sábado, 15 de agosto de 2026

¿Por qué me siento incómodo cuando todo está bien?

¿Por qué me siento incómodo cuando todo está bien?

Esta pregunta puede parecer extraña. En principio, todos deseamos que las cosas vayan bien. Queremos resolver los problemas, sentirnos seguros, disfrutar de nuestras relaciones y descansar de las preocupaciones.

Sin embargo, a veces, cuando finalmente llega la calma, aparece una incomodidad difícil de explicar.

Todo está bien, pero no consigo relajarme. No ha ocurrido nada malo, pero siento que algo está a punto de suceder. La situación parece tranquila, pero mi mente busca un motivo para preocuparse.

Entonces puedo preguntarme: ¿por qué, si deseo la paz, me resulta tan difícil permanecer en ella?

Un Curso de Milagros ofrece una respuesta profunda: porque una parte de mi mente dice querer la paz, mientras otra todavía la percibe como una amenaza. El Curso llega a afirmar que su objetivo es nuestra felicidad y nuestra paz y que, a pesar de ello, les tenemos miedo (T-13.II.7:1-3). Creemos que sus enseñanzas vienen a liberarnos, pero en ocasiones reaccionamos como si fueran a quitarnos algo que necesitamos.

Esta contradicción explica buena parte de nuestra incomodidad. Conscientemente digo: “Quiero estar en paz”.  Pero, en un nivel más profundo, puedo estar diciendo: “No confío en la paz”.

La paz me parece demasiado frágil. Creo que, si bajo la guardia, algo me sorprenderá. Si dejo de preocuparme, seré irresponsable. Si disfruto plenamente de este momento, sufriré más cuando termine. Por eso permanezco alerta incluso cuando no existe ningún peligro inmediato.

El ego llama prudencia a este estado de vigilancia. Me dice que debo anticiparme a los problemas, imaginar todos los desenlaces posibles y estar preparado para lo peor. Parece protegerme, pero en realidad me impide reconocer que, en este instante, estoy a salvo.

No disfruto de lo que ocurre porque estoy preparándome para lo que podría ocurrir.

Por ejemplo, puedo encontrarme pasando una tarde agradable con mi familia y pensar repentinamente: “Ojalá esto dure”. La frase parece expresar gratitud, pero también contiene miedo. Ya no estoy viviendo el encuentro; estoy imaginando su pérdida.

Puedo recibir una buena noticia y comenzar a buscar qué podría salir mal. Puedo sentirme físicamente bien y preguntarme cuánto tardará en aparecer alguna dolencia. Puedo experimentar armonía en una relación y sospechar que esa tranquilidad anuncia un conflicto.

La mente parece decir: “Esto es demasiado bueno para ser verdad”. Pero quizá lo que realmente quiere decir es: “La paz no encaja con la idea que tengo de mí mismo”.

Si durante mucho tiempo me he definido como alguien que lucha, resuelve, cuida, soporta o se defiende, la ausencia de problemas puede dejarme sin una función conocida. Mientras existe un conflicto, sé qué hacer. Puedo analizarlo, combatirlo, explicarlo o intentar corregirlo. Pero cuando todo se aquieta, el personaje que he construido ya no sabe cómo sostenerse.

¿Quién soy si no tengo nada que resolver? ¿Quién soy si nadie necesita que lo salve? ¿Quién soy si no estoy luchando contra algo?

El ego necesita problemas porque los utiliza para confirmar su existencia. Cada dificultad me recuerda que soy un individuo separado que debe abrirse camino en un mundo imprevisible. Cuando el problema desaparece, también se debilita momentáneamente esa identidad.

Entonces la mente puede fabricar una nueva preocupación. No necesariamente porque quiera sufrir de manera consciente, sino porque el conflicto le resulta familiar. La paz, en cambio, la acerca a una Identidad que todavía no reconoce plenamente.

El Curso denomina a esto “el deseo de deshacerte de la paz” y lo presenta como el primer obstáculo que la paz debe superar (T-19.IV.A.1:1-4). No significa que conscientemente queramos vivir angustiados. Significa que aún conservamos juicios, resentimientos y necesidades de separación que parecen incompatibles con una paz completa.

Tal vez todo esté bien externamente, pero sigo manteniendo una acusación contra alguien. Tal vez la situación presente sea tranquila, pero continúo utilizando el pasado para justificar mi desconfianza. Tal vez afirme que deseo descansar, pero crea que mi valor depende de estar siempre haciendo algo. Tal vez quiera sentirme feliz, pero piense que no tengo derecho a serlo mientras otras personas sufren.

La culpa es una de las razones más profundas por las que podemos sentirnos incómodos cuando todo está bien.

Si creo, aunque sea inconscientemente, que he cometido un pecado real, también creeré que merezco algún castigo. La felicidad me parecerá injustificada. Esperaré que algo venga a arrebatármela porque, en el fondo, no considero que tenga derecho a conservarla.

La Lección 101 explica que, mientras creamos en el pecado, pensaremos que la salvación exige sufrimiento como penitencia. Si el pecado fuera real, el castigo parecería justo e inevitable, y la felicidad no podría ser verdad (L-101.1:1-5; 2:1-4).

Por eso, cuando las cosas van bien, puede surgir una voz interior que dice:

“No te acostumbres”. “No te alegres demasiado”. “Algo malo tendrá que compensar esto”. “No puedes ser completamente feliz”.

Esta voz no procede de Dios. Procede del sistema de pensamiento del ego, que ha vinculado amor con sacrificio, inocencia con ingenuidad y felicidad con peligro.

Desde la perspectiva del Curso, no esperamos el castigo porque Dios quiera castigarnos, sino porque hemos aceptado nuestra propia condenación. Primero nos juzgamos y después proyectamos ese juicio sobre el futuro. Esperamos que la vida nos cobre una deuda que nosotros mismos hemos imaginado.

De esta manera, la preocupación se convierte en una penitencia anticipada.

Es como si creyéramos que preocuparnos nos hace más responsables, más prudentes o menos culpables de disfrutar. Pero el sufrimiento no protege a nadie. Mi inquietud no evita las dificultades futuras; solo impide que reciba la paz disponible ahora.

También puedo sentirme incómodo porque he confundido la paz con la pasividad. Pienso que, si estoy tranquilo, dejaré de atender mis responsabilidades, perderé la motivación o permitiré que los demás se aprovechen de mí.

Sin embargo, la paz que enseña UCDM no es indiferencia. No significa permanecer inmóvil ante las necesidades del mundo ni negar los problemas prácticos. Significa actuar sin convertir el miedo en mi consejero.

Desde la paz puedo tomar decisiones, poner límites, organizar mis asuntos y afrontar una dificultad. La diferencia es que ya no actúo para proteger una identidad aterrorizada, sino desde una mente dispuesta a recibir orientación.

La inquietud dice: “Haz algo inmediatamente porque estás en peligro”. La paz dice: “Detente, escucha y permite que se te muestre qué hacer”.

Una mente en paz no es menos responsable. Ve con mayor claridad porque no está obligada a reaccionar desde el pasado.

Pero existe una razón todavía más profunda para sentir incomodidad cuando todo está bien: la paz puede acercarme al recuerdo de Dios.

El Curso afirma que no es la crucifixión lo que realmente tememos, sino la redención. Bajo los cimientos del ego permanece el recuerdo de Dios, y el miedo que tenemos al ataque no es nada comparado con el miedo que le tenemos al Amor (T-13.III.1:10-11; 2:1-3).

Cuando la mente se aquieta, el ego pierde momentáneamente su capacidad para distraerme. Ya no hay tantos conflictos, planes o amenazas ocupando mi atención. En ese silencio podría descubrir una Presencia que no depende de las circunstancias. Y eso amenaza al ego.

La paz verdadera revela que no necesito al personaje que he fabricado para estar a salvo. No necesito controlar cada acontecimiento, obtener la aprobación de todos ni anticipar cada posible problema. La Vida que soy continúa intacta, incluso cuando mi mente deja de vigilar.

Por eso el ego puede interrumpir la calma con un recuerdo doloroso, una preocupación absurda o una necesidad repentina de hacer algo. Cualquier pensamiento sirve si consigue apartarme del silencio.

No debo condenarme por ello.

Sentirme incómodo ante la paz no significa que esté fracasando. Significa que ha quedado al descubierto una resistencia que antes permanecía oculta. Ahora puedo observarla y entregarla.

Puedo preguntarme: “¿Qué temo que ocurra si me relajo?” “¿Qué creo que perdería si aceptara que ahora todo está bien?” “¿A quién sería desleal si me permitiera ser feliz?” “¿Qué identidad dejaría de necesitar si ya no tuviese un problema?”

No necesito forzarme a estar tranquilo. La paz impuesta se convierte en otra forma de tensión. Tampoco necesito fingir que no siento inquietud. Puedo reconocerla sin concederle autoridad.

Puedo decir: “Espíritu Santo, en este momento no ocurre nada que amenace mi paz, pero una parte de mi mente continúa esperando el peligro. Cree que la preocupación me protege y que la felicidad terminará siendo castigada. Te entrego esta interpretación. Enséñame que no necesito sufrir para ser digno del Amor y que puedo aceptar este instante sin miedo”.

Entonces la calma deja de ser una situación que debo vigilar y se convierte en una experiencia que puedo recibir.

Quizá la paz dure unos minutos. Quizá vuelva a aparecer la preocupación. No importa. Cada vez que la reconozco y elijo no seguirla, enseño a mi mente que no tiene que huir de la felicidad.

La Voluntad de Dios para mí no es una felicidad frágil que depende de que todo salga como deseo. Es una felicidad que nace de recordar que el pecado no existe y que el sufrimiento no tiene causa real (L-101.6:1-4).

Por eso, cuando todo esté bien y aparezca la incomodidad, puedo reconocer que el problema no está en la tranquilidad. Tampoco es una señal de que algo malo vaya a suceder.

Es simplemente el miedo del ego ante un instante en el que ya no parece necesario. No tengo que obedecer ese miedo. No tengo que fabricar un problema para recuperar una identidad conocida. No tengo que pagar por la paz ni prepararme para perderla.

Puedo permitir que este instante sea como es. Y quizá la pregunta más profunda no sea: “¿Por qué me siento incómodo cuando todo está bien?”, sino: “¿Estoy dispuesto a aceptar que la paz puede ser mi estado natural y no solamente una breve pausa entre dos problemas?”.

Cuando dejo que el Espíritu Santo responda, comprendo que no necesito vigilar la paz. Solo necesito dejar de expulsarla.

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