CLAVES DE UN
CURSO DE MILAGROS
¿Qué significa «Es un curso
obligatorio»?
Una de las afirmaciones más contundentes de la Introducción
de Un Curso de Milagros es también una de las que más fácilmente puede
interpretarse de manera equivocada: «Éste es un curso de milagros. Es un
curso obligatorio. Sólo el momento en que decides tomarlo es voluntario.»
(T-in.1:1-3) A primera vista, estas palabras podrían dar la impresión de
que todo el mundo está obligado a estudiar Un Curso de Milagros, aceptar
sus enseñanzas o recorrer exactamente el camino espiritual que propone el
libro. Sin embargo, no es eso lo que quiere decir. El Curso no está afirmando
que Dios imponga una enseñanza concreta, que castigue a quien no la siga o que
nuestra libertad quede anulada. La clave para entender estas palabras se
encuentra precisamente en la frase que viene inmediatamente después: «Sólo
el momento en que decides tomarlo es voluntario.» (T-in.1:3)
La Introducción continúa diciendo: «Tener libre albedrío
no quiere decir que tú mismo puedas establecer el plan de estudios. Significa
únicamente que puedes elegir lo que quieres aprender en cualquier momento
dado.» (T-in.1:4-5) Aquí aparece una distinción esencial. El ego interpreta
el libre albedrío como la posibilidad de decidir qué es verdad, mientras que el
Curso nos dice que no podemos modificar la Verdad, aunque sí podemos elegir qué
maestro queremos escuchar mientras creemos encontrarnos separados de ella.
Podemos aprender con el ego o con el Espíritu Santo. Podemos interpretar una
situación como una prueba de ataque o como una oportunidad de perdón; podemos
utilizar una relación para reforzar la separación o para aprender la unión;
podemos conservar un resentimiento o pedir una nueva manera de percibirlo. Todo
eso forma parte de nuestra capacidad de elegir. Lo que no podemos hacer es
convertir lo falso en verdadero, hacer que la separación sea finalmente real o
alterar lo que Dios creó.
Ahí se encuentra el sentido profundo de que el curso sea
«obligatorio». Podemos imaginar a una persona que sueña que se ha perdido.
Dentro del sueño puede caminar durante horas, tomar muchos caminos, detenerse,
sentir miedo e incluso convencerse de que jamás encontrará la salida, pero hay
algo que no puede conseguir: convertir el sueño en realidad. Tarde o
temprano despertará. Desde la perspectiva de UCDM, nuestra experiencia de
separación funciona de manera semejante. Podemos retrasar el reconocimiento de
la Verdad, pero no podemos destruirla. Podemos defender el sueño, justificarlo,
hacerlo cada vez más complejo y tratar de encontrar dentro de él soluciones
para nuestros problemas, pero seguimos soñando. La Realidad permanece intacta
esperando simplemente nuestro reconocimiento.
Por eso la Introducción culmina con tres afirmaciones
extraordinarias: «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe. En esto
radica la paz de Dios.» (T-in.2:2-4) Estas palabras son, en realidad, la
explicación de todo lo anterior. Si nada real puede ser amenazado, nuestra
verdadera Identidad en Dios permanece intacta. Si nada irreal existe, la
separación jamás consiguió alterar la Realidad. Por tanto, el resultado final
está asegurado. No estamos tratando de conseguir que Dios vuelva a aceptarnos,
ni intentando reparar una ruptura real con Él; estamos aprendiendo que nunca
dejamos de pertenecerle.
Aquí surge una aparente paradoja. El Curso nos dice que somos
libres y, al mismo tiempo, afirma que este curso es obligatorio. ¿Cómo pueden
ser ciertas ambas cosas? Porque somos libres para demorar el despertar, pero no
somos libres para modificar nuestra verdadera naturaleza. Podemos decidir
todavía: «Quiero conservar este resentimiento», «quiero seguir teniendo razón»,
«quiero buscar mi seguridad fuera de mí», «quiero seguir interpretando esta
situación desde el miedo». Nadie nos obliga a renunciar inmediatamente a esas
decisiones. Sin embargo, tarde o temprano cada una de ellas terminará mostrando
su incapacidad para proporcionarnos verdadera paz. Y entonces surge una nueva
posibilidad en nuestra mente: «Tiene que haber otra manera de ver esto.»
Ese instante puede convertirse en el comienzo del aprendizaje del perdón.
Esto también nos ayuda a comprender que el Curso no enseña
que Dios nos envíe sufrimiento para obligarnos a aprender. Dios no necesita
castigarnos para hacernos regresar a Él. Cuando elegimos un sistema de
pensamiento basado en la separación, la culpa y el miedo, experimentamos sus
consecuencias, pero esas mismas experiencias pueden ser reinterpretadas por el
Espíritu Santo. Allí donde el ego dice: «Esto demuestra que estás separado», el
Espíritu Santo puede enseñarnos: «Utilicemos esto para que recuerdes que nunca
lo has estado». De este modo, prácticamente cualquier experiencia humana puede
transformarse en parte del aula: una enfermedad, una relación difícil, una
pérdida, un conflicto, una alegría, una amistad o incluso un encuentro
aparentemente insignificante. No es necesariamente la forma de la experiencia
la que posee un propósito espiritual, sino el propósito que la mente decide
darle.
También conviene hacer una precisión importante. Cuando la
Introducción afirma «Éste es un curso de milagros» (T-in.1:1), no
debemos deducir que toda la humanidad tenga que terminar leyendo estas páginas
concretas. El propio Curso explica en el Manual para el maestro que esta
enseñanza constituye una forma particular del curso universal y que existen
muchas otras formas que conducen al mismo resultado (M-1.4:1-3). Una
persona puede recorrer su camino de despertar mediante otra tradición
espiritual, otra enseñanza, otras experiencias o incluso sin utilizar un
lenguaje religioso. Las formas pueden ser diferentes, mientras que el contenido
profundo apunta siempre en la misma dirección: pasar del miedo al Amor, de la
condenación al perdón, de la percepción de separación al reconocimiento de la
Unidad.
Por eso podemos reformular aquella frase de una manera que
quizá resulte más clara: no es obligatorio estudiar UCDM; es inevitable
recordar finalmente lo que somos. Y todavía podríamos ir un poco más lejos:
no estamos obligados a convertirnos en algo que todavía no somos, sino
destinados a recordar algo que nunca dejamos de ser. Esta diferencia es
fundamental. El Curso no pretende fabricar seres espirituales porque parte de
que ya lo somos; no intenta crear nuestra inocencia porque afirma que nunca la
perdimos; tampoco intenta conducirnos hasta un Dios distante, sino retirar
aquello que nos impide reconocer una Presencia que siempre ha estado con
nosotros.
La propia Introducción lo expresa con enorme claridad cuando
afirma: «Este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso
está más allá de lo que se puede enseñar. Pretende, no obstante, despejar los
obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu
herencia natural.» (T-in.1:6-7) Esa es quizá la mejor definición de lo que
significa que este sea un curso obligatorio. El Amor no tiene que
aprenderse; lo que tiene que desaprenderse es el miedo. Lo que somos no
tiene que construirse, sino reconocerse. La Unidad no tiene que fabricarse,
porque nunca fue destruida. Lo único que necesita deshacerse es la creencia que
nos convence de que estamos separados.
Podemos tardar mucho o poco, podemos avanzar y resistirnos,
podemos escuchar durante largos períodos al ego y después volver a elegir,
podemos recorrer innumerables aulas y aprender mediante experiencias muy
diferentes, pero el final no está en peligro porque, desde la perspectiva de Un
Curso de Milagros, el final ya está establecido: seguimos siendo tal
como Dios nos creó. Por eso la afirmación «Es un curso obligatorio» no debe
entenderse como «Dios te obliga a seguir este camino», sino más bien como: «La
verdad de lo que eres terminará siendo reconocida, porque ningún sueño puede
modificar eternamente la Realidad.»
Y entonces las últimas palabras de la Introducción adquieren toda su profundidad. «Nada real puede ser amenazado» (T-in.2:2): lo que somos en Dios permanece intacto. «Nada irreal existe» (T-in.2:3): la separación nunca consiguió convertirse en verdad. «En esto radica la paz de Dios» (T-in.2:4): no tenemos que salvar nuestra Realidad; únicamente tenemos que dejar de defender aquello que nunca fue real.

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