¿Por qué
siento que avanzo y luego vuelvo a empezar?
Esta pregunta aparece con frecuencia en el camino
espiritual. Hay etapas en las que sentimos que algo ha cambiado profundamente:
reaccionamos con menos miedo, perdonamos con mayor facilidad, experimentamos
momentos de verdadera paz y pensamos que por fin hemos comprendido una
enseñanza que antes solo entendíamos intelectualmente. Pero, de repente, ocurre
algo y reaparecen la ira, la preocupación, el resentimiento o una antigua forma
de reaccionar. Entonces surge la sensación desalentadora de haber perdido todo
lo aprendido: “Otra vez estoy igual. Creía que había avanzado y parece que
vuelvo al principio”.
Un Curso de Milagros nos invita a revisar esa interpretación. Tal vez no estemos volviendo al principio. Tal vez estemos encontrándonos nuevamente con una lección que todavía no hemos aprendido completamente. El capítulo 31 lo expresa con enorme claridad: las pruebas por las que pasamos son lecciones que aún no hemos aprendido y que vuelven a presentarse para que, donde antes hicimos una elección equivocada, podamos hacer ahora una mejor. Ante cada dificultad, confusión o disgusto, Cristo vuelve a decirnos: “Hermano mío, elige de nuevo” (T-31.VIII.3:1-2).
Desde esta perspectiva, repetir una situación no
significa necesariamente retroceder. Puede significar que la mente ha llegado
otra vez al mismo lugar, pero esta vez dispone de una nueva oportunidad. El
escenario puede parecer idéntico, pero yo no soy exactamente el mismo
observador que fui la vez anterior. Ahora quizá reconozco antes mi reacción,
detecto con más claridad el juicio, necesito menos tiempo para recuperar la paz
o simplemente soy consciente de que existe otra manera de mirar. Todo eso también
forma parte del aprendizaje.
El ego, sin embargo, convierte el camino
espiritual en una escala. Quiere medir cuánto he avanzado, comparar cómo
reaccionaba hace un año con cómo reacciono ahora y decidir si soy un “buen
estudiante”. Si un día estoy en paz, piensa: “Ya lo he conseguido”. Si al día
siguiente pierdo la paciencia, concluye: “He fracasado”. De este modo consigue
introducir nuevamente el juicio en aquello que precisamente está destinado a
deshacerlo. Pero UCDM no nos pide demostrar que nunca volveremos a
equivocarnos. Nos enseña a utilizar cada error como una nueva oportunidad de
elección. Incluso la tentación puede ser contemplada como “una oportunidad más
para elegir de nuevo” (T-31.VIII.4:1-2).
Puedo haber trabajado durante mucho tiempo el
miedo al abandono y sentirme bastante libre, hasta que una persona importante
se distancia y reaparece una reacción intensa. Puedo haber aprendido mucho
acerca del perdón y descubrir que determinada ofensa todavía despierta
resentimiento. Puedo pensar que he entregado mi necesidad de control y
encontrarme de nuevo intentando organizar el comportamiento de todos a mi
alrededor. La primera reacción puede ser: “No he aprendido nada”. Pero quizá la
pregunta más útil sea: “¿Cómo estoy viendo ahora este mismo conflicto?”. Tal
vez antes tardaba meses en reconocer mi proyección y ahora la reconozco en unas
horas. Tal vez antes culpaba completamente al otro y ahora una parte de mí
recuerda que mi paz no depende de él. Quizá todavía haya dolor, pero también
exista una pequeña disposición a elegir otra cosa. Ese pequeño cambio importa.
El problema es que solemos identificar progreso
con ausencia de conflicto. Pensamos que avanzar significa no sentir miedo, no
enfadarnos, no tener pensamientos del ego y no experimentar resistencia. Pero
mientras todavía estemos aprendiendo, esas experiencias pueden aparecer. La
cuestión fundamental no es que nunca surjan, sino qué hacemos con ellas cuando
aparecen. ¿Las utilizo para condenarme o para pedir ayuda? ¿Las convierto en
prueba de mi fracaso o en material para la curación? ¿Digo “otra vez soy el mismo”
o “aquí hay otra oportunidad para elegir de nuevo”?
El Curso comienza recordándonos que su propósito
no es enseñarnos qué es el Amor, sino retirar los obstáculos que impiden
experimentar Su presencia (T-In.1:6-8). Esto significa que muchas veces avanzar
consiste precisamente en descubrir obstáculos que antes no veíamos. Puedo
sentir que estoy peor porque comienzo a ser más consciente de mis juicios, mis
necesidades de control o mis resentimientos. Pero quizá esos pensamientos ya
estaban presentes y simplemente permanecían ocultos. Verlos no significa haberlos
creado ahora. Significa que han llegado a un lugar en el que pueden ser
entregados.
Por eso algunas etapas del camino pueden parecer
más difíciles después de haber experimentado mucha paz. Hemos conocido otra
manera de mirar y, cuando reaparece el ego, el contraste se hace mucho más
visible. Antes vivíamos dentro del conflicto y lo considerábamos normal; ahora
lo reconocemos como conflicto. Esa incomodidad puede interpretarse como
retroceso cuando, en realidad, la conciencia del error es precisamente lo que
permite corregirlo.
También necesitamos recordar que hemos aprendido
durante mucho tiempo el sistema de pensamiento del ego. El Texto señala que
esas lecciones están profundamente arraigadas y se levantan como “pesadas
cortinas” que ocultan lo simple y evidente. Pero también nos recuerda que, si
fuimos capaces de aprender un sistema tan complejo de separación, tenemos
capacidad para aprender las sencillas lecciones que ofrece la salvación
(T-31.I.3:3-6; 4:1-6). No se nos pide desesperarnos porque aparezcan viejos
hábitos mentales. Se nos pide llevarlos una y otra vez ante otra enseñanza.
Tal vez por eso la práctica espiritual tiene
mucho menos que ver con alcanzar una posición desde la que nunca más caemos y
mucho más con aprender a regresar. Regresar a la quietud. Regresar al perdón.
Regresar a la decisión. Regresar a la pequeña dosis de buena voluntad. Cada
regreso debilita la creencia de que el ego es nuestro único maestro.
El ego quiere utilizar incluso nuestros tropiezos
para reforzar su identidad. Dice: “Después de todo este tiempo sigues
enfadándote”. “No deberías tener estos pensamientos”. “Si realmente hubieras
aprendido el Curso, esto no estaría ocurriendo”. Parece exigirnos perfección
espiritual, pero su verdadero propósito es que utilicemos el error para
atacarnos. El Espíritu Santo no utiliza el error de esa manera. No dice: “Ya
deberías saberlo”. Dice: “Aquí estamos otra vez. Miremos juntos. Elige de
nuevo”.
Esto cambia profundamente nuestra relación con
los momentos de aparente retroceso. Ya no tengo que convertir una reacción en
una identidad. Haber sentido miedo no significa que “soy miedoso”. Haber
juzgado no significa que “soy un mal estudiante”. Haber vuelto a un antiguo
hábito no significa que todo lo aprendido haya desaparecido. Significa
simplemente que, en ese instante, he vuelto a elegir una interpretación que no
me da paz. Y si pude elegirla, puedo elegir nuevamente.
Incluso puede ocurrir que una misma lección
regrese bajo formas cada vez más profundas. Primero trabajo mi necesidad de
aprobación en una relación. Después aparece en el trabajo. Más tarde la
descubro en mi deseo de ser reconocido espiritualmente. Podría pensar que
siempre estoy enfrentándome al mismo problema, pero quizá estoy viendo
distintas capas de una misma creencia. La forma cambia; la raíz se va haciendo
visible.
Por eso no necesito medir mi progreso por la
cantidad de días en que me siento en paz. Puedo observar algo más sencillo:
¿soy un poco más dispuesto a cuestionar mis interpretaciones? ¿Tardo menos en
reconocer que quiero tener razón? ¿Puedo pedir ayuda antes? ¿Estoy aprendiendo
a no hacer de cada caída una condena? Quizá ahí se encuentre un indicador mucho
más profundo de que la mente está cambiando.
Cuando tenga la sensación de estar empezando otra
vez, puedo detenerme y decir: “No necesito juzgar dónde debería encontrarme.
Esta es la lección que está ante mí ahora”. No necesito resolver todo mi camino
espiritual en este momento. Solo necesito reconocer qué maestro estoy eligiendo
en esta situación.
Puedo comenzar con una oración sencilla:
“Espíritu Santo, siento que he vuelto al mismo lugar y una parte de mí cree que
todo mi progreso se ha perdido. No quiero utilizar este momento para atacarme.
Ayúdame a reconocer la lección que vuelve a presentarse y a verla como una
nueva oportunidad. Muéstrame dónde estoy eligiendo nuevamente el miedo y
enséñame a elegir contigo. No necesito demostrar cuánto he avanzado. Solo
necesito estar dispuesto a elegir de nuevo ahora”.
Entonces quizá comprenda que el camino no
consiste en no equivocarme nunca más, sino en dejar de convertir cada
equivocación en una razón para abandonar el camino. No estoy condenado a
comenzar desde cero cada vez que reaparece el ego. Cada reconocimiento, cada
instante de perdón y cada elección de paz permanece como parte del aprendizaje.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Por qué
avanzo y luego vuelvo a empezar?”, sino: “¿Y si aquello que llamo volver a
empezar fuera simplemente otra oportunidad de elegir, esta vez con un poco más
de conciencia?”.
Y cuando dejo de juzgar el recorrido, comienzo a descubrir algo hermoso: tal vez no estaba caminando en círculos. Estaba regresando una y otra vez al mismo lugar hasta aprender que, allí mismo, podía elegir otra dirección.








