¿Somos la luz que ilumina el mundo? Reflexión desde la Lección 44
En la Lección
44 leemos una afirmación poderosa: “Somos la luz del mundo.”
Una estudiante
plantea una idea muy interesante: ¿Podría entenderse esto en el sentido de que
no hay nada realmente “ahí fuera”, y que todo lo que vemos existe porque lo
iluminamos con nuestra mente? ¿Hay mundo si no hay nadie que lo observe? ¿Somos
nosotros quienes lo hacemos aparecer al ponerle luz?
La pregunta es
profunda. Y merece una respuesta cuidadosa.
El Curso dice
que el mundo es efecto, no causa. Es decir, lo que vemos no es independiente de
la mente.
Pero aquí
debemos matizar algo importante. No está diciendo que tu mente individual crea
físicamente el planeta, que el mundo desaparece si no lo miras, ni que todo es
una proyección privada tuya.
Eso sería una
interpretación psicológica o filosófica, no la enseñanza del Curso.
El Curso habla
de una mente única que cree estar fragmentada. El mundo surge de una
creencia colectiva en la separación.
No es “mi
mente personal” iluminando cosas aisladas. Es la mente que se cree separada,
generando una experiencia perceptiva compartida.
¿Qué significa entonces “somos la luz del mundo”?
Aquí está la
clave. La luz no significa que “hacemos existir” el mundo físico. Significa que
damos significado a lo que percibimos.
Sin la mente,
el mundo sería percepción sin interpretación. Pero el sufrimiento no viene de
los objetos, viene del significado que les atribuimos.
Cuando el
Curso dice que somos la luz del mundo, está diciendo que somos la fuente del
significado; que somos quienes elegimos ver desde el miedo o desde el amor, y
que somos quienes iluminamos la experiencia con un sistema de pensamiento u
otro.
No iluminamos
la materia. Iluminamos el sentido.
El ejemplo
filosófico clásico —si un árbol cae y nadie lo oye, ¿hace ruido?— es
interesante, pero el Curso no se centra en eso.
La pregunta
más alineada con UCDM sería: Si un hecho ocurre, ¿tiene significado sin una
mente que lo interprete?
Desde el
Curso, el mundo como forma puede seguir su curso, pero el dolor, el miedo o el
conflicto no están en el árbol, están en la interpretación.
Ahí es donde
entra la “luz”.
¿Existe el mundo “ahí fuera”?
Desde el punto
de vista absoluto del Curso, el mundo es una proyección de la creencia en la
separación. No es creación de Dios. No es realidad eterna.
Pero mientras
creemos en él, lo experimentamos como real.
Por eso el
Curso no nos pide negar el mundo, sino reinterpretarlo.
La luz no crea la forma, transforma la percepción.
Este matiz es
esencial. La luz de la que habla la Lección 44 no crea montañas, árboles o
cuerpos. Cambia la forma de verlos.
Desde el ego, vemos
amenaza, vemos pérdida, vemos ataque, vemos carencia.
Desde la luz, vemos
oportunidad de perdón, vemos inocencia más allá de la conducta, vemos una
petición de amor, vemos unidad detrás de la apariencia.
El mundo no
desaparece. Cambia la experiencia.
Entonces, ¿tiene sentido lo que plantea la estudiante?
Sí… pero con
precisión. Tiene sentido en cuanto a que el mundo no tiene significado por sí
mismo, somos nosotros quienes lo iluminamos con interpretación, y la
experiencia depende de la mente.
Pero no en el
sentido de que la mente individual cree físicamente el universo, nada existe si
no lo observamos, y que el mundo sea una ilusión privada personal.
El Curso habla
de un sueño colectivo nacido de una mente que se creyó separada.
Podemos concluir diciendo que “Somos la luz del mundo” no significa que fabriquemos
objetos. Significa que, sin la mente, no hay significado. Que, sin significado,
no hay experiencia emocional. Y que el significado siempre es elegido.
La luz no hace
que el mundo exista. Hace que el mundo sea interpretado de una u otra manera.
Y ahí está el
poder transformador de la lección: No cambiar el mundo. Cambiar la manera de verlo.

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