miércoles, 4 de febrero de 2026

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (4ª parte).

VII. La roca de la salvación (4ª parte).

4. Justificar uno solo de los valores que el mundo apoya es negar la cordura de tu Padre y la tuya. 2Pues Dios y Su Hijo bienamado no piensan de manera diferente. 3Y es esta concordancia en el pensamiento lo que hace que el Hijo sea un co-creador con la Mente cuyo Pensamiento lo creó a él. 4De modo que si elige creer en un solo pensamiento que se oponga a la verdad, habrá deci­dido que él no es el Hijo de su Padre porque el Hijo está loco, y la cordura tiene que ser algo ajeno al Padre y al Hijo. 5Esto es lo que crees. 6No pienses que esta creencia depende de la forma en que se manifieste. 7El que de alguna manera crea que el mundo es cuerdo, que algunas de las cosas que piensa están justificadas o que está sustentando por algún tipo de razón, cree que eso es cierto. 8El pecado no es real porque ni el Padre ni el Hijo son dementes. 9Este mundo no tiene sentido porque se basa en el pecado. 10¿Quién podría crear lo inmutable si ello no estuviese basado en la verdad?

Este párrafo revela la raíz profunda del error: no es el pecado en sí, sino la justificación de los valores del mundo. El Curso no habla aquí de conductas concretas, sino de adhesión mental. Basta con justificar un solo valor del mundo para negar simultáneamente la cordura de Dios y la propia.

La razón es metafísica, no moral: Dios y Su Hijo no piensan de manera diferente. Esa perfecta concordancia es lo que define al Hijo como co-creador, no como criatura separada. Pensar junto a Dios no es un ideal elevado, sino la condición misma de la Filiación.

Cuando el Hijo acepta un solo pensamiento que se oponga a la verdad, decide —aunque no sea consciente de ello— que no es el Hijo de su Padre, porque introduce la idea de que la cordura no es compartida. De este modo, la locura pasa a ser atribuida al Hijo, y la cordura queda separada tanto del Padre como del Hijo.

El texto es especialmente incisivo al señalar que no importa la forma que adopte esta creencia. No depende de si el mundo se defiende por razones morales, científicas, espirituales o prácticas. Cualquiera que crea que el mundo es cuerdo, que algunos de sus valores están justificados o que se sostienen “por alguna razón”, está afirmando exactamente la misma premisa.

El párrafo culmina con una afirmación decisiva: el pecado no es real porque ni el Padre ni el Hijo son dementes. El mundo carece de sentido porque se basa en el pecado, y nada que no esté fundado en la verdad puede ser inmutable.

Mensaje central del punto:

  • Justificar cualquier valor del mundo es negar la cordura compartida entre Dios y Su Hijo.
  • Padre e Hijo piensan de manera idéntica.
  • Esa concordancia es lo que hace al Hijo co-creador.
  • Aceptar un solo pensamiento contrario a la verdad implica negar la Filiación.
  • La forma del error es irrelevante; el contenido es siempre el mismo.
  • El pecado no es real porque Dios no es demente.
  • Un mundo basado en el pecado no puede tener sentido ni crear lo inmutable.

Claves de comprensión:

  • El error no está en el comportamiento, sino en la justificación mental.
  • No existen valores “parcialmente verdaderos” del mundo.
  • Pensar separado de Dios es definirse como separado de Él.
  • La cordura no es un estado psicológico, sino una unidad de pensamiento.
  • Lo inmutable solo puede proceder de la verdad.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Observa qué valores del mundo das por “razonables” o “inevitables”.
  • Detecta cuándo justificas el miedo, la defensa, la competencia o la pérdida.
  • Ante cualquier razonamiento que defienda el mundo, pregúntate:
    “¿Estoy justificando esto para sentirme seguro?”
  • Practica no defender ningún sistema de pensamiento que no provenga del Amor.
  • Recuerda: no tienes que atacar el mundo, solo retirar tu fe de él.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué valores del mundo sigo defendiendo como “lógicos” o “necesarios”?
  • ¿Confundo consenso con verdad?
  • ¿Qué pensamientos justifico aunque no procedan del Amor?
  • ¿Estoy dispuesto a soltar incluso un solo valor que se oponga a la verdad?
  • ¿Puedo aceptar que pensar con Dios define quién soy?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo desvela que la salvación no se pierde por pecar, sino por justificar. Justificar el mundo es declarar que Dios y Su Hijo no comparten una sola Mente. La salvación, por tanto, no consiste en corregir el mundo, sino en retirar la creencia de que sus valores son cuerdos.

El mundo no tiene sentido porque se basa en el pecado, y el pecado no es real porque Dios no es demente. Nada que no esté fundado en la verdad puede ser eterno ni inmutable.

Frase inspiradora:

“Pensar con Dios es mi cordura; todo lo demás carece de sentido.”

Invitación práctica:

Hoy, cuando aparezca un pensamiento que defienda el mundo, repite con suavidad:

“No justifico lo que no piensa Dios.”

Y permite que esa elección restaure tu cordura.

martes, 3 de febrero de 2026

Si no hay paz en tu mente, no la verás fuera de ti. Si no deseas la paz, no la percibirás.

Si no hay paz en tu mente, no la verás fuera de ti. Si no deseas la paz, no la percibirás.

Esta afirmación señala una de las enseñanzas más constantes y más desafiantes del Curso: la percepción no es neutra. No vemos el mundo tal como es, sino tal como está organizada nuestra mente.

La paz no es algo que se encuentre, ni algo que el mundo conceda cuando las circunstancias se alinean. La paz es un estado interno previo, y el mundo que percibimos actúa como un espejo fiel de ese estado.

La inversión que propone el Curso.

La forma habitual de pensar es esta: “Cuando el mundo esté en paz, yo estaré en paz.”

El Curso invierte completamente esta lógica: “Cuando tu mente esté en paz, verás paz.”

No porque el mundo cambie mágicamente, sino porque la mente deja de proyectar conflicto y, por tanto, deja de interpretarlo en todo.

Esta inversión no es intuitiva, pero es central. Mientras se crea que la paz depende de factores externos, la mente se coloca en una posición de espera, impotencia o lucha constante.

La paz no es ausencia de problemas.

Una de las confusiones más comunes es asociar la paz con la ausencia de dificultades. El Curso no define la paz como que no haya conflictos, que todo salga como espero o que los demás se comporten de cierta manera.

Define la paz como ausencia de guerra interna.

Por eso puede haber personas en medio de situaciones complejas que mantienen una serenidad profunda, y otras rodeadas de comodidad que viven en tensión constante. La diferencia no está en el mundo, sino en el sistema de pensamiento desde el que se interpreta.

“Si no deseas la paz, no la percibirás”.

Esta segunda parte de la reflexión es especialmente reveladora.

El Curso no afirma que no queramos la paz en absoluto, sino que muchas veces queremos otras cosas más que la paz, como por ejemplo, tener razón, defender una identidad, confirmar una historia de injusticia, mantener el juicio o no soltar el control.

Cuando estos deseos ocupan el primer lugar, la paz queda relegada. Y la percepción se organiza para sostener esos deseos, no para traer serenidad.

La mente no es incoherente: siempre ve aquello que prioriza.

El deseo como causa de la percepción.

Aquí el Curso introduce una idea muy precisa: la percepción sigue al deseo, no a los hechos.

Si el deseo principal es protegerse, se perciben amenazas. Si es justificarse, → se perciben ataques. Si es controlarlo todo, se perciben errores y, si es defender el ego, se perciben enemigos.

La paz no puede aparecer mientras no sea el deseo principal, aunque conscientemente se afirme que se la quiere.

La Lección 34 no acusa ni exige. Pide honestidad interna.

Nos invita a observar con suavidad qué deseo estoy protegiendo ahora, qué creo que perdería si eligiera la paz, qué conflicto interno estoy sosteniendo sin darme cuenta.

No para corregirnos, sino para ver con claridad. Ver es siempre el primer paso del cambio.

El mundo como espejo, no como causa.

Desde esta lección, el mundo deja de ser el origen del malestar y pasa a ser un indicador.

Si no veo paz, no es porque el mundo me la esté negando, es porque la mente no está alineada con ella.

Esto no genera culpa, sino responsabilidad consciente. Ya no necesito esperar a que todo cambie fuera para empezar a descansar.

Elegir la paz es una práctica, no una meta.

La paz no se logra de una vez ni se mantiene por fuerza de voluntad. Se elige momento a momento, a menudo en decisiones muy pequeñas, como por ejemplo, no responder desde el ataque, no alimentar un pensamiento recurrente, no seguir una historia que me altera o pausar antes de reaccionar.

Cada vez que la mente elige la paz por encima de otro deseo, la percepción se reordena un poco más.

Esta reflexión nos devuelve siempre al mismo punto: la mente es la causa, no el efecto.

Si no hay paz en la mente, no puede verse fuera. Si no se desea la paz, no puede percibirse.

No porque falte algo en el mundo, sino porque la mente está ocupada sosteniendo otra prioridad.

El Curso no nos pide perfección, solo una disposición creciente a desear la paz más que cualquier otra cosa. Y cuando ese deseo se vuelve sincero, la percepción —sin esfuerzo— empieza a reflejarlo.


Aplicación práctica de la Lección 34: Cuando a mi hijo le diagnostican un trastorno de conducta.

Recibir el diagnóstico de un trastorno de conducta en un hijo suele remover muchas cosas a la vez: miedo, culpa, incertidumbre, cansancio y una sensación profunda de no saber cómo ayudar. La mente se llena de preguntas sobre el futuro, sobre lo que se ha hecho mal o sobre lo que puede empeorar.

Desde este lugar, es comprensible que la paz parezca imposible.

El Curso no niega esta reacción humana. Pero sí invita a mirar con honestidad dónde se está situando la causa del sufrimiento.

Lo que parece evidente… y lo que no lo es tanto.

Desde la percepción inmediata, el razonamiento suele ser: “No hay paz porque mi hijo tiene este problema.”

La Lección 34 introduce una inversión suave pero decisiva: “No veo paz porque mi mente está en guerra con lo que está ocurriendo.”

Esto no significa que el diagnóstico no sea real, ni que no haya dificultades objetivas. Significa que el sufrimiento que vivo no procede solo del diagnóstico, sino de la interpretación que la mente hace de él.

El conflicto interno que suele activarse.

Ante una situación así, es habitual que la mente empiece a desear muchas cosas antes que la paz:

  • Que el diagnóstico no sea cierto.
  • Que el problema desaparezca rápido.
  • Que el niño cambie ya.
  • Que el miedo se vaya.
  • Que el futuro esté garantizado.

Estos deseos son comprensibles, pero generan una tensión constante, porque ninguno puede cumplirse de inmediato. Y mientras estos deseos ocupan el primer lugar, la paz queda relegada.

El Curso no condena esto. Solo lo hace visible.

Qué significa “desear la paz” en esta situación.

Desear la paz no significa resignarse, ni dejar de actuar, ni ignorar el diagnóstico. Significa algo mucho más concreto y accesible:

  • Dejar de luchar mentalmente contra lo que ya está ocurriendo.
  • Dejar de usar el diagnóstico como una identidad fija del niño.
  • Dejar de vivir cada conducta como una amenaza al futuro.
  • Dejar de interpretarte a ti misma como una madre “fallida”.

Cuando la mente empieza a soltar estas guerras internas, la percepción cambia, aunque la situación externa siga siendo la misma.

La paz como base para ayudar de verdad.

Aquí hay un punto clave desde el Curso: Sin paz interna, la ayuda se vuelve reactiva. Con un poco de paz interna, la ayuda se vuelve clara.

Cuando la mente está en conflicto:

  • Reacciono más de lo que acompaño.
  • Interpreto cada dificultad como un fracaso.
  • Transmito mi ansiedad al niño.
  • Me muevo desde el miedo.

Cuando la mente encuentra pequeños espacios de paz:

  • Escucho mejor.
  • Pongo límites con menos dureza.
  • Puedo pedir ayuda sin sentir derrota.
  • Veo al niño más allá del diagnóstico.

El diagnóstico no desaparece, pero deja de ocupar todo el espacio mental.

El niño no es el trastorno.

Desde la mirada del Curso, tu hijo no es su conducta, su diagnóstico, ni su dificultad actual.

Y tú no eres la causa de todo, la responsable absoluta y quien tiene que saberlo todo ahora.

Cuando esta idea empieza a asentarse, la relación se suaviza. Y muchas veces, esa suavidad es más terapéutica que cualquier intervención aislada.

Gestionar la situación desde la Lección 34.

Aplicada de forma muy concreta, esta lección puede sostenerte así:

  • Atiende el plano práctico: profesionales, terapia, orientación, límites claros.
    El Curso no sustituye nada de esto.
  • Cuida el plano interno: observa cuándo estás deseando control, certeza o perfección en lugar de paz.
  • Recuérdate:
    “Puedo actuar sin estar en guerra.”
    “Puedo acompañar sin anticipar el desastre.”
    “Puedo elegir la paz incluso aquí.”

Cada vez que eliges esto, aunque sea por instantes, la percepción se reordena.

La Lección 34 no promete que las circunstancias cambien rápidamente. Promete algo más profundo: que no necesitas esperar a que todo esté bien para empezar a estar en paz.

Si no hay paz en tu mente, no la verás fuera. Pero si empiezas a desear la paz —no como huida, sino como base—, tu manera de ver a tu hijo, a ti misma y a la situación se transforma.

Y desde ahí, la ayuda que ofreces deja de nacer del miedo y empieza a nacer del Amor.

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 34

LECCIÓN 34

Podría ver paz en lugar de esto.

1. La idea de hoy comienza a describir las condiciones que prevalecen en la otra manera de ver. 2La paz mental es claramente una cuestión interna. 3Tiene que empezar con tus propios pensamientos, y luego extenderse hacia afuera. 4Es de tu paz mental de donde nace una percepción pacifica del mundo.

2. Para los ejercicios de hoy se requieren tres sesiones de práctica largas. 2Se aconseja que lleves a cabo una por la mañana y otra por la noche, con una tercera adicional a intercalarse entremedias en el momento que parezca más conducente a ello. 3Todas las sesiones deben hacerse con los ojos cerrados. 4Es a tu mundo interno al que deben dirigirse las aplicaciones de la idea de hoy.

3. Para cada una de estas sesiones largas se requieren alrededor de cinco minutos de búsqueda mental. 2Escudriña tu mente en busca de pensamientos de temor, situaciones que provoquen ansiedad, personas o acontecimientos "ofensivos", o cualquier otra cosa sobre la que estés abrigando pensamientos no amorosos. 3A medida que cada uno de estos pensamientos surja en tu mente, obsérvalo relajadamente, repitiendo la idea de hoy muy despacio, y luego haz lo mismo con el siguiente.

4. Si comienza a resultarte difícil pensar en temas específicos, continúa repitiendo la idea para tus adentros sin prisas y sin aplicarla a nada en particular. 2Asegúrate, no obstante, de no excluir nada específicamente.

5. Las aplicaciones cortas deben ser frecuentes, y hacerse siempre que sientas que de alguna forma tu paz mental se está viendo amenazada. 2EI propósito de esto es protegerte de la tentación a lo largo del día. 3Si se presentase alguna forma específica de tentación en tu conciencia, el ejercicio deberá hacerse de esta forma:

4Podría ver paz en esta situación en lugar de lo que ahora veo en ella.

6. Si los ataques a tu paz mental se manifiestan en forma de emociones adversas más generalizadas, tales como depresión, ansiedad o preocupación, usa la idea en su forma original. 2Si ves que necesitas aplicar la idea de hoy más de una vez para que te ayude a cambiar de parecer con respecto a alguna situación determinada  trata de dedicar varios minutos a repetirla hasta que sientas una sensación de alivio. 3Te ayudará si te dices a ti mismo lo siguiente:

4Puedo sustituir mis sentimientos de depresión, ansiedad o preocupación [o mis pensamientos acerca de esta situación, persona o acontecimiento] por paz.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección vuelve a recordarme que la capacidad de decidir cómo responder a lo que percibo reside únicamente en mi mente. Nada de lo que ocurre fuera me obliga a reaccionar de una manera determinada. Cuando juzgo una situación y la condeno, estoy eligiendo mirar desde la separación, el miedo y la culpa. Desde ahí, solo parecen posibles dos respuestas: sentirme víctima o atacar aquello que percibo como una amenaza.

La lección me invita a hacer consciente el instante santo, ese breve espacio en el que puedo elegir de nuevo. Cuando respondo desde el Ser, dejo de resistirme a lo que ocurre y reconozco que cada experiencia puede convertirse en un aula de aprendizaje. Desde esa comprensión, la respuesta ya no nace del miedo, sino de la unidad y del amor. Así, no intento imponer paz, sino dar testimonio de ella.

Uno de los mensajes centrales de esta lección es que no puede haber paz fuera si antes no hay paz en la mente. La mente es la causa; la percepción es el efecto. Por eso, la paz no se alcanza modificando el escenario externo, sino aceptando una corrección interior. Cuando la paz es elegida en la mente, la percepción se suaviza de forma natural.

Resulta paradójico que la paz sea tan deseada y, sin embargo, tan poco experimentada. La razón es simple: mientras busquemos la paz en el mundo, seguiremos identificados con el ego y con la creencia en la separación. Desde ahí, la paz se convierte en un objetivo lejano, algo que parece depender de condiciones externas.

En esa búsqueda equivocada, el mundo acaba siendo acusado de no darnos lo que creemos necesitar. Volvemos a adoptar el papel de víctimas y proyectamos nuestra falta de coherencia interna en los demás, a quienes señalamos como responsables de nuestra falta de paz: los padres, la pareja, el jefe, los amigos o cualquier figura cercana.

El Curso nos invita a reconocer que la paz no se encuentra fuera porque nunca se perdió dentro. Cuando dejamos de exigirla al mundo y aceptamos elegirla en la mente, descubrimos que siempre estuvo disponible. Y desde ahí, podemos ver paz en lugar de lo que antes parecía conflicto.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 34 introduce por primera vez la elección consciente de la paz como alternativa directa al conflicto. No se trata aún de afirmar que vemos paz, sino de reconocer algo decisivo:

Existe la posibilidad de ver paz en lugar de lo que ahora veo.

El propósito de esta lección es desactivar el automatismo del ataque. Hasta ahora, el Curso ha desmontado las creencias fundamentales del ego:

  • no soy víctima (31),
  • he inventado el mundo que veo (32),
  • hay otra manera de ver (33).

Ahora da el siguiente paso lógico:  mostrar cuál es esa otra manera de ver.

La paz no se presenta como una consecuencia futura, sino como una opción disponible en el presente. Esta lección enseña que el conflicto no es inevitable, sino elegido, y que la paz es igualmente una elección.

Instrucciones prácticas:

La práctica de esta lección es sencilla, directa y profundamente transformadora.

Consiste en:

  • Detectar cualquier perturbación, por leve que sea.
  • No analizarla.
  • No justificarla.
  • Aplicar la idea diciendo lentamente: “Podría ver paz en lugar de esto.”

Después de decirla, no se pide que se fuerce un cambio emocional inmediato. Solo se pide reconocer que existe otra opción.

La lección subraya algo esencial:

  • No importa la magnitud del problema.
  • No hay situaciones pequeñas o grandes.
  • La paz es aplicable a todo por igual.

Aspectos psicológicos y espirituales:

A nivel psicológico esta lección introduce una ruptura en el ciclo habitual de reacción: estímulo → juicio → emoción → defensa.

Al decir “podría ver paz”, la mente se detiene. Se abre un espacio entre el estímulo y la respuesta. Ese espacio es libertad.

Psicológicamente, la lección reduce la reactividad, suaviza la identificación con el conflicto y devuelve sensación de elección.

Espiritualmente, esta lección afirma algo fundamental: La paz es el estado natural de la mente cuando el ataque se abandona.

No se trata de crear paz, sino de dejar de sostener el ataque. La paz no se fabrica; se recuerda.

Elegir paz es elegir alinearse con la Voluntad de Dios, que no conoce el conflicto.

Relación con el resto del Curso:

La Lección 34 es una bisagra clave en el Libro de Ejercicios.

  • Las lecciones 31–33 desmontan el error.
  • La 34 introduce la alternativa concreta.

A partir de aquí, el Curso comenzará a profundizar en el perdón, entrenar la visión pacífica y sustituir el juicio por la aceptación.

Esta lección prepara directamente:

  • la práctica del perdón (35–40),
  • la idea de que la mente puede elegir su estado,
  • la experiencia del instante santo.

Consejos para la práctica:

  • No exijas sentir paz inmediatamente.
  • No uses la frase como afirmación positiva.
  • No la conviertas en un mecanismo de negación.

La práctica es correcta cuando no luchas con lo que sientes, pero tampoco lo das por inevitable.

Un buen indicador es este pensamiento: "Tal vez no necesito tener razón en esto".

Conclusión final:

La Lección 34 no te pide que cambies lo que ves, te pide que reconozcas tu derecho a elegir cómo verlo.

El conflicto no es obligatorio. La perturbación no es inevitable. La paz no es un premio futuro. Es una opción disponible ahora.

Cada vez que eliges decir: Podría ver paz en lugar de esto, le recuerdas a tu mente que no está atrapada. Y en ese recuerdo comienza la verdadera visión.


Ejemplo-Guía: "La relación con mi pareja no me hace sentir en paz".

Iniciamos este ejemplo con uno de los ámbitos donde con mayor frecuencia experimentamos conflicto. Habitualmente, la relación de pareja se vive desde la conciencia de separación, desligada de un propósito profundo de aprendizaje y sanación. Desde esa perspectiva, la relación se interpreta en términos de necesidad, expectativa o carencia.

En el mejor de los casos, solemos atribuir el encuentro a factores externos —el destino, la casualidad o las circunstancias— sin reconocer que la relación es, ante todo, un escenario que la mente ha elegido para verse a sí misma. Así, cuando la paz no está presente, tendemos a señalar a la relación o a la otra persona como la causa del malestar, olvidando que la experiencia que vivimos es el reflejo del sistema de pensamiento desde el que estamos mirando.

Este ejemplo nos invita a cuestionar esa interpretación inicial y a abrirnos a una comprensión distinta del sentido de la relación.

Desde esa perspectiva inicial, solemos pensar que lo que estamos viviendo carece de un significado más profundo. No reconocemos que la experiencia —el efecto— responde a una causa que no se encuentra en lo visible, sino en la mente. El encuentro con la otra persona se interpreta como algo fortuito, basado en una atracción especial que nos invita a acercarnos y a compartir la vida, sin advertir que ya estamos proyectando un significado.

Esa primera etapa suele venir acompañada de una sensación cercana a la felicidad. El amor humano, vivido desde la especialidad, exalta las emociones y hace que el mundo parezca más ligero. A veces incluso se tiene la impresión de que el tiempo y el espacio se diluyen. Nos sentimos más completos, más plenos, como si algo que faltaba hubiese sido finalmente encontrado.

En ese momento, la mente crítica parece estar en silencio. Sin embargo, no ha desaparecido; lo que ocurre es que está ocupada proyectando un ideal. No estamos viendo a la persona tal como es, sino a través de una imagen construida desde nuestros deseos y expectativas.

Con el paso del tiempo, la mente egoica recupera su protagonismo y vuelve a hacer lo que le es habitual: analizar, comparar y juzgar. Y lo que juzga no es algo externo, sino una proyección de su propio contenido. El ego no reconoce esta dinámica y mantiene la ilusión de que lo percibido tiene una causa independiente.

Si en la mente no hay paz, si aún persisten contradicciones, miedos, culpas o juicios, ese contenido no tardará en proyectarse hacia fuera. Entonces, la persona amada se convierte en el espejo perfecto donde se refleja lo que no ha sido sanado. Es ahí cuando comienzan las censuras, los reproches, las exigencias y las formas de ataque sutiles o evidentes.

Desde la enseñanza del Curso, este momento no es un fracaso de la relación, sino una oportunidad de reconocimiento. La relación deja de sostener el ideal y comienza a mostrar el contenido real de la mente que la está utilizando. Ahí se abre la posibilidad de elegir ver de otra manera.

En esta experiencia no hablamos de víctimas y verdugos en el sentido metafísico que plantea Un Curso de Milagros, aunque el ego no puede aceptar fácilmente esta afirmación. Para el ego, el mundo de las formas es real y definitivo, y desde ahí interpreta el sufrimiento como prueba incuestionable de ataque, culpa y separación.

Por eso, cuando se introduce esta enseñanza, el ego reacciona con fuerza. Nos presenta imágenes extremas de violencia, abuso o agresión y nos pregunta: ¿cómo puedes decir que no hay víctimas ni culpables? Su objetivo no es buscar comprensión, sino defender el mundo de los efectos, ya que es en ese mundo donde el ego encuentra justificación para su existencia.

El Curso no niega el dolor que se experimenta en el nivel de la forma, ni invita a minimizar el sufrimiento humano. Lo que cuestiona es la causa que le atribuimos. Desde la visión espiritual, no se afirma que el ataque sea real en sí mismo, sino que el sistema de pensamiento que lo interpreta como definitivo pertenece a la mente separada.

Desde esa mente, desconectada de su Fuente, siempre se encontrarán argumentos para sostener la culpa, la condena y la división. Sin embargo, el Curso nos invita a mirar más allá del por qué y a abrirnos al para qué. No para justificar el dolor, sino para reconocer que incluso las experiencias más difíciles pueden ser utilizadas con un propósito de sanación cuando son entregadas a una interpretación distinta.

En cada instante podemos elegir entre dos maneras de ver: desde el miedo o desde el amor. Cuando elegimos el miedo, utilizamos la mente para fabricar un mundo de separación. Desde ahí surgen pensamientos defensivos, expectativas de ataque y respuestas basadas en la desconfianza. Ese miedo, proyectado al nivel de la forma, se traduce en conflicto, enfrentamiento y división.

Cuando elegimos el amor, permitimos que la mente sea corregida. Este uso recto de la mente no fabrica un mundo nuevo, sino que reinterpreta el que vemos. Desde esa percepción, el otro deja de ser un enemigo o una amenaza y es reconocido como un hermano. Las relaciones dejan de basarse en la especialidad y comienzan a orientarse hacia el respeto, la unión y la sanación.

Aunque no es posible desarrollar aquí en profundidad el tema de las relaciones especiales, conviene recordar que el Curso las describe como intentos del ego de sustituir el Amor verdadero por formas de dependencia, miedo o necesidad. A continuación, algunos mensajes del Curso que nos ayudarán a comprender mejor su significado y su propósito de transformación:

“Creer que las relaciones especiales, con un amor especial, pueden ofrecerte la salvación, es creer que la separación es la salvación” (T-15.V.3:3).

“Todas las relaciones especiales contienen elementos de miedo en ellas debido a la culpabilidad. Por eso es que están sujetas a tantos cambios y variaciones. No se basan exclusivamente en el amor inmutable. Y allí donde el miedo ha hecho acto de presencia no se puede contar con el amor, pues ha dejado de ser perfecto. El Espíritu Santo, en Su función de intérprete de lo que has hecho, se vale de las relaciones especiales, que tú utilizas para apoyar al ego, para convertirlas en experiencias educativas que apunten hacia la verdad. Siguiendo Sus enseñanzas, todas las relaciones se convierten en lecciones de amor” (T-15.V.4:1-6).

“El Espíritu Santo sabe que nadie es especial. Mas Él percibe también que has entablado relaciones especiales, que Él desea purificar y no dejar que destruyas. Por muy profana que sea la razón por la que las entablaste, Él puede transformarlas en santidad, al eliminar de ellas tanto miedo como le permitas. Puedes poner bajo Su cuidado cualquier relación y estar seguro de que no será una fuente de dolor, si estás dispuesto a ofrecérsela a Él para que no apoye otra necesidad que la Suya. Toda la culpabilidad que hay en tus relaciones especiales procede del uso que haces de ellas. Todo el amor del uso que Él hace de ellas. No temas, por lo tanto, abandonar tus imaginadas necesidades, las cuales no harían sino destruir la relación. De lo único que tienes necesidad es de Él” (T-15.V.5:1-8).

Reflexión: Si no hay paz en tu mente, no la verás fuera de ti. Si no deseas la paz, no la percibirás.

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (3ª parte).

VII. La roca de la salvación (3ª parte).

3. Volvamos a lo que anteriormente dijimos, y pensemos en ello más detenidamente. 2Debe ser, o bien que Dios está loco, o bien que este mundo es un manicomio. 3Ni uno solo de los Pensamien­tos de Dios tiene sentido en este mundo. 4Y nada de lo que el mundo acepta como cierto tiene sentido alguno en Su Mente. 5Lo que no tiene sentido ni significado es demente. 6lo que es demente no puede ser la verdad. 7Si una sola de las creencias que en tanta estima se tienen aquí fuese cierta, entonces todo Pensa­miento que Dios jamás haya tenido sería una ilusión. 8Pero si uno solo de Sus Pensamientos es cierto, entonces todas las creencias a las que el mundo otorga significado son falsas y absurdas. 9Ésta es la decisión que tienes ante ti. 10No trates de verla de otra manera ni de hacer de ella lo que no es. 11Pues lo único que puedes hacer es tomar esta decisión. 12El resto depende de Dios, no de ti.

Este párrafo lleva el razonamiento a su conclusión radical e ineludible. El Curso elimina cualquier zona intermedia y presenta una disyuntiva absoluta, sin matices psicológicos ni concesiones al pensamiento del mundo.

El argumento es lógico, no teológico: si el mundo tiene razón, Dios tendría que estar loco; si Dios es cuerdo, entonces el mundo es demente.

No hay posibilidad de conciliación entre ambos sistemas de pensamiento porque operan con significados opuestos. El texto afirma que ningún Pensamiento de Dios tiene sentido en el marco del mundo, y que nada de lo que el mundo considera verdadero tiene significado alguno en la Mente de Dios. Por tanto, no es una diferencia de grados, sino de naturaleza.

El Curso redefine aquí la locura: “Lo que no tiene sentido ni significado es demente.”

Y establece una ley absoluta: “Lo que es demente no puede ser la verdad.”

A partir de ahí, el razonamiento es irreversible. Si una sola creencia del mundo fuese cierta, todo Pensamiento de Dios sería ilusorio. Pero si un solo Pensamiento de Dios es verdadero, entonces todo el sistema de creencias del mundo es falso y absurdo.

Este párrafo culmina declarando que solo hay una decisión que tomar. No se te pide que entiendas el resto, ni que lo resuelvas, ni que lo controles.
La elección es únicamente a qué sistema otorgas realidad.
Todo lo demás le corresponde a Dios.

Mensaje central del punto:

  • Dios y el mundo representan dos sistemas de pensamiento incompatibles.
  • No pueden ser ambos verdaderos.
  • Lo que no tiene significado es locura.
  • La verdad no puede ser demente.
  • O el mundo está equivocado, o Dios lo está (y el Curso no deja dudas).
  • Solo hay una decisión real que tomar.
  • El resto no depende del esfuerzo humano, sino de Dios.

Claves de comprensión:

  • El Curso no intenta reformar el mundo, sino cuestionar su base.
  • La locura no se define por intensidad emocional, sino por falta de significado.
  • El conflicto interior surge al intentar hacer compatibles dos sistemas irreconciliables.
  • La paz aparece cuando se deja de negociar con la ilusión.
  • Elegir la verdad no requiere comprensión total, solo disposición.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Cuando te sientas dividido, recuerda: no estás confundido, estás intentando servir a dos sistemas.
  • Observa qué pensamientos tienen sentido solo dentro del miedo, la pérdida o la defensa.
  • Practica soltar la necesidad de justificar el mundo.
  • Ante una decisión difícil, pregúntate: “¿Esto tiene sentido solo aquí, o también en la Mente de Dios?”
  • Descansa en no tener que resolverlo todo: la corrección no es tu función.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué áreas sigo intentando que el mundo y Dios tengan razón a la vez?
  • ¿Confundo familiaridad con verdad?
  • ¿Qué creencias defiendo aunque no tengan significado real?
  • ¿Estoy dispuesto a aceptar que solo debo elegir, no comprenderlo todo?
  • ¿Puedo permitir que el resto dependa de Dios?

Conclusión:

Este párrafo es uno de los más contundentes de todo el Texto. No busca consolar al ego, sino liberar a la mente de una negociación imposible. La salvación no es un proceso de mejora del mundo, sino una decisión de coherencia: elegir qué sistema es real.

No se te pide que hagas el trabajo de Dios. Solo se te pide que elijas.
La corrección, la coherencia y la paz no son tu responsabilidad.

Frase inspiradora:

“No hay dos verdades: o el mundo es una ilusión, o Dios lo es.”

Invitación práctica:

Hoy, cuando surja la confusión, repite con suavidad:

“No tengo que entenderlo todo. Solo tengo que elegir la verdad.”

Y deja que el resto se haga solo.

¿Cómo puedo dominar mi mente subconsciente?

¿Cómo puedo dominar mi mente subconsciente?

Esta es la pregunta práctica central de Un Curso de Milagros, y conviene responderla con mucha claridad, porque aquí es donde muchos estudiantes se frustran o se juzgan innecesariamente.

Primero, una corrección fundamental.

Un Curso de Milagros no enseña a “dominar” la mente subconsciente. Eso es crucial entenderlo desde el inicio.

El intento de dominar, controlar o forzar los pensamientos pertenece al ego. Y el ego jamás puede deshacer al ego. El Curso no propone control, propone entrenamiento suave, vigilancia y entrega.

Por eso Jesús dice, de manera muy clara: “Una mente sin entrenar no puede lograr nada.” (Libro de Ejercicios, Introducción).

No dice: una mente que controle todo. Dice: una mente entrenada.

Entonces, ¿por qué aparecen pensamientos del pasado y del futuro “sin permiso”?

Porque eso es exactamente lo que hace una mente no entrenada.

La mente que el Curso llama “errada”:

  • Vive en el pasado o en el futuro.
  • Repite escenas.
  • Anticipa amenazas.
  • Reproduce culpa y miedo automáticamente.

Eso no es un fallo del estudiante. Eso es el punto de partida que el Curso da por hecho.

Por eso el Curso no empieza con “elige pensamientos elevados”, sino con:

  • “Mis pensamientos no significan nada”
  • “Nunca estoy disgustado por la razón que creo”
  • “Estoy disgustado porque veo algo que no está ahí”

Antes de cambiar pensamientos, hay que aprender a observarlos sin seguirlos.

Entonces, ¿qué hago cuando la mente “se va”?

Aquí está la clave práctica: No se te pide que detengas los pensamientos. Se te pide que NO LOS SIGAS.

El Curso no habla de dominar la mente subconsciente, sino de retirar la creencia en lo que la mente dice.

La práctica real es esta:

  1. El pensamiento aparece (pasado, futuro, culpa, miedo).
  2. Lo reconozco: Este es un pensamiento del ego.”
  3. No lo discuto. No lo analizo. No lo combato.
  4. Lo entrego: “Espíritu Santo, decide tú por mí.”

Eso ES el entrenamiento.

¿Y por qué vuelve una y otra vez?

Porque la mente ha sido entrenada durante años —o vidas, diría el Curso— en el sistema del ego.

La repetición no indica fracaso. Indica desaprendizaje en proceso.

Jesús lo dice con una ternura brutal: “Tu progreso se juzga por tu disposición, no por tus resultados.”

Cada vez que te das cuenta de que te has perdido en la carrera mental, ese darse cuenta ya es un avance.

Antes estabas perdido sin saberlo. Ahora te pierdes… y te observas.

Eso es conciencia despertando.

Entonces, ¿cuál es la práctica concreta?

No se trata de dominar tu mente subconsciente, sino de dejar de identificarte con ella.

Prácticas sencillas del Curso:

  • Pausar varias veces al día.
  • Decir internamente:
    • “Podría ver paz en lugar de esto.”
    • “No sé cuál es el propósito de esto.”
    • “Espíritu Santo, reinterpreta esto por mí.”
  • No buscar sentirte mejor de inmediato.
  • Buscar no decidir solo.

El punto más importante (y más liberador).

No tienes que limpiar la mente para estar en paz. La paz limpia la mente cuando eliges unirte a ella.

El ego dice: “Cuando controles tu mente, tendrás paz.”

El Curso dice: “Cuando elijas la paz, la mente se aquietará por sí sola.”

Y esa elección no es un acto heroico. Es una pequeña dosis de buena voluntad, repetida muchas veces.

 

Para recordar: “No soy responsable de los pensamientos que aparecen, pero sí de a cuál le doy autoridad”.

Eso es todo el poder que el Curso te devuelve. Y es más que suficiente.

 

Práctica diaria UCDM (Para una mente dispersa, sin forzarla).

Duración total: 10–15 minutos
Frecuencia: una vez al día (ideal por la mañana)
Objetivo: no controlar la mente, sino elegir de nuevo el guía.

1.  Preparación (1 minuto).

Siéntate cómodamente.
No intentes relajarte ni “poner la mente en blanco”.

Di internamente, con suavidad:

“No sé cómo aquietar mi mente por mi cuenta.”
“No sé cuál es el propósito de nada de lo que pienso.”

(Esto no es rendición pasiva: es honestidad radical, que el Curso valora profundamente.)

2.  Reconocimiento (2–3 minutos).

Permite que la mente funcione como lo hace habitualmente.
Pensamientos del pasado, del futuro, imágenes, diálogos internos.

No los frenes.
No los analices.

Solo observa y nombra, muy suavemente:

  • “Pensamiento del pasado.”
  • “Pensamiento del futuro.”
  • “Pensamiento de miedo.”
  • “Pensamiento de culpa.”

Sin juicio.
Sin corrección.

Esto ya es entrenamiento. El ego se alimenta de ser seguido, no de ser observado.

3.  La clave del Curso: no decidir solo (3 minutos).

Cuando notes que te has perdido en una cadena de pensamientos, di internamente:

“Espíritu Santo, no quiero decidir esto solo.”

Y añade una de estas frases (elige solo una por día):

  • “Podría ver paz en lugar de esto.”
  • “No soy víctima del mundo que veo.”
  • “Mis pensamientos no significan nada.”
  • “Estoy dispuesto a ver esto de otra manera.”

No esperes sentir nada especial. El Curso no trabaja con sensaciones, sino con elección.

4.  Breve quietud sin expectativas (2–3 minutos).

Ahora deja de repetir frases.

Permanece en silencio interior aunque la mente siga hablando.

No luches contra el ruido mental.
La quietud no es ausencia de pensamientos; es ausencia de identificación con ellos.

Si aparece un pensamiento fuerte, di una sola vez:

“Eso no es lo que quiero.”

Y vuelve a la quietud.

5.  Cierre y extensión (1 minuto).

Cierra la práctica con esta idea:

“Hoy no necesito vigilar mi mente,
solo recordar a quién quiero escuchar.”

Compromiso simple para el día:

  • Cada vez que notes dispersión, no la corrijas.
  • Solo di internamente: “Elijo de nuevo.”

Eso es todo.

Aclaraciones importantes para el estudiante:

  • No busques resultados inmediatos.
  • No midas la práctica por cuán “callada” estuvo la mente.
  • El progreso se mide solo por una cosa: ¿me di cuenta más rápido de que me había perdido?

Si la respuesta es sí, la práctica está funcionando.

Frase-guía para recordar durante el día:

No tengo que dominar mi mente.
Solo tengo que dejar de seguirla sin cuestionarla.

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