domingo, 11 de junio de 2017

Principio 49: "El milagro no distingue entre diferentes grados de percepción errónea."

PRINCIPIO 49

El milagro no distingue entre diferentes grados de percepción errónea. Es un recurso para sanar la percepción que es eficaz independientemente del grado o dirección del error. En eso radica su verdadera imparcialidad.


Estamos, sin duda, ante la idea central de las enseñanzas del Curso: “no hay grado de dificultad en los milagros”, o dicho de otra manera, “no existe la dualidad”.

La lógica aceptada por el ego le lleva a la creencia de que todo cuanto ocurre en el mundo con el que se encuentra identificado es susceptible de manifestarse con diferentes grados de dificultad. Esto quiere decir que, habitualmente, solemos clasificar los problemas en grados y niveles. Una enfermedad, un conflicto, se mide en grados de gravedad. Nuestra respuesta no es la misma, si el diagnóstico médico es un resfriado, que si es una neumonía o si se trata de un cáncer de pulmón.
No reaccionamos igual ante una pelea callejera, que ante una ruptura matrimonial.

Podríamos decir, que para cambiar esas creencias, requeriremos un nuevo enfoque, una nueva visión, o lo que es lo mismo, necesitamos trascender las leyes temporales, basadas en la clasificación de niveles y grados de dificultad.

Hoy vamos a ver cómo, independientemente de las mentiras que nos hayamos creído, para el mila­gro son irrelevantes, pues puede sanar cualquiera de ellas con la misma facilidad. El milagro no hace distinciones entre diferentes percepciones falsas. Su única finalidad es distinguir entre la ver­dad por un lado y el error por otro. Algunos milagros pueden parecer más difíciles de obrar que otros, pero no podemos olvidarnos del primer principio de este curso: no hay grados de dificultad en los milagros.

Para el Espíritu Santo no hay grados de dificultad en los mila­gros. A estas alturas, esto debería resultarnos ya bastante familiar, aunque no es algo que todavía estemos dispuestos a creer.

Las enseñanzas del Curso, nos revela, que es mucho lo que todavía nos queda por hacer en favor del Reino como para pasar por alto este concepto tan crucial. Es realmente una de las piedras angulares del sistema de pensamiento que nos enseña Jesús y que quiere que nosotros enseñemos. No podemos obrar milagros sin creer en él, ya que es una creencia en la perfecta igualdad. El único regalo idéntico que se les puede ofrecer a los Hijos idénticos de Dios, es apreciarlos completamente. Ni más ni menos. Sin una gama variable, la idea de grados de dificultad carece de sentido, y no debe haber gama alguna en lo que le ofrecemos a nuestro hermano.

Es importante recordar, que los milagros demuestran que el aprendizaje ha tenido lugar bajo la debida dirección, pues el aprendizaje es invisible y lo que se ha aprendido sólo se puede reconocer por sus resultados. Su generalización se demuestra a medida que lo ponemos en práctica en más y más situaciones. Reconoceremos que hemos aprendido que no hay grados de dificultad en los milagros cuando los apliquemos a todas las situaciones. No hay situación a la que los milagros no sean aplicables, y al aplicarlos a todas las situaciones el mundo real será nuestro.

Un desarrollo más completo de este Principio, nos exige profundizar en el Capítulo 14, más concretamente en el apartado X, titulado “La igualdad de los milagros”:

La igualdad de los milagros
Cuando ninguna percepción se interponga entre Dios y Sus creaciones, o entre Sus Hijos y las suyas, el conocimiento de la creación no podrá sino continuar eternamente. Los reflejos que aceptas en el espejo de tu mente mientras estás en el tiempo o bien te acercan a la eternidad o bien te alejan de ella. Pero la eternidad en sí está más allá del tiempo. Salte del tiempo y con la ayuda del reflejo de la eternidad en ti, extiéndete y tócala. Y pasarás del  tiempo a la santidad tan inevitablemente como el reflejo de la santidad exhorta a todos a dejar a un lado la culpabi­lidad. Sé un reflejo de la paz del Cielo aquí y lleva este mundo al Cielo, pues el reflejo de la verdad atrae a todo el mundo a ésta, y a medida que todos entran en ella, dejan atrás todos los reflejos.

En el Cielo la realidad no se refleja, sino que se comparte. Al compartir su reflejo aquí, su verdad se vuelve la única percep­ción que el Hijo de Dios acepta. De este modo aflora en él el recuerdo de su Padre, y a partir de ése momento nada más puede satisfacerle, excepto su propia realidad. Vosotros en la tierra no tenéis idea de lo que significa no tener límites, pues el mundo en el que aparentemente vivís es un mundo de límites. No es cierto que en este mundo pueda ocurrir algo que no conlleve grados de dificultad. El milagro, por lo tanto, tiene una función única, y lo inspira un Maestro único que trae las leyes de otro mundo a éste. Obrar milagros es lo único que puedes hacer que transciende la idea de grados de dificultad, pues los milagros no están basados en diferencias sino en la igualdad.

Los milagros no compiten entre sí, y el número de milagros que puedes obrar es ilimitado. Pueden ser legión y a la vez simultáneos. Esto no es difícil de entender una vez que concibes que son posibles. Lo que más cuesta entender es que la falta de grados de dificultad que caracteriza al milagro es algo que tiene que proce­der de otra parte y no de aquí. Desde el punto de vista del mundo, eso es imposible.

Tal vez te hayas dado cuenta de que tus pensamientos no com­piten entre sí, y de que, aunque estén en conflicto entre sí, pue­den ocurrir simultáneamente y con gran profusión. Puedes ciertamente estar tan acostumbrado a eso que ya apenas te sor­prenda. No obstante, estás acostumbrado también a clasificar algunos de tus pensamientos como más importantes o mejores que otros, como más sabios, productivos o valiosos. Esto es cierto con respecto a los pensamientos que se les ocurren a los que creen vivir separados. Pues algunos pensamientos son refle­jos del Cielo, mientras que otros los suscita el ego, el cual tan sólo aparenta pensar.

El resultado de todo esto es un patrón zigzagueante y variable que nunca descansa y jamás se detiene. Se mueve incesante­mente por todo el espejo de tu mente, y los reflejos del Cielo aparecen fugazmente para luego desvanecerse, a medida que la oscuridad los envuelve. Allí donde había luz, la oscuridad la elimina en un instante, dando lugar a que patrones que alternan entre la luz y la oscuridad atraviesen tu mente sin tregua. La poca cordura que aún te queda permanece ahí gracias a un sen­tido de orden que tú mismo estableces. Mas el hecho mismo de que puedas hacer eso y seas capaz de imponer orden donde reina el caos, demuestra que tú no eres un ego y que en ti tiene que haber algo más que un ego. Pues el ego es caos, y si eso fuese lo único que hay en ti, te sería imposible imponer ningún tipo de orden. No obstante, aunque el orden que le impones a tu mente limita al ego, también te limita a ti. Ordenar es juzgar y clasificar por medio de juicios. Por lo tanto, es una función que le corresponde al Espíritu Santo, no a ti.

Te parecerá difícil aprender que no tienes ninguna base para poner orden en tus pensamientos. El Espíritu Santo te enseña esta lección ofreciéndote los ejemplos deslumbrantes de los milagros, a fin de mostrarte que tu modo de ordenar es desacertado, pero que se te ofrece uno mejor. El milagro responde siempre de la misma manera ante cualquier petición de ayuda. No la juzga. Simplemente reconoce lo que es y responde consecuentemente. No se detiene a considerar qué petición es más importante, más urgente o más apremiante. Tal vez te preguntes por qué se te pide que hagas algo que no requiere que emitas ningún juicio, cuando todavía eres prisionero de los juicios. La respuesta es muy simple: el poder de Dios, no el tuyo, es el que engendra los milagros. El milagro en sí no hace sino dar testimonio de que el poder de Dios se encuentra dentro de ti. Ésa es la razón de que el milagro bendiga por igual a todos los que de alguna manera son partícipes en él, y ésa es también la razón de que todos sean partícipes en él. El poder de Dios es ilimitado. Y al ser siempre máximo, ofrece todo a cualquiera que se lo pida. No hay grados de dificultad en esto. A una petición de ayuda se le presta ayuda. (Cap. 14.X.1:6)


En verdad, cuando creemos que es imposible que no haya grados de difi­cultad en los milagros, lo único que estás diciendo es que hay algunas cosas que no queremos entregarle a la verdad. Creemos que la verdad no podría resolverlas debido únicamente a que preferimos mantenerlas ocultas de la verdad. Dicho llanamente, nuestra falta de fe en el poder que sana todo dolor emana de nuestro deseo de conservar algunos aspectos de la realidad y reservarlos para la fantasía. ¡Si tan sólo comprendiésemos cuánto afecta esto nuestra apreciación de la totalidad! Aquello que nos reservamos sólo para nosotros, se lo quitamos a Aquel que quiere liberarnos. A menos que se lo devolvamos, nuestra pers­pectiva de la realidad permanecerá inevitablemente distorsionada y sin corregir.


Mientras deseemos que esto siga siendo así, seguiremos albergando la ilusión de que hay grados de dificultad en los milagros. Pues habremos sembrado la idea de grados de realidad al darle una parte de ésta a un maestro, y la otra al otro. De este modo, aprendemos a tratar con una parte de la verdad de una manera, y con la otra de otra. Fragmentar la verdad es destruirla, pues ello la desprovee de todo significado. El concepto de grados de realidad es un enfoque que denota falta de entendimiento, un marco de referen­cia para la realidad con el que realmente no se la puede comparar en absoluto.

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