Vivencias cotidianas para trabajar la procrastinación desde Un Curso de Milagros.
Después de
haber mirado la procrastinación como una posible expresión del miedo, la
resistencia, el perfeccionismo o la necesidad de control, podemos dar un paso
más y observar cómo aparece realmente en nuestra vida cotidiana. Normalmente no
pensamos: “Estoy utilizando el tiempo como defensa”. Pensamos cosas mucho más
sencillas: “Luego llamo”, “mañana lo hago”, “ahora no tengo la cabeza para
esto”, “cuando esté más tranquilo hablaré con él”. Muchas veces esas decisiones
son razonables, pero cuando pasan los días y seguimos evitando lo mismo, quizá
convenga cambiar la pregunta. En lugar de decir: “¿Por qué no hago esto?”,
podemos preguntarnos: “¿Qué experiencia interior estoy intentando evitar
mientras no lo hago?”.
Algo parecido
ocurre cuando posponemos una conversación. Sabemos que necesitamos hablar con
nuestra pareja, un hijo, un amigo o alguien del trabajo, pero seguimos
esperando “el momento adecuado”. A veces lo que realmente esperamos es una
conversación cuyo resultado podamos controlar: queremos estar seguros de que el
otro comprenderá, que no se enfadará, que reconocerá su parte o que nosotros
sabremos expresarnos perfectamente. Como esas garantías no existen, aplazamos.
Entonces puede ser útil preguntarnos: “¿Qué necesito que ocurra para sentirme
seguro?”. Quizá descubramos que necesitamos tener razón, no ser rechazados o
conservar determinada imagen de nosotros mismos. La práctica ya no consiste
solamente en atrevernos a hablar, sino en decir: “Ayúdame a expresar lo que
corresponda sin exigir que la respuesta del otro confirme mi valor ni mi
interpretación”.
También
podemos descubrir procrastinación en esas pequeñas tareas que se acumulan en
casa: papeles pendientes, un cajón sin ordenar, una reparación, una cita que
nunca pedimos. A veces miramos la tarea y no vemos simplemente algo pendiente;
vemos una acusación: “Otra cosa que no has hecho”. Entonces el problema deja de
ser el cajón y pasa a ser la identidad que asociamos con él. “Soy
desorganizado”. “Nunca termino nada”. “Soy irresponsable”. Aquí el perdón puede
ser muy práctico: hay una tarea pendiente, pero esa tarea no define quién soy.
He retrasado algo no significa que yo sea incapaz. Puedo corregir un
comportamiento sin convertirlo en una sentencia contra mí mismo.
Otra forma
frecuente aparece cuando queremos crear algo. Llevamos tiempo pensando en
escribir, publicar, comenzar un proyecto o desarrollar una idea, pero siempre
falta algo: más información, otro retoque, una mejor preparación. Todo parece
trabajo, pero nunca llega el momento de mostrar el resultado. Una pregunta
reveladora puede ser: “¿Qué ocurriría si lo terminara hoy?”. Tal vez aparezca
el miedo a la crítica, al fracaso o a descubrir que el resultado real no
coincide con la obra perfecta que imaginábamos. Mientras algo permanece
inacabado, todavía podemos fantasear con que será extraordinario. Terminar
significa permitir que sea imperfecto. Desde UCDM puedo cambiar el propósito:
no necesito crear para demostrar cuánto valgo; puedo crear para compartir. No
necesito saber de antemano cómo será recibido. Solo necesito dar el siguiente
paso sin convertir el resultado en una definición de mí mismo.
También
procrastinamos nuestro propio cuidado. “Ya pediré la cita”. “La semana que
viene descansaré”. “Cuando termine esta época, empezaré a cuidarme”. En estos
casos conviene no espiritualizar lo que puede requerir simplemente una acción
práctica. UCDM no nos pide abandonar el sentido común ni descuidar el cuerpo.
Pero sí podemos preguntarnos por qué a veces nos resulta fácil cuidar de todos
y tan difícil atender nuestras propias necesidades. Quizá hemos construido una
identidad alrededor de ser fuertes, indispensables o autosuficientes. Entonces,
pedir ayuda, descansar o reconocer una necesidad parece amenazar al personaje
que hemos aprendido a representar. A veces, el siguiente paso no consiste en
hacer más, sino en aceptar humildemente: “También yo necesito ayuda”.
La
procrastinación aparece asimismo cuando debemos decidir. Analizamos
posibilidades, consultamos a varias personas y volvemos una y otra vez sobre
los mismos argumentos. Puede que necesitemos tiempo para decidir, pero también
puede llegar un momento en que ya no buscamos claridad, sino una garantía de no
equivocarnos. Queremos saber qué decisión no nos hará sufrir. Esa garantía no
existe en el nivel de la forma. Podemos decidir con honestidad y descubrir
después algo nuevo. La seguridad que propone el Curso no consiste en acertar
siempre, sino en recordar que siempre podemos aceptar corrección y elegir de
nuevo. No necesito encontrar la decisión perfecta; puedo dar el paso que parece
más honesto ahora sin exigir que me asegure el futuro.
Incluso
podemos procrastinar el perdón. “Algún día lo soltaré”. “Todavía necesito
comprender por qué lo hizo”. “Cuando reconozca lo que me hizo, podré perdonar”.
No se trata de obligarnos a sentir algo que todavía no sentimos. Pero puede
ayudarnos a distinguir entre “todavía no puedo” y “todavía no quiero”. Quizá una
parte de nosotros continúa obteniendo algo del resentimiento: una identidad,
una justificación o una prueba de que el otro es culpable. En ese caso, podemos
ser sinceros: “Espíritu Santo, todavía quiero conservar parte de esta
acusación, pero estoy dispuesto a que me enseñes por qué”. Esa pequeña
honestidad puede ser mucho más útil que exigirnos un perdón que aún no estamos
dispuestos a aceptar.
Por eso,
cuando descubramos que llevamos días evitando algo, podemos utilizar tres
frases muy sencillas: “Lo que estoy evitando hacer es…”; “Si lo hago, temo
que…”; “El paso más pequeño que puedo dar hoy es…”. La primera identifica el
hecho, la segunda deja aparecer el miedo y la tercera devuelve nuestra atención
al presente. Quizá llevo una semana evitando enviar un correo porque temo
parecer incompetente; entonces puedo enviarlo sin pedirle que demuestre mi
capacidad. Quizá evito mirar mis cuentas porque temo sentir escasez; puedo
revisarlas sin pedir a los números que me digan quién soy. Quizá no pido perdón
porque temo perder mi posición; puedo reconocer que decir “me equivoqué” no
disminuye mi verdadera Identidad.
Puedo
acompañar esta práctica con una oración sencilla: “Espíritu Santo, muéstrame
qué estoy intentando evitar detrás de esta demora. No quiero atacarme ni
obligarme mediante el miedo. Ayúdame a reconocer si necesito actuar, esperar,
descansar, pedir ayuda o cambiar de dirección. Y cuando el siguiente paso sea
claro, ayúdame a darlo sin exigir saber de antemano cómo terminará todo. Quiero
utilizar este instante para la paz”.
Quizá la
verdadera transformación no consista en convertirnos en personas que nunca
procrastinan. Puede consistir en reconocer cada vez antes cuándo estamos
utilizando el tiempo para huir de una emoción, una decisión o un miedo, y dejar
de añadir culpa al proceso. Entonces la pregunta deja de ser: “¿Qué me pasa
para que siga posponiendo esto?” y se convierte en otra mucho más útil: “¿Qué
estoy intentando proteger ahora?”.
Y quizá
descubramos que detrás de aquello que llevamos días evitando no había una tarea
imposible.
Solo había un pequeño miedo esperando ser mirado sin juicio y un siguiente paso esperando ser dado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario