miércoles, 25 de febrero de 2026

Capítulo 25. VIII. La restitución de la justicia al amor (6ª parte).

VIII. La restitución de la justicia al amor (6ª parte).

6. A los que todavía creen que el pecado tiene sentido les resulta extremadamente difícil entender la justicia del Espíritu Santo. 2No pueden sino creer que Él comparte su confusión, y, por lo tanto, no pueden evadir la venganza que forzosamente comporta su propia creencia de lo que es la justicia. 3Y así, tienen miedo del Espíritu Santo y perciben en Él la "ira" de Dios. 4Y no pueden confiar en que no los va a aniquilar con rayos extraídos de las "llamas" del Cielo por la Propia Mano iracunda de Dios. 5Creen que el Cielo es el infierno, y tienen miedo del amor. 6cuando se les dice que nunca han pecado, les invade una profunda sospecha y el escalofrío del miedo. 7Su mundo depende de la estabilidad del pecado. 8Y perciben la "amenaza" de lo que Dios entiende por justicia como algo más destructivo para ellos y para su mundo que la venganza, la cual comprenden y aman.

Este párrafo describe la psicología exacta del miedo a Dios y muestra que no nace de la verdad, sino de la creencia persistente en el pecado.

Mientras el pecado sea considerado real y significativo, la justicia del Espíritu Santo resulta incomprensible. No porque sea compleja, sino porque contradice el sistema entero en el que la mente se apoya para existir.

Quien cree en el pecado no puede sino proyectar su propia confusión sobre Dios. Así, imagina un Espíritu Santo que piensa como él piensa, juzga como él juzga y castiga como él castigaría. De esta proyección nace la expectativa inevitable de venganza.

El miedo al Espíritu Santo no es miedo a la verdad, sino miedo a que la propia lógica de castigo sea devuelta multiplicada. Por eso aparece la imagen de un Dios iracundo, violento, destructor. No es teología: es culpa proyectada.

El texto va aún más lejos y nombra la inversión total: creen que el Cielo es el infierno.
Porque el Cielo representa la desaparición del pecado, y el pecado es el eje que sostiene su identidad y su mundo.

Aquí se revela una idea clave: no temen ser castigados, temen no ser culpables. Cuando se les dice que nunca han pecado, no sienten alivio, sino sospecha y terror, porque esa afirmación amenaza con desmantelar el mundo que conocen.

Su mundo depende de la estabilidad del pecado. Sin él, no hay narrativa, no hay jerarquía, no hay justicia vengativa, no hay identidad separada. Por eso la justicia de Dios —que no castiga, no culpa y no condena— es percibida como una amenaza mayor que la venganza.

La venganza es comprensible, predecible y familiar. El amor no.

Mensaje central del punto:

  • La creencia en el pecado impide comprender la justicia divina.
  • La mente proyecta su confusión sobre Dios.
  • El Espíritu Santo es temido como vengador.
  • El amor se percibe como peligro.
  • El Cielo es confundido con el infierno.
  • Decir “nunca has pecado” provoca miedo.
  • El mundo del ego depende del pecado.
  • La justicia de Dios amenaza ese mundo.

Claves de comprensión:

  • El miedo a Dios es miedo a perder la culpa.
  • La venganza es más segura que el amor para el ego.
  • El castigo es preferible a la disolución del sistema.
  • La culpa da estructura, identidad y sentido.
  • La proyección crea un Dios iracundo.
  • El Espíritu Santo no es comprendido, sino imaginado.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Observa si alguna parte de ti desconfía del amor incondicional.
  • Nota cuándo prefieres el castigo conocido al perdón total.
  • Detecta imágenes internas de un Dios severo o exigente.
  • Pregúntate qué perdería tu “mundo” si el pecado no fuera real.
  • Practica permitir la idea: tal vez nunca he pecado.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué me da miedo de ser completamente inocente?
  • ¿Qué identidad perdería sin culpa?
  • ¿Prefiero un castigo predecible a una liberación total?
  • ¿En qué momentos temo al amor?
  • ¿Confundo justicia con estabilidad del ego?

Conclusión:

Este párrafo revela que el miedo al Espíritu Santo no es miedo a Dios, sino miedo a la desaparición del pecado como fundamento del mundo del ego. La justicia divina no amenaza al Ser, pero sí amenaza el sistema de pensamiento que necesita culpa para existir.

Por eso el amor es temido, el Cielo es visto como infierno y la inocencia es sospechosa. Mientras el pecado sea considerado real, la justicia de Dios parecerá destructiva.

Restituir la justicia al amor implica atravesar este miedo y permitir que el mundo construido sobre la culpa se desvanezca sin violencia.

Frase inspiradora: “No temo a Dios: temo dejar de necesitar la culpa.”

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