¿Por
qué necesito que siempre haya un problema que resolver?
Esta
pregunta puede resultar incómoda porque, en principio, nadie desea tener
problemas. Queremos que las dificultades terminen, que las relaciones
funcionen, que la salud se mantenga y que las situaciones encuentren una
solución.
Sin
embargo, cuando resolvemos un problema, muchas veces no descansamos. Casi
inmediatamente aparece otro asunto que requiere nuestra atención. Y si no
existe ninguno, comenzamos a buscarlo, imaginarlo o crearlo.
Repasamos
lo que podría salir mal. Nos ocupamos de algo que todavía no ha sucedido. Intentamos
corregir la vida de otra persona. Volvemos mentalmente a una dificultad ya
resuelta.
Entonces puedo preguntarme: ¿por qué necesito que siempre haya algo que arreglar?
Una
primera respuesta es que los problemas me proporcionan una ocupación. Mientras
estoy resolviendo algo, mi mente tiene un objetivo concreto. Sé qué debo hacer,
hacia dónde dirigir mi atención y qué resultado intentar alcanzar.
El
problema organiza mi tiempo. Pero también puede organizar mi identidad.
Puedo
verme como la persona responsable, la que encuentra soluciones, la que sostiene
a la familia, la que ayuda a todos, la que nunca se rinde o la que sabe actuar
cuando las cosas se complican.
Esta
función puede parecer valiosa y, en el nivel práctico, muchas veces lo es.
Todos tenemos responsabilidades y situaciones que requieren decisiones. La
cuestión no es dejar de atenderlas, sino observar si he convertido la
existencia de problemas en una condición necesaria para sentir que tengo valor.
¿Quién
soy cuando nadie necesita mi ayuda? ¿Quién soy si no tengo nada que corregir? ¿Quién
soy cuando puedo descansar?
Tal
vez descubra que no sé cómo sentirme valioso sin estar haciendo algo. He
aprendido a asociar el amor con el esfuerzo, la utilidad con el sacrificio y el
descanso con la irresponsabilidad.
Entonces
necesito que exista un problema porque necesito sentirme necesario.
Mientras
alguien dependa de mí, mi personaje conserva su importancia. Mientras haya una
dificultad que resolver, tengo una función dentro del sueño. El problema parece
decirme: “Tú sabes quién eres porque hay algo que solo tú puedes solucionar”.
Pero
esa identidad es frágil. Depende de que las dificultades continúen.
Por
eso puedo quejarme de que todos recurren a mí y, al mismo tiempo, sentirme
desplazado cuando dejan de hacerlo. Puedo afirmar que estoy agotado de resolver
los asuntos de los demás, pero experimentar vacío cuando ya no necesitan mi
intervención.
No
deseo conscientemente que sufran. Lo que deseo es conservar la identidad que
construí alrededor de ser imprescindible.
Aquí
aparece una de las estrategias más sutiles del ego: convertir la ayuda en
especialismo.
Ayudar
no es el problema. El problema surge cuando utilizo la ayuda para demostrar que
el otro es incapaz y que yo poseo algo que él no tiene. Entonces no veo a mi
hermano como una mente con la misma capacidad de elegir, sino como alguien
incompleto cuya dependencia confirma mi importancia.
La
ayuda inspirada por el Espíritu Santo fortalece. La ayuda del ego crea
dependencia.
Una
recuerda al otro su capacidad. La otra necesita que continúe teniendo
problemas. Una da sin exigir identidad a cambio. La otra dice silenciosamente:
“Necesito que me necesites”.
También
puedo buscar problemas porque me proporcionan una sensación de control. Si
consigo identificar una dificultad, analizar sus causas y elaborar un plan,
siento que puedo dominar la incertidumbre.
El
problema me inquieta, pero la actividad de resolverlo me tranquiliza
temporalmente.
Por
eso, incluso cuando no puedo hacer nada útil, continúo pensando. Creo que
preocuparme es una forma de actuar. Repaso posibilidades, anticipo
conversaciones y ensayo respuestas para situaciones que quizá nunca ocurran.
La
preocupación me permite mantener la ilusión de que estoy haciendo algo.
Sin
embargo, pensar continuamente en un problema no significa que lo esté
resolviendo. Muchas veces solo estoy alimentando la creencia de que su solución
depende exclusivamente de mí.
Desde
la perspectiva de Un Curso de Milagros, esta necesidad de resolverlo todo por
mi cuenta refleja el deseo de ser el autor de mi seguridad. El ego quiere
demostrar que puede identificar los peligros, encontrar las respuestas y
controlar los resultados sin ayuda de Dios.
Cada
problema se convierte así en un escenario donde el personaje intenta probar su
autonomía.
El
Curso describe el cuerpo como el personaje central o “héroe” del sueño. Su
seguridad es su mayor preocupación y dedica su existencia a buscar placer,
evitar el dolor y demostrar que es autónomo y real (T-27.VIII.1:1-8; 2:1-4).
El
problema refuerza esta historia. Hay un mundo externo que me amenaza. Hay un
cuerpo vulnerable que debe protegerse. Hay otras personas capaces de alterar mi
paz. Y hay un “yo” separado que debe encontrar la solución.
Mientras
permanezco ocupado resolviendo los efectos, no cuestiono la identidad desde la
que los percibo.
Esta
es la razón por la que los problemas parecen no terminar nunca. No son siempre
las mismas circunstancias, pero conservan el mismo propósito. Cuando una forma
desaparece, otra ocupa su lugar porque la mente todavía necesita demostrar que
la separación es real.
La
Lección 79 describe exactamente esta experiencia: parece que nos enfrentamos a
una larga serie de problemas diferentes; cuando uno se resuelve, surge otro, y
nunca nos sentimos completamente libres ni en paz (L-79.3:1-5).
El
Curso no afirma que todas las circunstancias sean idénticas en la forma. Una
dificultad económica no se resuelve prácticamente igual que un conflicto
familiar o una avería doméstica. Lo que señala es que nuestra percepción
atribuye a todas ellas el mismo poder: el poder de arrebatarnos la paz.
Creemos
que cada problema requiere una solución distinta porque no hemos reconocido el
problema fundamental.
La
Lección 79 enseña que el único problema es la creencia en la separación y que
toda la complejidad que percibimos constituye un intento de no reconocerlo. Si
viéramos el común denominador que subyace a todas las dificultades,
comprenderíamos que existe una sola solución (L-79.1:1-5; 6:1-4).
¿Cuál
es ese común denominador?
En
todas las situaciones creo estar separado del Amor, de la seguridad y de la
plenitud.
Si
tengo un conflicto, pienso que mi hermano posee la paz que me falta. Si temo
una pérdida, creo que algo externo contiene mi seguridad. Si intento controlar
el futuro, pienso que estoy solo y debo protegerme. Si necesito salvar a
alguien, creo que su verdadera fortaleza se ha perdido.
Las
formas cambian, pero la interpretación permanece: “Estoy separado y tengo que
resolverlo por mi cuenta”.
El
ego prefiere cien problemas externos antes que reconocer esta única creencia
interna. Mientras busque soluciones en el mundo, no dirigiré mi atención hacia
la decisión de la mente que proyectó el problema.
Esto
no significa que deba ignorar las situaciones concretas.
Si
tengo una factura, debo atenderla. Si surge una enfermedad, puedo acudir al
médico. Si existe un desacuerdo, quizá sea necesario hablar. UCDM no nos pide
que abandonemos el sentido común ni que utilicemos la metafísica para negar lo
que experimentamos.
Nos
invita a cambiar el propósito con el que actuamos.
Puedo
resolver una situación desde el miedo o desde la paz.
Desde
el miedo, necesito que la solución adopte la forma que he decidido. Creo saber
qué debe ocurrir y convierto el resultado en condición de mi bienestar.
Desde
la paz, atiendo lo necesario, pero reconozco que no sé para qué sirve realmente
la situación. Dejo de considerarla una interrupción de mi camino y permito que
se convierta en parte de mi aprendizaje.
La
cuestión ya no es únicamente: “¿Cómo resuelvo esto?”, sino: “¿Qué
interpretación necesita ser corregida en mi mente mientras lo resuelvo?”.
Quizá
necesite soltar el control. Quizá deba dejar de culpar. Quizá tenga que
permitir que otra persona asuma su responsabilidad. Quizá deba pedir ayuda. Quizá
la respuesta consista en no intervenir.
Esta
última posibilidad suele resultar especialmente difícil. El ego se siente más
seguro haciendo que esperando. Prefiere una reacción equivocada a un instante
de silencio porque el silencio deja espacio para otra Voz.
El
apartado “No tengo que hacer nada” no propone la pasividad, sino la
interrupción del esfuerzo del ego por alcanzar la paz mediante sus propios
medios. Del mismo modo, el Curso afirma que para recibir el instante santo solo
se necesita una pequeña dosis de buena voluntad: no tenemos que producirlo,
pues el Espíritu Santo aporta la grandeza y el poder (T-18.IV.1:1-10).
“No
tengo que hacer nada” significa: no tengo que fabricar mi salvación. No tengo
que controlar todos los resultados. No tengo que corregir a todas las personas.
No tengo que demostrar mi valor mediante el agotamiento. No tengo que resolver
primero el mundo para poder estar en paz.
Puedo
hacer lo que corresponda sin utilizar el problema para definirme.
Cuando
sienta la necesidad urgente de buscar algo que arreglar, puedo detenerme y
observar: “¿Hay realmente un problema que requiere mi intervención ahora
mismo?”. “¿Estoy ayudando o necesito sentirme indispensable?”. “¿Estoy actuando
con claridad o intentando escapar del silencio?”. “¿Qué temo encontrar si, por
un instante, no tengo nada que resolver?”.
Quizá
encuentre inquietud. Quizá aparezca una sensación de inutilidad o vacío. No
necesito cubrirla inmediatamente con actividad. Puedo llevarla ante el Espíritu
Santo.
Puedo
decir: “Espíritu Santo, creo que necesito tener siempre un problema para
sentirme útil, seguro y definido. He confundido mi valor con lo que hago y mi
identidad con el personaje que resuelve las dificultades. Muéstrame cuándo debo
actuar, cuándo debo esperar y cuándo debo apartarme. Ayúdame a recordar que mi
paz no depende de que yo controle los resultados”.
Tal
vez continúen apareciendo situaciones que atender. La práctica no consiste en
vivir sin circunstancias, sino en dejar de convertirlas en la fuente de mi
identidad.
Entonces
puedo resolver un problema sin fabricar otro. Puedo ayudar sin hacer
dependiente a nadie. Puedo descansar sin sentirme culpable. Puedo permitir que
las cosas estén bien sin buscar inmediatamente qué falta por corregir.
Y
quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Por qué necesito que siempre haya un
problema que resolver?”, sino: “¿Quién creo que sería yo si, por un instante,
aceptara que el único problema ya ha sido resuelto?”.
Cuando
dejo que el Espíritu Santo responda, descubro que no desaparezco al quedarme
sin problemas.
Desaparece
únicamente el personaje que necesitaba de ellos para saber quién era. Y, bajo
toda aquella actividad, permanece la paz que nunca tuve que fabricar.

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