LAS DUDAS DE LOS ESTUDIANTES
¿Por qué sigo imaginando que algo malo puede ocurrir
si sé que nada real puede ser amenazado?
Una
estudiante nos ha hecho llegar, de forma anónima, una pregunta que
probablemente muchas personas que llevan tiempo estudiando Un Curso de Milagros
se han formulado alguna vez. Nos cuenta que comprende intelectualmente que «nada real puede ser
amenazado», pero que, a pesar de ello, su mente sigue
imaginando accidentes, tragedias o situaciones dolorosas cuando conduce, viaja
en avión o se encuentra ante determinadas circunstancias. Y junto al miedo
aparece otra pregunta: «Después de tantos años estudiando y practicando el Curso, ¿por qué
sigo pensando así? ¿Cuándo voy a dejar de hacerlo?»
El problema
se complica cuando añadimos una segunda capa al miedo. Primero aparece el
pensamiento: «¿Y
si ocurre algo terrible?». Después añadimos otro: «No debería estar pensando
esto. Después de tantos años estudiando UCDM, tendría que haber superado ya
este miedo». Entonces ya no estamos solamente sintiendo miedo;
también nos estamos juzgando por sentirlo. Y quizá la práctica no consista en
preguntarnos inmediatamente cómo eliminar esos pensamientos, sino en aprender a
observarlos sin convertirlos en una prueba contra nosotros mismos: «¿Puedo mirar este pensamiento
sin creer que dice la verdad acerca de mí?»
Una imagen
mental no es una profecía. Pensar en un accidente no significa que vaya a
producirse y sentir miedo no demuestra que exista una amenaza real en ese
instante. Sobre todo, tener miedo no significa que hayamos dejado de ser aquello que
realmente somos. Imaginemos que vamos conduciendo y aparece una
imagen: «¿Y si ese coche invade mi carril?». En pocos segundos la mente puede
construir toda una historia y el cuerpo comienza a reaccionar como si aquello
estuviera sucediendo. Podemos tomar esa reacción como prueba de peligro o
reconocer algo mucho más sencillo: «Mi mente está imaginando una posibilidad y mi cuerpo está
reaccionando ante esa imagen como si fuera presente». Ese
reconocimiento ya introduce un espacio entre nosotros y el pensamiento.
Esto no
significa negar las precauciones normales de la vida. Ponernos el cinturón,
conducir atentos, respetar las normas de tráfico, seguir las indicaciones de
seguridad en un avión o cuidar responsablemente el cuerpo no contradice ninguna
práctica espiritual. La cuestión no consiste en comportarnos como si el cuerpo
fuera invulnerable, sino en no confundir el cuidado práctico con el miedo psicológico
que convierte una posibilidad en una amenaza permanente. En el
nivel cotidiano hacemos lo necesario para cuidar el cuerpo; en el nivel de la
identidad podemos recordar que nuestro Ser no queda definido por aquello que
pueda ocurrirle al cuerpo. Pensar que para confiar verdaderamente en UCDM
deberíamos dejar de experimentar cualquier reacción humana de miedo convertiría
el camino espiritual en otra exigencia del ego.
Por eso,
cuando aparezca una imagen de tragedia, podemos practicar algo muy sencillo: «Estoy viendo miedo. No
necesito combatirlo. No necesito demostrar que ya lo he superado. Puedo
entregarlo y permitir otra interpretación». Tal vez el
pensamiento vuelva a aparecer. Eso tampoco significa que no esté ocurriendo
ningún cambio. A veces imaginamos que la curación debería manifestarse mediante
la desaparición inmediata del miedo, cuando también puede manifestarse de una
forma mucho más discreta: antes el pensamiento nos arrastraba durante veinte
minutos y ahora durante cinco; antes construíamos toda una tragedia y ahora
reconocemos antes lo que está ocurriendo; quizá un día aparezca la misma imagen
y podamos decir simplemente: «Ahí está otra vez esa historia», sin
seguirla. Eso también es aprendizaje.
La pregunta «¿cuándo voy a dejar de
hacerlo?» contiene además una pequeña trampa: nos coloca en el
futuro. Imaginamos un momento en el que finalmente seremos estudiantes
perfectos, sin miedo, resistencia ni pensamientos perturbadores. Pero la
práctica solamente puede realizarse ahora. No necesitamos garantizar que mañana
no tendremos miedo; necesitamos aprender qué hacer cuando el miedo aparezca hoy.
Podemos preguntarnos: «¿Qué estoy creyendo en este momento?». Tal vez
descubramos creencias como: «Mi seguridad depende de que nada malo ocurra»,
«necesito controlar lo que puede suceder», «si imagino todos los peligros, quizá
pueda protegerme» o «no podría soportar determinadas pérdidas». Cuando
reconocemos la creencia que está detrás del miedo, ya estamos empezando a
separarnos de ella.
Podemos
añadir entonces: «No
sé cómo mirar esto correctamente. Estoy dispuesto a aprender otra manera».
Esa disposición puede ser mucho más útil que intentar obligarnos a dejar de
pensar, porque luchar contra un pensamiento suele concederle todavía más
importancia. Si repetimos «no debo pensar en accidentes», una parte de nuestra
mente permanecerá vigilando continuamente para comprobar si seguimos pensando
en accidentes. En cambio, podemos reconocer: «Este pensamiento ha aparecido. No tengo que
seguirlo». Y volver al presente: ahora estoy aquí, ahora estoy
respirando, ahora estoy conduciendo, ahora no está ocurriendo la tragedia que
mi mente está imaginando. Desde ese presente podemos elegir de nuevo.
Quizá la
práctica más profunda no consista en conseguir que jamás vuelva a aparecer una
imagen de miedo, sino en descubrir que ninguna imagen mental puede cambiar lo que realmente somos.
Entonces empezamos a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos. Ya
no necesitamos obedecerlos, avergonzarnos de ellos ni utilizarlos para medir
nuestro progreso espiritual. Podemos reconocerlos, entregarlos y permitir que
nuestra percepción vuelva a ser corregida.
Comprender que nada real puede ser amenazado no significa
que nunca vuelva a aparecer el miedo. Significa que, cuando aparezca, puedo
recordar que el miedo no tiene autoridad para decidir la verdad acerca de mí. Quizá entonces la pregunta vaya dejando de ser
«¿cuándo voy a dejar de tener miedo?» y empiece a convertirse en otra mucho más
útil: «Cuando el
miedo aparezca, ¿a quién voy a pedirle que me enseñe a mirarlo?»
Hoy no necesito demostrar que ya he superado mis miedos. Puedo reconocerlos sin condenarme, observar qué creencia los sostiene y entregarlos una vez más. No necesito eliminar primero todos mis pensamientos de miedo para recordar la verdad; puedo utilizar precisamente esos pensamientos como oportunidades para elegir otra manera de mirar.

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