sábado, 17 de octubre de 2026

¿Por qué sigo imaginando que algo malo puede ocurrir si sé que nada real puede ser amenazado?

LAS DUDAS DE LOS ESTUDIANTES

¿Por qué sigo imaginando que algo malo puede ocurrir si sé que nada real puede ser amenazado?

Una estudiante nos ha hecho llegar, de forma anónima, una pregunta que probablemente muchas personas que llevan tiempo estudiando Un Curso de Milagros se han formulado alguna vez. Nos cuenta que comprende intelectualmente que «nada real puede ser amenazado», pero que, a pesar de ello, su mente sigue imaginando accidentes, tragedias o situaciones dolorosas cuando conduce, viaja en avión o se encuentra ante determinadas circunstancias. Y junto al miedo aparece otra pregunta: «Después de tantos años estudiando y practicando el Curso, ¿por qué sigo pensando así? ¿Cuándo voy a dejar de hacerlo?»

La primera respuesta quizá sea la más importante: comprender una enseñanza no significa haber deshecho completamente la creencia que la contradice. Podemos comprender intelectualmente que nuestra verdadera seguridad no depende del cuerpo y, al mismo tiempo, seguir reaccionando desde una mente que todavía identifica peligro con pérdida corporal. Podemos saber que somos algo más que nuestra historia personal y continuar sintiendo miedo cuando imaginamos que algo puede ocurrirnos a nosotros o a alguien que amamos. Eso no significa que el aprendizaje haya fracasado. Significa que todavía hay una parte de nuestra percepción que necesita ser mirada y corregida.

El problema se complica cuando añadimos una segunda capa al miedo. Primero aparece el pensamiento: «¿Y si ocurre algo terrible?». Después añadimos otro: «No debería estar pensando esto. Después de tantos años estudiando UCDM, tendría que haber superado ya este miedo». Entonces ya no estamos solamente sintiendo miedo; también nos estamos juzgando por sentirlo. Y quizá la práctica no consista en preguntarnos inmediatamente cómo eliminar esos pensamientos, sino en aprender a observarlos sin convertirlos en una prueba contra nosotros mismos: «¿Puedo mirar este pensamiento sin creer que dice la verdad acerca de mí?»

Una imagen mental no es una profecía. Pensar en un accidente no significa que vaya a producirse y sentir miedo no demuestra que exista una amenaza real en ese instante. Sobre todo, tener miedo no significa que hayamos dejado de ser aquello que realmente somos. Imaginemos que vamos conduciendo y aparece una imagen: «¿Y si ese coche invade mi carril?». En pocos segundos la mente puede construir toda una historia y el cuerpo comienza a reaccionar como si aquello estuviera sucediendo. Podemos tomar esa reacción como prueba de peligro o reconocer algo mucho más sencillo: «Mi mente está imaginando una posibilidad y mi cuerpo está reaccionando ante esa imagen como si fuera presente». Ese reconocimiento ya introduce un espacio entre nosotros y el pensamiento.

Esto no significa negar las precauciones normales de la vida. Ponernos el cinturón, conducir atentos, respetar las normas de tráfico, seguir las indicaciones de seguridad en un avión o cuidar responsablemente el cuerpo no contradice ninguna práctica espiritual. La cuestión no consiste en comportarnos como si el cuerpo fuera invulnerable, sino en no confundir el cuidado práctico con el miedo psicológico que convierte una posibilidad en una amenaza permanente. En el nivel cotidiano hacemos lo necesario para cuidar el cuerpo; en el nivel de la identidad podemos recordar que nuestro Ser no queda definido por aquello que pueda ocurrirle al cuerpo. Pensar que para confiar verdaderamente en UCDM deberíamos dejar de experimentar cualquier reacción humana de miedo convertiría el camino espiritual en otra exigencia del ego.

Por eso, cuando aparezca una imagen de tragedia, podemos practicar algo muy sencillo: «Estoy viendo miedo. No necesito combatirlo. No necesito demostrar que ya lo he superado. Puedo entregarlo y permitir otra interpretación». Tal vez el pensamiento vuelva a aparecer. Eso tampoco significa que no esté ocurriendo ningún cambio. A veces imaginamos que la curación debería manifestarse mediante la desaparición inmediata del miedo, cuando también puede manifestarse de una forma mucho más discreta: antes el pensamiento nos arrastraba durante veinte minutos y ahora durante cinco; antes construíamos toda una tragedia y ahora reconocemos antes lo que está ocurriendo; quizá un día aparezca la misma imagen y podamos decir simplemente: «Ahí está otra vez esa historia», sin seguirla. Eso también es aprendizaje.

La pregunta «¿cuándo voy a dejar de hacerlo?» contiene además una pequeña trampa: nos coloca en el futuro. Imaginamos un momento en el que finalmente seremos estudiantes perfectos, sin miedo, resistencia ni pensamientos perturbadores. Pero la práctica solamente puede realizarse ahora. No necesitamos garantizar que mañana no tendremos miedo; necesitamos aprender qué hacer cuando el miedo aparezca hoy. Podemos preguntarnos: «¿Qué estoy creyendo en este momento?». Tal vez descubramos creencias como: «Mi seguridad depende de que nada malo ocurra», «necesito controlar lo que puede suceder», «si imagino todos los peligros, quizá pueda protegerme» o «no podría soportar determinadas pérdidas». Cuando reconocemos la creencia que está detrás del miedo, ya estamos empezando a separarnos de ella.

Podemos añadir entonces: «No sé cómo mirar esto correctamente. Estoy dispuesto a aprender otra manera». Esa disposición puede ser mucho más útil que intentar obligarnos a dejar de pensar, porque luchar contra un pensamiento suele concederle todavía más importancia. Si repetimos «no debo pensar en accidentes», una parte de nuestra mente permanecerá vigilando continuamente para comprobar si seguimos pensando en accidentes. En cambio, podemos reconocer: «Este pensamiento ha aparecido. No tengo que seguirlo». Y volver al presente: ahora estoy aquí, ahora estoy respirando, ahora estoy conduciendo, ahora no está ocurriendo la tragedia que mi mente está imaginando. Desde ese presente podemos elegir de nuevo.

Quizá la práctica más profunda no consista en conseguir que jamás vuelva a aparecer una imagen de miedo, sino en descubrir que ninguna imagen mental puede cambiar lo que realmente somos. Entonces empezamos a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos. Ya no necesitamos obedecerlos, avergonzarnos de ellos ni utilizarlos para medir nuestro progreso espiritual. Podemos reconocerlos, entregarlos y permitir que nuestra percepción vuelva a ser corregida.

Comprender que nada real puede ser amenazado no significa que nunca vuelva a aparecer el miedo. Significa que, cuando aparezca, puedo recordar que el miedo no tiene autoridad para decidir la verdad acerca de mí. Quizá entonces la pregunta vaya dejando de ser «¿cuándo voy a dejar de tener miedo?» y empiece a convertirse en otra mucho más útil: «Cuando el miedo aparezca, ¿a quién voy a pedirle que me enseñe a mirarlo?»

Hoy no necesito demostrar que ya he superado mis miedos. Puedo reconocerlos sin condenarme, observar qué creencia los sostiene y entregarlos una vez más. No necesito eliminar primero todos mis pensamientos de miedo para recordar la verdad; puedo utilizar precisamente esos pensamientos como oportunidades para elegir otra manera de mirar. 

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