lunes, 24 de agosto de 2026

Capítulo 27. II. El temor a sanar (15ª parte).

II. El temor a sanar (15ª parte).

15. Corregir es la función que se os ha dado a ambos, pero no a ninguno de vosotros por separado. 2Y cuando la lleváis a cabo reconociendo que es una función que compartís, no puede sino corregir los errores de ambos. 3No puede dejar errores sin corre­gir en uno y liberar al otro. 4Eso sería un propósito dividido, que, por lo tanto, no se podría compartir. aY así, no puede ser el obje­tivo en el que el Espíritu Santo ve el Suyo Propio. 5Y puedes estar seguro de que Él no llevará a cabo una función que no vea y reconozca como Propia. 6Pues sólo así puede Él mantener la vuestra intacta, a pesar de vuestros diferentes puntos de vistas con respecto a lo que es vuestra función. 7Si Él apoyase una fun­ción dividida, estaríais ciertamente perdidos. 8La incapacidad del Espíritu Santo de ver Su objetivo dividido y como algo distinto para cada uno de vosotros, te impide ser consciente de una fun­ción que no es la tuya. 9De esta manera, la curación se os concede a los dos.

Este punto continúa aclarando una idea esencial: la corrección verdadera no pertenece a uno contra otro, sino a ambos juntos. No es una función que yo pueda ejercer sobre mi hermano desde una posición de superioridad, ni una tarea que mi hermano deba recibir pasivamente porque yo vea mejor que él. La corrección, tal como la entiende el Espíritu Santo, sólo puede ser compartida.

El Curso dice que corregir es una función que se os ha dado a ambos, pero no a ninguno por separado. Esto deshace la imagen del corrector y el corregido. Nadie queda por encima. Nadie queda por debajo. Nadie queda como salvador personal y nadie como culpable necesitado de arreglo. La función es una porque la curación es una.

Cuando ambos comparten esa función, los errores de ambos quedan corregidos. No puede liberarse uno mientras el otro queda atrapado. No puede quedar un error sin corregir en un hermano mientras el otro es declarado libre. Eso sería una función dividida, y el Espíritu Santo no puede reconocer como Suya una finalidad dividida.

La gran seguridad de este punto está en esto: el Espíritu Santo no apoya propósitos separados. Él no ve dos funciones, dos intereses ni dos destinos. Su mirada mantiene intacta la función compartida, aunque nosotros todavía tengamos puntos de vista distintos sobre lo que creemos que es nuestra función.

Mensaje central del punto:

  • Corregir es una función compartida, no individual.
  • No pertenece a uno contra otro, sino a ambos juntos.
  • Cuando la corrección se reconoce como compartida, corrige los errores de ambos.
  • No puede dejar a uno sin sanar y liberar sólo al otro.
  • Una función dividida no puede compartirse.
  • El Espíritu Santo no reconoce como propio un propósito dividido.
  • Él sólo lleva a cabo aquello que ve como Su función.
  • Su visión mantiene intacta nuestra función verdadera.
  • Si el Espíritu Santo apoyara funciones separadas, estaríamos perdidos.
  • Precisamente porque Él no acepta objetivos divididos, quedamos protegidos de una función falsa.
  • La curación se concede a los dos.

Claves de comprensión:

  • El ego quiere dividir la corrección.
  • Quiere que uno corrija y otro sea corregido.
  • Quiere que uno sea inocente y otro culpable.
  • Quiere que uno sane y otro cargue con el error.
  • Pero el Espíritu Santo no acepta esa división.
  • La corrección verdadera no puede ser parcial.
  • Si corrige, corrige la percepción de ambos.
  • Si libera, libera a ambos.
  • Si sana, sana la relación completa.
  • Una función que no puede compartirse no procede del Espíritu Santo.
  • El Espíritu Santo no refuerza diferencias de función.
  • No apoya una curación privada.
  • No reconoce intereses separados.
  • Su fidelidad a la unidad impide que nos identifiquemos con una función que no es nuestra.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo crees que la corrección pertenece sólo a uno:

  • “Yo tengo que corregirlo”.
  • “Él es quien necesita cambiar”.
  • “Yo ya entendí; él todavía no”.
  • “Mi función es ayudarlo a ver su error”.
  • “Yo puedo sanar aunque él siga equivocado”.
  • “Su error es suyo, no mío”.
  • “Mi liberación no tiene nada que ver con la suya”.

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy viendo la corrección como una función compartida o como una tarea que yo ejerzo sobre mi hermano?”
→ “¿Estoy intentando liberarme dejando a mi hermano bajo error?”
→ “¿Estoy aceptando una función dividida?”
→ “¿Creo que mi curación puede estar separada de la suya?”
→ “¿Estoy dispuesto a dejar que el Espíritu Santo mantenga intacta nuestra función común?”
→ “¿Puedo aceptar que la curación se concede a los dos?”

Este punto nos invita a abandonar la fantasía de una salvación individual. No se trata de que yo despierte contra mi hermano, a pesar de mi hermano o por encima de mi hermano. Se trata de reconocer que la función del perdón nos une porque deshace precisamente aquello que nos hacía parecer separados.

Puedo tener una comprensión distinta.
Puedo estar en otro momento del proceso.
Puedo necesitar límites en la forma.
Pero, en la verdad, no tengo una función diferente de la de mi hermano.

Nuestra función es sanar la percepción.
Nuestra función es perdonar.
Nuestra función es recordar juntos.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Estoy intentando corregir a mi hermano como si su función fuese distinta de la mía?
  • ¿Creo que puedo sanar mientras él queda excluido de la curación?
  • ¿Estoy usando el perdón como algo privado?
  • ¿A quién dejo fuera de mi liberación?
  • ¿Acepto que los errores de ambos se corrigen juntos?
  • ¿Estoy dispuesto a renunciar a un propósito dividido?
  • ¿Puedo confiar en que el Espíritu Santo no apoya ninguna función que separe?
  • ¿Qué cambiaría en mí si aceptara que la curación se nos concede a los dos?

Conclusión:

La corrección verdadera no puede separarnos.

Si separa, no es corrección.
Si deja a uno culpable y a otro libre, no es del Espíritu Santo.
Si establece dos funciones, dos niveles de inocencia o dos destinos, pertenece al ego.

El Espíritu Santo no ve una función dividida. Ésa es nuestra garantía. Aunque nosotros todavía interpretemos de manera diferente lo que debemos hacer, Él mantiene intacta la función que compartimos. No se deja convencer por nuestras divisiones. No acepta una curación privada. No colabora con un propósito que excluya al hermano.

Y gracias a eso no estamos perdidos.

Si Él aceptara que uno puede sanar y otro no, la separación quedaría confirmada. Si aceptara que uno puede corregir desde arriba y otro ser corregido desde abajo, la culpa seguiría teniendo fundamento. Pero el Espíritu Santo sólo reconoce una función: la que devuelve a ambos a la misma inocencia.

Por eso, la curación se concede a los dos.

No porque ambos tengan que hacer lo mismo en la forma, sino porque ambos comparten el mismo propósito en la verdad. No porque el proceso externo sea idéntico, sino porque la función profunda es una: dejar que el perdón corrija la percepción separada.

La corrección no es mía contra ti.
La corrección no es tuya contra mí.
La corrección es del Espíritu Santo en ambos.

Y cuando aceptamos esto, la relación deja de ser un campo de juicio y vuelve a convertirse en un aula de curación compartida.

Frase inspiradora: “No aceptaré una función que nos separe; permitiré que el Espíritu Santo corrija en ambos lo que sólo el perdón puede sanar.”

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