Hay situaciones que pueden hacernos sufrir mucho, aunque aparentemente no haya ocurrido nada especialmente grave. Esperábamos que alguien nos llamara y no lo hizo. Pensábamos que nuestra pareja reaccionaría con más comprensión y respondió con indiferencia. Confiábamos en que un familiar nos ayudaría y encontramos una excusa. Creíamos que nuestros hijos agradecerían determinados esfuerzos y apenas los reconocieron. Entonces aparecen pensamientos como: «Después de todo lo que he hecho por él…», «Yo nunca le habría tratado así», «Pensaba que podía contar con esa persona». Desde Un Curso de Milagros, podemos empezar observando algo importante: muchas veces no sufrimos únicamente por lo que los demás hacen, sino también por la distancia que existe entre su comportamiento y lo que nosotros habíamos esperado de ellos.
Aquí aparece una primera pregunta muy útil: «¿Qué
esperaba exactamente de esta persona y por qué creía que tenía que actuar así?»
Imaginemos que nuestro hijo adulto lleva varios días sin llamarnos. Podemos
sentir tristeza porque echamos de menos hablar con él. Eso es comprensible.
Pero nuestra mente quizá añada: «Ya no le importo», «Solo se acuerda de mí
cuando necesita algo», «Después de tantos años dedicados a él, así me lo
agradece». Entonces el hecho inicial —que no hemos recibido una llamada—
termina convirtiéndose en una historia sobre el amor que supuestamente hemos
dejado de recibir. Podemos preguntarnos: «¿Sé realmente que no le importo o
estoy interpretando su silencio desde mi necesidad de sentirme querido?».
Desde UCDM, ésta es una oportunidad para observar
cómo funciona nuestra percepción. El ego utiliza las relaciones para confirmar
lo que cree que necesita. Nos dice que estaremos completos cuando los demás nos
den suficiente amor, atención, reconocimiento o seguridad. Y cuando no
recibimos aquello que esperamos, interpretamos su comportamiento como una
prueba de que nos falta algo. La enseñanza del Curso nos invita a cuestionar
precisamente esa dependencia: ¿por qué estoy permitiendo que la conducta de
otra persona determine lo que creo acerca de mí mismo?
Esto no significa que debamos dejar de tener
necesidades humanas. Es natural querer sentirnos escuchados, respetados,
acompañados y queridos. Tampoco significa que todas las expectativas sean
injustificadas. Si alguien ha asumido un compromiso y lo incumple, podemos
reconocerlo. Si nuestra pareja nos trata continuamente con desprecio, no
necesitamos convencernos de que el problema está únicamente en nuestra
interpretación. Podemos expresar lo que necesitamos, pedir cambios y establecer
límites. La práctica del Curso no consiste en aceptar cualquier comportamiento,
sino en aprender a distinguir entre lo que necesitamos afrontar y el
sufrimiento que añadimos cuando convertimos nuestra expectativa en una
condición para estar en paz.
Una de las formas más frecuentes de esta
dificultad aparece cuando pensamos: «Yo, en su lugar, habría actuado de otra
manera». Quizá sea cierto. Pero estamos utilizando nuestra propia manera de
pensar como medida obligatoria del comportamiento ajeno. Podemos preguntarnos:
«¿Estoy permitiendo que esta persona sea diferente de mí o necesito que
reaccione exactamente como yo lo haría?» Tal vez nosotros expresamos el cariño
mediante llamadas frecuentes y otra persona lo expresa ayudando cuando hace
falta. Quizá necesitamos hablar inmediatamente de los problemas, mientras
nuestra pareja prefiere esperar hasta tranquilizarse. Las diferencias no
siempre significan falta de amor, aunque en ocasiones necesiten conversación y
acuerdos.
El Curso también nos ayuda a descubrir una
dificultad más profunda: muchas veces damos esperando recibir algo a cambio,
aunque no lo reconozcamos. Ofrecemos atención, ayuda, tiempo o sacrificios y,
sin darnos cuenta, construimos una especie de contrato invisible: «Yo hago esto
por ti y tú deberías responder de esta manera». Cuando el otro no cumple ese
acuerdo que quizá nunca llegó a conocer, aparece el resentimiento. Podemos
preguntarnos: «¿Estaba ofreciendo algo libremente o esperaba que esa persona me
devolviera una determinada respuesta?» No se trata de que las relaciones deban
carecer de reciprocidad. Se trata de reconocer cuándo empezamos a utilizar lo
que damos para exigir una confirmación de nuestro valor.
Desde la perspectiva de UCDM, esta dinámica se
relaciona con las llamadas relaciones especiales. El ego intenta encontrar en
otra persona aquello que cree que le falta y establece condiciones para
sentirse satisfecho. «Estaré bien si me prestas atención», «Me sentiré seguro
si nunca me decepcionas», «Podré estar tranquilo cuando hagas lo que considero
correcto». El problema es que, mientras nuestra paz dependa de que los demás
cumplan todas esas condiciones, siempre habrá algo que pueda alterarla. Estamos
pidiendo a personas que tienen sus propias dificultades, miedos y limitaciones
que se conviertan en garantes permanentes de nuestra tranquilidad.
Quizá podamos empezar a transformar esta relación
cambiando una pregunta. En lugar de decirnos: «¿Por qué no hace lo que
espero?», preguntarnos: «¿Qué estoy creyendo que necesito recibir de esta
persona para poder sentirme bien?» Tal vez reconocimiento. Quizá atención.
Puede que necesitemos sentirnos importantes, necesarios o queridos. Reconocerlo
no significa que nuestra necesidad desaparezca inmediatamente, pero puede
ayudarnos a dejar de responsabilizar completamente al otro de nuestro estado
interior.
También podemos aprender a expresar nuestras
expectativas con mayor claridad. A veces esperamos que los demás adivinen lo
que necesitamos y nos sentimos rechazados cuando no lo hacen. Podemos decir:
«Me gustaría que habláramos más a menudo», «Para mí es importante que cumplamos
lo que acordamos», «Cuando ocurre esto, me siento poco tenido en cuenta».
Expresar una necesidad es diferente de exigir que el otro sea responsable de
satisfacerla siempre. Podemos hablar, escuchar su respuesta y buscar acuerdos,
sin convertir cualquier diferencia en una demostración de falta de amor.
¿Y qué ocurre cuando la persona sigue sin actuar
como esperamos? Quizá necesitemos aceptar que no podemos modificar su manera de
ser mediante nuestra insistencia. Podemos decidir cómo queremos relacionarnos,
qué límites necesitamos establecer y cuánto estamos dispuestos a ofrecer. Pero
también podemos dejar de repetir mentalmente: «Debería ser diferente». Esta
resistencia no cambia necesariamente al otro y puede mantenernos atrapados en
una discusión que nunca termina dentro de nuestra mente.
Desde el Curso podemos pedir ayuda interiormente:
«Espíritu Santo, estoy decepcionado porque esta persona no ha actuado como
esperaba. Ayúdame a reconocer qué estoy interpretando y qué necesito comunicar.
No quiero negar lo que siento, pero tampoco quiero utilizar esta situación para
convertirla en culpable de mi falta de paz. Muéstrame otra manera de mirar».
Cuando esta dificultad vuelva a aparecer, podemos
preguntarnos: ¿Estoy expresando una necesidad o imponiendo una expectativa?
¿Estoy confundiendo una decepción con una falta absoluta de amor? ¿Estoy
esperando recibir algo que no he comunicado? ¿Puedo reconocer las diferencias
sin interpretarlas siempre como ataques personales? ¿Qué puedo hacer ahora sin
intentar controlar la respuesta del otro?
Quizá podamos decir interiormente: «Me habría
gustado que esta persona actuara de otra manera. Puedo reconocer mi decepción,
expresar lo que necesito y tomar las decisiones que correspondan. Pero no
quiero seguir creyendo que mi paz depende de que los demás respondan siempre
como yo espero».
Y quizá ésa sea una de las aplicaciones más
prácticas de Un Curso de Milagros en nuestras relaciones: comprender que
podemos amar, confiar, esperar y expresar nuestras necesidades sin convertir el
comportamiento de los demás en la medida de nuestro propio valor ni en la
condición indispensable para recuperar nuestra paz.
Porque dejar de exigir que los demás actúen como
esperamos no significa renunciar al amor, al respeto ni a la reciprocidad.
Significa aprender a relacionarnos con las personas que tenemos delante, en lugar de permanecer enfrentados a las personas que habíamos imaginado que deberían ser.


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