3. Existe una clase de justicia en la salvación de la que el mundo no sabe nada. 2Para el mundo, la justicia y la venganza son lo mismo, pues los pecadores ven la justicia únicamente como el castigo que merecen, por el que tal vez otro debe pagar, pero del que no es posible escapar. 3Las leyes del pecado exigen una víctima. 4Quién ha de ser esa víctima es irrelevante. 5Pero el costo no puede ser otro que la muerte, y tiene que pagarse. 6Esto no es justicia, sino demencia. 7Sin embargo, allí donde el amor significa odio, y la muerte se ve como la victoria y el triunfo sobre la eternidad, la intemporalidad y la vida, ¿cómo se podría definir la justicia sin que la demencia formase parte de ella?
Este párrafo establece una ruptura total entre dos concepciones de justicia: la del mundo y la de la salvación. No se trata de una diferencia de grado, sino de naturaleza.
La justicia del mundo es inseparable de la culpa. Parte de una premisa
incuestionada: alguien ha pecado, y por tanto alguien debe pagar.
Desde ahí, justicia y venganza se vuelven indistinguibles, aunque se disfracen
con lenguaje moral o legal.
En esta lógica, no importa realmente quién sufra el castigo. El sistema no
busca restauración ni verdad, sino satisfacción de una deuda. La víctima es
intercambiable. Lo único imprescindible es que exista.
Las “leyes del pecado” exigen siempre una víctima porque el pecado, tal
como el mundo lo concibe, no puede ser deshecho, solo castigado. Y el castigo
final, inevitable, es la muerte. No como accidente, sino como pago necesario.
El texto no suaviza su juicio: esto no es justicia, es demencia.
Y aquí aparece el núcleo más profundo del argumento. En un mundo donde el
amor ha sido redefinido como odio —es decir, como posesión, ataque, defensa— y
donde la muerte se considera una victoria (triunfo del ego, del tiempo, del
poder), la justicia solo puede ser demencial, porque está construida sobre
premisas falsas.
Si la vida es vista como algo que se pierde, y la eternidad como una
amenaza, entonces castigar, destruir y matar parecerán actos razonables. La
locura no es un exceso del sistema: es su fundamento.
Mensaje central del punto:
- Existen dos justicias radicalmente distintas.
- La justicia del mundo es venganza disfrazada.
- El pecado exige castigo y siempre una víctima.
- La víctima es intercambiable.
- El precio exigido es siempre la muerte.
- Esto no es justicia, es demencia.
- Un mundo que glorifica la muerte no puede definir justicia sanamente.
Claves de comprensión:
- La justicia del ego necesita culpables.
- El castigo sustituye a la comprensión.
- La muerte es presentada como pago legítimo.
- El sistema no busca verdad, sino equilibrio ilusorio.
- Donde el amor se invierte, la justicia se pervierte.
- La locura se normaliza cuando se comparte.
Aplicación práctica en la vida cotidiana:
- Observa cuándo asocias justicia con castigo.
- Detecta la idea de que “alguien debe pagar”.
- Nota cómo la culpa siempre busca una víctima.
- Cuestiona la creencia de que el sufrimiento repara algo.
- Practica detenerte antes de justificar el castigo, incluso mental.
Preguntas para la reflexión personal:
- ¿Dónde sigo creyendo que el error merece castigo?
- ¿A quién convierto en víctima, incluso simbólicamente?
- ¿Confundo justicia con compensación del dolor?
- ¿He glorificado alguna vez la pérdida como victoria?
- ¿Puedo imaginar una justicia sin víctimas?
Conclusión:
Este párrafo revela que la justicia del mundo no fracasa ocasionalmente:
funciona exactamente como fue diseñada, porque está basada en la culpa, el
sacrificio y la muerte.
La salvación introduce una justicia completamente distinta, una que el
mundo no puede comprender porque no exige víctimas, no cobra deudas y no
castiga. Allí donde la vida es reconocida como eterna, la idea de castigo se
vuelve absurda.
Mientras la muerte sea vista como triunfo, la justicia será demencial.
Restituir la justicia al amor implica desmantelar el sistema entero, no
reformarlo.
Frase inspiradora: “La justicia que exige una víctima no es justicia, es locura.”

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