¿Quién sería
yo si dejara de preocuparme?
Esta pregunta puede despertar una inquietud
inesperada. En principio, parece evidente que dejar de preocuparnos sería una
liberación. Descansaríamos mejor, disfrutaríamos más del presente y dejaríamos
de imaginar constantemente todo lo que podría salir mal.
Sin embargo, cuando intentamos soltar una
preocupación, a veces aparece otra pregunta más profunda: “Si dejo de
preocuparme, ¿no me volveré irresponsable?” “¿No significará que ya no me
importa?” “¿Quién cuidará de todo si yo bajo la guardia?”
Entonces descubrimos que la preocupación no es
solo un pensamiento que tenemos. Puede haberse convertido en una parte
importante del personaje que creemos ser.
Soy quien se anticipa. Soy quien permanece
alerta. Soy quien piensa en todo. Soy quien protege a los demás. Soy quien
nunca puede relajarse por completo.
Por eso, dejar de preocuparme puede parecer algo
más amenazante que dejar atrás un mal hábito. Puede sentirse como abandonar una
identidad.
La pregunta, entonces, adquiere otra profundidad:
¿quién sería yo si ya no necesitara la preocupación para demostrar que soy
responsable, útil o amoroso?
Un Curso de Milagros enseña que el mundo nos
ayuda a fabricar un concepto de nosotros mismos. Aprendemos a describirnos
mediante nuestros papeles, nuestras experiencias, nuestras fortalezas, nuestras
heridas y nuestra manera habitual de responder a la vida. El Texto afirma que
el concepto del yo ha sido siempre una gran preocupación del mundo, porque cada
persona cree que debe resolver el enigma de lo que es. Pero añade que la
salvación no consiste en encontrar el concepto correcto, sino en escapar de todos
los conceptos que pretenden sustituir nuestra verdadera Identidad
(T-31.V.14:1-7).
Quizá he construido un concepto de mí mismo
basado en la vigilancia.
He aprendido que preocuparme significa cuidar. Anticipar el dolor significa estar preparado. Que relajarme es una forma de
descuido. Sentir paz mientras existe alguna incertidumbre es una
irresponsabilidad.
De esta manera, la preocupación se convierte en
una prueba de amor. Pienso que, si amo a alguien, debo preocuparme por él. Si
algo me importa, debo sufrir ante la posibilidad de perderlo. Si soy una
persona responsable, debo repasar una y otra vez todas las dificultades que
podrían aparecer.
Pero ¿es realmente la preocupación una expresión
de amor?
La preocupación no acompaña al otro en el
presente. Imagina lo que podría sucederle en el futuro. No contempla lo que
necesita ahora. Intenta controlar lo que todavía no ha ocurrido. No confía en
su fortaleza ni en la guía disponible. Lo imagina vulnerable y dependiente de
mi constante vigilancia.
Esto no significa que no debamos ocuparnos de las
personas que amamos. El cuidado puede requerir atención, decisiones, ayuda y
presencia. Pero cuidar y preocuparse no son lo mismo.
El cuidado actúa cuando es necesario. La
preocupación actúa incluso cuando no hay nada que hacer.
El cuidado responde al presente. La preocupación
ensaya futuros dolorosos.
El cuidado puede descansar. La preocupación cree
que descansar sería abandonar su puesto.
La parte de mí que se preocupa piensa que está
protegiendo algo. Cree que, mientras imagine todos los peligros posibles, podrá
impedir que ocurran. Así, la preocupación me proporciona una ilusión de
control.
Aunque me hace sufrir, también me permite sentir
que estoy haciendo algo.
Si un familiar atraviesa una dificultad, puedo
pasar horas pensando en todas sus posibles consecuencias. Si tengo que tomar
una decisión, puedo revisar mentalmente las alternativas hasta agotarme. Si
todo está tranquilo, puedo comenzar a preguntarme cuánto durará la calma.
En realidad, no estoy resolviendo nada. Estoy
intentando convencerme de que mi actividad mental mantiene el mundo bajo
control.
El ego prefiere la preocupación a la confianza
porque la preocupación refuerza su idea central: estoy separado, estoy solo y
mi seguridad depende exclusivamente de mí.
Si dejo de preocuparme, el ego interpreta que
estoy renunciando al control. Pero lo que verdaderamente estoy soltando es la
pretensión de controlar aquello que nunca estuvo en mis manos.
Entregar el futuro a Dios no significa dejar de
planificar. Tampoco supone ignorar responsabilidades o esperar pasivamente que
todo se resuelva. Significa reconocer que puedo tomar decisiones en el presente
sin utilizar el miedo como guía.
Puedo preparar una cita médica sin imaginar el
peor diagnóstico. Puedo organizar mis asuntos económicos sin convertir cada
gasto en una amenaza. Puedo aconsejar a alguien sin creer que su vida depende
de que siga mis indicaciones. Puedo tomar precauciones sin hacer de la
inseguridad mi identidad.
El Curso ofrece una oración especialmente clara
para las situaciones en las que creemos que debemos saber qué decir o qué
hacer: “Estoy aquí únicamente para ser útil”. Y añade que no tenemos que
preocuparnos por las palabras ni por las acciones, porque Aquel que nos envió
nos guiará (T-2.V-A.18:1-6).
Esta enseñanza no elimina la acción. Elimina la
carga de creer que debemos actuar solos.
La preocupación dice: “Tienes que saberlo todo
antes de empezar”. La guía dice: “Da el paso que ahora se te muestra”.
La preocupación quiere garantías sobre el
desenlace. La guía ofrece claridad para el instante presente.
La preocupación intenta llevar conmigo todo el
futuro. El Espíritu Santo me pide únicamente la pequeña dosis de buena voluntad
necesaria para este momento.
Por eso la Lección 194, “Pongo el futuro en Manos
de Dios”, representa una liberación tan profunda. No se nos pide comprender por
completo la naturaleza del tiempo. Solo se nos pide dejar de usar el futuro
como lugar de castigo y entregarlo a una Sabiduría que no comparte nuestros
temores. Cuando hacemos esto, el pasado deja de castigarnos y el futuro deja de
parecer una amenaza (L-194.4:1-6).
Gran parte de la preocupación surge porque
proyectamos el pasado sobre lo que todavía no ha sucedido. Si antes fui
abandonado, temo volver a serlo. Si cometí un error, intento anticiparme a
todos los errores futuros. Si atravesé una enfermedad, interpreto cualquier
sensación como anuncio de su regreso. Si alguien me decepcionó, permanezco
vigilante para no volver a confiar demasiado.
No estoy viendo el futuro. Estoy contemplando el
pasado disfrazado de posibilidad.
Dejar de preocuparme significa dejar de utilizar
el ayer para escribir de antemano el mañana.
Esto puede producir una sensación momentánea de
vacío. La mente pregunta: “Si no imagino lo que puede suceder, ¿en qué voy a
pensar?”. Está tan acostumbrada a vivir unos pasos por delante de la vida que
el presente le parece insuficiente.
Pero ese vacío no es una pérdida. Es un espacio
que comienza a quedar disponible para la paz.
La preocupación también puede estar vinculada a
la culpa. Tal vez crea que, si dejo de sufrir por alguien, lo estoy
traicionando. Puedo pensar que estar tranquilo mientras otro atraviesa una
dificultad demuestra falta de sensibilidad.
Pero mi sufrimiento no sana a nadie. Mi miedo no
protege a las personas que amo. Mi ansiedad no es una contribución.
Lo que verdaderamente puedo ofrecer es una mente
disponible, una presencia serena y una disposición a recibir orientación. La
preocupación me encierra en mis propias imágenes; la paz me permite estar
presente ante la necesidad real.
La Lección 194 pregunta qué preocupación podría
asolar a quien pone su futuro en las amorosas Manos de Dios. Esa persona no
queda incapacitada para actuar; recupera la paz del presente y la certeza de
que, si su percepción es errónea, siempre puede aceptar corrección y elegir
nuevamente (L-194.7:1-8).
Esta es una diferencia esencial.
Dejar de preocuparme no significa creer que nunca
me equivocaré. Significa confiar en que puedo corregir mis errores.
No significa saber lo que ocurrirá. Significa no
necesitar saberlo para permanecer en paz.
No significa dejar de amar. Significa dejar de
utilizar el miedo para demostrar mi amor.
Cuando aparezca una preocupación, puedo detenerme
y preguntarme: “¿Existe algo que deba hacer ahora?”.
Si la respuesta es sí, puedo hacerlo con la mayor
serenidad posible. Si la respuesta es no, puedo reconocer que estoy intentando
vivir un futuro que todavía no ha llegado.
También puedo preguntarme: “¿Qué identidad estoy
defendiendo mediante esta preocupación?”.
Tal vez sea la identidad de quien debe salvar a
todos. La de quien nunca puede cometer errores. La de quien sostiene el mundo. La
de quien solo se siente valioso cuando está preocupado por algo.
No tengo que atacar ese personaje. Se formó
porque creyó que debía protegerme. Puedo contemplarlo con ternura y decirle que
ya no necesita cargar con una responsabilidad que nunca le correspondió.
Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu
Santo, he confundido la preocupación con el cuidado, el control con la
seguridad y el sufrimiento con el amor. Creo que, si dejo de preocuparme,
perderé mi función y dejaré desprotegidos a quienes amo. Te entrego el futuro
que estoy intentando controlar. Muéstrame qué debo hacer ahora y ayúdame a
soltar lo que no me corresponde. Enséñame a ser útil sin miedo y responsable
sin perder la paz”.
Entonces comienzo a descubrir que, sin
preocupación, no me convierto en una persona indiferente. Me vuelvo más
presente. No dejo de actuar. Dejo de actuar guiado por el miedo. No abandono a
los demás. Abandono la pretensión de ser su salvador. No pierdo mi identidad. Empiezo
a recordar que mi verdadera Identidad nunca dependió de estar alerta ante el
peligro.
Quizá la pregunta más profunda no sea: “¿Quién
sería yo si dejara de preocuparme?”, sino: “¿Quién podría por fin recordar que
soy cuando ya no necesito que el miedo me diga cuál es mi función?”.
Y cuando permito que el Espíritu Santo responda, comprendo que no tengo que convertirme en alguien nuevo. Solo tengo que dejar de confundir la preocupación con lo que soy.

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