domingo, 11 de octubre de 2026

Las dudas de los estudiantes: ¿Qué estoy evitando realmente cuando dejo algo para después?

Vivencias cotidianas para trabajar la procrastinación desde Un Curso de Milagros.

Después de haber mirado la procrastinación como una posible expresión del miedo, la resistencia, el perfeccionismo o la necesidad de control, podemos dar un paso más y observar cómo aparece realmente en nuestra vida cotidiana. Normalmente no pensamos: “Estoy utilizando el tiempo como defensa”. Pensamos cosas mucho más sencillas: “Luego llamo”, “mañana lo hago”, “ahora no tengo la cabeza para esto”, “cuando esté más tranquilo hablaré con él”. Muchas veces esas decisiones son razonables, pero cuando pasan los días y seguimos evitando lo mismo, quizá convenga cambiar la pregunta. En lugar de decir: “¿Por qué no hago esto?”, podemos preguntarnos: “¿Qué experiencia interior estoy intentando evitar mientras no lo hago?”.

Imaginemos que tenemos que abrir una carta, consultar una cuenta bancaria, revisar un resultado o realizar una llamada que llevamos varios días posponiendo. La acción quizá requiera pocos minutos, pero cada vez que pensamos en ella aparece tensión y encontramos cualquier otra ocupación. Tal vez no estemos evitando la tarea, sino la emoción asociada a ella: miedo a recibir una mala noticia, a escuchar un no, a equivocarnos o a tener que tomar después una decisión. Mientras no miramos, conservamos durante un poco más de tiempo una falsa sensación de control. Desde UCDM no necesitamos obligarnos a sentirnos tranquilos antes de actuar. Podemos reconocer: “Tengo miedo de lo que creo que voy a encontrar” y pedir: “Espíritu Santo, ayúdame a hacer esto contigo. No quiero decidir de antemano que lo que encuentre tiene poder sobre mi paz”.

Algo parecido ocurre cuando posponemos una conversación. Sabemos que necesitamos hablar con nuestra pareja, un hijo, un amigo o alguien del trabajo, pero seguimos esperando “el momento adecuado”. A veces lo que realmente esperamos es una conversación cuyo resultado podamos controlar: queremos estar seguros de que el otro comprenderá, que no se enfadará, que reconocerá su parte o que nosotros sabremos expresarnos perfectamente. Como esas garantías no existen, aplazamos. Entonces puede ser útil preguntarnos: “¿Qué necesito que ocurra para sentirme seguro?”. Quizá descubramos que necesitamos tener razón, no ser rechazados o conservar determinada imagen de nosotros mismos. La práctica ya no consiste solamente en atrevernos a hablar, sino en decir: “Ayúdame a expresar lo que corresponda sin exigir que la respuesta del otro confirme mi valor ni mi interpretación”.

También podemos descubrir procrastinación en esas pequeñas tareas que se acumulan en casa: papeles pendientes, un cajón sin ordenar, una reparación, una cita que nunca pedimos. A veces miramos la tarea y no vemos simplemente algo pendiente; vemos una acusación: “Otra cosa que no has hecho”. Entonces el problema deja de ser el cajón y pasa a ser la identidad que asociamos con él. “Soy desorganizado”. “Nunca termino nada”. “Soy irresponsable”. Aquí el perdón puede ser muy práctico: hay una tarea pendiente, pero esa tarea no define quién soy. He retrasado algo no significa que yo sea incapaz. Puedo corregir un comportamiento sin convertirlo en una sentencia contra mí mismo.

Otra forma frecuente aparece cuando queremos crear algo. Llevamos tiempo pensando en escribir, publicar, comenzar un proyecto o desarrollar una idea, pero siempre falta algo: más información, otro retoque, una mejor preparación. Todo parece trabajo, pero nunca llega el momento de mostrar el resultado. Una pregunta reveladora puede ser: “¿Qué ocurriría si lo terminara hoy?”. Tal vez aparezca el miedo a la crítica, al fracaso o a descubrir que el resultado real no coincide con la obra perfecta que imaginábamos. Mientras algo permanece inacabado, todavía podemos fantasear con que será extraordinario. Terminar significa permitir que sea imperfecto. Desde UCDM puedo cambiar el propósito: no necesito crear para demostrar cuánto valgo; puedo crear para compartir. No necesito saber de antemano cómo será recibido. Solo necesito dar el siguiente paso sin convertir el resultado en una definición de mí mismo.

También procrastinamos nuestro propio cuidado. “Ya pediré la cita”. “La semana que viene descansaré”. “Cuando termine esta época, empezaré a cuidarme”. En estos casos conviene no espiritualizar lo que puede requerir simplemente una acción práctica. UCDM no nos pide abandonar el sentido común ni descuidar el cuerpo. Pero sí podemos preguntarnos por qué a veces nos resulta fácil cuidar de todos y tan difícil atender nuestras propias necesidades. Quizá hemos construido una identidad alrededor de ser fuertes, indispensables o autosuficientes. Entonces, pedir ayuda, descansar o reconocer una necesidad parece amenazar al personaje que hemos aprendido a representar. A veces, el siguiente paso no consiste en hacer más, sino en aceptar humildemente: “También yo necesito ayuda”.

La procrastinación aparece asimismo cuando debemos decidir. Analizamos posibilidades, consultamos a varias personas y volvemos una y otra vez sobre los mismos argumentos. Puede que necesitemos tiempo para decidir, pero también puede llegar un momento en que ya no buscamos claridad, sino una garantía de no equivocarnos. Queremos saber qué decisión no nos hará sufrir. Esa garantía no existe en el nivel de la forma. Podemos decidir con honestidad y descubrir después algo nuevo. La seguridad que propone el Curso no consiste en acertar siempre, sino en recordar que siempre podemos aceptar corrección y elegir de nuevo. No necesito encontrar la decisión perfecta; puedo dar el paso que parece más honesto ahora sin exigir que me asegure el futuro.

Incluso podemos procrastinar el perdón. “Algún día lo soltaré”. “Todavía necesito comprender por qué lo hizo”. “Cuando reconozca lo que me hizo, podré perdonar”. No se trata de obligarnos a sentir algo que todavía no sentimos. Pero puede ayudarnos a distinguir entre “todavía no puedo” y “todavía no quiero”. Quizá una parte de nosotros continúa obteniendo algo del resentimiento: una identidad, una justificación o una prueba de que el otro es culpable. En ese caso, podemos ser sinceros: “Espíritu Santo, todavía quiero conservar parte de esta acusación, pero estoy dispuesto a que me enseñes por qué”. Esa pequeña honestidad puede ser mucho más útil que exigirnos un perdón que aún no estamos dispuestos a aceptar.

Por eso, cuando descubramos que llevamos días evitando algo, podemos utilizar tres frases muy sencillas: “Lo que estoy evitando hacer es…”; “Si lo hago, temo que…”; “El paso más pequeño que puedo dar hoy es…”. La primera identifica el hecho, la segunda deja aparecer el miedo y la tercera devuelve nuestra atención al presente. Quizá llevo una semana evitando enviar un correo porque temo parecer incompetente; entonces puedo enviarlo sin pedirle que demuestre mi capacidad. Quizá evito mirar mis cuentas porque temo sentir escasez; puedo revisarlas sin pedir a los números que me digan quién soy. Quizá no pido perdón porque temo perder mi posición; puedo reconocer que decir “me equivoqué” no disminuye mi verdadera Identidad.

Puedo acompañar esta práctica con una oración sencilla: “Espíritu Santo, muéstrame qué estoy intentando evitar detrás de esta demora. No quiero atacarme ni obligarme mediante el miedo. Ayúdame a reconocer si necesito actuar, esperar, descansar, pedir ayuda o cambiar de dirección. Y cuando el siguiente paso sea claro, ayúdame a darlo sin exigir saber de antemano cómo terminará todo. Quiero utilizar este instante para la paz”.

Quizá la verdadera transformación no consista en convertirnos en personas que nunca procrastinan. Puede consistir en reconocer cada vez antes cuándo estamos utilizando el tiempo para huir de una emoción, una decisión o un miedo, y dejar de añadir culpa al proceso. Entonces la pregunta deja de ser: “¿Qué me pasa para que siga posponiendo esto?” y se convierte en otra mucho más útil: “¿Qué estoy intentando proteger ahora?”.

Y quizá descubramos que detrás de aquello que llevamos días evitando no había una tarea imposible.

Solo había un pequeño miedo esperando ser mirado sin juicio y un siguiente paso esperando ser dado.

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