¿Por
qué me siento incómodo cuando todo está bien?
Esta
pregunta puede parecer extraña. En principio, todos deseamos que las cosas
vayan bien. Queremos resolver los problemas, sentirnos seguros, disfrutar de
nuestras relaciones y descansar de las preocupaciones.
Sin
embargo, a veces, cuando finalmente llega la calma, aparece una incomodidad
difícil de explicar.
Todo
está bien, pero no consigo relajarme. No ha ocurrido nada malo, pero siento que
algo está a punto de suceder. La situación parece tranquila, pero mi mente
busca un motivo para preocuparse.
Un
Curso de Milagros ofrece una respuesta profunda: porque una parte de mi mente
dice querer la paz, mientras otra todavía la percibe como una amenaza. El Curso
llega a afirmar que su objetivo es nuestra felicidad y nuestra paz y que, a
pesar de ello, les tenemos miedo (T-13.II.7:1-3). Creemos que sus enseñanzas
vienen a liberarnos, pero en ocasiones reaccionamos como si fueran a quitarnos
algo que necesitamos.
Esta
contradicción explica buena parte de nuestra incomodidad. Conscientemente digo:
“Quiero estar en paz”. Pero, en un nivel
más profundo, puedo estar diciendo: “No confío en la paz”.
La
paz me parece demasiado frágil. Creo que, si bajo la guardia, algo me
sorprenderá. Si dejo de preocuparme, seré irresponsable. Si disfruto plenamente
de este momento, sufriré más cuando termine. Por eso permanezco alerta incluso
cuando no existe ningún peligro inmediato.
El
ego llama prudencia a este estado de vigilancia. Me dice que debo anticiparme a
los problemas, imaginar todos los desenlaces posibles y estar preparado para lo
peor. Parece protegerme, pero en realidad me impide reconocer que, en este
instante, estoy a salvo.
No
disfruto de lo que ocurre porque estoy preparándome para lo que podría ocurrir.
Por
ejemplo, puedo encontrarme pasando una tarde agradable con mi familia y pensar
repentinamente: “Ojalá esto dure”. La frase parece expresar gratitud, pero
también contiene miedo. Ya no estoy viviendo el encuentro; estoy imaginando su
pérdida.
Puedo
recibir una buena noticia y comenzar a buscar qué podría salir mal. Puedo
sentirme físicamente bien y preguntarme cuánto tardará en aparecer alguna
dolencia. Puedo experimentar armonía en una relación y sospechar que esa
tranquilidad anuncia un conflicto.
La
mente parece decir: “Esto es demasiado bueno para ser verdad”. Pero quizá lo
que realmente quiere decir es: “La paz no encaja con la idea que tengo de mí
mismo”.
Si
durante mucho tiempo me he definido como alguien que lucha, resuelve, cuida,
soporta o se defiende, la ausencia de problemas puede dejarme sin una función
conocida. Mientras existe un conflicto, sé qué hacer. Puedo analizarlo,
combatirlo, explicarlo o intentar corregirlo. Pero cuando todo se aquieta, el
personaje que he construido ya no sabe cómo sostenerse.
¿Quién
soy si no tengo nada que resolver? ¿Quién soy si nadie necesita que lo salve? ¿Quién
soy si no estoy luchando contra algo?
El
ego necesita problemas porque los utiliza para confirmar su existencia. Cada
dificultad me recuerda que soy un individuo separado que debe abrirse camino en
un mundo imprevisible. Cuando el problema desaparece, también se debilita
momentáneamente esa identidad.
Entonces
la mente puede fabricar una nueva preocupación. No necesariamente porque quiera
sufrir de manera consciente, sino porque el conflicto le resulta familiar. La
paz, en cambio, la acerca a una Identidad que todavía no reconoce plenamente.
El
Curso denomina a esto “el deseo de deshacerte de la paz” y lo presenta como el
primer obstáculo que la paz debe superar (T-19.IV.A.1:1-4). No significa que
conscientemente queramos vivir angustiados. Significa que aún conservamos
juicios, resentimientos y necesidades de separación que parecen incompatibles
con una paz completa.
Tal
vez todo esté bien externamente, pero sigo manteniendo una acusación contra
alguien. Tal vez la situación presente sea tranquila, pero continúo utilizando
el pasado para justificar mi desconfianza. Tal vez afirme que deseo descansar,
pero crea que mi valor depende de estar siempre haciendo algo. Tal vez quiera
sentirme feliz, pero piense que no tengo derecho a serlo mientras otras
personas sufren.
La
culpa es una de las razones más profundas por las que podemos sentirnos
incómodos cuando todo está bien.
Si
creo, aunque sea inconscientemente, que he cometido un pecado real, también
creeré que merezco algún castigo. La felicidad me parecerá injustificada.
Esperaré que algo venga a arrebatármela porque, en el fondo, no considero que
tenga derecho a conservarla.
La
Lección 101 explica que, mientras creamos en el pecado, pensaremos que la
salvación exige sufrimiento como penitencia. Si el pecado fuera real, el
castigo parecería justo e inevitable, y la felicidad no podría ser verdad
(L-101.1:1-5; 2:1-4).
Por
eso, cuando las cosas van bien, puede surgir una voz interior que dice:
“No
te acostumbres”. “No te alegres demasiado”. “Algo malo tendrá que compensar
esto”. “No puedes ser completamente feliz”.
Esta
voz no procede de Dios. Procede del sistema de pensamiento del ego, que ha
vinculado amor con sacrificio, inocencia con ingenuidad y felicidad con
peligro.
Desde
la perspectiva del Curso, no esperamos el castigo porque Dios quiera
castigarnos, sino porque hemos aceptado nuestra propia condenación. Primero nos
juzgamos y después proyectamos ese juicio sobre el futuro. Esperamos que la
vida nos cobre una deuda que nosotros mismos hemos imaginado.
De
esta manera, la preocupación se convierte en una penitencia anticipada.
Es
como si creyéramos que preocuparnos nos hace más responsables, más prudentes o
menos culpables de disfrutar. Pero el sufrimiento no protege a nadie. Mi
inquietud no evita las dificultades futuras; solo impide que reciba la paz
disponible ahora.
También
puedo sentirme incómodo porque he confundido la paz con la pasividad. Pienso
que, si estoy tranquilo, dejaré de atender mis responsabilidades, perderé la
motivación o permitiré que los demás se aprovechen de mí.
Sin
embargo, la paz que enseña UCDM no es indiferencia. No significa permanecer
inmóvil ante las necesidades del mundo ni negar los problemas prácticos.
Significa actuar sin convertir el miedo en mi consejero.
Desde
la paz puedo tomar decisiones, poner límites, organizar mis asuntos y afrontar
una dificultad. La diferencia es que ya no actúo para proteger una identidad
aterrorizada, sino desde una mente dispuesta a recibir orientación.
La
inquietud dice: “Haz algo inmediatamente porque estás en peligro”. La paz dice:
“Detente, escucha y permite que se te muestre qué hacer”.
Una
mente en paz no es menos responsable. Ve con mayor claridad porque no está
obligada a reaccionar desde el pasado.
Pero
existe una razón todavía más profunda para sentir incomodidad cuando todo está
bien: la paz puede acercarme al recuerdo de Dios.
El
Curso afirma que no es la crucifixión lo que realmente tememos, sino la
redención. Bajo los cimientos del ego permanece el recuerdo de Dios, y el miedo
que tenemos al ataque no es nada comparado con el miedo que le tenemos al Amor
(T-13.III.1:10-11; 2:1-3).
Cuando
la mente se aquieta, el ego pierde momentáneamente su capacidad para
distraerme. Ya no hay tantos conflictos, planes o amenazas ocupando mi
atención. En ese silencio podría descubrir una Presencia que no depende de las
circunstancias. Y eso amenaza al ego.
La
paz verdadera revela que no necesito al personaje que he fabricado para estar a
salvo. No necesito controlar cada acontecimiento, obtener la aprobación de
todos ni anticipar cada posible problema. La Vida que soy continúa intacta,
incluso cuando mi mente deja de vigilar.
Por
eso el ego puede interrumpir la calma con un recuerdo doloroso, una
preocupación absurda o una necesidad repentina de hacer algo. Cualquier
pensamiento sirve si consigue apartarme del silencio.
No
debo condenarme por ello.
Sentirme
incómodo ante la paz no significa que esté fracasando. Significa que ha quedado
al descubierto una resistencia que antes permanecía oculta. Ahora puedo
observarla y entregarla.
Puedo
preguntarme: “¿Qué temo que ocurra si me relajo?” “¿Qué creo que perdería si
aceptara que ahora todo está bien?” “¿A quién sería desleal si me permitiera
ser feliz?” “¿Qué identidad dejaría de necesitar si ya no tuviese un problema?”
No
necesito forzarme a estar tranquilo. La paz impuesta se convierte en otra forma
de tensión. Tampoco necesito fingir que no siento inquietud. Puedo reconocerla
sin concederle autoridad.
Puedo
decir: “Espíritu Santo, en este momento no ocurre nada que amenace mi paz, pero
una parte de mi mente continúa esperando el peligro. Cree que la preocupación
me protege y que la felicidad terminará siendo castigada. Te entrego esta
interpretación. Enséñame que no necesito sufrir para ser digno del Amor y que
puedo aceptar este instante sin miedo”.
Entonces
la calma deja de ser una situación que debo vigilar y se convierte en una
experiencia que puedo recibir.
Quizá
la paz dure unos minutos. Quizá vuelva a aparecer la preocupación. No importa.
Cada vez que la reconozco y elijo no seguirla, enseño a mi mente que no tiene
que huir de la felicidad.
La
Voluntad de Dios para mí no es una felicidad frágil que depende de que todo
salga como deseo. Es una felicidad que nace de recordar que el pecado no existe
y que el sufrimiento no tiene causa real (L-101.6:1-4).
Por
eso, cuando todo esté bien y aparezca la incomodidad, puedo reconocer que el
problema no está en la tranquilidad. Tampoco es una señal de que algo malo vaya
a suceder.
Es
simplemente el miedo del ego ante un instante en el que ya no parece necesario.
No tengo que obedecer ese miedo. No tengo que fabricar un problema para
recuperar una identidad conocida. No tengo que pagar por la paz ni prepararme
para perderla.
Puedo
permitir que este instante sea como es. Y quizá la pregunta más profunda no
sea: “¿Por qué me siento incómodo cuando todo está bien?”, sino: “¿Estoy
dispuesto a aceptar que la paz puede ser mi estado natural y no solamente una
breve pausa entre dos problemas?”.
Cuando dejo que el Espíritu Santo responda, comprendo que no necesito vigilar la paz. Solo necesito dejar de expulsarla.

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