¿Qué soy realmente: cuerpo, mente o espíritu? Aplicando la lección 97.
Hay una
pregunta que, aunque parece filosófica, está en la base de toda tu experiencia:
¿Qué soy?
No es una
curiosidad abstracta. De cómo respondas —aunque no lo hagas conscientemente—
depende:
- ¿Cómo te percibes?
- ¿Cómo interpretas lo que
te ocurre?
- ¿Qué temes?
- ¿Qué buscas?
- ¿Y qué crees posible para
ti?
Durante mucho
tiempo, has aprendido a responder de forma automática:
“Soy un
cuerpo.”
Un cuerpo que siente, que envejece, que se mueve en el tiempo, que puede ser herido, que puede perder, que eventualmente desaparecerá.
Y a veces
añades algo más sofisticado:
“También tengo
una mente.”
Una mente que piensa,
analiza, recuerda, imagina.
Pero incluso
ahí, la mente suele quedar subordinada al cuerpo, como si estuviera dentro de
él, dependiendo de él.
Sin embargo,
si observas con un poco más de atención, esa respuesta empieza a mostrar
grietas.
Porque:
- Puedes observar tu cuerpo.
- Puedes notar tus
pensamientos.
- Puedes darte cuenta de tus
emociones.
Y eso abre una
posibilidad extraña: Aquello que observa… no puede ser lo observado.
Entonces, si
puedes observar tu cuerpo, ¿eres el cuerpo?
Si puedes
notar tus pensamientos, ¿eres esos pensamientos?
Aquí es donde
el Curso introduce un giro radical: No eres un cuerpo que tiene una mente. Eres
espíritu, que utiliza la mente.
Esto no es una
afirmación para creer ciegamente. Es una invitación a reconsiderar tu
experiencia desde otro lugar.
El cuerpo, tal
como lo experimentas, es cambiante, limitado, dependiente y vulnerable.
Si te
identificas con él, todo eso se vuelve “tú”.
Y desde ahí,
el miedo tiene sentido. La defensa tiene sentido. La inseguridad tiene sentido.
La mente, por
otro lado, ocupa un lugar intermedio.
Puede identificarse con el cuerpo y vivir en conflicto o alinearse con el espíritu y experimentar paz.
Pero no es tu
identidad final. Es un medio.
El espíritu,
en cambio, no es algo que puedas observar como un objeto. No es una forma. No
tiene límites.
Es aquello que:
- No cambia.
- No puede ser dañado.
- No está en el tiempo.
- No depende de nada
externo.
Y, sobre todo,
es aquello que permanece incluso cuando todo lo demás cambia.
Aquí suele
aparecer resistencia.
Porque si no
eres el cuerpo, entonces:
- ¿Qué pasa con tu historia?
- ¿Qué pasa con tu
identidad?
- ¿Qué pasa con lo que crees
que eres?
Y la mente
puede sentir que está perdiendo algo.
Pero lo que se
pierde no es el Ser. Es la identificación con algo frágil.
No se te pide
que niegues el cuerpo. Ni que dejes de percibir pensamientos. Ni que rechaces
tu experiencia cotidiana.
Se te invita a
algo mucho más sutil: Dejar de definirte por ello.
Puedes seguir
percibiendo el cuerpo, sin ser el cuerpo.
Puedes seguir
teniendo pensamientos sin ser tus pensamientos.
Puedes seguir
viviendo en el mundo sin creer que eso es todo lo que eres. Y en ese pequeño
desplazamiento, algo empieza a aflojarse.
La necesidad
de defenderte. El miedo a perder. La sensación de estar limitado. Porque lo que
eres realmente no está expuesto a nada de eso.
Entonces, ¿qué
eres?
No eres el
cuerpo que percibes. No eres la mente que fluctúa. Eres aquello que no cambia
mientras todo eso ocurre.
No necesitas
definirlo completamente para que sea real. Basta con empezar a reconocer lo que
no eres. Y dejar espacio —aunque sea por momentos breves— para que algo más
silencioso, más estable, más amplio empiece a hacerse evidente.
Porque no estás tratando de convertirte en espíritu. Estás dejando de insistir en que eres otra cosa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario