sábado, 14 de marzo de 2026

¿Por qué sigo eligiendo la oscuridad si mi voluntad es la luz? Aplicando la lección 73.

¿Por qué sigo eligiendo la oscuridad si mi voluntad es la luz? Aplicando la lección 73.

La Lección 73 introduce una afirmación que, a primera vista, parece muy sencilla: “Mi voluntad es que haya luz.”

Sin embargo, cuando los estudiantes del Curso comienzan a practicarla con sinceridad, suele surgir una pregunta delicada y muy real: Si mi voluntad es la luz… ¿Por qué tantas veces sigo experimentando oscuridad?

Esta pregunta toca uno de los puntos más sensibles en la comprensión del Curso.

Muchos estudiantes sienten que desean sinceramente la paz, la claridad y el amor, pero aun así se descubren reaccionando con miedo, juicio, tristeza o resentimiento.

Y entonces aparece la duda: ¿Será que en el fondo no quiero realmente la luz?

El conflicto aparente de la voluntad.

El Curso explica que lo que parece un conflicto de voluntad no es real. La voluntad verdadera —la que compartimos con Dios— siempre desea la luz, la paz y la verdad.

Pero junto a esa voluntad aparece otra cosa muy distinta: los deseos del ego.

Los deseos del ego no son lo mismo que la voluntad.

Los deseos nacen del miedo, de la creencia en la separación y de la necesidad de defender una identidad individual. Por eso, muchas veces parecen contradecir lo que realmente queremos.

Así surge una experiencia muy común: querer la paz, pero reaccionar con conflicto.

No porque nuestra voluntad haya cambiado, sino porque la mente todavía está acostumbrada a seguir los deseos del ego.

El hábito de elegir la oscuridad.

Durante mucho tiempo hemos aprendido a interpretar el mundo a través del miedo, la comparación, la culpa y el juicio. Estas interpretaciones se volvieron automáticas.

Por eso, cuando aparece una situación difícil, la mente puede reaccionar rápidamente desde esos antiguos hábitos.

No es una decisión consciente de elegir la oscuridad. Es simplemente la repetición de un sistema de pensamiento que hemos aprendido durante años.

El Curso no nos pide sentirnos culpables por ello.

Nos invita simplemente a recordar algo fundamental: nuestra voluntad verdadera nunca ha cambiado.

La voluntad no se ha perdido.

Aunque a veces parezca que preferimos la oscuridad, en realidad lo que ocurre es que momentáneamente olvidamos nuestra voluntad real.

El deseo del ego puede hacer mucho ruido en la mente, pero no tiene poder verdadero.

La voluntad que compartimos con Dios permanece intacta. Por eso la lección no nos pide que fabriquemos la luz ni que luchemos contra la oscuridad. Nos pide algo mucho más simple: recordar lo que realmente queremos.

Declarar la luz.

Cuando repetimos con sinceridad: “Mi voluntad es que haya luz”, no estamos tratando de convencernos de algo que no sentimos.

Estamos recordando una verdad que ya está en nuestra mente.

Es un acto de alineación interior.

Una manera de decirle a la mente: “No importa lo que esté viendo ahora.
Mi voluntad verdadera sigue siendo la luz.”

La práctica de la honestidad.

Este tema resulta delicado porque muchas personas interpretan la enseñanza del Curso como si exigiera estar siempre en paz. Pero el Curso no exige perfección emocional.

Nos invita a la honestidad.

Podemos reconocer que estamos viendo oscuridad y, al mismo tiempo, recordar que eso no es lo que realmente queremos.

Ese reconocimiento es precisamente el comienzo de la corrección.

El poder de una elección sencilla.

La Lección 73 nos enseña algo profundamente liberador: no necesitamos entenderlo todo ni cambiar el mundo para que aparezca la luz.

Solo necesitamos dejar de decir que preferimos la oscuridad.

Cada vez que declaramos con sinceridad: “Mi voluntad es que haya luz”, estamos permitiendo que la mente vuelva a alinearse con su naturaleza. Y poco a poco empezamos a descubrir algo que siempre estuvo ahí: la luz no aparece porque la creemos, aparece porque dejamos de resistirla. 

La luz y la oscuridad: una pregunta que sólo puede responder la mente.

Muchos estudiantes del Curso, al avanzar en las lecciones, se encuentran con una duda muy natural: ¿Qué es realmente la luz? ¿Y qué es la oscuridad?
¿Son metáforas?

La respuesta es sí. Pero no son metáforas poéticas ni simbólicas en un sentido superficial. Son metáforas de estados de conciencia.

El Curso utiliza el lenguaje de la luz y la oscuridad para describir dos maneras completamente distintas de ver la realidad.

La luz.

La luz representa la mente que recuerda su origen en Dios.

No es una luz física ni una experiencia visual. Es el estado de claridad que aparece cuando la mente deja de identificarse con el miedo.

La luz es el reconocimiento de la verdad. Es el momento en que comprendes que no estás separado, que no estás condenado y que no estás solo. La luz es la conciencia del Amor.

Por eso el Curso dice que la luz está en ti. No porque tengas que crearla, sino porque forma parte de lo que eres.

La luz es simplemente la mente sin interferencias del ego.

La oscuridad.

La oscuridad no es una fuerza opuesta a la luz.

En realidad, el Curso enseña algo sorprendente: la oscuridad no tiene existencia propia.

La oscuridad es sólo la ausencia de conciencia de la verdad. Es lo que ocurre cuando la mente cree en la separación, cuando interpreta el mundo desde el miedo, cuando juzga, cuando se defiende o cuando ataca.

La oscuridad es la mente olvidando lo que es.

Por eso el Curso insiste una y otra vez en una idea fundamental: la oscuridad no se combate. Simplemente desaparece cuando la luz es aceptada.

El error más común.

Muchos estudiantes creen que el trabajo espiritual consiste en luchar contra la oscuridad interior. Pero el Curso no propone una batalla.

No nos pide eliminar el miedo por la fuerza ni suprimir los pensamientos que parecen negativos.

Nos invita a algo mucho más simple: dejar de protegerlos.

Porque cada resentimiento, cada juicio, cada interpretación basada en el miedo es como una nube que parece ocultar la luz. Pero las nubes nunca apagan el sol. Solo lo ocultan momentáneamente.

La luz no tiene que llegar.

Este punto es esencial. La luz no aparece cuando la creamos. Ni cuando nos volvemos espiritualmente más “avanzados”.

La luz aparece cuando dejamos de defender la oscuridad. Cuando soltamos el resentimiento. Cuando dejamos de justificar el juicio. Cuando renunciamos a la necesidad de tener razón.

Entonces algo muy silencioso ocurre en la mente. La claridad vuelve. Y comprendemos algo que siempre fue verdad: la luz nunca se fue.

La elección de cada instante.

Por eso la lección nos invita a declarar con sencillez: “Mi voluntad es que haya luz.”

No es una afirmación heroica. No es un intento de ser mejores. Es simplemente el reconocimiento de lo que realmente queremos.

Porque, más allá de todas las historias del ego, la mente siempre anhela lo mismo: la paz de la verdad. Y cuando esa voluntad se recuerda, la luz vuelve a ser evidente. No porque haya llegado.

Sino porque ya no hay nada que la oculte. 

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