VIII. La restitución de la justicia al amor (6ª parte).
Este párrafo describe la psicología exacta del miedo a Dios y muestra que
no nace de la verdad, sino de la creencia persistente en el pecado.
Quien cree en el pecado no puede sino proyectar su propia confusión sobre
Dios. Así, imagina un Espíritu Santo que piensa como él piensa, juzga como él
juzga y castiga como él castigaría. De esta proyección nace la expectativa
inevitable de venganza.
El miedo al Espíritu Santo no es miedo a la verdad, sino miedo a que la
propia lógica de castigo sea devuelta multiplicada. Por eso aparece la imagen
de un Dios iracundo, violento, destructor. No es teología: es culpa proyectada.
El texto va aún más lejos y nombra la inversión total: creen que el
Cielo es el infierno.
Porque el Cielo representa la desaparición del pecado, y el pecado es el eje
que sostiene su identidad y su mundo.
Aquí se revela una idea clave: no temen ser castigados, temen no ser
culpables. Cuando se les dice que nunca han pecado, no sienten alivio, sino
sospecha y terror, porque esa afirmación amenaza con desmantelar el mundo que
conocen.
Su mundo depende de la estabilidad del pecado. Sin él, no hay narrativa, no
hay jerarquía, no hay justicia vengativa, no hay identidad separada. Por eso la
justicia de Dios —que no castiga, no culpa y no condena— es percibida como una
amenaza mayor que la venganza.
La venganza es comprensible, predecible y familiar. El amor no.
Mensaje central del
punto:
- La creencia en el pecado impide comprender
la justicia divina.
- La mente proyecta su confusión sobre Dios.
- El Espíritu Santo es temido como vengador.
- El amor se percibe como peligro.
- El Cielo es confundido con el infierno.
- Decir “nunca has pecado” provoca miedo.
- El mundo del ego depende del pecado.
- La justicia de Dios amenaza ese mundo.
Claves de
comprensión:
- El miedo a Dios es miedo a perder la
culpa.
- La venganza es más segura que el amor para
el ego.
- El castigo es preferible a la disolución
del sistema.
- La culpa da estructura, identidad y
sentido.
- La proyección crea un Dios iracundo.
- El Espíritu Santo no es comprendido, sino
imaginado.
Aplicación práctica
en la vida cotidiana:
- Observa si alguna parte de ti desconfía
del amor incondicional.
- Nota cuándo prefieres el castigo conocido
al perdón total.
- Detecta imágenes internas de un Dios
severo o exigente.
- Pregúntate qué perdería tu “mundo” si el
pecado no fuera real.
- Practica permitir la idea: tal vez
nunca he pecado.
Preguntas para la
reflexión personal:
- ¿Qué me da miedo de ser completamente
inocente?
- ¿Qué identidad perdería sin culpa?
- ¿Prefiero un castigo predecible a una
liberación total?
- ¿En qué momentos temo al amor?
- ¿Confundo justicia con estabilidad del
ego?
Conclusión:
Este párrafo revela que el miedo al Espíritu Santo no es miedo a Dios, sino
miedo a la desaparición del pecado como fundamento del mundo del ego. La
justicia divina no amenaza al Ser, pero sí amenaza el sistema de pensamiento
que necesita culpa para existir.
Por eso el amor es temido, el Cielo es visto como infierno y la inocencia
es sospechosa. Mientras el pecado sea considerado real, la justicia de Dios
parecerá destructiva.
Restituir la justicia al amor implica atravesar este miedo y permitir que
el mundo construido sobre la culpa se desvanezca sin violencia.
Frase inspiradora: “No temo a Dios: temo dejar de necesitar la
culpa.”

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