jueves, 20 de marzo de 2025

Capítulo 19. III. La irrealidad del pecado (3ª parte).

 III. La irrealidad del pecado (3ª parte).

6. Cuando te sientas tentado de pensar que el pecado es real, recuerda esto: si el pecado es real, ni tú ni Dios lo sois. 2Si la creación es extensión, el Creador tiene que haberse extendido a Sí Mismo, y es imposible que lo que forma parte de Él sea comple­tamente diferente del resto. 3Si el pecado es real, Dios no puede sino estar en pugna Consigo Mismo. 4Tiene que estar dividido, debatiéndose entre el bien y el mal; ser en parte cuerdo y en parte demente. 5Pues tiene que haber creado aquello que quiere des­truirlo y que tiene el poder de hacerlo. 6¿No sería más fácil creer que has estado equivocado que creer eso?

No se puede ser más claro y coherente. Jesús nos pone la verdad por delante y es tanta su belleza, su belleza y magnanimidad, que no podemos menos que quedar boquiabiertos ante su sencillez.

¿Cómo es posible crear desde el amor y que sus resultados sean el miedo? Estaríamos adulterando la ley de causa y efecto. Estaríamos afirmando lo que no es y negando lo que sí es. Estaríamos confundiendo la verdad con la ilusión. Estaríamos anteponiendo la temporalidad a la eternidad. Estaríamos eligiendo el dolor a la dicha; el sufrimiento a la felicidad. Estaríamos eligiendo el infierno en vez del cielo.

7. Mientras creas que tu realidad o la de tu hermano está limi­tada a un cuerpo, seguirás creyendo en el pecado. 8Mientras creas que los cuerpos se pueden unir, seguirás encontrando atractiva a la culpabilidad y considerando el pecado como algo de inestimable valor. 3Pues la creencia de que los cuerpos limitan a la mente conduce a una percepción del mundo en la que la prueba de la separación parece abundar por todas partes. 4Así Dios y Su creación parecen estar separados y haber sido derroca­dos. 5Pues el pecado demostraría que lo que Dios creó santo no puede prevalecer contra él, ni seguir siendo lo que es ante su poderío. 6Al pecado se le percibe como algo más poderoso que Dios, ante el cual Dios Mismo se tiene que postrar y ofrecer Su creación a su conquistador. 7¿Es esto humildad o demencia?

Sin duda alguna, es una creencia demente. ¿Qué padre enseña a su hijo que el mejor modo para alcanzar la pureza, la perfección, el amor es haciendo uso del castigo? Si como padre piensas que el castigo pondrá fin a los errores que pueda cometer tu hijo, estarás afirmando que careces del amor, pues, si creyeras en el amor, lo extenderías hasta tu hijo y lo perdonarías por el acto que has juzgado como pecaminoso.

¿No te resultaría más beneficioso pensar que todo acto errado requiere de su amorosa corrección, esto es, de perdón? No porque consideres que perdonando estás mostrando tu superioridad moral sobre el otro, sino porque el significado que das al perdón es no ver la culpa procedente de la creencia en el pecado.

Si tú, como padre, puedes aplicar ese pensamiento amoroso, ¿qué no sería capaz de hacer el Padre de Todo lo Creado por su creación?

8. Si el pecado es real, tiene que estar permanentemente excluido de cualquier esperanza de curación. 2Pues en ese caso habría un poder que transcendería al de Dios, un poder capaz de fabricar otra voluntad que puede atacar y derrotar Su Voluntad, así como conferirle a Su Hijo otra voluntad distinta de la Suya y más fuerte. 3cada parte fragmentada de la creación de Dios tendría una voluntad diferente, opuesta a la Suya, y en eterna oposición a Él y a las demás. 4Tu relación santa tiene ahora como propósito la meta de demostrar que eso es imposible. 5El Cielo le ha sonreído, y en su sonrisa de amor la creencia en el pecado ha sido erradicada. 6Todavía lo ves porque no te das cuenta de que sus cimientos han desaparecido. 7Su fuente ya ha sido eliminada, y sólo puedes abrigarlo por un breve período de tiempo antes de que desaparezca del todo. 8Lo único que queda es el hábito de buscarlo.

La mente que sirve al ego se fortalece con la repetición. El aprendizaje desde el punto de vista del ego utiliza la técnica basada en la repetición de las ideas, para que se convierta en un hábito. La siguiente frase da testimonio de la forma de pensar del ego:

"Siembra un pensamiento y cosecharás un acto. Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino".

Si sembramos el pensamiento de la separación, cosecharemos acciones que favorezcan la división y las luchas. De este modo, los actos de ataque se convertirán en nuestro pan de cada día. La repetición de esos actos, fruto de nuestra creencia en la separación, pasará a formar parte de nuestro carácter, de nuestra forma de ser, lo que dará lugar a experimentar un destino de dolor y sufrimiento.

Si el pensamiento de que somos pecadores forma parte de nuestras creencias, no podemos pedir a la vida que nos muestre un mundo de felicidad y paz. Nos mostrará un mundo sombrío donde nos sentiremos juzgados y condenados a experimentar el castigo de un destino cruel.

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