LECCIÓN 100
Mi papel en el plan de salvación de Dios es esencial.
1. Del mismo modo en que el Hijo de Dios completa a su Padre, así también tu papel en el plan de tu Padre completa dicho plan. 2La salvación tiene que invertir la descabellada creencia en pensamientos y cuerpos separados, que viven vidas separadas y recorren caminos separados. 3Cuando mentes separadas comparten una sola función, se unen en un solo propósito, pues cada una de ellas es igualmente esencial para todas las demás.
2. La Voluntad de Dios para ti es perfecta felicidad. 2¿Por qué habrías de querer ir en contra de Su Voluntad? 3El papel que Él ha reservado para ti en el desarrollo de Su plan se te da para que puedas ser restituido a lo que Él dispone. 4Este papel es tan esencial para Su plan como para tu felicidad. 5Tu dicha tiene que ser total para que aquellos a los que Él te envía puedan entender Su plan. 6Ellos verán su función en tu radiante faz, y en tu risa feliz oirán a Dios llamándoles.

3. Eres ciertamente esencial en el plan de Dios. 2Sin tu dicha, la Suya no es total. 3Sin tu sonrisa, el mundo no se puede salvar. 4Mientras la tristeza se abata sobre ti, la luz que el Propio Dios designó como el medio para salvar al mundo se atenúa y pierde su fulgor, y nadie ríe porque toda risa no es sino el eco de la tuya.
4. Eres ciertamente esencial en el plan de Dios. 2Del mismo modo en que tu luz aumenta el fulgor de todas las luces que brillan en el Cielo, así también tu dicha en la tierra exhorta a todas las mentes a abandonar sus pesares y a ocupar su puesto junto a ti en el plan de Dios. 3Los mensajeros de Dios rebosan de dicha, y su júbilo sana todo pesar y desesperación. 4Ellos son la prueba de que lo que la Voluntad de Dios dispone para todos los que aceptan los regalos de su Padre como propios es perfecta felicidad.
5. Hoy no permitiremos que la tristeza se abata sobre nosotros. 2Pues en tal caso, no estaríamos asumiendo el papel que tan esencial es para el plan de Dios y para nuestra visión. 3La tristeza es señal de que prefieres desempeñar otro papel en lugar del que Dios te ha encomendado. 4Y así, no le muestras al mundo cuán grande es la felicidad que Él dispone para ti, y, por consiguiente, no reconoces que ya dispones de ella.
6. Hoy trataremos de comprender que la dicha es nuestra función aquí. 2Si te dejas abatir por la tristeza, no sólo no estarás cumpliendo tu función, sino que estarás privándote a ti mismo de dicha y al mundo también. 3Dios te pide que seas feliz para que el mundo pueda ver cuánto ama Él a Su Hijo y que Su Voluntad es que ningún pesar menoscabe su dicha ni que ningún miedo lo acose y perturbe su paz. 4Tú eres hoy el mensajero de Dios. 5Brindas Su felicidad a todo aquel que contemplas y Su paz a todo aquel que al contemplarte ve Su mensaje en tu feliz semblante.
7. Hoy nos prepararemos para esto durante las sesiones de práctica de cinco minutos, dejando que la felicidad brote en nosotros tal como dispone la Voluntad de nuestro Padre y la nuestra. 2Comienza los ejercicios con el pensamiento que la idea de hoy presenta. 3Luego comprende que tu papel es ser feliz. 4Esto es lo único que se te pide a ti o a cualquiera que desee ocupar el lugar que le corresponde entre los mensajeros de Dios. 5Piensa en lo que esto significa. 6Estabas ciertamente equivocado al creer que se te estaba exigiendo algún sacrificio. 7De acuerdo con el plan de Dios tan solo puedes recibir, sin jamás perder nada, hacer sacrificio alguno o morir.
8. Tratemos ahora de encontrar esa dicha que nos demuestra a nosotros, así como a todo el mundo, lo que la Voluntad de Dios dispone para nosotros. 2Tu función es encontrarla aquí, y encontrarla ahora. 3Para eso viniste. 4¡Ojalá que hoy sea el día en que lo logres! 5Busca en lo profundo de tu ser, sin dejarte desanimar por los pensamientos pueriles y metas absurdas que pasas de largo a medida que asciendes para encontrarte con el Cristo en ti.
9. Él estará allí. 2Y tú puedes llegar a Él ahora. 3¿Qué otra cosa preferirías contemplar en lugar de Aquel que aguarda para que tú lo contemples? 4¿Qué pensamiento pueril podría detenerte? 5¿Qué meta absurda podría impedirte triunfar cuando es Dios Mismo Quien te llama?
10. Él estará allí. 2Eres esencial en Su plan. 3Hoy eres Su mensajero. 4Y tienes que encontrar lo que Él quiere que des. 5No te olvides de la idea de hoy entre las sesiones de práctica de cada hora. 6Es tu Ser Quien te llama hoy. 7Y es a Él a Quien respondes cada vez que te dices a ti mismo que eres esencial en el plan de Dios para la salvación del mundo.
¿Qué me enseña esta lección?
Esta lección nos conduce al corazón mismo del Plan de Salvación: amar y
perdonar. No se trata de dos acciones distintas, sino de una sola expresión
del Ser cuando recuerda su origen. Amar es reconocer la Unidad; perdonar es
deshacer la ilusión de la separación. Cuando ambas se integran, la mente
descansa en la Paz, y esa Paz se manifiesta de forma natural como Dicha y
Felicidad.
La felicidad no es un objetivo que se persigue ni un premio que se obtiene;
es el efecto inevitable de haber elegido correctamente al Maestro
interior. Cuando dejamos de escuchar al ego y ponemos nuestra mente al servicio
del Espíritu Santo, el conflicto se disuelve, y lo que permanece es un estado
de serenidad profunda que no depende de circunstancias externas. Esa serenidad
se refleja incluso en el rostro, pues el cuerpo —aunque ilusorio— da testimonio
de la elección de la mente.
Cumplir con nuestra única función requiere disposición. Disposición
a entregar al Espíritu Santo todos los errores que aún conservamos como
verdaderos: la creencia en la separación, la fe en el pecado, la identificación
con la culpa y la obediencia al miedo. Expiar no significa castigarse ni
corregirse mediante esfuerzo personal; significa permitir que la verdad
reinterprete lo que nunca fue real. La Expiación es, en esencia, el
reconocimiento de que el error no tuvo efectos reales sobre lo que somos.
Desde esta comprensión, la relación con Dios deja de estar teñida de temor.
Dios no es un juez que espera nuestra rectificación, sino un Padre que se
regocija en la felicidad de Su Hijo. ¿Qué padre no experimenta gozo cuando
ve a su hijo en paz? ¿Qué padre no se siente pleno cuando la sonrisa de su hijo
refleja confianza y libertad? Reconocer nuestra dicha es reconocer la Voluntad
de Dios para nosotros.
Esta lección también nos revela una verdad esencial: mi papel es
imprescindible en el Plan de Salvación. No porque sea especial, sino porque
soy parte inseparable de la Filiación. Ninguna mente está aislada. Lo que
pienso, siento y elijo no me afecta solo a mí. Cada pensamiento de amor
fortalece la conciencia de unidad; cada acto de perdón libera no solo mi mente,
sino la mente compartida del Hijo de Dios.
Cuando elijo la paz, la hago disponible para todos. Cuando perdono,
extiendo la liberación. Cuando amo, recuerdo y ayudo a recordar.
La salvación no es individual ni privada. Se consuma en la expansión.
En la medida en que mi mente se alinea con la Unidad, todas mis acciones se
convierten en expresiones de esa Unidad. Ya no siembro división, ni refuerzo
diferencias, ni sostengo juicios. Siembro unidad. Expando unidad. Creo unidad.
Esta es la función que se me ha encomendado y que acepto con alegría.
Y al aceptarla, descubro que nunca estuve separado, que nunca estuve en peligro
y que la Paz que doy es la Paz que soy.
Propósito y sentido de la lección:
La Lección 100 refuerza una idea fundamental y
profundamente transformadora: La felicidad no es una meta: es tu estado
natural. Es la voluntad de Dios, y por tanto no puede perderse ni amenazarse.
Esta lección:
- Corrige la creencia de que la
felicidad debe conquistarse.
- Deshace la asociación entre
felicidad y condiciones externas.
- Desmonta la idea del
sacrificio como camino espiritual.
- Reintegra la igualdad entre
función, propósito y alegría.
- Derriba el pilar central del
ego: “la felicidad se consigue fuera”.
Su propósito es restaurar la certeza interna de
que: La felicidad no es condicional. Es inherente a lo que eres.
Instrucciones prácticas:
Períodos largos;
- Repite: “La voluntad de
Dios para mí es perfecta felicidad.”
- Descansa en la idea sin
intentar sentir nada concreto.
- Reconoce cualquier resistencia
sin pelear con ella.
- Permite que la mente se abra
suavemente a la posibilidad de que la felicidad ya está ahí.
- Observa los pensamientos que
indican condiciones:
- “seré feliz cuando…”
- “si esto cambiara…”
- “si esa persona actuara
distinto…”
- Reconócelos como falsas
premisas del ego.
Durante el día
Repite la idea:
- ante cualquier tensión o
irritación,
- cuando surja frustración,
- cuando te sientas “falta de
algo”,
- cuando olvides tu propósito,
- cuando el ego diga que la
felicidad exige sacrificio,
- cuando parezca que la paz
depende del resultado.
Esta idea devuelve la paz inmediatamente porque
te recuerda: No necesito nada del mundo para ser feliz.
Aspectos psicológicos:
La lección tiene un poderoso impacto sobre la
estructura emocional:
◆ Reduce la
búsqueda compulsiva: La mente deja de perseguir metas externas como fuentes de
identidad o bienestar.
◆ Desactiva
la sensación de carencia: La felicidad no se construye, se reconoce.
◆ Derrite la
autoexigencia: No necesitas “hacerlo mejor” para merecer felicidad.
◆ Reconfigura
el sistema de creencias: Desacopla la felicidad del rendimiento, éxito, control
o reconocimiento.
◆ Elimina la
idea de sacrificio: Nada real se pierde al aceptar la voluntad de Dios.
Psicológicamente, es una reinterpretación
profunda del bienestar: La felicidad es un estado natural, no una recompensa.
Aspectos espirituales:
Espiritualmente, la lección enseña que:
- La voluntad de Dios y la tuya
real son idénticas.
- La felicidad no fluctúa porque
proviene del espíritu, no del mundo.
- La alegría es el sello de lo
real; el sufrimiento es un indicador de ilusión.
- Aceptar la felicidad es
aceptar tu identidad divina.
- Extender felicidad es
inevitable cuando la reconoces en ti.
Dios no quiere sufrimiento, sacrificio ni
penitencia. Quiere que recuerdes lo que eres: un ser creado en alegría y para
la alegría.
Relación con la progresión del Curso:
La secuencia entre las lecciones 95–100 es impecable:
- 95 →
Soy uno con mi Creador.
- 96 →
La salvación procede de mi único Ser.
- 97 →
Soy espíritu.
- 98 →
Acepto mi papel en el plan de Dios.
- 99 →
Mi única función es la salvación.
- 100 → La
voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.
Aquí culmina el primer gran ciclo:
- Identidad
(95–97)
- Función
(98–99)
- Resultado
natural → Felicidad (100)
La lección 100 es la coronación del arco: “Sé quién soy. Sé cuál es mi
propósito. Y sé que la felicidad es inevitable.”
Consejos para la práctica:
• No busques sentir felicidad: permítela.
• No niegues emociones “negativas”: obsérvalas sin identificarlas como tú.
• No intentes hacer de la idea un logro espiritual.
• No confundas placer con felicidad.
• No intelectualices la idea: deja que actúe por sí misma.
✔ Sé amable
contigo.
✔ Repite la idea como un bálsamo,
no como una exigencia.
✔ Acepta la felicidad como tu
herencia, no como tu meta.
✔ Recuerda que la voluntad de
Dios no lucha con la tuya: la revela.
Conclusión final:
La Lección 100 ofrece una afirmación conmovedora y liberadora: La felicidad
no es negociable, no depende de nada externo, y no puede perderse.
Es la voluntad de Dios,
y por tanto es tu esencia.
Aceptar esta verdad es aceptar tu identidad real. Y con ello desaparece el sufrimiento provocado por la creencia en la carencia y
la separación.
Frase inspiradora: “Cuando
acepto la voluntad de Dios, descubro la felicidad que siempre fue mía.”
Ejemplo-Guía: "El sacrificio no forma parte de la salvación".
Recuerdo, como si se tratara de un eco persistente, las palabras de mis
padres transmitiéndome sus creencias sobre la vida. Entre ellas, una de las más
repetidas y valoradas era esta: «Hijo, para conseguir algo en la vida hay
que sacrificarse mucho».
Aquellas palabras no cayeron en saco roto. Aunque no siempre seamos
plenamente conscientes de su significado, su mensaje se fue asentando en
nuestro inconsciente y condicionó nuestra forma de mirar la vida. Desde ese
lugar profundo, muchas veces actuamos movidos por el deseo de cumplir
expectativas ajenas, y casi sin darnos cuenta, aceptamos el sacrificio como un
peaje inevitable. Cada decisión importante parece exigirnos renunciar a la paz,
como si la felicidad tuviera un precio que pagar.
Detengámonos un instante y preguntémonos con honestidad: ¿Recuerdas haber sido verdaderamente feliz cuando elegiste el sacrificio? ¿No has experimentado, más bien, una sensación de pérdida, de esfuerzo estéril,
de insatisfacción silenciosa?
Hoy puedo afirmar con claridad que el sacrificio pertenece al sistema de
pensamiento del ego. Forma parte de su lógica y de su particular interpretación
de la vida. Cuando creemos estar separados de los demás; cuando pensamos que el
otro desea lo que tenemos y que debemos defendernos para conservarlo; cuando
creemos que dar equivale a perder; cuando buscamos la felicidad en la posesión
y no en el Ser, el sacrificio aparece como un elemento inevitable del guion
vital.
El ego se aferra a ese guion porque cuestionar el sacrificio implicaría
cuestionar todo su sistema de creencias: la separación, la identificación con
el cuerpo, la escasez, la pérdida y, en última instancia, la muerte. Renunciar
al sacrificio sería renunciar al ego mismo.
Te propongo ahora un ejercicio sencillo y profundo. Busca un lugar donde
puedas estar en quietud. Permite que el ruido de la mente vaya aquietándose
poco a poco. No luches contra los pensamientos; deja que pasen. Lleva tu
atención al ritmo de tu respiración. Relaja el cuerpo.
Desde ese estado de calma, elige conscientemente este pensamiento: «Soy el Hijo de Dios y soy parte de Su Mente».
Permite que esta idea se expanda en tu interior. Deja que impregne tu
conciencia. La certeza de ser una extensión de Dios despierta de forma natural
un sentimiento de seguridad, de plenitud y de dicha profunda. Permanece unos
instantes en esa experiencia.
Este ejercicio, practicado con regularidad, fortalece nuestra mente en su
decisión de servir al Espíritu. Es esencial recordar quiénes somos, porque en
el Plan de Salvación dispuesto por nuestro Padre no se nos pide sacrificio,
sino felicidad. Y no para guardarla, sino para compartirla con todos aquellos
que Él pone en nuestro camino.
No podemos dar lo que no tenemos. Por eso es imprescindible recordar que somos
felicidad y dicha en nuestra esencia. Cuando despertamos a esta verdad,
nuestra sola presencia se convierte en una bendición. La alegría se contagia.
La paz se extiende. Y unidos en comunión con la Fuente, comenzamos a vivir como
una Filiación consciente.
Esta lección nos revela también algo hermoso y sencillo: la risa es una
expresión natural de la dicha divina. Cuando reímos desde la paz, estamos
testimoniando que hemos soltado el peso del sacrificio. No es casual que la
risa sea hoy reconocida incluso como una vía de sanación. Allí donde hay risa
genuina, hay descanso interior.
Cuando reconocemos nuestra verdadera identidad; cuando sabemos, sin duda
alguna, que somos el Hijo de Dios; cuando dejamos de vernos separados y nos
experimentamos como Uno con todo lo creado, la plenitud brota sin esfuerzo. La
felicidad emana de nuestro ser y se refleja en nuestro rostro.
Entonces, sin necesidad de palabras, el mundo reconoce cuál es nuestra
función: recordar la verdad, vivirla y compartirla.
Reflexión: ¿Qué te hace feliz? ¿Cómo compartes tu felicidad?
Mi papel en el plan de salvación de Dios es esencial.

¿Qué me enseña esta lección?
Esta lección nos conduce al corazón mismo del Plan de Salvación: amar y
perdonar. No se trata de dos acciones distintas, sino de una sola expresión
del Ser cuando recuerda su origen. Amar es reconocer la Unidad; perdonar es
deshacer la ilusión de la separación. Cuando ambas se integran, la mente
descansa en la Paz, y esa Paz se manifiesta de forma natural como Dicha y
Felicidad.
La felicidad no es un objetivo que se persigue ni un premio que se obtiene;
es el efecto inevitable de haber elegido correctamente al Maestro
interior. Cuando dejamos de escuchar al ego y ponemos nuestra mente al servicio
del Espíritu Santo, el conflicto se disuelve, y lo que permanece es un estado
de serenidad profunda que no depende de circunstancias externas. Esa serenidad
se refleja incluso en el rostro, pues el cuerpo —aunque ilusorio— da testimonio
de la elección de la mente.
Cumplir con nuestra única función requiere disposición. Disposición
a entregar al Espíritu Santo todos los errores que aún conservamos como
verdaderos: la creencia en la separación, la fe en el pecado, la identificación
con la culpa y la obediencia al miedo. Expiar no significa castigarse ni
corregirse mediante esfuerzo personal; significa permitir que la verdad
reinterprete lo que nunca fue real. La Expiación es, en esencia, el
reconocimiento de que el error no tuvo efectos reales sobre lo que somos.
Desde esta comprensión, la relación con Dios deja de estar teñida de temor.
Dios no es un juez que espera nuestra rectificación, sino un Padre que se
regocija en la felicidad de Su Hijo. ¿Qué padre no experimenta gozo cuando
ve a su hijo en paz? ¿Qué padre no se siente pleno cuando la sonrisa de su hijo
refleja confianza y libertad? Reconocer nuestra dicha es reconocer la Voluntad
de Dios para nosotros.
Esta lección también nos revela una verdad esencial: mi papel es
imprescindible en el Plan de Salvación. No porque sea especial, sino porque
soy parte inseparable de la Filiación. Ninguna mente está aislada. Lo que
pienso, siento y elijo no me afecta solo a mí. Cada pensamiento de amor
fortalece la conciencia de unidad; cada acto de perdón libera no solo mi mente,
sino la mente compartida del Hijo de Dios.
Cuando elijo la paz, la hago disponible para todos. Cuando perdono,
extiendo la liberación. Cuando amo, recuerdo y ayudo a recordar.
La salvación no es individual ni privada. Se consuma en la expansión.
En la medida en que mi mente se alinea con la Unidad, todas mis acciones se
convierten en expresiones de esa Unidad. Ya no siembro división, ni refuerzo
diferencias, ni sostengo juicios. Siembro unidad. Expando unidad. Creo unidad.
Esta es la función que se me ha encomendado y que acepto con alegría.
Y al aceptarla, descubro que nunca estuve separado, que nunca estuve en peligro
y que la Paz que doy es la Paz que soy.
Propósito y sentido de la lección:
La Lección 100 refuerza una idea fundamental y
profundamente transformadora: La felicidad no es una meta: es tu estado
natural. Es la voluntad de Dios, y por tanto no puede perderse ni amenazarse.
Esta lección:
- Corrige la creencia de que la
felicidad debe conquistarse.
- Deshace la asociación entre
felicidad y condiciones externas.
- Desmonta la idea del
sacrificio como camino espiritual.
- Reintegra la igualdad entre
función, propósito y alegría.
- Derriba el pilar central del
ego: “la felicidad se consigue fuera”.
Su propósito es restaurar la certeza interna de
que: La felicidad no es condicional. Es inherente a lo que eres.
Instrucciones prácticas:
Períodos largos;
- Repite: “La voluntad de
Dios para mí es perfecta felicidad.”
- Descansa en la idea sin
intentar sentir nada concreto.
- Reconoce cualquier resistencia
sin pelear con ella.
- Permite que la mente se abra
suavemente a la posibilidad de que la felicidad ya está ahí.
- Observa los pensamientos que
indican condiciones:
- “seré feliz cuando…”
- “si esto cambiara…”
- “si esa persona actuara
distinto…”
- Reconócelos como falsas
premisas del ego.
Durante el día
Repite la idea:
- ante cualquier tensión o
irritación,
- cuando surja frustración,
- cuando te sientas “falta de
algo”,
- cuando olvides tu propósito,
- cuando el ego diga que la
felicidad exige sacrificio,
- cuando parezca que la paz
depende del resultado.
Esta idea devuelve la paz inmediatamente porque
te recuerda: No necesito nada del mundo para ser feliz.
Aspectos psicológicos:
La lección tiene un poderoso impacto sobre la
estructura emocional:
◆ Reduce la
búsqueda compulsiva: La mente deja de perseguir metas externas como fuentes de
identidad o bienestar.
◆ Desactiva
la sensación de carencia: La felicidad no se construye, se reconoce.
◆ Derrite la
autoexigencia: No necesitas “hacerlo mejor” para merecer felicidad.
◆ Reconfigura
el sistema de creencias: Desacopla la felicidad del rendimiento, éxito, control
o reconocimiento.
◆ Elimina la
idea de sacrificio: Nada real se pierde al aceptar la voluntad de Dios.
Psicológicamente, es una reinterpretación
profunda del bienestar: La felicidad es un estado natural, no una recompensa.
Aspectos espirituales:
Espiritualmente, la lección enseña que:
- La voluntad de Dios y la tuya
real son idénticas.
- La felicidad no fluctúa porque
proviene del espíritu, no del mundo.
- La alegría es el sello de lo
real; el sufrimiento es un indicador de ilusión.
- Aceptar la felicidad es
aceptar tu identidad divina.
- Extender felicidad es
inevitable cuando la reconoces en ti.
Dios no quiere sufrimiento, sacrificio ni
penitencia. Quiere que recuerdes lo que eres: un ser creado en alegría y para
la alegría.
Relación con la progresión del Curso:
- 95 →
Soy uno con mi Creador.
- 96 →
La salvación procede de mi único Ser.
- 97 →
Soy espíritu.
- 98 →
Acepto mi papel en el plan de Dios.
- 99 →
Mi única función es la salvación.
- 100 → La
voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.
Aquí culmina el primer gran ciclo:
- Identidad (95–97)
- Función (98–99)
- Resultado natural → Felicidad (100)
La lección 100 es la coronación del arco: “Sé quién soy. Sé cuál es mi
propósito. Y sé que la felicidad es inevitable.”
Consejos para la práctica:
• No busques sentir felicidad: permítela.
• No niegues emociones “negativas”: obsérvalas sin identificarlas como tú.
• No intentes hacer de la idea un logro espiritual.
• No confundas placer con felicidad.
• No intelectualices la idea: deja que actúe por sí misma.
✔ Sé amable
contigo.
✔ Repite la idea como un bálsamo,
no como una exigencia.
✔ Acepta la felicidad como tu
herencia, no como tu meta.
✔ Recuerda que la voluntad de
Dios no lucha con la tuya: la revela.
Conclusión final:
La Lección 100 ofrece una afirmación conmovedora y liberadora: La felicidad
no es negociable, no depende de nada externo, y no puede perderse.
Es la voluntad de Dios,
y por tanto es tu esencia.
Aceptar esta verdad es aceptar tu identidad real. Y con ello desaparece el sufrimiento provocado por la creencia en la carencia y
la separación.
Frase inspiradora: “Cuando
acepto la voluntad de Dios, descubro la felicidad que siempre fue mía.”
Ejemplo-Guía: "El sacrificio no forma parte de la salvación".
Recuerdo, como si se tratara de un eco persistente, las palabras de mis
padres transmitiéndome sus creencias sobre la vida. Entre ellas, una de las más
repetidas y valoradas era esta: «Hijo, para conseguir algo en la vida hay
que sacrificarse mucho».
Aquellas palabras no cayeron en saco roto. Aunque no siempre seamos
plenamente conscientes de su significado, su mensaje se fue asentando en
nuestro inconsciente y condicionó nuestra forma de mirar la vida. Desde ese
lugar profundo, muchas veces actuamos movidos por el deseo de cumplir
expectativas ajenas, y casi sin darnos cuenta, aceptamos el sacrificio como un
peaje inevitable. Cada decisión importante parece exigirnos renunciar a la paz,
como si la felicidad tuviera un precio que pagar.
Detengámonos un instante y preguntémonos con honestidad: ¿Recuerdas haber sido verdaderamente feliz cuando elegiste el sacrificio? ¿No has experimentado, más bien, una sensación de pérdida, de esfuerzo estéril,
de insatisfacción silenciosa?
Hoy puedo afirmar con claridad que el sacrificio pertenece al sistema de
pensamiento del ego. Forma parte de su lógica y de su particular interpretación
de la vida. Cuando creemos estar separados de los demás; cuando pensamos que el
otro desea lo que tenemos y que debemos defendernos para conservarlo; cuando
creemos que dar equivale a perder; cuando buscamos la felicidad en la posesión
y no en el Ser, el sacrificio aparece como un elemento inevitable del guion
vital.
El ego se aferra a ese guion porque cuestionar el sacrificio implicaría
cuestionar todo su sistema de creencias: la separación, la identificación con
el cuerpo, la escasez, la pérdida y, en última instancia, la muerte. Renunciar
al sacrificio sería renunciar al ego mismo.
Te propongo ahora un ejercicio sencillo y profundo. Busca un lugar donde
puedas estar en quietud. Permite que el ruido de la mente vaya aquietándose
poco a poco. No luches contra los pensamientos; deja que pasen. Lleva tu
atención al ritmo de tu respiración. Relaja el cuerpo.
Desde ese estado de calma, elige conscientemente este pensamiento: «Soy el Hijo de Dios y soy parte de Su Mente».
Permite que esta idea se expanda en tu interior. Deja que impregne tu
conciencia. La certeza de ser una extensión de Dios despierta de forma natural
un sentimiento de seguridad, de plenitud y de dicha profunda. Permanece unos
instantes en esa experiencia.
Este ejercicio, practicado con regularidad, fortalece nuestra mente en su
decisión de servir al Espíritu. Es esencial recordar quiénes somos, porque en
el Plan de Salvación dispuesto por nuestro Padre no se nos pide sacrificio,
sino felicidad. Y no para guardarla, sino para compartirla con todos aquellos
que Él pone en nuestro camino.
No podemos dar lo que no tenemos. Por eso es imprescindible recordar que somos
felicidad y dicha en nuestra esencia. Cuando despertamos a esta verdad,
nuestra sola presencia se convierte en una bendición. La alegría se contagia.
La paz se extiende. Y unidos en comunión con la Fuente, comenzamos a vivir como
una Filiación consciente.
Esta lección nos revela también algo hermoso y sencillo: la risa es una
expresión natural de la dicha divina. Cuando reímos desde la paz, estamos
testimoniando que hemos soltado el peso del sacrificio. No es casual que la
risa sea hoy reconocida incluso como una vía de sanación. Allí donde hay risa
genuina, hay descanso interior.
Cuando reconocemos nuestra verdadera identidad; cuando sabemos, sin duda
alguna, que somos el Hijo de Dios; cuando dejamos de vernos separados y nos
experimentamos como Uno con todo lo creado, la plenitud brota sin esfuerzo. La
felicidad emana de nuestro ser y se refleja en nuestro rostro.
Entonces, sin necesidad de palabras, el mundo reconoce cuál es nuestra
función: recordar la verdad, vivirla y compartirla.
Reflexión: ¿Qué te hace feliz? ¿Cómo compartes tu felicidad?

Tú ejemplo muy ilustrativo y la reflexión muy clara y bella.
ResponderEliminarGracias! <3
buen día es muy alentadora esta clase ya me estoy adaptando a leer las clases todos los días y el día que no lo hago me falta algo...estoy aprendiendo a ser feliz a aseptar mi.vida y a aseptar todo lo que me paso poco a poco y e entendido muchas cosas,que e vivido y estoy aprendiendo a perdonarme y a perdonar para ser feliz..gracias muchas gracias...
ResponderEliminarPorque nos complicamos tanto no vemos la felicidad en nosotos mismos y en todo lo que nos rodea. Gracias por la explicación tan clara y q tanto nos ayuda
ResponderEliminarSer feliz es el estado natural de la persona, se confunde la felicidad con la alegría que son esos momentos especiales en que sube nuestra frecuencia, Vinimos a ser felices y lo logramos viviendo en el aqui y ahora conectados con la fuente divina, nuestro padre, nuestra gran mente. Sí no puedes ser feliz en ese espacio donde vives tampoco serás feliz cuando tengas la casa de tus sueños, si no puedes ser feliz con ese trabajo que estás desempeñando tampoco será feliz cuando te den el soñado empleo, sino puedes ser feliz con las personas con quien te relacionas tampoco lo serás cuando creas relacionarte con personas ideales..... Así es con todo este es el momento de ser feliz, lo acaba de reconocer Disney con la película Soul. Gracias por ponernos a reflexionar Juan José.
ResponderEliminarGracias J.J
ResponderEliminarSoy un dichoso y Alegre Instrumento de Dios🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️♥️
ResponderEliminarHacer reir a los demás me hace feliz. Pienso que una sonrisa es el saludo internacional del amor. Gracias maestro de Dios. 🥰 Gracias hermano mayor Jesús, Gracias Maestro Cristo. Gracias Padre de Amor.
ResponderEliminarSoy un Alegre,Dichoso y Feliz Instrumento de mi Padre🙏🙏🙏🙏🙏🙏🤍🤍🤍🤍🤍💙💙💙💙❤️❤️❤️❤️✨✨✨✨🥳🥳🥳🥳🥳
ResponderEliminarGracias, Juan Jose. Amor y bendiciones. ❤❤❤
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