B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (3ª parte).
6. Deja que yo sea para ti el símbolo del fin de la culpabilidad, y contempla a tu hermano como me contemplarías a mí. 2Perdóname por todos los pecados que crees que el Hijo de Dios cometió. 3Y a la luz de tu perdón él recordará quién es y se olvidará de lo que nunca fue. 4Te pido perdón, pues si tú eres culpable, también lo tengo que ser yo. 5Mas si yo superé la culpabilidad y vencí al mundo, tú estabas conmigo. 6¿Qué quieres ver en mí, el símbolo de la culpabilidad o el del fin de ésta? 7Pues recuerda que lo que yo signifique para ti es lo que verás dentro de ti mismo.
7. Desde tu relación santa la verdad proclama la verdad y el amor se contempla a sí mismo. 2La salvación fluye desde lo más profundo del hogar que nos ofrecisteis a mi Padre y a mí. 3Y allí estamos juntos, en la serena comunión en la que el Padre y el Hijo están unidos. 4¡Venid, oh fieles, a la santa unión del Padre y del Hijo en vosotros! 5Y no os mantengáis aparte de lo que se os ofrece como muestra de agradecimiento por haberle dado a la paz su hogar en el Cielo. 6Llevad a todo el mundo el jubiloso mensaje del fin de la culpabilidad, y todo el mundo contestará. 7Piensa en lo feliz que te sentirás cuando todos den testimonio del fin del pecado y te muestren que el poder de éste ha desaparecido para siempre. 8¿Dónde puede seguir habiendo culpabilidad una vez que la creencia en el pecado ha desaparecido? 9¿Y dónde está la muerte, una vez que se ha dejado de oír para siempre a su gran defensor?
Tan solo el autoperdón nos permite percibir un mundo perdonado, donde los seres humanos se sienten liberados de los grilletes del miedo, del pecado y de la culpa.
La salvación nos viene dada por el tipo de relación que establezcamos con nosotros mismos, pues si nos juzgamos y nos condenamos, daremos al mundo esa visión, lo que nos llevará a juzgar y condenar a los demás. El otro será percibido como nuestro enemigo, al que hay que derrotar y vencer, cuando en realidad ese enemigo es nuestro mejor maestro, pues actúa como el espejo donde proyectamos nuestro mundo interior, nuestras creencias, nuestros miedos y nuestras culpas.
La salvación no es posible venciendo al que juzgamos como el enemigo, sino amándolo e integrándolo en respuesta a la visión de que nuestras mentes forman parte una con la de nuestro Creador.
Como decía en el punto anterior, la salvación nos viene dada por el tipo de relación que nos apliquemos a nosotros mismos. Si en nuestro interior hay culpa, el tipo de relación será especial y el otro se convierte en el sparring con el que proyectamos nuestros miedos y nuestros odios.
En cambio, cuando en nuestro interior prevalecen los pensamientos amorosos, nuestra relación será santa y se caracterizará por compartir nuestra bendición con todos y cada uno de los Hijos de Dios.
Hola! 👋 Juan José! Gracias por compartir, otra joya más para mi mente. Gratitud eterna.🙏
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