martes, 10 de febrero de 2026

"Atravesar la nube y llegar a la luz": Una reflexión desde la Lección 41.

"Atravesar la nube y llegar a la luz": Una reflexión desde la Lección 41.

En la Lección 41 del Libro de Ejercicios encontramos una frase que puede resultar tan bella como desconcertante:

“Hoy intentaremos por primera vez atravesar esa oscura y pesada nube y llegar a la luz que se encuentra más allá.”

Es comprensible que surjan preguntas ante estas palabras.
¿De qué nube se habla?
¿Qué es esa luz?
¿Es algo que se ve con los ojos físicos?
¿Se refiere a una experiencia mística especial?

Para comprender esta lección es fundamental no leerla de forma literal, sino simbólica y experiencial, tal como el Curso nos invita a hacer a lo largo de todo su entrenamiento.

¿Qué es la “oscura y pesada nube”?

El propio texto nos da la clave unos renglones antes. La nube no es algo externo ni sobrenatural. Es una metáfora de la actividad mental del ego.

El Curso la describe como pensamientos densos, juicios constantes, interpretaciones automáticas, miedo, culpa y defensa, narrativas repetidas sobre uno mismo y sobre el mundo.

Lo más importante es esto:  esa nube “representa todo lo que ves”.

Es decir, no vemos el mundo directamente, sino a través de esa nube de pensamientos. Creemos que estamos viendo la realidad, cuando en realidad estamos viendo nuestras interpretaciones.

Atravesar la nube no es eliminar pensamientos.

Aquí aparece uno de los malentendidos más comunes. “Atravesar la nube” no significa dejar la mente en blanco a la fuerza, luchar contra los pensamientos, eliminar el ego ni controlar la mente.

El Curso no propone ningún combate interior.

Atravesar la nube significa algo mucho más sencillo y honesto: dejar de identificarnos con cada pensamiento que aparece.

No se trata de que la nube desaparezca, sino de no confundirla con el cielo.

¿Qué es la “luz que se encuentra más allá”?

La luz no es una luz física. No es un brillo, una visión especial ni una imagen que se perciba con los ojos del cuerpo.

En Un Curso de Milagros, la luz es un símbolo de claridad interior, quietud mental, ausencia de juicio, presencia sin interpretación y contacto con una certeza no verbal.

Podríamos decirlo de forma muy simple: La luz es lo que queda cuando la mente deja de interferir.

No es algo que se crea. Es algo que siempre ha estado ahí, pero que queda oculto mientras el ruido mental ocupa toda la atención.

¿Por qué el Curso dice “por primera vez”?

Esta expresión es profundamente honesta.

La mente humana está acostumbrada a pensar sin parar, analizarlo todo, buscar respuestas conceptuales, y creer que comprender es pensar más.

La Lección 41 introduce un gesto nuevo, no intentar comprender la verdad, sino permitir que se revele cuando cesa la interferencia mental.

Ese gesto es nuevo para la mente entrenada en el ego. Por eso el Curso habla de “intentar”, no de lograr.

¿Cómo se experimenta esta luz en la práctica?

De una forma muy sencilla y nada espectacular: un instante de silencio, una pausa sin pensamientos claros, una sensación de descanso, menos urgencia por interpretar y una neutralidad amable ante lo que se percibe.

A menudo pasa desapercibida porque la mente espera algo extraordinario. Pero cuanto más simple es la experiencia, más fiel es al Curso.

Un punto importante para no confundirnos.

La luz no sustituye al pensamiento funcional, no elimina la vida cotidiana y no es todavía un estado permanente.

Es solo un primer contacto con una manera distinta de percibir, ver sin juzgar. Por eso esta lección no promete iluminación, sino un primer vislumbre.

La Lección 41 no nos invita a ver algo nuevo, sino a dejar de mirar a través del ruido mental.

No nos pide que encontremos la luz, sino que dejemos de oscurecerla con interpretaciones constantes.

Atravesar la nube no es un esfuerzo heroico. Es un gesto humilde de no interferencia.

Y en ese pequeño gesto —repetido con suavidad— comienza a emerger una experiencia distinta de nosotros mismos y del mundo. 

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 41

LECCIÓN 41

Dios va conmigo dondequiera que yo voy.

1. Con el tiempo, la idea de hoy desvanecerá por completo la sensación de soledad y abandono que experimentan todos los que se consideran separados. 2La depresión es una consecuencia inevitable de la separación, 3como también lo son la ansiedad, las preocupaciones, una profunda sensación de desamparo, la infelicidad, el sufrimiento y el intenso miedo a perder.

2. Los que se consideran separados han inventado muchos "remedios" para lo que, según ellos, son "los males del mundo": 2Pero la única cosa que no han hecho es cuestionar la realidad del problema. 3Los efectos de éste, no obstante, no se pueden sanar porque el problema no es real. 4La idea de hoy tiene el poder de acabar con todo este desatino para siempre. 5Pues eso es lo que es, un desatino, por muy serias y trágicas que parezcan ser sus manifestaciones.

3. En lo profundo de tu interior yace todo lo que es perfecto, presto a irradiar a través de ti sobre el mundo. 2Ello sanará todo pesar y dolor, todo temor y toda sensación de pérdida porque curará a la mente que pensaba que todas esas cosas eran reales y que sufría debido a la lealtad que les tenía.

4. Jamás se te puede privar de tu perfecta santidad porque su Fuente va contigo dondequiera que tú vas. 2Jamás puedes sufrir porque la Fuente de toda dicha va contigo dondequiera que tú vas. 3Jamás puedes estar solo porque la Fuente de toda vida va contigo dondequiera que tú vas. 4Nada puede destruir tu paz mental porque Dios va contigo dondequiera que tú vas.

5. Comprendemos que no creas nada de esto. 2¿Cómo ibas a creerlo cuando la verdad se halla oculta en lo profundo de tu interior, bajo una pesada nube de pensamientos dementes, densos y turbios que representan, no obstante, todo lo que ves? 3Hoy intentaremos por primera vez atravesar esa oscura y pesada nube y llegar a la luz que se encuentra más allá.

6. Hoy tendremos una sola sesión de práctica larga. 2Por la mañana, a ser posible tan pronto como te levantes, siéntate en silencio de tres a cinco minutos con los ojos cerrados. 3Al comienzo de la sesión de práctica repite la idea de hoy muy lentamente. 4No trates de pensar en nada en particular. 5Trata, en cambio, de experimentar la sensación de que estás sumergiéndote en tu interior, más allá de todos los pensamientos vanos del mundo. 6Trata de llegar hasta lo más profundo de tu mente, man­teniéndola despejada de cualquier pensamiento que pudiese distraerte.

7. De vez en cuando puedes repetir la idea de hoy si observas que eso te ayuda. 2Pero sobre todo, trata de sumergirte tan profundamente como puedas en tu interior, lejos del mundo y de todos sus pensamientos disparatados. 3Estás tratando de llegar más allá de todo ello. 4Estás tratando de dejar atrás las apariencias y de aproximarte a la realidad.

8. Es perfectamente posible llegar a Dios. 2De hecho, es muy fácil, ya que es la cosa más natural del mundo. 3Podría decirse incluso que es lo único que es natural en el mundo. 4El camino quedará despejado, si realmente crees que ello es posible. 5Este ejercicio puede producir resultados asombrosos incluso la primera vez que se intenta, y tarde o temprano acaba por tener éxito. 6A medida que avancemos ofreceremos más detalles acerca de este tipo de práctica. 7No obstante, nunca fracasa del todo, y es posible tener éxito inmediatamente.

9. Usa la idea frecuentemente a lo largo del día, repitiéndola muy despacio, preferiblemente con los ojos cerrados. 2Piensa en lo que estás diciendo, en el significado de las palabras. 3Concéntrate en la santidad que esas palabras te atribuyen, en la compañía indefectible de la que gozas, en la completa protección que te rodea.

10. Puedes ciertamente permitirte el lujo de reírte de los pensamientos de miedo, recordando que Dios va contigo dondequiera que tú vas.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta expresión encierra en sí misma la confirmación del reconocimiento de nuestra verdadera identidad. Se trata de ser conscientes de que somos Hijos de Dios, y de sentir que lo somos, al tener la certeza de que nuestro Padre nos acompaña allí donde vayamos. No puede ser de otra manera, pues El Creador y lo Creado forman una misma Unidad en Esencia. Es en Dios donde tenemos nuestro Ser.

Cuando afirmamos que "Dios nos acompaña", estamos compartiendo, extendiendo, la máxima verdad de la que somos portadores. Por lo tanto, cuando lo que expresamos, proyectamos y creamos lleva el sello de la Unidad, lo que realmente estamos haciendo es una extensión de la Mente que compartimos con Dios.

Cuando permanecemos dormidos, inconscientes de la verdadera realidad, cuando permanecemos en conciencia de ego, nos sentimos separados de esa verdad y damos poder a la ilusión que percibimos por los sentidos físicos. En este estado, somos prisioneros de nuestras acciones y reacciones, de la causa y el efecto; nos identificamos con el dolor, el sufrimiento, la culpa y el miedo, la enfermedad y la muerte.

Esta expresión representa el primer paso hacia la verdadera liberación.

No he podido evitar sorprenderme al leer nuevamente esta lección, pues resume de manera maravillosa la idea que compartía con vosotros en la reflexión de la lección de ayer. Tener la certeza de que somos parte de Dios, con lo cual estamos permanentemente en su Presencia, es sin duda una revelación maravillosa que nos llena de gozo y alegría. Como el "hijo pródigo", nuestro Padre siempre permanece aguardando nuestro retorno, pues para Él, en verdad, nunca nos habíamos ido, aunque nosotros tuviésemos la percepción de haberlo hecho.

La respuesta de nuestro Padre, respetando nuestro libre albedrío, ha sido siempre confiar en nuestro regreso. Consciente de nuestra decisión, de ese pensamiento pasajero que nos mantiene atados al error de la separación, nuestro Padre no tan sólo ha tenido plena confianza en su Hijo, sino que, además, puso a su disposición al Espíritu Santo, el mediador entre la comunicación superior y la inferior, el que mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios hacia su Hijo.

Al igual que le ocurrió a ese "hijo pródigo", que dilapidó toda su herencia viviendo como un libertino, nuestro transitar por el mundo físico nos lleva a prestar atención a un mundo ilusorio y temporal, en el cual hemos olvidado nuestra verdadera identidad.

Ese mundo no puede ofrecernos lo que no tiene, es decir, no puede ofrecernos los alimentos que satisfacen el apetito del alma: amor, inocencia, impecabilidad, gratitud, abundancia, misericordia, justicia, paz, alegría, felicidad...

Si profundizamos en el mensaje de la parábola del "hijo pródigo", descubriremos un gesto en el protagonista que es imprescindible para que se produzca el despertar de la conciencia que ha de llevarnos a iniciar el viaje de vuelta hasta nuestro Padre. Me estoy refiriendo a las siguientes palabras:

"Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros".

Son las palabras que nos harán despertar. Se trata de palabras de arrepentimiento, aunque exentas de culpabilidad. Debemos entenderlas como una toma de consciencia de que habíamos agotado el canal de aprendizaje elegido, el cual nos ha llevado a entender que siempre hemos sido un humilde jornalero de nuestro Padre. Junto a Él, jamás nos faltará el alimento, pues su Esencia, el Amor, es el verdadero y eterno alimento.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 41 aborda directamente una de las raíces más profundas del sistema de pensamiento del ego: la creencia en la soledad.
Si la Lección 40 afirmaba la bendición inherente del Hijo de Dios, la 41 introduce su consecuencia inevitable: la imposibilidad real del abandono.

Aquí el Curso da un paso decisivo: no solo soy bendito, nunca estoy solo.

La afirmación “Dios va conmigo dondequiera que yo voy” no describe una protección externa ni una compañía simbólica, sino una condición ontológica: no existe ningún lugar, estado mental o circunstancia fuera de Dios.

Instrucciones prácticas:

La estructura práctica es deliberadamente sencilla y reiterativa:

  • Uso muy frecuente de la idea.
  • Aplicación inmediata ante cualquier sensación de:
    • soledad,
    • abandono,
    • tristeza,
    • desamparo.

El Curso insiste en ojos cerrados → ojos abiertos, como en lecciones anteriores:

  • primero se afirma la verdad internamente,
  • luego se permite que impregne la percepción.

La instrucción “permite que la paz te envuelva” es clave: no se pide generar paz, sino no interferir con ella.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicos

Esta lección confronta directamente:

  • el sentimiento de abandono,
  • la sensación de estar “solo ante la vida”,
  • la idea de que nadie comprende,
  • la raíz de la depresión.

El Curso es categórico: la depresión no es real, ni tiene justificación alguna.

No porque el dolor humano sea negado, sino porque su causa percibida es falsa.

La depresión surge de una premisa errónea: “estoy solo”.

Espiritualmente, esta lección afirma que la separación nunca ocurrió, que Dios no abandona Su creación y que la Presencia no depende del estado emocional.

Dios no “acompaña” al Hijo: es imposible que no esté con Él.

Por eso la lección no propone consuelo, sino corrección de la causa.

Relación con el Curso:

La secuencia es impecable:

  • 35 → identidad santa
  • 36 → santidad que envuelve
  • 37 → santidad que bendice
  • 38 → santidad como poder
  • 39 → santidad como salvación
  • 40 → santidad como bendición recibida
  • 41 → santidad como Presencia constante

Aquí el Curso elimina el último bastión del ego: la idea de que el Hijo de Dios pueda estar solo.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea como auto-consuelo emocional.
  • No esperar sentir algo especial.
  • Usarla precisamente cuando no se siente nada.
  • Aplicarla cuando el ego diga “estás solo”, “nadie te acompaña”, “tienes que arreglártelas por tu cuenta”.

La lección no pide fe, sino disponibilidad.

Conclusión final:

La Lección 41 establece una verdad fundamental del Curso: La soledad es imposible.

No porque el mundo sea amable, sino porque Dios nunca ha dejado a Su Hijo.

Esta lección no elimina los problemas, los deja sin fundamento.

No promete compañía futura, afirma una Presencia eterna.

Aquí el Curso entrena una confianza silenciosa y radical: allí donde creía estar solo, Dios ya estaba. Y esa certeza basta para que la paz regrese.

Frase inspiradora: “No busco bendiciones en el mundo, las reconozco en mí, porque soy bendecido como Hijo de Dios”.


Ejemplo-Guía: ¿Dónde se encuentra la felicidad?

Desde pequeños, nos enseñan que debemos responder a los estímulos externos. Ante el llanto propio de un bebé hambriento, la madre sacia su apetito dándole de mamar y, con ello, el llanto se traduce en placidez. ¿Qué ha aprendido el bebé?

Vamos creciendo en este entorno, ciertamente, condicionado, pues si bien una madre no deja de amamantar a su hijo cuando éste requiere alimentarse, sí puede elegir entre satisfacer o no las demandas que su hijo le hará, siguiendo el patrón de aprendizaje adquirido. De este modo, los adultos responderemos con agrado o desagrado a dichas peticiones. Puede ser un simple gesto, una mueca desaprobatoria, unas palabras de reproches o una acción de castigo, que en ocasiones alcanza niveles no justificados.

Todos hemos cursado en esa "escuela" de la vida. Aprendemos a sonreír cuando queremos agradar y aprendemos a ser indiferentes cuando queremos hacer ver a los demás que no nos interesa lo que nos proponen. También aprendemos a llorar cuando nos sentimos frustrados y no conseguimos ver realizados nuestros deseos.

El mensaje profundo que debemos sacar de todas estas cuestiones es que aprendemos a buscar, fuera de nosotros mismos, aquello que deseamos. Tendríamos que remontarnos al origen del primer deseo, el cual se convierte en la causa original que propició la visión del mundo que percibimos. Ese pensamiento-deseo fue la individualidad, el deseo de ser especial, el cual nos llevó a la creencia en la separación.

El mundo de la separación, el mundo material, nos ofrece cosas temporales, pues está sujeto a las leyes del espacio-tiempo. Se trata de un mundo proyectado, inventado, y la identificación con él nos ha llevado a adoptar un envoltorio físico, el cuerpo, al cual le hemos dotado con la credibilidad de nuestra única identidad y realidad.

Es necesario que comprendamos que la eterna felicidad no podemos confundirla con los momentos pasajeros de placer que nos facilita el mundo físico. ¿Conoces algún placer que sea permanente? Seguro que te habrás dado cuenta de que el ser humano, cuando desea intensamente algo, cuando lo consigue, al poco tiempo deja de interesarse por él. Es más, en muchas ocasiones, cuando se sacia de ello, lo llega a aborrecer. ¿Cómo es posible que deseemos algo con tanta intensidad y al poco tiempo lo estemos desechando?

Tal vez te encuentres entre los que han dilapidado su herencia. Entre tus alforjas de viaje, tan solo te acompaña el recuerdo de lo vivido y de esos recuerdos se desprende un aroma que nos sabe a sabiduría. Tus pies se sienten cansados de tanto caminar y tu alma añora el encuentro con la paz que no has logrado encontrar en ninguno de los paisajes por los que has pasado. Pero no pienses que te encuentras perdido, jamás lo has estado. Si escudriñas tu mente, tal vez te sorprenda descubrir que el tiempo tiene una dimensión diferente. Tienes la impresión de que en unos minutos eres capaz de colapsar toda una vida. Esa vida se presenta ante tu visión, extractada, permitiéndote ver con nitidez que esa travesía ha tocado a su fin y que ahora una nueva visión te permite percibir la magnitud eterna del presente. Y ese presente es toda tu existencia, no tan solo la pasada, sino la existencia potencial que asumes con plena consciencia de ser.

Ya no sentirás la necesidad de viajar. Tu último viaje te ha llevado a tu único destino posible, tu interior. En ese encuentro, te fundes en un amoroso abrazo con tu Padre, el cual, presto, pedirá a sus sirvientes:

"Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado".

¿Acaso imaginas una felicidad más grande?

Reflexión: Si Dios va conmigo, dondequiera que voy, ¿por qué siento infelicidad?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (8ª parte).

VII. La roca de la salvación (8ª parte).

8. Sería ciertamente una locura poner la salvación en manos de los dementes. 2Pero puesto que Dios no está loco, ha designado a Uno tan cuerdo como Él para que le presente un mundo de mayor cordura a todo aquel que eligió la demencia como su sal­vación. 3A Él le es dado elegir la forma más apropiada para ayu­dar al demente: una que no ataque el mundo que éste ve, sino que se adentre en él calladamente y le muestre que está loco. 4El Espíritu Santo no hace sino señalarle otra alternativa, otro modo de contemplar lo que antes veía, que él reconoce como el mundo en el que vive, el cual creía entender.


Este párrafo aclara quién tiene realmente la función de salvar y, sobre todo, quién no. El Curso afirma sin ambigüedad que sería una locura confiar la salvación a una mente que se cree demente. Esto descarta definitivamente la idea de que el ego, el juicio personal o el esfuerzo humano puedan conducir a la verdad.

Dado que Dios no está loco, no ha delegado la salvación en la confusión, sino que ha designado a Uno tan cuerdo como Él: el Espíritu Santo. Su función es presentar un mundo de mayor cordura precisamente a quienes han elegido la demencia como sustituto de la salvación.

La genialidad del método del Espíritu Santo reside en su no-ataque. No contradice frontalmente el mundo que el demente ve, ni lo ridiculiza, ni lo niega. Se adentra silenciosamente en él, utilizando sus propios símbolos y referencias, y desde ahí muestra suavemente que el sistema entero es insensato.

El Espíritu Santo no fuerza una nueva visión ni destruye la antigua. Simplemente señala una alternativa: otro modo de contemplar exactamente lo mismo. Esa nueva mirada se ofrece dentro del mundo que el individuo reconoce como propio, el mundo que creía entender. Así, la corrección no se vive como amenaza, sino como reconocimiento.

Mensaje central del punto:

  • La salvación no puede estar en manos de la locura.
  • Dios ha designado al Espíritu Santo como mediador cuerdo.
  • El Espíritu Santo presenta un mundo de mayor cordura.
  • No ataca el mundo percibido por el demente.
  • Entra en él silenciosamente.
  • Muestra la locura sin juicio ni confrontación.
  • Ofrece otra manera de ver lo mismo.

Claves de comprensión:

  • La salvación no es auto-dirigida desde el ego.
  • El Espíritu Santo no destruye símbolos; los reinterpreta.
  • El no-ataque es condición imprescindible para que la corrección sea aceptada.
  • La nueva percepción no sustituye el mundo; lo resignifica.
  • El reconocimiento precede a la comprensión total.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Abandona la idea de “arreglarte” por tu cuenta.
  • Permite que una interpretación más amable sustituya al juicio.
  • Observa cuándo te resistes porque sientes que tu mundo es atacado.
  • Practica aceptar otra mirada sin exigir pruebas inmediatas.
  • Recuerda: no se te pide abandonar lo que ves, sino verlo de otra manera.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué áreas sigo confiando la salvación a mi propio juicio?
  • ¿Cuándo percibo la corrección como ataque?
  • ¿Puedo aceptar una alternativa sin defender mi visión actual?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar que alguien cuerdo elija la forma?
  • ¿Qué cambiaría si permitiera otra manera de ver lo mismo?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo confirma que la salvación no es un logro personal, sino una reorientación guiada. Dios no deja la curación en manos de la confusión. El Espíritu Santo actúa como traductor entre dos sistemas de pensamiento, entrando en el mundo del error sin atacarlo y mostrando, desde dentro, que hay otra forma de verlo.

La locura no se corrige con confrontación, sino con una alternativa que se reconoce como más amable, más coherente y más verdadera.

Frase inspiradora:

“La salvación no me exige abandonar mi mundo, sino mirarlo con otra mente.”

Invitación práctica:

Hoy, cuando sientas confusión o resistencia, repite:

“Espíritu Santo, muéstrame otra manera de ver esto.”

Y permite que la corrección llegue sin esfuerzo.

lunes, 9 de febrero de 2026

Del sacrificio al amor: Una reflexión desde la Lección 343.

Del sacrificio al amor: Una reflexión desde la Lección 343.

Hay una experiencia muy común en la vida cotidiana que suele generar confusión y culpa: hacer algo por otro —cuidar, acompañar, sostener— y vivirlo internamente como un sacrificio. Especialmente cuando ese cuidado parece implicar renunciar a tiempo, proyectos, descanso o incluso a una parte de la propia vida.

Desde ese lugar surge la pregunta: Si esto lo hago “por amor”, ¿por qué me pesa tanto?

La Lección 343 de Un Curso de Milagros aborda esta cuestión de forma directa, pero no desde la exigencia moral, sino desde una revisión profunda de cómo interpretamos el dar.

El sacrificio no está en el acto, sino en la interpretación.

El Curso no dice que cuidar sea un error.
No dice que el cansancio sea una falta espiritual.
No dice que debamos forzarnos a sentir amor cuando no lo sentimos.

Dice algo mucho más preciso: El sacrificio no es un hecho, es una interpretación.

El sufrimiento aparece cuando el acto de cuidar se acompaña de pensamientos como:

  • “Estoy perdiendo mi vida”.
  • “Yo debería estar haciendo otra cosa”.
  • “Esto no me corresponde”.
  • “Si no fuera por esto, sería más feliz”.

En ese punto, el cuidado deja de ser un gesto presente y se convierte en una renuncia forzada. No por lo que se hace, sino por cómo se vive internamente.

Lo que el ego llama sacrificio.

Para el ego, sacrificarse significa perder algo valioso, quedar en desventaja, dar más de lo que se recibe, postergarse a uno mismo.

Por eso el sacrificio casi siempre va acompañado —aunque sea en silencio— de resentimiento, cansancio emocional, sensación de injusticia y culpa por desear otra cosa.

El Curso es muy claro al respecto: El amor no exige sacrificio. Si hay sacrificio, no es amor, aunque la forma externa sea correcta.

El giro que propone la Lección 343:

La Lección 343 no nos pide que demos más.
Nos pide que cuestionemos la idea de pérdida.

En esencia, nos recuerda: Nada real puede perderse.

Esto no significa que no haya esfuerzo, no haya límites, no haya cansancio y no necesitemos ayuda.

Significa algo más profundo: no estás perdiendo tu Ser por cuidar.

El dolor aparece cuando creemos que nuestra vida verdadera está en lo que no estamos haciendo, y que el amor nos está alejando de ella.

Elegir no es lo mismo que imponerse.

Hay una diferencia clave entre “tengo que hacer esto” y “estoy eligiendo esto ahora”.

El Curso no niega que haya circunstancias difíciles, pero sí señala que el sufrimiento se intensifica cuando el cuidado se vive como obligación moral, deuda o castigo.

El amor empieza a sentirse cuando el acto se elige internamente, aunque sea con cansancio, cuando se deja de usar el cuidado como prueba de valor o de culpa y cuando se reconoce que el propio valor no depende de cuántas cosas se renuncian.

Amar no es anularse.

Desde la visión de UCDM, amar no significa agotarse hasta desaparecer, no poner límites, no pedir ayuda, no descansar o no decir “hasta aquí”.

Si el cuidado te destruye, no es amor lo que se está expresando, sino una creencia inconsciente de que debes pagar algo, compensar algo o demostrar algo.

A veces, poner un límite es el acto más amoroso, incluso cuando genera incomodidad.

Una pregunta honesta que transforma la percepción.

La Lección 343 nos invita a mirar con suavidad: ¿Qué creo que estoy perdiendo al cuidar? ¿Y quién sería yo sin esa idea de pérdida?

No para juzgar la respuesta, sino para descubrir si aquello que creemos perder es real… o es solo una identidad que el ego se resiste a soltar.

Cuando el sacrificio se afloja.

Cuando empieza a asentarse —aunque sea poco a poco— la idea de que el amor no empobrece, algo cambia: el resentimiento se suaviza, la culpa pierde fuerza, el cuidado se vuelve más humano y el acto sigue siendo el mismo, pero la vivencia interna se transforma. No porque todo sea fácil, sino porque deja de ser una condena.

A título de resumen diremos que la Lección 343 no idealiza el cuidado ni exige heroísmo espiritual. Nos recuerda algo esencial:

Nada real puede perderse.
Y el amor nunca te quita lo que eres.

Si hoy algo se vive como sacrificio, el Curso no acusa. Solo invita a mirar ahí con honestidad y amabilidad. Porque no es el amor lo que duele. Es la creencia de que amar nos deja sin nada. Y esa creencia —como todas— puede ser revisada.

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 40

LECCIÓN 40

Soy bendito por ser un Hijo de Dios.

1. Comenzamos hoy a afirmar algunas de las bienaventuranzas a las que tienes derecho por ser quien eres. 2Hoy no se requieren largas sesiones de práctica, sino muchas cortas y frecuentes. 3Lo ideal sería una cada diez minutos, y se te exhorta a que trates de mantener este horario y a adherirte a él siempre que puedas. 4Si te olvidas, trata de nuevo. 5Si hay largas interrupciones, trata de nuevo. 6Siempre que te acuerdes, trata de nuevo.

2. No es preciso que cierres los ojos durante los ejercicios, aunque probablemente te resultará beneficioso hacerlo. 2Mas puede que durante el día te encuentres en situaciones en las que no puedas cerrar los ojos. 3No obstante, no dejes de hacer la sesión por eso. 4Puedes practicar muy bien en cualquier circunstancia, si realmente deseas hacerlo.

3. Los ejercicios de hoy no requieren ningún esfuerzo ni mucho tiempo. 2Repite la idea de hoy y luego añade varios de los atributos que asocias con ser un Hijo de Dios, aplicándotelos a ti mismo. 3Una sesión de práctica, por ejemplo, podría consistir en lo siguiente:

4Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
5Soy feliz y estoy en paz; soy amoroso y estoy contento.

6Otra podría ser, por ejemplo:

7Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
8Estoy calmado y sereno; me siento seguro y confiado.

9Si sólo dispones de un momento, basta con que simplemente te digas a ti mismo que eres bendito por ser un Hijo de Dios.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, mientras me identifique con el sistema de valores del ego, permanezco dormido a la verdad de lo que soy. El ego se sostiene mediante hábitos mentales aprendidos que refuerzan respuestas automáticas. Estos hábitos se han formado a partir de la experiencia en el mundo de la percepción y se basan en la creencia en la división, la competencia, la posesión, el sacrificio y el miedo.

Desde esa identificación, dar se interpreta como perder. El servicio se vive como desgaste y no como extensión natural del amor. Las relaciones quedan condicionadas por recuerdos de heridas pasadas, que se convierten en obstáculos para experimentar el amor sin reservas. Así, la libertad de expresar la verdad del Ser queda velada por capas de creencias que limitan la percepción.

El Curso no propone luchar contra esas capas, sino despertar de la identificación con ellas. Ese despertar comienza cuando acepto que soy bendito, no como un logro personal, sino como un hecho que procede de mi creación. Ser bendito es mi condición natural por ser el Hijo de Dios.

La lección utiliza el término bendito para señalar un estado que no pertenece al ego. Bendito no significa débil ni ingenuo; no es azar ni placer pasajero. Bendito es reconocer la inocencia, la dicha y la plenitud que no dependen de circunstancias externas. Estos estados no pueden ser producidos por el ego, porque no proceden del mundo, sino de la Identidad que comparto con mi Fuente.

Esta lección es especialmente sencilla porque no me pide que cambie nada, sino que recuerde lo que ya soy. Su práctica consiste en permitir que ese recuerdo se haga presente una y otra vez a lo largo del día. No se trata de convencerme ni de repetirme una idea para fabricar un estado, sino de dejar que la verdad sustituya a la creencia falsa.

La repetición no crea la verdad; la mantiene disponible en la conciencia. Del mismo modo que los hábitos del ego se reforzaron por repetición, esta práctica utiliza el mismo mecanismo para deshacerlos, pero sin esfuerzo ni imposición. El valor real de la lección no está en la técnica, sino en la elección previa: haber decidido ver de otra manera.

Al aceptar que soy bendito por ser el Hijo de Dios, dejo de buscar valor, felicidad o seguridad en el mundo. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Me gustaría compartir una reflexión nacida de una experiencia que, aunque muchos podamos comprender intelectualmente, en mi caso se reveló hace unos días con una profundidad distinta, en lo que reconocí claramente como un instante santo.

La reflexión es sencilla: ¿Qué podría aportarnos mayor dicha que la certeza de que somos el Hijo de Dios?

Esta verdad había estado presente en mi entendimiento durante mucho tiempo. La conocía, la aceptaba conceptualmente, pero hasta ese momento no la había experimentado de forma plena. Ese día dejó de ser una idea y se convirtió en una vivencia interior.

Cuando esa certeza se hace presente, no es una emoción intensa lo que surge, sino una profunda calma. Es como si el peso que sostenía la mente se disolviera. Allí donde antes quedaban restos de miedo o inquietud, apareció una serenidad suave y estable. No hubo necesidad de explicaciones ni de esfuerzo alguno.

La dicha que acompaña a ese reconocimiento no procede de nada externo. Nace de saber, sin dudas, que nada en nuestra experiencia está fuera de Dios, que no hay circunstancias abandonadas a la casualidad ni espacios donde el Amor no esté presente.

En ese instante, no se gana nada nuevo, ni se alcanza algo extraordinario. Simplemente se recuerda lo que siempre ha sido verdad. Y ese recuerdo basta para que la mente descanse.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 40 introduce explícitamente el lenguaje de bienaventuranza, término cargado de sentido en el Texto del Curso. No se refiere a recompensas futuras ni a estados especiales, sino a condiciones inherentes al Hijo de Dios.

La frase clave: “por el mero hecho de ser quien eres” sitúa la bendición antes de toda conducta, pensamiento o logro. Esta lección consolida lo afirmado en la 39: si la santidad es tu salvación, entonces la bendición no puede ser algo que se gane, sino algo que se reconoce.

Aquí el Curso empieza a sustituir la lógica de la culpa por la lógica del merecimiento natural, no basado en obras, sino en identidad.

Instrucciones prácticas:

A diferencia de las lecciones inmediatamente anteriores, esta no enfatiza sesiones largas, sino: aplicaciones breves, muy frecuentes, en cualquier contexto.

Esto es coherente con su contenido: la bendición no requiere introspección profunda, sino recordatorio constante.

La instrucción de cerrar los ojos y luego abrirlos tiene un sentido claro en el Curso: primero se afirma la verdad internamente, y luego se extiende a la percepción.

Además, la lección introduce un cambio importante: “no se te pide que resuelvas el problema”.

Esto refuerza la enseñanza central del Texto: los problemas no se resuelven; se disuelven cuando se corrige la causa.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la creencia profundamente arraigada de que:

  • hay que merecer la paz,
  • hay que corregirse para ser bendecido,
  • hay que entender para estar en paz.

La afirmación: Soy bendecido como Hijo de Dios” actúa como antídoto directo contra la autoacusación.

Además, la instrucción de aceptar que “no es un problema” no es negación, sino desidentificación. El ego define al yo a través de los problemas; esta lección enseña a no tomarlos como propios.

Espiritualmente, esta lección se apoya en un principio central del Texto: Dios no crea sin bendecir.

Ser Hijo de Dios implica estar bendecido ahora, no después de un proceso de purificación. La bendición no depende del tiempo, porque la creación no ocurrió en el tiempo.

La referencia explícita al Espíritu Santo refuerza el carácter no personal de la corrección: “El Espíritu Santo se encargará de ello sin esfuerzo alguno de tu parte”.

Esto afirma que la salvación no es una empresa humana, sino una aceptación.

Relación con el Curso:

La progresión doctrinal continúa con total coherencia:

  • 35: Identidad santa.
  • 36: Santidad que envuelve.
  • 37: Santidad que bendice.
  • 38: Santidad como poder.
  • 39: Santidad como salvación.
  • 40: Santidad como bendición recibida.

Aquí el Curso equilibra la expansión anterior: después de bendecir, sanar y salvar, ahora se afirma el derecho a recibir.

Esto previene una lectura sacrificial o heroica de la función espiritual.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para “sentirse mejor”.
  • No forzar la sensación de bendición.
  • Aplicarla especialmente cuando el ego declare que “hay un problema”.

El Curso no pide comprensión, solo disponibilidad.

Conclusión final:

La Lección 40 sella una verdad esencial del Curso: No estás intentando convertirte en algo mejor, sino recordar que ya estás bendecido.

La bendición no elimina problemas porque nunca los toma como reales.
No exige esfuerzo porque no compite con nada.

Aquí el Curso comienza a entrenar una confianza radical: en la identidad, en la guía, y en la ausencia de culpa como estado natural.


Ejemplo-Guía: ¿A qué le tienes miedo?

Este ejemplo nos invita a situarnos en el origen de nuestras emociones, allí donde parecen surgir la escasez, la culpa, el dolor y la infelicidad. Desde la enseñanza del Curso, el miedo no procede de las circunstancias ni del mundo, sino de haber olvidado a Dios y, con ello, haber olvidado quiénes somos.

El miedo es el fundamento del sistema de pensamiento del ego. No es una fuerza real ni una creación verdadera, sino el resultado de una creencia: la creencia en la separación. Cuando la mente aceptó la idea de verse a sí misma como independiente de su Fuente, pareció surgir una forma distinta de experiencia. No se perdió el Conocimiento, pero se dejó de reconocer, y fue sustituido por la percepción.

Así, la comunicación directa —el Conocimiento— fue reemplazada por una interpretación fragmentada de la realidad. La unidad dio paso a la multiplicidad, no como un hecho real, sino como una manera de ver. Desde ese momento, la mente comenzó a interpretar desde la diferencia, y el miedo apareció como consecuencia inevitable de creerse separado.

Desde entonces, la conciencia parece velada. No porque la verdad haya desaparecido, sino porque la atención se ha desplazado. El miedo no cubre la verdad; simplemente la oculta a la percepción mientras la mente elige escuchar al ego.

Esta lección nos invita a reconocer que el miedo no tiene causa real ni poder propio. Al observarlo sin juzgar y al recordar su origen ilusorio, abrimos el espacio para que sea reinterpretado. Y en esa reinterpretación, la mente comienza a recordar que nunca dejó de estar en Dios, aunque haya creído lo contrario.

Ahí es donde el miedo empieza a perder sentido.

En el mundo que la mente ha inventado y donde el ego parece gobernar, el miedo se convierte en la moneda de cambio. Este sistema se mantiene mientras el soñador no reconoce que él no es víctima del sueño, sino quien lo está interpretando. Cuando esta toma de conciencia comienza, no se trata de fabricar un sueño mejor desde el ego, sino de cuestionar el valor que se le ha dado al sueño mismo.

Tal como hemos aprendido en lecciones anteriores, la mente es la causa y la experiencia perceptiva es el efecto. No porque la mente cree acontecimientos concretos, sino porque les da significado. Al reconocer esto, empezamos a asumir la responsabilidad de cómo interpretamos lo que vivimos.

Responder con honestidad a la pregunta del ejemplo-guía —¿a qué le tengo miedo?— nos ayuda a observar el contenido de nuestra mente sin juzgarlo. La forma que adopte el miedo es irrelevante: puede expresarse como temor a un insecto, a una enfermedad o a cualquier pérdida imaginable. La causa es siempre la misma: la creencia en la separación.

El miedo no procede del objeto al que parece dirigirse, sino de la identificación con el cuerpo y con sus aparentes limitaciones. Mientras me crea un ser vulnerable, sujeto al tiempo y al espacio, el miedo parecerá razonable e inevitable.

Muchos estudios coinciden en señalar que el miedo más profundo y extendido es el miedo a la muerte. Desde la perspectiva del Curso, esto tiene una explicación clara: el ego necesita creer en la muerte para sostener su propia existencia. Si la muerte no fuera real, la identidad basada en el cuerpo tampoco lo sería, y con ello el ego quedaría sin fundamento.

Por eso, el ego defiende la realidad del miedo y de la muerte con tanta insistencia. Sin embargo, el Curso nos invita a recordar que la muerte no es la verdad, sino una creencia dentro del sueño. Al cuestionarla, no negamos la experiencia humana, sino que dejamos de otorgarle poder sobre nuestra identidad real.

Así, esta lección no nos pide que dejemos de sentir miedo por la fuerza, sino que reconozcamos su origen ilusorio. Y en ese reconocimiento, el miedo comienza a perder sentido, abriendo paso al recuerdo de lo que siempre hemos sido.

Reflexión: ¿Qué puede aportarnos más felicidad que tener la certeza de que somos el Hijo de Dios?

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