domingo, 16 de agosto de 2026

¿Por qué necesito que siempre haya un problema que resolver?

¿Por qué necesito que siempre haya un problema que resolver?

Esta pregunta puede resultar incómoda porque, en principio, nadie desea tener problemas. Queremos que las dificultades terminen, que las relaciones funcionen, que la salud se mantenga y que las situaciones encuentren una solución.

Sin embargo, cuando resolvemos un problema, muchas veces no descansamos. Casi inmediatamente aparece otro asunto que requiere nuestra atención. Y si no existe ninguno, comenzamos a buscarlo, imaginarlo o crearlo.

Repasamos lo que podría salir mal. Nos ocupamos de algo que todavía no ha sucedido. Intentamos corregir la vida de otra persona. Volvemos mentalmente a una dificultad ya resuelta.

Entonces puedo preguntarme: ¿por qué necesito que siempre haya algo que arreglar?

Una primera respuesta es que los problemas me proporcionan una ocupación. Mientras estoy resolviendo algo, mi mente tiene un objetivo concreto. Sé qué debo hacer, hacia dónde dirigir mi atención y qué resultado intentar alcanzar.

El problema organiza mi tiempo. Pero también puede organizar mi identidad.

Puedo verme como la persona responsable, la que encuentra soluciones, la que sostiene a la familia, la que ayuda a todos, la que nunca se rinde o la que sabe actuar cuando las cosas se complican.

Esta función puede parecer valiosa y, en el nivel práctico, muchas veces lo es. Todos tenemos responsabilidades y situaciones que requieren decisiones. La cuestión no es dejar de atenderlas, sino observar si he convertido la existencia de problemas en una condición necesaria para sentir que tengo valor.

¿Quién soy cuando nadie necesita mi ayuda? ¿Quién soy si no tengo nada que corregir? ¿Quién soy cuando puedo descansar?

Tal vez descubra que no sé cómo sentirme valioso sin estar haciendo algo. He aprendido a asociar el amor con el esfuerzo, la utilidad con el sacrificio y el descanso con la irresponsabilidad.

Entonces necesito que exista un problema porque necesito sentirme necesario.

Mientras alguien dependa de mí, mi personaje conserva su importancia. Mientras haya una dificultad que resolver, tengo una función dentro del sueño. El problema parece decirme: “Tú sabes quién eres porque hay algo que solo tú puedes solucionar”.

Pero esa identidad es frágil. Depende de que las dificultades continúen.

Por eso puedo quejarme de que todos recurren a mí y, al mismo tiempo, sentirme desplazado cuando dejan de hacerlo. Puedo afirmar que estoy agotado de resolver los asuntos de los demás, pero experimentar vacío cuando ya no necesitan mi intervención.

No deseo conscientemente que sufran. Lo que deseo es conservar la identidad que construí alrededor de ser imprescindible.

Aquí aparece una de las estrategias más sutiles del ego: convertir la ayuda en especialismo.

Ayudar no es el problema. El problema surge cuando utilizo la ayuda para demostrar que el otro es incapaz y que yo poseo algo que él no tiene. Entonces no veo a mi hermano como una mente con la misma capacidad de elegir, sino como alguien incompleto cuya dependencia confirma mi importancia.

La ayuda inspirada por el Espíritu Santo fortalece. La ayuda del ego crea dependencia.

Una recuerda al otro su capacidad. La otra necesita que continúe teniendo problemas. Una da sin exigir identidad a cambio. La otra dice silenciosamente: “Necesito que me necesites”.

También puedo buscar problemas porque me proporcionan una sensación de control. Si consigo identificar una dificultad, analizar sus causas y elaborar un plan, siento que puedo dominar la incertidumbre.

El problema me inquieta, pero la actividad de resolverlo me tranquiliza temporalmente.

Por eso, incluso cuando no puedo hacer nada útil, continúo pensando. Creo que preocuparme es una forma de actuar. Repaso posibilidades, anticipo conversaciones y ensayo respuestas para situaciones que quizá nunca ocurran.

La preocupación me permite mantener la ilusión de que estoy haciendo algo.

Sin embargo, pensar continuamente en un problema no significa que lo esté resolviendo. Muchas veces solo estoy alimentando la creencia de que su solución depende exclusivamente de mí.

Desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, esta necesidad de resolverlo todo por mi cuenta refleja el deseo de ser el autor de mi seguridad. El ego quiere demostrar que puede identificar los peligros, encontrar las respuestas y controlar los resultados sin ayuda de Dios.

Cada problema se convierte así en un escenario donde el personaje intenta probar su autonomía.

El Curso describe el cuerpo como el personaje central o “héroe” del sueño. Su seguridad es su mayor preocupación y dedica su existencia a buscar placer, evitar el dolor y demostrar que es autónomo y real (T-27.VIII.1:1-8; 2:1-4).

El problema refuerza esta historia. Hay un mundo externo que me amenaza. Hay un cuerpo vulnerable que debe protegerse. Hay otras personas capaces de alterar mi paz. Y hay un “yo” separado que debe encontrar la solución.

Mientras permanezco ocupado resolviendo los efectos, no cuestiono la identidad desde la que los percibo.

Esta es la razón por la que los problemas parecen no terminar nunca. No son siempre las mismas circunstancias, pero conservan el mismo propósito. Cuando una forma desaparece, otra ocupa su lugar porque la mente todavía necesita demostrar que la separación es real.

La Lección 79 describe exactamente esta experiencia: parece que nos enfrentamos a una larga serie de problemas diferentes; cuando uno se resuelve, surge otro, y nunca nos sentimos completamente libres ni en paz (L-79.3:1-5).

El Curso no afirma que todas las circunstancias sean idénticas en la forma. Una dificultad económica no se resuelve prácticamente igual que un conflicto familiar o una avería doméstica. Lo que señala es que nuestra percepción atribuye a todas ellas el mismo poder: el poder de arrebatarnos la paz.

Creemos que cada problema requiere una solución distinta porque no hemos reconocido el problema fundamental.

La Lección 79 enseña que el único problema es la creencia en la separación y que toda la complejidad que percibimos constituye un intento de no reconocerlo. Si viéramos el común denominador que subyace a todas las dificultades, comprenderíamos que existe una sola solución (L-79.1:1-5; 6:1-4).

¿Cuál es ese común denominador?

En todas las situaciones creo estar separado del Amor, de la seguridad y de la plenitud.

Si tengo un conflicto, pienso que mi hermano posee la paz que me falta. Si temo una pérdida, creo que algo externo contiene mi seguridad. Si intento controlar el futuro, pienso que estoy solo y debo protegerme. Si necesito salvar a alguien, creo que su verdadera fortaleza se ha perdido.

Las formas cambian, pero la interpretación permanece: “Estoy separado y tengo que resolverlo por mi cuenta”.

El ego prefiere cien problemas externos antes que reconocer esta única creencia interna. Mientras busque soluciones en el mundo, no dirigiré mi atención hacia la decisión de la mente que proyectó el problema.

Esto no significa que deba ignorar las situaciones concretas.

Si tengo una factura, debo atenderla. Si surge una enfermedad, puedo acudir al médico. Si existe un desacuerdo, quizá sea necesario hablar. UCDM no nos pide que abandonemos el sentido común ni que utilicemos la metafísica para negar lo que experimentamos.

Nos invita a cambiar el propósito con el que actuamos.

Puedo resolver una situación desde el miedo o desde la paz.

Desde el miedo, necesito que la solución adopte la forma que he decidido. Creo saber qué debe ocurrir y convierto el resultado en condición de mi bienestar.

Desde la paz, atiendo lo necesario, pero reconozco que no sé para qué sirve realmente la situación. Dejo de considerarla una interrupción de mi camino y permito que se convierta en parte de mi aprendizaje.

La cuestión ya no es únicamente: “¿Cómo resuelvo esto?”, sino: “¿Qué interpretación necesita ser corregida en mi mente mientras lo resuelvo?”.

Quizá necesite soltar el control. Quizá deba dejar de culpar. Quizá tenga que permitir que otra persona asuma su responsabilidad. Quizá deba pedir ayuda. Quizá la respuesta consista en no intervenir.

Esta última posibilidad suele resultar especialmente difícil. El ego se siente más seguro haciendo que esperando. Prefiere una reacción equivocada a un instante de silencio porque el silencio deja espacio para otra Voz.

El apartado “No tengo que hacer nada” no propone la pasividad, sino la interrupción del esfuerzo del ego por alcanzar la paz mediante sus propios medios. Del mismo modo, el Curso afirma que para recibir el instante santo solo se necesita una pequeña dosis de buena voluntad: no tenemos que producirlo, pues el Espíritu Santo aporta la grandeza y el poder (T-18.IV.1:1-10).

“No tengo que hacer nada” significa: no tengo que fabricar mi salvación. No tengo que controlar todos los resultados. No tengo que corregir a todas las personas. No tengo que demostrar mi valor mediante el agotamiento. No tengo que resolver primero el mundo para poder estar en paz.

Puedo hacer lo que corresponda sin utilizar el problema para definirme.

Cuando sienta la necesidad urgente de buscar algo que arreglar, puedo detenerme y observar: “¿Hay realmente un problema que requiere mi intervención ahora mismo?”. “¿Estoy ayudando o necesito sentirme indispensable?”. “¿Estoy actuando con claridad o intentando escapar del silencio?”. “¿Qué temo encontrar si, por un instante, no tengo nada que resolver?”.

Quizá encuentre inquietud. Quizá aparezca una sensación de inutilidad o vacío. No necesito cubrirla inmediatamente con actividad. Puedo llevarla ante el Espíritu Santo.

Puedo decir: “Espíritu Santo, creo que necesito tener siempre un problema para sentirme útil, seguro y definido. He confundido mi valor con lo que hago y mi identidad con el personaje que resuelve las dificultades. Muéstrame cuándo debo actuar, cuándo debo esperar y cuándo debo apartarme. Ayúdame a recordar que mi paz no depende de que yo controle los resultados”.

Tal vez continúen apareciendo situaciones que atender. La práctica no consiste en vivir sin circunstancias, sino en dejar de convertirlas en la fuente de mi identidad.

Entonces puedo resolver un problema sin fabricar otro. Puedo ayudar sin hacer dependiente a nadie. Puedo descansar sin sentirme culpable. Puedo permitir que las cosas estén bien sin buscar inmediatamente qué falta por corregir.

Y quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Por qué necesito que siempre haya un problema que resolver?”, sino: “¿Quién creo que sería yo si, por un instante, aceptara que el único problema ya ha sido resuelto?”.

Cuando dejo que el Espíritu Santo responda, descubro que no desaparezco al quedarme sin problemas.

Desaparece únicamente el personaje que necesitaba de ellos para saber quién era. Y, bajo toda aquella actividad, permanece la paz que nunca tuve que fabricar.

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