Las dudas de los estudiantes.
¿Quién soy cuando dejo de contarme mi historia?
Esta pregunta
puede producir una sensación extraña, porque gran parte de lo que llamamos “yo”
está construido con recuerdos. Cuando alguien nos pregunta quiénes somos,
solemos responder contando una historia: dónde nacimos, qué nos ocurrió, quién
nos quiso, quién nos hirió, qué conseguimos, qué perdimos, cuáles fueron
nuestras dificultades y qué experiencias nos hicieron ser como creemos ser.
Parece natural pensar que somos el resultado de todo lo que nos ha sucedido.
Pero Un Curso de Milagros plantea una posibilidad mucho más radical: ¿y si mi
historia explicara al personaje que creo ser, pero no dijera absolutamente nada
acerca de lo que realmente soy?
Una cosa es
recordar acontecimientos del pasado y otra utilizarlos para fabricar una
identidad. Puedo decir: “Viví una separación”, “tuve una infancia difícil”, “me
rechazaron”, “cometí determinados errores” o “atravesé una enfermedad”. Esos
acontecimientos forman parte de mi experiencia temporal. El problema comienza
cuando añado: “Por eso soy así”. Entonces el pasado deja de ser simplemente
algo que recuerdo y empieza a dictarme quién puedo ser en el presente.
Esto significa
que mi historia personal no es neutral. De ella he extraído conclusiones: “Soy
el que fue abandonado”. “Soy la que tuvo que aprender a valerse sola”. “Soy
alguien desconfiado porque me engañaron”. “Siempre he sido inseguro”. “Nunca he
tenido suerte en las relaciones”. “Yo soy así”. Cada una de estas frases parece
describir un hecho, pero puede convertirse silenciosamente en una declaración
de identidad. Y cuanto más repito la historia, más real parece el personaje que
construí con ella.
El ego
necesita esa continuidad. Si quiero conservar una identidad separada, necesito
explicar cómo llegó a ser lo que es. Necesito un pasado que justifique mis
miedos actuales, mis defensas, mis resentimientos y mis expectativas futuras.
Entonces no experimento el presente tal como es; lo interpreto a través de
aquello que ya ocurrió. El Texto señala que consideramos “natural” utilizar
nuestras experiencias pasadas como referencia para juzgar el presente, pero lo
llama antinatural porque es ilusorio. Solo cuando dejamos de contemplar el
presente a través del pasado podemos aprender de lo que está ocurriendo ahora
(T-13.VI.2:1-4).
Esto puede
verse claramente en nuestras relaciones. Alguien tarda en responderme y mi
historia dice: “Ya está perdiendo interés”. Alguien me critica y aparece
inmediatamente el niño que creyó no ser suficientemente bueno. Una persona se
distancia y reacciono como si estuviera reviviendo todos los abandonos
anteriores. El acontecimiento presente puede ser pequeño, pero mi historia le
aporta décadas de significado. Entonces ya no estoy respondiendo únicamente a
esta persona o a esta situación. Estoy respondiendo al personaje que creo haber
sido durante toda mi vida.
Pero ¿qué
ocurriría si durante un instante dejara de consultar esa historia?
Quizá
aparecería una sensación de vacío. Si no soy mis heridas, mis logros, mis
errores, mis papeles, mis relaciones, mi edad, mi profesión, mi cuerpo ni todo
aquello que he ido acumulando para explicar quién soy, ¿qué queda? Precisamente
esta pregunta puede asustar al ego, porque su existencia depende de que nunca
lleguemos demasiado lejos al formularla. Prefiere que cambiemos nuestra
historia antes que descubrir que no somos ninguna historia.
Podemos
incluso fabricar una historia espiritualmente más agradable. Antes decía: “Soy
una víctima”; después digo: “Soy una persona que ha evolucionado mucho”. Antes
me definía por mis heridas; ahora puedo definirme por cuántas lecciones del
Curso he estudiado, cuánto he perdonado o cuántos años llevo recorriendo un
camino espiritual. La historia ha mejorado, pero sigo preguntando al pasado
quién soy.
UCDM ofrece
una respuesta completamente distinta: “Soy tal como Dios me creó”. La Lección
94 no dice “algún día llegaré a ser como Dios me creó”, sino que sigo siéndolo
ahora. Habla de un Ser que jamás pecó, que nunca fabricó una imagen para
reemplazar la realidad, que jamás abandonó su morada en Dios y que no conoce
realmente el miedo, la pérdida, el sufrimiento ni la muerte (L-94.1-3).
Aquí aparece
la diferencia fundamental entre mi historia y mi Identidad. Mi historia cambia
continuamente. Mi Ser no cambia. Mi historia contiene éxitos y fracasos,
encuentros y pérdidas, salud y enfermedad, aprobación y rechazo. Mi Ser
permanece tal como Dios lo creó. Mi historia ocurre en el tiempo. Mi Ser
pertenece a la eternidad.
Esto no
significa que tengamos que olvidar literalmente nuestro pasado o comportarnos
como si nada hubiera sucedido. El Curso no nos pide amnesia. Nos pide algo
mucho más profundo: dejar de otorgar al pasado autoridad para definir la verdad
acerca de nosotros. Puedo recordar un acontecimiento sin convertirlo en
identidad. Puedo reconocer: “Esto me ocurrió”, sin añadir: “Esto determina lo
que soy”.
El Texto
ofrece una imagen bellísima al decir que “renacer es abandonar el pasado y
contemplar el presente sin condenación”. Añade que el pasado es la nube que
oculta al Hijo de Dios de nuestra vista (T-13.VI.3:1-7). Renacer, entonces, no
significa fabricar una versión mejorada de mi personaje. Significa permitir que
durante un instante el personaje deje de ocupar toda la pantalla.
Quizá empiece
a descubrir cuánto utilizo mi historia para justificar comportamientos que ya
no quiero. “Reacciono así porque siempre he sido muy sensible”. “Me cuesta
confiar porque me hicieron daño”. “Necesito controlarlo todo porque he pasado
por muchas dificultades”. Puede haber una explicación psicológica válida en
cada frase, pero el Curso me invita a preguntar algo diferente: ¿quiero
comprender el origen de mi patrón para poder entregarlo, o estoy utilizando su
origen para asegurarme de conservarlo?
El ego
convierte la explicación en condena: “Como ocurrió esto, ahora inevitablemente
soy así”. El Espíritu Santo puede utilizar la misma historia de otra manera:
“Esto es lo que has creído hasta ahora. ¿Quieres elegir de nuevo?”. Uno utiliza
el pasado para fijar mi identidad; el Otro lo utiliza como aula para liberarme
de ella.
Por eso dejar
de contarme mi historia no significa despreciar todo lo vivido. Puede
significar dejar de repetirla compulsivamente para convencerme de quién soy.
Puedo agradecer aquello que aprendí sin necesitar seguir siendo el personaje
que lo aprendió. Puedo honrar las heridas sin convertirlas en un altar. Puedo
reconocer mis errores sin hacer de ellos una definición. Puedo incluso recordar
momentos felices sin exigir que regresen para sentir que mi vida tiene sentido.
Entonces el
presente comienza a adquirir una cualidad diferente. Ya no tengo que
preguntarme constantemente: “¿Qué habría hecho el antiguo yo?”. “¿Qué significa
esto según lo que me pasó?”. Puedo preguntar: “¿Cómo puedo contemplar esto
ahora?”. El Curso dice que la verdad se encuentra únicamente en el presente y
que el milagro puede interponerse entre pasado y futuro para permitirnos
renacer (T-13.VI.4:1-8; 5:1-4).
Aquí aparece
una libertad enorme. Si no tengo que continuar siendo quien fui ayer, una
reacción antigua no es una obligación. Si siempre me defendí, hoy puedo
escuchar. Si durante años guardé resentimiento, hoy puedo cuestionarlo. Si me
consideré insuficiente toda mi vida, este instante puede ser el primero en el
que no consulte esa creencia para saber mi valor.
Y quizá la
mayor resistencia sea esta: mi historia me resulta conocida. Aunque me haga
sufrir, me proporciona una sensación de continuidad. Sé quién soy dentro de
ella. Sé quiénes son los culpables, cuáles son mis heridas y qué puedo esperar
del mundo. Soltarla significa entrar durante un instante en un lugar en el que
el ego no dispone de explicación. Por eso puede sentirse como perder identidad
cuando, desde la perspectiva del Curso, estoy empezando a acercarme a ella.
La Lección 94
nos invita precisamente a buscar dentro de nosotros al Ser que permanece
intacto y afirma: “Soy Su Hijo eternamente”. Ese Ser no necesita una biografía
para existir. La historia pertenece al personaje. La eternidad pertenece al
Ser.
Cuando
descubra que estoy relatándome otra vez quién soy a partir de mi pasado, puedo
preguntarme: “¿Estoy recordando un acontecimiento o utilizándolo para
definirme?”. “¿Qué identidad estoy intentando conservar mediante esta
historia?”. “¿Quién sería en este instante si no necesitara explicar por qué
soy como soy?”. “¿Podría permitir que el Espíritu Santo me diga quién soy antes
de volver a preguntárselo al pasado?”.
Puedo comenzar
con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he utilizado mi historia para
decirme quién soy. He convertido acontecimientos, heridas, logros y errores en
una identidad que intento mantener viva repitiéndola. No necesito negar lo que
viví, pero ya no quiero pedirle al pasado que defina mi Ser. Ayúdame a
contemplar mi historia sin quedar aprisionado en ella. Muéstrame quién soy más
allá de todo lo que creo que me ocurrió y ayúdame a recordar que sigo siendo
tal como Dios me creó”.
Entonces quizá
descubra algo inesperado: no desaparezco cuando dejo de contarme mi historia.
Desaparece, aunque solo sea por un instante, la necesidad de mantener al
personaje continuamente explicado y defendido.
Quizá la
verdadera pregunta no sea: “¿Quién soy cuando dejo de contarme mi historia?”,
sino: “¿Quién permanece cuando ya no necesito contar ninguna historia para
existir?”.
Y cuando guardo silencio el tiempo suficiente para no responder desde el pasado, comienzo a comprender que aquello que verdaderamente soy no necesita ser narrado. Solo necesita ser recordado.

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