sábado, 22 de agosto de 2026

¿Quién sería yo si dejara de preocuparme?

¿Quién sería yo si dejara de preocuparme?

Esta pregunta puede despertar una inquietud inesperada. En principio, parece evidente que dejar de preocuparnos sería una liberación. Descansaríamos mejor, disfrutaríamos más del presente y dejaríamos de imaginar constantemente todo lo que podría salir mal.

Sin embargo, cuando intentamos soltar una preocupación, a veces aparece otra pregunta más profunda: “Si dejo de preocuparme, ¿no me volveré irresponsable?” “¿No significará que ya no me importa?” “¿Quién cuidará de todo si yo bajo la guardia?”

Entonces descubrimos que la preocupación no es solo un pensamiento que tenemos. Puede haberse convertido en una parte importante del personaje que creemos ser.

Soy quien se anticipa. Soy quien permanece alerta. Soy quien piensa en todo. Soy quien protege a los demás. Soy quien nunca puede relajarse por completo.

Por eso, dejar de preocuparme puede parecer algo más amenazante que dejar atrás un mal hábito. Puede sentirse como abandonar una identidad.

Una cosa es querer librarme de la ansiedad, y otra muy distinta es estar dispuesto a dejar de ser “el que se preocupa”. Una cosa es desear descanso, y otra aceptar que mi valor no depende de mantener la mente continuamente ocupada con peligros futuros.

La pregunta, entonces, adquiere otra profundidad: ¿quién sería yo si ya no necesitara la preocupación para demostrar que soy responsable, útil o amoroso?

Un Curso de Milagros enseña que el mundo nos ayuda a fabricar un concepto de nosotros mismos. Aprendemos a describirnos mediante nuestros papeles, nuestras experiencias, nuestras fortalezas, nuestras heridas y nuestra manera habitual de responder a la vida. El Texto afirma que el concepto del yo ha sido siempre una gran preocupación del mundo, porque cada persona cree que debe resolver el enigma de lo que es. Pero añade que la salvación no consiste en encontrar el concepto correcto, sino en escapar de todos los conceptos que pretenden sustituir nuestra verdadera Identidad (T-31.V.14:1-7).

Quizá he construido un concepto de mí mismo basado en la vigilancia.

He aprendido que preocuparme significa cuidar. Anticipar el dolor significa estar preparado. Que relajarme es una forma de descuido. Sentir paz mientras existe alguna incertidumbre es una irresponsabilidad.

De esta manera, la preocupación se convierte en una prueba de amor. Pienso que, si amo a alguien, debo preocuparme por él. Si algo me importa, debo sufrir ante la posibilidad de perderlo. Si soy una persona responsable, debo repasar una y otra vez todas las dificultades que podrían aparecer.

Pero ¿es realmente la preocupación una expresión de amor?

La preocupación no acompaña al otro en el presente. Imagina lo que podría sucederle en el futuro. No contempla lo que necesita ahora. Intenta controlar lo que todavía no ha ocurrido. No confía en su fortaleza ni en la guía disponible. Lo imagina vulnerable y dependiente de mi constante vigilancia.

Esto no significa que no debamos ocuparnos de las personas que amamos. El cuidado puede requerir atención, decisiones, ayuda y presencia. Pero cuidar y preocuparse no son lo mismo.

El cuidado actúa cuando es necesario. La preocupación actúa incluso cuando no hay nada que hacer.

El cuidado responde al presente. La preocupación ensaya futuros dolorosos.

El cuidado puede descansar. La preocupación cree que descansar sería abandonar su puesto.

La parte de mí que se preocupa piensa que está protegiendo algo. Cree que, mientras imagine todos los peligros posibles, podrá impedir que ocurran. Así, la preocupación me proporciona una ilusión de control.

Aunque me hace sufrir, también me permite sentir que estoy haciendo algo.

Si un familiar atraviesa una dificultad, puedo pasar horas pensando en todas sus posibles consecuencias. Si tengo que tomar una decisión, puedo revisar mentalmente las alternativas hasta agotarme. Si todo está tranquilo, puedo comenzar a preguntarme cuánto durará la calma.

En realidad, no estoy resolviendo nada. Estoy intentando convencerme de que mi actividad mental mantiene el mundo bajo control.

El ego prefiere la preocupación a la confianza porque la preocupación refuerza su idea central: estoy separado, estoy solo y mi seguridad depende exclusivamente de mí.

Si dejo de preocuparme, el ego interpreta que estoy renunciando al control. Pero lo que verdaderamente estoy soltando es la pretensión de controlar aquello que nunca estuvo en mis manos.

Entregar el futuro a Dios no significa dejar de planificar. Tampoco supone ignorar responsabilidades o esperar pasivamente que todo se resuelva. Significa reconocer que puedo tomar decisiones en el presente sin utilizar el miedo como guía.

Puedo preparar una cita médica sin imaginar el peor diagnóstico. Puedo organizar mis asuntos económicos sin convertir cada gasto en una amenaza. Puedo aconsejar a alguien sin creer que su vida depende de que siga mis indicaciones. Puedo tomar precauciones sin hacer de la inseguridad mi identidad.

El Curso ofrece una oración especialmente clara para las situaciones en las que creemos que debemos saber qué decir o qué hacer: “Estoy aquí únicamente para ser útil”. Y añade que no tenemos que preocuparnos por las palabras ni por las acciones, porque Aquel que nos envió nos guiará (T-2.V-A.18:1-6).

Esta enseñanza no elimina la acción. Elimina la carga de creer que debemos actuar solos.

La preocupación dice: “Tienes que saberlo todo antes de empezar”. La guía dice: “Da el paso que ahora se te muestra”.

La preocupación quiere garantías sobre el desenlace. La guía ofrece claridad para el instante presente.

La preocupación intenta llevar conmigo todo el futuro. El Espíritu Santo me pide únicamente la pequeña dosis de buena voluntad necesaria para este momento.

Por eso la Lección 194, “Pongo el futuro en Manos de Dios”, representa una liberación tan profunda. No se nos pide comprender por completo la naturaleza del tiempo. Solo se nos pide dejar de usar el futuro como lugar de castigo y entregarlo a una Sabiduría que no comparte nuestros temores. Cuando hacemos esto, el pasado deja de castigarnos y el futuro deja de parecer una amenaza (L-194.4:1-6).

Gran parte de la preocupación surge porque proyectamos el pasado sobre lo que todavía no ha sucedido. Si antes fui abandonado, temo volver a serlo. Si cometí un error, intento anticiparme a todos los errores futuros. Si atravesé una enfermedad, interpreto cualquier sensación como anuncio de su regreso. Si alguien me decepcionó, permanezco vigilante para no volver a confiar demasiado.

No estoy viendo el futuro. Estoy contemplando el pasado disfrazado de posibilidad.

Dejar de preocuparme significa dejar de utilizar el ayer para escribir de antemano el mañana.

Esto puede producir una sensación momentánea de vacío. La mente pregunta: “Si no imagino lo que puede suceder, ¿en qué voy a pensar?”. Está tan acostumbrada a vivir unos pasos por delante de la vida que el presente le parece insuficiente.

Pero ese vacío no es una pérdida. Es un espacio que comienza a quedar disponible para la paz.

La preocupación también puede estar vinculada a la culpa. Tal vez crea que, si dejo de sufrir por alguien, lo estoy traicionando. Puedo pensar que estar tranquilo mientras otro atraviesa una dificultad demuestra falta de sensibilidad.

Pero mi sufrimiento no sana a nadie. Mi miedo no protege a las personas que amo. Mi ansiedad no es una contribución.

Lo que verdaderamente puedo ofrecer es una mente disponible, una presencia serena y una disposición a recibir orientación. La preocupación me encierra en mis propias imágenes; la paz me permite estar presente ante la necesidad real.

La Lección 194 pregunta qué preocupación podría asolar a quien pone su futuro en las amorosas Manos de Dios. Esa persona no queda incapacitada para actuar; recupera la paz del presente y la certeza de que, si su percepción es errónea, siempre puede aceptar corrección y elegir nuevamente (L-194.7:1-8).

Esta es una diferencia esencial.

Dejar de preocuparme no significa creer que nunca me equivocaré. Significa confiar en que puedo corregir mis errores.

No significa saber lo que ocurrirá. Significa no necesitar saberlo para permanecer en paz.

No significa dejar de amar. Significa dejar de utilizar el miedo para demostrar mi amor.

Cuando aparezca una preocupación, puedo detenerme y preguntarme: “¿Existe algo que deba hacer ahora?”.

Si la respuesta es sí, puedo hacerlo con la mayor serenidad posible. Si la respuesta es no, puedo reconocer que estoy intentando vivir un futuro que todavía no ha llegado.

También puedo preguntarme: “¿Qué identidad estoy defendiendo mediante esta preocupación?”.

Tal vez sea la identidad de quien debe salvar a todos. La de quien nunca puede cometer errores. La de quien sostiene el mundo. La de quien solo se siente valioso cuando está preocupado por algo.

No tengo que atacar ese personaje. Se formó porque creyó que debía protegerme. Puedo contemplarlo con ternura y decirle que ya no necesita cargar con una responsabilidad que nunca le correspondió.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he confundido la preocupación con el cuidado, el control con la seguridad y el sufrimiento con el amor. Creo que, si dejo de preocuparme, perderé mi función y dejaré desprotegidos a quienes amo. Te entrego el futuro que estoy intentando controlar. Muéstrame qué debo hacer ahora y ayúdame a soltar lo que no me corresponde. Enséñame a ser útil sin miedo y responsable sin perder la paz”.

Entonces comienzo a descubrir que, sin preocupación, no me convierto en una persona indiferente. Me vuelvo más presente. No dejo de actuar. Dejo de actuar guiado por el miedo. No abandono a los demás. Abandono la pretensión de ser su salvador. No pierdo mi identidad. Empiezo a recordar que mi verdadera Identidad nunca dependió de estar alerta ante el peligro.

Quizá la pregunta más profunda no sea: “¿Quién sería yo si dejara de preocuparme?”, sino: “¿Quién podría por fin recordar que soy cuando ya no necesito que el miedo me diga cuál es mi función?”.

Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, comprendo que no tengo que convertirme en alguien nuevo. Solo tengo que dejar de confundir la preocupación con lo que soy. 

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