VIII. La restitución de la justicia al amor (1ª parte).
1.
El
Espíritu Santo puede usar todo lo que le ofreces para tu salvación. 2Pero
no puede usar lo que te niegas a darle, ya que no puede quitártelo sin tu
consentimiento. 3Pues si lo hiciera, creerías que te lo arrebató en
contra de tu voluntad. 4Y así, no aprenderías que tu voluntad es no
tenerlo. 5Él no necesita que estés
completamente dispuesto a entregárselo, pues si ese fuese el caso, no tendrías
ninguna necesidad de Él. 6Pero
sí necesita que prefieras que Él lo tome a que tú te lo quedes sólo para ti, y
que reconozcas que no sabes qué es lo que no supone una pérdida para nadie. 7Eso
es lo único que se tiene que añadir a la idea de que nadie tiene que perder
para que tú ganes. 8Nada más.
Este párrafo introduce una corrección
extremadamente precisa de la idea de entrega. No se trata de sacrificio,
renuncia heroica ni pureza previa, sino de consentimiento.
La limitación no está en el
Espíritu Santo, sino en la voluntad que se reserva algo para sí misma. Aquello
que se guarda no porque tenga valor real, sino porque se cree que soltarlo
implicaría pérdida.
Si Él tomara algo sin tu
consentimiento, reforzaría la ilusión central del ego: que te pueden quitar
algo valioso. Y entonces no aprenderías la lección clave: que tu sufrimiento
procede de tu propia elección de conservar lo que te daña.
El texto desmonta también una
confusión muy común: creer que hay que estar “listo”, “purificado” o
“completamente dispuesto” para entregarse. Si eso fuera necesario, el Espíritu
Santo sería inútil. Su función existe precisamente porque no sabes cómo soltar
sin miedo.
Lo único que se te pide es una
preferencia mínima pero decisiva: preferir que Él lo tome antes que quedártelo
tú, y admitir con humildad que no sabes qué es realmente una pérdida.
Este reconocimiento es el punto
donde la justicia regresa al amor. La justicia aquí no castiga ni evalúa: restablece
el hecho de que nadie pierde cuando el amor gobierna.
Mensaje central del punto:
El Espíritu Santo usa todo lo que
se le ofrece.
Nada puede ser tomado sin tu
consentimiento.
La entrega no es sacrificio, es
preferencia.
No necesitas estar completamente
dispuesto.
Solo se te pide admitir que no
sabes qué es perder.
Nadie tiene que perder para que
tú ganes.
No hay nada más que añadir.
Claves de comprensión:
El consentimiento es más
importante que la forma.
La resistencia no se combate, se
observa.
El miedo a perder revela
ignorancia, no culpa.
El Espíritu Santo no quita,
recibe.
La justicia del amor excluye toda
pérdida.
La salvación no requiere preparación previa.
Aplicación práctica en la vida
cotidiana:
Observa qué pensamientos,
emociones o situaciones te resistes a soltar.
No intentes “querer soltarlos”:
simplemente prefiere no quedártelos solo.
Di internamente: “No sé si
esto es una pérdida, y por eso lo entrego”.
Nota cómo la carga disminuye sin
esfuerzo.
Practica confiar antes de entender.
Preguntas para la reflexión
personal:
¿Qué cosas sigo guardando por
miedo a perder algo?
¿Dónde creo que soltar equivale a
quedarme vacío?
¿Puedo admitir que no sé lo que
realmente me conviene?
¿Estoy dispuesto a preferir ayuda
antes que control?
¿Qué cambiaría si dejara de decidir solo?
Conclusión:
Este párrafo restituye la
justicia al amor al eliminar toda forma de coerción espiritual. Nada se exige,
nada se arranca, nada se sacrifica. Solo se pide una pequeña preferencia
consciente: no quedarte solo con lo que no sabes manejar.
La salvación no ocurre porque entregas bien, sino porque dejas de insistir en conservar lo que crees que te protege. Al admitir que no sabes qué es una pérdida, el amor recupera su justicia natural: nadie pierde, nadie paga, nadie es despojado. Nada más.
Frase inspiradora:
“No sé qué es perder, y por eso
no decido solo”.

No hay comentarios:
Publicar un comentario