Las dudas de los estudiantes
Quizá convenga empezar reconociendo algo: cuestionar UCDM no es necesariamente rechazarlo. Podemos llevar años estudiándolo y encontrarnos todavía con afirmaciones que nos resultan difíciles, incómodas, contradictorias o incluso imposibles de aceptar. Podemos preguntarnos si estamos comprendiendo correctamente lo que dice, si determinada enseñanza puede llevarse realmente a la vida cotidiana o si estamos utilizando una interpretación espiritual para negar experiencias humanas que necesitan ser atendidas.
Esto cambia
mucho las cosas. UCDM no comienza exigiéndonos: «Créeme». Nos invita:
«Practica y observa».
Pero tampoco
significa que cualquier cuestionamiento sea necesariamente una búsqueda abierta
de comprensión. Podemos utilizar una pregunta para aprender o podemos
utilizarla para defender una conclusión a la que ya hemos llegado. Y esto vale
tanto para quien cuestiona el Curso como para quien lo defiende.
Podemos preguntar: «No comprendo esto. Ayúdame a verlo». O podemos preguntar aparentemente lo mismo pensando interiormente: «Voy a demostrar que esto no tiene sentido».
Y también podemos responder desde dos lugares muy diferentes: «Vamos a mirar juntos qué enseña realmente el Curso». O: «Tengo que demostrarte que el Curso tiene razón».
Exteriormente,
puede parecer una discusión doctrinal. Interiormente, sin embargo, pueden estar
funcionando dos egos intentando vencer.
Ahí aparece
quizá una de las preguntas más útiles de esta sesión: ¿Estoy buscando
comprender o estoy buscando tener razón?
Y la pregunta
no es solamente para quien cuestiona UCDM. También es para quien lo enseña, lo
explica o siente la necesidad de defenderlo.
¿Puede el estudiante cuestionar el Curso?
Por supuesto
que puede. De hecho, sería extraño estudiar seriamente una enseñanza tan
radical sin atravesar momentos de cuestionamiento.
UCDM pone en
duda algunas de nuestras convicciones más profundas: nuestra interpretación del
mundo, nuestra identificación con el cuerpo, nuestra comprensión del pecado y
la culpa, nuestra idea del perdón, nuestra percepción de la muerte y,
finalmente, la realidad misma de la separación.
Es
comprensible que una mente acostumbrada a pensar de una determinada manera
diga: «Un momento. ¿Qué significa realmente esto?»
El problema no está en formular la pregunta. El problema puede aparecer cuando decidimos de antemano qué respuesta estamos dispuestos a aceptar.
Y también
cuando los estudiantes de UCDM utilizamos una explicación demasiado fácil para
protegernos: «Si cuestionas el Curso es porque habla tu ego».
Hay que tener
cuidado con esto. Convertir cualquier desacuerdo en «resistencia del ego» puede
transformarse en una manera muy cómoda de no escuchar ninguna objeción. Sería
un razonamiento circular: si aceptas el Curso, demuestras que el Curso tiene
razón; si lo cuestionas, también demuestras que tiene razón porque estás
resistiéndote.
Esa
utilización del Curso no favorece una verdadera comprensión. Podemos reconocer
que el ego se resiste a perder su sistema de pensamiento sin utilizar esa
idea para descalificar a la persona que pregunta.
Algunas preguntas realmente difíciles.
Tomemos
algunas enseñanzas que suelen producir resistencia.
Si UCDM dice
que el mundo que percibimos procede de una mente separada, alguien puede
preguntar: «Entonces, ¿el sufrimiento de una persona no importa porque el
mundo es una ilusión?»
No. Esa sería
precisamente una confusión peligrosa. Reconocer el carácter ilusorio del mundo
en la metafísica del Curso no significa utilizar esa metafísica para responder
con indiferencia al dolor que experimentamos dentro de él. Mientras nos
percibamos como cuerpos, actuaremos responsablemente en el nivel corporal:
ayudaremos, cuidaremos, denunciaremos una agresión cuando corresponda y
estableceremos límites.
Otra persona
puede preguntar: «Si perdonar significa reconocer que el pecado no es real,
¿tengo que permitir que alguien siga haciéndome daño?»
Tampoco.
Perdonar no exige permanecer en una relación destructiva ni renunciar a
decisiones prácticas. Podemos abandonar una situación y, al mismo tiempo,
trabajar interiormente para no convertir al otro en la identidad culpable que
nuestra mente ha construido sobre él.
Podemos
preguntar: «Si el cuerpo no es mi verdadera identidad, ¿para qué voy a
cuidarlo?»
Porque
mientras lo experimentemos como nuestro medio de comunicación dentro de este
mundo, podemos atenderlo responsablemente sin convertir su estado en la
definición de quienes somos.
O quizá
aparezca una de las cuestiones metafísicas más desconcertantes: «Si la
separación nunca ocurrió realmente, ¿por qué necesitamos corregirla?»
Porque una
experiencia puede ser falsa y, sin embargo, parecer absolutamente real para la
mente que la está experimentando. Quien sueña una pesadilla no necesita
convertir el sueño en realidad para necesitar despertar de él. La corrección se
dirige a la creencia, no a convertir el error en un hecho.
Estas
preguntas no debilitan necesariamente el estudio de UCDM. Pueden obligarnos
a comprenderlo mejor.
¿Y qué ocurre cuando simplemente me resisto?
La resistencia no siempre adopta la forma de una objeción intelectual. A veces abrimos el libro y sentimos sueño. Posponemos durante días una lección. Encontramos fascinante hablar de metafísica, pero evitamos aplicar el perdón precisamente con la persona que más nos irrita. Pasamos horas debatiendo si una palabra significa exactamente esto o aquello mientras evitamos observar el juicio que tenemos ahora mismo en la mente.
También podemos convertir el estudio en una forma de perfeccionismo: «Si todavía siento ira, no estoy entendiendo el Curso». O de superioridad: «Quien no interpreta UCDM como yo todavía no lo ha comprendido».
La resistencia
puede esconderse incluso detrás de una gran familiaridad con el lenguaje
espiritual.
Pero
nuevamente conviene no convertir esto en acusación. No todo desacuerdo es
resistencia y no toda resistencia adopta la forma de desacuerdo.
La pregunta
útil vuelve a ser: ¿Qué está produciendo esto en mi mente?
UCDM no necesita que lo defendamos.
Aquí podemos
descubrir algo particularmente incómodo.
Cuando alguien
cuestiona una enseñanza que se ha vuelto muy importante para nosotros, podemos
sentir que está cuestionándonos personalmente. Entonces aparece el deseo de
corregirlo, convencerlo, silenciarlo o demostrar que nosotros entendemos mejor.
En ese instante, el aula ya no está en la pregunta del otro. El aula está en nuestra reacción.
Incluso si
alguien formulara una pregunta con intención de provocar, podríamos utilizarla
para observar qué provoca en nosotros. ¿Irritación? ¿Necesidad de defender el
Curso? ¿Deseo de demostrar que el otro está equivocado? ¿Miedo a que su
pregunta haga dudar a los demás?
Entonces, la
persona que parecía estar poniendo en dificultades nuestra enseñanza puede
convertirse, sin saberlo, en nuestro maestro de ese instante.
Porque UCDM
no necesita que lo protejamos mediante el ataque. Si una pregunta es
sincera, podemos intentar responderla. Si señala una aparente contradicción,
podemos examinarla. Si no sabemos responder, podemos decir: «No lo sé».
Y si
descubrimos que está tocando una zona en la que nosotros mismos sentimos
resistencia, quizá tengamos delante una oportunidad de aprendizaje mucho mayor
de la que esperábamos.
¿Cómo sabemos entonces si una enseñanza es verdadera?
La Clarificación
de términos ofrece una pista muy importante: UCDM distingue entre la
controversia teológica —que siempre puede ser aceptada o rechazada— y la
experiencia a la que pretende conducirnos. Expresa que una teología universal
no es posible, mientras que una experiencia compartida sí puede serlo.
Esto significa
que quizá estemos pidiendo al Curso algo que él mismo no pretende ofrecernos
cuando queremos convertirlo en un sistema intelectual capaz de vencer todas las
discusiones.
Podemos
debatir durante horas si el mundo es real, si la separación ocurrió, qué
significa exactamente «mente» o cómo debemos comprender metafísicamente a Dios.
Pero después llegará alguien que nos molesta. Y ahí aparecerá la verdadera práctica. ¿Voy a condenarlo o voy a mirar mi juicio?
Ahí UCDM deja
de ser teoría.
Podemos
comprobar qué sucede cuando utilizamos el perdón, cuando dejamos de alimentar
un resentimiento, cuando reconocemos una proyección, cuando renunciamos
momentáneamente a tener razón o cuando pedimos otra manera de percibir una
situación.
No necesitamos
obligarnos a creer. Podemos experimentar. Cuestionar sin atacar. Estudiar sin
defender.
Quizá podamos
mantener juntas dos actitudes que el ego suele presentarnos como incompatibles:
puedo cuestionar una enseñanza honestamente y seguir dispuesto a aprender de
ella. Y también: puedo amar profundamente UCDM sin necesitar defenderlo
de cada cuestionamiento.
Esta
combinación exige mucha más apertura que creer ciegamente o rechazar
automáticamente.
Podemos acercarnos al Curso diciendo: «No comprendo esto». «Esto me produce rechazo». «Esto parece contradecir mi experiencia». «Estoy dispuesto a mirar más profundamente antes de decidir». Y también podemos reconocer: «Quizá no sea la enseñanza la que está siendo examinada únicamente. Quizá también esté siendo examinada mi manera de mirar».
Tal vez por
eso las preguntas difíciles pueden resultar tan útiles. No porque debamos
demostrar que UCDM siempre tiene una respuesta intelectualmente satisfactoria
para todo, sino porque una pregunta puede mostrarnos qué estamos intentando
defender, qué tememos perder y cuánto espacio existe realmente en nuestra mente
para una respuesta que no habíamos previsto.
No necesitamos
proteger Un Curso de Milagros de las preguntas. Podemos permitir que las
preguntas nos ayuden a descubrir desde dónde lo estamos estudiando.
Y quizá esa sea la diferencia esencial entre discutir el Curso y utilizarlo: una discusión intenta decidir quién tiene razón; una práctica sincera pregunta qué puede ayudarnos a elegir nuevamente la paz.

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