¿Pongo mis
problemas en manos de Dios… o le exijo cómo debe responder? Reflexión desde la Lección 50.
La Lección 50
afirma: “El Amor de Dios es mi sustento”.
Porque hay una
diferencia enorme entre entregar y dirigir.
Muchas veces
creemos que estamos confiando en Dios cuando en realidad estamos diciendo:
- “Que esto salga como espero”.
- “Que esta persona cambie”.
- “Que el diagnóstico no sea grave”.
- “Que se resuelva según mi plan”.
En apariencia hemos “entregado” el
problema. Pero internamente seguimos sosteniendo el control del resultado.
No hemos entregado la situación. Hemos
entregado una condición.
¿Qué significa
realmente poner algo en manos de Dios?
Desde la
visión de Un Curso de Milagros, poner un problema en manos de Dios no significa
desentenderse, dejar de actuar, negar la dificultad o suprimir la emoción.
Significa algo
más profundo: dejar de decidir de antemano cuál debe ser la solución. Es soltar
la exigencia. Es permitir que la respuesta no coincida con nuestras
expectativas.
El verdadero
problema no es la situación.
La Lección 50
nos recuerda que el Amor de Dios es nuestro sustento y eso implica que nuestra
seguridad no depende del resultado, nuestra paz no depende del desenlace y nuestro
valor no depende de lo que ocurra.
El verdadero
problema nunca es la circunstancia externa. Es la creencia de que algo fuera
puede quitarnos lo que somos.
Y cuando
creemos eso, exigimos a Dios que lo “arregle”.
Exigir es
miedo disfrazado de oración.
Cuando le pedimos a Dios una
solución específica, muchas veces lo hacemos desde el miedo a perder, miedo a
fracasar, miedo a sufrir, miedo a no controlar.
No estamos confiando. Estamos
intentando asegurarnos.
La entrega auténtica no dice: “Haz
esto”. Dice: “Muéstrame cómo ver esto”.
Y eso cambia completamente la
experiencia.
La diferencia
entre pedir y confiar.
El Curso no
prohíbe pedir ayuda. Al contrario, invita constantemente a pedir guía.
Pero hay dos
formas de pedir:
🔹 Desde el ego: “Resuelve esto como yo creo que debe
resolverse”.
🔹 Desde la confianza: “Enséñame cuál es la respuesta
que trae paz, aunque no sea la que esperaba”.
En la primera
hay tensión. En la segunda hay apertura.
Aplicación práctica:
Imagina un
conflicto laboral, un problema de salud o una dificultad familiar.
Puedes decir: “Dios,
haz que esto desaparezca”.
O puedes
decir: “Dios, ayúdame a no perder la paz en medio de esto”.
La primera
oración busca cambiar el mundo. La segunda permite que cambie la mente. Y
cuando la mente cambia, la experiencia cambia.
La Lección 50
nos invita a reconocer algo radical: No dependes del desenlace para estar
sostenido.
El Amor de
Dios no es una recompensa cuando todo sale bien. Es la base que permanece
incluso cuando nada sale como esperabas.
Cuando esta
idea comienza a asentarse, la necesidad de exigir disminuye. No porque los
problemas desaparezcan, sino porque dejan de definir tu estabilidad interior.
Poner nuestros
problemas en manos de Dios no es un acto dramático. Es un gesto interior muy
sencillo:
Soltar la
exigencia de que la realidad obedezca nuestros planes. Y permitir que la paz
sea el criterio, no el resultado.
Porque cuando
confiamos de verdad, dejamos de decirle a Dios cómo debe responder… y empezamos
a escuchar.

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