viernes, 21 de marzo de 2025

Capítulo 19. III. La irrealidad del pecado (4ª parte)

 III. La irrealidad del pecado (4ª parte).

9. Y sin embargo, lo contemplas con la sonrisa del Cielo en tus labios y con la bendición del Cielo en tu mirada. 2No seguirás viendo el pecado por mucho más tiempo. 3Pues en la nueva per­cepción, la mente lo corrige cuando parece presentarse y se vuel­ve invisible. 4Los errores se reconocen de inmediato y se llevan enseguida ante la corrección para que ésta los sane y no para que los oculte. 5Serás curado del pecado y de todas sus atrocidades en el instante en que dejes de conferirle poder sobre tu hermano. 6lo ayudarás a superar sus errores al liberarlo jubilosamente de la creencia en el pecado.

Al ego le resulta muy difícil reconocer sus errores, sus sombras. Sus pensamientos oscuros los oculta para que nadie pueda descubrir su falta de amor. Es su mayor temor, el hecho de que los demás lo juzguen como un indeseable. Por tal motivo, imagina una argucia para mantenerse protegido de la acechanza de los demás. Se inventa el pensamiento del juicio, o lo que es lo mismo, la proyección sobre los demás de sus oscuros deseos. De este modo, ataca para no ser atacado, sin darse cuenta de que para el sabio observador, sus juicios están hablando de él y no de su víctima.

El juicio es el testigo más fidedigno que habla a favor de cómo nos vemos interiormente. Cuando juzgamos en el otro sus actos pecaminosos, lo que estamos haciendo es ver los nuestros propios sin que los queramos reconocer. En nuestra demente y vanidosa osadía, nos erigimos como sus salvadores al descubrir sus debilidades y al ofrecerle la vía de redención que no es otra que el sufrimiento del castigo que lo llevará al arrepentimiento.

Pero la salvación no puede aprenderse a través del castigo y el dolor, pues ningún acto de castigo hace amigos; si no, todo lo contrario, fortalece el odio y el rencor.

La verdadera salvación no se encuentra en las acciones procedentes del miedo, sino en aquellas que son fruto de la visión del amor, la cual nos permitirá reconocer en nuestro hermano al acompañante idóneo para buscar la senda que ha de conducirnos, juntos, al Cielo.

10En el instante santo verás refulgir la sonrisa del Cielo sobre ti y sobre tu hermano. 2Y derramarás luz sobre él, en jubiloso recono­cimiento de la gracia que se te ha concedido. 3Pues el pecado no puede prevalecer contra una unión que el Cielo ve con beneplá­cito. 4Tu percepción sanó en el instante santo que el Cielo te dio. 5Olvídate de lo que has visto, y eleva tus ojos con fe hacia lo que ahora puedes ver. 6Las barreras que impiden el paso al Cielo de­saparecerán ante tu santa mirada, pues a ti que eras ciego se te ha concedido la visión y ahora puedes ver. 7No busques lo que ha sido eliminado, sino la gloria que ha sido restituida para que tú la veas.

La ausencia de miedo en nuestra mente dará paso a la expansión de la esencia con la que hemos sido creados, al amor. Una mente al servicio del amor no ve el pecado, el simbolo de la separación, pues su Visión tan solo ve la unicidad que mantiene a todas las mentes formando parte de la Mente Una del Creador.

En el instante santo, recibimos la bendición del Cielo, símbolo de la unidad, y nuestra consciencia se ilumina con la Visión Crística la que nos mostrará la grandeza de la que formamos parte como integrantes de la obra creadora de Dios, la Filiación.

¿Te imaginas un mundo donde todas las mentes se amen y expandan ese amor? 

Mejor que imaginarlo, es crearlo.


11. Mira a tu Redentor y contempla lo que Él quiere que tú veas en tu hermano, y no permitas que el pecado vuelva a cegar tus ojos. 2Pues el pecado te mantendría separado de él, pero tu Redentor quiere que veas a tu hermano como te ves a ti mismo. 3Vuestra relación es ahora un templo de curación, un lugar donde todos los que están fatigados pueden venir a descansar. 4En ella se encuentra el descanso que les espera a todos después de la jor­nada. 5Y gracias a vuestra relación todos se encuentran más cerca de ese descanso. 

Cuando nos miremos interiormente y amemos lo que vemos, es el momento de mirar al exterior y compartir con nuestros hermanos el valor de nuestra visión. Ya no juzgaremos al otro, pues no hemos visto motivos en nuestro interior para condenarnos. Ya no lo atacaremos, pues no nos sentiremos amenazados por ningún deseo oscuro. 

Un único deseo nos mueve. Compartir nuestra luz con la luz del otro, sabiendo con certeza que esa luz atraerá otras muchas luces y todas unidas se fundirán con la Fuente de donde emana la Luz de Dios. Nuestro Padre se sentirá complacido, pues su compleción se habrá consumado.

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