2. He aquí el único principio que la salvación requiere. 2No es necesario que tu fe en él sea firme e inquebrantable ni que esté libre del ataque de todas las creencias que se oponen a él. 3No tienes una lealtad fija. 4Pero recuerda que los que ya se han salvado no tienen necesidad de salvación. 5No se te pide que hagas lo que le resultaría imposible a alguien que todavía está dividido contra sí mismo. 6No esperes poder encontrar sabiduría en semejante estado mental. 7Pero siéntete agradecido de que lo único que se te pide es que tengas un poco de fe. 8¿Qué les puede quedar a los que todavía creen en el pecado, sino un poco de fe? 9¿Qué podrían saber del Cielo y de la justicia de los que se han salvado?
Este párrafo desactiva de raíz la autoexigencia
espiritual. Define con absoluta claridad qué se requiere para la salvación… y,
al mismo tiempo, elimina cualquier ideal imposible asociado a ese requisito.
El texto reconoce sin juicio una condición humana
fundamental: no tienes una lealtad fija. La mente dividida oscila, duda,
cree y descree alternativamente. Pretender coherencia absoluta en ese estado
sería negar la condición desde la cual se aprende.
Por eso se establece una distinción esencial: los
que ya se han salvado no necesitan salvación. Tú no estás siendo evaluado como
si ya hubieras llegado. Estás siendo acompañado porque aún no has llegado, y
eso no es un fallo, es el punto de partida legítimo.
El Curso es radicalmente honesto: no esperes
sabiduría mientras estés dividido.
Pero tampoco te condenes por ello.
La justicia del amor aparece aquí como proporcionalidad
perfecta: no se te pide lo que no puedes dar. A quien todavía cree en el pecado
—es decir, en la culpa, en la separación, en la pérdida— solo se le puede pedir
un poco de fe.
Y ese “poco” no es despreciado. Es suficiente. Es
el único terreno común posible entre una mente dividida y la verdad.
Las últimas preguntas del párrafo no son
acusatorias, sino pedagógicas. Señalan con suavidad que no puedes saber aún lo
que pertenece al estado de salvación, pero tampoco necesitas saberlo para
avanzar hacia él.
Mensaje central del punto:
- La salvación requiere un solo principio.
- No se exige fe perfecta.
- La mente dividida no tiene lealtad fija.
- No se te pide lo imposible.
- No hay sabiduría en la división, pero tampoco culpa.
- Solo se requiere un poco de fe.
- Eso es suficiente mientras creas en el pecado.
Claves de comprensión:
- La fluctuación no invalida el proceso.
- La fe mínima es legítima.
- La exigencia excesiva es una forma de injusticia.
- El amor no pide coherencia total, pide honestidad.
- La salvación no se adelanta por fuerza de voluntad.
- La justicia divina es siempre proporcional.
Aplicación práctica en la vida cotidiana
- Observa cuándo te reprochas “no creer lo suficiente”.
- Reconoce la oscilación sin intentar corregirla.
- Agradece conscientemente no tener que ser perfecto.
- Practica ofrecer solo lo que tienes hoy, no lo que crees que deberías
tener.
- Descansa en la idea de que un poco de fe basta.
Preguntas para la reflexión personal:
- ¿Dónde me exijo una fe que no puedo sostener?
- ¿En qué momentos confundo división con fracaso?
- ¿Puedo aceptar que no sé aún lo que es el Cielo?
- ¿Qué pasaría si dejara de exigirme coherencia total?
- ¿Puedo valorar la fe pequeña en lugar de despreciarla?
Conclusión:
Este párrafo restituye la justicia al amor al ajustar
la demanda a la condición real de la mente. No idealiza, no presiona, no
compara. Reconoce la división sin dramatizarla y propone un único gesto
posible: un poco de fe.
La salvación no comienza con certeza, sino con
disposición mínima. No exige claridad, solo apertura. Y esa apertura, por
pequeña que parezca, es completamente justa.
Porque el amor no pide lo que no puede darse.
Frase inspiradora: “No se me pide
certeza, solo un poco de fe.”

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