III. La irrealidad del
pecado (1ª parte).
1. La atracción de la culpabilidad
reside en el pecado, no en el error. 2El pecado volverá a repetirse
por razón de esta atracción. 3El miedo puede
hacerse tan agudo que al pecado se le ruega su expresión. 4Pero
mientras la culpabilidad continúe siendo atractiva, la mente
sufrirá y no abandonará la idea del pecado. 5Pues la culpabilidad
todavía la llama, y la mente la oye y la desea ardientemente, y se deja
cautivar voluntariamente por su enfermiza atracción. 6El pecado es
una idea de perversidad que no puede ser corregida, pero que, sin embargo, será
siempre deseable. 7AI ser parte esencial de lo que el ego cree que
eres, siempre la desearás. 8Y sólo un
vengador, con una mente diferente de la tuya, podría acabar con ella valiéndose
del miedo.
Si nos preguntamos cuál es el motivo que nos impide sustituir los pensamientos temerosos y nocivos por pensamientos amorosos, tendremos que mirar detenidamente los intereses que alberga el sistema de pensamiento del ego. Descubriremos que su estrategia para defender su autoría, su credibilidad, su razón de ser, no es otra que potenciar y multiplicar su armamento, el cual encuentra su principal poder en la creencia en el miedo, donde su causa es creer en el pecado y donde su efecto da lugar a la culpabilidad.
El ego tiene miedo del amor porque sabe que el amor es luz y el miedo es oscuridad. Si elige la luz, su identidad desaparece, no se verá, pues lo que no es real, no es nada. El miedo, el pecado y la culpa son necesarios para el ego, pues esas falsas ideas siguen a su fuente, es decir, siguen la estela de la creencia en la separación que se alberga en la mente falsa.
2. El ego no cree que sea posible que lo que el pecado
realmente invoca, y a lo que el amor siempre responde, es al amor y no al miedo. 2Pues
el ego lleva el pecado ante el miedo, exigiendo castigo. 3Mas el
castigo no es sino otra forma de proteger la culpabilidad, pues lo que merece
castigo tuvo que haber sucedido realmente. 4El castigo es siempre el
gran protector del pecado, al que trata con respeto y a quien honra por su
perversidad. 5Lo que clama por castigo, tiene que ser verdad. 6Y lo que es verdad no puede sino ser eterno, y se seguirá repitiendo sin
cesar. 7Pues deseas lo que consideras real, y no lo abandonas.
Con estos argumentos, para el ego es fácil confundir el error con el pecado, lo que le lleva a interpretar que tanto el uno como el otro son motivadores de la culpabilidad.
Analiza cualquier experiencia personal en la que hayas sido consciente de cometer un error. De forma instintiva, de forma inmediata, se despierta en nuestra mente el sentimiento de culpa por haber cometido ese fallo. Dependiendo del rigor de nuestra consciencia, nos atormentaremos más o menor tiempo, pero lo que es evidente es que no aplicamos el amor en esa percepción; en su lugar elegimos aplicar el correctivo universal para todo, el castigo.
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