sábado, 10 de octubre de 2026

¿Quién soy cuando dejo de contarme mi historia?

Las dudas de los estudiantes.

¿Quién soy cuando dejo de contarme mi historia?

Esta pregunta puede producir una sensación extraña, porque gran parte de lo que llamamos “yo” está construido con recuerdos. Cuando alguien nos pregunta quiénes somos, solemos responder contando una historia: dónde nacimos, qué nos ocurrió, quién nos quiso, quién nos hirió, qué conseguimos, qué perdimos, cuáles fueron nuestras dificultades y qué experiencias nos hicieron ser como creemos ser. Parece natural pensar que somos el resultado de todo lo que nos ha sucedido. Pero Un Curso de Milagros plantea una posibilidad mucho más radical: ¿y si mi historia explicara al personaje que creo ser, pero no dijera absolutamente nada acerca de lo que realmente soy?

Una cosa es recordar acontecimientos del pasado y otra utilizarlos para fabricar una identidad. Puedo decir: “Viví una separación”, “tuve una infancia difícil”, “me rechazaron”, “cometí determinados errores” o “atravesé una enfermedad”. Esos acontecimientos forman parte de mi experiencia temporal. El problema comienza cuando añado: “Por eso soy así”. Entonces el pasado deja de ser simplemente algo que recuerdo y empieza a dictarme quién puedo ser en el presente.

El Curso dedica una sección especialmente importante a esta cuestión: “El concepto del yo frente al verdadero Ser”. Allí explica que las enseñanzas del mundo tienen como propósito que cada persona fabrique un concepto de sí misma a medida que crece. Ese concepto parece adaptarse perfectamente al mundo, pero el Curso dice que no guarda semejanza alguna con lo que realmente somos: es una imagen construida para ocupar el lugar de nuestra realidad como Hijo de Dios (T-31.V.1:1-7; 2:1-3).

Esto significa que mi historia personal no es neutral. De ella he extraído conclusiones: “Soy el que fue abandonado”. “Soy la que tuvo que aprender a valerse sola”. “Soy alguien desconfiado porque me engañaron”. “Siempre he sido inseguro”. “Nunca he tenido suerte en las relaciones”. “Yo soy así”. Cada una de estas frases parece describir un hecho, pero puede convertirse silenciosamente en una declaración de identidad. Y cuanto más repito la historia, más real parece el personaje que construí con ella.

El ego necesita esa continuidad. Si quiero conservar una identidad separada, necesito explicar cómo llegó a ser lo que es. Necesito un pasado que justifique mis miedos actuales, mis defensas, mis resentimientos y mis expectativas futuras. Entonces no experimento el presente tal como es; lo interpreto a través de aquello que ya ocurrió. El Texto señala que consideramos “natural” utilizar nuestras experiencias pasadas como referencia para juzgar el presente, pero lo llama antinatural porque es ilusorio. Solo cuando dejamos de contemplar el presente a través del pasado podemos aprender de lo que está ocurriendo ahora (T-13.VI.2:1-4).

Esto puede verse claramente en nuestras relaciones. Alguien tarda en responderme y mi historia dice: “Ya está perdiendo interés”. Alguien me critica y aparece inmediatamente el niño que creyó no ser suficientemente bueno. Una persona se distancia y reacciono como si estuviera reviviendo todos los abandonos anteriores. El acontecimiento presente puede ser pequeño, pero mi historia le aporta décadas de significado. Entonces ya no estoy respondiendo únicamente a esta persona o a esta situación. Estoy respondiendo al personaje que creo haber sido durante toda mi vida.

Pero ¿qué ocurriría si durante un instante dejara de consultar esa historia?

Quizá aparecería una sensación de vacío. Si no soy mis heridas, mis logros, mis errores, mis papeles, mis relaciones, mi edad, mi profesión, mi cuerpo ni todo aquello que he ido acumulando para explicar quién soy, ¿qué queda? Precisamente esta pregunta puede asustar al ego, porque su existencia depende de que nunca lleguemos demasiado lejos al formularla. Prefiere que cambiemos nuestra historia antes que descubrir que no somos ninguna historia.

Podemos incluso fabricar una historia espiritualmente más agradable. Antes decía: “Soy una víctima”; después digo: “Soy una persona que ha evolucionado mucho”. Antes me definía por mis heridas; ahora puedo definirme por cuántas lecciones del Curso he estudiado, cuánto he perdonado o cuántos años llevo recorriendo un camino espiritual. La historia ha mejorado, pero sigo preguntando al pasado quién soy.

UCDM ofrece una respuesta completamente distinta: “Soy tal como Dios me creó”. La Lección 94 no dice “algún día llegaré a ser como Dios me creó”, sino que sigo siéndolo ahora. Habla de un Ser que jamás pecó, que nunca fabricó una imagen para reemplazar la realidad, que jamás abandonó su morada en Dios y que no conoce realmente el miedo, la pérdida, el sufrimiento ni la muerte (L-94.1-3).

Aquí aparece la diferencia fundamental entre mi historia y mi Identidad. Mi historia cambia continuamente. Mi Ser no cambia. Mi historia contiene éxitos y fracasos, encuentros y pérdidas, salud y enfermedad, aprobación y rechazo. Mi Ser permanece tal como Dios lo creó. Mi historia ocurre en el tiempo. Mi Ser pertenece a la eternidad.

Esto no significa que tengamos que olvidar literalmente nuestro pasado o comportarnos como si nada hubiera sucedido. El Curso no nos pide amnesia. Nos pide algo mucho más profundo: dejar de otorgar al pasado autoridad para definir la verdad acerca de nosotros. Puedo recordar un acontecimiento sin convertirlo en identidad. Puedo reconocer: “Esto me ocurrió”, sin añadir: “Esto determina lo que soy”.

El Texto ofrece una imagen bellísima al decir que “renacer es abandonar el pasado y contemplar el presente sin condenación”. Añade que el pasado es la nube que oculta al Hijo de Dios de nuestra vista (T-13.VI.3:1-7). Renacer, entonces, no significa fabricar una versión mejorada de mi personaje. Significa permitir que durante un instante el personaje deje de ocupar toda la pantalla.

Quizá empiece a descubrir cuánto utilizo mi historia para justificar comportamientos que ya no quiero. “Reacciono así porque siempre he sido muy sensible”. “Me cuesta confiar porque me hicieron daño”. “Necesito controlarlo todo porque he pasado por muchas dificultades”. Puede haber una explicación psicológica válida en cada frase, pero el Curso me invita a preguntar algo diferente: ¿quiero comprender el origen de mi patrón para poder entregarlo, o estoy utilizando su origen para asegurarme de conservarlo?

El ego convierte la explicación en condena: “Como ocurrió esto, ahora inevitablemente soy así”. El Espíritu Santo puede utilizar la misma historia de otra manera: “Esto es lo que has creído hasta ahora. ¿Quieres elegir de nuevo?”. Uno utiliza el pasado para fijar mi identidad; el Otro lo utiliza como aula para liberarme de ella.

Por eso dejar de contarme mi historia no significa despreciar todo lo vivido. Puede significar dejar de repetirla compulsivamente para convencerme de quién soy. Puedo agradecer aquello que aprendí sin necesitar seguir siendo el personaje que lo aprendió. Puedo honrar las heridas sin convertirlas en un altar. Puedo reconocer mis errores sin hacer de ellos una definición. Puedo incluso recordar momentos felices sin exigir que regresen para sentir que mi vida tiene sentido.

Entonces el presente comienza a adquirir una cualidad diferente. Ya no tengo que preguntarme constantemente: “¿Qué habría hecho el antiguo yo?”. “¿Qué significa esto según lo que me pasó?”. Puedo preguntar: “¿Cómo puedo contemplar esto ahora?”. El Curso dice que la verdad se encuentra únicamente en el presente y que el milagro puede interponerse entre pasado y futuro para permitirnos renacer (T-13.VI.4:1-8; 5:1-4).

Aquí aparece una libertad enorme. Si no tengo que continuar siendo quien fui ayer, una reacción antigua no es una obligación. Si siempre me defendí, hoy puedo escuchar. Si durante años guardé resentimiento, hoy puedo cuestionarlo. Si me consideré insuficiente toda mi vida, este instante puede ser el primero en el que no consulte esa creencia para saber mi valor.

Y quizá la mayor resistencia sea esta: mi historia me resulta conocida. Aunque me haga sufrir, me proporciona una sensación de continuidad. Sé quién soy dentro de ella. Sé quiénes son los culpables, cuáles son mis heridas y qué puedo esperar del mundo. Soltarla significa entrar durante un instante en un lugar en el que el ego no dispone de explicación. Por eso puede sentirse como perder identidad cuando, desde la perspectiva del Curso, estoy empezando a acercarme a ella.

La Lección 94 nos invita precisamente a buscar dentro de nosotros al Ser que permanece intacto y afirma: “Soy Su Hijo eternamente”. Ese Ser no necesita una biografía para existir. La historia pertenece al personaje. La eternidad pertenece al Ser.

Cuando descubra que estoy relatándome otra vez quién soy a partir de mi pasado, puedo preguntarme: “¿Estoy recordando un acontecimiento o utilizándolo para definirme?”. “¿Qué identidad estoy intentando conservar mediante esta historia?”. “¿Quién sería en este instante si no necesitara explicar por qué soy como soy?”. “¿Podría permitir que el Espíritu Santo me diga quién soy antes de volver a preguntárselo al pasado?”.

Puedo comenzar con una oración sencilla: “Espíritu Santo, he utilizado mi historia para decirme quién soy. He convertido acontecimientos, heridas, logros y errores en una identidad que intento mantener viva repitiéndola. No necesito negar lo que viví, pero ya no quiero pedirle al pasado que defina mi Ser. Ayúdame a contemplar mi historia sin quedar aprisionado en ella. Muéstrame quién soy más allá de todo lo que creo que me ocurrió y ayúdame a recordar que sigo siendo tal como Dios me creó”.

Entonces quizá descubra algo inesperado: no desaparezco cuando dejo de contarme mi historia. Desaparece, aunque solo sea por un instante, la necesidad de mantener al personaje continuamente explicado y defendido.

Quizá la verdadera pregunta no sea: “¿Quién soy cuando dejo de contarme mi historia?”, sino: “¿Quién permanece cuando ya no necesito contar ninguna historia para existir?”.

Y cuando guardo silencio el tiempo suficiente para no responder desde el pasado, comienzo a comprender que aquello que verdaderamente soy no necesita ser narrado. Solo necesita ser recordado.

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