¿Por qué
siempre repito el mismo tipo de conflictos?
Esta pregunta suele aparecer después de una
experiencia desconcertante. Cambian las personas, cambian los lugares y cambian
las circunstancias, pero el desenlace parece extrañamente familiar.
Entonces puedo pensar: “¿Por qué me ocurre
siempre lo mismo?”.
Un Curso de Milagros ofrece una respuesta
profunda: quizá no estoy viviendo exactamente el mismo acontecimiento, pero sí
estoy aplicando la misma interpretación. El escenario cambia; el propósito que
mi mente le ha dado permanece.
Una cosa es que se repita una circunstancia
externa y otra que yo vuelva a representar interiormente el mismo papel. Puedo
cambiar de pareja, de trabajo o de entorno y seguir identificándome como quien
no es valorado, quien debe defenderse, quien tiene que salvar a los demás o
quien inevitablemente será abandonado.
Por eso la verdadera pregunta no es solo: “¿Por
qué encuentro siempre a personas parecidas?”, sino: “¿Qué historia acerca de mí
intento confirmar mediante ellas?”.
El Curso comienza su respuesta con una afirmación
sencilla y radical: “Sólo veo el pasado”. No contemplamos las cosas tal como
son ahora; las interpretamos mediante experiencias, creencias y juicios
anteriores (L-7.1:1-8).
Cuando conozco a alguien, creo estar viendo
únicamente a esa persona. Sin embargo, mi mente puede estar comparándola
silenciosamente con quienes me hicieron daño, me decepcionaron o no
satisficieron mis expectativas.
Una demora se convierte en abandono. Una
diferencia de opinión se convierte en rechazo. Una petición se interpreta como
control. Un silencio parece indiferencia.
No reacciono solo a lo que está ocurriendo.
Reacciono también a todo el significado que el pasado ha depositado sobre ello.
La Lección 8 profundiza todavía más: la mente
absorbida por el pasado únicamente ve sus propios pensamientos proyectados
fuera y no puede captar el presente, que es el único tiempo que realmente hay
(L-8.1:1-6).
Esto explica por qué algunos conflictos parecen
comenzar antes de que haya sucedido nada grave. Ya estoy esperando un
desenlace. Observo cualquier señal que confirme mis temores y paso por alto
aquello que podría contradecirlos.
Si creo que tarde o temprano me abandonarán,
estaré especialmente atento a cualquier distancia.
Si pienso que nadie tiene en cuenta mis
necesidades, recordaré cada ocasión en que no se cumplan.
Si me identifico como quien debe sostenerlo todo,
quizá elija personas a las que pueda cuidar y después las acuse interiormente
de depender demasiado de mí.
El ego no busca necesariamente relaciones
felices. Busca testigos que confirmen la identidad que ha fabricado.
Necesita poder decir: “¿Ves? Siempre me ocurre lo
mismo”. “Nadie me comprende”. “No puedo confiar en nadie”. “Si yo no me ocupo,
todo sale mal”.
Cada nuevo conflicto parece demostrar que mi
historia era verdad. Pero quizá mi historia estaba organizando de antemano la
manera en que contemplaba la relación.
Esto no significa que invente conscientemente el
comportamiento de los demás ni que deba tolerar situaciones dañinas. Hay
conductas que requieren límites claros, distancia o decisiones prácticas. El
Curso no utiliza la responsabilidad mental para negar los hechos humanos.
Lo que me invita a observar es por qué ciertas
formas se convierten repetidamente en el centro de mi experiencia y qué
significado les otorgo.
Responsabilidad no significa: “Todo es culpa
mía”. Significa: “Hay una parte de este patrón que ocurre en mi mente y, por
tanto, puede ser corregida”.
El Texto ofrece una explicación especialmente
reveladora al hablar de las relaciones especiales. Afirma que son intentos de
revivir el pasado y modificarlo. Las heridas, decepciones e injusticias
recordadas se introducen en la relación presente para reparar un amor propio
que creemos herido. Así, alguien nuevo termina pagando por algo ocurrido
anteriormente (T-16.VII.1:1-5).
Tal vez busque ahora la aprobación que no recibí
antes. Tal vez espere que mi pareja repare el abandono de otra persona. Tal vez
exija que alguien me escuche porque durante años creí no haber sido escuchado. Tal
vez intente salvar a los demás para demostrar que soy valioso.
En apariencia, busco una relación nueva.
Interiormente, puedo estar intentando terminar una historia antigua.
Pero el presente no puede modificar el pasado.
Cuando exijo que una persona actual cure una herida anterior, la dejo de ver
tal como es. La convierto en un personaje dentro de mi intento de reparación.
Si cumple el papel que le asigné, la considero mi
salvadora. Si no lo cumple, se convierte en culpable.
En ambos casos, el conflicto está preparado,
porque nadie puede satisfacer de forma permanente una necesidad que procede de
una creencia acerca de mí mismo.
Si creo que me falta amor, ninguna cantidad de
atención será suficiente. Si creo que no tengo valor, necesitaré demostraciones
constantes. Si creo que estoy solo, interpretaré cualquier autonomía del otro
como separación.
El problema no es la cantidad de amor que recibo,
sino el propósito que le he dado: quiero que otra persona me convenza de algo
que yo todavía me niego a aceptar acerca de mí.
Por eso, aunque cambie de relación, el conflicto
puede reaparecer. Los actores son distintos, pero el guion sigue intacto.
El ego también utiliza estos patrones para
mantener ocupada la mente. El Curso afirma que el propósito fundamental de la
relación especial es mantenernos tan distraídos que no podamos escuchar la
llamada de la verdad (T-17.IV.3:1-3).
Mientras analizo lo que alguien hizo, imagino lo
que debería haber hecho o intento conseguir que cambie, no tengo que contemplar
la creencia más profunda: “Estoy utilizando esta relación para definir quién
soy”.
El conflicto me mantiene concentrado en la
conducta del otro. La curación devuelve suavemente la atención a la decisión de
mi mente.
Entonces puedo preguntarme: “¿Qué esperaba
recibir de esta persona para sentirme completo?”. “¿Qué antiguo temor se ha
activado?”. “¿Qué papel estoy representando nuevamente?”. “¿Qué conclusión
acerca de mí intento confirmar?”. “¿Qué obtengo conservando este conflicto?”.
Esta última pregunta puede resultar incómoda.
Parece absurdo pensar que obtengo algo de una situación que me hace sufrir.
Pero tal vez obtenga el derecho a acusar, la confirmación de que soy víctima,
una sensación de superioridad moral o la posibilidad de evitar una intimidad
que también me asusta.
A veces el conflicto protege exactamente aquello
que parece destruir.
Puedo lamentarme de que nadie se acerque
verdaderamente a mí y, al mismo tiempo, escoger personas inaccesibles porque
una relación disponible me obligaría a abandonar mi identidad de abandonado.
Puedo quejarme de que todos dependen de mí y
continuar asumiendo tareas que nadie me pidió porque necesito sentirme
indispensable.
Puedo temer que me controlen y entrar en
relaciones donde debo defender constantemente mi autonomía porque no sé
experimentar la unión sin percibirla como una amenaza.
No necesito juzgarme por descubrir esto. Los
patrones repetidos no demuestran que esté condenado. Demuestran que hay una
lección que todavía estoy intentando aprender con el maestro equivocado.
El ego me enseña: “Esta vez consigue que la otra
persona actúe como necesitas”.
El Espíritu Santo me enseña: “Esta vez cambia el
propósito de la relación”.
El cambio verdadero no consiste necesariamente en
quedarme o marcharme. Ninguna decisión externa es automáticamente espiritual. A
veces sanar implica continuar y aprender a relacionarme de otra manera. Otras
veces implica poner un límite o retirarme.
La pregunta esencial es: ¿estoy actuando para
castigar el pasado o para permitir que el presente tenga un propósito nuevo?
Cuando reconozca el patrón, puedo detenerme antes
de repetir la reacción habitual. Tal vez no pueda modificar inmediatamente lo
que siento, pero puedo evitar convertirlo en una sentencia.
Puedo decir: “Esto me resulta familiar, pero no
significa que deba terminar de la misma manera”. “Esta persona no tiene que
pagar por mi pasado”. “No necesito representar de nuevo el papel que conozco”. “Puedo
elegir otro propósito para esta relación”. Y puedo comenzar con una oración
sencilla:
“Espíritu Santo, vuelvo a encontrarme ante un
conflicto que parece repetirse. Creo que la causa está fuera de mí, pero estoy
dispuesto a reconocer la historia antigua que he traído hasta aquí. Muéstrame
qué intento reparar, demostrar o castigar. Ayúdame a ver a esta persona en el
presente y a no utilizarla para confirmar mi pasado. Dale Tú a esta relación un
propósito nuevo”.
Entonces el patrón empieza a perder su poder. No
porque todas las personas cambien ni porque nunca vuelva a aparecer una
situación parecida, sino porque ya no necesito interpretarla de la misma
manera.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Por qué
siempre repito el mismo tipo de conflictos?”, sino: “¿Qué identidad sigo
intentando conservar cada vez que los repito?”.
Y cuando permito que el Espíritu Santo responda,
descubro que el pasado no estaba regresando por sí solo. Era yo quien lo
llevaba conmigo, esperando que alguien lo cambiara.
Ahora puedo entregarlo y permitir, por fin, que
el presente sea nuevo.

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