viernes, 18 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 261

¿Qué es el cuerpo?

1. El cuerpo es una cerca que el Hijo de Dios se imagina haber erigido para separar partes de su Ser de otras partes. 2Cree vivir dentro de esa cerca, para morir a medida que ésta se deteriora y se desmorona. 3Pues cree estar a salvo del amor dentro de ella. 4Al identificarse con lo que considera es su seguridad, cree ser lo que ésta es. 5¿De qué otro modo, si no, podría estar seguro de que permanece dentro del cuerpo, y de que mantiene al amor afuera?

2. El cuerpo no perdurará. 2Sin embargo, para él eso supone una doble seguridad. 3Pues la temporalidad del Hijo de Dios es la "prueba” de que sus cercas funcionan y de que están llevando a cabo la tarea que su mente les asignó. 4Pues si su unidad aún permaneciese intacta, ¿quién podría atacar y quién podría ser ata­cado? 5¿Quién podría ser el vencedor? 6¿Quién la presa? 7¿Quién podría ser la víctima? 8¿Quién el asesino? 9Y si él no muriese, ¿qué "prueba" habría de que el eterno Hijo de Dios puede ser des­truido?

3. El cuerpo es un sueño. 2Al igual que otros sueños, a veces pa­rece reflejar felicidad, pero puede súbitamente revertir al miedo, la cuna de todos los sueños. 3Pues sólo el amor puede crear de verdad, y la verdad jamás puede temer. 4Hecho para ser temeroso, el cuerpo no puede sino cumplir el propósito que le fue asignado. 5Mas podemos cambiar el propósito que el cuerpo obedece si cambiamos de parecer con respecto a su finalidad.

4. El cuerpo es el medio a través del cual el Hijo de Dios recobra la cordura. 2Aunque el cuerpo fue concebido para condenarlo al infierno para siempre, el objetivo del Cielo ha sustituido a la búsqueda del infierno. 3El Hijo de Dios busca la mano de su her­mano para ayudarlo a marchar por la misma senda que él. 4Ahora el cuerpo es santo. 5Ahora su propósito es sanar la misma mente para dar muerte a la cual fue concebido.

5. Te identificarás con lo que pienses que te ha de dar seguridad. 2Sea lo que sea, creerás que ello es lo que tú eres. 3Tu seguridad reside en la verdad, no en las mentiras. 4El amor es tu seguridad. 5El miedo no existe. 6Identifícate con el amor, y estarás a salvo. 7Identifícate con el amor, y estarás en tu morada. 8Identifícate con el amor, y hallarás tu Ser.

LECCIÓN 261

Dios es mi refugio y seguridad.

1. Me identificaré con lo que creo que es mi refugio y mi seguridad. 2Me veré a mí mismo allí donde percibo mi fuerza y pensaré que vivo dentro de la ciudadela en la que estoy a salvo y en la que no puedo ser atacado. 3No dejes que hoy busque seguridad en el peligro ni que trate de hallar mi paz en ataques asesinos. 4Vivo en Dios. 5En Él encuentro mi refugio y mi fortaleza. 6En Él radica mi Identidad. 7En Él reside la paz eterna. 8Y sólo allí recordaré Quién soy realmente.

2. No dejes que vaya en pos de ídolos, 2Padre mío, pues lo que deseo es estar Contigo en casa. 3Elijo ser tal como Tú me creaste y encontrar al Hijo que Tú creaste como mi Ser.


¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 261 de Un Curso de Milagros, «Dios es mi refugio y seguridad», me enseña que la verdadera protección procede del Amor y que en la Presencia de Dios no existe el miedo. Esta lección me recuerda que la seguridad no se encuentra en el mundo ni en las defensas del cuerpo, sino en la certeza de mi unión con mi Creador. Al reconocerlo, mi mente descansa en la paz y en la confianza absoluta.

Desde pequeño, recuerdo que cuando enfrentaba episodios de miedo, buscaba la presencia inmediata de mis seres queridos. Su cercanía tenía el poder de calmar mi ansiedad y disipar mis temores. Hoy comprendo que el amor que sentía por ellos me brindaba una sensación de seguridad y protección. Aquella experiencia era un reflejo del Amor divino que nos envuelve eternamente y que constituye nuestra verdadera fortaleza.

El amor disipa el miedo. El amor aporta seguridad y protección. El amor es la esencia con la que hemos sido creados por nuestro Hacedor y, por tanto, es nuestra condición natural. Como enseña el Curso: «No hay otro amor que el de Dios, y todo amor es de Él» (L-pI.127.3:5), y también: «El miedo es una ilusión, pues tú eres como Dios» (M-18.3:12). En esta verdad encontramos el fundamento de nuestra paz y la certeza de nuestra invulnerabilidad.

El miedo surge de la ausencia de amor y de la identificación errónea con el cuerpo material. Al creernos separados de los demás, el cuerpo se siente vulnerable y amenazado. Así nace la ilusión del pecado y el temor a un Dios vengativo, fruto de una percepción distorsionada. Sin embargo, Dios no castiga ni condena, pues Su naturaleza es Amor puro. El miedo reclama sacrificio y sufrimiento como vías de redención, pero el Curso nos enseña que tales creencias son ilusorias.

El miedo desaparece cuando permitimos que la luz penetre en nuestra conciencia y disipe la oscuridad. La luz simboliza la unidad, mientras que las tinieblas representan la separación. «La paz de Dios refulge en ti ahora, así como en toda cosa viviente» (L-pI.188.5:5). Al aceptar esta luz, recordamos que estamos a salvo en el Amor de nuestro Padre.

¿Qué padre no protege a su hijo? Dios es nuestro refugio y Su Luz nos resguarda eternamente. Su Amor nos envuelve y nos sostiene más allá de toda circunstancia. Al confiar en Él, abandonamos el miedo y descansamos en la certeza de Su protección.

Hoy reconozco que Dios es mi refugio y mi seguridad. Permanezco en Su Amor, sabiendo que nada puede amenazarme, pues soy Su Hijo amado. Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 261 enseña que:

  • Te identificas con lo que crees que te protege.
  • La seguridad basada en el mundo es inestable.
  • Buscar seguridad en el ataque genera más miedo.
  • Dios es el único refugio real.
  • En Él se encuentra la verdadera identidad y paz.

No es protección externa. Es reubicación interna de seguridad.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Dios es mi refugio y seguridad”.

Cada repetición reduce la sensación de vulnerabilidad, debilita la necesidad de control, fortalece la confianza interna y restablece la paz.

No es afirmación emocional, es recuerdo de dónde estás realmente.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre el miedo y la necesidad de protección.

Cuando buscas seguridad fuera, aparece ansiedad, se refuerza la vigilancia constante, dependes de factores externos y temes perder lo que te “protege”.

Cuando reconoces una seguridad interna, disminuye la tensión, aparece una sensación de sostén, se reduce la reactividad y aumenta la estabilidad emocional.

No porque el mundo cambie, sino porque dejas de depender de él para sentirte seguro.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que vives en Dios, no en el mundo, que tu esencia no puede ser atacada, que la paz es inherente a tu origen y que la seguridad es absoluta, no relativa.

Y revela algo profundamente consolador: No necesitas protegerte, necesitas recordar que ya estás a salvo.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa cualquier momento de miedo o inseguridad.
  • Detecta dónde estás buscando protección.

Y entonces, “Dios es mi refugio y seguridad”.

Puedes acompañarlo con:

  • “No necesito defenderme aquí”.
  • “Estoy a salvo en lo que soy”.

Y permitir que la mente se suavice.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No usar la idea para negar emociones de miedo.
No forzar una sensación artificial de seguridad.
No rechazar el mundo como mecanismo defensivo.

Reconocer el miedo sin reforzarlo.
Usar la idea como anclaje, no como evasión.
Permitir que la confianza crezca gradualmente.

La seguridad no se impone, se recuerda.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión continúa de forma muy coherente:

  • 260 → Dios es mi origen.
  • 261 → Dios es mi refugio.

Ahora no sólo sabes de dónde vienes, sabes dónde estás.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 261 es profundamente reconfortante:

No estás expuesto.
No estás solo.
No estás a merced del mundo.

Lo que eres, no puede ser atacado, no puede perderse y no puede dañarse.

Y cuando esto empieza a sentirse, aunque sea ligeramente, algo en ti deja de tensarse. Porque ya no necesitas sostener defensas, sólo recordar que estás en casa.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de buscar protección fuera, descubro que siempre estuve a salvo en Dios”.


Ejemplo-Guía: "Vivir sin miedos".

La creencia de que el cuerpo nos aporta seguridad nos ha llevado a la fabricación de formas cada vez más complejas y, en ocasiones, más terroríficas, para superar nuestros miedos. Buscamos protección en lo externo, sin advertir que aquello en lo que depositamos nuestra confianza es, precisamente, lo que refuerza nuestra sensación de vulnerabilidad.

El ego no le tiene miedo al cuerpo; le tiene miedo al amor. No temer al amor significaría el fin de su identidad, el reconocimiento de que su mundo es irreal, una ilusión sostenida por la creencia en la separación. Allí donde el amor es aceptado, el ego desaparece, pues su fundamento se desvanece ante la verdad.

¿Te imaginas un mundo en el que se pueda vivir sin miedos? Vencer el miedo en este mundo es el paso previo al despertar. Dentro del sueño, tomar conciencia de que somos los soñadores de nuestros sueños nos invita a elegir tener sueños felices (T-28.II.5:2-7). Tal vez haya sido necesario experimentar pesadillas y recibir el consuelo de nuestros progenitores para comprender la naturaleza ilusoria de nuestros temores. De igual modo, nuestras experiencias en el mundo nos conducen a reconocer que el miedo no es real.

Dejamos de otorgar significado al miedo cuando aceptamos la presencia de Dios en nuestras mentes y en nuestras vidas. En ese encuentro, en ese instante santo, recordamos nuestra verdadera identidad y entregamos nuestras defensas al Espíritu Santo, quien guía nuestra mente hacia el estado de indefensión. Esta indefensión no es debilidad, sino fortaleza (L-pI.153.6:1); es la certeza de que nada real puede ser amenazado (T-in.2:2).

Vivir sin miedos tiene un único requisito: dejar de creer en la separación. Tomar conciencia de que nada externo a nosotros posee poder real nos eleva a un estado de libertad interior. Cuando comprendemos que nuestra esencia es espiritual y eterna, dejamos de sentirnos vulnerables ante las ilusiones del mundo.

Esta comprensión no implica negar la experiencia humana, sino reinterpretarla. El miedo deja de ser un enemigo y se convierte en una señal que nos invita a elegir de nuevo. Cada vez que elegimos el amor en lugar del temor, nos acercamos al recuerdo de Dios y a la paz que constituye nuestra herencia natural.

Utilicemos, pues, nuestra imaginación para crear pensamientos libres de miedo. Tales pensamientos se manifestarán en experiencias que nos permitirán percibir correctamente, con la visión unificadora de que todo forma parte del Todo. Así, nuestra percepción se transforma y el mundo deja de ser un lugar de amenaza para convertirse en un aula de aprendizaje.

Vivir sin miedos es vivir en Dios. Es reconocer que somos Espíritu, invulnerables y eternos. Y en ese reconocimiento hallamos la paz perfecta, la libertad verdadera y la certeza de que el amor es la única realidad.


Reflexión: ¿Qué te aporta más seguridad, el miedo o el amor?

¿Y si sentirte seguro no dependiera de construir mejores defensas… sino de recordar que aquello que realmente eres nunca ha estado en peligro? Aplicando la Lección 261.

¿Y si sentirte seguro no dependiera de construir mejores defensas… sino de recordar que aquello que realmente eres nunca ha estado en peligro? Aplicando la Lección 261.

La Lección 261 nos invita a mirar de frente una de las necesidades más profundas de nuestra experiencia humana: sentirnos seguros. Desde que somos niños buscamos protección en personas, lugares, recursos, relaciones, salud, estabilidad económica, conocimientos o sistemas de control. Nada de esto es necesariamente incorrecto; dentro del mundo puede ser razonable proteger el cuerpo, organizar nuestra vida y tomar decisiones prudentes. Pero la lección nos pregunta algo mucho más profundo: ¿dónde he colocado mi verdadera seguridad? Porque terminamos identificándonos con aquello que creemos que nos protege. Si pienso que mi seguridad depende exclusivamente del cuerpo, viviré pendiente de todo lo que pueda amenazarlo. Si depende de una persona, temeré perderla. Si depende del dinero, nunca parecerá suficiente. La lección propone una reubicación interior: 👉 “Dios es mi refugio y seguridad.” Vivimos en Dios, en Él encontramos nuestra fortaleza, nuestra Identidad y la paz eterna.

🌿 Aquello en lo que deposito mi seguridad acaba diciéndome quién creo que soy.

La introducción que precede a esta lección profundiza precisamente en esta idea: nos identificamos con aquello que creemos que puede protegernos. Si considero que mi cuerpo es mi refugio, inevitablemente acabaré pensando que soy un cuerpo. Si creo que mi seguridad reside en mi imagen social, terminaré dependiendo de la aprobación. Si la coloco en una relación, el miedo a perderla condicionará mi manera de amar. Si deposito toda mi confianza en el control, cualquier imprevisto parecerá una amenaza. No hay nada malo en utilizar medios prácticos de protección, pero existe una enorme diferencia entre utilizarlos y convertirlos en la fuente de nuestra seguridad. Todo lo externo cambia. Si mi paz depende por completo de algo cambiante, viviré vigilando continuamente la posibilidad de perderlo.

👉 Cada vez que convierto una forma temporal en mi refugio definitivo, también acepto la idea de que mi seguridad puede desaparecer con ella.

Las defensas prometen seguridad, pero muchas veces mantienen vivo el miedo.

Cuando sentimos peligro, la reacción natural es defendernos. Organizamos, anticipamos, vigilamos, acumulamos garantías y pensamos que cuanto mayor sea nuestra capacidad de controlar, más tranquilos estaremos. Sin embargo, existe una paradoja: muchas defensas necesitan que mantengamos constantemente presente aquello contra lo que nos defendemos. Para protegerme de una amenaza tengo que recordarla, imaginarla y vigilarla. Así, aunque determinadas medidas prácticas puedan ser necesarias, la mente puede terminar viviendo dentro del miedo que pretendía evitar. La Lección 261 no nos pide abandonar la prudencia, sino dejar de confundir defensa con verdadera seguridad. Puedo cerrar una puerta por la noche sin pasar horas imaginando quién podría entrar. Puedo cuidar mi salud sin convertir cada sensación del cuerpo en una amenaza. Puedo organizar mis recursos sin hacer del futuro una preocupación interminable.

👉 La defensa práctica puede ser útil; el miedo constante no me protege, sólo me mantiene mentalmente unido a aquello que temo.

🕊️ Dios como refugio no significa que nada desagradable pueda ocurrir en la forma.

Esta enseñanza necesita aplicarse con sensatez. Decir que Dios es nuestro refugio no significa afirmar que el cuerpo nunca enfermará, que ninguna relación terminará o que no tendremos que afrontar dificultades. Si interpretáramos la lección así, convertiríamos a Dios en una garantía de que el mundo obedecerá nuestros deseos. La seguridad de la que habla el Curso pertenece a otro nivel: aquello que verdaderamente somos no puede ser atacado, perdido ni destruido. Podemos atravesar experiencias difíciles sin que nuestra verdadera Identidad quede modificada por ellas. Esto no elimina el dolor humano, pero cambia profundamente la manera de vivirlo. Ya no necesito interpretar cada amenaza contra la forma como una amenaza contra mi Ser.

👉 Estar a salvo en Dios no significa vivir en un mundo sin cambios; significa recordar que ningún cambio puede alterar aquello que Dios creó eterno.

🌞 El miedo puede convertirse en una señal que me muestre dónde estoy buscando seguridad.

En lugar de considerar el miedo exclusivamente como un enemigo, podemos aprender a utilizarlo como una pregunta. Cada vez que aparezca, quizá podamos detenernos y observar: ¿qué siento que está amenazado? ¿Qué creo que necesito proteger para seguir estando bien? Tal vez sea mi imagen, una relación, una expectativa, mi cuerpo, una posición económica o la necesidad de tener razón. El miedo puede mostrarnos exactamente dónde hemos colocado nuestra identidad y nuestra seguridad. Esto no significa que debamos eliminar inmediatamente aquello que valoramos; significa que podemos reconocer la carga que hemos depositado sobre ello. Puedo amar una relación profundamente sin exigirle que garantice mi existencia. Puedo cuidar mi cuerpo sin pensar que mi Ser termina en él. Puedo valorar un proyecto sin convertir su fracaso en el fracaso de mi vida.

👉 Cada miedo puede convertirse en una invitación a preguntarme: ¿estoy intentando encontrar fuera la seguridad que sólo puede descansar en lo que soy?

🤍 La seguridad verdadera no necesita atacar para defenderse.

Cuando creemos que somos vulnerables, el ataque puede parecer una forma lógica de protección. Pensamos que debemos adelantarnos, responder con dureza o demostrar fuerza para evitar que nos hagan daño. Pero cuanto más utilizamos el ataque como defensa, más confirmamos que vivimos en un mundo lleno de enemigos. La mente se vuelve vigilante y la paz desaparece. Recordar que Dios es nuestro refugio no nos vuelve pasivos; puede hacernos más claros. Podemos decir no, poner límites o alejarnos de una situación sin utilizar el odio como escudo. Podemos proteger el cuerpo y, al mismo tiempo, recordar que el ataque contra nuestra dignidad esencial es imposible.

👉 Cuando mi seguridad deja de depender de vencer al otro, puedo proteger lo que sea necesario sin convertir la defensa en una nueva forma de guerra.

🌿 El Amor ofrece una seguridad que el control nunca puede garantizar.

La introducción a la lección afirma algo muy hermoso: el Amor es nuestra seguridad y, cuando nos identificamos con él, encontramos nuestro Ser. Esto no significa que el Amor controle las circunstancias, sino que nos recuerda una realidad que no depende de ellas. El ego quiere garantías externas: que nada cambie, que nadie nos abandone, que el cuerpo permanezca siempre bien, que nuestros planes salgan según lo previsto. El Amor ofrece algo distinto: aunque las formas cambien, seguimos perteneciendo a una realidad que no puede perderse. Tal vez por eso confiar produce una sensación tan diferente del control. El control está siempre tenso porque necesita vigilar. La confianza puede actuar y después descansar.

👉 Cuando dejo de pedirle al mundo garantías imposibles, comienzo a descubrir una seguridad interior que no necesita ser demostrada continuamente.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Dios es mi refugio y seguridad.” No lo utilices para negar el miedo ni para obligarte a sentirte protegido. Observa dónde aparece la inseguridad. Si surge preocupación económica, hazte cargo de lo que sea necesario, pero pregunta: ¿estoy convirtiendo esta situación en la medida de toda mi seguridad? Si temes perder una relación, reconoce ese miedo y recuerda que amar no significa hacer del otro la fuente de tu existencia. Si aparece preocupación por el cuerpo, cuídalo, consulta cuando corresponda y, al mismo tiempo, recuerda que aquello que eres no termina en él. Si sientes necesidad de defenderte ante una crítica, pregúntate qué parte de tu identidad crees que está siendo amenazada. Puedes acompañar la práctica con dos pensamientos sencillos: no necesito defender mi Ser aquí. Estoy a salvo en lo que soy.

👉 La práctica de hoy no consiste en evitar todas las situaciones que producen miedo, sino en dejar de concederles el poder de decidir dónde reside mi verdadera seguridad.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 260 nos invitaba a recordar que Dios nos creó. La 261 da el siguiente paso: si Dios es nuestro Origen, también es nuestro refugio. Ya no sólo sabemos de dónde procedemos; empezamos a recordar dónde permanecemos. La separación nos hizo imaginar que habíamos abandonado nuestra Fuente y que debíamos protegernos dentro de una identidad individual vulnerable. De ahí nace la obsesión por las defensas y el temor a perder todo aquello con lo que nos identificamos. Pero si seguimos viviendo en Dios, nuestra verdadera seguridad nunca dependió de esas formas. Esto no significa negar el mundo, sino dejar de pedirle una protección absoluta que no puede ofrecer. Podemos utilizar sus medios sin convertirlos en nuestra morada. La paz aparece cuando el cuerpo deja de ser nuestra fortaleza, el control deja de ser nuestro dios y el Amor vuelve a ocupar el lugar que nunca perdió.

👉 Cuando dejo de buscar mi refugio en aquello que puede cambiar, descubro que siempre estuve sostenido por una Presencia que nunca pudo abandonarme.

🌟 Frase central: “Mi verdadera seguridad no consiste en conseguir que nada pueda ocurrirme, sino en recordar que nada de lo que ocurra puede cambiar aquello que soy en Dios.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero recordar dónde estoy verdaderamente a salvo.

Durante mucho tiempo he buscado refugio en cosas que podían cambiar. He pensado que mi cuerpo me protegía, que una relación me garantizaba compañía, que el dinero podía librarme del miedo o que controlar las circunstancias impediría que algo inesperado ocurriera.

No quiero condenar esos medios. Quiero simplemente dejar de pedirles aquello que no pueden ofrecer.

Si necesito proteger mi cuerpo, ayúdame a hacerlo con sensatez y sin convertir el miedo en mi guía. Si tengo que organizar mi vida, que pueda hacerlo sin creer que todo depende de mi control. Si temo perder algo que amo, recuérdame que el Amor verdadero no puede desaparecer aunque cambien sus formas.

Cuando aparezca el miedo, no quiero luchar contra él. Quiero escucharlo como una señal.

¿Dónde estoy buscando seguridad? ¿Qué creo que puede serme arrebatado? ¿Qué estoy confundiendo con mi verdadera Identidad?

Padre, enséñame entonces a volver. Tú eres mi refugio. Tú eres mi fortaleza. En Ti reside mi Identidad.

No necesito convertir estas palabras en una negación de mis emociones. Quiero permitir que penetren lentamente en mi manera de vivir.

Que cada defensa innecesaria pueda relajarse. Que cada miedo pueda mostrarme dónde todavía confío más en las formas que en el Amor. Que cada hermano deje de parecerme una amenaza y pueda convertirse en una oportunidad para recordar que ninguno de nosotros está realmente separado.

Hoy no quiero construir una fortaleza más fuerte alrededor de mí. Quiero recordar que nunca estuve fuera de Casa.

“Padre, hoy dejo de buscar una seguridad absoluta en aquello que cambia. Ayúdame a cuidar responsablemente mi vida sin convertir el miedo en mi protector, a establecer límites sin atacar y a recordar, en cada circunstancia, que mi verdadera Identidad permanece en Ti. Que pueda descansar cada vez más profundamente en la certeza de que Tu Amor es mi refugio, mi fortaleza y la única seguridad que nunca puede perderse.”

¿Por qué necesitamos controlar a los demás?

Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Por qué necesitamos controlar a los demás?

A veces creemos que queremos controlar a los demás porque sabemos qué les conviene. Queremos que nuestra pareja actúe de una determinada manera, que nuestros hijos tomen decisiones que consideramos correctas, que un familiar deje de comportarse como lo hace, que un compañero de trabajo cambie su actitud o que alguien responda como esperamos. Y muchas veces nuestra intención puede parecer buena: “Solo quiero ayudar”, “Lo hago porque me preocupa”, “Si me hiciera caso, estaría mejor”. Pero cuando miramos un poco más profundamente, podemos descubrir que detrás del deseo de controlar suele haber algo muy humano: miedo. Nos cuesta aceptar que los demás puedan tomar decisiones que no compartimos porque sentimos que esas decisiones pueden alterar nuestra seguridad, nuestras expectativas o nuestra paz.

Desde Un Curso de Milagros, el control puede entenderse como un intento de hacer que el mundo exterior se comporte de determinada manera para que nosotros podamos sentirnos tranquilos. Pensamos: “Estaré en paz cuando mi hijo deje esa relación”, “Estaré tranquilo cuando mi pareja cambie”, “Me sentiré bien cuando mi hermano reconozca que tengo razón”. Sin darnos cuenta, colocamos nuestra paz en manos de personas que no podemos controlar por completo. Y ahí comienza una lucha constante: intentamos cambiar al otro para no tener que mirar el miedo que su comportamiento despierta en nosotros.

Una pregunta muy útil puede ser: “¿Qué temo que ocurra si esta persona no hace lo que yo quiero?” Tal vez temamos que nuestro hijo sufra, que nuestra pareja se aleje, que un familiar nos decepcione o que perdamos control sobre una situación. A veces el miedo es razonable. Pero otras veces descubrimos algo más profundo: “Si no hace lo que espero, yo no sabré estar en paz.” Y ésta es precisamente la creencia que podemos empezar a cuestionar.

Imaginemos que nuestro hijo adulto toma una decisión con la que no estamos de acuerdo. Le damos nuestra opinión. No nos escucha. Insistimos. Volvemos a hablar. Preguntamos constantemente. Cada vez que vemos algo que confirma nuestro temor, volvemos a intervenir. Desde fuera puede parecer preocupación. Pero quizá dentro haya también una necesidad: “Necesito que cambies para poder tranquilizarme.” Cuando llegamos a ese punto, ya no estamos acompañando. Estamos intentando vivir la experiencia del otro por él.

Esto no significa que debamos permanecer indiferentes. Podemos advertir, aconsejar, expresar una preocupación o intervenir cuando exista un peligro real. La diferencia está en lo que ocurre después. Podemos decir lo que pensamos y aceptar que el otro tiene libertad para decidir, o podemos seguir presionando hasta que haga lo que nosotros queremos. Una pregunta sencilla puede ayudarnos: “¿Estoy acompañando o estoy intentando dirigir?”

El control también aparece en las relaciones de pareja. Queremos saber dónde está el otro, qué piensa, con quién habla, por qué está distante, qué decisión tomará. A veces pensamos que si conocemos todos los detalles podremos evitar una decepción. Pero cuanto más intentamos controlar, más inseguridad sentimos, porque siempre queda algo que no podemos saber. El ego promete que el control nos dará seguridad, pero rara vez cumple esa promesa. Siempre queda una nueva pregunta: “¿Y si…?”

Podemos empezar a reconocer que controlar no es lo mismo que cuidar. Cuidar respeta. Controlar exige. Cuidar puede decir: “Me preocupa esto y quiero hablar contigo.” Controlar dice: “Tienes que hacer lo que yo creo correcto.” Cuidar deja espacio para la libertad del otro. Controlar necesita que el otro cambie para recuperar nuestra tranquilidad.

También puede ayudarnos observar cómo reaccionamos cuando alguien hace algo distinto de lo que esperábamos. Quizá sentimos enfado, decepción o incluso traición. Podemos preguntarnos: “¿Había convertido mi expectativa en una obligación para el otro?” Tal vez pensábamos: “Después de todo lo que he hecho, debería actuar así.” Pero las expectativas no expresadas pueden convertirse en contratos invisibles que solo una parte conoce. Y cuando el otro no cumple ese contrato imaginario, sentimos que nos ha fallado.

Desde UCDM podemos mirar esta dinámica con mucha honestidad. Las relaciones especiales suelen estar cargadas de condiciones: “Te doy amor si respondes como necesito.” “Me siento seguro si me eliges.” “Estoy tranquilo si haces lo que espero.” Entonces el amor se mezcla con negociación. Podemos preguntarnos: “¿Estoy amando a esta persona o estoy intentando que cumpla una función para que yo me sienta bien?”

Esta pregunta no busca culpabilizarnos. Todos hacemos esto en algún grado. La práctica consiste en empezar a verlo. Porque solo aquello que vemos puede cambiar.

Otra razón por la que controlamos es porque nos cuesta aceptar la incertidumbre. Queremos saber qué ocurrirá. Queremos anticipar todos los problemas. Queremos evitar que alguien se equivoque. Pero la vida no ofrece ese nivel de garantía. Podemos tomar decisiones sensatas, prevenir riesgos y cuidar, pero no podemos dirigir todos los resultados. Cuando intentamos hacerlo, terminamos agotados.

Podemos preguntarnos: “¿Qué parte de esta situación depende realmente de mí?” Quizá podemos hablar, ayudar, aconsejar o poner un límite. Y después: “¿Qué parte no depende de mí?” La reacción del otro. Su decisión. Su aprendizaje. Su tiempo. Su camino. Esta distinción puede resultar profundamente liberadora.

También necesitamos recordar que soltar control no significa volvernos pasivos. Podemos poner límites muy claros. Si alguien nos falta al respeto, podemos decirlo. Si una situación nos perjudica, podemos tomar distancia. Si un hijo necesita ayuda urgente, podemos actuar. Soltar control no significa “que cada uno haga lo que quiera y yo no hago nada”. Significa dejar de creer que para estar en paz necesitamos dirigir la mente y la vida de los demás.

Cuando sentimos el impulso de controlar, podemos introducir una pausa. Antes de llamar otra vez, antes de insistir, antes de repetir un consejo por quinta vez, preguntarnos: “¿Estoy haciendo esto porque realmente hay algo nuevo que aportar o porque necesito reducir mi propia ansiedad?” A veces descubriremos que ya hemos dicho lo que teníamos que decir. El resto es nuestra dificultad para soltar.

Podemos utilizar una frase sencilla: “Puedo amar sin controlar.” Parece simple, pero puede cambiar mucho. Podemos amar a un hijo sin decidir por él. Podemos amar a una pareja sin vigilarla. Podemos querer a un familiar sin exigir que piense como nosotros. Podemos estar disponibles sin invadir.

También puede ser útil observar qué hacemos cuando el otro se equivoca. El control suele aparecer acompañado de una idea: “Si me hubiera hecho caso…”. Quizá tengamos razón. Pero repetirlo no ayuda. Podemos preguntarnos: “¿Quiero demostrar que yo tenía razón o quiero acompañar ahora?” A veces la persona ya está aprendiendo de su error. No necesita que añadamos humillación.

Desde el Curso, podemos pedir interiormente: “Ayúdame a distinguir entre ayudar y controlar. Muéstrame qué me corresponde hacer y qué necesito soltar.” Esta petición puede ser muy práctica, porque no siempre la respuesta será “no hagas nada”. A veces necesitaremos hablar. Otras, callar. A veces poner un límite. Otras, permitir que el otro viva una consecuencia.

Cuando aparezca la necesidad de controlar, podemos utilizar algunas preguntas: ¿Qué temo que ocurra? ¿Estoy intentando evitar mi propio miedo? ¿Esta persona necesita realmente mi intervención o necesito yo sentir que tengo el control? ¿Ya he expresado lo que tenía que expresar? ¿Puedo respetar una decisión que no comparto? ¿Qué depende de mí y qué no? ¿Puedo amar sin dirigir?

No tenemos que conseguirlo siempre. Habrá momentos en que insistiremos demasiado. Tal vez después nos demos cuenta. Podemos corregir. Podemos decir: “Creo que estoy presionando porque tengo miedo.” Esa honestidad puede cambiar mucho una relación.

Quizá una práctica sencilla sea, cuando sintamos el impulso de intervenir, esperar unos minutos y decir interiormente: “Quiero a esta persona, pero no soy responsable de controlar toda su vida. Puedo expresar lo que pienso, puedo ayudar si corresponde y puedo poner límites cuando sea necesario. Pero no necesito que haga exactamente lo que yo quiero para poder estar en paz.”

Y quizá ésa sea una de las enseñanzas más profundas que Un Curso de Milagros puede ofrecernos sobre el control: comprender que muchas veces intentamos dirigir a los demás no porque sepamos mejor cómo deben vivir, sino porque todavía estamos aprendiendo a vivir nosotros con la incertidumbre.

Soltar control no significa dejar de amar. Significa aprender a amar con menos miedo.

Capítulo 27. V. El ejemplo de la curación (4ª parte).

V. El ejemplo de la curación (4ª parte).

4. Allí donde un milagro ha venido a sanar no hay tristeza. 2Y lo único que se requiere para que todo esto ocurra es un instante de tu amor sin traza alguna de ataque. 3En ese instante sanas, y en ese mismo instante se consuma toda curación. 4¿Qué podría estar separado de ti, una vez que has aceptado la bendición que el instante santo brinda? 5No tengas miedo de bendecir, pues Aquel que te bendice ama al mundo y no deja nada en él que pueda ser motivo de miedo. 6Pero si te niegas a dar tu bendición, el mundo te parecerá ciertamente temible, pues le habrás negado su paz y su consuelo, y lo habrás condenado a la muerte.

Este punto continúa desarrollando el poder del instante santo como morada de los milagros. El Curso afirma que allí donde un milagro ha venido a sanar no hay tristeza. Esto significa que la tristeza no puede mantenerse cuando la mente acepta el milagro, porque el milagro trae una percepción donde el ataque ya no tiene función, donde la culpa deja de tener sentido y donde el amor vuelve a ser reconocido como lo único verdadero.

La clave está en esta frase: “Lo único que se requiere… es un instante de tu amor sin traza alguna de ataque.” No se pide una vida entera sin conflicto. No se pide que nunca vuelva a aparecer el miedo. No se pide que la mente humana haya alcanzado una estabilidad absoluta. Se pide un instante. Un solo instante en el que el amor no esté mezclado con reproche, defensa, resentimiento, acusación o miedo.

Ese instante es suficiente porque los milagros no están limitados por el tiempo. Cuando la mente ama sin atacar, aunque sea brevemente, acepta la bendición del instante santo. Y en ese mismo instante sana, porque ya no se percibe separada de aquello que bendice.

Mensaje central del punto:

  • Donde el milagro sana, la tristeza desaparece.
  • Sólo se requiere un instante de amor sin ataque.
  • En ese instante ocurre la curación.
  • La curación no depende de la duración del tiempo, sino de la pureza del propósito.
  • Aceptar la bendición del instante santo deshace la percepción de separación.
  • Cuando bendices, reconoces que nada está fuera de ti.
  • No hay motivo para temer la bendición, porque procede de Aquel que ama al mundo.
  • Dios no deja nada en el mundo que pueda ser motivo real de miedo.
  • Negarse a bendecir hace que el mundo parezca temible.
  • Cuando niegas tu bendición, niegas paz y consuelo al mundo en tu propia percepción.

Claves de comprensión:

  • El milagro elimina la tristeza porque deshace su causa: la creencia en la separación.
  • El amor sin ataque es la condición del milagro.
  • No se trata de amar “mucho” en cantidad, sino de amar sin división.
  • Un instante sin ataque basta porque en él la mente deja de defender la culpa.
  • El instante santo no necesita tiempo; necesita disponibilidad.
  • Bendecir es reconocer inocencia.
  • Bendecir no es aprobar conductas del ego, sino mirar más allá de la culpa.
  • Cuando bendigo, dejo de excluir.
  • Cuando dejo de excluir, nada queda separado de mí.
  • El miedo a bendecir nace de creer que, si bendigo, pierdo defensa.
  • Pero la bendición no me debilita; me devuelve la paz.
  • Si retiro mi bendición, el mundo queda, para mí, privado de paz y consuelo.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo tienes miedo de bendecir:

  • “Si bendigo esta situación, parecerá que la justifico.”
  • “Si bendigo a esta persona, parecerá que no importa lo que hizo.”
  • “Si dejo de atacar, quedaré desprotegido.”
  • “Si no condeno, el mundo será peligroso.”
  • “Si suelto el reproche, pierdo mi razón.”
  • “Si amo sin atacar, no sabré cómo defenderme.”

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy confundiendo bendecir con justificar?”
→ “¿Me da miedo amar sin ataque porque creo que perderé protección?”
→ “¿Estoy dispuesto a ofrecer un solo instante de amor limpio?”
→ “¿Qué tristeza se sostiene en mí porque todavía quiero atacar?”
→ “¿Estoy negando paz y consuelo al mundo al retirar mi bendición?”
→ “¿Puedo permitir que el instante santo me muestre que nada real está separado de mí?”

Este punto es muy práctico porque no nos pide resolver todo de golpe. Sólo nos invita a un instante. Cuando estés ante una relación difícil, un recuerdo doloroso o una situación que te active, puedes detenerte y decir: “Espíritu Santo, sólo te pido un instante de amor sin ataque. No quiero usar esta situación para condenar. Permíteme bendecir sin miedo. Que el milagro sane mi percepción.”

Ese instante puede parecer pequeño, pero contiene una fuerza enorme. Porque en él dejas de alimentar la guerra. En él no haces del hermano un enemigo. En él no conviertes al mundo en amenaza. En él permites que la bendición ocupe el lugar del juicio.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Dónde estoy reteniendo mi bendición?
  • ¿A quién me cuesta bendecir porque todavía quiero conservar ataque?
  • ¿Creo que bendecir me haría vulnerable?
  • ¿Qué tristeza se mantiene porque sigo defendiendo el reproche?
  • ¿Estoy dispuesto a aceptar un instante de amor sin ataque?
  • ¿Qué mundo veo cuando niego mi bendición?
  • ¿Puedo reconocer que la bendición no justifica el error, sino que libera mi percepción?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar que el milagro sane allí donde aún veo miedo?

Conclusión:

Este punto nos enseña que la curación puede comenzar en un solo instante.

No se requiere una mente perfecta para siempre. No se requiere ausencia definitiva de conflicto. No se requiere haber comprendido todo. Sólo se requiere un instante de amor sin ataque.

En ese instante, el milagro entra. Y allí donde el milagro sana, la tristeza no puede permanecer. Porque la tristeza necesita separación, culpa y pérdida. Pero el instante santo trae una bendición que une, consuela y recuerda que nada real puede estar separado.

El miedo a bendecir nace del ego. Cree que bendecir es exponerse, perder defensa o justificar el daño. Pero el Espíritu Santo nos enseña que bendecir es devolver al mundo la paz que nuestra mente le había negado. Es mirar sin condena. Es permitir que el amor ocupe el lugar del juicio.

Si me niego a bendecir, el mundo me parecerá temible. No porque el mundo tenga poder por sí mismo, sino porque mi mente lo habrá privado de paz y consuelo. Habré proyectado sobre él mi ataque y luego lo temeré como si viniera de fuera.

Pero si acepto bendecir, aunque sea por un instante, descubro que no estaba separado de aquello que bendecía. Y en esa unión, la curación se consuma.

Frase inspiradora: “Ofreceré un instante de amor sin ataque, y permitiré que el milagro sane mi mirada y devuelva paz al mundo.”

jueves, 17 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 260

LECCIÓN 260

Que recuerde que Dios me creó.

1. Padre, yo no me creé a mí mismo, aunque en mi demencia creí que así había sido. 2No obstante, en cuanto que Pensamiento Tuyo, no he aban­donado mi Fuente y sigo siendo parte de Aquel que me creó. 3Tu Hijo, Padre mío, Te llama hoy. 4Que recuerde que Tú me creaste. 5Que recuerde mi Identidad. 6Y que deje que mi impecabilidad vuelva a alzarse ante la visión de Cristo, a través de la cual deseo hoy contemplar a mis hermanos y contemplarme a mí mismo.

2. Ahora recordamos nuestra Fuente, y en Ella encontramos por fin nuestra verdadera Identidad. 2Somos en verdad santos porque nuestra Fuente no conoce el pecado. 3Y nosotros, que somos Sus Hijos, somos semejantes los unos a los otros y semejantes a Él.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 260 de Un Curso de Milagros, «Que recuerde que Dios me creó», me enseña que la verdad sólo puede ser recordada cuando creemos en ella y la aceptamos con certeza. Recordar a Dios es recordar nuestra verdadera Identidad. Esta lección nos invita a reconocer que no somos un cuerpo, sino espíritu, y que nuestra esencia permanece eternamente unida a la Fuente que nos creó.

No puedo recordar aquello en lo que no creo. Vemos aquello en lo que depositamos nuestra fe, y esa es la razón por la que nos encontramos plenamente identificados con el cuerpo. El ego sostiene la creencia de que somos tan sólo un vehículo material, y mientras aceptemos esa idea, nuestra percepción continuará limitada por la ilusión. Sin embargo, el Curso nos recuerda la verdad con absoluta claridad: «No soy un cuerpo. Soy libre» (L-pI.199.8:7-8). Esta afirmación nos libera de la identificación con lo transitorio y nos conduce al reconocimiento de nuestra naturaleza divina.

Tener certeza en lo que somos nos llevará a recordar que Dios nos creó. Este acto de recordar no es un simple ejercicio intelectual, sino un estado de toma de conciencia profunda. En él, la mente despierta y reconoce su origen eterno. Como enseña el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94.3:3). Esta verdad debe reflejarse en nuestra vida y traducirse en una forma de vivir coherente con la condición divina que hemos hecho consciente.

No podemos conformarnos con un mero acto mental en el que repetimos: «Soy Hijo de Dios». Esta afirmación puede quedar vacía si no va acompañada de la firme decisión de poner nuestra voluntad al servicio del Amor y de la verdad. Recordar a Dios implica actuar como Su Hijo, permitiendo que cada pensamiento, palabra y acción reflejen Su Presencia en nosotros.

¿Esto qué significa en la práctica? Significa que todos nuestros actos deben ser la manifestación de pensamientos amorosos. En nuestras relaciones, dejaremos de juzgar y condenar, y en su lugar reconoceremos la inocencia en nuestros hermanos. Como enseña el Curso: «Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo… pues en tus semejantes o bien te encuentras a ti mismo o bien te pierdes a ti mismo» (T-8.III.4:1,5). Ver en sus rostros el Sagrado Rostro de la Divinidad es reconocer la unidad que nos vincula a todos.

Hoy elijo recordar que Dios me creó. Permito que esta verdad ilumine mi mente y guíe mis acciones. Al vivir de acuerdo con ella, experimento la paz, la alegría y la certeza de mi unión eterna con el Amor. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 260 enseña que:

  • No eres tu propio creador.
  • Tu origen es Dios.
  • Nunca te has separado de tu Fuente.
  • Tu identidad es impecable e intacta.
  • Ver correctamente es ver desde esa identidad.

No es reconstrucción. Es retorno al origen reconocido.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que recuerde que Dios me creó”.

Cada repetición debilita la identidad del ego, disuelve la autoimagen construida, fortalece la conexión con la Fuente y abre la percepción a la unidad.

No es afirmación conceptual, es recordatorio esencial.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la identidad construida y la sensación de auto-definición.

Cuando crees que te creaste a ti mismo, sientes presión por sostener una imagen, temes fallar o perder valor, te defines por logros o errores y vives en comparación.

Cuando reconoces tu origen, disminuye la autoexigencia, aparece estabilidad interna, se suaviza la identidad y surge una sensación de descanso.

No porque “mejores tu imagen”, sino porque dejas de sostenerla.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que eres creación de Dios, que compartes Su naturaleza, que tu santidad es inherente y que la separación no ocurrió.

Y revela algo profundamente sanador: No tienes que convertirte en digno, ya fuiste creado en dignidad.

Tu identidad no se gana, se recuerda.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa cualquier pensamiento de autojuicio.
  • Detecta cualquier idea de “esto soy yo” basada en historia.

Y entonces, “que recuerde que Dios me creó”.

Puedes acompañarlo con:

  • “No soy lo que hice de mí”.
  • “Soy como fui creado”.

Y permitir que la mente se aquiete.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No usar la idea como evasión de responsabilidades.
No negar la experiencia humana.
No convertirlo en concepto abstracto.

Usarlo como recordatorio de identidad profunda.
Permitir que suavice la autoimagen.
Integrarlo sin esfuerzo.

El Curso no niega lo que experimentas, corrige lo que crees que eres.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión aquí se cierra con una claridad total:

  • 258 → Dios es mi objetivo.
  • 259 → El pecado no existe.
  • 260 → Dios es mi origen.

Ahora todo encaja, no hay distancia, no hay culpa y no hay pérdida.

Sólo, olvido y recuerdo.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 260 es profundamente tranquilizadora:

No tienes que inventarte.
No tienes que reconstruirte.
No tienes que corregirte en esencia.

Porque lo que eres, ya fue creado y no por ti, sino por algo que no falla, no cambia y no juzga.

Y cuando esto empieza a sentirse, aunque sea levemente, algo en ti descansa.

Porque ya no necesitas sostener una identidad, sólo recordar la que nunca perdiste.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de definirme, recuerdo que fui creado en la verdad y no necesito ser otra cosa”.


Ejemplo-Guía: "Creados a Su imagen y semejanza".

Cuando elegí este tema de debate y reflexión, me surgió una pregunta que deseo compartir contigo: ¿qué imagen tengo de Dios?

Permíteme reflexionar en voz alta. Si nunca he visto a Dios, ¿cómo puedo tener una imagen suya? Sin embargo, si la cita bíblica afirma que hemos sido creados a Su imagen y semejanza, y yo tengo conciencia de mi propia imagen, podría deducir que Dios posee una forma corporal. Esta reflexión no es ninguna trivialidad. A lo largo de la historia, la cultura, especialmente la pintura y la escultura, nos ha transmitido la representación de un Dios poderoso, musculoso, con larga melena, barba blanca y rodeado de una aureola de luz, símbolo de su divinidad. ¿Cómo no pensar que Dios se asemeja a esa imagen tan profundamente arraigada en nuestra mente colectiva?

Todos sabemos que este lenguaje pertenece al ámbito de lo simbólico. No obstante, lo verdaderamente relevante de esa visión es que sitúa a Dios fuera de nosotros, en una dimensión superior y distante. Nos dirigimos a Él como si habitara en un lugar externo, separado de nuestra propia esencia.

Entonces, ¿hemos sido creados a Su imagen y semejanza? Sí, sin duda. Pero esta afirmación nos conduce a una comprensión más profunda. Si hemos sido creados a Su imagen, la imagen que tenemos de nosotros mismos no puede ser real. En otras palabras, si Dios no posee forma corporal, Su Hijo tampoco debe poseerla. Este razonamiento confirma uno de los principales mensajes de Un Curso de Milagros: el mundo que percibimos no es real.

El Curso arroja luz sobre este tema con una reinterpretación reveladora: «La afirmación “Dios creó al hombre a imagen y semejanza propia” necesita ser reinterpretada. “Imagen” puede entenderse como “pensamiento”, y “semejanza” como “de una calidad semejante”. Dios efectivamente creó al espíritu en Su Propio Pensamiento y de una calidad semejante a la Suya Propia» (T-3.V.7:1-3).

Esta aclaración es fundamental, pues redefine el significado de la palabra “imagen” y evita interpretaciones erróneas. No se refiere a una forma física, sino a la naturaleza espiritual y eterna del Ser. El espíritu no puede ser representado mediante símbolos materiales, ya que trasciende toda percepción.

El Curso también nos recuerda: «No tienes una imagen que puedas percibir. La palabra “imagen” está siempre vinculada a la percepción y no forma parte del conocimiento. Las imágenes son simbólicas y representan algo diferente de ellas mismas» (T-3.V.4:5-7).

Al no ser un cuerpo, no podemos percibir nuestra verdadera identidad con los sentidos físicos. El espíritu no es visible en el mundo de la forma; sólo puede ser reconocido mediante la visión interior y el conocimiento. Por ello, cuando nos identificamos con el cuerpo, atribuimos a nuestros padres físicos la autoría de nuestra creación. Sin embargo, a medida que despertamos, esta visión se transforma, y la figura del padre terrenal es trascendida por la Presencia del Padre verdadero: el Padre Espiritual.

Este reconocimiento no implica distanciamiento ni rechazo hacia nuestros progenitores. Por el contrario, fortalece el amor que sentimos por ellos, al comprender que no sólo son nuestros padres en el mundo, sino también nuestros hermanos en la Filiación divina. La comprensión espiritual no rompe vínculos; los purifica y los eleva.

Basta con hacernos una pregunta para saber si estamos recorriendo el camino de manera natural: ¿cómo podría dejar de amar a mi padre físico alegando que no es mi verdadero Padre, cuando en realidad es mi hermano?

Recordar que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios es reconocer que somos espíritu, eternos e inmutables. No somos cuerpos limitados, sino pensamientos divinos, extensiones del Amor de Dios.

Al aceptar esta verdad, nuestra percepción se transforma. Nos vemos a nosotros mismos y a los demás con una nueva mirada, libre de juicio y llena de amor. Y en ese reconocimiento, comprendemos que la verdadera imagen de Dios no se contempla con los ojos del cuerpo, sino con la visión del alma.

Porque, en esencia, somos tal como Él nos creó.


Reflexión: Recuerda que eres invulnerable: ¿cómo te sientes?

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 261

¿Qué es el cuerpo? 1.  El cuerpo es una cerca que el Hijo de Dios se imagina haber erigido para separar partes de su Ser de otras partes.  2...