El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros.
Parte V: Una escena de aula: cuando el hambre no está en el cuerpo.
(Un diálogo inspirado en las enseñanzas de Un Curso de Milagros)
Durante unos instantes nadie habla. Finalmente,
Marta rompe el silencio.
—Hay algo que me gustaría compartir —dice con
cierta timidez—. Cuando tengo un día difícil, lo primero que hago al llegar a
casa es abrir la nevera. No siempre tengo hambre… pero comer algo me calma.
Mira al resto del grupo.
—El problema es que después me siento culpable.
Andrés asiente lentamente.
—A mí me pasa algo parecido —responde—. Intento
controlarlo. Hago dietas, me pongo reglas… pero tarde o temprano termino
rompiéndolas. Y entonces la culpa es todavía peor.
Lucía interviene desde el otro lado de la mesa.
—En mi caso no es tanto la comida. Cuando siento
ese vacío, empiezo a buscar distracciones. Veo series, miro el móvil, compro
cosas que no necesito… cualquier cosa que me mantenga ocupada.
Hace una pausa.
—Es como si no quisiera quedarme a solas con ese
sentimiento.
Las palabras quedan flotando en el aire.
El grupo permanece en silencio unos segundos,
como si todos reconocieran algo familiar en lo que acaba de decir.
Entonces Carlos formula la pregunta que parece
estar en la mente de todos.
—Si el problema no es realmente la comida ni las
distracciones… ¿qué es lo que estamos intentando evitar?
En ese momento interviene Daniel, uno de los
estudiantes más veteranos del grupo. No habla con autoridad ni con
superioridad; su tono es tranquilo, como quien simplemente comparte algo que ha
aprendido en su propio proceso.
En Un Curso de Milagros se diría que Daniel está
actuando como un Maestro de Dios, alguien que ha empezado a mirar su mente con
honestidad y ahora puede recordar suavemente a otros lo que el Curso enseña.
—En realidad —dice con calma—, no estamos
buscando comida, entretenimiento ni distracción.
Los demás lo miran.
—Estamos intentando escapar de una sensación de
culpa que no comprendemos plenamente.
El grupo guarda silencio.
Daniel continúa.
—El ego nos dice que hemos hecho algo terrible al
separarnos de Dios. Esa creencia genera una culpa profunda. Y para no mirarla
directamente, la mente fabrica problemas externos.
Hace un pequeño gesto con la mano, señalando el
mundo cotidiano que todos conocen.
—Entonces pensamos que el problema es la comida,
el trabajo, las relaciones o la ansiedad. Pero el problema nunca estuvo
realmente en el mundo.
Abre el libro del Curso que está sobre la mesa y
lee una frase en voz baja: “Las ideas no abandonan su fuente.”
(T-26.VII.4:7)
Marta levanta la mirada.
—Entonces… ¿Debería intentar controlar mi
comportamiento o no?
Daniel sonríe con suavidad.
—Controlar el comportamiento puede ser útil en
algunos niveles prácticos. Pero no resuelve la causa del problema.
—¿Y cuál es la causa? —pregunta Andrés.
—La creencia en la culpa.
Andrés frunce ligeramente el ceño.
—¿Y cómo se deshace esa culpa?
Daniel vuelve a mirar el libro del Curso. Sus
dedos recorren lentamente una página y luego lee en voz alta una frase muy
conocida: “El Hijo de Dios es inocente.” (T-31.V.2:1)
Lucía respira profundamente.
—Entonces cuando busco distracciones… en realidad
estoy intentando no mirar esa culpa.
—Exactamente —responde Daniel—. El mundo entero
parece diseñado para mantener nuestra atención fuera de la mente.
Vuelve a cerrar el libro con suavidad.
—Pero el Curso nos invita a hacer justo lo
contrario: mirar dentro sin miedo.
El grupo permanece en silencio otra vez.
Pero ahora el silencio es distinto. No es un
silencio incómodo, sino un espacio donde algo empieza a comprenderse.
Finalmente, Daniel añade una última reflexión:
—No necesitamos condenar nuestros comportamientos
ni luchar contra ellos. Podemos utilizarlos como señales.
—¿Señales de qué? —pregunta Marta.
—De lo que está ocurriendo en nuestra mente.
Hace una pequeña pausa y luego continúa:
—Cada vez que aparezca un impulso compulsivo,
podemos preguntarnos con honestidad: ¿Qué estoy intentando evitar mirar
ahora?
Después podemos recordar algo muy simple: —No soy
culpable. —La separación nunca ocurrió. —Sigo siendo tal como Dios me creó.
Nadie añade nada más.
Sin embargo, todos perciben que algo ha cambiado.
Los problemas externos siguen ahí, pero ahora se
miran desde otro lugar.
Y ese cambio de percepción es precisamente lo que
Un Curso de Milagros llama un milagro.

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