¿Qué parte de
mí estoy viendo en la persona que más me irrita?
Esta pregunta puede provocar resistencia. Cuando
alguien nos irrita, creemos tener razones evidentes. Esa persona es arrogante,
controladora, irresponsable, fría, egoísta, victimista o incapaz de escuchar.
Parece lógico concluir que nuestro malestar procede de su comportamiento.
Y, en el nivel cotidiano, es posible que
realmente esté actuando de una manera poco amable, confusa o incluso dañina.
Una cosa es observar una conducta y decidir cómo
responder. Otra muy distinta es utilizarla para justificar mi pérdida de paz.
Por eso la cuestión no es únicamente: “¿Qué está
haciendo esta persona?”, sino: “¿Qué pensamiento acerca de mí mismo estoy
contemplando a través de ella?”.
El Curso enseña que la proyección es una de las
principales defensas del ego. La mente rechaza algo que no quiere reconocer en
sí misma, lo sitúa en otra persona y después la juzga como si ese contenido le
perteneciera exclusivamente. Así cree haberse librado de aquello que condena.
El Texto lo explica con claridad: “Repudias lo
que proyectas” y, por ello, no crees que forme parte de ti. Al juzgar que eres
diferente de aquel sobre quien proyectas, mantienes separada de tu conciencia
una parte de tu propia mente (T-6.II.2:1-4).
Esto no significa necesariamente que yo
manifieste exactamente la misma conducta que me irrita.
Si alguien miente, no tengo que concluir que
miento de la misma manera. Si alguien intenta controlarme, no significa
necesariamente que yo reproduzca su comportamiento externo.
La proyección opera en el nivel del contenido, no
siempre en el de la forma.
Tal vez lo que compartimos sea el miedo. La
necesidad de tener razón. El deseo de controlar. La sensación de carencia. La
culpa. El temor a no ser valorados. La creencia de que debemos atacar para
protegernos.
Las formas pueden ser opuestas y proceder del
mismo pensamiento. Una persona controla dando órdenes; otra controla
retirándose y utilizando el silencio. Una exige atención abiertamente; otra se
sacrifica esperando que los demás reconozcan su esfuerzo. Una expresa ira; otra
la reprime y la convierte en resentimiento.
El ego se fija en las diferencias de forma para
ocultar la igualdad del contenido.
Por eso la persona que más me irrita puede estar
mostrando una parte de mi mente que no quiero aceptar, no porque me comporte
exactamente como ella, sino porque comparto el mismo conflicto bajo otro
disfraz.
Si me irrita profundamente alguien que siempre
quiere tener razón, puedo preguntarme: “¿Dónde necesito yo demostrar que mi
interpretación es la correcta?”.
Si me molesta una persona que reclama atención,
puedo observar: “¿Qué necesidad de ser visto he juzgado y reprimido en mí?”.
Si me altera alguien que se muestra vulnerable,
quizá haya condenado mi propia vulnerabilidad y me obligue a parecer fuerte.
Si rechazo a una persona controladora, puedo
examinar dónde intento controlar los resultados, las opiniones o las decisiones
de los demás.
La pregunta no pretende acusarme. Pretende
devolverme la parte de mi mente que proyecté fuera para que pueda ser sanada.
Mientras el defecto parezca pertenecer únicamente
al otro, no puedo entregarlo al Espíritu Santo. Solo puedo atacarlo, corregirlo
o alejarme de él. Pero cuando reconozco que mi reacción habla de mi mente,
recupero el poder de elegir otra interpretación.
El Curso afirma que la proyección y el ataque
están inevitablemente relacionados porque la proyección se utiliza para
justificar el ataque. Incluso llega a decir: “Sin proyección no puede haber
ira” (T-6.II.3:5-6).
La ira parece decir: “Estoy viendo objetivamente
lo que esta persona es”.
Pero el Curso responde: “Estás viendo una
interpretación que confirma lo que has elegido creer”.
La proyección da lugar a la percepción. El mundo
que veo es el testimonio externo de una condición interna, y la percepción es
un resultado, no una causa (T-21.In.1:1-8).
Esto no significa que invente físicamente todo lo
que la otra persona hace. Significa que selecciono, interpreto y utilizo lo que
hace de acuerdo con el maestro que he elegido.
El ego busca culpabilidad y encuentra pruebas de
culpabilidad. El Espíritu Santo busca una petición de amor y encuentra una
oportunidad de responder con amor.
Dos personas pueden presenciar la misma conducta
y experimentar algo diferente. Una puede sentirse atacada durante días; otra
puede reconocer que necesita poner un límite sin convertir al responsable en
enemigo.
La diferencia no está únicamente en lo sucedido,
sino en el propósito que la mente le ha asignado.
Por eso mi irritación puede ofrecerme información
valiosa. No sobre la maldad del otro, sino sobre el sistema de pensamiento que
estoy utilizando.
¿Qué deseo demostrar mediante mi juicio? ¿Que soy
diferente? ¿Que soy mejor? ¿Que soy inocente porque el otro es culpable? ¿Que
mi falta de paz tiene una causa externa?
La proyección me permite decir: “Yo no soy así;
él es así”. Pero al hacerlo mantengo vivo en mi mente aquello que condeno. El
juicio no expulsa el pensamiento; lo fija.
El Curso enseña que aquello que hemos percibido y
juzgado como imperfecto permanece en nuestra mente. La decisión de juzgar en
vez de conocer es precisamente lo que nos hace perder la paz (T-3.VI.2:1-6).
Este es el coste oculto de tener razón acerca del
otro: tengo que conservar su imagen en mi mente para mantener mi acusación.
Repaso lo que dijo. Imagino lo que debería haber
contestado. Busco nuevos ejemplos que confirmen mi juicio. Cuento la historia a
otras personas.
Cada repetición parece condenarlo a él, pero es
mi mente la que continúa habitada por el conflicto.
La persona se marcha; el juicio permanece
conmigo.
Entonces puedo comprender por qué el Curso llama
a mi hermano un espejo. “Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la
imagen que tienes de ti mismo mientras perdure la percepción” (T-7.VII.3:9).
Si veo en él a un ser culpable, peligroso o
indigno de amor, refuerzo esa misma imagen en mi propia mente.
Tal vez conscientemente piense que yo soy la
víctima inocente. Pero si creo que un Hijo de Dios puede ser culpable, he
aceptado la culpabilidad como una posibilidad real para todos, incluido yo.
No puedo aprisionar a mi hermano en una identidad
sin entrar en la misma prisión.
Esto no significa aprobar lo que hace.
Perdonar no consiste en afirmar que una conducta
hiriente es correcta. Puedo reconocer una manipulación, poner distancia, decir
que no, solicitar respeto o terminar una relación. La corrección práctica puede
ser necesaria.
Pero puedo hacerlo sin utilizar el comportamiento
para definir la totalidad de esa persona.
El ego dice: “Hizo algo egoísta; por tanto, es
egoísta”. El Espíritu Santo dice: “Actuó desde el miedo; su error no ha
cambiado lo que Dios creó”.
Uno convierte un error en identidad. El Otro
separa la verdad de la equivocación.
La persona que más me irrita puede mostrarme
también una parte de mí que necesita compasión. Quizá rechazo en ella aquello
que nunca me permití sentir. Su debilidad despierta el juicio que aplico contra
mi propia debilidad. Su necesidad me recuerda necesidades que aprendí a
ocultar. Su deseo de reconocimiento refleja el deseo que condené en mí mismo.
Entonces la irritación puede ser una defensa
contra el reconocimiento.
No quiero parecerme a esa persona porque temo
que, si comparto algo con ella, perderé la imagen que he construido de mí.
Pero reconocer un conflicto compartido no me
rebaja. Me permite comprender.
Comprender no es justificar. Es dejar de utilizar
la diferencia para separar.
El Curso afirma que, cuando un hermano actúa
insensatamente, nos ofrece una oportunidad para bendecirlo. Su necesidad es
también la nuestra, y solo podemos recibir la bendición dándosela
(T-7.VII.2:1-6).
Tal vez la bendición adopte la forma de una
palabra amable. Tal vez consista en guardar silencio. Tal vez sea establecer un
límite firme. Tal vez únicamente signifique negarme a convertirlo interiormente
en un enemigo.
La forma dependerá de la situación. El contenido
será siempre el mismo: no utilizaré su error para demostrar que la separación
es verdad.
Cuando alguien me irrite, puedo detenerme antes
de reaccionar y preguntar: “¿Qué estoy condenando en esta persona?”. “¿Dónde
aparece ese mismo contenido en mi mente, aunque adopte otra forma?”. “¿Qué
imagen de mí mismo estoy protegiendo mediante este juicio?”. “¿Quiero tener
razón acerca de mi hermano o quiero recuperar la paz?”.
No tengo que encontrar inmediatamente una
respuesta perfecta. Basta con estar dispuesto a considerar que mi primera
interpretación quizá no sea toda la verdad.
Puedo comenzar con una oración: “Espíritu Santo,
esta persona despierta en mí una fuerte irritación. Creo saber qué significa su
comportamiento, pero reconozco que no sé para qué puedo utilizar esta
experiencia. Muéstrame qué parte de mi mente estoy proyectando sobre ella.
Ayúdame a corregir el error sin convertirlo en culpabilidad y a ver a mi
hermano sin condenarme junto con él”.
Entonces la persona deja de ser únicamente el
obstáculo que perturba mi paz. Se convierte en el lugar donde puedo descubrir
el juicio que ya estaba en mí y entregarlo.
Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Qué parte
de mí estoy viendo en la persona que más me irrita?”, sino: “¿Qué parte de mí
está pidiendo ser perdonada cada vez que la condeno a ella?”.
Y cuando permito que el Espíritu Santo responda,
descubro que el espejo no estaba allí para acusarme.
Estaba allí para ayudarme a mirar, perdonar y elegir de nuevo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario