VII. El soñador del sueño (4ª parte).
4. Pero ciertamente hay necesidad de ello. 2La necesidad de liberar al mundo de la condenación en la que se halla inmerso es algo que todos los que habitan en él comparten. 3Sin embargo, no reconocen esta necesidad común. 4Pues cada uno piensa que si desempeña su papel, la condenación del mundo recaerá sobre él. 5Y esto es lo que percibe debe ser su papel en la liberación del mundo. 6La venganza tiene que tener un blanco. 7De lo contrario, el cuchillo del vengador se encontraría en sus propias manos, apuntando hacia sí mismo. 8Pues para poder ser la víctima de un ataque que él no eligió, tiene que ver el arma en las manos de otro. 9Y así, sufre por razón de las heridas que le infligió un cuchillo que él no estaba empuñando.
El punto comienza afirmando: «Pero ciertamente
hay necesidad de ello». Esta frase enlaza directamente con el apartado
anterior, donde se explicaba que el razonamiento del ego parece tan convincente
que no consideramos necesario buscar la causa del sufrimiento más allá de lo
evidente.
Ahora el Curso corrige esa conclusión: sí
necesitamos mirar más profundamente. Necesitamos reconocer que el problema no
se encuentra únicamente en los acontecimientos que contemplamos, sino en el
sistema de pensamiento que utilizamos para interpretarlos.
Todos compartimos la necesidad de liberar al
mundo de la condenación. Sin embargo, no reconocemos esta necesidad común
porque seguimos identificados con la separación. Cada uno cree tener sus
propios problemas, sus propios enemigos y sus propias razones para sentirse
injustamente tratado. Así, en lugar de reconocer una necesidad compartida de
curación, percibimos una lucha entre intereses contrapuestos.
El Curso introduce entonces una contradicción:
cada uno teme que, si desempeña su papel en la liberación del mundo, la
condenación recaiga sobre él. El ego confunde asumir responsabilidad sobre
nuestra percepción con aceptar culpabilidad. Cree que, si dejamos de señalar a
otros como responsables, tendremos que reconocer que nosotros somos los
culpables.
Por eso necesita mantener la acusación. Si
alguien tiene que ser culpable, prefiere que sea otro. Y si la venganza
necesita un blanco, procurará encontrarlo fuera de sí mismo.
La imagen del cuchillo representa precisamente
este mecanismo. El ego necesita ver el arma en manos de otro para convencerse
de que no participa en el ataque. De esa manera puede sufrir, acusar y
defenderse sin cuestionar la interpretación que sostiene su sufrimiento.
Mensaje
central del punto:
- Todos compartimos una misma necesidad de liberarnos de la condenación.
- El ego nos impide reconocer esa necesidad común porque nos hace creer
que estamos separados.
- La mente teme que asumir responsabilidad sobre su percepción
signifique aceptar culpabilidad.
- Para evitar ese temor, proyecta la culpa sobre los demás.
- La venganza necesita un blanco al que atribuir el ataque.
- El ego prefiere verse como víctima inocente antes que reconocer sus
propios pensamientos de ataque.
- La imagen del cuchillo simboliza la acusación que proyectamos fuera de
nosotros.
- Mientras consideremos que toda la causa de nuestro sufrimiento está
fuera, permaneceremos atrapados en el conflicto.
- La verdadera liberación no consiste en encontrar culpables, sino en
deshacer la creencia en la culpabilidad.
- El Espíritu Santo nos enseña que nuestra función es perdonar, no
condenar.
- Recuperamos la paz cuando dejamos de utilizar a nuestros hermanos como
depositarios de nuestra culpa.
Claves de
comprensión:
El ego proyecta. El Espíritu Santo deshace la
proyección.
El ego dice: «Si estoy sufriendo, alguien tiene
que ser culpable». «Si reconozco mi responsabilidad, tendré que condenarme».
«No puedo dejar de acusarte porque entonces la culpa recaerá sobre mí».
«Necesito demostrar que tú me has atacado para conservar mi inocencia».
Pero el Espíritu Santo nos ofrece una corrección
completamente diferente: no tenemos que elegir entre condenar a nuestro hermano
o condenarnos a nosotros mismos.
Ésta es la trampa que el ego intenta ocultar. Nos
presenta únicamente dos posibilidades: ser culpables o ser víctimas. Si no
conseguimos demostrar la culpabilidad ajena, creemos que tendremos que aceptar
la nuestra. Así permanecemos atrapados en un sistema donde la condenación
parece inevitable.
El Curso nos enseña que existe una tercera
posibilidad: reconocer que nuestra verdadera identidad permanece inocente y que
podemos corregir nuestros errores sin convertirlos en pecados.
La expresión «La venganza tiene que tener un
blanco» revela también la necesidad del ego de mantener viva la separación.
Para justificar el ataque necesita identificar a alguien diferente de nosotros,
alguien sobre quien pueda depositarse la responsabilidad del sufrimiento.
El problema es que, mientras necesitamos enemigos
para sentirnos inocentes, seguimos creyendo en la realidad de la culpa. Y esa
misma creencia continúa amenazándonos, aunque intentemos situarla fuera.
La verdadera liberación comienza cuando
comprendemos que no necesitamos utilizar al hermano como blanco de nuestras
acusaciones. Podemos reconocer nuestros pensamientos de ataque sin condenarnos
por ellos y permitir que sean corregidos.
Aplicación
práctica en la vida cotidiana:
Imagina que mantienes un conflicto con una
persona cercana. Quizá te ha decepcionado, ha incumplido una promesa o se ha
comportado de una manera que consideras injusta. Tu mente comienza a repetir:
«Por su culpa estoy sufriendo. Si no hubiera actuado así, yo estaría bien.
Tiene que reconocer lo que ha hecho».
Es posible que realmente haya existido una
conducta perjudicial que necesite ser reconocida y atendida. Pero el Curso nos
invita a observar algo más: ¿estoy utilizando esa conducta para justificar mi
resentimiento y mantener intacta la imagen de mí mismo como víctima?
El ego necesita conservar el cuchillo en manos
del otro. Si lo suelta, teme quedarse sin explicación para su sufrimiento y
verse obligado a reconocer su propia participación en el conflicto.
Sin embargo, aceptar responsabilidad sobre
nuestra percepción no significa justificar lo sucedido ni asumir la culpa por
las acciones ajenas. Significa reconocer que podemos dejar de alimentar el
ataque interior, aunque todavía necesitemos resolver cuestiones prácticas.
Podemos establecer límites sin odio, pedir
responsabilidades sin venganza y reconocer el daño sin convertirlo en una
condenación definitiva.
Observa cuándo aparecen pensamientos como éstos:
«Si dejo de culparlo, parecerá que soy yo el responsable». «Si perdono, tendrá
razón». «No puedo abandonar mi resentimiento porque entonces lo ocurrido
quedará impune». «Necesito que reconozca su culpa para recuperar mi paz».
Entonces pregúntate:
- ¿Estoy confundiendo perdonar con aceptar
culpabilidad?
- ¿Necesito seguir acusando para sentirme inocente?
- ¿Qué temo descubrir si dejo de proyectar la
culpa?
- ¿Estoy dispuesto a reconocer que la verdadera
corrección no necesita condenar a nadie?
- ¿Puedo permitir que el Espíritu Santo me muestre
una salida que no implique víctimas ni culpables?
Una práctica interior puede ser: «Espíritu Santo,
reconozco que estoy utilizando esta situación para justificar mi resentimiento.
No quiero seguir viendo a mi hermano como depositario de toda la culpa, pero
tampoco quiero condenarme a mí mismo. Ayúdame a comprender que la verdadera
liberación no necesita culpables y que puedo elegir la paz sin negar lo
sucedido».
Preguntas para
la reflexión personal:
- ¿A quién estoy convirtiendo actualmente en blanco
de mis acusaciones?
- ¿Qué culpa temo reconocer si dejo de
responsabilizar a los demás de mi sufrimiento?
- ¿Creo que aceptar responsabilidad sobre mi
percepción significa condenarme?
- ¿Estoy utilizando la conducta de alguien para
justificar mis pensamientos de ataque?
- ¿Necesito que mi hermano sea culpable para
sentirme inocente?
- ¿Puedo reconocer que todos compartimos una misma
necesidad de liberación?
- ¿Estoy dispuesto a dejar de utilizar la venganza
como una forma de protección?
- ¿Qué cambiaría si comprendiera que el perdón
libera tanto al que acusa como al acusado?
Conclusión:
Este punto nos muestra que la proyección de la
culpa es uno de los mecanismos fundamentales mediante los cuales el ego
mantiene vivo el sueño de separación.
Mientras creamos que alguien tiene que ser
culpable, seguiremos buscando dónde colocar la condenación. Si no queremos
asumirla nosotros, intentaremos depositarla sobre nuestros hermanos. Y si
necesitamos justificar nuestro sufrimiento, procuraremos demostrar que el
cuchillo siempre estuvo en manos de otro.
Pero esta estrategia nunca puede conducirnos a la
paz. Aunque consigamos demostrar que alguien actuó equivocadamente, seguiremos
creyendo en un mundo donde la culpa tiene poder y donde nuestra inocencia
depende de la condenación ajena.
El Curso nos invita a reconocer que todos compartimos
una misma necesidad: liberarnos de ese sistema de pensamiento.
No necesitamos encontrar otro culpable. Tampoco
necesitamos convertirnos nosotros en culpables. Necesitamos permitir que el
Espíritu Santo deshaga la creencia que nos obliga a elegir entre esas dos
posibilidades.
El ego necesita un culpable para justificar el
ataque. El Espíritu Santo nos muestra que la curación no necesita culpables.
Cuando aceptamos esta corrección, comenzamos a
comprender que nuestra función no consiste en decidir quién merece condenación,
sino en aprender a mirar más allá de ella.
Podemos reconocer errores sin negar la inocencia
esencial de nuestros hermanos. Podemos asumir responsabilidad sin
culpabilizarnos. Podemos dejar de atacar sin renunciar a protegernos.
Y, sobre todo, podemos descubrir que nuestra paz
no depende de mantener el cuchillo en manos de nadie.
La verdadera liberación comienza cuando dejamos
de buscar a quién condenar y aceptamos que el perdón es una respuesta
compartida a una necesidad que todos tenemos.
Frase
inspiradora: «No seguiré poniendo el cuchillo de la culpa en manos de mis hermanos para
justificar mi sufrimiento; entregaré mis acusaciones al Espíritu Santo y
recordaré que la verdadera inocencia no necesita condenar a nadie».