LECCIÓN 63
La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón.
1. ¡Cuán santo eres tú que tienes el poder de brindar paz a todas las mentes! 2¡Cuán bendito eres que puedes aprender a reconocer los medios por lo que esto se puede lograr a través de ti! 3¿Qué otro propósito podrías tener que pudiese brindarte mayor felicidad?
2. Ciertamente eres la luz del mundo con semejante función. 2El Hijo de Dios apela a ti para su redención. 3En tus manos está poder concedérsela porque te pertenece. 4No aceptes en su lugar ningún propósito trivial ni ningún deseo insensato; o te olvidarás de tu función y dejarás al Hijo de Dios en el infierno. 5No se te está haciendo una petición vana. 6Se te está pidiendo que aceptes la salvación, para que así la puedas dar.
3.
Puesto que reconocemos la importancia de esta función, estaremos más que dispuestos a recordarla tan a menudo como nos sea posible a lo largo del día. 2Empezaremos el día reconociendo nuestra función y lo concluiremos pensando en ella. 3Repetiremos lo siguiente tantas veces como nos sea posible en el transcurso del día:
4La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón. 5Yo soy el instrumento que Dios ha designado para la salvación del mundo.
4. Si cierras los ojos probablemente te resultará más fácil dejar que acudan a tu mente pensamientos afines, durante el minuto o dos que debes dedicar a reflexionar sobre esto. 2No obstante, no esperes a que se presente tal oportunidad. 3No se debe perder ni una sola ocasión para reforzar la idea de hoy. 4Recuerda que el Hijo de Dios apela a ti para su salvación. 5¿Y quién sino tu Ser es el Hijo de Dios?
¿Qué me enseña esta lección?
El orientar
nuestra voluntad hacia el perdón es actuar conscientemente en la tarea
de materializar la divinidad. Al perdonar, permitimos que la
Luz que somos se exprese y cumpla su función natural: brindar paz a
todas las mentes.
Poner fin a la hegemonía del ego
requiere un cambio profundo en nuestras creencias. La separación, la culpa y el
miedo constituyen la base del pensamiento egoico. Cuando nos sentimos
separados, atacamos al mundo exterior por temor a ser atacados. Así se perpetúa
un círculo vicioso del que solo podemos salir mediante la práctica
del perdón.
Cuando actuamos perdonando, es
evidente que, en primer lugar, debemos albergar el perdón en nosotros
mismos. No podemos dar lo que no tenemos. Al recordar nuestra
verdadera Identidad, el perdón surge de manera natural, pues dejamos de
sentirnos culpables.
En verdad, no hemos pecado. Lo que hemos hecho ha sido
ejercer nuestra capacidad creadora —propia de nuestra condición divina—
inventando un mundo temporal e ilusorio con el que nos hemos identificado,
hasta el punto de olvidar nuestro verdadero y único Origen.
Recordar nuestra verdadera Esencia
libera las creencias erróneas arraigadas en lo profundo de nuestra mente y nos
deshace de percepciones falsas y de ilusiones. Este recuerdo nos devuelve a la inocencia,
permitiéndonos convertirnos nuevamente en niños: llenos de vitalidad, nobleza y
pureza.
Un Curso de Milagros
nos ofrece una enseñanza fundamental que conviene tener siempre presente: “Los perdonados son el medio de la
Expiación. Al estar infundidos por el espíritu, perdonan a su vez. Aquellos que
han sido liberados deben unirse para liberar a sus hermanos, pues ése es el
plan de la Expiación. Los milagros son el medio a través del cual las mentes
que sirven al Espíritu Santo se unen a mí para la salvación o liberación de
todas las creaciones de Dios” (T-1.III.3:1-4).
Tenemos en nuestras manos la
capacidad de colaborar conscientemente en la creación de una gran
cadena de perdón, cuya misión no es otra que ayudar al mundo a
encontrar el camino de la liberación y de la salvación. Cada vez que hacemos
consciente el perdón en nuestras vidas —cuando practicamos el autoperdón y lo
compartimos con los demás— activamos nuevos obradores de
milagros, que a su vez multiplican esa semilla.
De este modo, el perdón se extiende
hasta que la masa crítica es lo suficientemente amplia como para permitir, de
forma natural, que todas las mentes resuenen en la Mente Una.
La salvación no es otra cosa que mentalidad
recta. Aunque esta aún no es la Mentalidad-Uno del Espíritu
Santo, debe alcanzarse antes de que dicha Mentalidad pueda ser plenamente
reinstaurada. La mentalidad recta conduce automáticamente al siguiente paso, ya
que la percepción correcta está completamente exenta de cualquier forma de
ataque. Cuando el ataque desaparece, la mentalidad errada se desvanece.
Así, esta lección me recuerda que mi
perdón no solo me libera a mí, sino que, a través de mí, brinda
paz a todas las mentes.
Propósito y sentido de la lección:
El propósito de esta lección es establecer de
manera inequívoca el alcance universal del perdón.
Después de:
- aceptar que soy la luz (61),
- aceptar que perdonar es mi función (62),
el Curso muestra ahora el efecto inevitable: la
paz llega a todas las mentes a través de mi perdón.
El ego sostiene que:
- el perdón es personal,
- sólo afecta a relaciones concretas,
- no tiene impacto real más allá de lo inmediato.
El Curso corrige esta visión afirmando que no
existe un perdón privado.
Toda corrección mental se extiende automáticamente.
Perdonar no es un gesto íntimo sin consecuencias:
es un acto con alcance universal.
Instrucciones prácticas:
La práctica sigue siendo sencilla y directa:
• Repetir la idea a lo largo del día.
• Aplicarla especialmente cuando:
- surja
juicio,
- aparezca
irritación,
- se active
la defensa,
- la mente
quiera “tener razón”.
No se pide analizar a quién perdonar primero. No se pide jerarquizar
agravios.
La práctica consiste en recordar el efecto del perdón: “La luz del mundo
le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón”.
Y permitir que esa conciencia desactive el juicio.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección confronta
una creencia muy común: “Lo que yo piense no afecta a nadie más”.
Desde esta creencia surge:
- la
permisividad con el juicio,
- la
justificación del resentimiento,
- la
fragmentación relacional,
- la
ilusión de aislamiento mental.
Aceptar esta lección produce efectos psicológicos claros:
• disminuye la agresividad interna,
• aumenta la responsabilidad sin culpa,
• reduce la necesidad de defender opiniones,
• introduce una ética interior natural.
La mente entiende que cada juicio es un acto de violencia mental, y
cada perdón, un acto de pacificación real.
Espiritualmente, esta lección afirma una verdad
central del Curso: las mentes están unidas.
Por eso:
- no puedes
perdonar solo,
- no puedes
odiar solo,
- no puedes
sanar solo.
El perdón no es una acción entre dos personas,
sino una corrección en la mente una.
Aquí el Curso revela que la salvación no es
individual, aunque sí personal en su aceptación.
Relación con la progresión del Curso:
La secuencia queda ahora completa y cerrada:
• 61 → Yo soy la luz del mundo
• 62 → Perdonar es mi función por ser la luz del mundo
• 63 → La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón
Primero: identidad.
Después: función.
Ahora: efecto universal.
El Curso establece aquí que no existe iluminación privada.
Consejos para la práctica:
• No usar la idea para cargar con culpa (“todo depende de mí”).
• No usarla para inflar el ego (“yo salvo al mundo”).
• No medir resultados visibles.
Aplicarla cuando surjan pensamientos como:
• “Esto no importa”.
• “Nadie se entera de lo que pienso”.
• “Este juicio está justificado”.
• “Mi perdón no cambia nada”.
Y repetir con suavidad:
“La luz del mundo le brinda paz a todas las
mentes a través de mi perdón”.
No como presión, sino como recordatorio del poder
sanador de la mente corregida.
Conclusión final:
La Lección 63 enseña que el perdón es el
mecanismo mediante el cual la paz se distribuye en la mente una.
No llevas la paz haciendo discursos.
No la llevas convenciendo.
No la llevas corrigiendo conductas.
La llevas corrigiendo tu percepción.
Aquí el Curso afirma una verdad de enorme
alcance: Cada vez que perdono, el mundo descansa un poco más.
Frase inspiradora final: “Mi perdón no
es personal: es el canal por el que la paz alcanza a todas las mentes”.
Ejemplo-Guía: "¿Cómo se alcanza la salvación?
Durante mucho tiempo me
encontré entre quienes creían que, para alcanzar la salvación, era necesario renunciar
a muchas cosas en el plano material. Vivía una religiosidad
sostenida por el temor, el castigo y la culpa.
Si hago esto…si como aquello…si pienso tal cosa…si deseo aquella otra…
Múltiples
razones para negarme
la paz que mi corazón anhelaba. La culpa fue durante años mi
compañera de viaje, y puedo asegurar que su carga es pesada. Con el tiempo
comprendí que ese no era el camino que me conduciría a la salvación.
El
error fundamental se encontraba en mi mente, pues creía que Dios
estaba fuera de mí. Esa creencia me llevaba a realizar gestos,
sacrificios y rituales con la intención de ganar Su simpatía, Su gracia o Su
reconocimiento.
Hoy
tengo la certeza de que la salvación es algo muy distinto y de que todos
sus caminos conducen a un mismo punto. Una visión que encuentro
bien expresada en estas palabras de Emilio Carrillo: "Dios
es yo y yo soy Dios, en la medida en que dejo de ser yo (ego)".
Comparto
plenamente la enseñanza del Curso que presenta la salvación como una empresa
de colaboración. Nadie puede alcanzar la salvación de manera
aislada, desvinculándose de la Filiación, pues al hacerlo se desvincula también
de Dios. De hecho, Dios acude a nosotros únicamente en la medida en que ofrecemos
la salvación a nuestros hermanos.
En
mi experiencia, la salvación ha surgido como consecuencia de haber recorrido un
largo camino de la mano de la condenación. No afirmo que este sea el único
camino, pero sí ha sido el mío. La condena es fruto del juicio, y el juicio
nace del pensamiento que se cree separado de la Mente Una. Juzgamos porque
creemos estar separados de aquel a quien juzgamos.
Para
alcanzar la salvación es necesario dejar de juzgar. Dejar de condenar. O, dicho de otro modo, dejar de juzgarnos y de condenarnos
a nosotros mismos.
Permíteme
compartir una experiencia reciente relacionada con el juicio y la condena:
"En una conversación dentro del ámbito profesional, me encuentro junto a mi jefe analizando una situación que genera un clima laboral conflictivo, en la que intervienen factores humanos y de producción.
Durante el análisis, me sorprendo a mí mismo diciendo que me arrepiento de una decisión tomada en el pasado, pues considero que no fue la más acertada. Mis palabras fueron:
“Si pudiera volver atrás, nunca actuaría como lo hice”.
¿Te sientes culpable de lo que decidiste entonces? me preguntó mi jefe.
¡Culpable! No… culpable no. Pero sí frustrado".
Era
evidente que me estaba protegiendo de reconocer la culpa, a la que siempre he
temido. Sin embargo, detrás de esa frustración se ocultaba una pesada carga de
culpa.
No
tardé en reconocer el guion de la escena. Llevaba tiempo alimentando ese
sentimiento de frustración al comprobar que las cosas no marchaban como
esperaba. El conflicto externo reflejaba mi conflicto
interior, nacido de una decisión persistente: condenarme
por lo que creía haber hecho en el pasado. Aquello que
condenaba fuera no era más que el reflejo de mi propia autocondena.
¡Cuán
sutil es la culpa!
Si no hay paz en nuestro interior, la causa siempre es la culpa, la fiel aliada
del miedo.
Como
muchos de vosotros, mantengo un diálogo constante con el Espíritu Santo. Le
pido claridad allí donde percibo oscuridad, lucidez donde mi visión se nubla.
En esta ocasión, la luz llegó a través de una aportación externa que resonó
profundamente en mí. Mi “Emilio” interno sintonizó con el mensaje que
necesitaba escuchar, y en un instante de claridad comprendí que todo
en nuestra vida encaja como debe encajar.
Desde
una perspectiva más profunda, todo cuanto nos ocurre es lo
mejor que puede ocurrirnos en nuestro proceso evolutivo y
conciencial.
Y
lo comprendí con claridad: la decisión que tomé en el pasado fue la mejor que podía tomar entonces. Actué
desde el amor y con la consciencia de la que disponía en aquel momento. El
tiempo y las experiencias posteriores me han permitido ampliar mi percepción y
enriquecer mi comprensión. Gracias a ello, hoy soy más lúcido y más despierto
que aquel que actuó en la ilusión del pasado.
Ahí
se abrió para mí la puerta de la salvación. Un espacio donde el tiempo y el espacio dejan de tener sentido. Donde solo existe el eterno presente y la
presencia
permanente del Ser.
Así
comprendí que mi perdón no solo me libera a mí, sino
que, tal como enseña esta lección, la luz del mundo brinda paz a todas
las mentes a través de mi perdón.
Reflexión: ¿Qué efecto tiene el perdón en tu vida?
LECCIÓN 63
La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón.
1. ¡Cuán santo eres tú que tienes el poder de brindar paz a todas las mentes! 2¡Cuán bendito eres que puedes aprender a reconocer los medios por lo que esto se puede lograr a través de ti! 3¿Qué otro propósito podrías tener que pudiese brindarte mayor felicidad?
2. Ciertamente eres la luz del mundo con semejante función. 2El Hijo de Dios apela a ti para su redención. 3En tus manos está poder concedérsela porque te pertenece. 4No aceptes en su lugar ningún propósito trivial ni ningún deseo insensato; o te olvidarás de tu función y dejarás al Hijo de Dios en el infierno. 5No se te está haciendo una petición vana. 6Se te está pidiendo que aceptes la salvación, para que así la puedas dar.
3.
Puesto que reconocemos la importancia de esta función, estaremos más que dispuestos a recordarla tan a menudo como nos sea posible a lo largo del día. 2Empezaremos el día reconociendo nuestra función y lo concluiremos pensando en ella. 3Repetiremos lo siguiente tantas veces como nos sea posible en el transcurso del día:
4La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón. 5Yo soy el instrumento que Dios ha designado para la salvación del mundo.
4. Si cierras los ojos probablemente te resultará más fácil dejar que acudan a tu mente pensamientos afines, durante el minuto o dos que debes dedicar a reflexionar sobre esto. 2No obstante, no esperes a que se presente tal oportunidad. 3No se debe perder ni una sola ocasión para reforzar la idea de hoy. 4Recuerda que el Hijo de Dios apela a ti para su salvación. 5¿Y quién sino tu Ser es el Hijo de Dios?
¿Qué me enseña esta lección?
El orientar
nuestra voluntad hacia el perdón es actuar conscientemente en la tarea
de materializar la divinidad. Al perdonar, permitimos que la
Luz que somos se exprese y cumpla su función natural: brindar paz a
todas las mentes.
Poner fin a la hegemonía del ego
requiere un cambio profundo en nuestras creencias. La separación, la culpa y el
miedo constituyen la base del pensamiento egoico. Cuando nos sentimos
separados, atacamos al mundo exterior por temor a ser atacados. Así se perpetúa
un círculo vicioso del que solo podemos salir mediante la práctica
del perdón.
Cuando actuamos perdonando, es
evidente que, en primer lugar, debemos albergar el perdón en nosotros
mismos. No podemos dar lo que no tenemos. Al recordar nuestra
verdadera Identidad, el perdón surge de manera natural, pues dejamos de
sentirnos culpables.
En verdad, no hemos pecado. Lo que hemos hecho ha sido
ejercer nuestra capacidad creadora —propia de nuestra condición divina—
inventando un mundo temporal e ilusorio con el que nos hemos identificado,
hasta el punto de olvidar nuestro verdadero y único Origen.
Recordar nuestra verdadera Esencia
libera las creencias erróneas arraigadas en lo profundo de nuestra mente y nos
deshace de percepciones falsas y de ilusiones. Este recuerdo nos devuelve a la inocencia,
permitiéndonos convertirnos nuevamente en niños: llenos de vitalidad, nobleza y
pureza.
Un Curso de Milagros
nos ofrece una enseñanza fundamental que conviene tener siempre presente: “Los perdonados son el medio de la
Expiación. Al estar infundidos por el espíritu, perdonan a su vez. Aquellos que
han sido liberados deben unirse para liberar a sus hermanos, pues ése es el
plan de la Expiación. Los milagros son el medio a través del cual las mentes
que sirven al Espíritu Santo se unen a mí para la salvación o liberación de
todas las creaciones de Dios” (T-1.III.3:1-4).
Tenemos en nuestras manos la
capacidad de colaborar conscientemente en la creación de una gran
cadena de perdón, cuya misión no es otra que ayudar al mundo a
encontrar el camino de la liberación y de la salvación. Cada vez que hacemos
consciente el perdón en nuestras vidas —cuando practicamos el autoperdón y lo
compartimos con los demás— activamos nuevos obradores de
milagros, que a su vez multiplican esa semilla.
De este modo, el perdón se extiende
hasta que la masa crítica es lo suficientemente amplia como para permitir, de
forma natural, que todas las mentes resuenen en la Mente Una.
La salvación no es otra cosa que mentalidad
recta. Aunque esta aún no es la Mentalidad-Uno del Espíritu
Santo, debe alcanzarse antes de que dicha Mentalidad pueda ser plenamente
reinstaurada. La mentalidad recta conduce automáticamente al siguiente paso, ya
que la percepción correcta está completamente exenta de cualquier forma de
ataque. Cuando el ataque desaparece, la mentalidad errada se desvanece.
Así, esta lección me recuerda que mi
perdón no solo me libera a mí, sino que, a través de mí, brinda
paz a todas las mentes.
Propósito y sentido de la lección:
El propósito de esta lección es establecer de
manera inequívoca el alcance universal del perdón.
Después de:
- aceptar que soy la luz (61),
- aceptar que perdonar es mi función (62),
el Curso muestra ahora el efecto inevitable: la
paz llega a todas las mentes a través de mi perdón.
El ego sostiene que:
- el perdón es personal,
- sólo afecta a relaciones concretas,
- no tiene impacto real más allá de lo inmediato.
El Curso corrige esta visión afirmando que no
existe un perdón privado.
Toda corrección mental se extiende automáticamente.
Perdonar no es un gesto íntimo sin consecuencias:
es un acto con alcance universal.
Instrucciones prácticas:
La práctica sigue siendo sencilla y directa:
• Repetir la idea a lo largo del día.
• Aplicarla especialmente cuando:
- surja
juicio,
- aparezca
irritación,
- se active
la defensa,
- la mente
quiera “tener razón”.
No se pide analizar a quién perdonar primero. No se pide jerarquizar
agravios.
La práctica consiste en recordar el efecto del perdón: “La luz del mundo
le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón”.
Y permitir que esa conciencia desactive el juicio.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección confronta
una creencia muy común: “Lo que yo piense no afecta a nadie más”.
Desde esta creencia surge:
- la
permisividad con el juicio,
- la
justificación del resentimiento,
- la
fragmentación relacional,
- la
ilusión de aislamiento mental.
Aceptar esta lección produce efectos psicológicos claros:
• disminuye la agresividad interna,
• aumenta la responsabilidad sin culpa,
• reduce la necesidad de defender opiniones,
• introduce una ética interior natural.
La mente entiende que cada juicio es un acto de violencia mental, y
cada perdón, un acto de pacificación real.
Espiritualmente, esta lección afirma una verdad
central del Curso: las mentes están unidas.
Por eso:
- no puedes
perdonar solo,
- no puedes
odiar solo,
- no puedes
sanar solo.
El perdón no es una acción entre dos personas,
sino una corrección en la mente una.
Aquí el Curso revela que la salvación no es
individual, aunque sí personal en su aceptación.
Relación con la progresión del Curso:
La secuencia queda ahora completa y cerrada:
• 61 → Yo soy la luz del mundo
• 62 → Perdonar es mi función por ser la luz del mundo
• 63 → La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón
Primero: identidad.
Después: función.
Ahora: efecto universal.
El Curso establece aquí que no existe iluminación privada.
Consejos para la práctica:
• No usar la idea para cargar con culpa (“todo depende de mí”).
• No usarla para inflar el ego (“yo salvo al mundo”).
• No medir resultados visibles.
Aplicarla cuando surjan pensamientos como:
• “Esto no importa”.
• “Nadie se entera de lo que pienso”.
• “Este juicio está justificado”.
• “Mi perdón no cambia nada”.
Y repetir con suavidad:
“La luz del mundo le brinda paz a todas las
mentes a través de mi perdón”.
No como presión, sino como recordatorio del poder
sanador de la mente corregida.
Conclusión final:
La Lección 63 enseña que el perdón es el
mecanismo mediante el cual la paz se distribuye en la mente una.
No llevas la paz haciendo discursos.
No la llevas convenciendo.
No la llevas corrigiendo conductas.
La llevas corrigiendo tu percepción.
Aquí el Curso afirma una verdad de enorme
alcance: Cada vez que perdono, el mundo descansa un poco más.
Frase inspiradora final: “Mi perdón no
es personal: es el canal por el que la paz alcanza a todas las mentes”.
Ejemplo-Guía: "¿Cómo se alcanza la salvación?
Durante mucho tiempo me
encontré entre quienes creían que, para alcanzar la salvación, era necesario renunciar
a muchas cosas en el plano material. Vivía una religiosidad
sostenida por el temor, el castigo y la culpa.
Si hago esto…si como aquello…si pienso tal cosa…si deseo aquella otra…
Múltiples
razones para negarme
la paz que mi corazón anhelaba. La culpa fue durante años mi
compañera de viaje, y puedo asegurar que su carga es pesada. Con el tiempo
comprendí que ese no era el camino que me conduciría a la salvación.
El
error fundamental se encontraba en mi mente, pues creía que Dios
estaba fuera de mí. Esa creencia me llevaba a realizar gestos,
sacrificios y rituales con la intención de ganar Su simpatía, Su gracia o Su
reconocimiento.
Hoy
tengo la certeza de que la salvación es algo muy distinto y de que todos
sus caminos conducen a un mismo punto. Una visión que encuentro
bien expresada en estas palabras de Emilio Carrillo: "Dios
es yo y yo soy Dios, en la medida en que dejo de ser yo (ego)".
Comparto
plenamente la enseñanza del Curso que presenta la salvación como una empresa
de colaboración. Nadie puede alcanzar la salvación de manera
aislada, desvinculándose de la Filiación, pues al hacerlo se desvincula también
de Dios. De hecho, Dios acude a nosotros únicamente en la medida en que ofrecemos
la salvación a nuestros hermanos.
En
mi experiencia, la salvación ha surgido como consecuencia de haber recorrido un
largo camino de la mano de la condenación. No afirmo que este sea el único
camino, pero sí ha sido el mío. La condena es fruto del juicio, y el juicio
nace del pensamiento que se cree separado de la Mente Una. Juzgamos porque
creemos estar separados de aquel a quien juzgamos.
Para
alcanzar la salvación es necesario dejar de juzgar. Dejar de condenar. O, dicho de otro modo, dejar de juzgarnos y de condenarnos
a nosotros mismos.
Permíteme
compartir una experiencia reciente relacionada con el juicio y la condena:
"En una conversación dentro del ámbito profesional, me encuentro junto a mi jefe analizando una situación que genera un clima laboral conflictivo, en la que intervienen factores humanos y de producción.
Durante el análisis, me sorprendo a mí mismo diciendo que me arrepiento de una decisión tomada en el pasado, pues considero que no fue la más acertada. Mis palabras fueron:
“Si pudiera volver atrás, nunca actuaría como lo hice”.
¿Te sientes culpable de lo que decidiste entonces? me preguntó mi jefe.
¡Culpable! No… culpable no. Pero sí frustrado".
Era
evidente que me estaba protegiendo de reconocer la culpa, a la que siempre he
temido. Sin embargo, detrás de esa frustración se ocultaba una pesada carga de
culpa.
No
tardé en reconocer el guion de la escena. Llevaba tiempo alimentando ese
sentimiento de frustración al comprobar que las cosas no marchaban como
esperaba. El conflicto externo reflejaba mi conflicto
interior, nacido de una decisión persistente: condenarme
por lo que creía haber hecho en el pasado. Aquello que
condenaba fuera no era más que el reflejo de mi propia autocondena.
¡Cuán
sutil es la culpa!
Si no hay paz en nuestro interior, la causa siempre es la culpa, la fiel aliada
del miedo.
Como
muchos de vosotros, mantengo un diálogo constante con el Espíritu Santo. Le
pido claridad allí donde percibo oscuridad, lucidez donde mi visión se nubla.
En esta ocasión, la luz llegó a través de una aportación externa que resonó
profundamente en mí. Mi “Emilio” interno sintonizó con el mensaje que
necesitaba escuchar, y en un instante de claridad comprendí que todo
en nuestra vida encaja como debe encajar.
Desde
una perspectiva más profunda, todo cuanto nos ocurre es lo
mejor que puede ocurrirnos en nuestro proceso evolutivo y
conciencial.
Y
lo comprendí con claridad: la decisión que tomé en el pasado fue la mejor que podía tomar entonces. Actué
desde el amor y con la consciencia de la que disponía en aquel momento. El
tiempo y las experiencias posteriores me han permitido ampliar mi percepción y
enriquecer mi comprensión. Gracias a ello, hoy soy más lúcido y más despierto
que aquel que actuó en la ilusión del pasado.
Ahí
se abrió para mí la puerta de la salvación. Un espacio donde el tiempo y el espacio dejan de tener sentido. Donde solo existe el eterno presente y la
presencia
permanente del Ser.
Así
comprendí que mi perdón no solo me libera a mí, sino
que, tal como enseña esta lección, la luz del mundo brinda paz a todas
las mentes a través de mi perdón.
Reflexión: ¿Qué efecto tiene el perdón en tu vida?
Puesto que reconocemos la importancia de esta función, estaremos más que dispuestos a recordarla tan a menudo como nos sea posible a lo largo del día. 2Empezaremos el día reconociendo nuestra función y lo concluiremos pensando en ella. 3Repetiremos lo siguiente tantas veces como nos sea posible en el transcurso del día:Propósito y sentido de la lección:
El propósito de esta lección es establecer de manera inequívoca el alcance universal del perdón.
Después de:
- aceptar que soy la luz (61),
- aceptar que perdonar es mi función (62),
el Curso muestra ahora el efecto inevitable: la
paz llega a todas las mentes a través de mi perdón.
El ego sostiene que:
- el perdón es personal,
- sólo afecta a relaciones concretas,
- no tiene impacto real más allá de lo inmediato.
El Curso corrige esta visión afirmando que no
existe un perdón privado.
Toda corrección mental se extiende automáticamente.
Perdonar no es un gesto íntimo sin consecuencias:
es un acto con alcance universal.
Instrucciones prácticas:
La práctica sigue siendo sencilla y directa:
• Repetir la idea a lo largo del día.
• Aplicarla especialmente cuando:
- surja
juicio,
- aparezca
irritación,
- se active
la defensa,
- la mente
quiera “tener razón”.
No se pide analizar a quién perdonar primero. No se pide jerarquizar
agravios.
La práctica consiste en recordar el efecto del perdón: “La luz del mundo
le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón”.
Y permitir que esa conciencia desactive el juicio.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección confronta
una creencia muy común: “Lo que yo piense no afecta a nadie más”.
Desde esta creencia surge:
- la
permisividad con el juicio,
- la
justificación del resentimiento,
- la
fragmentación relacional,
- la
ilusión de aislamiento mental.
Aceptar esta lección produce efectos psicológicos claros:
• disminuye la agresividad interna,
• aumenta la responsabilidad sin culpa,
• reduce la necesidad de defender opiniones,
• introduce una ética interior natural.
La mente entiende que cada juicio es un acto de violencia mental, y
cada perdón, un acto de pacificación real.
Espiritualmente, esta lección afirma una verdad
central del Curso: las mentes están unidas.
Por eso:
- no puedes
perdonar solo,
- no puedes
odiar solo,
- no puedes
sanar solo.
El perdón no es una acción entre dos personas,
sino una corrección en la mente una.
Aquí el Curso revela que la salvación no es
individual, aunque sí personal en su aceptación.
Relación con la progresión del Curso:
La secuencia queda ahora completa y cerrada:
• 61 → Yo soy la luz del mundo
• 62 → Perdonar es mi función por ser la luz del mundo
• 63 → La luz del mundo le brinda paz a todas las mentes a través de mi perdón
Primero: identidad.
Después: función.
Ahora: efecto universal.
El Curso establece aquí que no existe iluminación privada.
Consejos para la práctica:
• No usar la idea para cargar con culpa (“todo depende de mí”).
• No usarla para inflar el ego (“yo salvo al mundo”).
• No medir resultados visibles.
Aplicarla cuando surjan pensamientos como:
• “Esto no importa”.
• “Nadie se entera de lo que pienso”.
• “Este juicio está justificado”.
• “Mi perdón no cambia nada”.
Y repetir con suavidad:
“La luz del mundo le brinda paz a todas las
mentes a través de mi perdón”.
No como presión, sino como recordatorio del poder
sanador de la mente corregida.
Conclusión final:
La Lección 63 enseña que el perdón es el
mecanismo mediante el cual la paz se distribuye en la mente una.
No llevas la paz haciendo discursos.
No la llevas convenciendo.
No la llevas corrigiendo conductas.
La llevas corrigiendo tu percepción.
Aquí el Curso afirma una verdad de enorme
alcance: Cada vez que perdono, el mundo descansa un poco más.
Frase inspiradora final: “Mi perdón no
es personal: es el canal por el que la paz alcanza a todas las mentes”.


GRACIAS
ResponderEliminarQUIÉN ESCRIBE ESTA EXPLICACIÓN DE LA LECCIÓN ?
ResponderEliminarEl administrador del blog, es decir, yo.
EliminarGracias Juan José
ResponderEliminarGracias por tanta luz
ResponderEliminarMuchas gracias Juan José .
ResponderEliminarHermosa explicacion.
.
Muchas gracias!!!! En este momento no distingo la culpa. Por ejemplo en una situación conflictiva con un hijo, enel contexto del estudio, yo espero mayor cantidad de materias aprobadas. Lo hablo y no distingo la culpa.
ResponderEliminarGracias J.J
ResponderEliminarVivo en el Eterno Presente con Amor y la Presencia del Espíritu Santo que me inspira el camino correcto♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏
ResponderEliminar