viernes, 5 de junio de 2015

Principio 37: Un milagro es una corrección que yo introduzco en el pensamiento falso...

PRINCIPIO 37

Un milagro es una corrección que yo introduzco en el pensamiento falso. Actúa como un catalizador, disolviendo la percepción errónea y reorganizándola debidamente. Esto te coloca bajo el principio de la Expiación, donde la percepción sana. Hasta que esto no ocurra no podrás conocer el Orden Divino.


Ya hemos tenido ocasión de analizar en otros Principios la idea de la “Percepción”. En esta ocasión, volveremos sobre este tema, pero comparándolo con la idea del “Conocimiento”.

Me gustaría comenzar este artículo con la aportación que nos hace Kenneth Wapnick con relación al Principio 37:

"Percepción errónea, es percibir un problema en el mundo, externo a nosotros. El milagro reorganiza la percepción porque la devuelve adonde realmente está el problema, en nuestras mentes. Jesús es quien introduce el milagro. Nuestra labor es sencillamente querer que él lo haga, pedir su ayuda para ver la situación como él la ve. Esta es la percepción verdadera. Jesús toma las falsas percepciones que nosotros hemos hecho reales -la enfermedad, el conflicto, la guerra, etc.- y las invierte de modo que lo veamos todo del mismo modo: todo el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos, está pidiendo ayuda. Se escoge entonces el principio de la Expiación, que puede exponerse de nuevo como la negación de que la separación y la culpa son reales.
Otro término técnico que se usa consistentemente a través de Un curso en milagros es "conocimiento." Tal como lo usa el Curso, es sinónimo de Cielo. La contraparte del conocimiento, o lo opuesto al conocimiento, es la percepción, y casi siempre verán esos dos términos yuxtapuestos. El conocimiento trasciende la dicotomía sujeto-objeto, la cual es inherente a la percepción. Aun las "visiones santas" (como las que informan muchos místicos) son perceptuales y, por lo tanto, no duran”.

El Texto del Curso dedica un punto exclusivamente para hablarnos de la Percepción y el Conocimiento:

“(…)  la per­cepción tiene que ser corregida antes de que puedas llegar a saber nada. Saber es tener certeza. La incertidumbre significa que no sabes. El conocimiento es poder porque goza de certeza, y la certeza es fuerza.

Todas tus dificultades proceden del hecho de que no te recono­ces a ti mismo, ni reconoces a tu hermano, ni reconoces a Dios. Reconocer significa "conocer de nuevo", implicando que antes gozabas de conocimiento. Puedes ver de muchas maneras debido a que la percepción entraña interpretación, y eso quiere decir que no es íntegra ni consistente. El milagro, al ser una manera de percibir, no es conocimiento. Es la respuesta correcta a una pre­gunta, mas cuando sabes no preguntas. El primer paso en el proceso de deshacer lo ilusorio es cuestionarlo. El milagro -la res­puesta correcta- lo corrige. Dado que las percepciones cambian, su dependencia del tiempo es obvia. La forma en que percibes en cualquier momento dado determina tu comportamiento, y las acciones sólo pueden ocurrir en el tiempo. El conocimiento es intemporal porque la certeza es algo incuestionable. Cuando dejas de hacer preguntas es que ya has alcanzado el conocimiento.

La mente que cuestiona se percibe a sí misma en el tiempo, y, por lo tanto, busca respuestas para el futuro. La mente no recep­tiva, por el contrario, cree que el futuro va a ser igual que el presente. Eso da lugar a un estado de aparente estabilidad que es normalmente un intento de contrarrestar el miedo subyacente de que el futuro va a ser peor que el presente. Este miedo coarta enteramente la tendencia a cuestionar.

La verdadera visión es la percepción natural de la visión espiri­tual, pero es todavía una corrección en vez de un hecho. La visión espiritual es simbólica, y, por lo tanto, no es un instrumento de conocimiento. Es, no obstante, un medio de percepción correcta, lo cual la sitúa dentro del propio ámbito del milagro. Una "visión de Dios" sería un milagro más que una revelación. El hecho en sí de que la percepción esté involucrada demuestra que la experien­cia no pertenece a la esfera del conocimiento. De ahí que las visio­nes, por muy santas que sean, son efímeras.

La Biblia te exhorta a que te conozcas a ti mismo, o, lo que es lo mismo, a que tengas certeza. La certeza es siempre algo propio de Dios. Cuando amas a alguien lo has percibido tal como es, y esto te permite conocerlo. Hasta que primero no lo percibas tal como es no lo podrás conocer. Mientras sigas cuestionando lo que él es, estarás implicando claramente que no conoces a Dios. La certeza no requiere acción. Cuando dices que estás actuando basándote en tu conocimiento, estás confundiendo el conoci­miento con la percepción. El conocimiento provee la fuerza para el pensamiento creativo, no para la acción recta. La percepción, el milagro y la acción están estrechamente vinculados. El cono­cimiento es el resultado de la revelación y genera sólo pensa­miento. La percepción, aun en su forma más espiritualizada, incluye al cuerpo. El conocimiento procede del altar interno y es intemporal porque goza de certeza. No es lo mismo percibir la verdad que conocerla.

Una percepción correcta es necesaria antes de que Dios pueda comunicarse directamente con Sus altares, los cuales Él estableció en Sus Hijos. En dichos altares es donde Él puede comunicar Su certeza, y Su conocimiento inevitablemente brindará paz. Dios no es un extraño para Sus Hijos, ni Sus Hijos son extraños entre sí. El conocimiento precedió tanto a la percepción como al tiempo, y finalmente los reemplazará. Ése es el verdadero signi­ficado de "el Alfa y la Omega, el principio y el fin" y de "Antes de que Abraham naciese, era yo". La percepción puede y debe ser estabilizada, pero el conocimiento ya es estable. "Teme a Dios y observa Sus mandamientos" pasa a ser "Conoce a Dios y acepta Su certeza."

Si atacas el error que ves en otro, te harás daño a ti mismo. No puedes conocer a tu hermano si lo atacas. Los ataques siempre se lanzan contra extraños. Al percibir falsamente a tu hermano lo conviertes en un extraño, y, por lo tanto, no puedes conocerlo. Le tienes miedo porque lo has convertido en un extraño. Percíbelo correctamente para que lo puedas conocer. En la creación de Dios no hay extraños. Para poder crear como Él creó tan sólo puedes crear lo que conoces, y lo que, por lo tanto, aceptas como tuyo. Dios conoce a Sus Hijos con absoluta certeza. Los creó conociéndolos. Los reconoce perfectamente. Cuando ellos no se reconocen entre sí, no lo reconocen a Él”. (T.3.III.1:7)

Creo, que antes de recibir esta información, tenía un concepto erróneo del Conocimiento. En verdad, lo que entendía como Conocimiento es, realmente, Percepción. Y es que mientras que permanezcamos en el “sueño”, el nivel más elevado de la verdad es la Percepción Verdadera.

Mientras que el Conocimiento pertenece al Cielo, la Percepción pertenece al mundo.

La percepción siempre entraña algún uso inadecuado de la mente, puesto que la lleva a áreas de incertidumbre. La mente es muy activa. Cuando elige estar separada, elige percibir. Hasta ese momento su voluntad es únicamente gozar de conocimiento. Una vez que ha elegido percibir, no puede sino elegir ambigua­mente, y la única forma de escaparse de la ambigüedad es me­diante una percepción clara. La mente retorna a su verdadera función únicamente cuando su voluntad es gozar de conoci­miento. Esto la pone al servicio del espíritu, donde la percepción cambia. La mente elige dividirse a sí misma cuando elige inven­tar sus propios niveles. Pero no puede separarse completamente del espíritu, ya que de éste es de donde deriva todo su poder para fabricar o para crear. Aun en la creación falsa la mente está afirmando su Origen, pues, de otro modo, simplemente dejaría de existir. Esto último, no obstante, es imposible, ya que la mente le pertenece al espíritu que Dios creó, y que, por lo tanto, es eterno.

El conocimiento no está sujeto a interpretaciones. Podemos tratar de "interpretar" el significado de algo, pero en eso siempre existe la posibilidad de equivocarnos porque se refiere a la percepción que se tiene del significado.

Cuando elegimos la percepción en vez del conocimiento, nos colocamos en una posición en la que sólo percibiendo milagrosamente podíamos parecernos a nuestro Padre. Hemos perdido el conocimiento de que somos un milagro de Dios.

La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz. Juzgar es el proceso en el que se basa la percep­ción, pero no el conocimiento.

Corregir la percepción es simplemente un expediente temporal. Dicha corrección es necesaria únicamente porque la percepción falsa es un obstáculo para el conocimiento, mientras que la per­cepción fidedigna es un trampolín hacia él. El valor de la percep­ción correcta reside en la conclusión inevitable de que toda percepción es innecesaria. Esto elimina el obstáculo por com­pleto.

Pero, ¿podemos vivir en este mundo sin percibir?

A este respecto, el Curso nos indica que es una pregunta razonable. No obstante, tenemos que asegurarnos de que realmente la entendemos. ¿Quién es el "tú" que vive en este mundo? El espíritu es inmor­tal, y la inmortalidad es un estado permanente. El espíritu es tan verdadero ahora como siempre lo fue y lo será siempre, ya que no entraña cambios de ninguna clase. No es un continuo, ni se puede entender tampoco comparándolo con un opuesto. El conocimiento nunca admite comparaciones. En eso estriba su diferencia principal con respecto a cualquier otra cosa que la mente pueda comprender.

La percepción no es conocimiento, pero puede ser transferida al conocimiento, o cru­zar hasta él. El Espíritu Santo -la Inspiración que toda la Filiación com­parte- induce a una clase de percepción en la que muchos ele­mentos son como los del Reino de los Cielos:

  • En primer lugar, su universalidad es perfectamente inequí­voca, y nadie que la alcance podría pensar ni por un momento que compartirla signifique cualquier otra cosa que no sea ganar.
  • En segundo lugar, es una percepción que es incapaz de atacar, y, por lo tanto, es verdaderamente receptiva. Esto quiere decir que si bien no engendra conocimiento, tampoco lo obstruye en modo alguno.
  • Finalmente, señala al camino que lleva a lo que está más allá de la curación qué trae consigo, y conduce a la mente más allá de su propia integración, hacia los senderos de la creación. En este punto es donde se producen suficientes cambios cuantitativos para producir un verdadero salto cualitativo.

La perfecta igualdad que el Espíritu Santo percibe es el reflejo de la perfecta igualdad-del conocimiento de Dios. La percepción del ego no tiene equivalente en Dios, pero el Espíritu Santo sigue siendo el puente entre la percepción y el conocimiento. Al per­mitirte usar la percepción de forma que refleje el conocimiento, éste finalmente podrá ser recordado.

Aunque la percepción es irreal, el Espíritu Santo puede usarla provechosamente por el hecho de que nosotros la concebimos. Él puede inspirar­ cualquier percepción y canalizarla hacia Dios.

En el Capítulo 13, apartado VIII, el Curso nos habla del traslado de la percepción al conocimiento:

Toda curación es una liberación del pasado. Por eso es por lo que el Espíritu Santo es el único Sanador. Él enseña que el pasado no existe, hecho éste que pertenece a la esfera del conocimiento, y que, por lo tanto, es imposible que nadie en el mundo sepa. Sería ciertamente imposible permanecer en el mundo gozando de tal conocimiento. Pues la mente que sabe eso a ciencia cierta, sabe también que vive en la eternidad, y no utiliza la percepción en absoluto. Por lo tanto, no se detiene a pensar dónde está, ya que el concepto "dónde" no significa nada para ella. Sabe que está en todas partes, de la misma manera en que lo tiene todo, y para siempre.

La diferencia palpable que existe entre la percepción y el conocimiento resulta muy evidente si consideras esto: no hay nada  parcial con respecto al conocimiento. Cada uno de sus aspectos es total, y, por lo tanto, ningún aspecto está separado de otro. Tú eres un aspecto del conocimiento, al estar en la Mente de Dios, Quien te conoce. Todo conocimiento te pertenece, pues en ti reside todo conocimiento. La percepción, aun en su expresión más elevada, nunca es completa. Incluso la percepción del Espí­ritu Santo -la más perfecta que puede haber- no tiene signifi­cado en el Cielo. La percepción puede extenderse a todas partes bajo Su dirección, pues la visión de Cristo contempla todo en la luz. Pero no hay percepción; por muy santa que sea, que perdure eternamente.

La percepción perfecta pues, tiene muchos elementos en común con el conocimiento, haciendo que sea posible su transfe­rencia a él. El último paso, no obstante, lo tiene que dar Dios porque el último paso de tu redención, que parece estar en el futuro, Dios lo dio ya en tu creación. La separación no ha inte­rrumpido la creación. La creación no puede ser interrumpida. La separación no es más que una formulación equivocada de la realidad que no tiene consecuencia alguna. El milagro, que no tiene  ninguna función en el Cielo, es  necesario aquí. Todavía pueden verse aspectos de la realidad, los cuales reemplazarán a aspectos de la irrealidad. Los aspectos de la realidad se pueden ver en todo y en todas partes. Mas sólo Dios puede congregarlos a todos, al coronarlos cual uno solo con el don final de la eterni­dad". (T.13.VIII.1:3) 

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