sábado, 25 de julio de 2015

Principio 40: "El milagro reconoce que todo el mundo es tu hermano así como mi hermano también".

PRINCIPIO 40

El milagro reconoce que todo el mundo es tu hermano así como mi hermano también. Es una manera de percibir la marca universal de Dios.

Personalmente, tengo claro que mi encuentro con Un Curso de Milagros responde a mi voluntad de encontrar la verdad. Reconozco que ese impulso, inicialmente, estaba orientado exclusivamente al campo del intelecto, sin embargo, hoy, esa búsqueda ha visto ampliada su horizonte situándome en un marco más amplio, si cabe, el que me brinda la oportunidad de poner de manifiesto la Esencia de mi Ser.

Un Curso de Milagros es un curso de entrenamiento mental. Gracias a Él, hoy soy consciente de que soy el único soñador de mis sueños; soy consciente de lo que soy, un Ser Espiritual emanado de la Mente Creadora de mi Padre; soy consciente de que, potencialmente, soy un Dios en formación. Tal vez te estés preguntando, ¿cómo es posible de que sea consciente de estas cosas si la conciencia se adquiere por la vía de la percepción y esta vía es la puerta de la ilusión?

Sí, soy consciente de que estoy soñando y de que soy el soñador. Es precisamente ese estado el que me permite distinguir entre la voz de los sentidos y la Voz de mi Padre, la que me inspira el Espíritu Santo. Esa Voz, me permite conocer cuál es la Voluntad de mi Creador y orienta mi percepción hacia el tono más elevado al que podemos aspirar dentro del sueño, donde vivimos sumidos en la ilusión de la separación. Esa Voz me habla de Unidad y me revela el único camino que ha de conducirnos a las puertas del Cielo. Esa senda es la que nos conduce a reconocer el Principio de Filiación: Todo el mundo es tu hermano.

Tal vez ahora entiendas mejor, la razón por la cual no he podido conformarme tan sólo con ver satisfecha mi afán de saber teórico, si a la vez no conseguía andar ese camino que ha de permitirme experimentar mi Ser: Ser Uno con mis Hermanos.

Si has reconocido este estado anímico, es señal de que te encuentras recorriendo esa senda. Si una cosa tengo claro es, que por muchos caminos que andemos en busca del saber espiritual, si éstos no nos señalan que el camino debemos recorrerlo sin olvidarnos de nuestra Filiación, por mucho que avancemos, al final de trayecto, nos encontraremos con un rótulo que nos indica: “Esta es la Regla de Oro, que te comportes con los demás como tú quisieras que ellos se comportasen contigo”.

Con todo ello, el Principio que hoy abordamos nos ofrece la oportunidad de tratar el tema de la Filiación, para mí de una gran trascendencia, si queremos conocernos a nosotros mismos y a nuestro Creador.

El Curso nos aporta mucha información que nos ayudará a conocer el por qué es tan importante conocer el papel del prójimo.

Dado que tú y tu prójimo sois miembros de una misma familia en la que gozáis de igual rango, tal como te percibas a ti mismo y tal como lo percibas a él así te comportarás contigo mismo y con él. Debes mirar desde la percepción de tu propia santidad a la santidad de los demás.

El Hijo de Dios será siempre indivisible: De la misma manera en que somos uno solo en Dios, así también aprendemos cual uno solo en Él. El Maestro de Dios se asemeja tanto a Su Creador como el Hijo al Padre, y, a través de Su Maestro, Dios proclama Su Unicidad y la de Su Hijo. Escucha en silencio, y no le levantes la voz. Pues Él enseña el milagro de la unicidad, y ante Su lección la división desaparece. Enseña como Él aquí, y recordarás que siempre has creado como tu Padre. El milagro de la creación nunca ha cesado, pues lleva impreso sobre sí el sello sagrado de la inmortalidad. Esto es lo que la Voluntad de Dios dispone para toda la creación, y toda la creación se une para disponer lo mismo”. (T.14.XI.11)

He querido exponer esa afirmación al principio, pues nos deja claro de que el Hijo de Dios será siempre indivisible. Sin embargo, un uso incorrecto de la Mente le llevó a creer lo contrario a esa afirmación. Esa otra manera de ver las cosas, le lleva a fabricar un estado de división que dio lugar a la creencia en la separación.

Como bien expresa el Curso, “si creemos estar privados de algo, nuestra percepción se distorsiona y cuando esto ocurre, toda la familia de Dios, la Filiación, sufre su deterioro en sus relaciones”. Todos los milagros son afirmaciones de Filiación, que es un estado de compleción y abundancia.

En el sentido expuesto en la introducción a este estudio, podríamos decir, que la única meta del que se ha decidido por el camino de los milagros es restaurar completamente la Filiación.

La siguiente aportación nos aclarará el sentido de unicidad de la Filiación:

Debe observarse con especial atención que Dios tiene solamente un Hijo. Si todas las creaciones de Dios son Hijos Suyos, cada una de ellas tiene que ser parte integral de toda la Filiación. La Filia­ción, en su unicidad, transciende la suma de sus partes. Este hecho, no obstante, queda velado mientras falte una sola de ellas. Por eso es por lo que, en última instancia, el conflicto no se puede resolver hasta que todas las partes de la Filiación hayan retor­nado. Sólo entonces podrá comprenderse lo que, en el verdadero sentido de la palabra, significa la plenitud. Cualquier parte de la Filiación puede creer, en el error o en la incompleción si así lo elige. Sin embargo, si lo hace, estará creyendo en la existencia de algo que no existe. Lo que corrige este error es la Expiación”.

Cuando la Voluntad de la Filiación y la del Padre son una, la perfecta armonía entre ellas es el Cielo. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. Pero lo que Dios crea es eterno. El Espíritu Santo permanecerá con los Hijos de Dios para bendecir las creaciones de éstos y mantenerlas en la luz de la dicha.

En verdad, no podemos comprendernos a nosotros mismos separados de los demás. Ello se debe a que individualmente, separado del legítimo lugar que ocupamos en la Filiación, no significamos nada, y el legítimo lugar de la Filiación es Dios.

Creo importante que conozcamos lo que sigue: Dios creó a la Filiación y nosotros la expandimos. Tenemos el poder de acrecentar el Reino, aunque no de acrecentar a su Creador. Reivindicamos ese poder cuando nos mantenemos alerta sólo en favor de Dios y de Su Reino. Al aceptar que tenemos ese poder, aprendemos a recordar lo que somos.

Tampoco podemos obviar la siguiente afirmación:

“Aunque sólo podemos amar a la Filiación como una sola, la podemos percibir como fragmentada. Mas es imposible ver algo en alguna parte de ella y no atribuírselo a toda ella. Por eso es por lo que los ataques no son nunca parciales y por lo que hay que renunciar a ellos completamente. Si no se renuncia a ellos completamente, no se renuncia a ellos en absoluto”.

Cada pensamiento amoroso que cualquier parte de la Filiación abriga es patrimonio de todas sus partes.

Enseñar a toda la Filiación sin hacer excepciones demuestra que percibimos su plenitud y que hemos aprendido que es una. Ahora tenemos que estar alerta para mantener su unicidad en nuestra mente por­que si dejamos que nos asalte la duda, perderemos la conciencia de su plenitud y seremos incapaces de enseñarla.

He aquí una de las claves que nos ayudará a conocer cuál es el estado de nuestra consciencia. Si en nuestra mente albergamos pensamientos que nos lleva a creer que no existe unicidad entre los hombres, entonces estaremos reconociendo que aún servimos a la idea de la necesidad y de la escasez, a la idea de la incompleción o lo que es lo mismo, estamos negando nuestra plenitud.

Considero esta visión esencial para despertar del sueño, para alcanzar ese estado de iluminación que ha de situarnos en las puertas del Cielo.

Nos indica Jesús a través del Curso:A medida que te acercas a un hermano te acercas a mí, y a medida que te alejas de él, la distancia entre tú y yo aumenta. La salvación es una empresa de colaboración. No la pueden emprender con éxito aquellos que se desvinculan de la Filiación porque al hacer eso se desvinculan de mí. Dios acudirá a ti sólo en la medida en que se Lo ofrezcas a tus hermanos. Aprende primero de ellos, y estarás listo para oír a Dios. Eso se debe a que el Amor sólo tiene una función”. (T.4.VI.8.1-6)

¿Cómo debemos comportarnos con respecto a un hermano?

En este sentido, el Texto del Curso es claro en sus aportaciones. Nos revela, que siempre que le negamos la bendición a un hermano nos sentimos desposeídos, ya que la negación es tan total como el amor. Negar parte de la Filiación es tan imposible como lo es amarla sólo en parte. No es posible tampoco amarla totalmente sólo a veces. No podemos estar, totalmente comprometido sólo en algunas ocasiones.

Cuando un hermano actúa insensatamente, nos está ofreciendo una oportunidad para recibir nuestra bendición. Su necesidad es la nuestra. Realmente, necesitamos la bendición que podamos darle. No hay manera de que podamos disponer de ella excepto dándola. Ésa es la ley de Dios, la cual no hace excepciones. Carecemos de aquello que negamos, no porque haya carencia de ello, sino porque se lo hemos negado a otro, y, por lo tanto, no somos conscientes de ello en nosotros.  Nos recuerda el Curso, que “lo que crees ser determina tus reacciones, y lo que deseas ser es lo que crees que eres”. Lo que deseamos ser, entonces, determina forzosamente todas nuestras reacciones.

Si deseas ser una identidad separada de tu hermano, tus reacciones serán de ataque. Si en cambio, tu deseo es poner de manifiesto tu unicidad, tu hermano se convierte en el camino que ha de conducirte de vuelta a tu verdadero hogar, el Cielo.

Somos la voluntad unida de la Filiación, cuya plenitud es para todos. Comenzamos nuestra jornada de regreso, juntos, y, según avanzamos juntos, congregamos a nuestros hermanos. Cada aumento de nuestra fuerza se lo ofrecemos a todos, para que ellos puedan también superar su debilidad y añadir su fuerza a la nuestra. Dios nos espera a todos con los Brazos abiertos, y nos dará la bienvenida.

Nunca olvides que la Filiación es tu salvación, pues la Filiación es tu Ser. Al ser la creación de Dios, es tuya, y al pertenecerte a ti, es Suya. Tu Ser no necesita salvación, pero tu mente necesita aprender lo que es la salvación. No se te salva de nada, sino que se te salva para la gloria. La gloria es tu herencia, que tu Creador te dio para que la extendieras. No obstante, si odias cualquier parte de tu Ser pierdes todo tu entendimiento porque estás con­templando lo que Dios creó como lo que eres, sin amor. Y puesto que lo que Él creó forma parte de Él, le estás negando el lugar que le corresponde en Su Propio altar”. (T.11.1.1-7)

Y, ¿Cómo debemos amar?

No podemos entablar ninguna relación real con ninguno de los Hijos de Dios a menos que los amemos a todos, y que los amemos por igual. El amor no hace excepciones. Si otorgamos amor a una sola parte de la Filiación exclusivamente, estaremos sembrando culpabilidad en todas nuestras relaciones y haciendo que sean irreales. Sólo podemos amar tal como Dios ama. No intentemos amar de forma diferente de como Él lo hace, pues no hay amor aparte del Suyo. Hasta que no reconozcamos que esto es verdad, no tendremos idea de lo que es el amor. Nadie que condena a un hermano puede considerarse inocente o que mora en la paz de Dios. Si es inocente y está en paz, pero no lo ve, se está engañando, y ello significa que no se ha contemplado a sí mismo.

Un mensaje alentador: “En ti no hay separación, y no hay sustituto que pueda mante­nerte separado de tu hermano. Tu realidad fue la creación de Dios, la cual no tiene sustituto. Estáis tan firmemente unidos en la verdad, que sólo Dios mora allí. Y Él jamás aceptaría otra cosa en lugar de vosotros. Él os ama a los dos por igual y cual uno solo. Y tal como Él os ama, así sois. Vosotros no estáis unidos en ilusiones, sino en un Pensamiento tan santo y tan perfecto que las ilusiones no pueden permanecer allí para mancillar el santo lugar donde os encontráis unidos. Dios está contigo, hermano mío. Unámonos en Él en paz y con gratitud, y aceptemos Su regalo como nuestra más santa y perfecta realidad, la cual compartimos con Él.
El Cielo le es restituido a toda la Filiación a través de tu rela­ción, pues en ella reside la Filiación, íntegra y hermosa, y a salvo en tu amor. El Cielo ha entrado silenciosamente, pues todas las ilusiones han sido llevadas dulcemente ante la verdad en ti, y el amor ha refulgido sobre ti, bendiciendo tu relación con la ver­dad. Dios y toda Su creación han entrado a formar parte de ella juntos. ¡Cuán santa y hermosa es vuestra relación, la cual la ver­dad ilumina! El Cielo la contempla y se regocija que lo hayas dejado venir a ti. Y Dios Mismo se alegra de que tu relación siga siendo tal como fue creada. El universo que se encuentra dentro de ti se une a ti junto con tu hermano. Y el Cielo contempla con amor aquello que está unido en él, junto con su Creador”.

Para finalizar este análisis, os dejo dos referencias extraídas del Libro de Ejercicios, concretamente las detalladas en la Lección 181: “Confío en mis hermanos, que son uno conmigo” y en la Lección 288: “Que me olvide hoy del pasado de mi hermano”. Recordémoslas.

LECCIÓN 181
Confío en mis hermanos, que son uno conmigo.

Confiar en tus hermanos es esencial para establecer y sustentar tu fe en tu propia capacidad para trascender tus dudas y tu falta de absoluta convicción en ti mismo. Cuando atacas a un her­mano, proclamas que está limitado por lo que tú has percibido en él. No estás viendo más allá de sus errores. Por el contrario, éstos se exageran, convirtiéndose en obstáculos que te impiden tener conciencia del Ser que se encuentra más allá de tus propios erro­res, así como de sus aparentes pecados y de los tuyos.

La percepción tiene un enfoque. Eso es lo que hace que lo que ves sea consistente. Cambia de enfoque, y, lo que contemples, consecuentemente cambiará. Ahora se producirá un cambio en tu visión para apoyar la intención que ha reemplazado a la que antes tenías. Deja de concentrarte en los pecados de tu hermano, y experimentarás la paz que resulta de tener fe en la impecabilidad. El único apoyo que esta fe recibe procede de lo que ves en otros más allá de sus pecados. Pues sus errores, si te concentras en ellos, no son sino testigos de tus propios pecados. Y no podrás sino verlos, lo cual te impedirá ver la impecabilidad que se encuentra más allá de ellos.

No hay nadie que no sea mi hermano. He sido bendecido con la unidad de la que gozo con el universo y con Dios mi Padre, el único Creador de la totalidad que es mi Ser, el cual es eternamente uno conmigo.

LECCIÓN 288
Que me olvide hoy del pasado de mi hermano.

Éste es el pensamiento que me conduce a Ti y me lleva a mi meta. No puedo llegar hasta Ti sin mi hermano. Y para conocer mi Fuente, tengo primero que reconocer lo que Tú creaste uno conmigo. La mano de mi hermano es la que me conduce a Ti. Sus pecados están en el pasado junto con los míos, y me he salvado porque el pasado ya pasó. No permitas que lo siga abrigando en mi corazón, pues me desviaría del camino que me lleva a Ti. Mi hermano es mi salvador. No dejes que ataque al salvador que Tú me has dado. Por el contrario, déjame honrar a aquel que lleva tu Nombre, para así poder recordar que es el mío también.

Perdóname hoy. Y sabrás que me has perdonado si contem­plas a tu hermano en la luz de la santidad. Él no puede ser menos santo que yo, y tú no puedes ser más santo que él.

martes, 14 de julio de 2015

Principio 39: El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal.

PRINCIPIO 39

El milagro elimina el error porque el Espíritu Santo lo identifica como falso o irreal. Esto es lo mismo que decir que al percibirse la luz la oscuridad desaparece automáticamente.




El estudio de este nuevo Principio, nos permite dar continuidad a la labor emprendida en la anterior entrega en la que tuvimos ocasión de conocer, con más detalle, el papel protagonista del Espíritu Santo.

Con el Principio 39, el Espíritu Santo nos revela una de Sus principales cualidades, la de permitirnos identificar, a la luz de la Razón, el significado ilusorio e irreal del error.

A raíz de este enunciado, me he propuesto dedicar este análisis a la idea del error, pues considero que su causa se encuentra tan arraigada en el código de nuestros pensamientos que ha dado lugar a que nuestra realidad se sustente bajo la identidad de la ilusión.

Pasemos a entresacar los pasajes que nos comparte el Texto del Curso con relación a esta cuestión:

Está en nuestras manos elegir unirnos a la verdad o a la ilusión. Elegir una es abandonar la otra. Dota­remos de belleza y realidad a la que elijamos porque nuestra elección depende de cuál valoramos más. No podemos elegir más que entre Dios o el ego. Todo sistema de pen­samiento o bien es verdadero o bien falso, y todos sus atributos se derivan naturalmente de lo que es. Únicamente los Pensamientos de Dios son verdaderos. Y todo lo que se deriva de ellos procede de lo que son, y es tan verdadero como la santa Fuente de donde procedieron.

Me encanta la siguiente aportación. En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.
Cree esto y serás libre. Sólo Dios puede establecer esta solución, y esta fe es Su don.

Por lo tanto, tenemos que tener presente, que el primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir.

El Espíritu Santo separa lo verdadero de lo falso en nuestra mente, y nos enseña a juzgar cada pensamiento que dejamos que se adentre en ella a la luz de lo que Dios puso allí. Él tiene el poder de ver lo que hemos ocultado y reconocer en ello la Voluntad de Dios. Gracias a este reconocimiento, Él puede hacer que la Voluntad de Dios sea real para nosotros porque Él está en nuestra mente, y, por lo tanto, Él es nuestra realidad.

La verdad y lo falso no pueden coexistir en nuestra mente sin dividirla. Si no pueden coexistir en paz, y si lo que queremos es estar en paz, tenemos que abandonar por completo y para siempre la idea de con­flicto. Esto requiere que nos mantengamos alerta mientras no nos demos ­cuenta de lo que es verdad. Mientras sigamos creyendo que dos sistemas de pensamiento completamente contradictorios pueden compartir la verdad, es obvio que tenemos que mantenernos alerta. 

El ego, lo recordamos, está completamente comprometido a lo falso, y lo que percibe es lo opuesto a lo que percibe el Espíritu Santo, así como al conocimiento de Dios.

La Expiación, lo recordamos igualmente, conlleva una re-evaluación de todo lo que tenemos en gran estima, pues es el medio a través del cual el Espíritu Santo puede separar lo falso de lo verdadero, lo cual hemos acep­tado en nuestra mente sin hacer ninguna distinción entre ambos.

Como bien nos enseña el Curso, nuestra tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de nosotros que hemos levantado con­tra él. No es necesario que busquemos lo que es verdad, pero sí es necesario que busquemos todo lo que es falso. Toda ilusión es una ilusión de miedo, sea cual fuere la forma en que se manifieste. Y el intento de escapar de una ilusión refugiándonos en otra no puede sino fracasar. Si buscamos amor fuera de nosotros, podemos estar seguros de que estamos percibiendo odio en nuestro interior y de que ello nos da miedo. Pero la paz nunca procederá de la ilusión de amor, sino sólo de la realidad de éste.

Nos estamos adentrando poco a poco en el mundo ilusorio del error. La afirmación: “toda ilusión es una ilusión de miedo”, nos lleva a establecer una estrecha relación entre el error y el miedo. Ambos se alimentan de la misma causa, del mismo pensamiento original el cual dio lugar a un estado irreal e ilusorio al que, sin embargo, la mente le otorgó el poder de la realidad.

Repasemos cuál fue esa “causa” tan poderosa que dio lugar al error original y al miedo.

La única carencia que realmente necesitamos corregir es la sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubiésemos distorsionado nuestra percepción de la verdad, percibiéndonos así a nosotros mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya nos habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que nos vamos integrando nos volvemos uno, y nuestras necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto.

La idea de un orden de necesidades, que proviene del error original de que uno puede estar separado de Dios, requiere corrección en su propio nivel antes de que pueda corregirse el error de percibir niveles. No podemos comportarnos con eficacia mientras operemos en diferentes niveles. Sin embargo, mientras lo hagamos, la corrección debe proceder verticalmente, desde abajo hacia arriba. Esto es así porque creemos que vivimos en el espacio, donde conceptos como "arriba" y "abajo" tienen sentido. En última instancia, ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias.

Por lo tanto, podemos determinar, que todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

El primer paso correctivo para deshacer el error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo. De alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.

Con lo anterior hemos descrito los pasos que podemos elegir para deshacernos del error. A continuación expondré unas aportaciones extraídas del Capítulo 12 del Curso, titulado “El Programa de Estudios del Espíritu Santo”, donde podremos ampliar información sobre los recursos que tenemos a nuestra disposición para tratar la ilusión del error.

Se te ha dicho que no le otorgues realidad al error, y la manera de hacer esto es muy simple. Si deseas creer en el error, tienes que otorgarle realidad porque el error en sí no es real. Mas la verdad es real por derecho propio, y para creer en ella no tienes que hacer nada. Comprende que no reaccionas a nada directa­mente, sino a tu propia interpretación de ello. Tu interpretación, por lo tanto, se convierte en la justificación de tus reacciones. Por  eso es por lo que analizar los motivos de otros es peligroso. Si decides que alguien está realmente tratando de atacarte, abando­narte o esclavizarte, reaccionarás como si realmente lo hubiese hecho, al haberle otorgado realidad a su error. Interpretar el error es conferirle poder, y una vez que haces eso pasas por alto la verdad.

Tú que crees que Dios es miedo tan sólo llevaste a cabo una sustitución. Ésta ha adoptado muchas formas porque fue la sustitución de la verdad por la ilusión, la de la plenitud por la fragmentación. Dicha sustitución a su vez ha sido tan desmenu­zada y subdividida, y dividida de nuevo una y otra vez, que ahora resulta casi imposible percibir que una vez fue una sola y que todavía sigue siendo lo que siempre fue. Ese único error, que llevó a la verdad a la ilusión, a lo infinito a lo temporal, y a la vida a la muerte, fue el único que jamás cometiste. Todo tu mundo se basa en él. Todo lo que ves lo refleja, y todas las relaciones espe­ciales que jamás entablaste proceden de él.

Tal vez te sorprenda oír cuán diferente es la realidad de eso que ves. No te das cuenta de la magnitud de ese único error. Fue tan inmenso y tan absolutamente increíble que de él no pudo sino sur­gir un mundo totalmente irreal. ¿Qué otra cosa si no podía haber surgido de él? A medida que empieces a examinar sus aspectos fragmentados te darás cuenta de que son bastante temibles. Pero nada que hayas visto puede ni remotamente empezar a mostrarte la enormidad del error original, el cual pareció expulsarte del Cielo, fragmentar el conocimiento convirtiéndolo en inútiles añi­cos de percepciones desunidas y forzarte a llevar a cabo más sus­tituciones.

Ésa fue la primera proyección del error al exterior. El mundo surgió para ocultarlo, y se convirtió en la pantalla sobre la que se proyectó, la cual se interpuso entre la verdad y tú. Pues la ver­dad se extiende hacia adentro, donde la idea de que es posible perder no tiene sentido y lo único que es concebible es un mayor aumento. ¿Crees que es realmente extraño que de esa proyec­ción del error surgiese un mundo en el que todo está invertido y al revés? Eso fue inevitable. Pues si se llevase la verdad ante esto, ésta sólo podría permanecer recogida en calma, sin tomar parte en la absurda proyección mediante la cual este mundo fue construido. No llames pecado a esa proyección sino locura, pues eso es lo que fue y lo que sigue siendo. Tampoco la revistas de culpabilidad, pues la culpabilidad implica que realmente ocu­rrió. Pero sobre todo, no le tengas miedo.

Cuando te parezca ver alguna forma distorsionada del error original tratando de atemorizarte, di únicamente: "Dios es Amor y el miedo no forma parte de Él", y desaparecerá. La verdad te salvará, pues no te ha abandonado para irse al mundo demente y así apartarse de ti. En tu interior se encuentra la cordura; la demencia, fuera de ti. Pero tú crees que es al revés: que la verdad se encuentra afuera y el error y la culpabilidad adentro”. (T.12.I.1-7)

Para finalizar este interesante análisis, quisiera dedicar un espacio a la idea del pecado, ese concepto equivocado acuñado para dar significado al “pensamiento original”.

“Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado. Pero el pecado, de ser posible, sería irreversible. La creencia en el pecado está necesariamente basada en la firme convicción de que son las mentes, y no los cuerpos, que las atacan. Y así, la mente es culpable y lo será siempre, a menos que una mente que no sea parte de ella pueda darle la absolución. El pecado exige castigo del mismo modo en que el error exige corrección, y la creencia de que el castigo es corrección es claramente una locura.

El pecado no es un error, pues el pecado comporta una arrogancia que la idea del error no posee. Pecar supondría violar la realidad y lograrlo. El pecado es la proclamación de que el ataque es real y que la culpabilidad está justificada. Da por sentado que el Hijo de Dios es culpable y que, por lo tanto, ha conseguido perder su inocencia y también convertirse a sí mismo en algo que Dios no creó. De este modo, la creación se ve como algo que no es eterno, y la Voluntad de Dios como susceptible de ser atacada y derrotada. El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego. Pues debido a él, Dios Mismo cambia y se le priva de Su Plenitud”. (T.19.II.1-2)


Todo error es necesariamente una petición de amor. ¿Qué es, entonces, el pecado? ¿Qué otra cosa podría ser, sino una equivocación que queremos mantener oculta, una peti­ción de ayuda que no queremos que sea oída, y que, por lo tanto, se queda sin contestar?

Es tan esencial que reconozcamos que hemos fabricado el mundo que vemos, como que reconozcamos que no nos hemos creado a nosotros mismo. Pues se trata del mismo error. Nada que nuestro Creador no haya crea­do puede ejercer influencia alguna sobre nosotros. Y si creemos que lo que hicimos puede dictarnos lo que debemos ver y sentir, y tenemos fe en que puede hacerlo, estamos negando a nuestro Creador y creyendo que nos hemos hecho a nosotros mismo. Pues si creemos que el mundo que construimos tiene el poder de hacer de nosotros lo que se le antoje, estamos confun­diendo Padre e Hijo, Fuente y efecto.

Sólo los errores varían de forma, y a eso se debe que puedan engañar. Podemos cambiar la forma porque ésta no es verdad. Y no puede ser la realidad precisamente porque puede cambiar. La razón nos diría que si la forma no es la realidad tiene que ser entonces una ilusión, y que no se puede ver porque no existe. Y si la vemos debemos estar equivocados, pues estamos viendo lo que no puede ser real como si lo fuera. Lo que no podemos ver más allá de lo que no existe no puede sino ser percepción distorsionada, y no podemos por menos que percibir a las ilusiones como si fuesen la verdad.

Y para finalizar:

“El error no puede amenazar realmente a la verdad, la cual siem­pre puede resistirlo. En realidad, sólo el error es vulnerable. Eres libre de establecer tu reino donde mejor te parezca, pero no pue­des sino elegir acertadamente si recuerdas esto”:

El espíritu está eternamente en estado de gracia.
Tu realidad es únicamente espíritu.
Por lo tanto, estás eternamente en estado de gracia.

sábado, 4 de julio de 2015

Principio 38: "El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros..." - 2ª Parte y Final -

PRINCIPIO 38

El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros. El reconoce las creaciones de Dios así como tus ilusiones. Separa lo verdadero de lo falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente.



¿Cómo nos enseña el Espíritu Santo?

En el Capítulo 6 del Texto, el punto V nos habla de las Lecciones del Espíritu Santo. Entresacaré alguno de sus párrafos más interesantes de cara a la cuestión planteada:



Como cualquier buen maestro, el Espíritu Santo sabe más de lo que tú sabes ahora, y sólo te enseña para que llegues a ser igual que Él. Tú te enseñaste mal a ti mismo al creer lo que no era cierto. No creíste en tu propia perfección. ¿Iba acaso Dios a ense­ñarte que habías fabricado una mente dividida, cuando Él sabe que tu mente es íntegra? Lo que Dios sí sabe es que Sus canales de comunicación no están abiertos a Él, lo cual le impide impartir­les Su gozo y, así, saber que Sus Hijos son completamente dicho­sos. El dar de Su gozo es un proceso continuo, no en el tiempo sino en la eternidad. La extensión de Dios, aunque no Su comple­ción, se obstruye cuando la Filiación no se comunica con Él cual una sola. Así que Dios pensó: "Mis Hijos duermen y hay que despertarlos".

(…) El Espíritu Santo nunca hace una relación detallada de los erro­res porque Su intención no es asustar a los niños, y los que carecen de sabiduría son niños. Siempre responde, no obstante, a su lla­mada, y el hecho de que ellos puedan contar con Él los hace sen­tirse más seguros. Los niños ciertamente confunden las fantasías con la realidad, y se asustan porque no pueden distinguir la dife­rencia que hay entre ellas. El Espíritu Santo no hace distinción alguna entre diferentes clases de sueños. Simplemente los hace desaparecer con Su luz. Su luz es siempre la llamada a despertar, no importa lo que hayas estado soñando. No hay nada duradero en los sueños, y el Espíritu Santo, que refulge con la Luz de Dios Mismo, sólo habla en nombre de lo que perdura eternamente.

El objetivo del ego es tan unificado como el del Espíritu Santo, y por ello sus respectivos objetivos jamás podrán reconciliarse en modo alguno ni desde ningún punto de vista. El ego siempre trata de dividir y separar. El Espíritu Santo, de unificar y curar. A medida que curas, eres curado, ya que el Espíritu Santo no ve grados de dificultad en la curación. Curar es la manera de desva­necer la creencia de que existen diferencias; al ser la única manera de percibir a la Filiación como una sola entidad. Esta percepción, por lo tanto, está en armonía con las leyes de Dios; aun cuando tiene lugar en un estado mental que no está en armonía con el Suyo. La fuerza de la percepción correcta es tan grande que pone a la mente en armonía con la Mente de Dios, pues se encuentra al servicio de Su Voz, la cual mora en todos vosotros

La mente, no obstante, puede tejer ilusiones, y si lo hace creerá en ellas porque creyendo en ellas fue como las tejió.
El Espíritu Santo desvanece las ilusiones sin atacarlas, ya que no puede percibirlas en absoluto. Por consiguiente, no existen para Él. Resuelve el aparente conflicto que éstas engendran, per­cibiendo cualquier conflicto como algo sin sentido. He dicho anteriormente que el Espíritu Santo percibe el conflicto exactamente como es, y el conflicto no tiene sentido.5El Espíritu Santo no quiere que entiendas el conflicto, quiere, no obstante, que te des cuenta de que puesto que el conflicto no tiene sentido, no es comprensible. Como ya dije anteriormente, el entendimiento suscita aprecio, y el aprecio suscita amor. El amor es lo único que se puede entender, ya que sólo el amor es real, y, por lo tanto, sólo el amor tiene sentido.

El Espíritu Santo te enseñará a percibir más allá de tus creencias porque la verdad está más allá de cualquier creencia, y la percep­ción del Espíritu Santo es verdadera. Te puedes olvidar del ego por completo en cualquier momento que así lo elijas porque el ego es una creencia completamente inverosímil, y nadie puede seguir abrigando una creencia que él mismo haya juzgado como increí­ble.
  
Las enseñanzas del Espíritu Santo apuntan en una sola direc­ción y tienen un solo objetivo. Su dirección es la libertad y Su objetivo es Dios. El Espíritu Santo, no obstante, no puede conce­bir a Dios sin ti porque no es la Voluntad de Dios estar sin ti.


¿Cómo debemos corregir los errores?


La vigilancia que el ego ejerce en relación con los errores de otros egos no es la clase de vigilancia que el Espíritu Santo quiere que mantengamos. Los egos critican basándose en el tipo de "lógica" de que son partidarios. Entienden esa clase de lógica porque para ellos tiene sentido. Para el Espíritu Santo, no obstante, no tiene ningún sentido.

Para el ego lo caritativo, lo correcto y lo apropiado es señalar­les a otros sus errores y tratar de "corregirlos". Esto tiene per­fecto sentido para él porque no tiene idea de lo que son los errores ni de lo que es la corrección. Los errores pertenecen al ámbito del ego, y la corrección de los mismos estriba en el rechazo del ego. Cuando corriges a un hermano le estás diciendo que está equivocado. Puede que en ese momento lo que esté diciendo no tenga sentido, y es indudable que si está hablando desde su ego no lo tiene. Tu tarea, sin embargo, sigue siendo decirle que tiene razón. No tienes que decírselo verbal­mente si está diciendo tonterías. Necesita corrección en otro nivel porque su error se encuentra en otro nivel. Sigue teniendo razón porque es un Hijo de Dios. Su ego, por otra parte, está siempre equivocado, no importa lo que diga o lo que haga.

Si le señalas a tu hermano los errores de su ego, tienes forzosa­mente que estar viendo a través del tuyo porque el Espíritu Santo no percibe sus errores. Esto tiene que ser verdad, toda vez que no existe comunicación entre el ego y el Espíritu Santo. Lo que el ego está diciendo no tiene sentido, y el Espíritu Santo no intenta com­prender nada que proceda de él. Puesto que no lo entiende, tam­poco lo juzga, pues sabe que nada que el ego haga tiene sentido.

Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simple­mente pasa por alto todos los errores, y si tú les das importancia, es que no lo estás oyendo a Él. Si no lo oyes, es que estás escu­chando al ego, y mostrándote tan insensato como el hermano cuyos errores percibes. Esto no puede ser corrección. como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renuncias a la posibilidad de poder corregir los tuyos.

Cuando un hermano se comporta de forma demente sólo lo puedes sanar percibiendo cordura en él. Si percibes sus errores y los aceptas, estás aceptando los tuyos. Si quieres entregarle tus errores al Espíritu Santo, tienes que hacer lo mismo con los suyos. A menos que ésta se convierta en la única manera en que lidias con todos los errores; no podrás entender cómo se deshacen. ¿Qué diferencia hay entre esto y decirte que lo que enseñas es lo que aprendes? Tu hermano tiene tanta razón como tú, y si crees que está equivocado te estás condenando a ti mismo.

Tú no te puedes corregir a ti mismo. ¿Cómo ibas a poder entonces corregir a otro? Puedes, no obstante, verlo verdaderamente, puesto que te es posible verte a ti mismo verdaderamente. Tu función no es cambiar a tu hermano, sino simplemente acep­tarlo tal como es. Sus errores no proceden de la verdad que mora en él, y sólo lo que es verdad en él es verdad en ti. Sus errores no pueden cambiar esto, ni tener efecto alguno sobre la verdad que mora en ti. Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para ti. No podrás evitar pagar las consecuencias de esto, no porque se te vaya a castigar, sino porque estarás siguiendo al guía equivocado, y, por lo tanto, te extraviarás.

Los errores que tu hermano comete no es él quien los comete, tal como no eres tú quien comete los tuyos. Considera reales sus errores, y te habrás atacado a ti mismo. Si quieres encontrar tu camino y seguirlo, ve sólo la verdad a tu lado, pues camináis juntos. El Espíritu Santo en ti os perdona todo a ti y a él. Sus errores le son perdonados junto con los tuyos. La Expiación, al igual que el amor, no opera aisladamente. La Expiación no puede operar aisladamente porque procede del amor. Cualquier intento que hagas por corregir a un hermano significa que crees que puedes corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia.

El Espíritu Santo lo perdona todo porque Dios lo creó todo. No trates de asumir Su función, o te olvidarás de la tuya. Acepta únicamente la función de sanar mientras estés en el tiempo por­que para eso es el tiempo. Dios te encomendó la función de crear en la eternidad. No necesitas aprender cómo crear, pero necesitas aprender a desearlo. Todo aprendizaje se estableció con ese pro­pósito. Así es como el Espíritu Santo utiliza una capacidad que tú inventaste, pero que no necesitas. iPonla a Su disposición! Tú no sabes cómo usarla. ÉI te enseñará cómo verte a ti mismo sin con­denación, según aprendas a contemplar, todas las cosas de esa manera. La condenación dejará entonces de ser real para ti, y todos tus errores te serán perdonados”. (T.9.III.1-8)

¿Cómo debemos perdonar?

La Expiación es para todos porque es la forma de desvanecer la creencia de que algo pueda ser únicamente para ti. Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad.


Perdonar a través del Espíritu Santo consiste simplemente en mirar más allá del error desde un princi­pio, haciendo que, de esta manera, nunca sea real para ti. No dejes que ninguna creencia que afirme que el error es real se infil­tre en tu mente, o creerás también que para poder ser perdonado tienes que deshacer lo que tú mismo, has hecho. Lo que no tiene efectos no existe, y para el Espíritu Santo los efectos del error son inexistentes: Mediante la cancelación progresiva y sistemática de los efectos de todos los errores, en todas partes y con respecto a todo, el Espíritu Santo enseña que el ego no existe y lo demuestra.

viernes, 3 de julio de 2015

Principio 38: "El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros..." - 1ª Parte -

PRINCIPIO 38

El Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros. El reconoce las creaciones de Dios así como tus ilusiones. Separa lo verdadero de lo falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente.


Me atrevería a decir, que este punto nos presenta al verdadero protagonista de Un Curso de Milagros, pues como bien recoge este Principio, el Espíritu Santo es el mecanismo de los milagros.

Cuando se adquiere una visión conjunta de lo expuesto en el Texto, la consideración
manifestada en el párrafo anterior se convierte en una certeza. En el desarrollo del Curso se nos hace referencia, a través de nuestro Hermano Mayor Jesús, de las características del ego y de las características del Espíritu Santo. Mientras que el primero no es real, el segundo, se nos presenta como el mediador entre la comunicación superior y la inferior, y mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios.
Por lo tanto, volviendo al atrevimiento inicial, considero que el protagonista real y verdadero del Curso es el Espíritu Santo.

Dicho esto, pasemos a analizar en este espacio, algunas de las muchas características que se nos detalla en el Curso con relación al Espíritu Santo (E.S).

El Principio 38 nos informa en su título, que “El reconoce las creaciones de Dios así como tus ilusiones”.

Kenneth Wapnick, en su obra “Los 50 Principios de los Milagros” nos dice en relación a este punto, que  el Espíritu Santo es un "bateador ambidextro" y, como dice el Curso más adelante, "la única parte de la Santísima Trinidad que tiene una función simbólica" (T-5.I.4:1). Esto quiere decir que El puede funcionar en un mundo de símbolos. No hay símbolos en el Cielo, únicamente en este mundo.

Expongo a continuación, las cuestiones que le plantean los estudiantes a Ken con relación a este Principio. Lo considero verdaderamente interesante:

P: Si la separación es ilusoria, y el Espíritu Santo cobra existencia para resolver eso, ¿no es Él una ilusión?

R: No, porque lo creó Dios. No obstante es una buena pregunta. La respuesta del Curso es que cuando la separación se sane totalmente y ya no se necesite el Espíritu Santo, Este existirá aún porque Dios lo creó. Y luego el Curso añade que El regresa al Cielo y bendice nuestras creaciones (T-5.I.5:7).

P: Pero parece como si a El lo hubiesen creado para resolver un problema que no existe.

R: Eso es correcto, y porque El fue creado por Dios, lo cual significa realmente que El es sólo una extensión de Dios, una vez Dios Lo crea, El no puede desaparecer. Su función es ilusoria, puesto que consiste en corregir un problema que es inherentemente ilusorio, lo cual implica que esta función también tiene que ser una ilusión, como lo es la forma en la cual experimentamos el contenido de Su Amor.

P: Pero El es uno de nosotros...

R: No, El no es uno de nosotros. Nosotros somos parte de la Segunda Persona de la Trinidad -Cristo- y el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad. En otro nivel, por supuesto, la Trinidad es Una. Sin embargo, Un curso en milagros sí habla de Niveles de la Trinidad. Esto es más que una excelente distinción teológica. Es importante corregir la idea de que la Voz del Espíritu Santo es la nuestra. Esto es similar a la creencia de que nosotros somos Dios, que el Curso claramente plantea que no lo somos (T-7.I.1-3). Creer que la Voz de Dios es la nuestra, por no decir que somos el Mismo Dios, es precisamente otra expresión de la creencia básica de la separación que en primer lugar nos metió en dificultades.

P: Usted utilizó otra clase de ejemplo. Dijo que Dios envió al Espíritu Santo al sueño; El no es parte del sueño, pero vino al mismo para hablarnos desde ahí.

R: La pregunta es aún, "¿Qué sucederá cuando termine el sueño? Es una de esas cosas que nadie puede entender en forma alguna. Yo sólo puedo decirle lo que Un curso en milagros dice al respecto. Pero la idea es que el Espíritu Santo tiene un pie en la realidad, en el Cielo, y otro en el sueño (si damos por sentado que El tiene dos pies). El está en el sueño pero no es parte del mismo. Está en nuestras mentes separadas y obra en ellas; no obstante, también está en contacto con la Mente de Cristo. Es como un intermediario.
Dios, por supuesto, ni siquiera se ha enterado del sueño, o del mundo de la ilusión. Una analogía puede ser la de un padre que contempla a su hijo que duerme por la noche y lo ve cómo se revuelve en forma agitada, obviamente tiene una pesadilla. El padre no sabe qué sueña el niño, puesto que todo ocurre fuera de la mente de aquel, pero sí sabe que el niño sufre y es claro que quiere aliviar el dolor de su hijo. Dios se encuentra en una situación similar. Por lo tanto, Se extiende a Sí Mismo hacia el sueño, y hasta la mente de Su Hijo que duerme. El "Espíritu Santo" es el nombre que Un curso en milagros le da a esa extensión, la Voz por Dios. Y en ese sueño El nos dice: "Hermano, escoge otra vez. Puedes contemplar tu sueño de manera diferente." Y así, El cierne lo que en verdad no llena nuestra necesidad; i.e., las relaciones especiales. Nos ayuda a unificar nuestra percepción, a ver todas las cosas como lecciones que Dios quiere que aprendamos. Eso es lo que quiere decir "El separa lo verdadero de lo falso," y "percibir totalmente en vez de selectivamente." Ese fue el punto que presenté antes, que El ve todos los aspectos de una situación. Nosotros vemos una situación sólo en términos de nuestras necesidades específicas. El reconoce todas las situaciones como oportunidades para sanar a todas las personas que estén involucradas.

Retomamos de nuevo el tema, y lo hago con un intento de dar respuesta a la siguiente pregunta, que tal vez compartas: ¿dónde se encuentra el Espíritu Santo en nosotros?

La respuesta nos la da Jesús: “El Espíritu Santo se encuentra en tu mente recta, tal como se encontraba en la mía”. “El Espíritu Santo se encuentra en ti en un sentido muy literal. Suya es la Voz que te llama a retornar a donde estabas antes y a donde estarás de nuevo. Aun en este mundo es posible oír sólo esa Voz y ninguna otra”.

El Espíritu Santo mora en la parte de la mente que yace entre el ego y el espíritu, mediando siempre entre ellos en favor del espíritu. Para el ego eso es ser parcial, y reacciona como si algo estuviese contra él. Para el espí­ritu eso es la verdad porque el espíritu conoce su propia llenura y no puede concebir que haya alguna parte de la que él esté excluido.

Debemos tener presente, que el Espíritu Santo, al igual que el ego, es una elección que uno hace. Ambos constituyen las únicas alternativas que la mente puede aceptar y obedecer. El Espíritu Santo y el ego son las únicas opciones que tenemos. Dios creó Una de ellas, y, por lo tanto, no puedes deshacerla. La otra la inventamos nosotros, y, por lo tanto, sí podemos. Sólo lo que Dios crea es irreversible e inmuta­ble. Lo que nosotros hemos fabricado siempre se puede cambiar porque cuando no pensamos como Dios, en realidad no estamos pensando en absoluto. Las ideas ilusorias no son pensamientos reales, si bien podemos creer en ellas. Pero eso es un error. La función del pen­samiento procede de Dios y reside en Dios. Puesto que formamos parte de Su Pensamiento, no podemos pensar separados de El.

El Espí­ritu Santo es la Respuesta de Dios al ego. Todo lo que el Espíritu Santo te recuerda está en directa oposición a las nociones del ego, pues las percepciones verdaderas y las falsas se oponen entre sí. La tarea del Espíritu Santo es deshacer lo que el ego ha hecho. Lo deshace en el mismo nivel en que el ego opera, pues, de otro modo, la mente sería incapaz de comprender el cambio.

El Espíritu Santo es el mediador entre las interpretaciones del ego y el conocimiento del espíritu. Su capacidad para utilizar símbolos le permite actuar con las creencias del ego en el propio lenguaje de éste. Su capacidad para mirar más allá de los símbolos hacia la eternidad le permite entender las leyes de Dios, en nombre de las cuales habla. Puede, por consiguiente, llevar a cabo la función de reinterpretar lo que el ego forja, no mediante la destrucción, sino mediante el entendimiento. El entendimiento es luz, y la luz conduce al conocimiento. El Espíritu Santo se encuentra en la luz porque Él está en nosotros que somos luz, pero des­conocemos esto. La tarea del Espíritu Santo consiste, pues, en rein­terpretarnos en nombre de Dios.

El ego construyó el mundo tal como lo percibe, pero el Espíritu Santo -el reinterprete de lo que el ego construyó- ve el mundo como un recurso de enseñanza para llevarnos a nuestro hogar. El Espí­ritu, Santo tiene que percibir el tiempo y re-interpretarlo como eterno. Tiene que llevar a cabo Su labor mediante el uso de opuestos porque tiene que operar para una mente y con una mente que está en oposición.

El Espíritu Santo está siempre en comunión con Dios, y forma parte de nosotros. Él es nuestro Guía a la salvación porque recuerda lo pasado y lo que ha de venir, y lo trae al presente. Él mantiene ese regocijo en nuestra mente con gran ternura, y sólo nos pide que lo incrementemos com­partiéndolo en Nombre de Dios de modo que Su júbilo se incre­mente en nosotros.

El Espíritu Santo mora en la parte de la mente que yace entre el ego y el espíritu, mediando siempre entre ellos en favor del espíritu. Para el ego eso es ser parcial, y reacciona como si algo estuviese contra él. Para el espí­ritu eso es la verdad porque el espíritu conoce su propia llenura y no puede concebir que haya alguna parte de la que él esté excluido.

Nos refiere, igualmente, este Principio que el E.S, separa lo verdadero de lo falso mediante Su capacidad para percibir totalmente en vez de selectivamente.

Esta afirmación nos lleva a analizar el papel que desempeña el Espíritu Santo en el Plan de Salvación diseñado por el Creador:

El Espíritu Santo es la Mente de Cristo, la cual es consciente del conocimiento que yace más allá de la percepción. El Espíritu Santo comenzó a existir como medió de protección al producirse la separación, lo cual inspiró simultáneamente el principio de la Expiación. Antes de eso no había necesidad de curación, pues nadie estaba desconsolado. La Voz del Espíritu Santo es la Lla­mada a la Expiación, es decir, a la restitución de la integridad de la mente. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. Pero lo que Dios crea es eterno. El Espíritu Santo permanecerá con los Hijos de Dios para bendecir las creaciones de éstos y mantenerlas en la luz de la dicha.
Dios honró incluso las creaciones falsas de sus Hijos porque ellos las habían hecho. Pero también bendijo a Sus Hijos con una manera de pensar que fuese capaz de elevar sus percepciones a tal altura, que casi pudieran llegar hasta Él. El Espíritu Santo es la Mente de la Expiación. Representa un estado mental lo suficien­temente próximo a la Mentalidad-Uno como para que la transfe­rencia a ella sea finalmente posible. La percepción no es conocimiento, pero puede ser transferida al conocimiento, o cru­zar hasta él. Tal vez sea más útil en este caso utilizar el significado literal de la palabra "transferida", o sea "transportada", puesto que el último paso es Dios Quien lo da.
El Espíritu Santo -la Inspiración que toda la Filiación com­parte- induce a una clase de percepción en la que muchos ele­mentos son como los del Reino de los Cielos:
En primer lugar, su universalidad es perfectamente inequí­voca, y nadie que la alcance podría pensar ni por un momento que compartirla signifique cualquier otra cosa que no sea ganar.
En segundo lugar, es una percepción que es incapaz de atacar, y, por lo tanto, es verdaderamente receptiva. 4Esto quiere decir que si bien no engendra conocimiento, tampoco lo obstruye en modo alguno.
Finalmente, señala al camino que lleva a lo que está más allá de la curación qué trae consigo, y conduce a la mente más allá de su propia integración, hacia los senderos de la creación. En este punto es donde se producen suficientes cambios cuantitativos para producir un verdadero salto cualitativo”. (T.5.I.5-7)

Lo recogido en el punto anterior se completa con otra aportación extraída del Curso:
“El Espíritu Santo es la Respuesta de Dios a la separación; el medio a través del cual la Expiación cura hasta que la mente en su totalidad se reincorpore al proceso de creación”.

El Espíritu Santo es el resplandor al que debemos permitir que desvanezca la idea de la oscuridad. Suya es la gloria ante la cual la disociación desaparece y el Reino de los Cielos pasa a ocupar el lugar que le corresponde: Antes de la separación no teníamos necesidad de dirección, pues disponíamos de conocimiento, tal como dispondremos de él de nuevo, pero como no disponemos de él ahora.

La Voz del Espíritu Santo no da órdenes porque es incapaz de ser arrogante. No exige nada porque su deseo no es controlar. No vence porque no ataca. Su Voz es simplemente un recorda­torio. Es apremiante únicamente por razón de lo que nos recuerda. Le ofrece a nuestra mente el otro camino, permaneciendo serena aun en medio de cualquier confusión a la que podamos dar lugar. La Voz que habla por Dios es siempre serena porque habla de paz. La paz es más poderosa que la guerra porque sana. La guerra es división, no expansión. Nadie gana en la batalla. ¿Qué saca un hombre con ganar el mundo entero si con ello pierde su propia alma? Si le prestamos oídos a la voz que no debemos, perdemos de vista a nuestra alma. En realidad no podemos perderla, pero podemos no cono­cerla. Por lo tanto, nos parecerá que la hemos "perdido" hasta que elijamos correctamente.           

El Espíritu Santo es nuestro Guía a la hora de elegir. Reside en la parte de nuestra mente que siempre habla en favor de la elección correcta porque habla por Dios. Él es el último nexo de comuni­cación que nos queda con Dios, comunicación que podemos inte­rrumpir, pero no destruir. El Espíritu Santo es el vehículo mediante el cual la Voluntad de Dios se cumple así en la tierra como en el Cielo.

La Voz del Espíritu Santo en nosotros es débil. Por eso es por lo que debemos compartirla. Tenemos que hacernos más fuerte antes de que podamos oírla. Es imposible que la oigamos en nuestro interior mientras sigamos siendo tan débil mentalmente. No es que de por sí sea débil, sino que está limitada por nuestra renuencia a oírla. Si cometemos el error de buscar al Espíritu Santo únicamente en nosotros, nuestros pensa­mientos nos asustarán, ya que al adoptar el punto de vista del ego, estaremos emprendiendo un viaje que le es ajeno al ego utilizándolo a él de guía. Esto no puede sino producir miedo.

El Espíritu Santo extiende y el ego proyecta. Del mismo modo en que los objetivos de ambos son opuestos, así también lo son sus resultados.

La diferencia entre la proyección del ego y la extensión del Espíritu Santo es muy simple. El ego proyecta para excluir, y, por lo tanto, para engañar. El Espíritu Santo extiende al reconocerse a Sí Mismo en cada mente, y de esta manera las percibe a todas como una sola. Nada está en conflicto en esta percepción porque lo que el Espíritu Santo percibe es todo igual.

El Espíritu Santo comienza percibiendo nuestra perfección. Como sabe que esa perfección es algo que todos comparten, la reconoce en otros, y así la refuerza tanto en nosotros como en ellos. En vez de ira, esto suscita amor tanto en ellos como en nosotros porque establece el estado de inclusión. Puesto que percibe igualdad, el Espíritu Santo percibe en todos las mismas necesidades. Esto invita auto­máticamente a la Expiación porque la Expiación es la necesidad universal de este mundo. Percibirnos a nosotros mismos de esta manera es la única forma de hallar felicidad en el mundo. Eso se debe a que es el reconocimiento de que no estamos en este mundo, pues el mundo es un lugar infeliz.

El Espíritu Santo hace uso del tiempo, pero no cree en, él. Puesto que Él procede de Dios, usa todo para el bien, pero no cree en lo que no es verdad.

Sólo el Espíritu Santo puede resolver conflictos porque sólo el Espíritu Santo está libre de conflictos. Él percibe única­mente lo que es verdad en nuestra mente, y lo extiende sólo a lo que es verdad en otras mentes.

El Espíritu Santo nos fue dado con perfecta imparcialidad, y a menos que lo reconozcamos imparcialmente no podremos reconocerlo en absoluto. El ego es legión, pero el Espíritu Santo es uno. No hay tinieblas en ninguna parte del Reino, y nuestro papel sólo consiste en impedir que las tinieblas moren en nuestra mente. Ésta armonía con la luz es ilimitada porque está en armonía con la luz del mundo. Cada uno de nosotros es la luz del mundo, y al unir nuestras mentes en esa luz proclamamos el Reino de Dios juntos y cual uno solo.

Continuará...