martes, 7 de marzo de 2017

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 66

LECCIÓN 66

Mi función y mi felicidad son una.


1. Seguramente habrás notado que en nuestras lecciones más recientes hemos hecho hincapié en la conexión que existe entre desempeñar tu función y alcanzar la felicidad. 2Esto ha sido así porque realmente tú no ves la conexión. 3Sin embargo, se trata de algo más que una simple conexión: son una misma cosa. 4La manera en que cada una se manifiesta es distinta, pero el conte­nido es exactamente el mismo.

2. El ego está batallando constantemente con el Espíritu Santo en torno a la cuestión fundamental de cuál es tu función. 2También batalla con Él constantemente con respecto a qué es tu felicidad. 3No es ésta una batalla que tenga dos contendientes. 4El ego ataca y el Espíritu Santo no responde. 5Él sabe cuál es tu función. 6Él sabe que es tu felicidad.

3. Hoy intentaremos ir más allá de esta batalla completamente absurda y arribar a la verdad con respecto a tu función. 2No nos vamos a enfrascar en argumentos fútiles con respecto a lo que es tu función. 3No vamos a tratar inútilmente de definir lo que es la felicidad ni de determinar los medios para alcanzarla. 4No vamos a gratificar al ego escuchando sus ataques contra la verdad. 5Sen­cillamente nos alegraremos de que podemos descubrir lo que ésta es.

4. El propósito de la sesión de práctica larga de hoy es que acep­tes el hecho de que no sólo existe una conexión muy real entre la función que Dios te dio y tu felicidad, sino que ambas cosas son, de hecho, lo mismo. 2Dios te da únicamente felicidad. 3Por lo tanto, la función que Él te dio tiene que ser la felicidad, aunque parezca ser otra cosa. 4Los ejercicios de hoy son un intento de ir más allá de estas diferencias de aspecto y de reconocer un conte­nido común allí donde en verdad lo hay.

5. Comienza la sesión de práctica de diez o quince minutos refle­xionando sobre estos pensamientos:

2Dios me da únicamente felicidad. 3Él me ha dado mi función.
4Por lo tanto, mi función tiene que ser la felicidad.

5Trata de ver la lógica en esta secuencia, incluso si aún no aceptas la conclusión. 6Únicamente si los dos primeros pensamientos son erróneos, podría ser falsa la conclusión. 7Reflexionemos, enton­ces, por un rato sobre estas premisas según practicamos.

6. La primera premisa es que Dios te da únicamente felicidad. 2Esto, desde luego, podría ser falso, pero para que fuese falso sería preciso definir a Dios como algo que Él no es. 3El Amor no puede dispensar maldad, y lo que no es felicidad es maldad. 4Dios no puede dar lo que no tiene, ni puede tener lo que Él no es. 5Si Dios no te diese únicamente felicidad, ciertamente sería mal­vado. 6ésa es la definición que crees acerca de Él si no aceptas la primera premisa.

7. La segunda premisa afirma que Dios te ha dado tu función. 2Hemos visto que tu mente sólo tiene dos partes. 3Una de ellas la gobierna el ego y se compone de ilusiones. 4La otra es la morada del Espíritu Santo, donde reside la verdad. 5Sólo puedes escoger entre estos dos guías, y los únicos resultados que pueden proce­der de tu elección son el miedo que el ego siempre engendra o el amor que el Espíritu Santo siempre ofrece para reemplazarlo.

8. Así pues, o bien fue Dios Quien estableció tu función a través de Su Voz, o bien fue el ego, que tú inventaste para reemplazarlo a Él. 2¿Cuál de estas posibilidades es verdad? 3A menos que hubiese sido Dios Quien te dio tu función, ésta sólo podría ser un regalo del ego. 4Mas ¿qué regalos puede dar el ego, cuando él mismo es una ilusión y lo único que puede ofrecer son regalos ilusorios?

9. Piensa en esto durante tu sesión de práctica más larga de hoy. 2Piensa asimismo en las múltiples formas que tu ilusoria función ha adoptado en tu mente, y en las muchas maneras por las que, guiado por el ego, trataste de encontrar la salvación. 3¿La encon­traste? 4¿Te sentiste feliz? 5¿Te brindaron paz? 6Hoy necesitamos ser muy honestos. 7Recuerda objetivamente los resultados que lograste y examina si en algún momento fue razonable pensar que podías encontrar felicidad en nada que el ego jamás propu­siera. 8Con todo, la única alternativa para la Voz del Espíritu Santo es el ego.

10Prestarás oídos a la locura, o bien oirás la verdad. 2Trata de hacer tu elección mientras reflexionas sobre las premisas en las que se basa nuestra conclusión. 3Podemos concurrir con esta con­clusión, pero no con ninguna otra, toda vez que Dios Mismo con­curre con nosotros al respecto. 4La idea de hoy es otro paso gigantesco hacia la percepción de lo que es lo mismo como lo mismo y de lo que es diferente como diferente. 5un lado están las ilusiones. 6Al otro, la verdad. 7Tratemos hoy de darnos cuenta de que sólo la verdad es verdad.

11. Para las sesiones de práctica más cortas, que hoy te resultarán muy beneficiosas si las llevas a cabo dos veces por hora, sugeri­mos la siguiente forma de aplicación:

2Mi función y mi felicidad son una porque Dios me dio las dos.

3No te tomará más de un minuto, y probablemente menos, repe­tir estas palabras lentamente y pensar en ellas por un rato mien­tras las dices.


¿Qué me enseña esta lección?


Hacer la Voluntad de Dios, es decir, llevar a cabo los trabajos que debemos realizar y para los que hemos venido al mundo, es realmente, el verdadero sentido de nuestra actual existencia, es nuestra felicidad y es nuestra función.

Muchas veces nos quejamos de la vida que nos ha tocado vivir. No acabamos de sentirnos en paz interior cuando no encontramos la satisfacción de nuestras apetencias egóicas. Se hace necesario que tomemos conciencia de que en cualquier marco donde participemos debemos encontrar nuestra función de ser portadores de amor y perdón. Es la única vía que nos ha de llevar a sentirnos seres plenos y felices.

Hoy se nos enseña, algo que todos sabremos reconocer, pues la verdad forma parte de nosotros, ya que el Creador así lo dispuso al crearnos. Hoy podremos recordar que el ego es incapaz de hacernos el regalo de la felicidad. Sí, lo hemos intentado de múltiples maneras, incluso en ocasiones hemos creído que lo habíamos conseguido, que podíamos gozar de la felicidad permanente, pero ese castillo de ilusión se desmorona, tarde o temprano, como lo hace un castillo levantado en la arena cuando es alcanzado por la fuerza del agua, pues como bien expresa la Lección, la ilusión tan solo puede dar lo que tiene, un instante de ilusión.

Si en nuestro historial humano pudiésemos identificar un solo momento en el que la verdadera felicidad, una vez conseguida, perdurase, podríamos dar valor a la misma y no podríamos más que afirmar que es real. Pero, esa condición, ese Estado, no forma parte de la falsa realidad fabricada por el ego. La felicidad es nuestro Estado natural y pertenece a la mente correcta, a la mente sana, a la mente que se expande amorosamente en virtud a su condición divina. Es la mente donde habita el Espíritu Santo. Es la mente que reconoce la Unicidad y que niega la ilusión de la separación.

Cuando actuamos desde esa visión, no podemos menos que reconocer en el mundo que nos rodea la oportunidad de realizar la función que Dios nos ha encomendado, la de perdonar y la de amar. Ese acto conlleva un aporte de luz que permitirá unirnos a nuestros hermanos y recuperar los lazos de unión que nos lleva a ser una misma Filiación. 

Es nuestra decisión el ver con los ojos del cuerpo o con los del alma, a la hora de valorar las circunstancias que nos rodean. Si elegimos ver con los ojos del cuerpo, no alcanzaremos la felicidad. Si elegimos ver con los ojos del Espíritu, realmente reconoceremos nuestra verdadera realidad, que no es otra que ser portadores de felicidad. Lo que das, recibes.



Ejemplo-Guía: ¿Qué te impide alcanzar la salvación y la felicidad?

Hoy daremos continuidad a la metodología empleada con la Lección anterior. Vamos a identificar aquellas experiencias que se convierten en obstáculos que nos impiden gozar de la felicidad y de la salvación, pues ambas, son los mismo, pues su Fuente es el regalo que nos comparte Dios. 
  • Soy infeliz en mi matrimonio o en mi relaciones de pareja. 
  • ¿Por qué experimento la pobreza? 
  • ¿Por qué tengo tanto miedo? 
  • Tengo muchos problemas. Nada me sale bien.
  • Soy incapaz de perdonar el daño que me han causado mis padres. 
  • Me invaden pensamientos oscuros. 
  • Por mucho que quiero cambiar el mundo, no consigo cambiar nada.
  • ¿Por qué no consigo la visión espiritual? 
  • Estamos rodeados de ladrones y mentirosos y no hacemos nada. 
  • No me valoran en mi trabajo. 
  • Me desespera el comportamiento de mi hijo. 
  • Mi cuerpo está enfermo. 
  • ¿Por qué Dios no evita mis desgracias? 
Todas estas aportaciones, aparentemente tan distintas, son percibidas por el ego sin relación entre ellas. Para el ego, todas son efectos con características diferentes y con resultados e implicaciones de distinto nivel. Su respuesta, de igual modo, es específica para cada una de ellas. Nunca relacionará una experiencia de pobreza, con un problema de relación con los hijos. La pobreza le inspirará un sentimiento de victimismo y culpará a la sociedad de no ofrecerle oportunidades y la experiencia de relación con su hijo, le llevará a culpar a éste de todo cuanto ocurre, pues es un vago.


El ego no sabrá encontrar el hilo conductor que relaciona ambas experiencias. En verdad no hay diferentes problemas, ni diferentes soluciones. Tan sólo existe un error que hay que corregir, el creerse separado del Creador y de lo creado.

El ego acostumbra a poner en manos de los demás, de las circunstancias externas, el poder de ofrecer o negar el regalo de la felicidad. En este sentido, culpará al otro de su mala suerte y convertirá en ídolo a quién considere que le puede otorgar la felicidad.

La esencia clave que da respuesta todas estas cuestiones, llevándolas desde la oscuridad a la luz, desde el problema a la solución, desde la maldad a la felicidad, es el perdón, que como hemos visto en estas últimas lecciones, es nuestra única función que Dios nos ha encomendado en la vida.

Reflexión: ¿Qué eliges, ser feliz o tener razón?

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