sábado, 25 de abril de 2026

Si no soy un cuerpo, ¿qué soy entonces?

 Si no soy un cuerpo, ¿qué soy entonces?

Hay una afirmación en Un Curso de Milagros que, en algún momento, detiene al estudiante por completo. No es una idea más. Es una línea que parece atravesar todo lo que creemos ser: No soy un cuerpo”. Y casi de inmediato surge la reacción, a veces silenciosa, a veces muy clara: si no soy un cuerpo… ¿Qué soy entonces?

La dificultad de esta pregunta no es intelectual. Es existencial. Porque no se trata solo de comprender una idea, sino de cuestionar la base misma de la identidad. Desde muy temprano hemos aprendido a decir “yo” señalando el cuerpo. A identificarnos con una forma, una historia, una imagen, una biografía. Sentimos que somos quienes nacieron en un momento determinado, quienes han vivido ciertas experiencias, quienes tienen ciertas características. El cuerpo parece ser el punto de referencia constante de todo ello.

Por eso, cuando el Curso afirma que no somos un cuerpo, no está introduciendo una teoría abstracta. Está señalando una confusión profundamente arraigada.

Aquí conviene avanzar con mucha suavidad. El Curso no dice que el cuerpo no se perciba. No niega que lo veas, que lo sientas, que interactúes a través de él. Lo que cuestiona es que eso sea lo que eres. Es una diferencia sutil, pero decisiva. Ver un cuerpo no es lo mismo que ser un cuerpo.

Podríamos decir que el cuerpo es algo que experimentas, pero no aquello que eres en esencia.

Esto se vuelve más comprensible si observamos algo muy simple. Puedes notar tu cuerpo. Puedes sentirlo, moverlo, observarlo en un espejo. Incluso puedes darte cuenta de cambios en él: cansancio, energía, tensión, relajación. Pero si puedes observarlo, entonces no eres aquello que observas. Hay en ti algo que es consciente del cuerpo, algo que lo percibe.

Esa presencia que observa no tiene forma. No está limitada a una imagen. No cambia cuando el cuerpo cambia. Está ahí, constante, siendo testigo de todo lo que ocurre.

El Curso apunta hacia eso.

No intenta definirlo con conceptos cerrados, porque no es algo que pueda ser contenido en palabras. Pero sí señala su naturaleza: lo que eres es tal como Dios te creó. Y si Dios es amor, lo que eres no puede ser algo separado, vulnerable o limitado. No puede ser algo que nace y muere. No puede ser algo que cambia con el tiempo. El propio Texto lo expresa con claridad: “No eres un cuerpo. Eres libre, pues aún eres tal como Dios te creó” (T-31.VIII.3:2).

El cuerpo, en cambio, sí cambia. Nace, crece, se transforma, envejece. Es afectado por el entorno, por el tiempo, por las circunstancias. Si te identificas completamente con él, tu sentido de identidad quedará inevitablemente ligado a todo eso. Y de ahí surge gran parte del miedo: miedo a perder, a enfermar, a no ser suficiente, a desaparecer.

Pero el Curso no dice que ese miedo sea inevitable. Dice que nace de una identificación equivocada.

Es como si hubieras confundido el vehículo con el viajero.

El cuerpo sería entonces un medio de comunicación dentro del mundo que percibes, pero no tu identidad. Es una herramienta, no el ser que la utiliza. Y cuando se invierte esa relación —cuando crees que eres el cuerpo y no quien lo usa— aparece toda una experiencia de limitación. El Texto lo describe de forma muy directa: “El cuerpo es un instrumento de aprendizaje para la mente” (T-6.V.A.2:2).

En la vida cotidiana, esto se manifiesta de muchas formas. Por ejemplo, cuando tu estado emocional depende completamente de cómo te percibes físicamente, de cómo crees que los demás te ven, de cómo tu cuerpo responde o no responde. O cuando sientes que tu valor está ligado a tu apariencia, a tu rendimiento, a tu capacidad. En todos esos casos, la identidad está siendo sostenida por algo inestable.

Y lo inestable no puede dar paz duradera.

Sin embargo, hay momentos —aunque sean breves— en los que algo distinto se hace presente. Momentos en los que no estás pensando en tu imagen, ni en tu historia, ni en tu cuerpo. Puede ser contemplando un paisaje, escuchando música, estando profundamente presente con alguien, o simplemente en un instante de silencio. En esos momentos no desapareces. Al contrario, hay una sensación de mayor amplitud, de mayor presencia, incluso de mayor realidad.

Eso que permanece cuando la autoimagen se aquieta se acerca más a lo que eres.

El Curso lo llama de distintas maneras: mente, Ser, Hijo de Dios. Pero no como etiquetas, sino como indicaciones hacia algo que no puede ser capturado por el lenguaje. Lo importante no es el término, sino el reconocimiento de que tu identidad no está contenida en una forma. “La mente que sirve al Espíritu Santo es ilimitada para siempre, en todas las formas, más allá de las leyes del tiempo y del espacio” (T-5.VI.2:1).

Aquí puede surgir otra duda: si no soy un cuerpo, ¿por qué me siento tan identificado con él?

Y la respuesta vuelve a ser coherente con todo lo que el Curso enseña: porque lo has aprendido. Has aprendido a pensar desde el cuerpo, a percibir desde él, a definirte a través de él. Has aprendido a decir “yo” refiriéndote a una imagen.

Y lo que se ha aprendido puede ser desaprendido.

Pero este proceso no es brusco ni forzado. No se trata de rechazar el cuerpo ni de ignorarlo. El Curso no propone una negación, sino una corrección. No dice “deja de usar el cuerpo”, sino “deja de creer que eso es lo que eres”.

Esto cambia completamente la relación con la experiencia.

El cuerpo deja de ser una identidad que defender y se convierte en un medio a través del cual la mente puede comunicarse de otra manera. Ya no es una prisión, sino una herramienta. Y su función deja de ser la de afirmar la separación para convertirse, poco a poco, en un medio de unión. El Texto incluso señala que el cuerpo puede ser reinterpretado: “El cuerpo puede convertirse en un medio de comunicación, si se utiliza para ese propósito” (T-8.VII.2:1).

Este cambio no ocurre de golpe. Es gradual. A veces apenas perceptible. Pero empieza con una disposición: la de no dar por sentado que eres lo que siempre has creído ser.

Cada vez que te observas a ti mismo reaccionando, sintiendo, pensando, puedes introducir una pequeña pregunta: “¿Esto que estoy experimentando define lo que soy, o es algo que está ocurriendo en mí?”

Esa pregunta no busca una respuesta inmediata. Abre un espacio.

Y en ese espacio, algo empieza a aflojarse.

La identificación con el cuerpo no se rompe por esfuerzo, sino por comprensión. Poco a poco, la mente empieza a reconocer que lo que observa no puede ser lo que es. Que lo que cambia no puede ser su esencia. Que lo que depende del mundo no puede ser su fuente.

Y entonces la pregunta inicial comienza a transformarse.

“Si no soy un cuerpo, ¿qué soy entonces?” deja de ser una inquietud inquietante.

Se vuelve una invitación.

No necesitas responderla con conceptos. Puedes empezar a vivirla como una apertura.

Tal vez no se trate de definir lo que eres, sino de dejar de definirte por lo que no eres.

Y en ese proceso, muy silenciosamente, comienza a emerger una experiencia distinta de ti mismo. No como una idea nueva, sino como un reconocimiento que siempre estuvo ahí.

No eres lo que cambia. No eres lo que se percibe.

Eres aquello que permanece cuando todo lo demás se mueve.

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