¿Por qué
necesitamos tener razón?
Hay conversaciones en las que parece que nos
jugamos algo mucho más importante que una simple opinión. Discutimos con
nuestra pareja sobre algo que ocurrió ayer, con un familiar sobre una decisión,
con un compañero de trabajo sobre quién cometió un error o con un amigo sobre
la manera correcta de hacer las cosas. Y aunque el asunto pueda parecer
pequeño, sentimos una necesidad casi irresistible de demostrar que tenemos
razón. Buscamos argumentos, recordamos detalles, repetimos explicaciones y nos
molestamos cuando la otra persona no reconoce nuestro punto de vista. Desde Un
Curso de Milagros, quizá podamos comenzar preguntándonos: «¿Por qué me resulta
tan importante que el otro reconozca que estoy en lo cierto? ¿Qué siento que
perdería si no lo consiguiera?»
Desde UCDM, esta necesidad puede entenderse
observando cómo funciona el ego. El ego construye una identidad que necesita
defender continuamente. No solo quiere tener razón acerca de una cuestión
concreta; también quiere demostrar que su manera de ver el mundo es la
correcta. Por eso puede interpretar el desacuerdo como una amenaza personal. Si
alguien cuestiona nuestra opinión, sentimos que nos cuestiona a nosotros. Si
demuestra que nos equivocamos, podemos experimentar vergüenza, inferioridad o
pérdida de autoridad. El ego confunde fácilmente estar equivocado con valer
menos, y por eso convierte algunas conversaciones en verdaderas batallas.
Imaginemos que nuestra pareja nos recuerda algo
que habíamos prometido hacer y que finalmente olvidamos. En lugar de reconocer
el olvido, comenzamos a explicar por qué no pudimos hacerlo. Quizá añadimos que
ella tampoco cumple siempre sus compromisos. Después sacamos a relucir otras
situaciones y, cuando nos damos cuenta, estamos discutiendo sobre quién falla
más en la relación. Podemos preguntarnos: «¿Estoy intentando resolver lo que ha
ocurrido o estoy intentando proteger mi imagen de alguien que no quiere
reconocer que se equivocó?» Quizá habría bastado con decir: «Es verdad, lo
olvidé. Lo siento. Voy a ocuparme de ello». Pero reconocer un error nos resulta
difícil cuando creemos que hacerlo nos coloca en una posición de inferioridad.
Aquí encontramos una enseñanza esencial del
Curso: equivocarnos no cambia nuestra verdadera identidad. Desde la perspectiva
del ego, reconocer un error significa perder algo. Desde la mirada del Espíritu
Santo, significa abrir una oportunidad para corregirlo. Podemos estar
equivocados sin ser menos valiosos. Podemos cambiar de opinión sin perder
dignidad. Podemos reconocer que otra persona tenía razón sin convertirnos en
inferiores a ella. Cuando empezamos a comprender esto, ya no necesitamos
defender todas nuestras interpretaciones como si nuestra identidad dependiera
de ellas.
También conviene observar qué ocurre cuando
tenemos razón, pero necesitamos seguir demostrándolo. Supongamos que advertimos
a nuestro hijo adulto de que determinada decisión podría traerle dificultades.
No nos escucha y, tiempo después, aparecen los problemas que habíamos previsto.
Entonces sentimos el impulso de decir: «¿Ves? Ya te lo dije». Quizá nuestro
análisis era acertado, pero podemos preguntarnos: «¿Qué necesita realmente mi
hijo ahora: que le recuerde que yo tenía razón o que le ayude a afrontar lo que
está viviendo?» A veces nuestro deseo de reconocimiento nos impide ofrecer
precisamente aquello que el otro necesita.
Esta misma dinámica aparece cuando discutimos
sobre asuntos importantes. Podemos estar convencidos de que una determinada
conducta es injusta, que una decisión perjudica a alguien o que una afirmación
es objetivamente falsa. El Curso no nos pide renunciar a los hechos ni aceptar
cualquier opinión como igualmente válida. Podemos aportar pruebas, defender
nuestros derechos, corregir información equivocada y expresar nuestras
convicciones. La cuestión es otra: ¿necesito convertir a quien se equivoca en
alguien inferior para poder defender lo que considero verdadero? Podemos
mantener nuestra posición con claridad sin utilizarla como un instrumento de
superioridad.
Una pregunta especialmente reveladora puede ser:
«¿Qué estoy intentando conseguir realmente con esta discusión?» Tal vez
queramos resolver un problema, pero también puede que necesitemos sentirnos
reconocidos, respetados, inteligentes o importantes. Quizá nos molesta que
alguien cuestione nuestra opinión porque interpretamos su desacuerdo como una
falta de consideración. Y entonces podemos descubrir algo que no habíamos
visto: no estamos defendiendo únicamente una idea, sino una imagen de nosotros
mismos que tememos perder.
Desde UCDM, éste es precisamente el terreno en el
que podemos practicar un cambio de percepción. El ego nos dice: «No cedas. Si
reconoces que estás equivocado, el otro habrá ganado». El Espíritu Santo nos
invita a cuestionar esa manera de entender la relación. ¿Por qué tiene que
haber un vencedor y un vencido cada vez que dos personas piensan diferente? Podemos
dejar de interpretar el desacuerdo como una competición y comenzar a verlo como
una oportunidad para escuchar, comprender o corregir algo que quizá no habíamos
considerado.
Esto también puede ayudarnos a reconocer una
dificultad frecuente: escuchamos para responder, no para comprender. Mientras
el otro habla, ya estamos preparando nuestro siguiente argumento. Buscamos
contradicciones, seleccionamos las palabras que podemos rebatir y apenas
prestamos atención a lo que realmente quiere expresar. Podemos preguntarnos:
«¿Estoy dispuesto a descubrir algo que todavía no sé o he decidido de antemano
que nada de lo que diga esta persona puede enseñarme?» Escuchar de verdad
requiere admitir que nuestra interpretación quizá no sea completa. Y esa
pequeña disposición puede transformar una conversación.
No significa que siempre debamos llegar a un
acuerdo. Hay diferencias que pueden mantenerse. Quizá después de escucharnos
continuemos pensando de manera distinta. Pero podemos aceptar esa situación sin
interpretarla como un fracaso. No necesitamos que todo el mundo comparta
nuestras ideas para relacionarnos con respeto. En ocasiones, la decisión más
útil será explicar nuestra posición y dejar ahí la conversación. No tener la
última palabra no significa haber perdido la razón.
También podemos observar qué hacemos después de
una discusión. Quizá seguimos reconstruyendo mentalmente lo ocurrido,
imaginamos respuestas que no dimos o buscamos a otras personas para que
confirmen nuestra postura. El desacuerdo terminó, pero nuestra necesidad de
reconocimiento continúa. Podemos preguntarnos: «¿Hay algo que todavía necesite
aclarar o simplemente estoy intentando conseguir una victoria que no llegó?» Quizá
descubramos que seguir pensando no está resolviendo nada. Solo está alimentando
nuestra resistencia a aceptar que alguien pueda continuar viendo las cosas de
otra manera.
Una práctica cotidiana puede comenzar la próxima vez que sintamos una necesidad intensa de demostrar que tenemos razón. Antes de responder, podemos detenernos unos segundos y preguntarnos: «¿Qué estamos discutiendo realmente? ¿Qué quiero conseguir? ¿Estoy intentando aclarar los hechos o defender mi imagen? ¿Hay algo verdadero en lo que el otro está diciendo? ¿Qué cambiaría si reconociera que puedo estar equivocado?» Después podemos elegir una respuesta concreta: escuchar hasta el final, pedir una aclaración, reconocer un error, aportar información o expresar nuestra opinión sin exigir que el otro la acepte.
Podemos incluso ensayar una frase que quizá nos
resulte difícil: «Puede que tengas razón en eso que dices. No lo había
considerado así». Y si seguimos discrepando: «Entiendo mejor tu punto de vista,
aunque todavía no lo comparto». Ninguna de estas respuestas exige renunciar a
nuestra capacidad de discernimiento. Simplemente dejamos de utilizar la
conversación como una prueba de superioridad.
Desde el Curso podemos pedir interiormente: «Espíritu
Santo, estoy sintiendo la necesidad de demostrar que tengo razón. Ayúdame a
reconocer qué estoy defendiendo realmente. No quiero utilizar esta conversación
para sentirme superior ni para hacer que el otro se sienta inferior. Muéstrame
cómo expresar lo que pienso sin convertir nuestro desacuerdo en un ataque».
Quizá podamos preguntarnos finalmente: ¿Me cuesta
reconocer mis errores? ¿Necesito que otros admitan que tengo razón? ¿Estoy
utilizando mis conocimientos para ayudar o para demostrar superioridad? ¿Puedo
escuchar una opinión diferente sin sentir que mi identidad está amenazada?
¿Estoy dispuesto a aprender aunque eso signifique cambiar de parecer?
Y tal vez podamos recordar algo sencillo: «No
necesito tener razón en todo para conservar mi valor. Puedo reconocer un error,
aprender de otra persona y cambiar de opinión sin perder nada de lo que
realmente soy».
Ésta puede ser una de las aplicaciones más
prácticas de Un Curso de Milagros en nuestras discusiones: comprender que el
verdadero aprendizaje no consiste en ganar todas las conversaciones, sino en
dejar de utilizar nuestras opiniones como una defensa de la identidad que el
ego ha construido.
Podemos defender una idea sin atacar. Podemos
tener razón sin sentirnos superiores. Podemos equivocarnos sin condenarnos.
Porque cuando ya no necesitamos demostrar constantemente que tenemos razón, empezamos a descubrir que nuestra paz vale mucho más que la satisfacción de ganar una discusión.


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