicio, disuelve la comparación, debilita la separación y fortalece la percepción de unidad.

No es forzar una visión, es abrirse a otra forma de ver.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la comparación y el juicio.

Cuando percibes diferencias, te comparas constantemente, te sientes superior o inferior, te separas emocionalmente y refuerzas la identidad individual.

Cuando esto se afloja, disminuye la crítica, aumenta la empatía, se suavizan las relaciones y aparece una sensación de conexión.

No porque “todos sean iguales” en forma, sino porque dejas de enfocarte en eso.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que hay una sola creación, que todos comparten la misma Identidad, que la separación no es real y que la unidad es eterna.

Y revela algo profundamente transformador: No estás rodeado de “otros”, estás viendo distintas formas de lo mismo que eres.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa cuando juzgas, comparas o etiquetas.
  • Detecta pensamientos de separación.

Y entonces, “no dejes que hoy perciba diferencias.”

Puedes acompañarlo con:

  • “Esto no define lo que somos.”
  • “Somos lo mismo en esencia.”

No intentes cambiar lo que ves; permite que cambie cómo lo interpretas.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No negar las diferencias prácticas del mundo.
No forzar una visión artificial de “todo es uno”.
No usar la idea para invalidar emociones.

Aplicarla a nivel de percepción interna.
Permitir que suavice el juicio.
Usarla como apertura, no como imposición.

La unidad no se fabrica, se reconoce.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión sigue profundizándose:

  • 260 → Dios es mi origen.
  • 261 → Dios es mi refugio.
  • 262 → Somos uno en Él.

Ahora no sólo sabes dónde estás, sabes con quién estás.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 262 es profundamente unificadora:

No hay múltiples identidades reales.
No hay separación verdadera.
No hay “otros” en esencia.

Lo que parece diverso es una misma realidad expresándose.

Y cuando esto empieza a sentirse, el juicio se suaviza, la distancia disminuye y la mente se aquieta. Porque ya no estás frente a un mundo de extraños, estás dentro de una misma Vida.

FRASE INSPIRADORA: Cuando dejo de ver diferencias, comienzo a reconocer la unidad que siempre nos ha sostenido.” 


Ejemplo-Guía: ¿Cómo tratarías al mundo, sabiendo que somos uno?

No podemos dar aquello que no tenemos (T-14.I.1:3; L-pI.39.3:3). Con ello quiero expresar que no podemos tratar a los demás de una manera distinta a como nos tratamos a nosotros mismos. Esta afirmación, aparentemente sencilla, encierra una profunda verdad que nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de nuestras relaciones y sobre la imagen que albergamos en nuestro interior.

Reflexionar sobre ello nos permitirá dar un paso muy importante hacia la transformación de nuestro sistema de pensamiento. Nuestro modus operandi revela que no solo tratamos a los demás del mismo modo en que nos tratamos a nosotros mismos, sino que, además, solemos hacerlo de manera inconsciente. Elegimos juzgar fuera de nosotros aquello que nos recuerda nuestra naturaleza interna. Así, los demás actúan como espejos que reflejan nuestra mente y nos brindan la oportunidad de vernos tal y como somos en nuestro fuero interior (T-7.VII.3:9).

Te invito a mirar dentro de ti con sinceridad y honestidad. Tómate tu tiempo; esta propuesta exige un ejercicio de introspección, pero sobre todo un acto de amor hacia uno mismo. En la medida en que nos neguemos a reconocer nuestras sombras, en la medida en que pretendamos ocultar nuestras debilidades, en esa misma medida se incrementará el obstáculo que tendremos que superar para alcanzar la paz interior.

En esa mirada, tal vez descubras una parte de ti que se autocastiga, que se somete a un rigor excesivo, que se condena, se critica y se agrede mediante la culpa. Si te has encontrado con esa imagen de ti mismo, pregúntate con honestidad: ¿cómo no vas a castigar, condenar o criticar a los demás? Aquello que negamos en nosotros se proyecta en el exterior y se convierte en motivo de conflicto.

Tal vez esta revelación no te inquiete y prefieras continuar sosteniendo la creencia de que el otro está separado de ti. Sin embargo, si te has cansado de dar esa respuesta y decides ver las cosas de otra manera (L-pI.21; L-pI.28), quizá te interese realizar un ejercicio de imaginación: visualiza un mundo en el que reine la unidad entre todos los seres. Un mundo donde el amor sustituya al miedo y el perdón disuelva toda culpa. ¿Cómo tratarías a los demás en ese mundo?

La respuesta, sin duda, será clara: los tratarías con respeto, comprensión, ternura y amor. Pero esa respuesta encierra una verdad aún más profunda. No se trata únicamente de cómo tratarías a los demás, sino de cómo decidirías tratarte a ti mismo. Pues solo cuando te aceptas con amor, puedes amar; solo cuando te perdonas, puedes perdonar; y solo cuando reconoces tu inocencia, puedes reconocer la de tus hermanos.

Un Curso de Milagros nos enseña que la salvación radica en reconocer la unidad de toda la Filiación (T-7.VII.3:10; T-5.IV.2:13). Ver al otro como a ti mismo es recordar que compartimos una misma Fuente y una misma esencia (T-18.V.5:1). En esa visión, desaparece el juicio y surge la paz.

Así, la pregunta inicial se transforma en una invitación interior: ¿Cómo me voy a tratar a mí mismo para tratar a los demás desde la unidad?

La respuesta es sencilla y luminosa: con amor, con perdón y con la certeza de que todos somos uno en Dios. En ese reconocimiento se encuentra la paz verdadera.

Reflexión: ¿Cómo entiendes la unidad del Hijo de Dios?

¿Puede un cuento ayudar a un niño a expresar lo que siente?

Milagros para Pequeños Corazones.


¿Puede un cuento ayudar a un niño a expresar lo que siente?

Hay ocasiones en las que preguntamos a un niño qué le sucede y recibimos una respuesta muy breve: «Nada», «No lo sé» o «Déjame». Tal vez lo vemos preocupado, enfadado o más silencioso de lo habitual, pero cuanto más insistimos en saber qué ocurre, más parece cerrarse.

Podemos pensar que no quiere hablar con nosotros. Sin embargo, muchas veces no se trata de falta de confianza ni de voluntad. Sencillamente, el niño todavía no sabe cómo ordenar lo que siente ni encuentra las palabras necesarias para explicarlo.

Las emociones no siempre llegan con un nombre. A veces aparecen como un nudo en el estómago, unas ganas repentinas de llorar, una respuesta agresiva, dificultad para dormir o el deseo de alejarse de los demás. El niño siente algo, pero no necesariamente comprende qué es, de dónde viene o cómo puede comunicarlo.

En esos momentos, un cuento puede convertirse en un puente.

Hablar de otro para comenzar a hablar de uno mismo.

Cuando un niño escucha una historia, no tiene que responder directamente sobre su propia vida. Puede observar lo que le sucede a un personaje y hacerlo desde una distancia que le proporciona seguridad.

Quizá el protagonista tiene miedo de entrar en un lugar nuevo, se enfada porque un amigo no quiere jugar con él o se siente culpable por algo que hizo. El niño puede reconocer su experiencia en la historia sin sentirse interrogado ni obligado a confesar nada.

En lugar de preguntarle inmediatamente: «¿Tú también tienes miedo?», podemos comenzar diciendo:

«¿Por qué crees que este personaje se siente así?».

La pregunta parece referirse únicamente al cuento. Sin embargo, al responder, el niño puede estar empezando a hablar también de sí mismo.

Tal vez diga que el personaje teme quedarse solo, que piensa que nadie lo quiere o que está enfadado porque no se han dado cuenta de lo que necesitaba. Es posible que esas palabras estén describiendo algo que el propio niño todavía no puede expresar directamente.

El cuento le presta un personaje, una situación y un lenguaje. Le permite acercarse a su emoción sin tener que exponerse de golpe.

El personaje se convierte en un lugar seguro.

Los niños se identifican con los personajes de una manera muy natural. No necesitan analizar psicológicamente la historia. Entran en ella, imaginan lo que está ocurriendo y sienten junto a sus protagonistas.

Cuando un personaje tiene miedo, el niño puede reconocer su propio miedo. Cuando comete un error y descubre que puede repararlo, el niño contempla esa posibilidad para sí mismo. Cuando aprende a detenerse antes de responder desde el enfado, el niño observa una alternativa que quizá nadie le había mostrado de una manera comprensible.

La historia no le dice directamente: «Esto es lo que tienes que hacer». Le muestra a alguien atravesando una experiencia parecida y descubriendo una nueva forma de mirarla.

Esto es importante porque los consejos directos suelen despertar resistencia, especialmente cuando el niño está alterado. Si le decimos «no tengas miedo», «no te enfades» o «eso no tiene importancia», quizá nuestra intención sea tranquilizarlo, pero también podemos transmitirle que su emoción es incorrecta o que debería dejar de sentirla.

El cuento actúa de una manera diferente. Primero reconoce la experiencia. Después abre una posibilidad.

No niega el miedo, el enfado o la tristeza. Los introduce en una historia donde pueden ser observados, comprendidos y transformados.

Escuchar sin convertir el cuento en un examen.

Para que esta experiencia funcione, el adulto no necesita explicar continuamente el significado de la historia ni comprobar si el niño ha entendido su enseñanza.

Podemos caer fácilmente en preguntas como: «¿Has visto lo que deberías hacer tú?», «¿Comprendes ahora que no tenías razón?» o «¿Qué enseñanza has aprendido?». Aunque tengan buena intención, estas preguntas pueden convertir un momento de encuentro en una nueva lección que el niño debe aprobar.

Es preferible formular preguntas abiertas y permitir cualquier respuesta.

«¿Qué parte te ha gustado más?».

«¿Cómo crees que se sentía el personaje?».

«¿Qué habrías hecho tú en su lugar?».

«¿Hubo algo que te recordara a una situación que conoces?».

También debemos aceptar que el niño no quiera responder. Puede haber escuchado y estar procesando la historia en silencio. Quizá hable de ella más tarde, mientras juega, dibuja o se prepara para dormir. No necesitamos obtener una reacción inmediata para que el cuento haya cumplido su función.

Acompañar no es extraer una respuesta. Es ofrecer un espacio.

Un ejemplo cotidiano:

Imaginemos que un niño ha discutido con un compañero y vuelve a casa enfadado. Si le preguntamos directamente qué ha ocurrido, puede defenderse, acusar al otro o negarse a hablar.

Esa noche leemos una historia en la que dos personajes quieren utilizar el mismo juguete. Uno de ellos grita, el otro se marcha y ambos terminan sintiéndose solos. Más adelante, uno de los personajes se detiene, observa su enfado y descubre que debajo de él había miedo a no ser tenido en cuenta.

Al terminar, podemos preguntar: «¿Qué necesitaba realmente ese personaje?».

El niño quizá responda: Quería que lo escucharan.

No es necesario añadir inmediatamente: «Eso es lo que te ha pasado hoy». Podemos dejar que la respuesta permanezca abierta. Si se siente preparado, él mismo establecerá la relación. Y si no lo hace, la historia ya habrá sembrado una posibilidad: detrás del enfado puede existir una necesidad que merece ser escuchada.

Del cuento a la experiencia.

Una historia puede abrir la puerta, pero la experiencia se vuelve más profunda cuando el niño puede expresarla de otras maneras. Algunos niños hablan con facilidad; otros necesitan dibujar, representar, jugar o utilizar algún símbolo.

Después de leer, podemos proponerle que dibuje la emoción del personaje como si fuera un color, un animal o un paisaje. También podemos preguntarle dónde cree que el personaje sentía esa emoción en el cuerpo o invitarlo a imaginar qué podría ayudarle a recuperar la calma.

Estas actividades no buscan interpretar cada dibujo ni descubrir significados ocultos. Su propósito es ampliar el lenguaje emocional del niño. Cuantas más formas tenga de reconocer y expresar lo que siente, menos necesitará comunicarlo únicamente mediante gritos, aislamiento o conductas difíciles de comprender.

No estamos enseñándole a evitar las emociones. Le estamos ayudando a observarlas sin quedar completamente dominado por ellas.

El adulto también forma parte del cuento.

Compartir una historia con un niño no consiste únicamente en ayudarlo a él. También puede mostrarnos cómo escuchamos nosotros.

Quizá descubramos que tenemos prisa por resolver lo que le sucede, que nos incomoda verlo triste o que interpretamos su enfado como un ataque personal. Tal vez queramos que se calme rápidamente porque su emoción despierta algo que nosotros tampoco sabemos manejar.

El cuento introduce una pausa para ambos. Durante unos minutos no hay que resolver, corregir ni convencer. Solo escuchar, imaginar y permanecer juntos.

A veces, lo más importante no será lo que el niño aprenda del personaje, sino lo que experimente junto al adulto: que puede hablar sin ser juzgado, que su emoción no asusta a quien lo acompaña y que no tiene que saber explicarlo todo perfectamente para ser escuchado.

Esa experiencia puede permanecer en su memoria mucho después de olvidar los detalles de la historia.

Cuentos que ayudan a mirar de otra manera.

Milagros para Pequeños Corazones nació precisamente con este propósito: acercar a los niños enseñanzas sobre la paz, el perdón, la confianza, la gratitud y el cambio de mirada mediante un lenguaje que pudieran imaginar y experimentar.

Sus 55 cuentos están acompañados de preguntas para reflexionar, actividades creativas, juegos, ejercicios de paz, pequeñas prácticas diarias y afirmaciones. No se trata de decir al niño qué debe pensar, sino de ofrecerle oportunidades para reconocer lo que ocurre en su interior y descubrir que puede elegir una respuesta diferente.

El libro está inspirado en las lecciones de Un Curso de Milagros, pero no exige que el niño conozca el Curso ni que el adulto convierta la lectura en una explicación metafísica. Las enseñanzas se acercan a la vida cotidiana mediante personajes que sienten miedo, se enfadan, se equivocan, necesitan perdonar, aprenden a confiar o descubren una manera más amorosa de mirar.

Puede leerse en casa, en el aula o en pequeños grupos. No es necesario seguirlo deprisa ni terminar un bloque completo. A veces, un solo cuento puede acompañar durante varios días una situación que el niño está viviendo.

Diez minutos pueden ser suficientes.

No siempre necesitamos mantener una conversación larga. Diez minutos de atención verdadera pueden ser más valiosos que una hora de preguntas.

Podemos leer un cuento, guardar unos segundos de silencio y hacer una sola pregunta. Después, escuchar lo que aparezca sin corregirlo inmediatamente.

Quizá el niño hable del personaje. Quizá termine hablando de sí mismo. Quizá no diga nada ese día, pero vuelva a la historia una semana después.

Cada niño tiene su tiempo y su manera de acercarse a lo que siente. El cuento no fuerza esa puerta. Se sienta junto a ella, enciende una pequeña luz y espera.

Porque algunas historias terminan cuando llegamos a la última página. Otras continúan viviendo en la manera en que un niño aprende a comprenderse, a pedir ayuda, a mirar a los demás y a reconocer la paz que también existe dentro de él.

Milagros para Pequeños Corazones está disponible en tapa blanda, en formato Kindle y mediante Kindle Unlimited:

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Reflexión: Cuando un niño no sabe explicar lo que siente, ¿intentamos obtener rápidamente una respuesta o somos capaces de ofrecerle tiempo, historias y una presencia que lo ayude a encontrar sus propias palabras?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 263

LECCIÓN 263 Mi santa visión ve la pureza de todas las cosas. 1.  Padre, Tu Mente creó todo cuanto existe, Tu Espíritu se adentró en ello y ...